Antes
que nada es importante poner en claro que deploro el uso del término
“neoliberalismo” como excusa para ejercer la pereza mental o como término
comodín para explicarlo todo: no quiero parecerme a energúmenos provocadores
como Fernando Iglesias, para quien conceptos tales como “peronismo”,
“populismo” o “kirchnerismo” son chivos expiatorios para depositar todas sus
miserias o explicar el origen del universo, la estructura económica del cosmos,
la historia económica y social de la argentina, los enemigos de la democracia y
la razón por la cual una mina nos clavó el visto por Whatsapp.
Uno
de los problemas que encuentro en el discurso neoliberal es su tendencia a
percibirse como “la única alternativa racional”, y por tanto sustraer sus
postulados al debate democrático o científico. Si uno concibe su cosmovisión
como una posible entre otras, eso lo lleva a debatir y enriquecerse con la
mirada ajena y el intercambio de argumentos: no es el caso de muchos
neoliberales que conozco, para quienes el libre mercado es una especie de
religión que no puede ser cuestionada. ¿Nunca escucharon respuestas pelotudas
del tipo “andáte a Cuba” y/o “¿qué querés, vivir como en Venezuela?” y/o “no
seas marxista” toda vez que objetaron algún dogma neoliberal?
De
ahí que no me parezca casual que tantos “neoliberales” sean impermeables al
debate: se puede ver en ésta interrupción a los gritos del fundamentalista
neoliberal Germán Fermo hacia otro economista con ideas distintas a las suyas. Otro
ejemplo de neoliberal, aunque él se defina como “libertario anarcocapitalista”
o algo así, es el payaso mediático Javier Milei. En éste blog español leí un artículo respecto de Milei con el que coincido bastante.
No
está de más recordar que “capitalismo” y “neoliberalismo” no son sinónimos: de
hecho el mismo Keynes, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y tantos otros economistas
prestigiosos no son “neoliberales” y sin embargo creen en las bondades del
capitalismo, sólo que sostienen -a mi juicio con total razón- que el sistema capitalista debe someterse a regulaciones y controles democráticos.
Retomando,
la hegemonía neoliberal termina por achicar los horizontes, evitando que la
sociedad civil pueda imaginarse modos de vida alternativos. El neoliberalismo
terminó siendo una suerte de “revolución conservadora” en la que ya no se apela
-como hacía el conservadurismo de otros tiempos- a un pasado idealizado,
arcaico, o a la exaltación de la tierra y la sangre sino a un supuesto
“progreso”, a la ciencia, a la razón, y todo para justificar el desplazamiento
del pensamiento y la acción progresista.
Como
diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu, “es una doctrina coreada en todo el
mundo por políticos y altos funcionarios nacionales e internacionales pero muy
especialmente por grandes periodistas, casi todos indoctos en la teología
matemática fundamental que se transforma en una suerte de creencia universal,
un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o mejor dicho la difusa Vulgata que
nos proponen bajo el nombre de liberalismo, está compuesta por un conjunto de
palabras mal definidas –“globalización”, “flexibilidad”, “desregulación”, etc.-
que gracias a sus connotaciones liberales o libertarias pueden ayudar a darle
una fachada de libertad y liberación a una ideología conservadora que se
presenta como contraria a toda ideología”.
De
hecho, siguiendo a Bourdieu, esta filosofía no conoce ni reconoce otro fin que
no sea la creación incesante de riquezas y, apenas disfrazada, su concentración
en manos de una pequeña minoría de privilegiados; conduce por lo tanto a
combatir por todos los medios –incluido el sacrificio de los seres humanos y la
destrucción del medio ambiente- cualquier obstáculo contra la maximización
incesante del beneficio.
Reducir
la democracia a votar cada dos, cuatro o seis años y luego dedicarse casi exclusivamente a
ganar guita y a consumir es empobrecedor. A menudo uno tiene la impresión de
que nuestros regímenes de gobierno suelen parecerse más a “oligarquías
liberales” que a sociedades democráticas. La mayoría de la población no
participa activamente en política, porque votar cada tanto sobre problemas que
no se conocen y que el sistema hace todo lo posible porque no se conozcan es
demasiado poco para considerarse auténticamente democrático. Etimológicamente, vivir en una república, res publica, remite a lo que los griegos llamaban "politeia" -algo así como el buen gobierno de la cosa pública-, estar interesados activamente en los asuntos comunes. Una sociedad no puede, NI ES DESEABLE QUE TRATE DE
HACERLO, volver a la gente igual en el
sentido de que todos los hombres corran 100 metros en menos de
10 segundos o toquen admirablemente una sonata de Beethoven al piano, pero
puede crear instituciones que favorezcan su participación efectiva en todo
poder instituido. La pasión por los objetos de consumo debe reemplazarse o subordinarse a la pasión por los asuntos comunes. Está claro que para
participar, la gente debe tener la certeza, verificada con relativa constancia,
de que entre su participación y su abstención hay una diferencia. Los elementos
de libertad que forman parte de las diversas sociedades no son una dádiva de
las clases dominantes. Los elementos liberales de las instituciones
contemporáneas, como bien recuerda Cornelius Castoriadis y tantos otros, son
los sedimentos de las luchas populares desde hace siglos, luchas para obtener
un relativo autogobierno.
Es la retirada de los pueblos de la esfera política,
la desaparición del conflicto político y social por una suerte de semi-adhesión
blanda a los postulados de la hegemonía neoliberal la que ayuda a que la
oligarquía económica, política y mediática escape a cualquier control o
regulación democráticas, favoreciendo o acostumbrando a la población a la corrupción y el egoísmo de sus élites.
Esa
concepción individualista que ayuda a difundir la influencia del discurso neoliberal
hace que los políticos sean percibidos o como una suerte de parásitos “que
viven de nuestros impuestos” o como personas que nos tienen que dar cosas, como
si fueran una máquina expendedora de bebidas cola. El individualismo extremo
desemboca en la depresión, los ansiolíticos, la proliferación interminable de
terapias psicoanalíticas o terapias alternativas o libros de autoayuda. Como leí
por ahí: LA AUTOAYUDA COLECTIVA
SE LLAMA POLÍTICA.
La
saturación de la información nos vuelve seres amnésicos, sin memoria histórica
o sin vínculos con la tradición a la hora de buscar razones valederas para
enojarnos o para comprender que nuestro modo de vida es contingente y por tanto puede ser mejorado por la intervención humana.
Cualquiera que intente
hablar de política con sus compañeros de trabajo, amigos o conocidos, se encontrará con una resistencia
muy grande: o te dicen que sos un fanático, o tratan de mandarte chistes
pelotudos por WhatsApp, o cambian de tema. No se trata de ser un amargado ni
mucho menos: se puede hacer política con alegría. También es cierto que uno tiene que ser más inteligente para saber cuándo y cómo hablar de algunos temas.
Tengo
ganas de seguirla pero por hoy ya creo que fue suficiente y hace un sol
hermoso. Sean felices,
Rodrigo
Post Scriptum: todavía me falta hacer un recorrido histórico más preciso sobre el término "neoliberalismo". Ahora no tengo tiempo pero si quieren leer algo que está escrito de modo bastante ameno pueden clickear acá, donde hay varios artículos de un tal José María Gallardo, un español cuyo punto de vista y su abordaje de la economía es bastante enriquecedor, más allá de su estilo vanidoso y provocador.
Post Scriptum: todavía me falta hacer un recorrido histórico más preciso sobre el término "neoliberalismo". Ahora no tengo tiempo pero si quieren leer algo que está escrito de modo bastante ameno pueden clickear acá, donde hay varios artículos de un tal José María Gallardo, un español cuyo punto de vista y su abordaje de la economía es bastante enriquecedor, más allá de su estilo vanidoso y provocador.
