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domingo, 28 de junio de 2020

EL MITO DECADENTISTA DE "POR QUÉ NO FUIMOS CANADÁ O AUSTRALIA"


En su iluminador libro Mitomanías Argentinas, el antropólogo Alejandro Grimson aborda los “mitos decadentistas”, y sugiere que algunos argentinos tenemos cierta tendencia a pasar de la soberbia de creernos los mejores del mundo a la autodenigración de sentir que somos la peor escoria que habita el planeta Tierra. 


Esta suerte de ombliguismo cultural hace que, al movernos de un extremo a otro, logremos “ahuyentar cualquier reflexión compleja sobre nuestra propia situación” y nos hundamos en las arenas movedizas de la mitología.

Hace un tiempo Luis Novaresio entrevistó al gran basquebolista argentino Luis Scola, quien a lo largo de sus cuarenta años de vida vivió más tiempo afuera del país que adentro, dado que jugó en clubes de España, Canadá, Estados Unidos, China e Italia: 

Luis Novaresio: “Los argentinos tenemos la fantasía de saber qué dicen de nosotros en el exterior, y yo suelo decir ‘no demasiado’. ¿Coincidís?”

Luis Scola: “No dicen mucho de nosotros. No les importa mucho. De la misma manera que, ¿qué decimos nosotros de Nigeria, Croacia, Turquía? Nada”.



El gran capitán agrega que a él le gusta hablar bien de nuestro país a los extranjeros, y reflexiona acerca de dos tendencias que suelen darse entre los argentinos que por diversos motivos tuvieron que emigrar: “hay una cultura del que se fue (...) hay de todo”, está la visión “tremendamente negativa” del que se fue y dice “no vuelvo nunca más, y qué tontos los que se quedaron y menos mal que yo me fui” y hay otra que se fue y extraña “el asado y los amigos y te cuenta todo el tiempo cosas positivas del país”.

Sea como fuere, la cuestión es que los mitos decadentistas postulan que la Argentina fue alguna vez un país fantástico hace algunos años pero que ahora -según cierta visión 'gorila' esto sería culpa del peronismo- hemos ingresado en una decadencia irremediable:

“Ser terceros de treinta, décimos de cincuenta o trigésimos de doscientos es una verdadera catástrofe. Hemos hecho todo mal. Bueno, en realidad, la primera persona del plural es aquí demasiado generosa. Un pequeño grupo de militares y corporaciones ha destruido el país, rasgo que después se transfiere a los directores técnicos de la selección o a un jugador de fútbol o tenis, al rendimiento escolar de nuestros estudiantes o a cualquier objeto que se tome en consideración”.

Es la contracara de los mitos patrioteros, igualmente obtusos y simplistas.

El amigo Grimson recordaba un monólogo de Dady Brieva acerca de la historia de un argentino que le escribe cartas a su amigo desde Canadá, país a donde había emigrado:

“Feliz de haber dejado de una vez por todas este ‘país de porquería’, aguardaba la llegada de la nieve, contemplando a través de su ventana bellos bosques donde adivinaba o inventaba simpáticos bambis. Celebró como una confirmación de estar en otro planeta la llegada de la nieve, como si no nevara de hecho en la mitad del territorio argentino. A medida que pasaban las semanas, la rutina de levantar la nieva con pala y descongelar su automóvil se tornaba insoportable; las últimas carta referían a la nostalgia del calor húmedo y pesado de la siesta santafecina”.

Uno de los mitos decadentistas más arraigados es el que sugiere que la Argentina estaba predestinada a ser Canadá o Australia: agua, tierra fértil, montañas, bosques, petróleo, teníamos todo para ser los mejores, pero algo se frustró:

Para algunos no fuimos Canadá “por la corrupción, por la clase dirigente o por el imperialismo. No falta quien lo vea al revés: si hubieran triunfado los ingleses, seríamos Canadá. ¡Qué error fue haberles arrojado aceite a aquellos muchachos que hablaban la lengua de Shakespeare!

Si se realiza una comparación histórica con Canadá, podrá verse que los gobiernos de ambos países tomaron decisiones opuestas hace poco más de un siglo en relación con tres temas importantes: los ferrocarriles (para integrar el vasto territorio del país o para integrar el país al mundo), la distribución de la tierra y la elección de una política proteccionista o librecambista. Canadá tenía, al igual que la Argentina, un territorio inmenso con escasa población. Pero la Argentina tenía dos ventajas: su clima era más favorable y las zonas productivas estaban más cerca de los puertos.

Sin embargo, Canadá tomó tres decisiones cruciales: construyó el ferrocarril de este a oeste, priorizando la integración interna antes que la integración con los Estados Unidos; impuso una política de protección para su industria y entregó parcelas a quienes estuvieran dispuestos a trabajarlas y a volverse ciudadanos canadienses. La Argentina, en cambio, como detalla José Nun en la introducción a Debates de Mayo. Nación, cultura y política, priorizó, en el marco del modelo agroexportador, la construcción  de ferrocarriles que permitieran llevar la producción hacia el puerto, no protegió su industria y mantuvo una alta concentración de la propiedad de la tierra. Estas diferencias nada tienen que ver con el ADN ni con nuestra raza. Son diferencias de formas de construcción política en un momento crucial de la historia".

Desde una perspectiva de desarrollo económico, me parece interesante leer el siguiente artículo de Claudio Scaletta:


El "Plan Australia": un modelo que nunca fue

"Hay quienes creen que los problemas del desarrollo consisten en replicar experiencias nacionales exitosas. Un caso extremo fue el que el actual gobierno mostró como presunto modelo a seguir: el "Plan Australia". Fiel a su estilo, el plan, que debe haber costado unos cuantos dólares en viajes y consultorías, quedó en los anuncios.

La idea parecía simple. Se trata de un país riquísimo en recursos naturales que decidió abortar sus intentos de industrialización para reconcentrarse en la producción de base primaria y en servicios. Al igual que la última dictadura militar y el menemismo, Cambiemos creía que Argentina debía seguir un camino similar, abandonar su industria "subsidiada e ineficiente" para concentrarse en ser el "supermercado del mundo".

Se trataba de explotar recursos naturales. Volver al país presuntamente exitoso de las carnes y las mieses. Había alguna lógica en la propuesta. En su etapa de auge el modelo agroexportador era tan rico en recursos naturales como lo es hoy Australia. La población era escasa y la frontera agrícola estaba en expansión. Pero existía también un tercer factor escasamente reconocido: se promovió un crecimiento conducido por la demanda por la vía de la construcción de un Estado.

Sin embargo, el modelo agroexportador llevaba en sí la semilla de su propia destrucción. Primero la construcción del Estado perdió dinámica, luego la expansión de la frontera agrícola no podía seguir creciendo a la misma velocidad que el aumento de la población. Finalmente, la concentración de la propiedad de la tierra, otra diferencia con "Canadá y Australia", desalentó el poblamiento del interior y la democratización de la vida rural.

El flujo de inmigrantes comenzó a abarrotarse en las ciudades, donde crecían las industrias vinculadas al mantenimiento del transporte, los talleres ferroviarios y alguna agregación de valor a los alimentos. Los servicios financieros y la logística de comercialización dieron origen a los trabajadores de cuello blanco.

En el escenario presente, donde los recursos naturales siguen siendo una ventaja comparativa, pero insuficiente, los replicadores de ejemplos nacionales afirman que deben sumarse también las experiencias de países con factores más convergentes con la realidad argentina. Por ejemplo, algunas experiencias de Corea del Sur, o el fondo de reserva noruego o las prácticas de otros países nórdicos.

Si bien las experiencias nacionales siempre son una referencia, la metodología de la réplica enfrenta algunas limitaciones también abordadas en la literatura. La más evidente es que los procesos de cierre de brecha en países de desarrollo tardío suponen siempre aprendizajes que son fuertemente tácitos. El know how no se compra, sólo se puede copiar parcialmente, pero sobre todo necesita ser adaptado y aprendido por los actores de cada país.

No al pleno empleo.

Pero tampoco es esta la principal limitación. El desarrollo de las estructuras productivas es impulsado por las estructuras sociales. Es decir, la principal restricción al desarrollo puede encontrarse en las sociedades mismas. Poniendo la lupa sobre el caso argentino y el actual desastre económico, el verdadero tiro en el pie que se autoinfligieron algunos actores sociales, desde las clases medias a los jubilados, desde las pymes al conjunto de las grandes empresas que no pertenecen ni al sector financiero, ni al agro, ni a las energéticas, debería llevar a preguntarse muy seriamente por qué a los ciclos de despegue, conseguidos durante gobiernos populares, le siguen recaídas neoliberales que los abortan.

En su reciente exposición de rechazo al Presupuesto 2019 en el Senado, la ex presidenta Cristina Kirchner recurrió a la luminosa explicación brindada por el economista polaco Michal Kalecki en su breve texto de 1943 "Aspectos políticos del pleno empleo". Kalecki afirmaba que los empresarios no desean que el pleno empleo se mantenga en el tiempo porque ello empodera a los trabajadores, deteriora la disciplina al interior de los espacios de trabajo, aumenta las demandas salariales y extrasalariales y, por todo eso, genera problemas de sustentabilidad política para el poder del capital. Contra lo que se proclama en los discursos, el desempleo no es un producto indeseado, sino una necesidad estructural del capitalismo. Llegado a un cierto punto de expansión económica vía el impulso a la demanda, la clase capitalista puede considerar razonable inducir una recesión disciplinadora o "ajuste kaleckiano". Incluso si en el camino pierde dinero en el corto plazo, ya que ello es preferible a perder poder en el largo.

El orden imperial.

Es una explicación que pertenece al ámbito de la lucha de clases. A diferencia del nacionalismo metodológico incorpora la realidad del poder. Sin embargo, visto desde la Argentina del siglo XXI le falta una pata, la del imperialismo. Los procesos productivos, vía las firmas multinacionales, tienen escala global. Como al interior de estos procesos existen jerarquías -matrices y subsidiarias-, jerarquías que a la vez son respaldadas por el poder militar, resulta más adecuado hablar de imperialismo que de globalización.

En este orden imperial las clases dominantes locales funcionan como auxiliares de las hegemónicas de los países centrales. Las necesidades de este orden son la libre circulación de capitales y de mercancías y que ninguna región del globo se aparte del lugar que le fue asignado en la producción global. En el caso argentino, este lugar es el de la provisión de commodities y absorber productos industriales. La ruptura de este orden es una tarea titánica. Los países que lo logran durante algún tiempo son sometidos a fortísimas presiones, externas e internas". 

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!

Rodrigo

miércoles, 6 de mayo de 2020

RESPONDIÉNDOLE A CICERONA: UNA JOVEN MEDIO OBTUSA QUE SEGURAMENTE SEA MÁS DESPIERTA DE LO QUE ME DEMOSTRÓ EN TWITTER

Hay una idea que se mantiene en algunos macristas culturales como la amiga Cicerona, quien se indigna de aquellos que a su juicio "condenan la riqueza" porque, estimo yo, deduce que somos resentidos o que odiamos al que se esfuerza y "crea riqueza" o alguna distorsión "aynrandiana" por el estilo.


Dato al pasar: el 2% del total que se blanqueó gracias al amigo Macri es el equivalente aproximado a lo que gastó el Pami a lo largo de todo el 2019.



Recordemos que el blanqueo es el perdón de un delito de aquellos que pusieron su dinero en paraísos fiscales o evadieron impuestos. Se le llama "blanqueo" como un eufemismo, así como le llaman "dólar blue" al dólar ilegal para embellecerlo o "cepo" al dólar -un instrumento de tortura- a la restricción a la compra de dólares del kirchnerismo. La terminología económica, lo sabemos bien, muy pocas veces es neutral.


El proyecto de ley tiene que ver con un gravamen extraordinario, aplicado por única vez, para paliar los efectos de la pandemia. La idea es crear un impuesto a las personas físicas -no a las empresas- que tengan un presupuesto superior a los 200 millones de pesos: se trata de menos de 12 mil personas. La recaudación estaría -hay que ver bien cuál es el proyecto de ley si finalmente se aprueba- entre los 3.500 y los 4.000 millones de dólares.


Me gustaría que Cicerona, que me dice que soy un pelotudo y que la grieta es moral e intelectual, presente sus argumentos en los comentarios, dado que debería ser sencillo para alguien tan brillante como ella debatir con un ganso tan básico e inmoral como yo. En lo personal me gusta el debate de ideas, y estoy dispuesto a darle la razón a quien no piensa igual toda vez que me convenza con sus argumentos. No me gustan las burbujas culturales.


Retomando, en éste diálogo con Carlos Heller, un periodista del programa de Andino le dice que  "hay una diferencia entre perseguir y seducir". Y ahí arribamos a la idea zombi de "seducción plutocrática". 

La seducción plutocrática:

Algunos kukas decimos que "la seducción plutocrática" es una idea que "aparece defendiendo una medida como justa, pero sugiere lograrla mejor por la vía del diálogo con el poderoso, convencerlo de que consienta suscribir a ella. Es la idea que subyace en el apoyo indudable a una quita de impuestos a todo rico que haga A, para estimular que hagan A, pero rechazar de plano el aumento de impuestos a todo aquel rico que no haga A, para estimular que lo haga". En otras palabras, el rico sería un burro que sólo se mueve con zanahoria, y el resto sólo nos movemos con un palo porque si no pagamos impuestos nos multan.

"Si el poderoso posee el derecho a ser seducido en lugar de ser compelido como el resto, ¿no estaríamos reconociéndole derechos desiguales? ¿Por qué la ley debería someter a quienes no tienen poder de resistirla y debería buscar seducir a quien sí?".

Entiendo que Cicerona me hablaría de "clima de negocios" y "seguridad jurídica" para atraer inversiones y que crezca el empleo, pero la cuestión no es tan sencilla. Es cierto que en una economía capitalista hacen falta inversiones, pero ojo. La industria minera es un claro ejemplo de sensibilidad a la seducción, dado que cuanto menos niveles de control ambiental y menores regalías se le imponga, posiblemente más invertirá. Claro que eso puede tener costos irreversibles para el medioambiente y para la salud  de la población que vive en las cercanías de la mina explotada. La reducción salarial es otro argumento muy atrayente para Mauricio Macri, quien durante una entrevista decía "lo que hay que hacer es bajar los costos, y los salarios son un costo más". El problema es que luego los seducidos por ahí no invierten a causa de la caída del consumo que conlleva esa reducción masiva de salarios. Lo que quiero decir es que son cuestiones que el debate democrático debe tener en cuenta.

La dominación económica y política se basa esencialmente en estereotipos: nos dicen, como Tatcher, que "no hay alternativa" ("there is no alternative"), y con eso quieren decir: "nosotros decidimos lo que cuenta como alternativa y lo que no". Nos dicen que "la estabilización de la economía requiere sacrificios por parte de todos", y  lo que quieren decir es que "la estabilización de nuestras ganancias necesita del sacrificio del pueblo". Nos dicen que "las promesas fáciles y engañosas son una amenaza para la estabilidad" y con eso nos están diciendo: "La democracia es una amenaza para nuestro poder".

A mi juicio, defender la democracia es promover una participación más activa del pueblo en la toma de decisiones que lo afectan, en todos los niveles. Tanto a través de instituciones existentes como mediante la creación de nuevas instituciones. No estoy a favor de aceptar acríticamente ni la tecnocracia del economista neoliberal que se viste de sumo sacerdote que le habla a los feligreses ni la defensa de los intereses privados de las élites como si fueran el interés general.

Dujovne llegó y eliminó las trabas a los ingresos al país de los capitales golondrina, el gobierno de Macri bajó o eliminó retenciones al campo y a la minería, levantó el cepo al dólar y aumentó las tarifas de los servicios públicos. En síntesis: el macrismo le dio a los empresarios todo lo que pidieron, devaluó, aumentó las tarifas, ajustó los salarios por la inflación e hizo mierda el mercado interno. ¿Cuál fue el resultado? Aumentó la deuda externa, la inflación, la desocupación, creció la pobreza y la prometida "lluvia de inversiones" fue esencialmente la especulativa, que vino a hacerse un verano y no mejoró los niveles de empleo respecto del gobierno anterior.

La industria de la minería tuvo una enorme ventaja del macrismo porque le eliminaron las retenciones, y sin embargo cayó la inversión y cayó el empleo en el sector minero. El amigo Macri demuestra que las facilidades a la clase empresaria muchas veces se traducen no en más inversión productiva y mejores niveles de empleo, sino lisa y llanamente en mayor ganancia para los empresarios. Luego retomamos este aspecto.


Estimo que Cicerona es mucho más inteligente que yo y me sabrá rebatir, pero los kukas promedio pensamos que "el mayor estímulo para un gobierno, de escoger el camino de la seducción plutocrática, es no tener a su clase empresarial como viento de frente. No tener a los poderosos oponiéndose a cada medida, buscando vericuetos legales para no cumplir las leyes, presionando por los medios, las cámaras, los lobbistas y las embajadas para cambiarlas o directamente para erosionar el sustento político del gobierno. Ese menor ruido ambiente es maná para un gobierno, en especial para uno cuyo sustento popular esté debilitado. Sin olvidarnos del factor humano, por el cual muchos políticos sobrevaloran los beneficios de la seducción plutocrática y minimizan sus consecuencias adversas.

Una tesis hermana de esta es la de la confianza. La que propone que el Estado debe crear confianza para que sean los hombres de negocios que inviertan en la  economía y no el Estado. Ya a mitad del siglo XX, el economista Michal Kalecki escribía sobre el riesgo de esta teoría de la confianza. El estado sometería de esta manera todas sus políticas a un derecho de veto de su clase empresarial. Si esta objetaba algo, la inversión se desplomaría y el desempleo resurgiría. Según Kalecki, el Estado, por el contrario, debería invertir cuando los privados no lo hicieran para garantizar siempre la creación de empleos más allá de la confianza o la buena voluntad de los hombres de negocios. De este modo, los empresarios podrían decidir ingresar o no al proceso productivo, pero no tendrían poder de chantaje ni impondrían privilegios sobre él". (@rinconet, @elbosnio, @nagusinfo).


Se nos habla todo el tiempo de "la confianza de los mercados", pero no sabemos bien en qué corno consiste esa confianza ni quiénes son "los mercados". Ganar su confianza se parece a las ofrendas a los dioses, que uno les entrega esperando obtener bendiciones. Si esas bendiciones no llegan, la culpa será siempre nuestra por haber sido avaros con nuestras ofrendas.


El problema de que los intelectuales orgánicos de la derecha sean los periodistas hegemónicos:


En una democracia sólida, tanto el oficialismo como la oposición deben aportar al debate de ideas, deben construir y discutir de cara a la opinión pública políticas y proyectos para mejorar tal o cual aspecto de la sociedad en virtud del bienestar colectivo. El problema es que los cuadros intelectuales de la derecha argentina no son los políticos sino más bien los periodistas y algunos economistas. Más allá de que lo nocivo de la "telepolítica" afecta a toda el arco de la clase dirigente a nivel mundial, el problema es particularmente pronunciado entre los representantes de la derecha vernácula.

"Los intelectuales orgánicos de la derecha no son cuadros políticos que se identifican con los partidos, son o periodistas o economistas que se venden frente a la opinión pública como independientes, que construyen un relato desde empresas privadas y que operan como partidos políticos".

Esto que dice Leandro Santoro es grave, porque los delirios paranoicos de una Felicitas Beccar Varela no nacen por generación espontánea sino que se basan en que los cuadros políticos de la derecha se han vuelto perezosos para discutir ideas, porque van atrás del dispositivo mediático que los protege:

"¿Sabés qué estamos viendo? La ausencia de partidos políticos, porque cuando vos tenés un partido de oposición, construye desde una lógica racional y previsible, y eso hace posible por ejemplo la construcción de acuerdos y políticas de Estado. Ahora cuando lo que tenés en realidad es una oposición articulada sobre un grupo mediático, y la política va atrás de ese grupo mediático, ni siquiera tenés interlocutores válidos para ponerte de acuerdo".

¿Ustedes creen que es casualidad que Mauricio Macri no sea capaz de articular un discurso sólido y no pueda lucirse con sus respuestas ni siquiera frente a periodistas operadores como Luis Majul, que le trata de tirar centros para que se luzca? ¿Se imaginan a Mauricio Macri como presidente entrevistado por Horacio Verbitski? Hay cuadros de la derecha que tienen una formación discursiva sólida, como por ejemplo Carlos Pagni, ¡pero es un periodista!


Fíjense como Cicerona le pide a los periodistas que "no perdonen" al peronismo. ¿Por qué alguien que supuestamente milita en la política o cuantimenos defiende sus ideas de derecha es capaz de semejante boludez? Porque se naturalizó la banalidad mediática, el relato vacío o mentiroso, la pereza mental. La carencia de un debate político argumentado, rico en ideas, sólido desde el punto de vista del conocimiento y de la riqueza del lenguaje, es gravísimo.

Todos nos dejamos llevar por el torrente irrefrenable de la estupidez twittera. A lo sumo algunos pueden ser ingeniosos, pero no mucho más. 

Ese tipo de construcción política de la derecha que va atrás de los medios perjudica hoy al oficialismo, pero mañana lo hará con la oposición:

Como bien sugiere Leandro Santoro, quien como imaginarán es alguien odiado y despreciado por la amiga Cicerona:

"Muchas veces lo hemos visto a Macri rehén de las corporaciones que lo ayudaron a ganar las elecciones y le trataron de fijar la agenda. Hay que dejar de joder con la supremacía de la telepolítica, de las operaciones mediáticas como dispositivo de contrucción política y fortalecer la discusión y el debate públicos de nuestra clase política. La dirigencia política en su conjunto debe elevar el nivel de debate y tratar de independizarse del poder mediático, porque si la derecha no tiene territorio ni fortaleza intelectual, terminará parasitando el discurso mediático. En una democracia sólida, los políticos dicen algo y los medios lo reproducen. En la Argentina, hay grupos mediáticos hegemónicos que construyen un relato y luego los políticos lo tratan de reproducir, y muchas veces con un nivel intelectual inferior al de muchos periodistas que lo construyen". 

La Unión Cívica Radical, el Pro, la Coalición Cívica deben tener adentro de sus filas personas formadas que podrían elaborar un discurso político para confrontar civilizadamente con el gobierno y proponer soluciones alternativas. Ahora bien, "como están en un estado de pereza intelectual autoasumida, han dejado que la agenda la fijen las grandes corporaciones, entonces después ves cómo por ejemplo senadores de la provincia de Buenos Aires como Felicitas Beccar Varela construye cualquier disparate y eso se termina masificando, porque además es como la noticia deseada. Hay un sector de la sociedad que espera que se digan esas cosas para festejarlo y tratar de construir una suerte de relato fantástico donde siempre se divide todo entre buenos y malos, honestos y corruptos".



En fin, a mí me parece bien que existan las Ciceronas que quieren profundizar la grieta y lo reconozcan, lo que deploro es que-lo digo nuevamente- se suplante el debate democrático y racional, la discusión de ideas, por un moralismo perezoso, políticamente bobo. No quiero opositores zombis sino lúcidos, que mejoren mis ideas, que las pongan a prueba.

Antes de terminar, quiero retomar algo más sobre la cuestión de la democracia y de las inversiones.

La democracia siempre ha sido el proceso de lucha por la socialización del poder y la distribución de la riqueza. Sin embargo, las élites económicas e intelectuales y su casta política nos tratan de convencer de que la democracia es meramente un procedimiento de selección entre élites para ejercer el control de la administración. ¡No viejo, no me traten de vender espejitos de colores!

Como dijo John Stuart Mill, "la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y los sentimientos que surgen del interés pecuniario es esencialmente repulsiva" (citado por Tony Judt en Algo va mal).

No es tan difícil de entender: la democracia no puede ser sólida si un grupo de personas es tan rica como para comprar la voluntad de un número grande de personas que es lo suficientemente pobre como para estar compelida a venderse. 

Comparto los ideales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Son tres valores extremadamente difíciles de conciliar, pero nuestra democracia tiene que proponerse como horizonte deseable el tratar de acercarse lo más que pueda a ese ideal.


"El neoliberalismo, antes de ser un proyecto económico es un proyecto cultural, y el macrismo vino a resignificar el sentido común, a construir una nueva subjetividad, y esa subjetividad la construyen con herramientas que son sumamente profundas y que apelan a ansiedades, temores, angustias, aspiraciones. Hay una lectura de lo que somos como sociedad que en los últimos años ellos han profesionalizado. No son solamente tipos que dicen discursos vacíos porque pretenden conectar con el alma más superficial de las personas" (Santoro dixit).

Acá el problema es que los sectores populares compren el discurso del macrismo: "te hicieron creer que podías irte de vacaciones", "te hicieron creer que podías tener un plasma o usar aire acondicionado", si te quedás sin trabajo es bueno vivir en la incertidumbre. El cinismo del macrismo consiste en hacer que las víctimas piensen como sus verdugos, y lo consigue porque conecta con el darwinismo social que postula el discurso neoliberal como la única alternativa. Discutir sus ideas económicas es como discutir el verdor del césped o la humedad del agua.

El mayor logro de la hegemonía neoliberal es haber instalado la idea de que las clases que viven de obtener beneficios del Estado son principalmente las bajas, por eso hasta los pobres se quejan: "¿cómo puede ser que mi vecina se haya podido jubilar si nunca hizo aportes?". Si uno les recuerda los negocios fabulosos que la familia Macri, los Bullrich, los Brown han hecho con el Estado, se hacen los pelotudos. No es ningún misterio: la ideología como falsa conciencia que disfraza el interés privado de interés general.


"Durante mucho tiempo escuchamos a los adalides de la ortodoxia económica reclamarle a los pobres que aprendan a nadar, y ahora le están reclamando al Estado que haga salvavidas". Si el Estado asiste con políticas de transferencia monetaria a los sectores más desfavorecidos de la sociedad eso es un gasto público terrible que no puede tolerarse ni mantenerse. Ahora cuando las propias empresas entran en crisis y no pueden pagar los salarios gracias a la pandemia, son los primeros en ir a golpearle la puerta al Ministerio de Producción, al Ministerio de Economía o al Ministerio de Trabajo para que le den subsidios. La conclusión de todo esto es que siempre el Estado cumple un rol indispensable en la armonización de los diversos intereses. Vale decir que el rol del Estado está bien cuando ayuda a las Pymes tanto como cuando atiende a la emergencia social y la pobreza. No es o una cosa o la otra.

El Estado no debe estar todo el tiempo administrando el interés de las élites sino velando por el interés general, y sobre todo atendiendo a los más débiles. Nadie se puede realizar individualmente en una sociedad que no se realiza y donde las desigualdades son tan grandes.

La desigualdad tiene efectos negativos sobre el crecimiento económico: si la concentración de riqueza es muy grande, la actividad económica se achica y se destruye riqueza colectiva. El que tiene mucha guita tiene más de lo que puede gastar, en tanto que hay gente que no tiene plata ni siquiera para su subsistencia. La desigualdad genera mucho poder político para actores económicos, y esos actores, como es de esperar, presionan al Estado para defender sus propios intereses. No toda inversión es socialmente necesaria y útil.

El Estado tiene que implementar mecanismos para hacer que la inversión tenga beneficios sociales, que se traduzca en consumo y empleo. Hay inversiones, sobre todo las de carácter especulativo, que no generan beneficio social sino rentabilidad privada. Gobernar no es meramente crear riqueza, como propone la derecha, sino crear bienestar.

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!

Rodrigo

martes, 7 de abril de 2020

ACERCA DE LA MERITOCRACIA

Hace unos días estuve mirando una entrevista muy interesante que Julián Guarino realizó para C5N con mi ex profe Alejandro Kaufman, en la que se abordó la cuestión de la meritocracia. Antes que nada debo aclarar que Alejandro es una persona por la que siento un afecto muy especial, porque aunque no fue el único, sí ha sido uno de los profesores que más hicieron para que yo conociera y apreciara la obra de autores como Walter Benjamin, Simone Weil, Karl Kraus, George Steiner… Sin embargo, a pesar de -o precisamente por- el afecto que le profeso, suelo coincidir bastante con su manera de ver la realidad.






El neoliberalismo tiene una concepción de la meritocracia vinculada con la riqueza: “el que tiene riqueza, sea material o simbólica, tiene méritos, tiene una virtud, algo por encima de los demás”.


Está claro que en sociedades muy complejas como las nuestras, la meritocracia de algún modo es necesaria: no se puede administrar una central nuclear o realizar una operación a corazón abierto sin criterios “meritocráticos”. Ningún hincha de fútbol aceptaría que el club de sus amores se plagara de jugadores pésimos aunque fueran muy buenas personas, y así siguiendo.

No se trata de condenar a priori la excelencia o de dejar de reconocer que hay personas que se esfuerzan más o que pulen sus defectos y desarrollan sus virtudes a fuerza de trabajo y dedicación y en buena medida se merecen lo que tienen.

Está claro que mi idea no es eliminar el mérito como criterio de convivencia, sino de no transformarlo en el único criterio posible. Si no hacemos una crítica de cómo valoramos la vida de las personas independientemente de sus méritos, de sus logros, de lo que hacen más allá de criterios comparativos vinculados en buena medida al mercado capitalista, no podemos alcanzar criterios de igualdad tal y como pretendemos.

Vale decir, una crítica a la meritocracia supone la posibilidad de valorar a todos los seres humanos POR LO QUE SON, por su existencia.

Lo que dice Alejandro es que “tiene que haber formas tales que ésa no sea la única manera de vivir, la única manera de relacionarnos entre nosotros”.


Es importante destacar que la idea de meritocracia no es “de derecha” o “conservadora”: nuestro progresismo se ha construido sobre la base de exacerbar el valor del mérito. Aquello de “mi hijo el Doctor” viene de allí. ¿Por qué doctor y no plomero o peluquero?

Kaufman distingue entre una cuestión cultural y el rol estatal: el rol del Estado es asegurarse de que la meritocracia sea legítima y de garantizar un piso común en relación a la igualdad de oportunidades: asignar recursos, garantizar el cumplimiento de acuerdos, etc.

En el terreno cultural, la igualdad de oportunidades postula a la vida como si fuera una carrera donde lo más justo es que todos partan de la misma línea de largada. "Si yo no tengo piernas habrá una carrera para gente sin piernas, pero también será una carrera".

Nuestro sistema educativo se corresponde con el mundo "de los mejores". La escuela está todo el tiempo enfatizando el valor de la competencia y ejemplificando el logro de la tradición de grandes científicos o escritores reconocidos o diversos personajes históricos relevantes.


Esa idea de competencia debería convivir con una vida más plena vinculada a cierto estado de "infancia". Es interesante cuando el amigo Alejandro destaca como “los niños no compiten entre sí por quién hace la manchita más linda". Una sociedad convivencial requiere combinar virtuosamente ambas dimensiones.


Para complementar lo que dice Alejandro, resulta útil traer a colación un artículo escrito por el politólogo Julián Montero, quien desde una visión más apoyada en el liberalismo nos dice lo siguiente:



"Las meritocracia es objeto de un rechazo atávico entre los progresistas. De hecho, suelen pensar que el mérito está en las antípodas de la igualdad: una sociedad meritocrática castiga a los vulnerables mientras recompensa a los ya privilegiados. Pero estamos, en realidad, ante una alquimia conceptual. El ideal meritocrático moderno es parte integral del paradigma de la igualdad.

En el orden medieval, las perspectivas de vida de las personas estaban totalmente determinadas por su origen. La meritocracia surgió cuando el ethos igualitario burgués barrió de un golpe esas estructuras fosilizadas.

En la medida en que las oportunidades de los individuos —incluyendo su acceso a cargos, posiciones y roles sociales— ya no podían depender del pedigree, el mérito personal se instaló como el criterio más democrático para administrar el progreso entre iguales.

La cultura del mérito tuvo un impacto altamente progresivo en materia social. Si realmente queremos que el éxito dependa solo del esfuerzo, debemos igualar las situaciones de partida de todos. De otro modo, las circunstancias de crianza se convertirían en nuevas barreras estamentales. Este es el axioma que los liberales cristalizaron en su famoso principio de igualdad de oportunidades, bajo el imperativo de una educación pública de calidad de alcance universal.

A la inversa de lo que se supone, el mérito también es crucial en el ideario socialista. Marx repudiaba a capitalistas y banqueros porque se enriquecían sin esforzarse ni producir. En sintonía con su planteo, los socialismos reales acuñaron el mito del héroe proletario: un trabajador abnegado que explota al máximo sus talentos en beneficio de la comunidad. Todavía podemos verlo en las manifestaciones pictóricas del arte socialista.

En su caso, por supuesto, la recompensa no era monetaria; se operativizaba en celebraciones simbólicas, como la entrega de condecoraciones a quienes alcanzaran records de productividad.

Naturalmente, el mérito no es el único valor, ni siquiera el más importante. Los derechos humanos, pilar de las democracias constitucionales, son universales e inalienables. Por eso, en la medida de lo posible, toda persona debe gozar de acceso seguro a alimento, vivienda, educación y salud al margen sus logros y elecciones o del modo en que use su humanidad.

Pero convertir la anti-meritocracia en la causa de los pueblos es una maniobra profundamente regresiva. Cuando se destruyen los incentivos al talento, el arte, la cultura y la innovación científica se estancan; las sociedades se vuelven también más pobres, la calidad de los servicios públicos se deteriora y queda menos para repartir.

Así se acaba por revertir la pulsión igualitaria que arrasó al mundo feudal. En rigor, la ola anti-mérito abona el retorno a un orden estático sin movilidad social ascendente, signado por la ignorancia y la miseria generalizadas. ¿Será la utopía del progresismo un neo-feudalismo post-industrial?".

En síntesis, el desafío sería: ¿cómo hacemos para armonizar más o menos virtuosamente ciertos criterios "meritocráticos" junto a criterios "igualitarios" que valoren a las personas por el solo hecho de existir?

The answer my friend, is blowing in the wind.

P.S.: By the way: acá tienen un artículo de La Nación sobre la tensión entre meritocracia e inclusión. Y acá tienen un artículo de Artepolítica acerca del tamaño del Estado. Soy un basurero que rescata discusiones viejas, jeje.

¡Abrazo de gol! Cuídense todxs. Los quiere,

Rodrigo

jueves, 2 de abril de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: CUANDO EL FEMINISMO SE CONVIERTE EN UNA EXCUSA PARA EJERCER LA PEREZA MENTAL SE PEGA UN TIRO EN EL PIE

Alguna vez habíamos escrito -parafraseando al amigo Goethe- que pensar adecuadamente es difícil, actuar es más difícil y actuar siguiendo el pensamiento propio es lo más difícil del mundo. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que actuar requiere coraje y fuerza de voluntad, que pensar requiere también coraje y fuerza de voluntad; ¡y ni que decir lo difícil que puede ser armonizar pensamiento y acción! 

Lo más cómodo es unirse a una "tribu", repetir consignas como un loro y evitar contradecir los prejuicios de la manada. La labor intelectual no consiste tanto en reforzar las convicciones del espectro ideológico elegido y batallar contra los adversarios políticos o demonizarlos, sino principalmente en inquietar las convicciones pétreas de quienes están en nuestro propio campo. Eso no quita que no sea importante luchar honestamente con un adversario político o ideológico o con aquellos discursos antagónicos a una idea de comunidad, de justicia social o de solidaridad entre los pueblos.


No es necesario que me recuerden que mi intención de polemizar o de problematizar mis propias prácticas no asegura ningún resultado, dado que lo más probable es que todo esto que voy a escribir no produzca entre mis lectores potenciales otra cosa que indiferencia y tedio. Sin embargo, como por estos días no tengo nada mejor que hacer, me arriesgo a la indiferencia absoluta. Ahí va... 

El ser humano VE interpretaciones todo el tiempo, porque nuestra visión de la realidad está atravesada por emociones. Cada razonamiento es antes un sentimiento. Hagan la experiencia de mirar un partido River  vs Boca con un fanático de cada equipo y comprobarán que cada uno MIRA un partido diferente, por más que luego puedan razonar las imágenes una vez que el partido termina. Digamos que la razón, demasiadas veces, termina siendo la justificación de una emoción previa.

Hace un tiempo, allá por el año I A.C. -antes de la cuarentena- un amigo me contaba, acodado en la barra y clavándose una birra, que yendo en moto a una velocidad respetable se le cruzó en rojo una chica que iba caminando como si la Avenida 9 de Julio le perteneciera. Por suerte mi amigo maneja muy bien y su moto tiene muy buenos frenos, porque de lo contrario ambos hubieran terminado gravemente heridos o incluso muertos. Mi amigo no pudo evitar reprocharle, en un tono enfático: "flaca, ¿vos sos pelotuda? ¡Fijáte por dónde cruzas, casi nos matamos!".

La respuesta de la chica fue ridícula, porque salió con "bajá el tonito" o "¿qué te creés, que un hombre me va a decir lo que tengo que hacer" y bla bla bla. Mi amigo, entendiendo que la mina era impermeable a cualquier tipo de intercambio lingüístico, optó sabiamente por irse.

Es evidente que la situación hubiera sido diferente si mi amigo le hubiese gritado: "¡pelotuda, mujer tenías que ser!" o algún improperio misógino por el estilo. Hacer catarsis por haber estado a punto de morir gracias a la distracción ajena no es un actitud machista sino una acción perfectamente explicable desde la claridad mental más meridiana. Si no entendemos eso no entendemos un carajo.

Lo que trato de decir es que muchas veces los discursos feministas o los debates sobre "el patriarcado" terminan por volverse una suerte de chivo expiatorio para ejercer el fanatismo y la pereza mental. En otras palabras, que les chiques a veces se pasan de rosca.

El psicoanálisis demuestra que no debemos esencializar las cuestiones de género, a riesgo de volverlas prejuicios que nos impidan escuchar razones. ¿Qué es una esencia? Digamos que es sencillo definir o "esencializar" un concepto en términos geométricos o matemáticos. Basta con dar una definición tipo "el triángulo es una figura de tres lados cuyos ángulos interiores suman 180 grados" y ya está. Dada esa definición, a menos que seamos muy pelotudos o estemos recontra alienados, jamás vamos a confundir un triángulo con la figura de Luis Majul. Esa idea de esencias eternas, hija de la abstracción matemática, estaba presente en la filosofía platónica: siguiendo este razonamiento, un discípulo de Platón podrá decir que un triángulo es isósceles, equilátero o escaleno, pero jamás se le ocurriría predicar que es "malvado". 

Las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarnos en el paradigma heterosexual, no pueden definirse de una vez y para siempre, sino que están llenas de fantasmas, miedos, prejuicios, tanto propios como ajenos. Y más allá de que existan condicionamientos históricos en la manera que cada uno tiene de relacionarse consigo mismo y con los demás, esos miedos e inseguridades VAN A EXISTIR SIEMPRE, porque se trata de afectaciones típicas de la condición humana. ¡No se puede reducir mecánicamente cada acto afectivo entre el hombre y la mujer a la cuestión del patriarcado o del machismo!

Si uno mismo no es transparente para sí mismo, ni piensa lo mismo que pensaba hace diez minutos: ¿cómo carajo creen que los actos de les otres pueden volverse transparentes o explicarse satisfactoriamente mediante un concepto tan escurridizo como "patriarcado"? 

"Se supone que el otro no es transparente porque es mentiroso. Yo no digo que no haya gente mentirosa pero el movimiento es inverso: es suponer que el otro no hace lo que vos esperás que haga pudiendo hacerlo. 'No le costaba nada llamarme'. Bueno, parece que sí le costaba". (A. Kohan dixit, desde ahora A.K.). En estas exigencias de reciprocidad nunca admitimos que el otro puede tener sus propias necesidades, sus propios miedos, sus propias neurosis.

Oh mujer que lees este post: si el tipo te clava el visto no necesariamente implica que sea un machito heteropatriarcal. ¿No se te ocurre pensar que las razones son muchas o es una sola? ¡Tal vez no le interesas, o no le interesas lo suficiente! Tener una relación es estar sujeto constantemente a malentendidos, a desencuentros, a interpretaciones diversas acerca de un mismo hecho, a imposibilidades de complementación.

¿Cuál es la diferencia principal entre un "viejo verde" y un "galán maduro"? ¿Que uno es heteropatriarcal y otro está "deconstruido"? ¡No! La diferencia principal es que UNO TE GUSTA y EL OTRO NO TE GUSTA. 

El patriarcado no es cualquier pelotudez que no te guste en la actitud de un hombre. El patriarcado o el machismo sería, entre otras cosas, suponer que una mujer es sumisa o es pasiva o no puede decirte, en el contexto de un boliche, "¡no me jodas flaco, estoy con mis amigas y quiero bailar con ellas!". Ahora bien, estar enganchado o interesado o incluso enamorado de alguien es interpretar cada acción y cada gesto al infinito. 

"Porque la pregunta es por qué seguís esperando a alguien que te clavó el visto. ¿Por qué empezás a hacer capturas de pantalla y mandárselas al comité de tus amigas? Tres noches seguidas tratando de escrutar, haciendo una hermenéutica del chat, de los emojis del pibe. Si a todo le ponemos el nombre patriarcado, no pensamos más nada. 'Listo, es el patriarcado, no soy yo que me quedo enganchada con un tipo que no me contesta los llamados, que lo estoy persiguiendo'". (A.K.)

En síntesis, me arriesgo a decir que hay dos peligros de igual valor pero de signo contrario: la sacralización y la banalización del concepto "patriarcado".

Cuando un concepto está sacralizado sólo nos recuerda a sí mismo, sin servir de lección para las prácticas del presente; mientras que cuando está trivializado, nos hace pensar en todo y en cualquier cosa. Ejemplo: si yo considero que Maradona es Dios, no admito compararlo con ningún otro jugador de fútbol que haya existido sobre la tierra (sacralización); en tanto que si considero que Messi o el lateral de Atlético Campana son técnicamente semejantes desde lo futbolístico, no entiendo nada y estoy trivializando el concepto que tengo de lo que significa la excelencia en el deporte.

En la investigación histórica, por caso, la trivialización o banalización es un peligro del que hay que cuidarse. Si al estudiar la historia europea del siglo pasado utilizamos el término “nazi” como sinónimo de canalla, más como adjetivo que como sustantivo, toda lección de lo que aconteció en lugares como Auschwitz se ha perdido. Hitler mismo termina por volverse un personaje que está en todas las salsas y ensaladas, y a cada momento aparecerán nuevos hitleres.

Siguiendo con la reflexión sobre los comentarios personales, recuerdo que una vez una amiga me decía hace varios meses: "¡qué bueno que los chiques de hoy en día estén mucho más deconstruidos y no tengan los prejuicios que tenemos nosotres". Yo asentí, dándole la razón, pero después me quedé reflexionando.

La verdad es que todo el tiempo veo pendejas y pendejos que en muchos aspectos no saben ni dónde carajo están parados, aunque usen el pañuelo verde o el pañuelo celeste. ¡Y es normal! Creo que la estupidez, el fanatismo, la pereza mental, la bondad y la maldad no distinguen religión, clase social, edad o género. Sencillamente van adoptando diversas formas de acuerdo con cada condicionamiento al que esté sometido el sujeto. Les adolescentes a veces son maravillosos, y a veces son terriblemente egoístas y/o están más perdides que perre en canche de boches. ¿Cómo podría ser de otra manera?



Yo no tengo una formación muy sólida en cuestiones de feminismo o de género, pero no puedo menos que adherir a las intuiciones de la amiga Kohan cuando dice que "el patriarcado no es el varón, es un sistema de opresión, porque incluso hay mujeres patriarcales. Es un error de análisis y por lo tanto de consecuencia. ¿Por qué no incluir a los varones en la lucha por la legalización del aborto? Si son parte. Porque además, lo que yo digo, es que a cualquier mujer, después de decidir, lo que le vendría mejor es que el varón la acompañe. No que la deje sola".

Luego está el problema de la esencialización de las relaciones de poder entre hombres y mujeres:

"Hay una idea a priori que no deja de ser esencialista que es que las mujeres no mentimos y los varones sí. Entonces se ha escrachado a una cantidad de varones que no habían hecho nada, se arruinan sus vidas siendo jóvenes y no tan jóvenes, y yo estoy totalmente en contra de eso. Me parece nocivo, me parece que se arma un estado policial que es contrario a la supuesta emancipación del feminismo. El feminismo tiene que incluir a los varones, primero porque también son víctimas del patriarcado y, segundo, porque la lucha no debe pasar por el género". (A.K.)

Tampoco es cierto que el abuso de poder sea patrimonio de los hombres: ¿cuántos ejemplos conocen de mujeres que abusan de su posición de poder? Cientos de miles. Creo que ahí la cosa está más repartida de lo que muchas feministas están dispuestas a admitir.

Por lo demás, entiendo con Foucault -y en esto Kohan coincide- que el poder no es tanto una "cosa" que se posee o se detenta, sino más bien algo que circula. No hay relaciones humanas que no estén atravesadas por el poder. No hace falta ser alguien vigoroso u ocupar un puesto jerárquico importante. Si definimos al poder como la capacidad de torcer la voluntad del otro en mi propio beneficio, las situaciones donde circula el poder son innumerables:

Ejemplo 1: Cuando se juega un deporte en equipo, el jugador que está física y técnicamente más dotado ejerce mayor poder que el resto de sus compañeros, porque tiene más capacidad para torcer el resultado en su favor. Los compañeros reconocen la legitimidad de su "poder" y suelen pasarle la pelota más seguido que a los demás;

Ejemplo 2: Una mujer de belleza hegemónica, de veintidós años y que está que se explota, se hace pagar tragos gratis para ella y sus amigas porque un "viejo" de cuarenta está embobado con ella. Mientras el tipo hace la fila para traerle un trago, le susurra divertida a sus amigas: "Mirá cómo le estoy haciendo pagar tragos a este viejo pelotudo! ¿Querés un fernet con coca Agostina? ¡La próxima le digo que te traiga!";

Ejemplo 3: Una madre postrada, supongamos que tiene setenta años, ejerce un poder tiránico sobre su hija, aprovechando SU SUPUESTA POSICIÓN DE DEBILIDAD, y convierte su voluntad en una suerte de voluntad divina. La hija, que tiene poco más de cuarenta años, no puede rearmar su vida con otros hombres porque no se puede despegar de esa relación de sumisión con la madre. Dejarla un rato sola la llena de culpa.

Hay otros fragmentos de la entrevista de A.K. que ya pusimos en el posteo anterior que dan para debatir largo y tendido. Sin embargo, como creo que en parte dije algunas cosillas, la seguiremos mañana.

¡Cuídense mucho!

Rodrigo