Mostrando las entradas con la etiqueta GRIEGOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta GRIEGOS. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de julio de 2016

UNA INTRODUCCIÓN A “EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA” DE FRIEDRICH NIETZSCHE (Primera parte)

Friedrich Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken. Tanto su padre, Karl Ludwig, como su abuelo, fueron pastores protestantes, con lo cual vino al mundo en una atmósfera intensamente religiosa. 

Al comienzo, su gusto se inclinaba por la música clásica, representada por Mozart, Haydn, Schubert, Mendelssohn, Beethoven y Bach. Al mismo tiempo expresa su aversión por toda la música no clásica, especialmente lo que entonces se conocía como Zukunftmusik (“música del futuro”), término derivado del escrito de Wagner La obra de arte del futuro, cuyos máximos exponentes eran el propio Wagner y Franz Liszt. Como vemos, la conversión del filósofo a la música wagneriana se produjo algunos años después.


A su padre le gustaba improvisar al piano, al igual que a él. La temprana muerte del padre lo dejó solitario y serio, ¿y cómo no habría de serlo si perdió no sólo al padre sino también a un hermano menor, a una tía y a su abuela cuando tenía menos de ocho años?


Tiempo después, se rebeló a los deseos de su madre de convertirlo en párroco: dejó la facultad de teología y se dedicó a la filología clásica. Cuando en la primavera de 1865 vuelve a Naumburg para pasar las primeras vacaciones semestrales, su madre queda consternada porque Nietzsche se niega firmemente a participar de la celebración eucarística. Discuten y la madre rompe en llanto, teniendo que ser consolada por una tía que le dice que todos los grandes hombres  se han visto obligados a sufrir dudas y tentaciones. Nietzsche escribirá, por aquel entonces: “si quieres conseguir quietud de alma y dicha, cree; si quieres ser un discípulo de la verdad, investiga”.

Compuso la primera pieza musical que se conserva hoy a los once años: un Allegro para piano. Siempre le pareció que el arte por excelencia, el arte más cercano a la fuerza de la vida, a lo dionisíaco; el arte que no nace de la imagen sino directamente de la voluntad misma, era la música. Más de una vez escribió que “sin música, la vida sería un error”:


“Todo lo que (…) no se deja aprehender a través de relaciones musicales engendra en mí hastío y náusea. Al volver del concierto de Mannheim sentí en mayor medida el singular miedo nocturno ante la realidad del día, pues ésta ya no me parecía real, sino fantasmagórica”, le escribe a su amigo Erwin Rohde, a poco de venir de un concierto de música de Richard Wagner. 


Les recuerdo algo que parece trivial pero que tal vez no lo sea tanto: en ese entonces, para escuchar música había que ir a un concierto, o tocar uno mismo algún instrumento. Esto se nos pasa de largo porque nosotros convivimos todo el tiempo con toda clase de música, con sonidos de lo más variados -algunos muy molestos y otros muy disfrutables- , motivados por la reproductibilidad técnica.


Hay una anécdota muy interesante que alguna vez narró su amigo de juventud, Paul Deussen:


“Nietzsche había partido solo hacia Colonia un día de febrero de 1865, y allí se agenció un guía para que le mostrara cosas dignas de ver. Al final le rogó que lo llevara a un restaurante. Pero el acompañante lo llevó a un burdel. Nietzsche me contaba al día siguiente: ‘De pronto me vi rodeado por media docena de apariciones en lentejuelas y gasa, con su mirada expectante puesta en mí. Durante un tiempo me quedé sin palabras. Pero luego me dirigí instintivamente hacia un piano, que era el único ser  con alma en aquel grupo, y toqué algunos acordes, que mitigaron mi rigidez y salí a la calle’”.


Como bien nota Rüdiger Safranski, “la música triunfa sobre la lascivia”. Cuando en 1877 Nietzsche establece un ranking de cosas según su grado de placer, le destina el primer lugar a la improvisación musical, el segundo lugar a la música de Wagner, y dos escalones más abajo recién aparecen los placeres carnales.


En octubre de 1858, a sus catorce años, ingresa en la Escuela de Pforta, instituto célebre en la época por su enseñanza de la lengua y la literatura clásicas. Allí aprende muy bien el latín y el griego. En aquellos años escolares, Nietzsche creía que el mejor tipo de educación es aquel que no descuida ni la mente ni el cuerpo, por lo que “hay que educarse en todas las ciencias y artes y evitar que el estudio nos haga desarrollarnos solamente en algunos ámbitos del saber, pues de este modo nuestra educación siempre sería parcial y unilateral. Para alcanzar este objetivo, lo mejor es leer a todos los escritores, clásicos y modernos, tanto por su forma como por su contenido, y estudiar las diversas ciencias para que, iluminado por un único sol, el árbol de la verdad fructifique”. (Pforta, 1859)


Tenía un gran afán por adquirir conocimiento, y se interesó vivamente por todo tipo de artes y ciencias, hasta que consideró que era necesario especializarse y eligió dedicarse  a la filología. 

Alguna vez dijo que los profesores de Pforta pusieron fin a su “vagar sin plan”. Como diría Séneca, nunca soplan vientos favorables para un barco sin rumbo; pues bien, Nietzsche descubrió en los griegos y en la música un motivo para investigar y reflexionar acerca del rol de la cultura,  interés que lo acompañará toda su vida.


Como sugiere Safranski, si exceptuamos el caso de Michel de Montaigne, autor de los famosos Ensayos, ningún otro filósofo o pensador se inclina tanto a decir “yo” en sus escritos como lo hace Nietzsche. Creía que valía la pena que sus lectores tomen conciencia de su mismidad, de sus dolores, de sus luchas, de sus obsesiones. 

Hacia el final de su vida, en Ecce Homo escribe: “Conozco mi suerte, un día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como no hubo en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión, conjurada contra todo lo que se creyó y era sagrado hasta entonces”.


EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA


En 1865 descubrió, en una librería de anticuario de Leipzig, los dos tomos de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer; los compró, se los devoró inmediatamente y durante un tiempo confiesa haber estado sumido en una especie de embriaguez. Observa con claridad que la esencia del mundo no es lógica ni racional, sino que está gobernada por un impulso oscuro y vital.


Con el Grupo de Estudio habíamos hablado de leer primero Ecce Homo. Ahora, para abordar una obra compleja y polimorfa, me viene bien la muy buena introducción al Volumen I de las Obras completas de Nietzsche, titulada “Escritos de juventud” y editada por Tecnos. Voy a extraer algunos párrafos para que les sirvan de introducción a la lectura de este mes: El origen de la tragedia

Recordemos que en ese escrito temprano, Nietzsche estaba muy influido por la música de Richard Wagner y por la filosofía de Schopenhauer. Tiempo después, y cuando ya había renunciado a su cátedra, nuestro autor reniega bastante de ese escrito de juventud, y de su influencia schopenhaueriano-wagneriana, y construye un pensamiento crítico genealógico muy diferente, aunque esa es otra historia que veremos más adelante, si es que no me dejan solo.


Para entender mejor el contexto en el que surge El origen de la tragedia, hay que  relacionarla con la crítica que el clasicismo y el romanticismo alemán habían formulado contra la cultura moderna a partir de cierto modelo idealizado del mundo griego. Tanto la filología clásica como la historia y la filosofía alemanas, se constituyeron en instancias decisivas para la comprensión del ideal griego. ¿Por qué motivo? Porque los intelectuales alemanes creían que el ideal griego era una manera eficaz de renovar la cultura y dar a Alemania una identidad nacional comprendida como “nueva Grecia”. El “genio”, el “filósofo-artista” debía producir el acto creador e innovador para oxigenar y hacer evolucionar la transformación cultural alemana.



Para escribir esto le voy a robar ideas a Diego Sánchez Meca, autor de la citada introducción a sus “Escritos de juventud”:


Aparte de la profunda impronta que dejará en su pensamiento y en su vida el haber nacido y crecido en una familia del clero protestante -casi exclusivamente criado y rodeado por mujeres tras la muerte de su padre, cuando Nietzsche tenía cinco años-, nuestro autor se educó en el ambiente de los años en que Alemania luchaba por tener una identidad cultural fuerte, ya que políticamente no tenía ni una historia común ni un territorio unificado como nación. Se suponía que esa identidad le sería dada por la educación. El neohumanismo de Goethe, Schiller, Winckelmann, Lessing, etc.; había señalado a la Grecia antigua como la más perfecta unidad de estilo y de carácter en cuanto nación. Constituía, entonces, el modelo a seguir en la tarea del cultivo, recuperación y renovación del verdadero espíritu alemán, el cual debía dar su contenido propio a una Bildung (formación) capaz de delimitar, moldear y construir la singularidad del individuo y del pueblo alemán. En esta Bildung debían confluir, en concreto, el estudio de la Antigüedad clásica, la religión luterana y la lengua y literatura germánicas. Eso explica la preeminencia de los estudios humanísticos en el sistema educativo alemán. Recordemos que en 1810 se crea la Universidad de Berlín, de la que Wilhelm von Humboldt fue su principal instigador.


El Nietzsche joven intentó siempre educarse bajo la estricta órbita de los principios de la Bildung. De hecho, muchos de los escritos iniciales que nos han llegado formaron parte de la asociación Germania, fundada por el propio Nietzsche junto a sus amigos de la infancia: Wilhelm Pfinder y Gustavo Krug.


La poesía es la máxima expresión de la individualidad popular, por lo que antes de ser filólogo había que ser poeta. Así, los temas preferidos por el Nietzsche niño y adolescente son los de las leyendas germánicas, de entre las cuales su héroe favorito es Hermanarico, rey de los godos, cuya muerte le inspira un poema épico, el esbozo de una tragedia, una composición musical, un ensayo filológico y otro histórico.


Entre sus lecturas juveniles, además de Hölderlin, sobresale Emerson, cuyos Ensayos le atraen enormemente, sobre todo esa mezcla de romanticismo europeo y optimismo norteamericano. 


Schulpforta, la institución escolar que les nombré antes y donde Nietzsche hizo la secundaria, era la perfecta síntesis de los ideales de la burguesía culta (Bildungsbürgertum) de ese entonces. Su estudio de despedida sobre Teognis de Megara, le valió para ser admitido por Friedrich Ritschl, prestigioso catedrático de Filología clásica en Bonn y en Leipzig, en el selecto círculo de sus alumnos universitarios.


Para Nietzsche, los estudios clásicos no eran una excusa para ejercer la erudición vacía, sino una forma de recuperar del modelo griego la idea de una educación como construcción de la individualidad que haga posible reconducir la fragmentación del hombre y la sociedad modernas a su unidad originaria.


En determinado momento, el joven filólogo Nietzsche, educado en la rígida disciplina de Pforta y entrenado por Ritschl en las técnicas positivistas del estudio erudito de la Antigüedad, sucumbió fatalmente a la personalidad y la música de Richard Wagner. El destino quiso que su nombramiento como profesor en Basilea a sus  veinticinco años –por recomendación de su maestro Ritschl no tuvo que hacer un examen para doctorarse- coincidiera con el encuentro con Wagner, del que nació un compromiso cada vez más fuerte con la justificación ideológica y la difusión del proyecto wagneriano de una renovación estético-política de la cultura alemana. 

En síntesis y para no divagar más: sus inclinaciones filosóficas chocaron con las funciones y obligaciones propias de un profesor de filología y con los compromisos y tareas de un propagandista wagneriano, hasta que, tras la fuerte crisis personal de 1875-1876, se acabe alejando definitivamente de Wagner y abandone la universidad para realizar sus aspiraciones iniciando su vida de filósofo errante.


A mediados de 1870 le había escrito a su amigo Rohde: “Ciencia, arte y filosofía crecen ahora en mí juntos de tal manera, que en cualquier caso alguna vez pariré centauros”. Con la palabra “ciencia” se refiere a la filología y al estudio y comprensión del mundo griego; con la palabra “arte” alude a la ópera de Wagner; y con la palabra “filosofía” a la metafísica de Schopenhauer.


No es de extrañar que esta mezcolanza de ciencia, arte y filosofía no fuera comprendida por los filólogos de su época. Su escrito sobre El origen de la tragedia tenía que ser, para muchos eruditos de la filología de aquél entonces -como U. von Wilamowitz-Möllendorff-, no más que una “ingeniosa borrachera” (geistreiche Schwiemelei), al decir de su maestro Ritschl en su diario privado.


Me parece que con esto ya tienen un buen panorama. Espero poder escribirles pronto la segunda y última parte, y que  les pueda servir de introducción  al texto que íbamos a ver este mes. Los espero a mediados de agosto en mi casa, para discutir y charlar –mate de por medio-de un autor que nos apasiona: Federico Nietzsche.

¡Sean felices!

Rodrigo

domingo, 3 de julio de 2016

LOS GRIEGOS

Como algunos de ustedes sabrán, me apasiona la filosofía en general, y en particular suelo juntarme una vez por mes a estudiar detenidamente la obra de Friedrich Nietzsche a través de mi Grupo de estudio sobre Nietzsche en Facebook

En tal sentido, me interesaba exponer algunas cuestiones muy generales sobre los griegos. Me gustaría que de a poco vayamos entendiendo esta riquísima tradición, para tener algunos conocimientos previos antes de encarar un texto tan complejo como lo es El origen de la tragedia, una de las primeras obras del Fede.

Los griegos se denominaban a sí mismos “helenos”. Hasta donde sé -no tengo a mano las referencias bibliográficas dado que mi biblioteca está hecha un desorden- la palabra castellana “griego” deriva de la  latina  “graecus”, que procede a su vez de la voz griega γραικός (graikós), el nombre de una tribu de Beocia que emigró a Italia en el siglo VIII a. C. 


Los griegos, al menos los del período clásico, dividían habitualmente a la familia humana entre helenos y bárbaros. La palabra “bárbaro” no necesariamente tiene una connotación negativa, sino que alude a personas que no hablan griego, y por tanto profieren sonidos como “bar, bar”, que un griego no comprende.

El especialista francés François Châtelet contradice en buena medida lo que acabo de describir sobre los bárbaros: "Aristóteles nos parece extremadamente chocante cuando pronuncia frases del estilo de 'los bárbaros no tienen de hombres más que los pies'. Quiere decir que no tienen simplemente mas que la forma humana, pero no la esencia del hombre. (...) Este rechazo del otro es constitutivo del pensamiento griego".


El griego es miembro de la familia de las lenguas  indoeuropeas, junto con el latín, el sánscrito y las lenguas célticas y germánicas. Según el profesor H. D. Kitto, “el griego, como su primo el latín, es un idioma rico en inflexiones, con una sintaxis elaboradísima y delicada (…) La sintaxis griega es mucho más variada, mucho menos rígida que la latina”.


Todavía no entiendo bien ni el griego ni el latín, pero según Kitto “está en la naturaleza del griego expresar con suma exactitud no sólo la concordancia entre ideas, sino también matices de significación y sentimiento”. Creo recordar que Nietzsche ha dicho algo semejante, comparando favorablemente el griego y el latín con respecto al alemán, aunque ahora no recuerdo bien dónde lo había dicho. No es que no puedan expresarse desatinos en griego, pero “el desatino se hace patente en seguida” (Kitto).


En la Ilíada de Homero, las fuerzas griegas que asedian Troya son mencionadas con tres nombres diversos: “argivos”, “dánaos” o “aqueos”.

Según Emilio Crespo Güemes, traductor de mi edición de la Ilíada, el poema homérico presenta “una forma de griego antiguo que nunca fue usada para la comunicación cotidiana. Aparecen mezcladas formas arcaicas y recientes, formas de distintos dialectos hablados y formas que no existieron en ningún dialecto y que son exclusivas de la lengua artística de la épica arcaica”.

Si vemos la edad a la que murieron tipos como Eurípides, Sófocles, Esquilo, Platón, Isócrates, Protágoras, Jenofonte, notaremos que vivieron muchos años. La geografía y el modo de vida griego favorecía, según Kitto, no sólo la longevidad sino además una energía prolongada.

La dieta de los griegos era bastante frugal: pan de cebada, aceitunas, un poco de vino, algo de pescado y excepcionalmente –los días de fiesta- carne. Esa dieta, unida a una vida al aire libre, sin mucho lujo, daba salud y vigor a sus habitantes.


Nosotros, los animales de ciudad de clase media,  solemos tener internet, wi fi, whatsapp, facebook, netflix, computadora y aire acondicionado. Los griegos, en cambio, se bronceaban al sol, caminaban y hablaban boludeces con sus vecinos, hacían gimnasia y no se preocupaban por escribir huevadas en un blog:


“El ocio que disfrutaban los atenienses suele atribuirse popularmente a la existencia de la esclavitud. La esclavitud tenía algo que ver con ello, pero no tanto como el hecho de que los griegos pudieran prescindir de las tres cuartas partes de las cosas cuya obtención nos quita el tiempo”. (H. D. F. Kitto, “The greeks”, 1951).

Es cierto que Kitto escribe esto a principios de la década del 50’, con lo cual mucho del rol de las mujeres no habla. No es casualidad que casi todos los filósofos y artistas que hemos conocido hayan sido hombres.

En cuanto a la religión, digamos que estaba vinculada a la “polis”, a la “ciudad estado”. Si bien los dioses olímpicos eran adorados por todos, cada ciudad tenía sus propios cultos, ritos y dioses menores, ninfas, héroes. En cierto modo, la polis era una unidad independiente tanto en lo religioso como en lo político.


Para Esquilo, la polis perfecta se da donde la Ley es satisfecha sin provocar el caos; donde la justicia reemplaza a la venganza privada y donde los derechos de autoridad se concilian con las pasiones e instintos individuales.


Cuando se traduce la expresión de Aristóteles según la cual el hombre es un “animal político”, en rigor está diciendo que el hombre es una criatura que vive en la polis. La polis es el único marco en el que el hombre puede realizar plenamente sus aptitudes espirituales, morales e intelectuales.


Me gustaría seguir con este tema, pero prefiero cortarla acá porque temo que el posteo me está quedando demasiado “escolar”. En otro momento hablamos más de los griegos, el origen de la filosofía y la mar en coche. ¿Les parece?

¡Sean felices!

Rodrigo

Foto: "Leónidas en las Termópilas", de Jean Louis David. Óleo sobre tela, 1814. 395 x 531 cm. Museo del Louvre, en París

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA EN GRECIA

El carácter TRÁGICO del amor erótico puede reducirse a amar/desear a quien no nos ama; o ser amados por alguien a quien no podemos amar. Obviamente el segundo caso es muchísimo menos doloroso que el primero: es inverosímil suicidarse –como le ocurrió a Werther, el personaje literario creado por Goethe; o deprimirse, por no poder corresponder al deseo ajeno.

Lo trágico es, en este caso, lo inexorable: un destino que se impone más allá de la voluntad humana. 

Pues bien, en la antigüedad griega se dio una competencia entre la curiosidad teórica, representada por la filosofía, y el arte de la tragedia. Si leen la República (en griego “Politeia”), notarán el desprecio del autor hacia el arte de la tragedia, más allá de que Platón, en su juventud, quiso ser un poeta trágico. ¿Por qué? Pues porque la sabiduría de la tragedia se cifra en dejar ciertas cosas en la oscuridad o en la indecisión. 

Vale decir: en la tragedia no hay posibilidad de "síntesis". Por caso, en Antígona, de Sófocles, tiene razón tanto Creonte como Antígona. Un filósofo como Platón no puede aceptar que ambos tengan razón, porque eso implicaría negar que exista una verdad, y la posibilidad de distinguir bien de mal. Como no existe una ciencia del amor es que el arte parece mucho más efectivo que la ciencia o la filosofía para abordarlo. 


Es cierto que mi comparación no debe llevarse al extremo de ignorar las grandes diferencias que existen entre nuestra idea del amor -años y años de Cristianismo, Romanticismo y música pop mediante- y la concepción del amor en la Grecia antigua. Pero no nos desviemos del tema.

Lo que me interesaba destacar es que la filosofía es, para casi la totalidad de los estudiosos, UNA CREACIÓN GRIEGA. Hay muchos componentes de la civilización griega que tienen un correlato en otros pueblos de Oriente que alcanzaron un alto nivel de civilización antes que los mismos griegos: habilidades técnicas, creencias y cultos religiosos, manifestaciones artísticas... Sin embargo, en lo que concierne a la filosofía, los griegos fueron realmente creadores de algo que no tenía precedentes. 

Nosotros tenemos modos de "razonar", de argumentar, que en gran medida nos vienen -aunque no lo sepamos con exactitud- de nuestra herencia judeo-cristiana y greco-latina. Todo el "pensamiento científico" como lo conocemos hoy no hubiese sido posible sin la herencia griega. 

No estoy diciendo que el Egipto antiguo, la China, la India, el pensamiento árabe, la sabiduría de los indios americanos (que ha sido tan arrasada que en gran parte se ha perdido para siempre), no tengan una enorme validez. Tampoco conozco mucho sobre "estudios africanos" (y ya decir "africano" es una enormidad). La "sabiduría" existió en todas las culturas y en todas las épocas. No obstante, lo repito nuevamente, la "filosofía" es un invento griego. 

No ignoro que existen montones de “ismos” que polemizan con esta certeza: corrientes antiimperialistas, desconstruccionistas, multuculturalistas y todos los "ismos" lo que le quieran sumar. Prefiero no meterme en el berenjenal del debate eurocentrismo/multiculturalismo, sino que me interesa destacar la importancia de la herencia griega.


Los primeros griegos buscaron alimento espiritual en los poemas homéricos, es decir, en la Ilíada y en la Odisea (que, como todos sabemos, ejercieron una influencia análoga a la que la Biblia ejerció entre los judíos). Como no tuvieron textos sagrados, no existía una VERDAD REVELADA, sino que Hesíodo, Homero y los poetas gnómicos de los siglos VII y VI a. C eran, como diría el nabo de Ari Paluch, su “combustible espiritual”.


Según H. Kitto, un profesor de griego británico, a menudo “una cita de Homero era el modo natural de dirimir una cuestión de moral o de conducta”. Esquilo calificaba su propia obra como “migajas del banquete homérico”, e incluso surgieron algunas sectas fundamentalistas que creían que Homero era la fuente de toda la sabiduría y el conocimiento del mundo, como Jorge Sanata para muchos antikirchneristas emocionales. Un pensador como Platón, en el "Ion", se mofa de alguien que por ser experto en Homero pretende ser un sabio.

Los personajes centrales de la Ilíada y la Odisea son, o bien héroes que vivieron en la época mítica en que los dioses olímpicos intervenían directamente en los asuntos humanos y los hombres eran más fuertes y corpulentos que los seres humanos actuales; o bien son dioses con rasgos humanos que exhiben su favoritismo por tal o cual héroe, y a menudo son caprichosos, soberbios, envidiosos e irascibles. Mientras el destino del héroe suele ser triste e incluso atroz, los dioses la pasaban bastante bien.

Los dioses no favorecen a seres insignificantes, sino a héroes imbuidos de “areté”, de nobleza, de cualidades excepcionales. No existe en castellano un concepto equivalente al de areté. Según Werner Jaegger, en su excelente libro Paideia, "el concepto de 'virtud' en su acepción no atenuada por el uso puramente moral, como expresión del más alto ideal caballeresco unido a una conducta cortesana y selecta y el heroísmo guerrero, expresaría acaso el sentido de la palabra griega".

Los griegos entendían por areté, sobre todo, una fuerza, una capacidad. El "vigor y la salud" son, por ejemplo, una "areté" del cuerpo. Sagacidad y penetración serían "areté" del espíritu. Homero usa el concepto no sólo para designar la excelencia humana, sino también la superioridad de seres no humanos, como la fuerza de los dioses o el valor y la rapidez de los caballos nobles.

George Brandes (1842-1927), profesor danés y primer estudioso de la obra de Nietzsche, decía que los pensamientos del autor de El origen de la tragedia estaban imbuidos de un “radicalismo aristocrático”. En una carta, Nietzsche le manifestó a Brandes su aprobación: “La expresión radicalismo aristocrático que usted me dirige me agrada. Permítame decirle que es lo más fuerte que de mí se ha dicho”. 

Pues bien, esa concepción aristocrática está muy presente en la obra homérica. 

Como casi no han sobrevivido muchos “poemas épicos” al margen de la Teogonía y los Trabajos y días de Hesíodo; y la Ilíada y la Odisea, no es sencillo definir claramente el género.

En Homero, las acciones humanas son libres y al mismo tiempo están influenciadas por la voluntad divina. No hay conflicto entre el determinismo divino y el libre albedrío humano. Ejemplo: Aquiles o Héctor son conscientes del destino que les espera cuando toman las decisiones que toman, y sin embargo deciden hacerlo igual.

Ese interés homérico por el sufrimiento humano preludia las tragedias de la época clásica (Sófocles, Eurípides, Esquilo). 

La imaginación homérica ya está estructurada según cierto sentido de la armonía, de la proporción. El poeta no narra simplemente una serie de hechos que no tienen conexión, sino que explora causas y razones, aunque sea a nivel mítico-fantástico. Y ahora me meto con algo que me parece extraordinario, siguiendo una lectura de Cornelius Castoriadis: 

Esta "ausencia de revelación" nos sirve para comprender, a modo de contraste con la tradición de las tres religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo), la "libertad de pensamiento" que existía en el mundo griego: El “texto sagrado” de Grecia no es un texto sagrado. Ésta es, prácticamente, una diferencia fundamental con respecto a todas las culturas históricas que conocemos. Este texto no es religioso ni profético, ES POÉTICO. Su autor (o autores) no es un profeta, es un poeta, es EL POETA. El poeta no prohíbe nada, no impone nada, no da órdenes, no promete nada: dice. Y al hacerlo, no revela nada sino que recuerda. Las “musas” son hijas de Mnemosine (la memoria). Y como hijas, son parecidas a la madre pero NO SON LA MADRE. Ya ahí se plantea esa mezcla de “imaginación y recuerdo” que habita en todo acto de “poiesis”, de creación. (Nota: disculpen si transcribo mal algunos términos griegos, todavía no estudié el idioma, aunque pienso hacerlo más adelante).

Este margen de libertad que da la ausencia de revelación es esencial para el surgimiento tanto de la filosofía como de la política y la autonomía, que son un enorme tesoro que los griegos nos legaron. Y también es esencial para el nacimiento del arte y del pensamiento científico. Esta ausencia de dogmas establecidos y de autoridades justificadas trascendentemente -como la del profeta o la del sacerdote- da cabida a la posibilidad de pensar en muchos sentidos las cosas y no en una sola dirección. En el Canto IX de la Ilíada (versos 400-409), Aquiles rechaza la propuesta de Agamenón, quien lo llena de regalos suntuosos, de regresar al combate, y dice poco más o menos que la guerra no tiene sentido y NADA VALE MÁS QUE LA VIDA. Estas palabras constituyen una crítica muy poderosa al mundo heroico, al  ideal de “arete”, de nobleza:

“Se pueden ganar con pillaje bueyes y cebado ganado,/ se pueden adquirir trípodes y bayas cabezas de caballos;/ mas la vida humana ni está sujeta a pillaje para que vuelva/ ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes./  Mi madre, Tetis, la diosa de argénteos pies, asegura que a mí/ dobles parcas me van llevando al término que es la muerte:/ si sigo aquí luchando en torno de la ciudad de los troyanos,/ se acabó para mí el regreso, pero tendré gloria inconsumible;/ en cambio, si llego a mi casa, a mi tierra patria,/ se acabó para mí la noble gloria, pero mi vida será duradera/ y no la alcanzaría nada pronto el término que es la muerte”. 


¡Fíjense lo denso que es ese pasaje! La diosa Tetis, madre de Aquiles, le pronostica una vida breve y gloriosa. El contraste con la Odisea es muy significativo. Ahí se produce un encuentro entre Odiseo (Ulises) y Aquiles en los Infiernos (el Hades). Como todos los habitantes del Hades, Aquiles no es más que un espíritu sin “noos”, sin alma (una suerte de zombie). El adivino Tiresias es el único que en el Hades conserva sus facultades, por una gracia de Perséfone: los demás son almas que vuelan, que no saben nada ni tienen recuerdos, a las que se les debe dar de beber sangre para que pronuncien “discursos verídicos”. Lo explica Tiresias en el Canto XI  de la Odisea (145-149): 

“Sin hacerse esperar contestó de este modo Tiresias:/ ‘Fácil es la repuesta y habrás de guardarla en tu mente:/ de los muertos aquel que tú dejes llegar a la sangre/ te dirá sus verdades y aquel a quien lo permitas/ te dará las espaldas y atrás volverá su camino’.


Y lean este fragmento del Canto XI de la Odisea, que antes contextualizo brevemente: Odiseo le tira flores a Aquiles, diciéndole: “Los argivos te honramos un tiempo al igual de los dioses y acá tenés también el imperio en los muertos: por ello no te debe, ¡oh Aquiles!, doler la existencia perdida”.

Y la respuesta de Aquiles, como bien nota Castoriadis, es de una riqueza filosófica excepcional:


“No pretendas, Ulises preclaro, buscarme consuelos/ de la muerte, que yo más querría ser siervo en el campo/ de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa/ que reinar sobre todos los muertos que allá fenecieron”. 


¡¡Es extraordinario!! El héroe le dice que preferiría limpiar baños en una estación de subte estando vivo, antes que ser el más capito en el mundo de los muertos. ¡¡Que prefiere ser el Pitu Abelairas en el mundo de los vivos, antes que Lionel Messi en el Hades!!


Los egipcios tenían un círculo de la metampsicosis, los babilonios y micénicos tampoco aceptaban la “muerte definitiva”.  En cambio los griegos no buscaron ningún consuelo en el más allá. 


Para los hebreos, el hombre bueno y piadoso tendrá una vejez feliz y apacible morirá saciado y en paz. LOS GRIEGOS NO TIENEN HÉROES QUE MUERAN VIEJOS Y FELICES: el final de los héroes suele ser atroz. Y sin embargo, tanto Aquiles, como más tarde Sócrates, escogen morir. Sócrates diciendo que una vida sin examen no merece ser vivida; y Aquiles diciendo que la vida sin gloria no es vivible. El hombre está desgarrado por dos motivos opuestos: evitar la muerte porque “nada vale la vida”; y evitar una vida sin contenido que la vuelva indigna de ser vivida. Los héroes homéricos están todo el tiempo dudando: ¿me conviene huir del campo de batalla o mostrarme valiente? No son los héroes de las películas de Hollywood sino tipos angustiados, cavilosos. 


Héctor, el más valiente de los guerreros, se muestra miedoso ante la posibilidad de morir a manos de Aquiles. ¿Se entiende un poco mejor cómo es que Grecia fue la cuna de la filosofía? 


En fin, esto da para mucho. También existen misterios órficos y pitagóricos que son medio un quilombo, y podemos hablar de la lectura de Nietzsche y el platonismo en relación al cristianismo y toda una perorata que prefiero dejar en suspenso para no marearme mareándolos.

Finalizo con una extensa cita de H. D. F. Kitto:

"Sería un error describir la Ilíada como una tragedia, puesto que es (como muchas cosas griegas) precisamente lo que se propone ser, un poema épico, con todo el sosiego y la dilatabilidad que éste exige. No obstante, es intensamente trágica, y en esto es también plenamente griega: el sesgo trágico del pensamiento era habitual en los griegos. (...) Muy pocos griegos creían que la vida era un valle de lágrimas, en el cual nada importaba demasiado. Sentían la más vehemente atracción por la actividad en todos sus aspectos: física, mental, emocional; un inagotable placer en realizar hazañas y en contemplar cómo se hacían. Casi todas las páginas de Homero constituyen un testimonio de esta afirmación. Ese fondo trágico no debe interpretarse como que la vida es indigna de vivirse; es un sentimiento de tragedia, no de melancolía".