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sábado, 26 de septiembre de 2015

SOBRE LA UTILIDAD DE LA HISTORIA PARA LA VIDA: BORGES, NIETZSCHE Y LA NECESIDAD DE OLVIDAR

No es improbable que el excepcional cuento de Borges, Funes el memorioso, se haya originado en la lectura de la segunda de las "Consideraciones intempestivas" de Nietzsche: Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Si uno lee ambas obras, las similitudes son flagrantes. Nietzsche nos propone que imaginemos:

"(...) el caso extremo de un hombre al que se le hubiera desposeído completamente de la fuerza de olvidar, alguien que estuviera condenado a ver en todas partes un devenir. Ese hombre no sería capaz de creer más en su propia existencia, ya que vería todas las cosas fluir separadamente en puntos móviles. Se perdería así en esta corriente del devenir. (...) Y es que en toda acción hay olvido, de igual modo que la vida de todo organismo no sólo necesita luz sino también oscuridad".

Es cierto que, hasta donde recuerdo, el padre de Borges le hizo conocer tempranamente la filosofía de William James, quien en su Principles of psychology (1890), dijo que "el principal trabajo de la memoria es olvidar". De todos modos sigo creyendo que Borges se inspiró principalmente en Nietzsche, aunque a esta altura no tiene demasiada importancia. 

Para quienes no lo recuerdan,  el personaje principal del cuento de Borges, llamado Ireneo Funes, en determinado momento tiene un accidente: se cae de un caballo y pierde la capacidad de olvidar. La caída lo dotó de la visión profética de "un Zaratustra cimarrón y vernáculo"; lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Había vivido diecinueve años como cualquiera de nosotros: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de casi todo. Luego de la caída, perdió el conocimiento, y cuando lo recobró, "el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales".

Relatar los acontecimientos de un día podía llevarle el día entero. "Me dijo: 'Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo'. Y también: 'Mis sueños son como la vigilia de ustedes'. Y también, hacia el alba: 'Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras'".

De algún modo, ese "vaciadero de basuras" del que habla Borges, es la prefiguración metafórica de internet, con su inagotable fuente de información superflua.

Recuerdo un texto de Hernán Casciari, Los bloggers muertos no van al cielo, en el que el tipo imagina que "un día, dentro de unos treinta o cuarenta años, internet estará lleno de blogs a los que se les habrá muerto el dueño. Bitácoras a la deriva del tiempo, textos inconclusos que acabarán diciendo 'mañana les cuento algo que me ha causado mucha gracia'. Y después nada. Después un silencio eterno. Los lectores no sabrán nunca que el blogger ha muerto. Los lectores pensarán que se ha cansado, o que le han cortado la banda ancha, o que ya no quiere escribir. La muerte rondará en silencio, congelando las historias cotidianas, cortando la continuidad del home, confundiendo al caché de Google.

Esta bitácora, sin ir más lejos, esta misma que ahora escribo y ustedes leen, un día de este siglo será la bitácora de un muerto. Es extraño decirlo de este modo, e incluso redactarlo naturalmente, pero es la puta verdad".

En fin, me fui un poco por las ramas. Retomando, esa imposibilidad de olvidar le dificultaba a Ireneo Funes la capacidad de pensar, que implica abstraer diferencias, jerarquizar, sopesar, juzgar.

Era incapaz de ideas generales, de conceptos platónicos:

"No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez".

Funes podía advertir el paulatino avance de una carie, de una mancha de humedad, de la corrupción del cuerpo, de la vejez.

Si la cultura es un conjunto complejo de interpretaciones que organizan de manera selectiva nuestra forma de darle sentido al mundo, pese a su erudición -su memoria prodigiosa le permitía aprender el arduo estudio del latín en una tarde- , Funes no era un hombre "culto".

En el prefacio de Sobre la utilidad..., Nietzsche comienza con una cita de Goethe: "Por lo demás, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato".

La intención del pensador alemán es abordar la utilidad del estudio de la historia para la vida. ¿Hasta qué punto nutrirse de información vivifica, y hasta qué punto ahoga nuestra capacidad de acción, de creación de nuevos valores?

Aunque Nietzsche reconoce que los estudios históricos son imprescindibles para la comprensión del mundo, advierte que su excesivo predominio por sobre otras formas de conocimiento o experiencia "perjudica al ser vivo y termina por anonadarlo, se trate de un hombre, de un pueblo o de una civilización". Así como la memoria prodigiosa convierte a Funes prácticamente en un muerto en vida, Nietzsche señala que los estudios históricos que quedan reducidos a meros fenómenos de conocimiento están muertos para quien los estudia.


No quiero extender mucho más el posteo. En otro momento me gustaría abordar más en profundidad la segunda intempestiva; me pareció que el cuento de Borges, por su belleza y brevedad, podía hacer las veces de una muy buena introducción.


En otro momento la sigo, es sábado a la noche y necesito olvidar.

¡Sean felices!

Post scriptum: acá les dejo un excelente aporte de Nicolás González Varela.

jueves, 21 de mayo de 2015

LA MÚSICA Y LA MEMORIA

Marcel Proust nos enseñó que los recuerdos que más nos emocionan son, tal vez, los motivados por gustos u olores, porque al estar rodeados de abismos de olvido debemos oler el mismo olor para recordar una fragancia que parecía olvidada, y hay que sentir el mismo gusto para recordar un sabor. En cambio, si una canción te apasiona lo suficiente como para que te acompañe en las diversas etapas de tu vida, el uso va borrando los recuerdos específicos y se transforma en un clásico. ¿Cuántas veces escuchamos el tema "Something" de The Beatles, o "Muchacha ojos de papel" de Almendra? Posiblemente muchos no recuerden cuándo fue la primera vez que escucharon una canción que al tiempo se volvió "clásica". 

En el otro extremo, hay canciones espantosas -o no tanto- que nos remiten a un momento particular del pasado: puede ser un jingle publicitario, una cortina televisiva o una canción que sonaba constantemente en la radio porque estaba de moda.


Como ha escrito Nick Hornby en un libro muy entretenido, titulado 31 songs: "lo único que se  puede deducir de la gente que dice que el disco favorito de toda su vida les recuerda su luna de miel en Córcega, o al chihuaha de la familia, es que en realidad no les gusta demasiado la música".

lunes, 20 de enero de 2014

BORGES Y LA MAGDALENA DE PROUST

"Borges me dijo que los recuerdos que más nos emocionan son los de olores y gustos, porque suelen estar rodeados de abismos de olvido: hay que oler el mismo olor para recordar un olor, hay que sentir el mismo gusto para recordar un gusto (no ocurre así con imágenes y sonidos). ¡Con qué emoción volvemos a oler el mismo olor que por última vez olimos en tiempos lejanos, en lugares a los que nunca volveremos!"

(Adolfo Bioy Casares).
Y como estamos hablando de Proust, ¿cómo no citar su extraordinario pasaje de la magdalena y la memoria involuntaria?


Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro triste día tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en la que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme esa alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho, y no debía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El brebaje la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. (Por el camino de Swann, primer libro de los siete que forman "En busca del tiempo perdido").