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viernes, 17 de junio de 2016

LA ERUDICIÓN IDIOTA, EL PLACER DE LEER Y EL FILÓSOFO COMO VIAJERO

Recuerdo una cita del filósofo alemán Odo Marquard que me quedó grabada: 

"Los filósofos que sólo escriben para filósofos profesionales, actúan de un modo casi tan absurdo como actuaría un fabricante de medias que sólo fabricase medias para fabricantes de medias". 


Algo similar podría decirse de muchos críticos de cine, cuyo estilo pareciera estar dirigido exclusivamente a críticos de cine, en lugar de a personas que disfrutan y se apasionan mirando películas, como si fueran astrónomos que jamás se fascinaron contemplando las estrellas.

Borges y el placer de leer

“Ya sabe usted que soy profesor de literatura inglesa y americana”, le decía Borges a Richard Burgin en 1967, “y les digo a mis alumnos que si comienzan un libro y se dan cuenta después de quince o vente páginas que el libro es una tarea pesada para ellos, que entonces dejen ese libro y ese autor a un lado por un tiempo, porque no les hará ningún bien (…) Lo que yo deseo es que se enamoren de la literatura inglesa o americana (…) No tienen que preocuparse de fechas(…) No les preguntaré las fechas de un autor, porque entonces me las preguntarían a mí y no sabría contestarles(…)”.

Digamos que eso en cuanto a concebir la lectura como una ocasión para la alegría, porque también podemos leer para aprender una técnica, o un idioma, en cuyo caso cierto grado de aburrimiento es inevitable. Por otro lado, existen autores muy complejos, como James Joyce, cuyo placer se conquista, no nos viene dado naturalmente. En lo personal, también me gustan muchos autores "difíciles", cuyo placer en parte radica en "haberlos entendido"; más allá de que un libro "clásico" es aquél que nunca termina de decirnos lo que tiene para decirnos. Eso no quita que Borges, en lo esencial, tenga razón: hay libros que nos llegan demasiado tarde, o demasiado pronto, y otros que caen a nuestras manos en el momento justo, y nos exigen que nos vayamos a vivir al libro y no podamos soltarlos.

La erudición idiota

¿Existen sabios idiotas? Por supuesto que sí. En rigor, bajo la atenta mirada de Borges, todos los sabios pueden ser también idiotas: el italiano Benedetto Croce, “estéril pero brillante”; también los alemanes, autores de “enormes edificios dialécticos, siempre infundados pero siempre grandiosos”. Los ejemplos pueden multiplicarse. Los sabios idiotas son pensadores idiotizados por el mismo pensamiento, por el ejercicio obsesivo y brutal de pensar todo el tiempo, a tal punto que el pensamiento más profundo y la idiotez más boba se funden en el horizonte.


Y después está el docto, quien según Nietzsche:

"El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que 'revolver' libros -el filólogo corriente, unos doscientos al día- acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia. Si no revuelve libros, no piensa. Cuando piensa responde a un estímulo (un pensamiento leído), al final lo único que hace ya es reaccionar. El docto dedica toda su fuerza a decir sí y a decir no, a la crítica de cosas ya pensada; él mismo ya no piensa. El instinto de autodefensa se ha reblandecido en él; en caso contrario, se defendería contra los libros. El docto, un décadent. Esto lo he visto yo con mis propios ojos: naturalezas bien dotadas, con una constitución rica y libre, ya a los treinta años 'leídas hasta la ruina', reducidas ya a puras cerillas, a las que es necesario frotar para que den chispas 'pensamiento'". (Ecce Homo, Porqué soy tan listo, 8).

No sé si recuerdan que Borges era un gran lector de enciclopedias, sobre todo la Enciclopedia Británica, que a su juicio “empezó a decaer hacia 1911 o 1912. Ahora es una obra de consulta, pero antes era una obra de lectura. Es decir, ahora hay artículos muy breves, con muchas fechas, con muchos nombres propios; con mera historia, con mera cronología. Y antes había artículos… Había artículos de De Qincey, de Swinburne, de Macaulay”. En sus conversaciones con Antonio Carrizo ha dicho:


“Me gustan mucho las enciclopedias. Tengo la Británica, tengo el Brockhaus (…) Tuve la enciclopedia Meyer también. Y la enciclopedia Chambers. El Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano. Tengo el Bompiani que usted me regaló. Creo que son la mejor lectura. Sobre todo para un hombre, digamos, semiinstruido como yo”.


¿Y qué quiere decir que Borges es un autor “enciclopédico”? Muchas veces el término se usa en el sentido de “culto”, ”erudito”, “ilustrado”. La erudición muchas veces se interpreta como pedantería: el erudito es como una persona rica que cuenta plata delante de los pobres, más allá de que hoy internet nos permite fingir una erudición que no tenemos (hay hasta traductores de idiomas). En rigor, Borges lee enciclopedias como quien surfea por la web, multiplicando las citas, las fuentes, las tradiciones mitológicas, las interpretaciones de interpretaciones. Se puede también decir que el Borges “enciclopédico” es el Borges formado por enciclopedias, que es la cultura de los que no tienen cultura, la cultura resumida, de segunda mano. Es como el “Reader’s digest”, no la cultura sino la representación simbólica de la cultura, del saber universal. 

Tanto Borges como Nietzsche tuvieron el hábito de dar largas caminatas, y también fueron grandes viajeros.

El filósofo como viajero

Volviendo a la filosofía, hay muchos profesores  adaptados para vivir en la universidad, como los pingüinos están adaptados para vivir en la Antártida. No estoy criticando la vida académica, aunque para mí es bastante aburrida, dado que se puede ser muy buen filósofo siendo profesor de filosofía: un ejemplo ilustre  sería Kant.


Heródoto cuenta, en alguno de sus Nueve libros de historia, que cuando el rey Creso recibió al viajero Solón, le dirigió la siguiente bienvenida: “Huésped ateniense, llegaron muchos dichos a nosotros sobre vos, acerca de tu sabiduría y de tu andar de acá para allá, y de que filosofando recorriste tantas tierras por ver cosas”


Es muy sugestiva  esa imagen del filósofo como viajero, como curioso ciudadano del mundo que aprende filosofía confrontando su propia cultura con las costumbres y vivencias de habitantes de otros países, dialogando con ellos y siendo su huésped. Parece ser que Pitágoras viajó mucho, como también fueron grandes viajeros Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Jenófanes de Colofón, Aristóteles –quien llegó a Atenas desde Macedonia-, Demócrito. 


Savater nos recuerda que “la filosofía es una actividad inventada por griegos viajeros, por griegos planetarios (recordemos que ‘planeta’ en griego significa ‘vagabundo’) y por tanto, en cierto sentido, toda filosofía es griega y, en otro, nunca puede dejar de ser cosmopolita”.


En cierto modo, el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando.

Esto no quiere decir que para aprender filosofía uno se tenga que poner el traje de mochilero y recorrer a dedo el mundo, aunque si leen blogs de viajeros que escriben bien, notarán que siempre que nos narran sus experiencias, tienden a filosofar. Volver de un viaje es narrar las costumbres curiosas, lo “bueno” y lo “malo” de cada sociedad y de cada país…


Tampoco hay que exagerar el argumento, dado que han existido escritores que han hecho una literatura formidable casi sin salir de su ciudad natal: pienso en Kafka, que casi no salió de Praga.


En fin, la corto acá porque tengo que ir a comprar mi almuerzo y ver qué carajo me hago de comer.


¡Sean felices!

Rodrigo

martes, 31 de marzo de 2015

LA "DESOBEDIENCIA RETROSPECTIVA" COMO FALSA HEROICIDAD EN TIEMPOS DEMOCRÁTICOS

El filósofo alemán Odo Marquard caracterizó el fenómeno que lleva a rebelarse contra los defectos de una democracia con los aspavientos y altisonancias de quien se está enfrentando a una violenta dictadura, como en el caso de Alemania ocurría con quienes callaron bajo el régimen nazi pero alzaron la voz en plena democracia, como "desobediencia retrospectiva". Con su acostumbrado tono irónico, Marquard decía, al menos si hemos de creerle a Savater, que "con la resistencia a la no tiranía se pretende suplir la no resistencia a la tiranía".

En la Argentina de hoy suele ocurrir bastante que quienes no se alzaron nunca, e incluso estaban a favor con varias de las políticas de nuestra última dictadura militar, pretenden ahora hacerse los héroes o inflarse de razones para tratar de convertir en dictadura algo que no lo es. Está claro que la heroicidad en tiempos difíciles está al alcance de muy pocos, y sería muy cobarde pedirle coraje a los demás cuando uno mismo no sabe cómo se hubiese comportado en aquellas circunstancias. Ahora bien, lo que uno deplora es esa tendencia a tildar de "fascista" o "nazi" a cualquiera que no opine igual, para darse aires de "resistencia antifascista" en tiempos que, con todas las imperfecciones del caso, son democráticos.

Las payasadas de un Luis Majul denunciando ser objeto de una persecución implacable, son un ejemplo caricaturesco de una práctica más común de lo que a uno le gustaría.

sábado, 1 de marzo de 2014

ODO MARQUARD Y LA FILOSOFÍA

Me gustó mucho una frase que leí, citada por Savater: 

"Los filósofos que sólo escriben para filósofos profesionales, actúan de un modo casi tan absurdo como actuaría un fabricante de medias que sólo fabricase medias para fabricantes de medias". (Odo Marquard)

Podría decirse lo mismo de muchos críticos de cine, cuyo estilo pareciera estar dirigido exclusivamente a críticos de cine, en lugar de a personas que disfrutan y se apasionan mirando películas. 

Y abogados que sólo escriben para impresionar a otros abogados, y así siguiendo.