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martes, 23 de junio de 2020

EL LIBERVIRGO Y SU DIFICULTAD PARA RAZONAR LO QUE NO COINCIDA CON SUS PREJUICIOS


En términos generales es casi imposible sumergirse en una discusión política con un libervirgo, sin sentir que el tipo o la tipa van a salir de la pileta del debate con el mismo peinado con  el que entraron.


El siguiente fragmento fue publicado hace más de 260 años por uno de los padres fundadores del pensamiento liberal clásico:

“Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde (…) es la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales” (Adam Smith, The theory of moral sentiments, Dover Publication Classics, 2006, publicado originalmente en 1759, p.59)



Mientras que en los 70’s había personas valientes y lúcidas como Rodolfo Walsh, quien pagó con su vida la publicación de su Carta abierta a la junta militar, hoy tenemos a periodistas como Luis Majul declarando que “tiene miedo” a publicar la enésima seudo investigación periodística contra CFK o a jóvenes libervirgos cuya máxima expresión de valentía radica en difundir a través de las redes sociales memes injuriosos contra el exceso de peso de Ofelia Fernández, idolatrando a pacientes psiquiátricos como Boggiano o Javier Milei cual si fueran rockeros rebeldes que pelean contra un sistema que los oprime. 



Pongamos como ejemplo de confusión mental al libervirgo Bender, para quien un funcionario como Cafiero no debería intervenir cuando empresarios millonarios estafan al Estado porque no es la versión criolla de Steve Jobs. 
 

Dejemos de lado el mito del economista-técnico sustentado en otro mito, el de la ciencia económica como un saber que no contiene juicios éticos o posiciones ideológicas. Sabemos que un modelo neoliberal que en su práctica concentra la riqueza en pocas manos no puede convencer al conjunto de la sociedad de que sus políticas son maravillosas, y ese es el principal motivo por el cual trata de convencerla de que su modelo utópico es el único posible. 


Los dueños de Vicentín no son el modelo de capitalistas emprendedores que admiraba Schumpeter, sino los típicos empresarios oligarcas argentinos, que privatizan ganancias, socializan pérdidas y le piden al Estado que los defienda de las inclemencias del mercado.

Podría poner muchos ejemplos, pero básteme decir que en los orígenes del capitalismo, en la Europa del siglo XVI, antes de que se inventara la empresa de responsabilidad limitada (o “de fondo”, como se llamaba entonces) los empresarios tenían que arriesgarlo todo a la hora de emprender un negocio: sus bienes personales –la responsabilidad ilimitada hacía que el empresario que fracasaba tuviera que vender todas sus posesiones personales para saldar sus deudas-, sino también su propia libertad personal, dado que cuando los deudores no pagaban sus deudas podían ir a la cárcel.



Ahí te creo que había capitalistas de espíritu emprendedor que uno –como le ocurría a Max Weber o a Joseph Schumpeter- puede llegar a admirar. ¿Pero los dueños de Vicentín? Sólo un Libervirgo puede defender a semejantes canallas.




Tal vez Juan Carlos Libervirgo dirá: "pero Milei habla pestes de los EMPRESAURIOS nacionales bla bla bla". Ok, por un momento démosle la razón al pelotudo de Milei, quien en un juego de palabras digno de su capacidad intelectual sugiere que nuestros empresarios son jurásicos incompetentes en comparación con otros empresarios que viven en los "países serios". Si esto es así, ¿no conviene tener en cuenta la realidad empírica en la concepción de un modelo que ya de por sí ha demostrado ser un desastre en América latina? Es como si Sergio Hernández, técnico de la Selección Argentina de básquet, propusiera un esquema de juego basado en la altura de nuestros pívots, y tratara de competir contra las torres de Serbia, Estados Unidos o España sin tener en cuenta la realidad de nuestro ADN. ¿Se entiende la comparación? Yo creo que hasta un libervirgo debería entenderla. Vale decir, oh joven libervirgo, que deberás tener en cuenta el carácter particularmente predatorio de nuestra clase empresarial a la hora de participar en debates sobre el modelo de desarrollo que le conviene a nuestro país.

Ahora bien, ¿cuál es la razón principal por la cual tantos economistas integrantes o adherentes al Partido Libertario -cuyo candidato a presidente más cercano a su ideología, José Luis Espert, obtuvo el 1,47% de los votos en la última elección presidencial de 2019- tengan tanta representación mediática en la esfera pública?



Me parece iluminador leer el siguiente artículo de Claudio Scaletta, cuya capacidad didáctica para exponer cuestiones de economía de modo sencillo sin por eso perder profundidad de análisis, constituye una muy buena noticia para un lector agradecido, como es mi caso:



"Algunos analistas de ambos lados de “la grieta”, muy prolíficos en la prensa, insisten en una caracterización extraña, casi un nuevo tópico: afirman que la Alianza Cambiemos falló en aquello en lo que se esperaba le fuera muy bien, el manejo de la economía, y le fue bien en aquello en lo que no se esperaba tanto, el armado político. La realidad habría arrojado la “sorpresa” de lo contrario.


¿En serio alguien con un mínimo de conocimiento de la historia económica podía creer que las recetas que llevaron a los fracasos económicos más estrepitosos de “los últimos 70 años” lograrían en el presente, repitiendo el mismo abecedario, un resultado exitoso? ¿En serio los mismos economistas que las llevaron adelante, con la misma teoría, lograrían con Cambiemos un resultado diferente?


Dicho de otra manera ¿por qué las políticas ortodoxas, que fueron una máquina de generar shocks inflacionarios, recesiones profundas, desindustrialización, desarticulación productiva y deuda pública externa, desencadenarían ahora resultados luminosos? ¿Por qué analistas políticos y económicos esperaban un resultado positivo?

La pregunta es necesaria: ¿por qué?


La respuesta lógica es difícil de comprender si no se incorpora el detalle, potente, del poder mediático. Para el sentido común metódicamente construido por la prensa hegemónica, los liberales autores de todos los colapsos de la historia económica reciente son rotulados como “economistas serios”. Lea de nuevo: son “economistas serios”. Y cuanto más ultramontano, más serio. Sin el sentido común construido por los medios, personajes como Federico Sturzenegger, secretario de Política Económica de Domingo Cavallo con Fernando de la Rúa, jamás podría haber saltado por encima de su historia para llegar a la titularidad del Banco Central y generar otro colapso.


Defensores de todos los ajustes como Carlos Melconian tampoco se habrían dado el gusto de rechazar el Ministerio de Economía. El entorno mediático en que todo sucede es sencillamente tóxico. Una muestra es que un individuo psiquiátrico como el insultador profesional Javier Milei es el economista que, bajo la segunda Alianza, acumula en los medios audiovisuales más minutos de aire que cualquier otro.


El aparente despropósito se entiende en su contexto. El personaje Milei cumple una función comunicacional muy clara: correr el discurso público a la derecha. Generalizando y sintetizando, los guerreros superextremistas hacen que los verdaderos extremistas, los que implementan cotidianamente las actuales políticas económicas, parezcan moderados. En la historia los Milei son el relevo generacional de los José Luis Espert, quien durante el apogeo neoliberal de Carlos Menem aparecía para decir que no se iba lo suficientemente a fondo con lo que por entonces se denominaba “cirugía mayor sin anestesia”.



En los debates, el personaje que ejecuta Milei suele amedrentar a sus interlocutores, casi siempre sin formación económica, con citas irrelevantes o papers improbables. Pero cuando el argumento de presunta autoridad académica, nunca el desarrollo de la idea, no surte efecto, su vía de escape es el insulto y la agresión. ¿Se imagina el lector el tratamiento mediático que recibiría un economista kirchnerista si copiase el estilo? Luego, el presunto look de “joven transgresor” de un casi cincuentón de peluquín que habla de sexo tántrico le facilita a sus seguidores, los autodenominados “libertarios”, proponer las recetas más retrógradas en nombre de la “incorrección política”. Nunca la incorrección fue tan conservadora.


Si alguien ve una fiesta en los últimos 70 años, debe abandonar el uso de sustancias.


Pero subsiste una contradicción. Incluso para el sentido común construido puede parecer evidente que si se aplican las mismas recetas que en el pasado se llegará a los mismos malos resultados. La vía de escape discursiva, entonces, consiste en apelar a que tal pasado nunca existió. Nunca hubo “verdadera” ortodoxia. Los 12 años largos de kirchnerismo juegan a favor del mensaje. La memoria de los treintañeros del presente no incluye la experiencia de los ’90. Y mucho menos la de los ’70. Es fácil mentir que nunca hubo neoliberalismo, que no hubo desarme del modelo sustitutivo de importaciones con bajo desempleo y tampoco desarme del Estado benefactor. Es fácil afirmar impunemente que lo que sí hubo, en cambio, fueron “70 años de peronismo”, una “posverdad” sin anclaje en la historia repetida como un mantra por todo el oficialismo incluido Mauricio Macri, quien agregó el giro de los “70 años de fiesta”. En paralelo sobre la recaída de los últimos tres años la respuesta es una conocida de siempre: “no se fue lo suficientemente a fondo”. Los Espert y todos los economistas serios ya ganaron.



En “los últimos 70 años” hubo otra cosa. Entre los más conspicuos estuvieron la Revolución Libertadora, Álvaro Alsogaray, el onganiato, Adalbert Krieger Vasena, Celestino Rodrigo, la dictadura militar y José Alfredo Martínez de Hoz, Juan Vital Sourrielle y el Plan Primavera, Domingo Cavallo y la Convertibilidad. Si alguien ve “peronismo” en esta secuencia quizá sea verdadero el mito de su carácter inexplicable. Y si alguien ve una fiesta debe abandonar el uso de sustancias. Lejos de las tres banderas del peronismo fundacional en el último medio siglo lo que predominó fue el antiperonismo y la aplicación sistemática de políticas ortodoxas respaldadas casi siempre por programas con el FMI. Gracias a ello la economía local se convirtió en un caso histórico y único de “des-desarrollo”. La “fiesta” sólo fue para una minoría selecta. Los paréntesis, en tanto, nunca fueron lo suficientemente a fondo como para romper la secuencia".

Post Scriptum: es interesante leer, a la luz del presente, el siguiente fragmento de la carta de Walsh:


Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.  

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. 

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisioncs internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13 Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización".  

Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subtérráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo , el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.  

Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortutunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.  

Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.  

6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".14 

 El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".  

Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideologia que amenaza al ser nacional.


Eso era todo por hoy. Otro día si puedo trato de escribir algo más sobre el “neoliberalismo”, concepto cuya existencia no es reconocida por el libervirgo.

Sean felices,



Rodrigo

martes, 7 de abril de 2020

ACERCA DE LA MERITOCRACIA

Hace unos días estuve mirando una entrevista muy interesante que Julián Guarino realizó para C5N con mi ex profe Alejandro Kaufman, en la que se abordó la cuestión de la meritocracia. Antes que nada debo aclarar que Alejandro es una persona por la que siento un afecto muy especial, porque aunque no fue el único, sí ha sido uno de los profesores que más hicieron para que yo conociera y apreciara la obra de autores como Walter Benjamin, Simone Weil, Karl Kraus, George Steiner… Sin embargo, a pesar de -o precisamente por- el afecto que le profeso, suelo coincidir bastante con su manera de ver la realidad.






El neoliberalismo tiene una concepción de la meritocracia vinculada con la riqueza: “el que tiene riqueza, sea material o simbólica, tiene méritos, tiene una virtud, algo por encima de los demás”.


Está claro que en sociedades muy complejas como las nuestras, la meritocracia de algún modo es necesaria: no se puede administrar una central nuclear o realizar una operación a corazón abierto sin criterios “meritocráticos”. Ningún hincha de fútbol aceptaría que el club de sus amores se plagara de jugadores pésimos aunque fueran muy buenas personas, y así siguiendo.

No se trata de condenar a priori la excelencia o de dejar de reconocer que hay personas que se esfuerzan más o que pulen sus defectos y desarrollan sus virtudes a fuerza de trabajo y dedicación y en buena medida se merecen lo que tienen.

Está claro que mi idea no es eliminar el mérito como criterio de convivencia, sino de no transformarlo en el único criterio posible. Si no hacemos una crítica de cómo valoramos la vida de las personas independientemente de sus méritos, de sus logros, de lo que hacen más allá de criterios comparativos vinculados en buena medida al mercado capitalista, no podemos alcanzar criterios de igualdad tal y como pretendemos.

Vale decir, una crítica a la meritocracia supone la posibilidad de valorar a todos los seres humanos POR LO QUE SON, por su existencia.

Lo que dice Alejandro es que “tiene que haber formas tales que ésa no sea la única manera de vivir, la única manera de relacionarnos entre nosotros”.


Es importante destacar que la idea de meritocracia no es “de derecha” o “conservadora”: nuestro progresismo se ha construido sobre la base de exacerbar el valor del mérito. Aquello de “mi hijo el Doctor” viene de allí. ¿Por qué doctor y no plomero o peluquero?

Kaufman distingue entre una cuestión cultural y el rol estatal: el rol del Estado es asegurarse de que la meritocracia sea legítima y de garantizar un piso común en relación a la igualdad de oportunidades: asignar recursos, garantizar el cumplimiento de acuerdos, etc.

En el terreno cultural, la igualdad de oportunidades postula a la vida como si fuera una carrera donde lo más justo es que todos partan de la misma línea de largada. "Si yo no tengo piernas habrá una carrera para gente sin piernas, pero también será una carrera".

Nuestro sistema educativo se corresponde con el mundo "de los mejores". La escuela está todo el tiempo enfatizando el valor de la competencia y ejemplificando el logro de la tradición de grandes científicos o escritores reconocidos o diversos personajes históricos relevantes.


Esa idea de competencia debería convivir con una vida más plena vinculada a cierto estado de "infancia". Es interesante cuando el amigo Alejandro destaca como “los niños no compiten entre sí por quién hace la manchita más linda". Una sociedad convivencial requiere combinar virtuosamente ambas dimensiones.


Para complementar lo que dice Alejandro, resulta útil traer a colación un artículo escrito por el politólogo Julián Montero, quien desde una visión más apoyada en el liberalismo nos dice lo siguiente:



"Las meritocracia es objeto de un rechazo atávico entre los progresistas. De hecho, suelen pensar que el mérito está en las antípodas de la igualdad: una sociedad meritocrática castiga a los vulnerables mientras recompensa a los ya privilegiados. Pero estamos, en realidad, ante una alquimia conceptual. El ideal meritocrático moderno es parte integral del paradigma de la igualdad.

En el orden medieval, las perspectivas de vida de las personas estaban totalmente determinadas por su origen. La meritocracia surgió cuando el ethos igualitario burgués barrió de un golpe esas estructuras fosilizadas.

En la medida en que las oportunidades de los individuos —incluyendo su acceso a cargos, posiciones y roles sociales— ya no podían depender del pedigree, el mérito personal se instaló como el criterio más democrático para administrar el progreso entre iguales.

La cultura del mérito tuvo un impacto altamente progresivo en materia social. Si realmente queremos que el éxito dependa solo del esfuerzo, debemos igualar las situaciones de partida de todos. De otro modo, las circunstancias de crianza se convertirían en nuevas barreras estamentales. Este es el axioma que los liberales cristalizaron en su famoso principio de igualdad de oportunidades, bajo el imperativo de una educación pública de calidad de alcance universal.

A la inversa de lo que se supone, el mérito también es crucial en el ideario socialista. Marx repudiaba a capitalistas y banqueros porque se enriquecían sin esforzarse ni producir. En sintonía con su planteo, los socialismos reales acuñaron el mito del héroe proletario: un trabajador abnegado que explota al máximo sus talentos en beneficio de la comunidad. Todavía podemos verlo en las manifestaciones pictóricas del arte socialista.

En su caso, por supuesto, la recompensa no era monetaria; se operativizaba en celebraciones simbólicas, como la entrega de condecoraciones a quienes alcanzaran records de productividad.

Naturalmente, el mérito no es el único valor, ni siquiera el más importante. Los derechos humanos, pilar de las democracias constitucionales, son universales e inalienables. Por eso, en la medida de lo posible, toda persona debe gozar de acceso seguro a alimento, vivienda, educación y salud al margen sus logros y elecciones o del modo en que use su humanidad.

Pero convertir la anti-meritocracia en la causa de los pueblos es una maniobra profundamente regresiva. Cuando se destruyen los incentivos al talento, el arte, la cultura y la innovación científica se estancan; las sociedades se vuelven también más pobres, la calidad de los servicios públicos se deteriora y queda menos para repartir.

Así se acaba por revertir la pulsión igualitaria que arrasó al mundo feudal. En rigor, la ola anti-mérito abona el retorno a un orden estático sin movilidad social ascendente, signado por la ignorancia y la miseria generalizadas. ¿Será la utopía del progresismo un neo-feudalismo post-industrial?".

En síntesis, el desafío sería: ¿cómo hacemos para armonizar más o menos virtuosamente ciertos criterios "meritocráticos" junto a criterios "igualitarios" que valoren a las personas por el solo hecho de existir?

The answer my friend, is blowing in the wind.

P.S.: By the way: acá tienen un artículo de La Nación sobre la tensión entre meritocracia e inclusión. Y acá tienen un artículo de Artepolítica acerca del tamaño del Estado. Soy un basurero que rescata discusiones viejas, jeje.

¡Abrazo de gol! Cuídense todxs. Los quiere,

Rodrigo

sábado, 3 de agosto de 2019

LA NECESIDAD DE CONSTRUIR UNA CIUDADANÍA POLÍTICA Y ECONÓMICAMENTE ACTIVA

Post dedicado a mi "Coniglia hermosa"


En estos días asumí la necesidad de escribir –especialmente para las generaciones más jóvenes, que son buena parte de nuestro futuro- algunos artículos que tienen el propósito de que asumamos una postura ciudadana política y económicamente activa y responsable. La razón principal de mi decisión es la molestia de ver y escuchar a tantas víctimas apoyando verdugos sin cuestionarse nada. 


Mi apasionamiento por estos temas ha hecho que incluso me pelee con algunos compañeros de trabajo, entre otras cosas porque elegí estrategias comunicacionales muy malas. Y es que hace falta saber cuándo, cómo y con quiénes hablar de algunos temas. Sin ir más lejos, hace pocos días se fueron yendo las personas de mi grupo de Whatsapp del laburo porque se pudrieron de que yo discutiera de política e incluso ejerciera cierta “soberbia puteadora” con varios. Tenemos que entender que los interesados en política seguimos siendo, muy a mi pesar, una “minoría intensa”. 

Antes que nada quiero recordar que, como decía Wittgenstein, VEMOS INTERPRETACIONES todo el tiempo. Al respecto, me parece interesante citar al gran Pedro Saborido, quien en el transcurso de la presentación de un libro de entrevistas a Axel Kicillof en la Feria del Libro, reflexionó:

“¿Cómo es que estamos percibiendo de una manera tan distinta? ¿Cómo puede ser que a un montón de gente la misma persona le parezca un gran cuadro político y a otro, una loca de mierda? Y no sabemos si estamos hablando de Cristina o de Carrió. Funciona, funciona para ambos casos. (…) El otro día hablaba con Marlene y con mis chicos sobre quién se supone que es normal. ¿Quién es el normal? Va un tipo en un auto a la mañana y la radio le habla y le dice que va a haber un montón de cortes en la 9 de Julio. Ese tipo es el normal y escucha: ‘Bueno, usted que va para tal lado va a cruzarse con una serie de cortes de piqueteros’. Le hablan sobre el derecho a la circulación y qué se yo. La radio no le habla al que participa del movimiento social, al piquetero. La radio no le dice: ‘Señor piquetero que hoy va a cortar la calle, se va a encontrar con un montón de pequeños burgueses que van al trabajo, le van a tocar la bocina, lo van a insultar’. No. El tipo que va en el auto entonces se cree el centro. El normal. Y como en ese momento es el normal, no puede por un instante pensarse del otro lado. Ponerse en el lugar del que corta la calle. Uno le diría: ‘Mirá, vos tenés que esperar media hora, qué se yo, vas al laburo o volvés a tu casa y vas a llegar más tarde para ver Friends. Pero el otro se está cagando de hambre y vos te quejás en vez de agradecer que tenés un auto y tenés un trabajo. Agradecer que no sos el que tiene que cortar la calle. Poné Aspen, dale boludo, dos, tres temas de Richard Marx y ya pasó. El otro se está cagando de hambre’”.

Esto que dice Saborido, un poco en broma pero bastante en serio, tiene que ver con que no existe el pelotudo integral: los seres humanos somos pluridimensionales, excelentes cirujanos que toman en serio las gansadas de Luis Majul, expertos en literatura rusa que no pueden hacer un huevo frito sin quemar todo, y así siguiendo. Uno puede adjetivar cada tanto a alguien -amigo, hermano, jefe, vecino- diciendo “este tipo es tremendo pelotudo”. Sin embargo, como agrega Peter: “no existe el boludo integral, porque no podría sobrevivir a él mismo, no podría cruzar Constituyentes o se ahogaría en la ducha. Pero resulta que tienen hijos, los tienen a upa y no se les caen, los llevan todos los días al mismo jardín (…) La persona es un poliedro y uno de sus lados es boludo, y cuando uno ve ese costado, ve a un boludo”.

Es cierto que hay poliedros y poliedros, pero en esencia el amigo Peter tiene razón. Uno se enoja con compañeros por haberse tirado un tiro en el pie votando a Macri, pero esos mismos compañeros por ahí son brillantes, incluso mucho mejores que uno, en un montón de otras actividades o aspectos de la vida.


En fin, la cuestión es que no soy muy original: allá por 1548, cuando tenía nada más que 18 años, el pensador francés Étienne de La Boétie (1530-1563) escribió su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, donde se pregunta cuál es la legitimidad de los menos sobre los muchos, o de cualquier autoridad sobre un pueblo, analizando la situación de sumisión que las personas adoptan, en buena medida, voluntariamente.


En lo personal me jode que muchos de los que más sufren las políticas neoliberales, o de libre mercado, son frecuentemente quienes más las apoyan: los han convencido, y se han dejado convencer, de que el adelgazamiento del gobierno, el rigor fiscal, el individualismo extremo, el egoísmo, la libertad de empresa, la autoayuda individual -frente a la política, que es la autoayuda colectiva- son las únicas bases posibles para una economía dinámica y la conformación de una sociedad decente.


En síntesis, podría decirse que flota en el aire una pregunta recurrente: ¿por qué razón las víctimas votan a sus verdugos? Traducido a la política local: ¿cómo es posible que un jubilado, un empresario Pyme, un asalariado o un científico del Conicet siga apoyando al macrismo? Sabemos que un banquero o un miembro de la sociedad rural tiene sobradas razones para apoyar a Macri, ¿pero un jubilado?


No es una pregunta sencilla de contestar, aunque se pueden ensayar algunas respuestas: 1) la derecha conservadora suele manejar buena parte de los aparatos ideológicos de construcción de sentido, y además se mueve en bloque: sectores del poder judicial, del poder mediático, del poder económico y parte del poder político funcionan de manera coordinada para construir sentido, para construir subjetividad. Cuando te convencen de votar un ajuste lo hacen desde la hegemonía neoliberal que te dice que “no existe otra alternativa”, es eso o “el caos”, “Venezuela”, “el monstruo del populismo”, etc. Es una  suerte de legitimación de cierto darwinismo social radicalizado y convertido en una lógica fatalista: “el mundo es una selva donde predominan los más fuertes, y todo aquél que lo cuestione es un izquierdista infantil que no entiende nada”. Algo así como Nietzsche para pelotudos mezclado con Ayn Rand. El macrismo, como no tiene logros económicos para mostrar, sólo puede sostener su chance electoral a través de la demonización del kirchnerismo.


2) La segunda razón es antipática pero es real: a muchas personas NO LES GUSTA LA IGUALDAD. De algún modo tiene que ver con lo que Freud denominaba “el narcisismo de las pequeñas diferencias”. Lo vemos todo el tiempo: tipos que disfrutan el ascenso social mínimo con respecto al vecino, así como envidian profundamente que alguien que vive al lado tenga un logro o un éxito económico o social que él/ella también tiene. “¿Cómo puede ser que este negro de mierda maneje una 4 x 4 tan linda como la que manejo yo?”. Salvando las distancias, algo así como el mayordomo esclavista personificado por Samuel Jackson en Django Unchained (2012)




De todos modos no es mi intención buscar en este post mayores precisiones sobre la psicología del votante, ni tampoco creo que el kirchnerismo sea la solución a todos nuestros males. ¡Al contrario! Creo que la hegemonía neoliberal es tan omnipresente, el individualismo egoísta está tan arraigado, que cada mínimo avance "populista" -por llamarlo de algún modo- en relación a cierta equidad se logra con muchísimo esfuerzo; por algo a cada gobierno que intenta distribuir un poquito le sucede la restauración de los gobiernos de derecha, cuyas políticas son siempre el mismo perfume de mierda con diferente frasco: Martínez de Hoz, Cavallo, Dujovne… Lo digo nuevamente:  mi intención en varios de los próximos posteos que proyecto publicar, y algunos que ya escribí, es tratar de entender, y ayudarle a entender a los más jóvenes, algunas cuestiones sobre política y economía. Y es que con los viejos carcamanes onda Quintín no hay nada que debatir: sería una pérdida de tiempo, esfuerzo y neuronas. 

Parto de la base de que, como sugería Joan Robinson, el principal propósito de estudiar economía es “aprender a evitar ser engañado por economistas”, que muchas veces no son más que lobbystas del establishment o traficantes de información financiera al servicio de intereses ajenos e incluso contrarios a los nuestros.

Se ha hecho famosa una frase de Raúl Scalabrini Ortiz: “Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Solo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende, es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros”. (Bases para la Reconstrucción Nacional, 1965).

Me parece que se trata de una verdad a medias, en el sentido de que uno no puede ahorrarse el esfuerzo, y que tampoco se puede negar que existen ciertos tecnicismos y ciertos conocimientos mínimos que no son sencillos de aprender. En otras palabras, adhiero a la postura del economista coreano Ha-Joon Chang cuando dice que "no hace falta que entendamos todos los aspectos técnicos para hacernos una idea de qué pasa en el mundo y ejercer lo que llamo ‘ciudadanía económicamente activa’ para exigir medidas adecuadas a los cargos de responsabilidad. A fin de cuentas, la falta de conocimientos técnicos no nos impide pronunciarnos sobre muchos otros temas. No hace falta ser un experto en epidemiología para darse cuenta de que las fábricas de productos alimentarios, las carnicerías y los restaurantes deben seguir normas de higiene. Pronunciarse sobre economía viene a ser lo mismo: una vez que se conocen los principios clave y los datos básicos, se pueden emitir juicios sólidos sin conocer detalles técnicos”.

Y es que estoy convencido de que la economía es una ciencia social, no una ciencia exacta. Hay que rechazar la idea de la ciencia económica como un modelo predictivo para aceptarla como una ciencia que debe combinarse con otros aportes: la antropología, la psicología, la sociología, la política… La economía es un terreno de disputa de poder. Como dije alguna vez: "economistas queridos, ¡ciencia no es cientificismo!"

También es importante no confundir "democracia" con "plutocracia": con los plutócratas que se disfrazan de demócratas no hay nada que hablar, simplemente hay que combatirlos en la arena política con todo el pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad de que seamos capaces.

La raíz de la voluntad está en el deseo: hay que QUERER pensar, volverse una persona autónoma, reflexiva aunque no por eso menos apasionada. La voluntad es un deseo que ha pasado por el tamiz de la reflexión crítica.

Eso es todo por hoy. 

¡Sean felices!,

Rodrigo

jueves, 1 de agosto de 2019

LA PERCEPCIÓN DEL NEOLIBERALISMO COMO LA ÚNICA ALTERNATIVA

Antes que nada es importante poner en claro que deploro el uso del término “neoliberalismo” como excusa para ejercer la pereza mental o como término comodín para explicarlo todo: no quiero parecerme a energúmenos provocadores como Fernando Iglesias, para quien conceptos tales como “peronismo”, “populismo” o “kirchnerismo” son chivos expiatorios para depositar todas sus miserias o explicar el origen del universo, la estructura económica del cosmos, la historia económica y social de la argentina, los enemigos de la democracia y la razón por la cual una mina nos clavó el visto por Whatsapp.

Uno de los problemas que encuentro en el discurso neoliberal es su tendencia a percibirse como “la única alternativa racional”, y por tanto sustraer sus postulados al debate democrático o científico. Si uno concibe su cosmovisión como una posible entre otras, eso lo lleva a debatir y enriquecerse con la mirada ajena y el intercambio de argumentos: no es el caso de muchos neoliberales que conozco, para quienes el libre mercado es una especie de religión que no puede ser cuestionada. ¿Nunca escucharon respuestas pelotudas del tipo “andáte a Cuba” y/o “¿qué querés, vivir como en Venezuela?” y/o “no seas marxista” toda vez que objetaron algún dogma neoliberal?

De ahí que no me parezca casual que tantos “neoliberales” sean impermeables al debate: se puede ver en ésta interrupción a los gritos del fundamentalista neoliberal Germán Fermo hacia otro economista con ideas distintas a las suyas. Otro ejemplo de neoliberal, aunque él se defina como “libertario anarcocapitalista” o algo así, es el payaso mediático Javier Milei. En éste blog español leí un artículo respecto de Milei con el que coincido bastante.

No está de más recordar que “capitalismo” y “neoliberalismo” no son sinónimos: de hecho el mismo Keynes, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y tantos otros economistas prestigiosos no son “neoliberales” y sin embargo creen en las bondades del capitalismo, sólo que sostienen -a mi juicio con total razón- que el sistema capitalista debe someterse a regulaciones y controles democráticos.


Retomando, la hegemonía neoliberal termina por achicar los horizontes, evitando que la sociedad civil pueda imaginarse modos de vida alternativos. El neoliberalismo terminó siendo una suerte de “revolución conservadora” en la que ya no se apela -como hacía el conservadurismo de otros tiempos- a un pasado idealizado, arcaico, o a la exaltación de la tierra y la sangre sino a un supuesto “progreso”, a la ciencia, a la razón, y todo para justificar el desplazamiento del pensamiento y la acción progresista.

Como diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu, “es una doctrina coreada en todo el mundo por políticos y altos funcionarios nacionales e internacionales pero muy especialmente por grandes periodistas, casi todos indoctos en la teología matemática fundamental que se transforma en una suerte de creencia universal, un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o mejor dicho la difusa Vulgata que nos proponen bajo el nombre de liberalismo, está compuesta por un conjunto de palabras mal definidas –“globalización”, “flexibilidad”, “desregulación”, etc.- que gracias a sus connotaciones liberales o libertarias pueden ayudar a darle una fachada de libertad y liberación a una ideología conservadora que se presenta como contraria a toda ideología”.

De hecho, siguiendo a Bourdieu, esta filosofía no conoce ni reconoce otro fin que no sea la creación incesante de riquezas y, apenas disfrazada, su concentración en manos de una pequeña minoría de privilegiados; conduce por lo tanto a combatir por todos los medios –incluido el sacrificio de los seres humanos y la destrucción del medio ambiente- cualquier obstáculo contra la maximización incesante del beneficio.

Reducir la democracia a votar cada dos, cuatro o seis años y luego dedicarse casi exclusivamente a ganar guita y a consumir es empobrecedor. A menudo uno tiene la impresión de que nuestros regímenes de gobierno suelen parecerse más a “oligarquías liberales” que a sociedades democráticas. La mayoría de la población no participa activamente en política, porque votar cada tanto sobre problemas que no se conocen y que el sistema hace todo lo posible porque no se conozcan es demasiado poco para considerarse auténticamente democrático. Etimológicamente, vivir en una república, res publica, remite a lo que los griegos llamaban "politeia" -algo así como el buen gobierno de la cosa pública-, estar interesados activamente en los asuntos comunes. Una sociedad no puede, NI ES DESEABLE QUE TRATE DE HACERLO,  volver a la gente igual en el sentido de que todos los hombres corran 100 metros en menos de 10 segundos o toquen admirablemente una sonata de Beethoven al piano, pero puede crear instituciones que favorezcan su participación efectiva en todo poder instituido. La pasión por los objetos de consumo debe reemplazarse o subordinarse a la pasión por los asuntos comunes. Está claro que para participar, la gente debe tener la certeza, verificada con relativa constancia, de que entre su participación y su abstención hay una diferencia. Los elementos de libertad que forman parte de las diversas sociedades no son una dádiva de las clases dominantes. Los elementos liberales de las instituciones contemporáneas, como bien recuerda Cornelius Castoriadis y tantos otros, son los sedimentos de las luchas populares desde hace siglos, luchas para obtener un relativo autogobierno. 

Es la retirada de los pueblos de la esfera política, la desaparición del conflicto político y social por una suerte de semi-adhesión blanda a los postulados de la hegemonía neoliberal la que ayuda a que la oligarquía económica, política y mediática escape a cualquier control o regulación democráticas, favoreciendo o acostumbrando a la población a la corrupción y el egoísmo de sus élites.


Esa concepción individualista que ayuda a difundir la influencia del discurso neoliberal hace que los políticos sean percibidos o como una suerte de parásitos “que viven de nuestros impuestos” o como personas que nos tienen que dar cosas, como si fueran una máquina expendedora de bebidas cola. El individualismo extremo desemboca en la depresión, los ansiolíticos, la proliferación interminable de terapias psicoanalíticas o terapias alternativas o libros de autoayuda. Como leí por ahí: LA AUTOAYUDA COLECTIVA SE LLAMA POLÍTICA.

La saturación de la información nos vuelve seres amnésicos, sin memoria histórica o sin vínculos con la tradición a la hora de buscar razones valederas para enojarnos o para comprender que nuestro modo de vida es contingente y por tanto puede ser mejorado por la intervención humana. 

Cualquiera que intente hablar de política con sus compañeros de trabajo, amigos o conocidos, se encontrará con una resistencia muy grande: o te dicen que sos un fanático, o tratan de mandarte chistes pelotudos por WhatsApp, o cambian de tema. No se trata de ser un amargado ni mucho menos: se puede hacer política con alegría. También es cierto que uno tiene que ser más inteligente para saber cuándo y cómo hablar de algunos temas.


Tengo ganas de seguirla pero por hoy ya creo que fue suficiente y hace un sol hermoso. Sean felices,


Rodrigo

Post Scriptum: todavía me falta hacer un recorrido histórico más preciso sobre el término "neoliberalismo". Ahora no tengo tiempo pero si quieren leer algo que está escrito de modo bastante ameno pueden clickear acá, donde hay varios artículos de un tal José María Gallardo, un español cuyo punto de vista y su abordaje de la economía es bastante enriquecedor, más allá de su estilo vanidoso y provocador.