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domingo, 20 de noviembre de 2016

MIS AMIGOS SON UNOS ATORRANTES. SE EXHIBEN SIN PUDOR, BEBEN A MORRO… Y NO LEEN UN CARAJO

A casi ninguno de mis amigos les interesa la literatura o la filosofía, aunque a ellos y a mí nos guste hablar de mujeres, de música, de fútbol o de series de televisión. Si les cito algún pasaje de los Diálogos de Platón, son capaces de salirse con alguna grosería del tipo “¿hace cuánto que no la ponés, pedazo de pelotudo? ¡Dejá de joder con ese griego de mierda!”.

Esos canallas impresentables que yo tanto quiero, suelen escuchar bandas uruguayas horribles, o elogian temas de Los Piojos en mi presencia. Por más que yo los invite a disfrutar conmigo esos temazos de Spinetta que a mí me hacen llorar de emoción, tienen el oído tapado.




“Pero hay tanta belleza/ tirada en la mesa/ desnuda toda rebalsada”… ¿Cómo les puede gustar esa poesía de mierda? Si no los quisiera tanto, tendría que cagarlos bien a trompadas.

Será por eso que envidio la suerte de Gonzalo Garcés, que tiene de amigos a tipos como Abelardo Castillo o Hernán Casciari, con quienes además de hablar más o menos de los mismos temas que nos obsesionan a mis amigos y a mí, puede colgarse a debatir sobre la obra o la personalidad de Tolstoi, de Proust o de Roberto Bolaño.


Una vez leí que, para el escritor chileno Alejandro Zambra, la presencia de libros estuvo siempre asociada a la falta de ropa. A mí me pasa igual: cada vez que cobro me gasto un vagón de guita en libros, aunque hace meses que no me compro una remera decente o un pantalón medianamente potable.




A propósito de Zambra, si pueden traten de conseguir No leer, que está muy bueno. Me gusta el rescate que hace de Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que estuvo al margen del "boom":

“Ribeyro escribe para vivir, no para demostrar que ha vivido. Un fragmento de 1977 es, en este sentido, revelador: ‘La verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (tansformación) de la propia persona del escritor. El gran escritor no es el que reseña verídica, detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro, en la trama, a través de la cual pasa la realidad y se transfigura’”.

A Ribeyro le gustaba presentarse como un narrador de tercera división que alguna vez ha hecho algún gol magnífico. ¿No es hermosa esa definición de sí mismo?

Tampoco quería llenar las expectativas de lectores “europeos”: “El Perú que yo presento no es el Perú que ellos imaginan o se presentan: no hay indios o hay pocos, no ocurren cosas maravillosas o insólitas, el color local está ausente, falta lo barroco o el delirio verbal”.

Cuando le preguntan el motivo por el cual no escribe novelas, contesta que es un corredor de distancias cortas: “Si corro el maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido”. 


En La tentación del fracaso, nos dice: “Tengo una gran desconfianza por los hombres que no fuman ni prueban un vaso de alcohol. Deben ser terriblemente viciosos”.


Y respecto de la literatura moderna: “Cada nuevo escritor coteja su obra con la de los escritores anteriores, no con el mundo. De este modo se llega a una rarificación de la materia novelesca, que puede confundirse con el esoterismo”. Los nuevos escritores, concluye, “tratan de hacer de su obra no el reflejo personal de la realidad sino el reflejo personal de otros reflejos”.

No estoy completamente de acuerdo con lo que dice ahí, pero me gusta la forma en que lo dice, y además me da que pensar; aunque dentro de diez minutos me voy a olvidar de ese fragmento, como me olvido de casi todo lo que leo.

Volviendo a Garcés, tengo que confesar que es un tipo que me cae muy bien, sin importar que me parezca medio “gorila”. Ojo, jamás fui ni seré peronista, pero por lo general desprecio las actitudes “goriloides”. Y digo las actitudes y no "las personas", porque los demás son como yo: seres pluridimensionales, a despecho de tipos como Luis Majul. Por lo demás, la razón suele justificar lo que quiere la voluntad, como decía Borges que decía George Bernard Shaw y/o Schopenhauer. ¿Y quién tiene la posta en cuestiones políticas o ideológicas? ¿Foucault, Zizek, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio, Rodolfo Walsh, Tony Judt, Heidegger? NADIE.



En fin, no interesa hablar de política, sino destacar que hace poco terminé de leer un libro suyo que disfruté mucho, y se titula Cómo ser malos. Sus artículos suelen tener ideas “provocadoras”, en el mejor sentido de la palabra. Les dejo algunas citas. 


“La verdad es que la crítica en español, con algunas excepciones admirables, es aburrida. Con esto quiero decir: prolija, temerosa, complaciente, acomodaticia. En inglés a veces también, pero en conjunto no, y no es raro que un crítico, y no un crítico destacado sino uno del montón, me haga reír o pensar. Quiero entender por qué.


Aclaro que la reseña en español no es, hasta donde llega mi conocimiento, la peor del mundo. Esa palma le toca a Francia, donde la prosa de cotillón, el provincianismo y el amiguismo la vuelven directamente ilegible. (…)

En España, la crítica suele ser igual de descerebrada, pero al menos tiene el encanto de lo rús­tico. Después del amaneramiento francés, reconforta leer al agrama­tical Francisco Solano (quien, en una reseña reciente, elogia a Julian Barnes por escribir "con una completa desconfianza al estilo solemne") o al hilarante Ricardo Senabre, que termina todas sus reseñas con una andanada de correcciones escolares. Uno casi puede oír el acento de maestro rural, estilo Amanece que no es poco , cuando Senabre deplora en una novela "ciertos anglicismos de moda", asevera que no debe decirse "no sufras" sino "no te preocupes", y termina despachando al autor con una palmadita en el hombro: hala, ahora a jugar, chaval, y no hagas trastadas. En la Argentina, la barra está colocada un poco más alto. Al menos suele haber cierta noción de historia literaria, cierta idea de que un libro debería situarse en un contexto. Pero, a la hora de la verdad, la crítica argentina padece las mismas taras que la española. Es chirle; casi nunca transmite la impresión de que hay algo impor­tante en juego. (…)

En este punto, supongo, se podría protestar que en España y Latinoamérica hay críticos admi­rables. Los hay, por supuesto. A los nombres evidentes (Domín­guez Michael, Faverón, Carrión, Gandolfo) podría agregar otros menos conocidos (Walter Cassa­ra, Osvaldo Gallone). Pero no se trata de eso. Es en las constantes donde se manifiesta el estado de la cultura. Y el hecho es que cier­tas nociones, y sobre todo ciertas inhibiciones, hacen de la crítica en castellano algo más débil de lo que podría ser".

Me gustaron otros artículos, como Instrucciones para criticar a Cortázar, donde critica esa tendencia que tenemos los "progre" a la "mala conciencia"; o lo que dice acerca de la literatura de Fogwill.

Me agrada la actitud de Gonzalo de tratar de liberarse del qué dirán. Acá lo dice, de modo tajante, en una entrevista que le hacen en la Revista Eñe: "Hay una obsesión por ser lo que no se es"

En lo personal no sé bien quién soy, pero sé de qué huyo. Estimo que a Gonzalo le pasa algo más o menos parecido.

Me parecieron reveladoras sus reflexiones sobre Fernando Vallejo y Washington Cucurto respecto de su incontinencia verbal, esa capacidad de anular la parte del cerebro vinculada al reconocimiento de los límites que nos ayuda a ejercer la libertad de no tenerle miedo al ridículo:

"A Cucurto le reprochan el haber expresado de manera complaciente la xenofobia, el sexismo, el racismo, en fin, casi todas las graves taras morales que se atribuye a los negros en la Argentina. Nunca lo entendí. Pero es verdad que, cambiando "negro" por "blanco de clase acomodada", lo mismo le reprochan a Fernando Vallejo. Vallejo toca con más instrumentos que Cucurto, pero comparten un tono. Los dos parecen movidos por una agresividad sin objeto que se resuelve en juego. Los dos son indecentes por falta de cohibición, má que por programa. Los dos ofenden al intelectual no tanto por su extremismo sino por su escandalosa falta de mala conciencia. Cucurto representa algo que asustaba y repugnaba a Jean-Paul Sartre: la plenitud del Ser".

¡Sean felices!

Rodrigo

domingo, 25 de septiembre de 2016

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA EN LAS QUE EL AUTOR DEL BLOG DEMUESTRA UNA ERUDICIÓN MUY SUPERIOR A LA DE LUIS MAJUL PERO INCOMPARABLEMENTE MENOR A LA DE GEORGE STEINER

Dedicado al amigo Daniel Freidemberg

Una de las voces que integra la asamblea de pepegrillos que viven en mi cráneo me dice siempre que deje de comentar fragmentos ajenos de autores que admiro y me decida a tratar de buscar mi propia voz creando alguna obra de ficción propia. A decir verdad, suelo mandar a callar a esa voz molesta porque gracias a Oscar Wilde sé que “la culpa no te impide cometer el pecado pero sí disfrutar de él”, y como a mí me gusta escribir sobre obras ajenas…


Pero vayamos al punto. El problema, como bien decía Don Abelardo Castillo, no es que los críticos literarios sean “escritores fracasados”, sino que sean críticos fracasados. Hay grandes escritores que han sido muy buenos críticos: Baudelaire, Tolstoi, Edgar Allan Poe. Sin embargo, así como no todos los futbolistas son buenos periodistas deportivos aunque sepan mucho de fútbol, ni todos los músicos son capaces de hacer crítica musical, no es suficiente con ser escritor para ser un buen crítico.


Por lo demás, “no hay más que recordar las barbaridades que Lope, Cervantes, Góngora y Quevedo decían a su turno de cada uno de los otros, para notar con alarma que no ser un escritor fracasado tampoco garantiza la lucidez o la generosidad de espíritu”.




La crítica auténtica siempre debe surgir de la fascinación por la obra criticada; por eso es que considero una actitud estúpida, por caso, la insistencia de Juan José Saer por la figura de Paulo Coelho. Las críticas de Saer a Coelho no eran críticas sino injurias que demostraban la envidia que al autor de Glosa -sin dudas un gran escritor- le debía producir que los libros del brasileño se vendieran mucho más que los suyos, o que los libros de sus autores admirados. 


Ya sabemos que Coelho no es un gran artista sino una máquina de decir trivialidades, ¿pero qué objeto tiene insistir tanto en defenestrarlo? Me parecen más sabios los consejos de Auden:


“El arte malo siempre está con nosotros; pero una obra dada siempre es mala en forma momentánea: a la concreta mala calidad que exhibe sucederá pronto una de otro tipo. Es por lo tanto inútil atacarla, ya que desaparecerá de todos modos. (…) El único procedimiento sensato para un crítico es apelar al silencio frente a obras que considera malas, mientras al mismo tiempo difunde su entusiasmo a favor de aquellas que considera buenas; especialmente si son ignoradas o subestimadas por el público.


Hay libros injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado”.


No se educa el paladar de una persona diciéndole que su dieta es una mierda, o que es demasiado simple, o es propia de gente vulgar. En todo caso se sugieren otras posibilidades, otras miradas, del modo más seductor posible. Es cierto que también se puede influenciar al esnob diciéndole “sólo a la gente vulgar le gusta el repollo pasado; a la gente refinada le gusta el repollo preparado de tal o cual manera”; pero los resultados, como bien nota Auden, tienen poca posibilidad de ser duraderos.


El crítico debe atacar la corrupción del lenguaje no tanto en las obras de los artistas sino en el hombre de a pie, en los periodistas, en la televisión, en la clase dirigente, en las conversaciones cotidianas. Sin embargo, es muy difícil predicar con el ejemplo. “¿Cuántos críticos ingleses o norteamericanos son hoy maestros de su lengua materna como lo fue Karl Kraus del alemán?” (Auden dixit).

Para decir de una obra “me gustó” o “no me gustó” no es necesario ser crítico, basta con ser lector.


Había un chiste que me contaba mi vieja en el que un tipo le pregunta a otro que tenía una barba larguísima: “¿Usted cuando duerme, lo hace con la barba por arriba de la frazada, o por debajo?”. Ese día, el barbudo tuvo insomnio.


“La creación literaria”, nos dice Don Abelardo, “exige la mayor cantidad posible de conocimientos (formales, técnicos, psicoanalíticos, sociológicos, lo que se quiera), pero también exige una buena dosis de ignorancia, de libertad, respecto de ciertos mecanismos internos. Como aquello que decía Macedonio Fernández: nunca tomé conciencia de que respiraba hasta que estuve a punto de ahogarme. En nuestro país hay críticos excelentes, pero limitados. Han leído muchísimos ensayos y pocas novelas, cuentos, dramas, poemas. Y a veces desconocen otras cosas que deberían saber, algunos idiomas contemporáneos, por ejemplo; griego y latín clásicos (hablo en serio, y hablo de los críticos: ya que yo también ignoro esas lenguas pero me limito a inventar historias, no investigo la literatura), y, sobre todo, carecen de una formación filosófica profunda. No se puede ser un gran crítico sin sustentar una poética, que es a su vez una zona de algo más vasto, la  estética, y no hay estética que valga si no se parte de una concepción total del mundo, de una filosofía”.

Las palabras de Don Abelardo me suenan un poco exageradas: no creo que sea necesario que un crítico literario sepa griego y latín o tenga sólidos conocimientos de estética, salvo que se dedique a los clásicos greco-latinos o haga una crítica de la estética hegeliana o kantiana, o algo similar. Sea como fuere, lo concreto es que los buenos críticos literarios son mucho más difíciles de encontrar que los buenos escritores. La crítica auténtica tiene poco que ver con la crítica periodística que le soluciona al lector la salida del fin de semana o le dice qué libro tiene que comprar. La crítica es una posibilidad de escritura. Antes que nada, un crítico tiene que intentar escribir bien, tan bien como cualquier gran artista.


Hay un libro muy lindo, escrito por un tal Roberto Giaccaglia, quien hasta hace un tiempo mantenía un blog bastante interesante,  llamado Crítica creación, que aborda bastante bien la cuestión de la crítica:


“Las meras habilidades de estilo que descuidan el lado teórico o pedagógico o aprovechable en un sentido práctico, suelen ser vistas como pasatistas, carentes de compromiso. Error. Escribir bien ya es un compromiso y hasta una valiente decisión en estos tiempos, una muestra de coraje frente a un mundo que no es ni la mitad de bello que el arte y que, encima, alienta el facilismo, la rapidez, la fealdad. Escribir bien es oponerse a un sistema que oprime imponiendo una escritura mecánica, que a su vez alienta la reproducción masiva de sentimientos vanos y el consumismo”.


Yo no creo que los mejores críticos sean los escritores, pero sí creo que todo gran crítico necesariamente es un gran escritor.


Sí es cierto que la literatura avanza siempre por delante de la crítica, “por la misma razón que el explorador avanza siempre por delante del cartógrafo, en cabeza de la expedición, abriendo camino”, como dice Javier Cercas en El punto ciego.


Para no extender aún más un posteo en el cual el lector se fue hace rato mientras el pobre Rodrigo sigue tecleando solo, me permito finalizar con una larga cita del amigo Auden:


“¿Cuál es la función del crítico? En lo que a mí respecta, puede ofrecerme uno o más de los siguientes servicios:

1) Darme a conocer obras o autores que hasta el momento ignoraba;

2) Convencerme de que subestimé a un autor o una obra por no haberlos leído con bastante atención;

3) Señalarme relaciones entre obras de diferentes épocas y culturas que nunca habría encontrado por mi cuenta porque no sé lo suficiente y jamás lo sabré;

4) Ofrecerme una lectura de la obra que profundice mi comprensión de la misma;

5) Echar luz sobre el proceso de ‘composición’ artística;

6) Echar luz sobre la relación del arte con la vida, la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera.


Los tres primeros servicios exigen erudición. Un erudito no es meramente alguien cuyo conocimiento es extenso; el conocimiento debe ser valioso para los demás. Alguien que supiera de memoria la guía telefónica de Manhattan no sería designado erudito, porque no se concibe una situación en la que podría adquirir un discípulo. Desde el momento en el que el saber implica una relación entre alguien que sabe más y alguien que sabe menos, esta relación puede ser transitoria; frente al público, todo comentarista es temporalmente erudito porque leyó el libro que está reseñando y el público no. Aunque el conocimiento del erudito debe ser potencialmente valioso, no es necesario que él mismo reconozca su valor; siempre es posible que el discípulo a quien él imparte su conocimiento tenga un criterio más justo de ese valor. Por lo general, al leer a un crítico erudito se aprovechan más sus citas que sus comentarios”.


Los tres últimos servicios no exigen un conocimiento superior, sino una intuición superior. El crítico demuestra una intuición superior si las preguntas que plantea son nuevas y sustanciales, sin que importe lo mucho que podemos discrepar con sus respuestas. Es probable que pocos lectores sean capaces de aceptar las conclusiones de Tolstoi en ‘¿Qué es el arte?’, pero una vez leído ese libro es imposible ignorar las preguntas que formula”.


Eso es todo por hoy.

¡Sean felices!


Rodrigo

Post Scriptum: Daniel me dice que Saer no era para nada envidioso, aunque sí calentón y tremendamente "adorniano"; vale decir, elitista. Tiene razón el amigo Daniel, pensándolo bien no creo para nada que Saer le tuviera envidia a las ventas de Coelho. Sus ataques al brazuca seguramente estaban motivados por algo que Saer consideraba un síntoma de alguna "enfermedad cultural" que a él le preocupaba.

viernes, 28 de noviembre de 2014

ALGUNAS INTUICIONES DE GEORGE STEINER EN CONTRA DE LAS MEDIACIONES... Y DE SERENA VAN DER WOODSEN

Debo admitir que, además de leer autores considerados “clásicos”,  soy un consumidor compulsivo de toneladas y toneladas de basura televisiva. Con los libros me ocurre en menor medida: suelo ser más selectivo con lo que elijo para leer. No digo que a veces no sienta cierta culpa, por el simple hecho de que el tiempo que uno emplea en mirar una película o una serie pelotuda es tiempo que uno no emplea en tomar contacto con una obra de arte con mayúsculas. Y ojo que cuando hablo de mirar pelotudeces estoy haciendo referencia a series como Gossip Girl. Lo mío es serio…  ¡me he llegado a copar con las aventuras de Serena van der Woodsen!

Ocurre que muchas veces llegamos tan abombados del laburo que sólo tenemos ganas de entretenernos. “Loco, estoy cansado, ¿qué me puedo preparar para morfar? Ya fue, una hamburguesa, una coca y a la mierda”.

En lo personal, trato de evitar dos extravagancias respecto de la televisión: una es reducirla a una suerte de monstruo morfa cerebros, la gran hipnotizadora, la hacedora de estúpidos en masa; y por otro lado negar que muchas veces tiene efectos muy nocivos en la audiencia.

Creer simplemente que una obra está marginada sólo porque el público es demasiado estúpido como para apreciarla, me parece demasiado sencillo. Como dijo el escritor estadounidense David Foster Wallace (lo traduzco al castellano rioplatense):

“Si vos, el escritor, sucumbís a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces existen dos obstáculos. El número uno es el obstáculo de la vanguardia, según el cual tenés la idea de que estás escribiendo para otros escritores, por lo cual no te preocupás de ser accesible o relevante. Te preocupás de ser estructural y técnicamente innovador: intrincado de una forma adecuada, incluyendo las referencias intertextuales apropiadas, haciendo que parezca inteligente. Sin importarte realmente si te estás comunicando con un lector al que le importa algo ese sentimiento en el estómago que es la razón por la que leemos. Luego, el otro obstáculo consiste en esas obras de ficción extremadamente burdas, cínicas y comerciales que se hacen de un modo mecánico –en esencia, televisión escrita- para manipular al lector, que presentan asuntos grotescamente simplificados de una manera apasionante al modo infantil”.

A  mí me parece que el escritor tiene como desafío, y no digo que sea el único desafío pero sí digo que es un buen desafío, el de hacerse entender y al mismo tiempo tratar de producir algo más o menos innovador. Más allá de que, como es obvio, uno no hace realmente lo que quiere sino muchas veces lo que puede o lo que le sale.

Odo Marquard decía que “los filósofos que sólo escriben para filósofos profesionales actúan de un modo casi tan absurdo como actuaría un fabricante de medias que sólo fabricase medias para fabricantes de medias”. Y agregaría una frase de otro filósofo alemán, Peter Sloterdijk, quien dijo en un reportaje que “el profesor de filosofía se adapta a la Universidad como el pingüino a la Antártida”.

Todo este introito viene a cuento de un texto que tenía ganas de comentar, que se relaciona con el posteo anterior. El texto es Presencias reales, de George Steiner.

Para quienes no lo conocen, Steiner -nacido en 1929- es un crítico literario sumamente erudito y elitista. Hijo de judíos austríacos, habla con total fluidez tres lenguas: alemán, inglés y francés. La madre y el padre empezaban una frase en cualquiera de los tres idiomas y la seguían en cualquiera de los tres idiomas, de modo tal que el tipo no tiene una lengua madre sino tres. En síntesis, fue educado como un auténtico nerd: aprendió griego, latín, tiene conocimientos avanzados de física y matemática…

La cuestión es que en Presencias reales, Don Steiner imagina una ficción racional, una especie de sociedad ideal en la que está prohibida toda conversación acerca de arte, música y literatura. Allí “no habrá revistas de crítica literaria; ni seminarios académicos, conferencias o coloquios sobre este o aquel poeta, dramaturgo o novelista. (…) Lo prohibido sería el milésimo artículo o libro sobre los verdaderos significados de Hamlet y el inmediato artículo posterior que lo refuta, lo restringe o lo aumenta (…) Estarían fácilmente disponibles reproducciones de la mejor calidad; en cambio, estarían prohibidas la crítica de arte, las reseñas periodísticas de pintores, de escultores o arquitectos (…) El orden del comentario permitido sería filológico, es decir, de un tipo explicativo e históricamente contextual”.

Lo que propone Steiner como hipótesis explicativa es imaginar una política de lo primario, de inmediateces respecto a textos, obras de arte y composiciones musicales. Imagina una sociedad donde al chismorreo de altura se lo destina al ostracismo, de modo tal que los ciudadanos acceden directamente a las obras de arte, sin pasar por el comentario o la crítica especializada, salvo que sea hecha por artistas. ¿Qué se propone demostrar Steiner? Muy sencillo: plantea que todo arte, música o literatura serios constituyen, en sí mismos, un acto crítico. En cierto sentido, toda obra de arte encarna una reflexión expositiva, un juicio de valor respecto de la herencia y el contexto al que pertenece.

“Ningún arte, literatura o música estúpidos perduran. La creación estética es inteligencia en sumo grado. La inteligencia de una artista importante puede ser la de la intelectualidad soberana. Las mentes de Dante o Proust se hallan entre las más analíticas y sistemáticamente informadas de las que tenemos constancia. Es difícil igualar la perspicacia política de un Dostoievski o un Conrad. A la vista está el rigor teórico de un Durero, de un Schönberg”.

Lo que sugiere Steiner es que las lecturas, interpretaciones y creaciones artísticas son en sí mismas críticas del arte. Virgilio guía nuestra lectura de Homero; a su vez, la Divina Comedia de Dante es una lectura de la Eneida. El Ulises de Joyce es una experiencia crítica de la Odisea, y no sólo en el plano de la estructura. Anna Karenina de Tolstoi es, en lo que omite, en lo que sugiere, en el lenguaje que emplea, una crítica de Madame Bovary de Flaubert.

Podríamos añadir que las Cartas a Théo de Van Gogh son, en muchos sentidos, más instructivas que toda la obra de un crítico tan perspicaz e informado como Ernst Gombrich. Se podrían añadir los covers, como puede ser Jimmi Hendrix interpretando All along the watchtower de Bob Dylan.

“La crítica más útil del Otelo de Shakespeare que conozco es la que puede hallarse en el libreto de Boito para la ópera de Verdi y en la respuesta del compositor, tanto musical como verbal, a las sugerencias del libretista. Por cruel que parezca, la crítica estética merece ser tenida en cuenta sólo, o principalmente, cuando es de una maestría de la forma responsable comparable a su objeto.

(…) la traducción es interpretativa por su misma etimología. También es crítica en el modo más creativo. La transposición de Valéry de las Bucólicas de Virgilio es una creación crítica. Ningún estudio crítico sobre el surgimiento y los límites del Barroco consigue igualar las traducciones de Roy Campbell de San Juan de la Cruz. Ninguna crítica literaria educará tanto nuestro oído interno a la cambiante música del significado en la lengua inglesa como la lectura de las sucesivas versiones de Homero en las traducciones de Chapman, Hbbes, Cowper, Pope, Shelley, T.E. Lawrence y Christopher Logue”.

Se podría agregar la traducción de Proust que hace Walter Benjamin, o la versión al francés de los textos de Edgar Allan Poe por parte de Baudelaire... 

Lo que dice Steiner es que las mejores críticas del arte son arte. Algo no muy distinto sugería Oscar Wilde en The critic as artist, cuando hace decir a dos de sus personajes, Ernest y Gilbert:


“(…) Why should the artist be troubled by the shrill clamour of criticism? Why should those who cannot create take upon themselves to estimate the value of creative work? What can they know about it? If a man's work is easy to understand, an explanation is unnecessary... And if his work is incomprehensible, an explanation is wicked".

En fin, los ejemplos podrían multiplicarse innumerablemente. A mí me parece que las intuiciones y argumentos de Steiner, más allá de que nos puedan sonar demasiado elitistas o “adornianas” en un mundo y en un país donde mucha gente lee a Ari Paluch o a Luis Majul, no dejan de ser interesantes.

Está claro que Steiner sabe que esa ciudad ideal de lo primario que plantea como hipótesis exigiría un grado enorme de censura, lo cual sería absurdo. Se trata de poner en discusión el hecho de que muchas veces empleamos mucho más tiempo leyendo comentarios, críticas, críticas de las críticas, papers y artículos sobre grandes obras, y nos perdemos de ir directamente a las grandes obras.

Además, "ningún canon de sensibilidad con sentido común desearía borrar los comentarios de Samuel Johnson o Coleridge sobre Shakespeare, los de Walter Benjamin sobre Goethe o el ensayo de Mandelstam sobre Dante. ¿Cómo distinguir lo secundario de lo primario, lo parasitario de lo inmediato en los Discourses de Reynolds, en las lecturas que Erwin Panofsky hace del arte y la iconografía medievales y renacentistas? ¿Debería incluso el más convencido compromiso a la regla de la primera mano desestimar los análisis y las evocaciones críticas de la música realizados por Berlioz, por Adorno (que compuso) o por un virtuoso y musicólogo como Charles Rosen?"

Eso es todo por hoy.

¡Sean felices!


Off topic: La pucha digo, ¡otra vez perdimos con River! ¿Qué nos  está pasando viejo? ¡Me caigo y me levanto!