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viernes, 9 de diciembre de 2016

DONDE EL AUTOR DEL BLOG NOS HABLA DEL ADÁN BUENOSAYRES DE LEOPOLDO MARECHAL PERO TAMBIÉN HACE MENCIÓN AL ULISES DE JAMES JOYCE AL PERONISMO Y MUCHAS COSAS MÁS QUE HACE DE CUENTA QUE CONOCE PORQUE ES UN CHAMUYERO MARCA ACME Y HASTA REFIERE ALGO DE SU ADMIRADO JORGE LUIS BORGES Y ESTE TÍTULO DEBE SER LEÍDO TODO SEGUIDO Y MANTENIENDO LA RESPIRACIÓN

Este posteo está dedicado a mi amiga Troska, una lectora apasionada de Don Leopoldo Marechal. Ante todo empiezo por admitir que me gusta más el Ulises de Joyce que el Adán Buenosayres, pero eso importa poco. Afortunadamente tenemos la libertad de disfrutar de ambas obras, aunque no sean sencillas de “digerir”. El Ulises, en particular, debe ser lo obra literaria más compleja que leí en mi vida. 

-“¿Leíste el Ulises de Joyce todo el día en tero?”

-“Sí, pero hacia el final del día, al pobre tero se le quebró la tibia y el peroné de la patita derecha”.

-“¡Qué macana!

-“Msé, fue un garrón. Tuve que pedir turno en el Hospital Fiorito. Encima para enyesarlo tardaron como tres horas porque el tero se quejaba y no lo podían mantener quietito".

El amigo Carlos Gamerro, a quien pienso chorearle fuerte varias de las ideas que expuso en “Marechal entre Joyce y Perón”, nos recuerda que en 1948, cuando publicó  su Adán Buenosayres, las múltiples críticas a Leopoldo Marechal se podían reducir a dos grandes acusaciones: la primera es la de plagiar al Ulises de Joyce; y la segunda consistía en deplorar los excesos escatológicos e incluso “coprológicos” de la novela.

En el número 69 de la revista Sur, en noviembre de 1948, Eduardo González Lanuza -que entre paréntesis supo componer poemas boludos de pollos y pavos- , escribió lo siguiente: “Imaginad, si podéis, el Ulises escrito por el Padre Coloma  y abundantemente salpimentado de estiércol, y tendréis una idea bastante acabada del libro”.

La referencia al cura obedece a la acusación de “chupacirios” o de “beato”, porque como sabrán, Don Marechal era católico. 

Emir Rodríguez Monegal, por su parte, aseveró: “En cuanto a las inmundicias con que cubre casi todas las páginas de su novela, sólo repiten con pueril fruición, las más fatigadas del idioma, esas que decoran las letrinas del orbe hispánico…”. 

Mi estimadísimo Gamerro da en el clavo cuando dice que acusar a alguien de imitar el Ulises de Joyce y de abundar en obscenidades es como acusarlo por ser de Boca y venerar la azul y oro. Una vez más vemos la actitud “tilinga” del crítico que le prohíbe al argentino lo que le permiten al irlandés. Algo similar sugirió Roberto Arlt en el prólogo a Los Lanzallamas:


“Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco”.

Haciendo caso omiso de la justicia o injusticia de tales acusaciones, lo que uno intenta responder es: ¿a qué viene tanto ensañamiento? La respuesta, mis amigos, no está soplando en el viento sino que me parece bastante clara: al apoyo político de Marechal al peronismo.

Porque, ¡no jodamos! Escribir un proyecto de obra en la cual  los personajes tendrán rasgos semejantes a los de sus amigos o compañeros de Sur es una idea casi infantil, juguetona, y no demuestra “mala leche” contra nadie. 

A esta altura del partido (6 minutos del segundo tiempo) ya sabrás, mi estimada Troska, que Luis Pereda es Borges, Bernini es Scalabrini Ortiz, Xul Solar es Schultze… Nos parece que “una mano fofa de molusco le tocó la espalda: era el hombre fortachón y bamboleante como un jabalí ciego” no es un insulto a Borges ni una injuria irreparable, sino un juego de escritor-niño-juguetón-copado-total-lo-bancamos-a-morir. 



Tal vez la única persona que verdaderamente sale mal parada sea Victoria Ocampo, a quien Marechal acusa de esnob pero además de un poco putarraca, porque se acostaba y/o seducía y/o coqueteaba con los autores extranjeros y famosos que venían a Buenos Aires gracias a su invitación. Es cierto que no lo dice con palabras tan directas, pero hay una mezcla de mojigatería, chovinismo y misoginia en sus críticas. Hoy en día es sencillo decir, ¿por qué un tipo que está con varias mujeres es un “ganador” mientras que la misma conducta en una mina es considerada inmoral? Qué se yo, estamos en 1948. Ahora por suerte las mujeres han logrado la preciada igualdad (?). 

Anyway, lo concreto es que muchas veces, la diferencia entre una cargada amistosa y una ofenda mortal se debe, como bien acota Gamerro, a la relación entre las partes: perdonamos, entre risas, cargadas a amigos que puestas en boca de alguien que nos cae antipático pueden derivar en trompadas, en juicios e incluso en tiros. Lo que no se bancaban varios de los muchachos de Sur  es que un tipo que se hizo un “peronista inmundo”, encima les tomara el pelo.

Años más tarde, en “Las claves de Adán Buenosayres”, Marechal rememora:

“Al escribir Adán Buenosayres me sentía, con obstinada juventud, en el mismo clima intelectual y temperamental de nuestra revolución literaria. Más tarde, buscando una explicación a la hostilidad o hielo de mis camaradas frente al Adán Buenosayres, advertí con tristeza que habían envejecido; su graciosa desenvoltura se había trocado en la “Solemnidad” literaria que tanto nos hiciera reír en nuestros antecesores de la pluma”.

Según Gamerro, Marechal excluye de esta acusación a Xul Solar, Scalabrini Ortiz y Oliverio Girondo.

Pero no se trata de entrar en la cíclica batalla entre “peronistas y gorilas”, dado que a Marechal no le fue mucho mejor con los suyos. Como él mismo confiesa:

“El movimiento me ignoró. Y lo justifico, porque estaba sobre todo preocupado por solucionar problemas económicos más perentorios. No creo, desde luego, que se deba hacer eso; una revolución  debe solucionar todos los problemas paralelamente. Y se produjo un hecho muy curioso: la intelectualidad argentina, antiperonista en su mayoría, y que me conocía bien, personalmente, me excluyó de su seno. Por otro lado, los peronistas prácticamente ignoraron mi existencia: ponían el acento sobre los aspectos populistas de la cultura”.

Y cuando se acordaban del pobre Leopoldo, era todavía peor. Gamerro cita una revista peronista en cuyo número 61, allá por 1950, lo felicitan por “haber realizado una feliz incursión por la novela en 1948 con Galván Buenosaires (sic)”. En eso los peronistas no fueron nada sectarios: ninguneaban por igual a intelectuales oficiales y opositores.

Como se sabe, los populismos no suelen darle mucha pelota a los intelectuales. ¿Y la derecha argentina? La derecha argentina, en cambio, suele tener entre sus filas a intelectuales bastante pelotudos.

Uno de los pocos escritores que defendió la novela de Marechal fue Julio Cortázar, quien publicó un artículo para la revista Realidad en 1949, donde afirmó que “la aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas”. Cortázar elogia los muchos méritos de la novela de modo entusiasta, y señala muy pocos errores y defectos, siempre de forma respetuosa y honesta.

Si leen las cartas de Cortázar, notarán que siempre habla bien de Marechal, aunque se nota que un poco le dolió que el autor de Megafón o la guerra no le agradeciera el gesto en su momento sino muchos años después. Cabe recordar que Cortázar recibió amenazas e insultos telefónicos por esa simple reseña elogiosa. Y es que "la grieta" en la Argentina viene de muchos años, no es un invento de Jorge Sanata ni "seisieterrocho".

Respecto del peronismo, unos amigos decían algo sobre el antikirchnerismo emocional que puede aplicarse muy bien a lo que debe haber pasado en aquel tiempo:

"El paradigma antikirchnerista, el mínimo común denominador al que suscriben tanto la Mentalista como Ricardito, Pino o De Narváez, sostiene que todos los aciertos del oficialismo eran inevitables mientras que sus errores fueron intencionales.

Se suele comparar al kirchnerismo en particular y al peronismo en general, con absolutos, con sistemas de tubo de ensayo (una muy buena expresión del gran Jorge Katz), con intenciones, con fantasías y vapores varios, pero por alguna extraña razón, nunca con otras realidades. Ya sean locales o planetarias.

Es una vieja tradición argentina, confundir las limitaciones de la condición humana con las intenciones peronistas. El peronismo, bajo esa luz impiadosa, inventó la ambición, el ansia y las luchas de poder, el verticalismo, las bolsas de gatos, el discurso hegemónico, las crisis de sucesión. Hasta el ´45, esas patologías no formaban parte de nuestra sociedad mansa y respetuosa, que resolvía sus conflictos con la civilidad de un cantón suizo".

Sé que algunos de ustedes no me va a creer, pero les juro por Carlitos Tevez y Juan Román Riquelme que no soy peronista. Si no me quieren creer no me crean.

Bueno queridísima Troska, tenía pensado agregar algo más sobre las relaciones entre la obra de Marechal y la de James Joyce, pero me aburrí de escribir y en la tele están dando un documental de canarios. Te mando un gran abrazo y te dejo en paz. Te cuento que, por suerte, mi tero está mucho mejor de su patita derecha.


Saludos cordiales,

Rodrigo

martes, 29 de noviembre de 2016

BORGES Y EL GORILISMO

En lo personal no soy peronista, pero tengo cierta inclinación a despreciar las actitudes "gorilas", básicamente porque me resultan intelectualmente toscas. Ante todo me interesa distinguir que no me parece lo mismo ser no peronista que ser “gorila". El "gorila" es el "antiperonista". ¿Cuál es la diferencia? El "gorila" cree que el peronismo antes, o el kirchnerismo ahora, es una "simulación": no son lo que dicen ser, "son todos corruptos que se disfrazan de progres para robar", etc. Jorge Lanata, en tanto operador político, usa mucho ese prejuicio a su favor, tratando de instalar la idea de que “el kirchnerismo es el gobierno más corrupto de la historia”. No sé  quién será el dueño del corruptómetro, pero algunos lo aplican sólo para medir gobiernos "populistas". Pero no nos vayamos por las ramas...

Carlos Gamerro distingue muy bien la cuestión: "(...) explico lo que a mi entender es la diferencia decisiva: el antiperonista acepta que el peronismo existe y utiliza su arte e inteligencia para entenderlo y combatirlo; el gorila los usa para demostrar que no existe ni existirá ni nunca ha existido ni debería existir si fuera posible que existiera". 

A mi juicio no existe el gorila “químicamente puro”, sino que hay grados de gorilismo. Por ejemplo: Beatriz Sarlo está más cerca de ser no peronista, sin por eso merecer plenamente el calificativo de "gorila". Sarlo es, en todo caso, medio o un poco gorila. Un escritor genial como Borges era "gorila". Un intelectual de cartón como Fernando Iglesias –autor de Es el peronismo, estúpido-  es gorila. Roberto Gargarella es bastante gorila. Pongo ejemplos diversos como para que vean que hay gorilas muy talentosos (Borges), o muy instruidos (Gargarella), y no todos son marionetas berretas tipo Fer Iglesias. 

El libro de Fer Iglesias sobre el peronismo no sirve para explicar el peronismo, sino el gorilismo. Los panfletos de Borges explicaban no el peronismo, sino el gorilismo. Si uno en cambio quiere entender el peronismo para combatirlo o para criticarlo, deberá leer a un Daniel James, o a un Steven Levitsky, entre tantos otros. 

Tampoco creo que sea muy iluminador usar el término "gorila" como sinónimo de "facho", porque eso nos llevaría a tildar a peronistas de derecha de "gorilas", lo cual oscurece más de lo que ilumina. Por supuesto existen "gorilas" cuyo discurso es más bien “izquierdista” (el citado Roberto Gargarella), y también hay gorilas “derechosos” (Marcos Aguinis).


Para muchos el término "gorila" no sirve para pensar, sino para descalificar al que piensa distinto y para clausurar el debate. Pese a que hay algo de cierto en esa queja, no coincido plenamente. Tiendo a creer que, así como quienes rechazan la división izquierda/derecha  suelen ser “de derechas”; quienes piensan que el gorilismo no existe suelen ser, en mayor o menor medida, “gorilas”. 

El problema con la palabra “gorila” es que se la usa más como adjetivo que como  sustantivo, de modo semejante a lo que ocurre con el término “fascismo”. Me parece que si usamos “gorila” como sustantivo, y nos cuidamos de definir el término con alguna mínima precisión, designa algo “real”, empíricamente verificable. Cuando digo que no hay “gorilas químicamente puros”, sino grados diversos de gorilismo, hago referencia a que los seres humanos somos pluridimensionales.

Un tal Ticruz resumía bastante bien parte de la cuestión, ampliando la definición de Gamerro: 

“Existe un viejo reclamo en torno a la palabra “gorila”, principalmente de parte de las izquierdas tradicionales. ¿Es posible no ser peronista y tampoco gorila? ¿Es sencillamente “gorila” un sinónimo de “opositor”? Se ha usado así, y coincido en que no tiene sentido el término de esa manera. El gorilismo, si es de alguna manera una palabra que representa algo, no es la oposición al peronismo, sino la reducción del peronismo a eso: a un fenómeno primitivo, infernal, visceral. No hay desacuerdo, no hay discusión, sólo odio y desprecio. El otro no piensa diferente, o es cómplice del mal, o es víctima de su estupidez”.

Y un poco más adelante: 

“Tampoco nadie pensaba que Perón era un orangután irracional, todo lo contrario. El gorililismo piensa que el líder es, de hecho, un estratega maquiavélico, con una capacidad especulativa brillante, que manipula a una masa irracional. El primitivo no es el líder para el gorilismo -véase el Rosas de El matadero y el Facundo- , sino sus seguidores. Sólo puede haber dos razones para seguir a ese líder: la idiotez y la maldad. Y el corolario necesario de eso es que el otro, el seguidor de ese líder, deja de ser sujeto válido de diálogo, no es atendible en tanto sujeto pensante. Hacia él sólo queda el odio y el desprecio, la lástima si se es generoso. Eso implica poner al otro en el lugar del salvaje o del bárbaro, en categorías de Lévi Strauss. Esa reducción del otro a la oposición entre civilización y barbarie, es, propongo yo, el gorilismo”.

BORGES Y EL GORILISMO:

“Con Borges decimos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego no basta con ser antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona” (anotación de Adolfo Bioy Casares en su Diario).

Para explicarme mejor, voy a usar varios fragmentos e ideas afanadas de Facundo o Martín Fierro: los libros que inventaron la Argentina, un libro extraordinario del crítico y escritor Carlos Gamerro:


Gamerro nos recuerda que, según Bioy Casares, Borges tendía a aceptar la verdad que se adaptara mejor al texto. Su obra está llena de ejemplos donde, siguiendo criterios básicamente estéticos, defiende posturas aparentemente irreconciliables entre sí: 

“Así, en algunos cuentos supo enaltecer el culto del coraje y optar por la barbarie gaucha (‘Hombre de la esquina rosada’, ‘El fin’, ‘El sur’) y deplorarla en otros (‘Historia de Rosendo Juárez’, ‘La noche de los dones’). Pudo ponerse platónico y proponer que no somos más que un sueño soñado por otro (‘Las ruinas circulares’, Everything and Nothing’) y también resignarse a aristotélico y admitir que nada podemos contra el peso de lo real (‘Nueva refutación del tiempo’, ‘La espera’); proponer que la historia es circular, y que fenómenos como el nazismo son una mera repetición de otros pretéritos –‘Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo’, leemos en ‘El otro’-, o admitir que es lineal y cabe en ella lo nuevo y nunca visto, como el nazismo (‘Deutsches Requiem’); es capaz de fustigar el fascismo y el antisemitismo, tanto el local como el extranjero (‘El milagro secreto’, ‘La muerte y la brújula’), y de ponerse en el lugar de un criminal de guerra nazi (nuevamente, ‘Deutsches Requiem’)”.

De modo semejante a Nietzsche y su idea del “eterno retorno”, Borges es un combinacionista que intenta agotar todas las permutaciones posibles de un número determinado de elementos. Sin embargo, toda esa pluralidad de puntos de vista, todos esos matices, desaparecen totalmente cuando Borges hace referencia al peronismo. El peronismo es la detención absoluta de ese afán combinatorio, el ying que no tiene yang, la cara sin contracara, la oscuridad sin luz. Jamás habrá una justificación del coraje en un militante montonero.

El peronismo le hizo variar su actitud hacia la democracia. Como dice Gamerro: “(…) hasta 1955 define al peronismo como dictadura y lo ataca en el nombre de la democracia; pero a partir de esa fecha, cuando se hace evidente que las dictaduras  son la única barrera contra el peronismo y que cualquier elección limpia lo traerá de vuelta, el ímpetu democrático de Borges se va atenuando progresivamente, hasta desaparecer por completo a partir de 1973”.

Muchos de ustedes deben recordar la definición borgeana de democracia como “abuso de la estadística”. Sin embargo, su fe democrática se renueva cuando Ricardo Alfonsín triunfa en las elecciones. En una nota titulada “El último domingo de octubre”, publicada en Clarín el 22 de diciembre de 1983, Borges afirma:

“Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística (…) El 30  de octubre de 1983 la democracia argentina me ha refutado espléndidamente”.

Como bien destaca Gamerro, no existe distancia irónica en su aborrecimiento del peronismo: “es tan físico y visceral que, para hablar de él, deja de lado su habitual sang-froid y humorismo tongue-in-cheek para ponerse guarango, vulgar y –casi inaudito en él- también poco ingenioso e inteligente: ‘En verdad eran cretinos y criminales, él y su hada rubia, su prostituta’. ‘Si me lo encontrase a Perón, mi obligación sería matarlo. Si tuviera coraje, lo mataría’”.

En lo personal, me resulta difícil adherir a la creencia popular acerca del “apoliticismo” y la “ingenuidad” de Borges, y al mismo tiempo conciliar ese prejuicio con la aparición del panfleto anti-peronista titulado La fiesta del monstruo. Es un cuento que, como bien se sabe, abreva en la herencia de La Refalosa de Hilario Ascasubi y El matadero de Esteban Echeverría.

"Este relato -le dice años después Bioy a Matilde Sánchez- está escrito con un tremendo odio. Estábamos llenos de odio durante el peronismo", Clarín, 17/11/1988.

Según Ricardo Piglia, el panfleto trata de la fiesta atroz de la barbarie popular contada por los bárbaros: 

La fiesta del monstruo combina la paranoia con la parodia. La paranoia frente a la presencia amenazante del otro que viene a destruir el orden. Y la parodia de la diferencia, la torpeza lingüística del tipo que no maneja los códigos. (…) es un relato totalmente persecutorio sobre el aluvión zoológico y el avance de los grasas que al final matan a un intelectual judío (…) No diría que increíble, es un texto límite… Difícil de encontrar algo así en la literatura argentina”.

Horacio Verbitsky lo sintetiza muy bien:

“En esta reescritura antiperonista de El Matadero de Echeverría, una turba abominable lapida hasta la muerte a un estudiante judío que se niega a saludar a la foto del Monstruo. (Durante la década peronista no hubo actos de hostilidad hacia los judíos, Perón fue el primer presidente que tuvo judíos en su gabinete, apoyó a una organización judía pro peronista e inauguró las relaciones diplomáticas con Israel, mientras en las páginas del libro abundan las frases y chistes antisemitas, que Borges cuenta en presencia de amigos judíos y luego le sorprende que en vez de reír se entristezcan.)” 

La cuestión del “simulacro”, típica de muchos “gorilas”, también está presente en Borges. En su cuento titulado, precisamente, “El simulacro”, publicado en 1957, hay un hombre en Chaco que se hace pasar por Perón y exhibe “un cajón de cartón con una muñeca de pelo rubio”. Mientras recibe las condolencias de los lugareños, Borges escribe:

“(…) como el reflejo de un sueño  o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”.

En fin, para no prolongar más este posteo, les recuerdo que Borges defendió la “Revolución Libertadora” (para los peronistas será “Revolución Fusiladora”) de 1955, donde toda representación simbólica de la pareja presidencial estaba condenada. La intención era borrar el peronismo de la faz de la tierra. No alcanzaba con que dejara de ser, sino que jamás tenía que haber sido. La propuesta era borrarlo de la realidad, pero también de la imaginación y del recuerdo:



sábado, 11 de junio de 2016

ACERCA DEL ULYSSES DE JAMES JOYCE COMO PUNTO DE PARTIDA PARA HABLAR DE BORGES Y OSCAR WILDE Y ALGUNAS OTRAS CUESTIONES SOBRE LAS CUALES NO SÓLO ENTIENDO POCO SINO QUE ADEMÁS NO LOGRO TRANSMITIRLAS DEL TODO BIEN

Vivimos en una época donde es difícil leer un libro por más de media hora sin mirar un gol de Messi, sin prestarle atención al vuelo de una mosca, sin asomar la cabeza por la ventana, prepararse un café, revisar los mails, los mensajes de whatsapp o mirar un video en youtube. Imagínense entonces lo extraordinario que puede llegar a ser encontrarse con una persona que haya leído entero el Ulysses de James Joyce. ¡Ni les digo que demuestre sobradamente haberlo comprendido! Sin embargo, como he dicho más de una vez, considero que la experiencia de leer a Joyce merece largamente la pena.


En el primer capítulo, y les ruego que tengan paciencia y lean lo que voy a escribir porque está piola, Stephen Dedalus, un estudiante de letras, en diálogo con Buck Mulligan, otro joven irlandés que vive con él, señala que “el espejo rajado de un sirviente es el símbolo del arte irlandés”.


"Laughing again, he brought the mirror away from Stephen’s peering eyes.

-The rage of Caliban at not seeing his face in a mirror, he said. If Wilde were only alive to see you.

Drawing back and pointing, Stephen said with bitterness:

-It is a symbol of Irish art. The cracked lookingglass of a servant”.

“Riendo otra vez, apartó el espejo de los escrutadores ojos de Stephen.

-La ira de Calibán al no ver su cara en un espejo-dijo-. Si Wilde estuviese vivo para verte.

Retrocediendo y señalando, Stephen dijo con amargura:

-Es un símbolo del arte irlandés. El espejo rajado de una sirvienta”. (traducción de Marcelo Zabaloy)

El diálogo entre Stephen Dedalus y Mulligan, uno de sus compañeros de cuarto, parafrasea “La decadencia de la mentira” (1889), un ensayo dialogado de Oscar Wilde:

“CYRIL: Comprendo muy bien que se oponga usted a que el Arte sea considerado como un espejo. Usted piensa que el genio quedaría reducido así a la posición de un espejo rajado. ¿Pero no creerá usted seriamente que la Vida imita al Arte, que la Vida es en verdad el espejo, y el Arte la realidad?

VIVIAN: Ciertamente lo creo. Aunque ello parezca una paradoja (y las paradojas son siempre cosas peligrosas), no es menos cierto que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida” (1).

Lo que hace Wilde es contradecir la idea de mímesis aristotélica, diciendo que es la vida la que imita al arte. Afirmar que el espejo rajado de un sirviente simboliza al arte irlandés es sugerir que ellos no son dueños de su cultura, ni de su lengua ni mucho menos de su mundo material. Y más adelante, como bien destaca Gamerro, Joyce dirá que, gracias a la Iglesia Católica, los irlandeses tampoco son dueños de su mundo espiritual.

Pues bien, en Facundo o Martín Fierro, Gamerro parte de la hipótesis de considerar a la literatura como modelo de la realidad. El argumento es también borgeano: lo que el autor de Ficciones se pregunta es, ¿qué pasaría si en lugar de tomar como libro canónico al Martín Fierro, hubiésemos elegido el Facundo?

“Una curiosa convención ha resuelto que cada uno de los países en que la historia y sus azares ha dividido fugazmente la esfera tenga su libro clásico”, dice Borges en el prólogo de su antología El matrero (Buenos Aires, 1970). Después enumera una serie de autores canónicos como Shakespeare en Inglaterra, Goethe en Alemania o Cervantes en España, para concluir:

“En lo que se refiere a nosotros, pienso que nuestra historia sería otra, y sería mejor, si hubiéramos elegido, a partir de este siglo, el Facundo y no el Martín Fierro”.

Lo que Borges está diciendo es que, canonizando al Martín Fierro, los argentinos tendemos a elegir la barbarie por sobre la civilización. ¿Cuál es el miedo de Borges, nuestro escritor “gorila”?

Recordemos que, antes que Borges, Lugones canoniza el Martín Fierro no para levantar la figura de lo rural o defender un modelo popular, sino por el contrario: intenta impulsar un libro de texto espiritualizado para las élites, y además para marcarle un límite a los inmigrantes y decirles quiénes son los argentinos, los locales, los que mandan. Borges, en los 70’s, dice que esa idea no funcionó, porque al canonizar el Martín Fierro abrieron el campo a la lectura en clave nacional y popular que luego haría el peronismo.

Como vimos, esta idea está presente en Oscar Wilde, para quien la vida “imita al arte”. Cuestionar la noción de mímesis aristotélica es dejar de lado dos mil años de filosofía estética, y lo que es peor, nuestras más arraigadas nociones de sentido común. Shakespeare pone en boca de Hamlet la idea de que el propósito de la actuación “ha sido y es el de elevar, por así decir, el espejo de la naturaleza”.

Como bien destaca Gamerro, Wilde descarga sus dardos contra esa idea shakespereana: “Este desafortunado aforismo sobre el arte que eleva el espejo a la Naturaleza lo pronuncia Hamlet deliberadamente para convencer a todos los presentes de que, al menos en lo que al arte respecta, está absolutamente chiflado”. Porque, para Wilde, “la vida es el espejo y el arte la realidad”. El Japón es un invento de Hokusai.


Lo que hace Gamerro en Facundo o Martín Fierro, que lleva un subtítulo muy sugestivo: “los libros que inventaron la Argentina”, es hacer de cuenta, como Borges en “Tlön,Uqbar, Orbis Tertius", que la literatura no sólo es muy importante sino lo más importante del mundo, y a partir de ahí ver en qué medida nuestra literatura ha creado nuestra identidad nacional. No es más que un juego, pero luego de leer el ensayo notarán que se trata de un juego por demás productivo y sugerente.

Había empezado el post prometiendo hablar del Ulysses, pero medio que todo se fue desmadrando y ahora tengo ganas de ir a comerme un sándwich y parar de escribir. En próximos posteos me gustaría hablar de la gran obra de Joyce, aunque capaz lo hago, capaz no.

¡Sean felices!

Rodrigo

Nota: Acá les dejo la cita de Wilde más extensa y en su idioma original:

"CYRIL. Well, before you read it to me, I should like to ask you a question. What do you mean by saying that life, "poor, probable, uninteresting human life," will try to reproduce the marvels of art? I can quite understand your objection to art being treated as a mirror. You think it would reduce genius to the position of a cracked Iookingglass. But you don't mean to say that you seriously believe that Life imitates Art, that Life in fact is the mirror, and Art the reality ?

VIVIAN. Certainly I do. Paradox though it may seem--and paradoxes are always dangerous things --it is none the less true that Life imitates art far more than Art imitates life. We have all seen in our own day in England how a certain curious and fascinating type of beauty, invented and emphasised by two imaginative painters, has so influenced Life that whenever one goes to a private view or to an artistic salon one sees, here the mystic eyes of Rossetti's dream, the long ivory throat, the strange squarecut jaw, the loosened shadowy hair that he so ardently loved, there the sweet maidenhood of The Golden Stair, the blossomlike mouth and weary loveliness of the Laus Amoris, the passionpale face of Andromeda, the thin hands and lithe beauty of the Vivien in Merlin's Dream. And it has always been so. A great artist invents a type, and Life tries to copy it, to reproduce it in a popular form, like an enterprising publisher. Neither Holbein nor Vandyck found in England what they have given us. They brought their types with them, and Life, with her keen imitative faculty, set herself to supply the master with models. The Greeks, with their quick artistic instinct, understood this, and set in the bride's chamber the statue of Hermes or of Apollo, that she might bear children as lovely as the works of art that she looked at in her rapture or her pain. They knew that Life gains from Art not merely spirituality, depth of thought and feeling, soulturmoil or soulpeace, but that she can form herself on the very lines and colours of art and can reproduce the dignity of Pheidias as well as the grace of Praxiteles. Hence came their objection to realism. They disliked it on purely social grounds. They felt that it inevitably makes people ugly, and they were perfectly right. We try to improve the conditions of the race by means of good air, free sunlight, wholesome water, and hideous bare buildings for the better housing of the lower orders. But these things merely produce health; they do not produce beauty. For this, Art is required, and the true disciples of the great artist are not his studio imitators, but those who become like his works of art, be they plastic as in Greek days, or pictorial as in modern times; in a word, Life is Art's best, Art's only pupil". 

jueves, 2 de junio de 2016

BORGES Y LOS CLÁSICOS

Me cae muy bien Carlos Gamerro: tengo casi todos sus libros, y en breve me pienso comprar Borges y los clásicos, libro editado por "Eterna cadencia". En otro momento me gustaría escribir algo a partir de sus reflexiones, que siempre encuentro estimulantes y enriquecedoras. 

En un posteo anterior habíamos hablado sobre la importancia de leer a los clásicos.


Les dejo para que lean este artículo de Gamerro que salió en La Nación. Ahí va:

Borges, el lector que armó nuestra biblioteca


"Sería temerario afirmar que Borges fue el escritor más importante o influyente del siglo XX (tendría que vérselas, para empezar, con la secularísima trinidad de Kafka, Joyce y Proust), pero creo que a esta altura del partido puede decirse, sin temor a exagerar, que fue el más activo e influyente de sus lectores. Borges tenía y tiene la rara capacidad de contagiarnos sus lecturas: su biblioteca personal, convertida en Biblioteca personal, se ha vuelto la de todos. ¿De cuántos autores puede decirse lo mismo? Los argentinos nos referimos con la mayor familiaridad a Swedenborg, Blake y Chesterton, autores que, de no ser por Borges, difícilmente leeríamos; y a los que leeríamos de todos modos, como Cervantes, Stevenson y Dante, los leemos con sus ojos. Paralelamente, el resto del mundo lee a José Hernández, Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández o Evaristo Carriego, sólo porque Borges lo hizo.

Toda lectura activa modifica el libro leído. Ningún texto lo explica mejor que "Pierre Menard, autor del Quijote", cuento en el cual Borges coteja dos versiones del Quijote, una escrita por Cervantes; otra, por el francés Menard a principios del siglo XX: las dos son verbalmente idénticas, pero se entienden, viven, interpretan, sienten (es decir, leen) de modos radicalmente diferentes. "Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída; si me fuera otorgado leer cualquier página actual -ésta por ejemplo- como la leerán en el año dos mil, yo sabría cómo será la literatura en el año dos mil" asegura Borges en "Nota sobre (hacia) Bernard Shaw". La lectura, al menos como la practicamos en la actualidad, suele ser un acto íntimo, solitario. ¿Cómo se transmiten a los demás nuestras lecturas? En el caso de Borges, de múltiples modos: en las conversaciones cotidianas; en sus clases, sus traducciones, los ensayos, artículos y prólogos que escribió; y fundamentalmente, en los cuentos y poemas en los que las reescribe.


En algunos textos Borges contrasta la eternidad que es mera duración, como la de la materia inerte, con la inmortalidad de lo que vive, y por lo tanto, puede morir y renacer. "Las ideas no son eternas como el mármol, sino inmortales como un bosque o un río" propone en "La noche que en el sur lo velaron"; en "La escritura del dios" el sacerdote maya Tzinacán descubre que su dios ha confiado una sentencia mágica no a las cordilleras ni a los astros, que el tiempo borrará, sino a la piel viva de los jaguares, que mueren y renacen para que perduren sus manchas. En "La supersticiosa ética del lector" aplica esa distinción a la literatura: los textos que mejor resistirán el paso del tiempo no son esos sonetos perfectos de los que ninguna palabra puede alterarse, sino obras ?imperfectas' como el Quijote, que "gana póstumas batallas contra sus traductores y sobrevive a toda descuidada versión".

Los clásicos no perduran sino que renacen: la Odisea, en Ulises de James Joyce, en "El hacedor" y "El inmortal"; la Divina comedia, en Bajo el volcán de Malcolm Lowry, en Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, en "El Aleph"; las obras de Shakespeare, en incontables puestas en todo el mundo, en "Everything and Nothing" y "Tema del traidor y del héroe"; el Quijote en Madame Bovary, en el Quijote de Pierre Menard; todas ellas, en las traducciones siempre renovadas, en las que Borges ve la prueba definitiva de esta "vocación de inmortalidad"; la obra que no resiste ser traducida morirá, porque la buena literatura dura más que la lengua en la que fue escrita: seguirán leyéndose Hamlet y el Quijote mucho después de que hayan dejado de hablarse en la Tierra el inglés y el español.



Además de revitalizar esos clásicos, Borges vuelve a la vida a sus autores. Su método está denunciado en "El hacedor", cuento en el cual imagina un momento decisivo en la vida de Homero, cuando empieza a quedarse ciego y descubre su destino de poeta. Entonces, Homero desciende a su memoria personal, insufla esas vivencias en el acerbo de leyendas de su pueblo y escribe (reescribe) la Ilíada y la Odisea. No de otro modo procede Borges: da vida a estos grandes autores a partir de sus propias vivencias y las historias de su propio mundo: "El hacedor" convierte al Homero joven en un cuchillero de Quíos, e imagina la ceguera del maduro a partir de la suya propia; "El inmortal" lo convierte en viajero a través de la vasta geografía del globo, y de la historia y la literatura de tres milenios, como lo fue, en su imaginación y sus lecturas, el propio Borges; en "El Aleph", las desdichas amorosas de Dante y la transformación de esas penas en motor de la creación reviven en el Borges que protagoniza el cuento; el Shakespeare capaz de crear "personajes mucho más vívidos que el hombre gris que los soñó" se espeja en el Borges que creó múltiples mundos sin salir de la biblioteca paterna.

Podríamos decir que una nueva literatura se define en buena medida por su capacidad de reescribir los clásicos; si no es capaz de hacerlo, es que no se trata de una nueva literatura. En ese sentido, la literatura argentina existe porque, gracias a Borges sobre todo, ha sido capaz de reescribir y redefinir la literatura mundial".

Carlos Gamerro, Domingo 29 de mayo de 2016.

Eso es todo por hoy.

¡Sean felices!

Rodrigo

martes, 12 de enero de 2016

ALGUNAS CUESTIONES PREVIAS SOBRE LA LITERATURA Y LA EXPERIENCIA

Como sugerí en otro post, siempre me han parecido admirables las personas que saben narrar una anécdota con gracia: esos hombres o mujeres capaces de mantener la atención de sus oyentes con frases que parecen tener una virtud hipnótica. 

Creo que la literatura nos permite ensanchar la experiencia, aunque existan infinitas fuentes de donde extraer historias para ser narradas. "Los dioses tejen desventuras para los hombres, para que las generaciones venideras tengan algo que cantar", dicen que decía Homero.  

También podría decirse que Madame Bovary contada por un necio es una historia pobre, mientras que si nos la narra Flaubert se convierte en una obra maestra. "Es todo cuestión de forma, estructura, tono y ritmo", diría Javier Cercas

En un ensayo que se hizo famoso -o por lo menos todo lo "famoso" que puede llegar a ser un ensayo filosófico complejo- titulado Experiencia y pobreza, Walter Benjamin dijo que durante la Primera Guerra Mundial los hombres "volvían mudos del campo de batalla", y añadía "no enriquecidos, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable". El lenguaje requiere, para lograr comunicar a los seres humanos, que éstos tengan experiencias compartidas: el aroma del café es un misterio para una persona que siempre careció de olfato, el color violeta o el rojo no significan nada para un ciego de nacimiento.

En un capítulo de un libro muy recomendable(1), Carlos Gamerro cuenta que cuando estaba escribiendo su novela Las islas, que entre otras cosas narra la Guerra de Malvinas, decidió documentarse entrevistando a ex combatientes:

"Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas no mudos sino lacónicos. Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente. Cada palabra que usaban, como 'frío', 'pozo de zorro', 'balas trazadoras', 'bombardeo naval', desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerantemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes; para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos".

Estas dudas que plantea Gamerro son legítimas. Por ejemplo: ¿hasta qué punto un sociólogo, que no ha vivido la experiencia de ser pobre, puede conceptualizar la pobreza mejor que alguien que la vivió? En lo personal creo que muchas veces se da la paradoja de que quienes viven experiencias límite no siempre suelen tener la capacidad de poner en palabras lo que sienten; y quienes saben expresar lo que les pasa, a menudo carecen de experiencias interesantes, al menos por fuera de las experiencias "literarias".


Como sea, los encuentros que tuvo con los ex combatientes le sirvieron a Gamerro para infundirle confianza en su relato:

"Tuve una intuición, en ese momento. Sentí que ellos no necesitan hacer real esa experiencia mediante el lenguaje. Yo, el que no estuvo allí, yo, el que nada ve y el que nada siente ante esas pobres palabras en que destila todo lo que vieron y vivieron, me veo obligado a construir esa experiencia con ellas; debo hacerla verdadera para mí, primero, y si lo logro, hay una buena posibilidad de que logre hacerla verdadera para mis lectores; y quizá, quién sabe, verdadera, de modos nuevos, incluso para ellos, los que estuvieron. Ése fue mi primer descubrimiento, obvio tal vez, pero una de esas verdades que sólo valen si uno las descubre por su cuenta: que la pobreza de la experiencia puede ser suplida por la riqueza de la imaginación y, sobre todo, por el trabajo de la escritura; que no siempre el que ha tenido la experiencia vivida será el que mejor la cuente, o quizá, que la experiencia de escritura es, de modo diverso, tan válida como la vida".


Tomo un ejemplo al azar, relatado por Fernando Pessoa bajo el semi-heterónimo de Bernardo Soares:


"Soy un alma de esas que las mujeres dicen amar, pero a las que nunca reconocen cuando encuentran; una de esas que, si ellas las reconociesen, ni aun así las reconocerían. Sufro la delicadeza de mis sentimientos con una atención desdeñosa. Tengo todas las cualidades por las que son admirados los poetas románticos, incluso esa falta de cualidades por la cual se es realmente poeta romántico. Me encuentre descripto (en parte) en varias novelas como protagonista de enredos varios; pero lo esencial en mi vida, como de mi alma, es no ser nunca protagonista".

¿Quién no se sintió reflejado, al menos en parte, en este fragmento? Sin embargo no todos tenemos la capacidad de transmitir ese sentimiento como puede hacerlo un poeta como Pessoa.


Más adelante me gustaría retomar y completar mejor este posteo, retomando muchas de las intuiciones del amigo Gamerro. Por el momento lo dejo así como está. Estoy de vacaciones y me voy a tomar unas cervezas con mis amigos. 

¡Sean felices!

(1) Gamerro Carlos, Facundo o Martín Fierro: los libros que inventaron la Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2015.

sábado, 5 de septiembre de 2015

ACERCA DE ALGUNAS TRADUCCIONES ESPAÑOLAS

Me identifiqué mucho con algo que escribió Carlos Gamerro en su Ulises. Claves de  lectura, acerca de las traducciones españolas. ¿Quién de ustedes no se ha embroncado al leer el slang de algún personaje de La conjura de los necios hablando como si fuese un andaluz, en la versión de Anagrama del gran libro de John Kennedy Toole?  No se trata de una cuestión de nacionalismo, sino de un problema de política de la lengua:

"Para los traductores españoles eso que arrojan sobre la página no es su dialecto, es LA LENGUA, así sin más -dialecto es lo que hablan los otros, nosotros. El traductor latinoamericano, en cambio, es consciente de estar traduciendo para una comunidad de hablantes heterogénea, y es más cauto a la hora de endilgarles sus formas locales a los lectores extranjeros. Un argentino no traduce a vos, sino a tú, y no satura de lunfardo portuario el habla de japoneses, egipcios o irlandeses".

Recordemos que la primera traducción del Ulises de James Joyce fue hecha por un argentino, José Salas Subirat, en 1945. Luego apareció la versión del español José María Valverde -1976, corregida  en 1989- y finalmente la de los también españoles Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. 

Según Gamerro, el Ulises original está escrito no en una lengua o dialecto, sino en la tensión entre una variante desprestigiada: el inglés de Irlanda; y otra dominante: el inglés británico imperial. En cierto sentido, aunque la versión de José María Valverde tenga menos errores, la de Salas Subirat reproduce mejor esa tensión, porque se trata de una tensión que, salvando las distancias, está presente entre el español de España y el de los demás países de habla hispana.

En un próximo posteo me gustaría escribir, basándome en Gamerro, una suerte de introducción a la lectura del Ulises. Por el momento, "tengo hasta ahí".

¡Sean felices!