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viernes, 9 de diciembre de 2016

DONDE EL AUTOR DEL BLOG NOS HABLA DEL ADÁN BUENOSAYRES DE LEOPOLDO MARECHAL PERO TAMBIÉN HACE MENCIÓN AL ULISES DE JAMES JOYCE AL PERONISMO Y MUCHAS COSAS MÁS QUE HACE DE CUENTA QUE CONOCE PORQUE ES UN CHAMUYERO MARCA ACME Y HASTA REFIERE ALGO DE SU ADMIRADO JORGE LUIS BORGES Y ESTE TÍTULO DEBE SER LEÍDO TODO SEGUIDO Y MANTENIENDO LA RESPIRACIÓN

Este posteo está dedicado a mi amiga Troska, una lectora apasionada de Don Leopoldo Marechal. Ante todo empiezo por admitir que me gusta más el Ulises de Joyce que el Adán Buenosayres, pero eso importa poco. Afortunadamente tenemos la libertad de disfrutar de ambas obras, aunque no sean sencillas de “digerir”. El Ulises, en particular, debe ser lo obra literaria más compleja que leí en mi vida. 

-“¿Leíste el Ulises de Joyce todo el día en tero?”

-“Sí, pero hacia el final del día, al pobre tero se le quebró la tibia y el peroné de la patita derecha”.

-“¡Qué macana!

-“Msé, fue un garrón. Tuve que pedir turno en el Hospital Fiorito. Encima para enyesarlo tardaron como tres horas porque el tero se quejaba y no lo podían mantener quietito".

El amigo Carlos Gamerro, a quien pienso chorearle fuerte varias de las ideas que expuso en “Marechal entre Joyce y Perón”, nos recuerda que en 1948, cuando publicó  su Adán Buenosayres, las múltiples críticas a Leopoldo Marechal se podían reducir a dos grandes acusaciones: la primera es la de plagiar al Ulises de Joyce; y la segunda consistía en deplorar los excesos escatológicos e incluso “coprológicos” de la novela.

En el número 69 de la revista Sur, en noviembre de 1948, Eduardo González Lanuza -que entre paréntesis supo componer poemas boludos de pollos y pavos- , escribió lo siguiente: “Imaginad, si podéis, el Ulises escrito por el Padre Coloma  y abundantemente salpimentado de estiércol, y tendréis una idea bastante acabada del libro”.

La referencia al cura obedece a la acusación de “chupacirios” o de “beato”, porque como sabrán, Don Marechal era católico. 

Emir Rodríguez Monegal, por su parte, aseveró: “En cuanto a las inmundicias con que cubre casi todas las páginas de su novela, sólo repiten con pueril fruición, las más fatigadas del idioma, esas que decoran las letrinas del orbe hispánico…”. 

Mi estimadísimo Gamerro da en el clavo cuando dice que acusar a alguien de imitar el Ulises de Joyce y de abundar en obscenidades es como acusarlo por ser de Boca y venerar la azul y oro. Una vez más vemos la actitud “tilinga” del crítico que le prohíbe al argentino lo que le permiten al irlandés. Algo similar sugirió Roberto Arlt en el prólogo a Los Lanzallamas:


“Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco”.

Haciendo caso omiso de la justicia o injusticia de tales acusaciones, lo que uno intenta responder es: ¿a qué viene tanto ensañamiento? La respuesta, mis amigos, no está soplando en el viento sino que me parece bastante clara: al apoyo político de Marechal al peronismo.

Porque, ¡no jodamos! Escribir un proyecto de obra en la cual  los personajes tendrán rasgos semejantes a los de sus amigos o compañeros de Sur es una idea casi infantil, juguetona, y no demuestra “mala leche” contra nadie. 

A esta altura del partido (6 minutos del segundo tiempo) ya sabrás, mi estimada Troska, que Luis Pereda es Borges, Bernini es Scalabrini Ortiz, Xul Solar es Schultze… Nos parece que “una mano fofa de molusco le tocó la espalda: era el hombre fortachón y bamboleante como un jabalí ciego” no es un insulto a Borges ni una injuria irreparable, sino un juego de escritor-niño-juguetón-copado-total-lo-bancamos-a-morir. 



Tal vez la única persona que verdaderamente sale mal parada sea Victoria Ocampo, a quien Marechal acusa de esnob pero además de un poco putarraca, porque se acostaba y/o seducía y/o coqueteaba con los autores extranjeros y famosos que venían a Buenos Aires gracias a su invitación. Es cierto que no lo dice con palabras tan directas, pero hay una mezcla de mojigatería, chovinismo y misoginia en sus críticas. Hoy en día es sencillo decir, ¿por qué un tipo que está con varias mujeres es un “ganador” mientras que la misma conducta en una mina es considerada inmoral? Qué se yo, estamos en 1948. Ahora por suerte las mujeres han logrado la preciada igualdad (?). 

Anyway, lo concreto es que muchas veces, la diferencia entre una cargada amistosa y una ofenda mortal se debe, como bien acota Gamerro, a la relación entre las partes: perdonamos, entre risas, cargadas a amigos que puestas en boca de alguien que nos cae antipático pueden derivar en trompadas, en juicios e incluso en tiros. Lo que no se bancaban varios de los muchachos de Sur  es que un tipo que se hizo un “peronista inmundo”, encima les tomara el pelo.

Años más tarde, en “Las claves de Adán Buenosayres”, Marechal rememora:

“Al escribir Adán Buenosayres me sentía, con obstinada juventud, en el mismo clima intelectual y temperamental de nuestra revolución literaria. Más tarde, buscando una explicación a la hostilidad o hielo de mis camaradas frente al Adán Buenosayres, advertí con tristeza que habían envejecido; su graciosa desenvoltura se había trocado en la “Solemnidad” literaria que tanto nos hiciera reír en nuestros antecesores de la pluma”.

Según Gamerro, Marechal excluye de esta acusación a Xul Solar, Scalabrini Ortiz y Oliverio Girondo.

Pero no se trata de entrar en la cíclica batalla entre “peronistas y gorilas”, dado que a Marechal no le fue mucho mejor con los suyos. Como él mismo confiesa:

“El movimiento me ignoró. Y lo justifico, porque estaba sobre todo preocupado por solucionar problemas económicos más perentorios. No creo, desde luego, que se deba hacer eso; una revolución  debe solucionar todos los problemas paralelamente. Y se produjo un hecho muy curioso: la intelectualidad argentina, antiperonista en su mayoría, y que me conocía bien, personalmente, me excluyó de su seno. Por otro lado, los peronistas prácticamente ignoraron mi existencia: ponían el acento sobre los aspectos populistas de la cultura”.

Y cuando se acordaban del pobre Leopoldo, era todavía peor. Gamerro cita una revista peronista en cuyo número 61, allá por 1950, lo felicitan por “haber realizado una feliz incursión por la novela en 1948 con Galván Buenosaires (sic)”. En eso los peronistas no fueron nada sectarios: ninguneaban por igual a intelectuales oficiales y opositores.

Como se sabe, los populismos no suelen darle mucha pelota a los intelectuales. ¿Y la derecha argentina? La derecha argentina, en cambio, suele tener entre sus filas a intelectuales bastante pelotudos.

Uno de los pocos escritores que defendió la novela de Marechal fue Julio Cortázar, quien publicó un artículo para la revista Realidad en 1949, donde afirmó que “la aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas”. Cortázar elogia los muchos méritos de la novela de modo entusiasta, y señala muy pocos errores y defectos, siempre de forma respetuosa y honesta.

Si leen las cartas de Cortázar, notarán que siempre habla bien de Marechal, aunque se nota que un poco le dolió que el autor de Megafón o la guerra no le agradeciera el gesto en su momento sino muchos años después. Cabe recordar que Cortázar recibió amenazas e insultos telefónicos por esa simple reseña elogiosa. Y es que "la grieta" en la Argentina viene de muchos años, no es un invento de Jorge Sanata ni "seisieterrocho".

Respecto del peronismo, unos amigos decían algo sobre el antikirchnerismo emocional que puede aplicarse muy bien a lo que debe haber pasado en aquel tiempo:

"El paradigma antikirchnerista, el mínimo común denominador al que suscriben tanto la Mentalista como Ricardito, Pino o De Narváez, sostiene que todos los aciertos del oficialismo eran inevitables mientras que sus errores fueron intencionales.

Se suele comparar al kirchnerismo en particular y al peronismo en general, con absolutos, con sistemas de tubo de ensayo (una muy buena expresión del gran Jorge Katz), con intenciones, con fantasías y vapores varios, pero por alguna extraña razón, nunca con otras realidades. Ya sean locales o planetarias.

Es una vieja tradición argentina, confundir las limitaciones de la condición humana con las intenciones peronistas. El peronismo, bajo esa luz impiadosa, inventó la ambición, el ansia y las luchas de poder, el verticalismo, las bolsas de gatos, el discurso hegemónico, las crisis de sucesión. Hasta el ´45, esas patologías no formaban parte de nuestra sociedad mansa y respetuosa, que resolvía sus conflictos con la civilidad de un cantón suizo".

Sé que algunos de ustedes no me va a creer, pero les juro por Carlitos Tevez y Juan Román Riquelme que no soy peronista. Si no me quieren creer no me crean.

Bueno queridísima Troska, tenía pensado agregar algo más sobre las relaciones entre la obra de Marechal y la de James Joyce, pero me aburrí de escribir y en la tele están dando un documental de canarios. Te mando un gran abrazo y te dejo en paz. Te cuento que, por suerte, mi tero está mucho mejor de su patita derecha.


Saludos cordiales,

Rodrigo

martes, 29 de noviembre de 2016

BORGES Y EL GORILISMO

En lo personal no soy peronista, pero tengo cierta inclinación a despreciar las actitudes "gorilas", básicamente porque me resultan intelectualmente toscas. Ante todo me interesa distinguir que no me parece lo mismo ser no peronista que ser “gorila". El "gorila" es el "antiperonista". ¿Cuál es la diferencia? El "gorila" cree que el peronismo antes, o el kirchnerismo ahora, es una "simulación": no son lo que dicen ser, "son todos corruptos que se disfrazan de progres para robar", etc. Jorge Lanata, en tanto operador político, usa mucho ese prejuicio a su favor, tratando de instalar la idea de que “el kirchnerismo es el gobierno más corrupto de la historia”. No sé  quién será el dueño del corruptómetro, pero algunos lo aplican sólo para medir gobiernos "populistas". Pero no nos vayamos por las ramas...

Carlos Gamerro distingue muy bien la cuestión: "(...) explico lo que a mi entender es la diferencia decisiva: el antiperonista acepta que el peronismo existe y utiliza su arte e inteligencia para entenderlo y combatirlo; el gorila los usa para demostrar que no existe ni existirá ni nunca ha existido ni debería existir si fuera posible que existiera". 

A mi juicio no existe el gorila “químicamente puro”, sino que hay grados de gorilismo. Por ejemplo: Beatriz Sarlo está más cerca de ser no peronista, sin por eso merecer plenamente el calificativo de "gorila". Sarlo es, en todo caso, medio o un poco gorila. Un escritor genial como Borges era "gorila". Un intelectual de cartón como Fernando Iglesias –autor de Es el peronismo, estúpido-  es gorila. Roberto Gargarella es bastante gorila. Pongo ejemplos diversos como para que vean que hay gorilas muy talentosos (Borges), o muy instruidos (Gargarella), y no todos son marionetas berretas tipo Fer Iglesias. 

El libro de Fer Iglesias sobre el peronismo no sirve para explicar el peronismo, sino el gorilismo. Los panfletos de Borges explicaban no el peronismo, sino el gorilismo. Si uno en cambio quiere entender el peronismo para combatirlo o para criticarlo, deberá leer a un Daniel James, o a un Steven Levitsky, entre tantos otros. 

Tampoco creo que sea muy iluminador usar el término "gorila" como sinónimo de "facho", porque eso nos llevaría a tildar a peronistas de derecha de "gorilas", lo cual oscurece más de lo que ilumina. Por supuesto existen "gorilas" cuyo discurso es más bien “izquierdista” (el citado Roberto Gargarella), y también hay gorilas “derechosos” (Marcos Aguinis).


Para muchos el término "gorila" no sirve para pensar, sino para descalificar al que piensa distinto y para clausurar el debate. Pese a que hay algo de cierto en esa queja, no coincido plenamente. Tiendo a creer que, así como quienes rechazan la división izquierda/derecha  suelen ser “de derechas”; quienes piensan que el gorilismo no existe suelen ser, en mayor o menor medida, “gorilas”. 

El problema con la palabra “gorila” es que se la usa más como adjetivo que como  sustantivo, de modo semejante a lo que ocurre con el término “fascismo”. Me parece que si usamos “gorila” como sustantivo, y nos cuidamos de definir el término con alguna mínima precisión, designa algo “real”, empíricamente verificable. Cuando digo que no hay “gorilas químicamente puros”, sino grados diversos de gorilismo, hago referencia a que los seres humanos somos pluridimensionales.

Un tal Ticruz resumía bastante bien parte de la cuestión, ampliando la definición de Gamerro: 

“Existe un viejo reclamo en torno a la palabra “gorila”, principalmente de parte de las izquierdas tradicionales. ¿Es posible no ser peronista y tampoco gorila? ¿Es sencillamente “gorila” un sinónimo de “opositor”? Se ha usado así, y coincido en que no tiene sentido el término de esa manera. El gorilismo, si es de alguna manera una palabra que representa algo, no es la oposición al peronismo, sino la reducción del peronismo a eso: a un fenómeno primitivo, infernal, visceral. No hay desacuerdo, no hay discusión, sólo odio y desprecio. El otro no piensa diferente, o es cómplice del mal, o es víctima de su estupidez”.

Y un poco más adelante: 

“Tampoco nadie pensaba que Perón era un orangután irracional, todo lo contrario. El gorililismo piensa que el líder es, de hecho, un estratega maquiavélico, con una capacidad especulativa brillante, que manipula a una masa irracional. El primitivo no es el líder para el gorilismo -véase el Rosas de El matadero y el Facundo- , sino sus seguidores. Sólo puede haber dos razones para seguir a ese líder: la idiotez y la maldad. Y el corolario necesario de eso es que el otro, el seguidor de ese líder, deja de ser sujeto válido de diálogo, no es atendible en tanto sujeto pensante. Hacia él sólo queda el odio y el desprecio, la lástima si se es generoso. Eso implica poner al otro en el lugar del salvaje o del bárbaro, en categorías de Lévi Strauss. Esa reducción del otro a la oposición entre civilización y barbarie, es, propongo yo, el gorilismo”.

BORGES Y EL GORILISMO:

“Con Borges decimos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego no basta con ser antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona” (anotación de Adolfo Bioy Casares en su Diario).

Para explicarme mejor, voy a usar varios fragmentos e ideas afanadas de Facundo o Martín Fierro: los libros que inventaron la Argentina, un libro extraordinario del crítico y escritor Carlos Gamerro:


Gamerro nos recuerda que, según Bioy Casares, Borges tendía a aceptar la verdad que se adaptara mejor al texto. Su obra está llena de ejemplos donde, siguiendo criterios básicamente estéticos, defiende posturas aparentemente irreconciliables entre sí: 

“Así, en algunos cuentos supo enaltecer el culto del coraje y optar por la barbarie gaucha (‘Hombre de la esquina rosada’, ‘El fin’, ‘El sur’) y deplorarla en otros (‘Historia de Rosendo Juárez’, ‘La noche de los dones’). Pudo ponerse platónico y proponer que no somos más que un sueño soñado por otro (‘Las ruinas circulares’, Everything and Nothing’) y también resignarse a aristotélico y admitir que nada podemos contra el peso de lo real (‘Nueva refutación del tiempo’, ‘La espera’); proponer que la historia es circular, y que fenómenos como el nazismo son una mera repetición de otros pretéritos –‘Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo’, leemos en ‘El otro’-, o admitir que es lineal y cabe en ella lo nuevo y nunca visto, como el nazismo (‘Deutsches Requiem’); es capaz de fustigar el fascismo y el antisemitismo, tanto el local como el extranjero (‘El milagro secreto’, ‘La muerte y la brújula’), y de ponerse en el lugar de un criminal de guerra nazi (nuevamente, ‘Deutsches Requiem’)”.

De modo semejante a Nietzsche y su idea del “eterno retorno”, Borges es un combinacionista que intenta agotar todas las permutaciones posibles de un número determinado de elementos. Sin embargo, toda esa pluralidad de puntos de vista, todos esos matices, desaparecen totalmente cuando Borges hace referencia al peronismo. El peronismo es la detención absoluta de ese afán combinatorio, el ying que no tiene yang, la cara sin contracara, la oscuridad sin luz. Jamás habrá una justificación del coraje en un militante montonero.

El peronismo le hizo variar su actitud hacia la democracia. Como dice Gamerro: “(…) hasta 1955 define al peronismo como dictadura y lo ataca en el nombre de la democracia; pero a partir de esa fecha, cuando se hace evidente que las dictaduras  son la única barrera contra el peronismo y que cualquier elección limpia lo traerá de vuelta, el ímpetu democrático de Borges se va atenuando progresivamente, hasta desaparecer por completo a partir de 1973”.

Muchos de ustedes deben recordar la definición borgeana de democracia como “abuso de la estadística”. Sin embargo, su fe democrática se renueva cuando Ricardo Alfonsín triunfa en las elecciones. En una nota titulada “El último domingo de octubre”, publicada en Clarín el 22 de diciembre de 1983, Borges afirma:

“Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística (…) El 30  de octubre de 1983 la democracia argentina me ha refutado espléndidamente”.

Como bien destaca Gamerro, no existe distancia irónica en su aborrecimiento del peronismo: “es tan físico y visceral que, para hablar de él, deja de lado su habitual sang-froid y humorismo tongue-in-cheek para ponerse guarango, vulgar y –casi inaudito en él- también poco ingenioso e inteligente: ‘En verdad eran cretinos y criminales, él y su hada rubia, su prostituta’. ‘Si me lo encontrase a Perón, mi obligación sería matarlo. Si tuviera coraje, lo mataría’”.

En lo personal, me resulta difícil adherir a la creencia popular acerca del “apoliticismo” y la “ingenuidad” de Borges, y al mismo tiempo conciliar ese prejuicio con la aparición del panfleto anti-peronista titulado La fiesta del monstruo. Es un cuento que, como bien se sabe, abreva en la herencia de La Refalosa de Hilario Ascasubi y El matadero de Esteban Echeverría.

"Este relato -le dice años después Bioy a Matilde Sánchez- está escrito con un tremendo odio. Estábamos llenos de odio durante el peronismo", Clarín, 17/11/1988.

Según Ricardo Piglia, el panfleto trata de la fiesta atroz de la barbarie popular contada por los bárbaros: 

La fiesta del monstruo combina la paranoia con la parodia. La paranoia frente a la presencia amenazante del otro que viene a destruir el orden. Y la parodia de la diferencia, la torpeza lingüística del tipo que no maneja los códigos. (…) es un relato totalmente persecutorio sobre el aluvión zoológico y el avance de los grasas que al final matan a un intelectual judío (…) No diría que increíble, es un texto límite… Difícil de encontrar algo así en la literatura argentina”.

Horacio Verbitsky lo sintetiza muy bien:

“En esta reescritura antiperonista de El Matadero de Echeverría, una turba abominable lapida hasta la muerte a un estudiante judío que se niega a saludar a la foto del Monstruo. (Durante la década peronista no hubo actos de hostilidad hacia los judíos, Perón fue el primer presidente que tuvo judíos en su gabinete, apoyó a una organización judía pro peronista e inauguró las relaciones diplomáticas con Israel, mientras en las páginas del libro abundan las frases y chistes antisemitas, que Borges cuenta en presencia de amigos judíos y luego le sorprende que en vez de reír se entristezcan.)” 

La cuestión del “simulacro”, típica de muchos “gorilas”, también está presente en Borges. En su cuento titulado, precisamente, “El simulacro”, publicado en 1957, hay un hombre en Chaco que se hace pasar por Perón y exhibe “un cajón de cartón con una muñeca de pelo rubio”. Mientras recibe las condolencias de los lugareños, Borges escribe:

“(…) como el reflejo de un sueño  o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”.

En fin, para no prolongar más este posteo, les recuerdo que Borges defendió la “Revolución Libertadora” (para los peronistas será “Revolución Fusiladora”) de 1955, donde toda representación simbólica de la pareja presidencial estaba condenada. La intención era borrar el peronismo de la faz de la tierra. No alcanzaba con que dejara de ser, sino que jamás tenía que haber sido. La propuesta era borrarlo de la realidad, pero también de la imaginación y del recuerdo:



lunes, 22 de junio de 2015

EL GORILISMO EJEMPLIFICADO EN LA FIGURA DE BORGES

“Con Borges decimos que no se puede ser peronista sin ser canalla o idiota o las dos cosas. Desde luego no basta con ser antiperonista para ser buena persona, pero basta ser peronista para ser una mala persona” (Adolfo Bioy Casares)

Muchos creen que el término "gorila" no sirve para pensar, sino para descalificar al que piensa distinto y para clausurar el debate. En síntesis: el término gorila es usado más como “adjetivo” que como “sustantivo”, más o menos como ocurre con el término “fascista”. Pese a que hay algo de cierto en esa queja, no coincido plenamente. Para mí, el término sigue teniendo vigencia, aunque ahora los cañones "gorilas" estén dirigidos a "la Yegua". Para evitar confusiones, déjenme aclarar que no soy peronista, aunque tengo cierto rechazo hacia el "gorilismo recalcitrante". 

Para apoyar mi argumentación, traigo a colación una definición de Ticruz, dicha en otro contexto, con la que mayormente coincido:

“Existe un viejo reclamo en torno a la palabra “gorila”, principalmente de parte de las izquierdas tradicionales. ¿Es posible no ser peronista y tampoco gorila? ¿Es sencillamente “gorila” un sinónimo de “opositor”? Se ha usado así, y coincido en que no tiene sentido el término de esa manera. El gorilismo, si es de alguna manera una palabra que representa algo, no es la oposición al peronismo, sino la reducción del peronismo a eso: a un fenómeno primitivo, infernal, visceral. No hay desacuerdo, no hay discusión, sólo odio y desprecio. El otro no piensa diferente, o es cómplice del mal, o es víctima de su estupidez”.

Y un poco más adelante:

“Tampoco nadie pensaba que Perón era un orangután irracional, todo lo contrario. El gorililismo piensa que el líder es, de hecho, un estratega maquiavélico, con una capacidad especulativa brillante, que manipula a una masa irracional. El primitivo no es el líder para el gorilismo -véase el Rosas de “El matadero” y el “Facundo”- , sino sus seguidores. Sólo puede haber dos razones para seguir a ese líder: la idiotez y la maldad. Y el corolario necesario de eso es que el otro, el seguidor de ese líder, deja de ser sujeto válido de diálogo, no es atendible en tanto sujeto pensante. Hacia él sólo queda el odio y el desprecio, la lástima si se es generoso. Eso implica poner al otro en el lugar del salvaje o del bárbaro, en categorías de Lévi Strauss. Esa reducción del otro a la oposición entre civilización y barbarie, es, propongo yo, el gorilismo. E insisto: veo eso en Sarlo”.

No me interesa elucidar si Sarlo es gorila o no lo es, sino ayudar a entender qué es el gorilismo, aunque intuitivamente sea algo que todos conocemos. Ahora bien, ¿por qué es nocivo el "gorilismo"? Porque descalifica en automático, porque impide la crítica lúcida, porque confunde el pensamiento con el reordenamiento de los prejuicios, porque suele desembocar en el honestismo –la reducción de la discusión política a lo judicial- y el intencionalismo (que consiste en evitar analizar las consecuencias de una medida para centrarse en las intenciones, en última instancia inescrutables, de los gobernantes).

No es de extrañar que el “gorila” –aunque no exclusivamente- tenga una noción reductora y prejuiciosa acerca del “clientelismo”. En el transcurso de una entrevista que le hicieron para el suplemento Enfoques del diario La Nación, Javier Auyero –autor de ¿Favores por votos? Estudios sobre clientelismo político contemporáneo- dijo que el vocablo clientelismo suele ser una asociación estigmatizadora de que los pobres son clientes, son masa manipulable:

"La idea de que porque va una heladera o un par de zapatillas viene un voto es asumir como cierta una presunción. Hay que indagar. Esas relaciones recíprocas nunca funcionan así. Uno nunca sabe si fue la heladera o la relación afectiva con un puntero. Para saber eso hay que plantarse desde el otro punto de vista, no desde el que da la heladera sino desde el del sujeto. Mucha gente de clase media, media alta, vota a alguien porque le va mejor. ¿Llamamos a eso clientelismo? No".

Y luego agrega: "EL CLIENTELISMO NUNCA GARANTIZÓ RESULTADOS ELECTORALES NI LOS VA A GARANTIZAR".

Uno lee y disfruta de la prosa de escritores extraordinarios como Bioy Casares y Borges: tipos que conocen varios idiomas, que han leído muchísimo, y que al mismo tiempo demuestran un conocimiento de la política  de su tiempo, absolutamente maniqueo, infantil y canallesco.

BORGES Y EL GORILISMO:

Me resulta difícil adherir a la creencia popular acerca del “apoliticismo” y la “ingenuidad” de Borges, y al mismo tiempo conciliar ese prejuicio con la aparición del panfleto anti-peronista titulado La fiesta del monstruo (1). Es un cuento que, como bien se sabe, abreva en la herencia de La Refalosa de Hilario Ascasubi y El matadero de Esteban Echeverría.

"Este relato -le dice años después Bioy a Matilde Sánchez- está escrito con un tremendo odio. Estábamos llenos de odio durante el peronismo", Clarín, 17/11/1988.

Según Ricardo Piglia, el panfleto trata de la fiesta atroz de la barbarie popular contada por los bárbaros:

“La fiesta del monstruo” combina la paranoia con la parodia. La paranoia frente a la presencia amenazante del otro que viene a destruir el orden. Y la parodia de la diferencia, la torpeza lingüística del tipo que no maneja los códigos. (…) es un relato totalmente persecutorio sobre el aluvión zoológico y el avance de los grasas que al final matan a un intelectual judío (…) No diría que increíble, es un texto límite… Difícil de encontrar algo así en la literatura argentina”.

Seguramente para Don Jorge Luis, la Revolución Libertadora -para otros "fusiladora"- es parte del sueño civilizatorio de Sarmiento.

Si uno lee el Borges de Bioy (2), se puede encontrar con una larga ristra  de frases y reflexiones “gorilas”:

Por caso, el 26 de junio de 1955, Borges cuenta que ver las iglesias incendiadas le dio ganas de llorar. Pero no hay una palabra en el diario para el bombardeo sobre la Plaza de Mayo en el que murieron cientos de personas.

Pongo otros ejemplos, que no son exhaustivos:

En agosto de 1957 asesinan a un chofer en el barrio de Nueva Pompeya. Bioy apunta:

"Aunque persona de edad, el chofer se defendió y lo mataron de catorce puñaladas. Se asustaron de lo que habían hecho y huyeron sin sacarle el dinero. Borges opina que todos esos criminales son el fruto del peronismo: 'Antes uno decía el crimen del Silletero del año 20...' BIOY: 'Ahora hay que decir: 'el crimen del Silletero de las tres de la tarde, el de las cuatro', etcétera. BORGES: Habría que fusilar a toda esa gente'".

Páginas más adelante:

“Bioy: –El individuo que tiene más probabilidades de ganar la elección de presidente es el individuo más desvergonzadamente demagógico. Vale decir, la peor persona del país: Perón, Frondizi, Solano Lima”.

Los soviéticos, en octubre de 1957, lanzaban al espacio el Sputnik 1, el primer satélite artificial.

"Bioy: –Tuve ganas de hacerle una broma a tu madre: preguntarle si sabía la noticia y, cuando ella preguntara cuál, decirle que Perón había lanzado un satélite.

Borges: –Ya está enojada contra ese satélite. Dice que es un juguete insignificante y que quién sabe si no cae en la Tierra y no produce alguna Monstruosa hecatombe".

Aramburu convoca a elecciones y Borges lo lamenta, “desea que el gobierno se quede”. Manuel Peyrou se felicita del llamado y lo ve como un triunfo del gobierno.

"Borges: –Sí, el gobierno queda muy bien para la Historia, pero Peyrou no puede ver muy lejos: el país saltará en el vacío".

El 9 de diciembre del mismo año, Borges y Bioy hablan “de un match de box, ganado por un tal Pascual Pérez, que fue un mignon de Perón”.


"Borges: –Qué lástima que haya ganado un peronista inmundo".

Notas:

(1) El 12 de octubre de 1955 leen en Marcha, de Montevideo, la publicación del cuento La fiesta del monstruo, que firmaron como Bustos Domecq (Borges y Bioy Casares). “En esta reescritura antiperonista de El Matadero de Echeverría, una turba abominable lapida hasta la muerte a un estudiante judío que se niega a saludar a la foto del Monstruo. (Durante la década peronista no hubo actos de hostilidad hacia los judíos, Perón fue el primer presidente que tuvo judíos en su gabinete, apoyó a una organización judía pro peronista e inauguró las relaciones diplomáticas con Israel, mientras en las páginas del libro abundan las frases y chistes antisemitas, que Borges cuenta en presencia de amigos judíos y luego le sorprende que en vez de reír se entristezcan.)” (Horacio Verbitsky)


(2) Adolfo Bioy Casares, Borges. Edición a cargo de Daniel Martino. Ediciones Destino, Colombia, 2006, 1663 páginas. 

domingo, 20 de abril de 2014

EL ANTIINTELECTUALISMO JAURETCHIANO Y CIERTO MENOSPRECIO DE LA CLASE MEDIA

Breve descripción de la cultura durante el primer peronismo:


En su Historia de las ideas en la Argentina, Oscar Terán recuerda que alguna vez, Leopoldo Marechal declaró que en tiempos del primer peronismo le resultaba difícil publicar, ya que la mayoría de las editoriales estaba en manos de opositores. En el campo intelectual se reproducía la escisión entre peronismo y antiperonismo, sólo que mientras en la sociedad el peronismo era mayoritario, esta proporción se invertía al llegar al mundo de los intelectuales.

Entre las excepciones  estaban: el mismo Marechal, Enrique Santos Discépolo,  Raúl Scalabrini Ortiz, Homeno Manzi, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Manuel Ugarte, etc. Terán agrega el apoyo crítico de pensadores como Rodolfo Puiggrós, J. J. Real o Jorge Abelardo Ramos.

La democratización del sufragio universal responde a derechos políticos, y la justicia social a derechos sociales: pueden existir el uno sin el otro. El peronismo le otorgó mayor importancia a lo social que a lo político, y ha tenido indudables rasgos autoritarios –en una época donde la democracia no estaba nada consolidada- y bastante desprecio por lo institucional. Perón tenía una relación directa con las masas, y secundarizaba las mediaciones institucionales.

Lo que uno valora de ese período es la redistribución económica en favor de las clases populares, y no sólo en el plano material sino también simbólico: al decir de Terán, “aquel fenómeno también fue acompañado de una caída de la deferencia de los sectores populares hacia las escalas superiores de la sociedad. Esto es, se quebró el reconocimiento que, en sistemas jerárquicos, los de abajo deben profesar a los de arriba”.

Salvo Uruguay, no he tenido la fortuna de viajar a otros países de América latina. Un amigo me contaba su experiencia con mozos peruanos en un café de Lima: a los tipos había que darle "órdenes precisas" -café con cucharita y azúcar y vaso de agua y etc.- , porque no estaban acostumbrados a pensar y a decidir de manera mínimamente autónoma. ¡Terrible! El igualitarismo argentino me parece una gran ventaja respecto de otros territorios de América latina. El costado negativo del igualitarismo es la facilidad con que degenera en “cualunquismo”: entre nosotros cualquier nabo habla con autoridad sobre temas que ignora casi por completo.

Un costado negativo del primer peronismo -que tuvo muchos aspectos positivos- fue la violación de las libertades cívicas de los opositores y la intervención sobre el principio de autonomía universitaria. Según Terán, la Argentina permanecía cerrada a las inquietudes culturales que atravesaba la Europa de la segunda posguerra: “el existencialismo, el cine del neorrealismo italiano y de Ingmar Bergman, el teatro de Samuel Beckett, el experimentalismo en las artes plásticas, y un extenso etcétera”.

Esto como para tener cierto panorama. Y ahora vayamos a:

Don Arturo Jauretche y cierto desprecio por la “clase media”:

El peronismo está montado en la frontera de la civilización y la barbarie, de modo tal que a veces actúa como agente civilizador, y a veces es mensajero de la barbarie, en un movimiento pendular. El costado “bárbaro” del peronismo molesta, incomoda, tanto a cierto sector del “progresismo de izquierda” como al liberalismo derechoso, estilo diario La Nación. Por otra parte, existe siempre una tensión entre tradición y modernización que es típica de los países periféricos: a veces es necesario ser un conservador cultural para defender cierta noción de identidad cultural propia, y en ocasiones se necesita ser modernizador para cambiar estructuras que fomentan la desigualdad.

Por las dudas, aclaro que no comparto la opinión cualunquista de tipos como Tomás Abraham, quienes creen que el “pensamiento nacional y popular” valorado por muchos de quienes apoyamos algunos aspectos del kirchnerismo es “rancio, aldeano y nostálgico de la siestacolonial y de la guerra gaucha”.

Pese a que no me siento “nacionalista”, me molesta ese sentimiento que intuyo en muchas personas que parecieran invertir la frase de Perón y pensar que “para un argentino, no hay nada peor que otro argentino”. Eso de creer que todo lo que viene de Europa occidental y los Estados Unidos es maravilloso, y lo nacional una mierda, me parece tilingo. Eso no implica negar, por caso, que el rock británico y estadounidense sean superiores. Sin embargo, ¿qué país puede ser el mejor si uno lo compara con los mejores ejemplos del globo en cada rubro? Estoy exagerando, pero no es inusual que uno escuche que no tenemos los laterales brasileños, el bienestar económico de los escandinavos, los artistas de rock de Gran Bretaña, la calidad de los filósofos alemanes...

En un libro de divulgación muy interesante, Mitomanías, el antropólogo Alejandro Grimson nos dice:

"Para mí, una de las cosas más sorprendentes de conocer otras sociedades fue que no encontré ninguna en la cual las personas hablaran tan mal de su propio país como en la Argentina".

Pero no sólo del desprecio por lo argentino habla Grimson, sino de la oscilación pendular entre creernos los mejores o los peores. Ese fanatismo emocional se observa también en la política:

"(..) sospechar que los gobernantes tienen intenciones ocultas es característico del análisis político nacional. Y no me refiero sólo al más elemental que hacemos los ignorantes en cualquier esquina o café. Periodistas sagaces, intelectuales lúcidos e integrantes de la fila del supermercado a menudo insultan por igual a sus gobernantes de modos muy extraños. La intención más frecuente y democráticamente distribuida que se les atribuye sería la de "robarse el país". Otra acusación, también muy habitual, es que quieren terminar con el "capitalismo" o con la "democracia", según alguna vaga definición de esas palabras. Esto les sucedió a Yrigoyen, a Alfonsín y a Perón tanto como a los Kirchner.

(...) Si detestan al gobierno, las buenas medidas dejan de serlo automáticamente, ya que son consideradas siempre bajo el singo del oportunismo, el negocio o la venganza, el robo de banderas de otro, o lo que fuera. Si los malos gobiernos jamás hacen algo bueno, los buenos jamás hacen algo malo. Aunque la segunda sentencia sería difícil de aceptar, salvo por los fanáticos, la primera está muy extendida entre nosotros. Somos fanáticos del 'todo mal'".


En fin, más allá de estos lugares comunes, hoy quiero sentar posición sobre dos herencias del pensamiento nacional y popular: el antiintelectualismo y el desprecio a la clase media. Me voy a centrar en Jauretche vía el libro de Federico Neiburg: Los intelectuales y la invención del peronismo.

Los intelectuales y el pueblo:

El debate sobre el peronismo ha sido un terreno de lucha entre formas de “populismos” (1), donde diversas figuras intelectuales buscaron hacer de su capacidad para interpretar al pueblo un aspecto de su propia identidad como intelectuales, su propia representación de la sociedad y su posición dentro del contexto social.

Con frecuencia, la obra de Arturo Jauretche (1901-1974) resulta un ejemplo paradigmático de cómo se puede utilizar la propia biografía como argumento de autoridad:

“Estoy lejos de ser un erudito (…) lo poco o mucho que he leído no lo retuve para respaldar mis juicios en autoridades y me repugna también esa ciencia barata que se logra en diccionarios especializados (…) Mis verdades tienen un origen modesto; son asociaciones de ideas, relaciones de hechos, conjeturas fundadas en la propia observación y en la experiencia de mis paisanos”.

Como bien  destaca Neiburg, los textos de Jauretche –plagados de anécdotas, vivencias y dichos populares- tratan de convencer apelando a la empatía del lector.

Ernesto Goldar, por medio de un registro fotográfico, elaboró una biografía de Jauretche que muestra muy bien su modo de construcción biográfica: en las diversas fotos se puede ver la progresiva transformación de su figura desde típico estudiante de la Facultad de Derecho de traje y corbata –recinto atacado posteriormente por Jauretche tildándolo de “cría de la intelligentsia”- con pinta de abogado típico, hasta fotografías posteriores que lo muestran en camisa, tomando mate, con un vasito de grapa, conversando con algún pueblerino, con el fondo decorado por el retrato de algún héroe de la historia nacional, como el general San Martín.

La visión de Jauretche me parece iluminadora, aunque también tiene enfoques simplistas y maniqueos. El tipo consideraba que hay dos Argentinas: a) la Argentina falsificada por la historiografía consagrada por la “intelligentsia liberal” y legitimada por la “historia oficial” enseñada en la escuela; b) una Argentina cuya historia verdadera permanecía oculta en la memoria popular.

Me parece pobre decir que existe UNA historia verdadera y UNA historia falsa: siempre hay diversos discursos en pugna e interpretaciones diversas sobre lo real. No es necesario abundar al respecto, ya que se trata de una verdad de perogrullo.

Jauretche usa un término que hereda de Jorge Abelardo Ramos: “colonización pedagógica”. Para Don Arturo, los “inteligentes” tenían como problema principal su desconocimiento del pueblo, su lejanía de la realidad popular. Él decía que primero era el pan y las alpargatas, y luego los libros. Yo creo que tenía razón -de hecho es una obviedad- sólo que para mí exageró mucho su antiintelectualismo.

Otra cosa que no me gusta de Jauretche, aunque no lo he leído en profundidad, es su puesta en uso de ciertas estrategias de condescendencia: las operaciones de distinción por medio de las cuales los letrados “descienden” al lenguaje popular. Como bien dijo Neiburg: “Jauretche era un intelectual y un político empeñado en combatir con intelectuales y políticos”.


La clase media:

Otro libro muy popular de Jauretche fue El medio pelo en la sociedad argentina. Retrospectivamente, creo que la herencia anti-clase media -que uno puede leer en diversas opiniones de José Pablo Feinmann -me parece bastante nociva.

Es cierto que gran parte de la “clase media” y “los porteños” ha sido, tradicionalmente, bastante antiperonista. Sin embargo, ¿qué es la “clase media”?

Los sociólogos y estudiosos dicen que es muy difícil definir con precisión qué se entiende por “clase media”. En el Dipló, José Natanson la definió “en plata”: el segmento poblacional ubicado entre los deciles 6 y 9 de ingreso -los que ganan entre 3.500 y 7.000 pesos mensuales -que hoy conformarían cerca de 40% de la población. Aclaración: hoy los valores, por la inflación, serían mayores.

Como bien dijo Natanson: “la clase media no es un todo congelado, un conglomerado homogéneamente reaccionario y –adjetivo jauretchiano que el kirchernismo ha hecho suyo- tilingo, sino un universo cambiante (y, por lo tanto, susceptible de ser modificado mediante la acción política). Ningún gobierno puede realizar una voluntad auténticamente transformadora sin el respaldo de una amplia mayoría social. “El conflicto del campo le demostró al kirchnerismo los riesgos de enfrentarse a la clase media”.

NOTAS:

(1)    En términos de Bourdieu, no de Laclau, entendido como “toda posición que en el campo intelectual pretende hacer valer un tipo de representación y de relación con el pueblo”. Sacado de “Los intelectuales y la invención del peronismo”.

Para finalizar, corto y pego un muy buen artículo:

LA CLASE MEDIA EN LA HISTORIA ARGENTINA de PERÓN A KIRCHNER

por Ezequiel Adamovsky

"La clase media nació con el primer peronismo. En pleno auge de la sociedad plebeya, con las masas ocupando por primera vez la Plaza de Mayo, sectores que hasta entonces carecían de una identidad precisa comenzaron a definirse, por contraposición, como "clase media". A partir de allí, la clase media jugó un rol central en la historia Argentina, con momentos de unidad con los sectores populares y otros muchos de ruptura.

La clase media es poco más que una identidad: no hay mucho en concre­to que compartan todas las personas que se consideran de clase media, fue­ra del propio sentido de pertenecer a ella y de los atributos sociales, morales, étnicos y culturales que se imaginan que ella posee.

Esa identidad no surgió en Argenti­na de modo casual. La expresión "clase media" comenzó a ser utilizada por cier­tos intelectuales a partir de 1920 con fines políticos precisos. En enero de 1920, Joa­quín V. González pronunció un discurso en el Senado que provocaría polémicas. Allí llamó a sus colegas a ocuparse de la benéfica "clase media", contraponién­dola a una clase obrera compuesta por "extranjeros no deseables", que habían arribado a Argentina con "teorías extre­mas". González era uno de los políticos más importantes del país y probable­mente el intelectual más lúcido de la elite de aquel entonces. Pero sólo comenzó a prestar atención a la clase media en 1919, hacia el final de su vida. Le preocupaban la ola de activismo obrero y las simpatías que cosechaba la Revolución Rusa en la Argentina. Recordemos que la Semana Trágica había sacudido al país en enero de 1919 y que a ella le siguió una inédi­ta oleada de huelgas de empleados de "cuello blanco", e incluso de estudiantes, que causó gran impresión en la sociedad "decente". González concibió entonces la idea de replicar en Argentina lo que sus colegas europeos venían haciendo con éxito: se propuso instigar un orgullo de "clase media".

El de González probablemente haya sido el primer discurso en el que se habló en público sobre la clase media. Hasta entonces, la expresión era poco cono­cida. Predominaba una imagen binaria de la estructura social. Estaba la gente "bien", por un lado, y el populacho, por el otro. González se proponía modifi­car esa percepción. Pretendía quebrar las fuertes solidaridades que se venían tejiendo entre obreros y empleados, con­venciendo a estos últimos de que no eran parte del pueblo trabajador, sino de una "clase media" más respetable, que debía alejarse de los disturbios callejeros y de las ideologías anticapitalistas. Se pro­ponía, en suma, meter una cuña entre ambas clases, buscar aliados políticos en lo que hoy llamamos los sectores medios para contrarrestar el avance de las luchas obreras y del socialismo.

El primer peronismo

Pero la identidad de clase media recién se haría carne años después, con el surgimien­to del movimiento peronista. La presencia y el protagonismo que la parte más plebe­ya de la sociedad adquirió a partir de 1945 generó una reacción de rechazo a la que se sumaron tanto personas de clase alta como de los sectores medios. Lo que más irritaba a unos y a otros era que las jerarquías socia­les tradicionales se vieron profundamente alteradas. Y no sólo en el ámbito laboral: el vendaval del peronismo sacudió a varios de los pilares que definían el lugar de cada cual en la sociedad. De pronto, todo aque­llo que había sido invisibilizado, silencia­do o reprimido por la cultura dominante se había hecho presente y, para colmo, se había vuelto político. Los pobres que vivían en los márgenes de la coqueta Buenos Aires invadieron la ciudad el 17 de octubre de 1945. El mero hecho de ocupar la Plaza de Mayo se convirtió para ellos en un gesto político, un ritual que repitieron una y otra vez en los arios siguientes.

La misma actitud desafiante se reite­ró con todas y cada una de las normas de respetabilidad y "decencia" que venía inculcando desde hacía décadas la cultura dominante. La plebe las puso en cuestión una por una. Durante años, los pobres habían tenido que escuchar sermones sobre la limpieza y la forma correcta de vestirse, y ahora resulta que ser un "des­camisado" y un "grasa" tenían un valor positivo. Durante años se había venido moldeando un ideal de la conducta culta y educada, y ahora el Congreso se había lle­nado de "brutos". Los cánones de decen­cia y de jerarquía familiar también fueron en alguna medida puestos en cuestión. Los jóvenes peronistas colmaron el movi­miento con ese espíritu festivo, irreveren­te y soez que desde entonces Ie es tan típi­co. Las mujeres se presentaban sin ningún recato cantando "Sin corpiño y sin calzón/ Somos todas de Perón". La plebe también politizó con sus gestos la cuestión del ori­gen étnico y el color de piel, desafiando el mito de la Argentina blanca y europea. Y de pronto allí estaban ellos, exhibiendo sus pieles oscuras o atreviéndose a hablar en quechua o guaraní en la ciudad porte­ña, como reseñaba asombrado el diario Clarín), o trayendo una inédita carava­na de kollas desde el Noroeste durante el famoso "Malón de la paz" de 1946. La plebe se había hecho presente en la alta política sin pedido de disculpas.

Fue el rechazo a las políticas de Perón, pero por sobre todo a ese nuevo protago­nismo que habían adquirido los "cabecitas negras", lo que terminó de aglutinar a un vasto sector de la sociedad que, finalmen­te, adquirió una identidad de clase media. Esta identidad nació así marcada a fuego por las condiciones de su alumbramien­to. Por omisión, la clase media fue desde entonces antiperonista. Y buena parte de su identidad quedó constituida por el mito de la Argentina blanca y europea, la Argentina de los abuelos inmigrantes, por contrapo­sición con el mundo criollo y mestizo de la clase baja peronista. Por un camino inespe­rado finalmente la identidad de clase media terminó desempeñando la función que Joaquín V. González había soñado muchos años antes: la de dividir y enfrentar profun­damente a dos sectores de la sociedad y con­vencer a uno de ellos de que sus intereses políticos estaban más cerca de los de la clase dominante que de los del pueblo trabajador.

De los años 60 a la democracia

Esta fractura social marcó de mil maneras la política nacional. El enorme apoyo social que acompañó a la Revolución Libertadora es impensable sin tenerla en cuenta. Pero la imagen de la clase media -y su lugar en la nación- sufriría severos cuestionamien­tos desde aquel entonces. En los años 60, un creciente giro hacia la izquierda, prota­gonizado tanto por los peronistas como por diversas agrupaciones marxistas, afectó a todas las áreas de la vida nacional. Las ideas que se vieron fortalecidas con este giro bus­caron volver a colocar al trabajador en el lugar de personaje central del desarrollo argentino o de la nación socialista que se intentaba construir. Aunque una gran parte de los militantes de izquierda pertenecía a los sectores medios, la clase

Pero la identidad de clase media resistió los embates. Desde el golpe de Estado de 1976, la represión y la estigmatización de las ideas y proyectos que habían colocado al trabajador en un lugar central dejaron el terreno libre para la victoria final de la "clase media" como encarnación indiscu­tida de la argentinidad. La dictadura des­plazó así al "pueblo" como sujeto central de la historia nacional. Las elecciones de 1983 hicieron evidente el reemplazo del pueblo por "la gente" (cuya imagen implí­cita era la de la clase media). Por primera vez en la historia, el peronismo perdía una elección limpia. Leído como un triunfo de esa clase, el alfonsinismo contribuyó a reforzar aun más el orgullo de clase media, que reclamó para ella el 1ug,ar de garante de la democracia recobrada.

Neoliberalismo y crisis

 Sin embargo, para entonces ya estaba en marcha el drástico programa de reforma de la sociedad impulsado por los sectores económicos más poderosos. A partir de 1975, y todavía más claramente desde la asunción de Menem en 1989, la riqueza se concentró en pocas manos, mientras que la gran mayoría de la población se vio empobrecida. La identidad de clase media prestó un gran servicio a este proceso, al menos en sus años iniciales. Para imple­mentar las medidas neoliberales era preci­so terminar de quebrar las amplias solida­ridades sociales que se habían forjado en los años 70. El orgullo de clase media, con su tradicional componente antiplebeyo, podía ser utilizado para dividir y enfrentar al cuerpo social, y así lo hicieron algunos de los propagandistas del nuevo modelo.

Pero la victoria neoliberal significó a la vez una profunda ruptura en el universo mental y en la cohesión de los sectores medios. En la década del 90 hubo ganado­res y perdedores: mientras una parte de la clase media festejó los cambios, otra, cada vez más amplia, se vio empobrecida. Fue así como, buscando la manera de resistir las políticas menemistas, una porción de los sectores medios fue reconstruyendo lazos de solidaridad con las clases más bajas (aunque muchos, por supuesto, per­sistieron en su desprecio).

Durante aquellos años, la identidad de clase media se vio modificada o incluso debilitada, a medida que muchas personas comenzaban a percibirse como "nuevos pobres". La magnitud de la crisis de 2001, cuando la convertibilidad finalmente esta­lló, fue tal, que la cercanía entre los secto­res medios y los más pobres -y los lazos de solidaridad entre ambos- se hicieron más fuertes que nunca. Aunque de mane­ra tímida, se pudo percibir, durante un breve lapso, un incipiente proceso de "desclasificación".

Por supuesto, las diferencias de clase no desaparecieron. Sin embargo, algunos de los muros que tradicionalmente separan unas de otras exhibieron sus grietas. No por casualidad Eduardo Duhalde, el presi­dente de la transición, fue uno de los que más halagaron, pública y explícitamente, a la clase media. Con esta apelación, Duhal­de buscaba reforzar una identidad que se hallaba en crisis y evitar que siguieran ero­sionándose los muros que la separan de la clase baja. Su sucesor, Néstor Kirchner, también hizo de la recuperación del orgu­llo de clase media una piedra central del ansiado regreso a un "país normal".

EL rol político

Varias veces durante la historia argenti­na se intentó fortalecer una identidad de clase media con fines "contrainsurgentes", es decir, para dividir y debilitar momen­tos de intensa movilización social que tendían hacia la unificación entre las cla­ses más bajas y aquellas situadas en una posición más favorable. No es casual que, en el actual momento de la política nacio­nal, las identidades en las que nos hemos formado se encuentren sometidas a una revisión profunda, en particular el mito del país blanco, europeo y de clase media, que supone que el bajo pueblo es siempre el obstáculo para el progreso o un convidado de piedra. Esto no puede ser sino saludable.

Pero, dicho esto, existe un cierto modo de pensar el papel político de la clase media que hoy resulta paralizante. Los progresistas suelen apelar a una serie de estereotipos sobre ese sector que de algún modo son una réplica de aquellos que difundieron los ensayistas de la "izquier­da nacional" en los años 50y 60. Se repite como una verdad de sentido común que la clase media nunca comprende los proble­mas nacionales, que oscila entre la clase alta y la baja pero termina siempre apoyando a la primera, que desprecia a los pobres, que es racista y discriminatoria, etc.

Esos viejos estereotipos condicionan el modo en que pensamos el rol político de la clase media. Pero son estereotipos: aunque indudablemente tienen mucho de verdad, oscurecen el hecho de que en muchos momentos de la historia nacio­nal se tejieron fuertes lazos de solidari­dad entre la clase trabajadora y amplios sectores medios. La clase media no es necesaria e inevitablemente un conglo­merado social con las características que le atribuyeron ensayistas como Jauretche.

Con todo lo que Jauretche tiene de esti­mulante, tener su libro siempre a mano es hoy un obstáculo para el pensamiento. El desafío político del momento pasa por volver a pensar, sin prejuicios ni estereoti­pos, el modo de construir lazos de solida­ridad entre todos los que no forman parte de la clase dominante. Sin fortalecer esos lazos es impensable cualquier cambio más o menos profundo, cualquier políti­ca capaz de limitar el avance criminal del capital sobre nuestras vidas".