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miércoles, 13 de enero de 2016

CHICAS CHICAS CHICAS

Meses antes de morir de una enfermedad degenerativa, el historiador británico Tony Judt (1948-2010) escribió El refugio de la memoria, donde entre otras cosas narra su experiencia con una estudiante de la que se quedó embelesado ni bien entró en su despacho. La anécdota le sirve para enjuiciar cierto clima de mojigatería represiva que suele adoptar el discurso "políticamente correcto" en los Estados Unidos.


El capítulo del libro se titula igual que un viejo tema de Motley Crue: Girls girls girls.


Tal parece que en 1992 Judt era Jefe del Departamento de Historia de la Universidad de Nueva York, y además "el único hombre heterosexual no casado con menos de sesenta años. Una combinación explosiva: en el tablón de anuncios que estaba junto a mi despacho ocupaban un espacio destacado la dirección y el número de teléfono del Centro contra el Acoso Sexual de la universidad. La dedicación a la historia era una profesión donde la presencia de mujeres estaba aumentando rápidamente. (...) El contacto físico invitaba a la presunción de una intención malévola; una puerta cerrada era una prueba concluyente".


La chica había sido bailarina profesional, y como estaba interesada en Europa del Este, la habían animado a que Judt la tutelara. Tras algunas sesiones, y en un acto de temeridad, el tipo la terminó invitando al teatro.


"Desde los años setenta, los norteamericanos impiden asiduamente todo lo que pueda oler a acoso, incluso a riesgo de renunciar a prometedoras amistades y a los placeres del flirteo", nos dice Judt.


"Como si fueran hombres de una década anterior -aunque por razones muy diferentes- tienen que poner un cuidado sobrehumano en no meter la pata. Lo encuentro deprimente. Los puritanos tenían una sólida base teológica sobre la que reprimir sus deseos y los de los demás. Pero los conformistas de hoy no tienen nada por el estilo a lo que aferrarse".


La cuestión central que sugiere Judt es que la sexualidad puede ser tan nociva cuando uno se obsesiona con ella, como cuando uno la niega. 


"En otra ocasión, una estudiante se quejó de que yo la 'discriminaba' porque  ella no me ofrecía favores sexuales. Cuando la ombudswoman del departamento -una mujer sensible de impecables credenciales radicales- investigó el caso, salió a relucir que la demandante estaba molesta por no haber sido invitada a asistir a mi seminario: suponía que las mujeres que tomaban parte en él obtenían (y proporcionaban) un trato de favor. Expliqué  que era así porque estaban mejor preparadas. La joven se quedó atónita: la única forma de discriminación que podía imaginar era la sexual. Nunca se le había ocurrido que tal vez yo fuera un elitista".


Además de dar clases en Nueva York, Judt fue profesor en Oxford  y en Cambridge:


"Cuando he tenido que explicar literatura sexualmente explícita -la de Milan Kundera, por citar un caso obvio- con estudiantes europeos, siempre me ha parecido que se encontraban cómodos debatiendo el tema. En cambio, los jóvenes norteamericanos de ambos sexos -por lo general tan comunicativos- se vuelven nerviosamente silenciosos: reacios a entrar en cuestión por si acaso se rebasan ciertas fronteras".


El autor de Sobre el olvidado siglo XX se divorció dos veces, en 1977 y en 1986, y hacia el final de su vida siguió enamorándose:


"(...) ¿como eludí a la patrulla del acoso, que seguramente ya me seguía el rastro cuando me cité subrepticiamente con mi bailarina de ojos luminosos? Respuesta: me casé con ella".

sábado, 26 de septiembre de 2015

SOBRE LA UTILIDAD DE LA HISTORIA PARA LA VIDA: BORGES, NIETZSCHE Y LA NECESIDAD DE OLVIDAR

No es improbable que el excepcional cuento de Borges, Funes el memorioso, se haya originado en la lectura de la segunda de las "Consideraciones intempestivas" de Nietzsche: Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Si uno lee ambas obras, las similitudes son flagrantes. Nietzsche nos propone que imaginemos:

"(...) el caso extremo de un hombre al que se le hubiera desposeído completamente de la fuerza de olvidar, alguien que estuviera condenado a ver en todas partes un devenir. Ese hombre no sería capaz de creer más en su propia existencia, ya que vería todas las cosas fluir separadamente en puntos móviles. Se perdería así en esta corriente del devenir. (...) Y es que en toda acción hay olvido, de igual modo que la vida de todo organismo no sólo necesita luz sino también oscuridad".

Es cierto que, hasta donde recuerdo, el padre de Borges le hizo conocer tempranamente la filosofía de William James, quien en su Principles of psychology (1890), dijo que "el principal trabajo de la memoria es olvidar". De todos modos sigo creyendo que Borges se inspiró principalmente en Nietzsche, aunque a esta altura no tiene demasiada importancia. 

Para quienes no lo recuerdan,  el personaje principal del cuento de Borges, llamado Ireneo Funes, en determinado momento tiene un accidente: se cae de un caballo y pierde la capacidad de olvidar. La caída lo dotó de la visión profética de "un Zaratustra cimarrón y vernáculo"; lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Había vivido diecinueve años como cualquiera de nosotros: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de casi todo. Luego de la caída, perdió el conocimiento, y cuando lo recobró, "el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales".

Relatar los acontecimientos de un día podía llevarle el día entero. "Me dijo: 'Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo'. Y también: 'Mis sueños son como la vigilia de ustedes'. Y también, hacia el alba: 'Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras'".

De algún modo, ese "vaciadero de basuras" del que habla Borges, es la prefiguración metafórica de internet, con su inagotable fuente de información superflua.

Recuerdo un texto de Hernán Casciari, Los bloggers muertos no van al cielo, en el que el tipo imagina que "un día, dentro de unos treinta o cuarenta años, internet estará lleno de blogs a los que se les habrá muerto el dueño. Bitácoras a la deriva del tiempo, textos inconclusos que acabarán diciendo 'mañana les cuento algo que me ha causado mucha gracia'. Y después nada. Después un silencio eterno. Los lectores no sabrán nunca que el blogger ha muerto. Los lectores pensarán que se ha cansado, o que le han cortado la banda ancha, o que ya no quiere escribir. La muerte rondará en silencio, congelando las historias cotidianas, cortando la continuidad del home, confundiendo al caché de Google.

Esta bitácora, sin ir más lejos, esta misma que ahora escribo y ustedes leen, un día de este siglo será la bitácora de un muerto. Es extraño decirlo de este modo, e incluso redactarlo naturalmente, pero es la puta verdad".

En fin, me fui un poco por las ramas. Retomando, esa imposibilidad de olvidar le dificultaba a Ireneo Funes la capacidad de pensar, que implica abstraer diferencias, jerarquizar, sopesar, juzgar.

Era incapaz de ideas generales, de conceptos platónicos:

"No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez".

Funes podía advertir el paulatino avance de una carie, de una mancha de humedad, de la corrupción del cuerpo, de la vejez.

Si la cultura es un conjunto complejo de interpretaciones que organizan de manera selectiva nuestra forma de darle sentido al mundo, pese a su erudición -su memoria prodigiosa le permitía aprender el arduo estudio del latín en una tarde- , Funes no era un hombre "culto".

En el prefacio de Sobre la utilidad..., Nietzsche comienza con una cita de Goethe: "Por lo demás, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye, pero sin acrecentar mi actividad o animarla de inmediato".

La intención del pensador alemán es abordar la utilidad del estudio de la historia para la vida. ¿Hasta qué punto nutrirse de información vivifica, y hasta qué punto ahoga nuestra capacidad de acción, de creación de nuevos valores?

Aunque Nietzsche reconoce que los estudios históricos son imprescindibles para la comprensión del mundo, advierte que su excesivo predominio por sobre otras formas de conocimiento o experiencia "perjudica al ser vivo y termina por anonadarlo, se trate de un hombre, de un pueblo o de una civilización". Así como la memoria prodigiosa convierte a Funes prácticamente en un muerto en vida, Nietzsche señala que los estudios históricos que quedan reducidos a meros fenómenos de conocimiento están muertos para quien los estudia.


No quiero extender mucho más el posteo. En otro momento me gustaría abordar más en profundidad la segunda intempestiva; me pareció que el cuento de Borges, por su belleza y brevedad, podía hacer las veces de una muy buena introducción.


En otro momento la sigo, es sábado a la noche y necesito olvidar.

¡Sean felices!

Post scriptum: acá les dejo un excelente aporte de Nicolás González Varela.

jueves, 28 de agosto de 2014

PRIMO LEVI Y LA IMPORTANCIA DE COMPRENDER

Rescato una frase de Barenboim sobre el conflicto palestino-israelí, en respuesta a ésta entrevista:

"Es un conflicto entre dos pueblos, el israelí y el palestino, que están profundamente convencidos de tener el derecho de vivir sobre el mismo (pequeño) pedazo de tierra, y eso, sin el otro".

No voy a extenderme sobre un asunto por demás complejo. Aunque soy agnóstico y mi herencia es católica, el conflicto de Medio Oriente me interesa como ser humano primero, y como argentino luego. No olvidemos que en mi país tenemos una de las comunidades judías más numerosas del mundo. Lo que están haciendo con el pueblo palestino es realmente perverso. Sin embargo, hoy quiero destacar el esfuerzo por comprender de algunas personas que en este sentido son ejemplares. Podría hablar de Vasili Grossman, de Margarete Buber-Neumann o de Viktor Frankl; en este caso me quiero centrar en algunos fragmentos de la obra de Primo Levi.

Ante todo digamos que historia es lo que nos concierne, el resto es erudición. Lo que sigue es, básicamente, un resumen/comentario a “La zona gris”, posiblemente el capítulo más importante de Los hundidos y los salvados. ¿Para qué leerlo hoy? Para no repetir el reclamo histérico de tantas personas que hacen catarsis y, en lugar de reclamar justicia o de luchar por una sociedad mejor, piden a los gritos sangre y venganza. Los peores enemigos que tenemos para entender los sucesos históricos y políticos son el maniqueísmo, el odio, el deseo constante de tranquilidad y la pereza mental.


Estamos hablando de la voluntad de comprender el nazismo de parte de un judío italiano deportado a Auschwitz a los veinticuatro años, en 1944, donde sobrevivió en condiciones infrahumanas. Estamos hablando de una persona que vio muchas de las peores atrocidades que los seres humanos son capaces de hacerle a otros seres humanos, y que pese a todo se esforzó por entender a sus verdugos. ¿Para que la historia no se repita? No, porque la historia nunca se repite, y ese es el gran truco: el crimen siguiente revestirá una forma distinta para que no lo reconozcan.

“Los monstruos existen, pero son demasiado poco numerosos para ser verdaderamente peligrosos; los que son realmente peligrosos son los hombres comunes”

La actitud adoptada por Levi con respecto a los responsables del mal no es ni perdón ni venganza, sino justicia. “No tiendo a perdonar, nunca he perdonado a ninguno de nuestros enemigos de entonces, al igual que no me siento dispuesto a perdonar a sus imitadores (…) porque no conozco actos humanos que puedan borrar una falta”.


Como bien dice Tzvetan Todorov en Memorias del mal, tentación del bien:

“Tenemos la impresión de que el perdón es, sobre todo, útil para quien lo concede, para permitirle vivir en paz; pero no tenemos derecho a convertirlo en una exigencia general. El perdón judicial, o amnistía, es igualmente inaceptable si se produce antes de cualquier juicio y se refiere a actos tan graves como el asesinato, la tortura, la deportación o la esclavización: supone suspender la propia idea de justicia en nombre de factores considerados superiores, como la paz civil. El perdón es una opción personal, mientras que el crimen desborda el marco privado. La falta, la ofensa, el crimen no sólo lastimaron al individuo que fue su víctima; quebraron, o en  todo caso perturbaron, el propio orden social, que implica la idea de justicia y de retribución”.

Levi tampoco cree en la venganza, ya que no arregla nada, sino que añade nueva violencia a la violencia precedente, en un movimiento pendular que se amplía con el tiempo en vez de amortiguarse.

EL DESEO DE SIMPLIFICACIÓN

Lo que entendemos por comprender coincide, muchas veces, con “simplificar”: si no  redujéramos el caos del mundo que nos rodea, según Primo Levi, sería “un embrollo infinito e indefinido que desafiaría nuestra capacidad de orientación y de decidir nuestras acciones". Estamos obligados a reducir la realidad a un esquema mínimamente cognoscible.


La tendencia al esquematismo, como forma de economía del pensamiento o de necesidad pedagógica, afecta la manera en que percibimos la historia. Al abordar los acontecimientos históricos, solemos huir de la complejidad, de las medias tintas; nos inclinamos a reducir el caudal de los sucesos humanos a los conflictos, y el de los conflictos a los combates entre dos adversarios claramente diferenciados: nosotros y ellos, unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, nacionalistas y liberales.

Según Primo Levi, “el deseo de simplificación está justificado; la simplificación no siempre lo está”. Y es que la mayor parte de los sucesos históricos y naturales no son nada simples, o no tienen la simplicidad que desearíamos que tengan.

“En quien  lee (o escribe) hoy la historia de los Lager es evidente la tendencia, y hasta la necesidad, de separar el bien del mal, de poder tomar partido, de repetir el gesto de Cristo en el Juicio Final: de este lado los justos y del otro los pecadores. Y, sobre todo, a los jóvenes les gusta la claridad (los cortes definidos); como su experiencia del mundo es escasa, rechazan la ambigüedad”.

Y acá viene algo que es central: Levi nos dice que los mismos prisioneros que recién ingresaban al Lager, creían estar entrando a un mundo terrible pero descifrable, donde los enemigos estaban claramente diferenciados. Sin embargo, dentro del universo concentracionario, el “nosotros” perdía sus límites, “los contendientes no eran dos, no se distinguía una frontera sino muchas y confusas, tal vez innumerables, una entre cada uno y el otro. Se ingresaba creyendo, por lo menos, en la solidaridad de los compañeros en desventura, pero éstos, a quienes se consideraba aliados, salvo en casos excepcionales, no era solidarios: se encontraba uno con incontables mónadas selladas, y entre ellas una lucha desesperada, oculta y continua. Esta revelación brusca, manifiesta desde las primeras horas de prisión –muchas veces de forma inmediata por la agresión concéntrica de quienes se esperaba que fuesen los aliados futuros-, era tan dura que podía derribar de un solo golpe la capacidad de resistencia. Para muchos fue mortal, indirecta y hasta directamente: es difícil defenderse de un ataque para el cual no se está preparado”.

La finalidad principal del sistema  consistía en destruir la capacidad de resistencia del adversario, de ahí que Levi titule su primer libro Si esto es un hombre. ¿Acaso una persona loca de hambre y sed, tatuada y rapada, esquelética, rodeada de muerte y dolor, al ser rescatada por los soldados aliados, era realmente un ser humano? Lo era en cierto modo, si tenemos en cuenta que sólo los seres humanos son capaces de "deshumanizar" a sus semejantes.

Los prisioneros nuevos, comúnmente, eran maltratados por los más viejos. Borges dijo que la humanidad consiste en ser partes de una misma penuria. Pues parece que no se cumplía el sentimiento de humanidad en individuos deshumanizados. La ausencia de solidaridad entre oprimidos, nos dice Levi, era una fuente de dolor adicional.

“(…) la multitud despreciada de los ‘antiguos’ tendía a ver en el recién llegado un blanco en quien desahogar su humillación, a encontrar a su costa una compensación, a crear a su costa un individuo de menor rango a quien arrojar el peso de los ultrajes recibidos de arriba”.

La siguiente reflexión de Primo Levi me parece fundamental:

“Es ingenuo, absurdo e históricamente falso creer que un sistema infernal, como era el nacionalsocialismo, convierta en santos a sus víctimas, por el contrario, las degrada, las asimila a él, y tanto más cuanto más vulnerables sean ellas, vacías, privadas de un esqueleto político o moral”.

No existe un espacio vacío y tajante entre víctimas y victimarios. Según Levi, el espacio está “constelado de figuras torpes o patéticas (a veces poseen al mismo tiempo las dos cualidades) que es indispensable tener presentes si queremos conocer a la especie humana, si queremos poder defender nuestras almas en el caso de que volvieran a verse sometidas a otra prueba semejante o si, únicamente, queremos enterarnos de lo que ocurre en un gran establecimiento industrial”.

Los prisioneros privilegiados eran minoría en el campo, pero fueron mayoría entre los sobrevivientes. El mismo Levi es un ejemplo, dado que sobrevivió en gran medida gracias al hecho de trabajar como químico y no como un peón sin cualificación.

“Consumidas en dos o tres meses las reservas fisiológicas del organismo, la muerte por hambre o por enfermedades causadas por el hambre era el destino habitual del prisionero. Sólo podía evitarse con un suplemento alimenticio y, para obtenerlo, se necesitaba tener algún privilegio, grande o pequeño; es decir, un modo conferido o conquistado, astuto o violento, lícito o ilícito, de elevarse por encima de la norma”.

Otra cuestión, que contrasta con el imaginario hollywoodense de los esclavos y las víctimas revelándose valientemente contra los invasores, los alienígenas o los amos despiadados, consiste en que “cuanto más dura es la opresión, más difundida está entre los oprimidos la buena disposición para colaborar con el poder. Esa disposición está teñida de infinitos matices y motivaciones: terror, seducción ideológica, imitación servil del vencedor, miope deseo de poder (aunque se trate de un poder ridículamente limitado en el espacio y en el tiempo), vileza e,  incluso, un cálculo lúcido dirigido a esquivar las órdenes y las reglas establecidas”.

Los prisioneros que tenían algún tipo de privilegio, luchaban por conservarlo, aunque fuera mínimo: barrenderos, lavaplatos,  guardias nocturnos, hacedores de camas, detectadores de piojos y sarna… Rara vez eran violentos, pero tendían a crearse, según Levi, una mentalidad corporativa, y a defender con energía su “puesto de trabajo” contra quienes, desde abajo, trataban de quitárselo.

Se ha hablado mucho sobre la identificación entre víctima y verdugo, sobre el síndrome de Estocolmo… varios enfoques son serios y fundamentados. Sin embargo, hay una popular gansada que indica que en cada uno de nosotros anida una suerte de “enano fascista” que convive con otro aspecto de nuestro yo más  dialoguista y civilizado.

Levi se alza con vehemencia contra la visión que intenta borrar las fronteras entre víctimas y victimarios. Por caso, cineastas como Liliana Cavani, autora de la controvertida película Portero de noche, que pretende evocar la vida de los campos. Tratando de explicar el sentido de su obra, Cavani declaró: “Todos somos víctimas o asesinos y aceptamos esos papeles voluntariamente. Sólo Sade y Dostoievski lo han comprendido bien”.

El tipo deja muy clara su discrepancia: “(…) no sé, ni me interesa, si en mis profundidades anida un asesino, pero sé que he sido una víctima inocente y que no he sido un asesino; sé que ha habido asesinos y no sólo en Alemania, y que todavía hay, retirados o en servicio, y que confundirlos con sus víctimas es una enfermedad moral, un remilgo estético o una siniestra señal de complicidad; y, sobre todo, es un servicio precioso que se rinde (deseado o  no) a quienes niegan la verdad”.

Y luego viene un fragmento que es IMPORTANTÍSIMO:



“Haber concebido las Escuadras ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo. Detrás del aspecto pragmático (economizar hombres válidos, imponer a los demás las tareas más atroces) se ocultan otros más sutiles. Mediante esta institución se trataba de descargar en otros, y precisamente en las víctimas, el peso de la culpa, de manera que para su consuelo no les quedase ni siquiera la conciencia de saberse inocentes”.

Para seguir leyendo:

jueves, 23 de enero de 2014

LA SACRALIZACIÓN Y LA BANALIZACIÓN DE LA HISTORIA

El término "fascismo" hace rato que dejó de ser un sustantivo para utilizarse, en gran medida, como adjetivo. Algo similar ocurre cuando se designa a alguien o algo como "de derecha" o "nazi". En este sentido, me interesa traer a colación dos conceptos muy didácticos y generales que utiliza el crítico literario y lingüista Tzvetan Todorov en su libro Memorias del mal, tentación del bien. Los conceptos principales que quiero rescatar son el de "banalización" y el de "sacralización" del pasado. No pienso analizar la coyuntura a partir de lo dicho por Todorov, para no alargar demasiado el posteo. 


Los usos de la memoria:



Según Todorov, la memoria, en sí misma, no es ni buena ni mala. Los beneficios que se espera obtener de ella pueden ser desviados. ¿De qué modo? En primer lugar, por la propia forma que adoptan nuestras reminiscencias, navegando entre dos escollos complementarios: la sacralización o aislamiento radical del recuerdo; y la banalización, o asimilación abusiva del presente al pasado.



Peligro de sacralización: 



Es evidente que cada acontecimiento del pasado es específico y diverso. Es totalmente comprensible que a uno le preocupe más la desgracia de un ser querido que el hecho de que hayan muerto miles de personas como consecuencia de la bomba de Hiroshima y Nagasaki. Es esperable y comprensible que para un ruandés sea más significativa la matanza de las tribus hutus sobre los tutsies y los hutus moderados en lugar del genocidio armenio, el genocidio judío o los 30 mil desaparecidos. A un familiar de una persona muerta por la guerrilla posiblemente le resulte más relevante ese asesinato que cualquiera de las restantes desapariciones. No obstante, no porque los acontecimientos pasados sean únicos y cada uno de ellos tenga un sentido específico es preciso no relacionarlos con otros. Cuanto más numerosas son las relaciones, más particular (o singular) se hace el hecho. Dios es sagrado porque es absoluto y omnipresente, y no particular, como un hecho que ocupa un tiempo y un espacio únicos.



La Masacre de Cromagnon ocurrió en el ambiente del rock, y tal vez quien o quiénes tiraron bengalas hayan escuchado una y otra vez Smoke on the water de Deep Purple, donde se habla de "some stupid with a flare gun burned the place to the ground". El pasado y la tradición están ahí, a disposición de una mayoría que suele ser ciega y sorda.



El pasado, en síntesis, cumple una función enriquecedora para el presente cuando nos sirve de lección. Se dice que “de los errores se aprende”. Me parece que de los errores no SE aprende, sino que puede (o no) aprenderse. Que un error haya acontecido no indica necesariamente que sobrevenga ningún tipo de lección. De hecho, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (aunque ignoro si no habrá existido algún camello o perro pekinés que se haya tropezado más de una vez con alguna extensión sobresaliente del suelo, aunque en este caso no importa demasiado).



Sería paradójico, como mínimo, afirmar a la vez que el pasado debe servirnos de lección y que no tiene relación alguna con el presente: lo que es sacralizado de este modo no puede ayudarnos en absoluto en nuestra existencia actual.



La sacralización del pasado sirve de pantalla o excusa para la inacción en el presente. Puede ocurrir que a pocos metros de un acto en conmemoración por los 30 mil desaparecidos se estén muriendo de hambre niños y ancianos y prostituyendo jóvenes indocumentadas sin que nadie haga nada por evitarlo. ¿Se entiende a qué apunto? No quiero decir que los actos no sean importantes, entiéndaseme bien, pero siempre y cuando no se transformen en una pantalla para no ver los demás problemas y actuar en consecuencia.



En política, la tarea es distinta que cuando hacemos historia. En política, el “mal” adopta nuevas formas continuamente. No es lícito que, en nombre de la memoria –aun de las más legítima-, descuidemos las nuevas encarnaciones del mal ni encubramos los peligros del presente. Es indispensable rescatar la memoria de los vencidos de la historia (los humillados, los despreciados, los que han sufrido injusticias); sin embargo, los muertos no deben impedir a los vivos seguir viviendo. Ahí radica gran parte del difícil y delicado equilibrio entre necesidad de memoria y necesidad de olvido.




Peligro de banalización: 



En la trivialización o banalización del pasado, los acontecimientos pierden toda especificidad, siendo asimilados a los del pasado. Si utilizamos el término “nazi” como sinónimo de canalla, toda lección de lo que aconteció en lugares como Auschwitz se ha perdido. Hitler mismo es un personaje que está en todas las salsas y ensaladas de la historia; a cada momento aparecen nuevos hitleres. A los estadounidenses les gusta, con todo su aparato propagandístico, designar así a sus enemigos para asegurarse el apoyo incondicional de la comunidad internacional: Saddam Hussein es un nuevo Hitler, Milosevic es otro, Chávez casi que también. Los acusados se entregan a las mismas proyecciones: Chávez acusando a Bush de nuevo Führer hace algo similar, aunque para imponer su idea cuenta con mucho menos poder, dinero y parafernalia que el presidente de los Estados Unidos.



Decir que Putin, el actual presidente ruso, sigue los pasos de Stalin, impide saber quién era Stalin y quién es Putin. Si yo digo que las políticas económicas de Martínez de Hoz son una continuación de las empleadas por Menem y Cavallo en los 90’s no estoy reduciendo uno en términos del otro, ni asemejando a Menem con Videla. No puede haber juicio sin comparación. Si comparo a Maradona con Messi no estoy diciendo que Messi se reduce a Maradona ni viceversa.



En resumen: cuando el pasado está sacralizado sólo nos recuerda a sí mismo (sin servir de lección al presente); mientras que cuando está trivializado nos hace pensar en todo y en cualquier cosa. Siguiendo con el ejemplo de Maradona: decir que no es comparable con nadie porque es una suerte de semidiós sería sacralizarlo, decir que Maradona y el número 4 de Atlético Campana son técnicamente semejantes es no entender nada de fútbol.



Por ejemplo: Sacralizar a Borges no favorece su lectura, sino que nos aleja más y más de su obra. Nos hablan tanto del Quijote y de Cervantes que casi nos creemos que lo hemos leído.



Por otro lado, juzgar es comparar. Entiendo perfectamente la frase “las comparaciones son odiosas” (quiere decir, no le metas presión a determinada persona comparándolo con alguien consagrado porque lo abrumas), pero también creo que si no comparamos no podemos juzgar. ¿Cómo juzgar si una película nos gusta si no utilizamos la comparación? Traten de nombrarme a su músico favorito sin que intervenga, explícita o implícitamente, un juicio por comparación, y les doy un millón de dólares.



Del error “se aprende”. Pues bien, pasemos a enumerar:



Primera Guerra Mundial: ocho millones y medio de muertos en los frentes, casi diez millones en la población civil, seis millones de inválidos. Durante el mismo tiempo: genocidio de los armenios, un millón y medio de personas llevadas a la muerte por el poder turco. La Rusia soviética, nacida en 1917: cinco millones de muertos a causa de la guerra civil y la hambruna de 1922, cuatro millones de víctimas de la represión, seis millones de muertos durante la hambruna organizada de 1932-1933. Segunda Guerra Mundial: más de treinta y cinco millones de muertos sólo en Europa (equivalente casi a toda la población actual de la Argentina), de ellos al menos veinticinco en la Unión Soviética. Durante la guerra, exterminio de los judíos, los gitanos, los deficientes mentales, los comunistas: más de seis millones de víctimas. Bombardeos aliados de la población civil en Alemania y Japón: varios centenares de miles de muertos. Los desaparecidos en Argentina, los muertos por la guerrilla armada, los muertos en Argelia, la matanza de hutus y tutsies, la invasión a Irak y Afganistán (esta vez Stallone no protegió a los afganos como en Rambo III). ¿De los errores se aprende? No es lo usual, aunque sería deseable que así fuese .



Como dijo Primo Levi, “un oprimido puede convertirse en opresor”. El sufrimiento padecido no ennoblece a quienes afecta (mal que le pese a cierta concepción cristiana del dolor como ennoblecedor del alma humana).



En Israel está presente el genocidio sufrido por el pueblo judío, y sin embargo la política de este país para con sus actuales vecinos, en particular los palestinos, dista muchísimo de ser irreprochable. La experiencia pasada no sólo no ha transmitido automáticamente una lección que podría beneficiar a los demás; se invoca, por el contrario, para justificar una política que convierte a los palestinos en las víctimas de las víctimas.



Justicia y venganza:



Hay una diferencia entre justicia y venganza: la venganza consiste en responder a un acto individual con otro acto individual, comparable en principio: mataste a mi hijo, yo mataré al tuyo. La justicia, en cambio, confronta el acto individual a la generalidad de la ley; el anonimato de los justicieros (policías o magistrados) se opone a la identidad singular del vengador. La venganza, como el perdón, es personal; la justicia no lo es, la ley no conoce individuos (cuando funciona, claro está, pues sabemos que en nuestro país la justicia es enormemente mejorable). Por otra parte, la pena no es un reflejo especular del crimen sino proporcionada a las demás penas; en vez de estar directamente motivada, forma parte de un sistema. El acto de justicia repara la ruptura del orden social, confirma la validez de la ley (escrita o, como en los crímenes contra la humanidad, no escrita) y, por lo tanto, el propio orden social; no compensa necesariamente la ofensa sufrida por el individuo. Lo importante desde este punto de vista no es que la justicia sea más o menos severa, sino que sea.



En la venganza, una violencia nueva responde a la violencia antigua, a la espera de provocar una futura violencia de compensación: el mal aumenta en vez de disminuir.



El acto de venganza es un inconveniente suplementario: conforta a quien lo realiza en su perfecta buena conciencia y nunca le permite interrogarse sobre el mal que hay en él. La cuestión moral se evacúa en beneficio de la reparación física. Por su lado, la justicia tiene el inconveniente de la abstracción y la despersonalización; pero es la única oportunidad que tenemos para hacer disminuir la violencia.



La pena de muerte, a mi juicio, tiene que ver más con la venganza que con la justicia: dice que el que mata debe morir, es un puro castigo, y no un acto de prevención. En su alegato contra la pena de muerte, Albert Camus mencionaba una cifra reveladora: entre los 250 ahorcados por la justicia, a comienzos de siglo, en Inglaterra, 170 habían presenciado personalmente una ejecución capital. El conocimiento de primera mano no había, pues, encaminado en nada su comportamiento.



La fórmula de Santayana, según la cual “quienes olvidan el pasado están condenados a repetirlo”, es falsa si se la toma en sentido literal. El pasado histórico, al igual que el orden de la naturaleza, no tiene sentido en sí mismo, no emana por sí solo valor alguno; sentido y valor proceden de los sujetos humanos que los examinan y los juzgan. El mismo hecho puede recibir interpretaciones opuestas y servir de justificación a políticas que se combaten mutuamente.

domingo, 19 de enero de 2014

CONTRA ALGUNOS FOUCAULTIANOS QUE MANDAN FRUTA SIN NINGÚN PUDOR

Les confieso que a menudo tengo poca simpatía por la figura del intelectual omnisciente que está en permanente estado de respuesta, con su tendencia a intervenir sistemáticamente en todos los problemas, y que transforma en una profesión –a menudo bastante lucrativa- su afanoso estado de “presencia” cultural. 

Las intervenciones públicas de personas/personajes como Alejandro Rozitchner, Tomás Abraham, Martín Caparrós, Marcelo Birmajer, por nombrar algunos casos, me suelen dejar con cierta sensación de vacío intelectual: casi como alimentarse de un bol lleno de pochoclos salados y beber cerveza tibia de mala calidad. Las ideas políticas de Abraham, por tomar el caso de una persona posiblemente muy formada, me parecen de una trivialidad francamente decepcionante: sus ideas políticas son casi tan provocadoras como los gestos de Miley Cirus, que a esta altura no escandalizan ni a Mirtha Legrand, la conductora de televisión que es “Chiquita” en castellano y “Grande” en francés.


Entiendo que uno no puede opinar con solvencia acerca de todos los temas. Y si opina, como yo mismo hago en este humilde espacio, que hago gratis y cuando tengo tiempo, debe tener la suficiente honestidad intelectual como para admitir que de tal o cual cuestión sabe poco y nada.

En el aforismo 95 de su Novum Organum, sir Francis Bacon dividía a los estudiosos y pensadores en arañas, hormigas y abejas. En palabras del excepcional historiador de filosofía italiano Paolo Rossi:

“Las arañas gustan de la soledad, tienen poca curiosidad por la naturaleza y leen pocos libros; tienen una mente muy aguda y casi sin disponer de material obtienen de ellas mismas una tela sutilísima de argumentaciones y de minuciosas distinciones; gozan en adelantar sin pausa objeciones cada vez más sutiles, terminan por quedar sumergidas en la madeja de hilos que han creado y se encuentran con un saber fragmentario y casi agusanado entre las manos. Las hormigas, por el contrario, están llenas de curiosidad hacia el mundo, nunca se cansan de recoger, donde casualmente lo encuentren, una gran cantidad de material; lo acumulan y lo almacenan con gran constancia sin preocuparse en seleccionarlo, no tienen una luz que las guíe y buscan tanteando un camino; a menudo se encuentran  que tienen entre las manos formas de saber supersticioso y oscilan de continuo, por esto mismo, entre el entusiasmo y la desazón”.

Parece ser que Francis Bacon auspiciaba una suerte de “santa unión” entre arañas y hormigas, donde los vicios se transformarían en virtudes a partir de una síntesis superadora: las abejas.

En las abejas se conjuga la agudeza de las arañas y la infatigabilidad de las hormigas, la curiosidad por el mundo y la capacidad de seleccionar, transformar y digerir con la mente el material, para a partir de allí producir algo nuevo. Una mezcla de lo mejor del Cholo Simeone con lo mejor de Pep Guardiola.


Como algunos habrán advertido, el esquema es muy similar al  de la cita inspirada en Arquíloco –“muchas cosas sabe el zorro, una sola el erizo, pero grande”- que sirvió de inspiración para una de las obras más famosas de Isaiah Berlin (1): Pensadores rusos. Aunque no sé si la cita es exacta, porque parece ser que el amigo Berlin tenía cierta tendencia a citar de un modo no demasiado riguroso, pero no nos vayamos al carajo más de lo que ya nos estamos yendo...

Lo que torpemente intento sugerir es que cuando las ideas de un autor triunfan y adquieren cierta fama y legitimidad, inevitablemente surgen los maquinistas y aspirantes que se acercan de inmediato a la máquina de hacer chorizos, pero como no la saben manejar o la carne que consiguen no es de buena calidad, empiezan a salir bolitas grises. 

Como decía David Foster Wallace: “echa un vistazo a algunas de las tesis de doctorado que se escriben ahora. Son como si se pusieran a de Man y a Foucault en boca de un niño lerdo”.

No es infrecuente leer obras de “foucaultianos” que parecen detectar micropoderes y panópticos por donde quiera que miran, sin someter sus afirmaciones a la verificación rigurosa de la investigación historiográfica. Aclaro que respeto y valoro la obra de Foucault. Es más, tengo todos sus libros menos los cuarenta últimos. Y sin embargo…


Por caso, al leer Las palabras y las cosas, me encuentro con que el tipo nos habla de la “episteme clásica”, la “episteme occidental”, “la episteme del Renacimiento”… ¿Qué quieren que les diga? A duras penas me puedo explicar a mí mismo qué es la democracia, ¿y Foucault inventa una enormidad como LA EPISTEME OCCIDENTAL? Leo lo siguiente:


“En una cultura y en un momento dado, nunca hay más que una episteme que define las condiciones de posibilidad de todo saber”.


¡Tomá mate! En una época dominada por el culto a la novedad, el estudio de la historia de las ideas nos puede enseñar a no confundir las novedades aparentes con las reales, a no dejarnos engañar por los descubrimientos del agua caliente presentados como giros y revoluciones culturales, y a desconfiar de los filósofos que primero presentan todo el pasado como la infinita repetición de la misma mierda con distinto olor, para luego proclamarse una especie de portadores de nuevos y decisivos mensajes. Ojo, reconozco que Foucault tiene intuiciones que son verdaderamente brillantes, y además escribe muy bien. Pero es justamente su estilo deslumbrante el que lo capacita especialmente para enhebrar juicios históricamente falsos.


Uno de los mejores historiadores de la ciencia -se los digo yo, que de historia de la ciencia no cazo un fóbal-, Jacques  Roger, nos dice:


“El mejor ejemplo que pueda darse de la prioridad de la teoría sobre los hechos es sin más la Historia de la locura de Michel Foucault… Se apoya enteramente en una definición de la enfermedad mental dada por la antipsiquiatría contemporánea. Sobre esta base se interpretan los hechos y sobre todo se seleccionan. Los historiadores en vano han dicho y repetido que esta historia era falsa, que los enfermos mentales habían sido encerrados muy a menudo desde la Edad Media y en el siglo XVI, que el gran ‘renfermement’ de 1660 para nada tenía el significado que le atribuía Foucault, etc. Pero es lo mismo: el éxito de la teoría queda asegurado por el gran talento del autor, por la coherencia interna de la misma teoría y sobre todo por su coincidencia con una de las grandes tendencias de la ideología contemporánea. Su inexactitud histórica a nadie interesa; su subentendido proyecto político es el que provoca adhesión”.



Ok, es cierto que toda clasificación híper-sencilla y metafórica como ésta no debe exagerarse, a riesgo de transformarse en una caricatura; sin embargo, me parece útil.


Las arañas que adoptan aires de abejas asumen que la historia entera de la humanidad se puede dilucidar a través de modelos prefabricados como la “episteme de una época”; se leen sólo entre ellos y ostentan un supremo desprecio por las objeciones fácticas, siempre dispuestos a relegar a la noche donde todas las vacas son pardas cualquier tipo de historia real que no esté contemplada en su esquemita. Suelen poner atención a la anatomía de los esqueletos y nunca en la embriología de los organismos; guitarrean y manipulan los textos.


Luego están las hormigas que se creen abejas. Según Paolo Rossi, este tipo de pensadores:


“(…) tienden a menudo a confundir una colección de fichas con una historia, y persiguen el ideal de una lista completa de los libros y de los personajes de una época como si de esto pudiese surgir algo más que una especie de listín telefónico; les otorgan el mismo valor a todas las ideas y a todos los libros; piensan que la estructura de las teorías es poco relevante y que todo es explicable como un producto de la época o como la respuesta a las específicas exigencias de una cultura y de una sociedad; consideran que la filosofía debe resolverse sin residuos en la actividad ejercida por los historiadores; están como ciegos frente a la existencia de las teorías, a la intencionalidad cognoscitiva atemporal, a la transhistoricidad y a la capacidad de autocorrección que son constitutivas del saber científico y que lo diferencian de cualquier otro tipo de saber creado hasta ahora por la especie humana”.


Hay un capítulo donde Rossi destaca las inexactitudes cometidas por Foucault respecto de la correcta interpretación de varios pasajes de Francis Bacon, que el pensador francés perpetra en Las palabras y las cosas:


Escribe Foucault:


“A comienzos del siglo XVII, en el período que mal o bien se llama barroco, el pensamiento deja de moverse en el elemento de la semejanza. La similitud ya no es la forma del saber, sino más bien la ocasión del error, el peligro al que nos exponemos cuando no se examina el lugar mal aclarado de las confusiones… Ya en Bacon se encuentra una crítica de la semejanza”.

Bacon escribe, por el contrario:

“El empeño de los hombres en las indagaciones y recolecciones de historias de ahora en adelante debe cambiar completamente y volcarse en una dirección opuesta a la hasta ahora habitual. Hasta ahora los hombres han puesto gran dedicación y curiosidad en observar la variedad de las cosas y en explicar cuidadosamente las diferencias de los animales, de las hierbas, de los fósiles, la mayor parte de los cuales son más bien esbozos de la naturaleza que cosas de alguna utilidad para la ciencia. Todo esto sirve por cierto para divertir, y a veces también para la práctica, pero poco o nada para penetrar en la naturaleza. Nuestro esfuerzo, en cambio,debe estar completamente dirigido a la indagación y a la observación de las semejanzas y de las analogías, tanto en la totalidad como en las partes. Son éstas las que muestran la unidad de la naturaleza y empiezan a constituir las ciencias… Las similitudes físicas llevan casi de la mano a los axiomas más altos y nobles, relativos a la constitución del mundo”.

Digresión aclaratoria: el fragmento de Bacon está tomado de Las arañas y las hormigas de Paolo Rossi, quien es un profundo conocedor de la obra del pensador inglés.


No pretendo negar que nuestras ideas e interpretaciones son siempre provisorias o, como alguna vez sugirió Borges, que todos vivimos en una penúltima versión de la realidad. Es más, me parece absurda la pretensión del investigador que intenta mantenerse imparcial en su visión del pasado. ¿Podemos imaginar una historia imparcial sobre la esclavitud, o sobre el nazismo? Somos seres subjetivos, y no sólo no podemos, sino que incluso no debemos evitar la jerarquización y la valoración. Sin embargo, los historiadores y los intérpretes deben tener honestidad intelectual, tratando de no manipular los textos para que se ajusten a sus prejuicios, sino estar abiertos a no ser confirmados.

Para seguir leyendo:







Nota: (1) En “El erizo y el zorro”, Isaiah Berlin nos dice que “existe una enorme brecha entre aquellos que, por un lado, lo relacionan todo a una sola visión central, un sistema más o menos coherente o expresado, de acuerdo con el cual comprenden, piensan y sienten; un solo principio organizador, en unción del cual cobra significado todo lo que ellos son y dicen; y, por la otra parte, aquellos que persiguen muchos fines, a menudo no relacionados  y aun contradictorios, conectados, si acaso, de algún modo de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica, no vinculados por algún principio moral o estético; estos últimos llevan vidas, efectúan acciones y sostienen ideas que son centrífugas, no centrípetas; sus pensamientos son esparcidos o difusos, pasan de un nivel a otro y captan la esencia de una gran variedad de experiencias y de objetos por lo que son en sí mismos, sin intentar, consciente o inconscientemente, hacerles embonar o excluirlos de alguna visión interna unitaria, invariable, omnipresente, a veces contradictoria e incompleta, a veces fanática. El primer tipo de pesonalidad intelectual y artística es el de los erizos, el segundo el de los zorros (…)”. Y luego Berlin hablará de erizos que se creen zorros y de zorros que se creen erizos y bla bla bla. Es un capítulo muy bello.