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domingo, 19 de enero de 2014

CONTRA ALGUNOS FOUCAULTIANOS QUE MANDAN FRUTA SIN NINGÚN PUDOR

Les confieso que a menudo tengo poca simpatía por la figura del intelectual omnisciente que está en permanente estado de respuesta, con su tendencia a intervenir sistemáticamente en todos los problemas, y que transforma en una profesión –a menudo bastante lucrativa- su afanoso estado de “presencia” cultural. 

Las intervenciones públicas de personas/personajes como Alejandro Rozitchner, Tomás Abraham, Martín Caparrós, Marcelo Birmajer, por nombrar algunos casos, me suelen dejar con cierta sensación de vacío intelectual: casi como alimentarse de un bol lleno de pochoclos salados y beber cerveza tibia de mala calidad. Las ideas políticas de Abraham, por tomar el caso de una persona posiblemente muy formada, me parecen de una trivialidad francamente decepcionante: sus ideas políticas son casi tan provocadoras como los gestos de Miley Cirus, que a esta altura no escandalizan ni a Mirtha Legrand, la conductora de televisión que es “Chiquita” en castellano y “Grande” en francés.


Entiendo que uno no puede opinar con solvencia acerca de todos los temas. Y si opina, como yo mismo hago en este humilde espacio, que hago gratis y cuando tengo tiempo, debe tener la suficiente honestidad intelectual como para admitir que de tal o cual cuestión sabe poco y nada.

En el aforismo 95 de su Novum Organum, sir Francis Bacon dividía a los estudiosos y pensadores en arañas, hormigas y abejas. En palabras del excepcional historiador de filosofía italiano Paolo Rossi:

“Las arañas gustan de la soledad, tienen poca curiosidad por la naturaleza y leen pocos libros; tienen una mente muy aguda y casi sin disponer de material obtienen de ellas mismas una tela sutilísima de argumentaciones y de minuciosas distinciones; gozan en adelantar sin pausa objeciones cada vez más sutiles, terminan por quedar sumergidas en la madeja de hilos que han creado y se encuentran con un saber fragmentario y casi agusanado entre las manos. Las hormigas, por el contrario, están llenas de curiosidad hacia el mundo, nunca se cansan de recoger, donde casualmente lo encuentren, una gran cantidad de material; lo acumulan y lo almacenan con gran constancia sin preocuparse en seleccionarlo, no tienen una luz que las guíe y buscan tanteando un camino; a menudo se encuentran  que tienen entre las manos formas de saber supersticioso y oscilan de continuo, por esto mismo, entre el entusiasmo y la desazón”.

Parece ser que Francis Bacon auspiciaba una suerte de “santa unión” entre arañas y hormigas, donde los vicios se transformarían en virtudes a partir de una síntesis superadora: las abejas.

En las abejas se conjuga la agudeza de las arañas y la infatigabilidad de las hormigas, la curiosidad por el mundo y la capacidad de seleccionar, transformar y digerir con la mente el material, para a partir de allí producir algo nuevo. Una mezcla de lo mejor del Cholo Simeone con lo mejor de Pep Guardiola.


Como algunos habrán advertido, el esquema es muy similar al  de la cita inspirada en Arquíloco –“muchas cosas sabe el zorro, una sola el erizo, pero grande”- que sirvió de inspiración para una de las obras más famosas de Isaiah Berlin (1): Pensadores rusos. Aunque no sé si la cita es exacta, porque parece ser que el amigo Berlin tenía cierta tendencia a citar de un modo no demasiado riguroso, pero no nos vayamos al carajo más de lo que ya nos estamos yendo...

Lo que torpemente intento sugerir es que cuando las ideas de un autor triunfan y adquieren cierta fama y legitimidad, inevitablemente surgen los maquinistas y aspirantes que se acercan de inmediato a la máquina de hacer chorizos, pero como no la saben manejar o la carne que consiguen no es de buena calidad, empiezan a salir bolitas grises. 

Como decía David Foster Wallace: “echa un vistazo a algunas de las tesis de doctorado que se escriben ahora. Son como si se pusieran a de Man y a Foucault en boca de un niño lerdo”.

No es infrecuente leer obras de “foucaultianos” que parecen detectar micropoderes y panópticos por donde quiera que miran, sin someter sus afirmaciones a la verificación rigurosa de la investigación historiográfica. Aclaro que respeto y valoro la obra de Foucault. Es más, tengo todos sus libros menos los cuarenta últimos. Y sin embargo…


Por caso, al leer Las palabras y las cosas, me encuentro con que el tipo nos habla de la “episteme clásica”, la “episteme occidental”, “la episteme del Renacimiento”… ¿Qué quieren que les diga? A duras penas me puedo explicar a mí mismo qué es la democracia, ¿y Foucault inventa una enormidad como LA EPISTEME OCCIDENTAL? Leo lo siguiente:


“En una cultura y en un momento dado, nunca hay más que una episteme que define las condiciones de posibilidad de todo saber”.


¡Tomá mate! En una época dominada por el culto a la novedad, el estudio de la historia de las ideas nos puede enseñar a no confundir las novedades aparentes con las reales, a no dejarnos engañar por los descubrimientos del agua caliente presentados como giros y revoluciones culturales, y a desconfiar de los filósofos que primero presentan todo el pasado como la infinita repetición de la misma mierda con distinto olor, para luego proclamarse una especie de portadores de nuevos y decisivos mensajes. Ojo, reconozco que Foucault tiene intuiciones que son verdaderamente brillantes, y además escribe muy bien. Pero es justamente su estilo deslumbrante el que lo capacita especialmente para enhebrar juicios históricamente falsos.


Uno de los mejores historiadores de la ciencia -se los digo yo, que de historia de la ciencia no cazo un fóbal-, Jacques  Roger, nos dice:


“El mejor ejemplo que pueda darse de la prioridad de la teoría sobre los hechos es sin más la Historia de la locura de Michel Foucault… Se apoya enteramente en una definición de la enfermedad mental dada por la antipsiquiatría contemporánea. Sobre esta base se interpretan los hechos y sobre todo se seleccionan. Los historiadores en vano han dicho y repetido que esta historia era falsa, que los enfermos mentales habían sido encerrados muy a menudo desde la Edad Media y en el siglo XVI, que el gran ‘renfermement’ de 1660 para nada tenía el significado que le atribuía Foucault, etc. Pero es lo mismo: el éxito de la teoría queda asegurado por el gran talento del autor, por la coherencia interna de la misma teoría y sobre todo por su coincidencia con una de las grandes tendencias de la ideología contemporánea. Su inexactitud histórica a nadie interesa; su subentendido proyecto político es el que provoca adhesión”.



Ok, es cierto que toda clasificación híper-sencilla y metafórica como ésta no debe exagerarse, a riesgo de transformarse en una caricatura; sin embargo, me parece útil.


Las arañas que adoptan aires de abejas asumen que la historia entera de la humanidad se puede dilucidar a través de modelos prefabricados como la “episteme de una época”; se leen sólo entre ellos y ostentan un supremo desprecio por las objeciones fácticas, siempre dispuestos a relegar a la noche donde todas las vacas son pardas cualquier tipo de historia real que no esté contemplada en su esquemita. Suelen poner atención a la anatomía de los esqueletos y nunca en la embriología de los organismos; guitarrean y manipulan los textos.


Luego están las hormigas que se creen abejas. Según Paolo Rossi, este tipo de pensadores:


“(…) tienden a menudo a confundir una colección de fichas con una historia, y persiguen el ideal de una lista completa de los libros y de los personajes de una época como si de esto pudiese surgir algo más que una especie de listín telefónico; les otorgan el mismo valor a todas las ideas y a todos los libros; piensan que la estructura de las teorías es poco relevante y que todo es explicable como un producto de la época o como la respuesta a las específicas exigencias de una cultura y de una sociedad; consideran que la filosofía debe resolverse sin residuos en la actividad ejercida por los historiadores; están como ciegos frente a la existencia de las teorías, a la intencionalidad cognoscitiva atemporal, a la transhistoricidad y a la capacidad de autocorrección que son constitutivas del saber científico y que lo diferencian de cualquier otro tipo de saber creado hasta ahora por la especie humana”.


Hay un capítulo donde Rossi destaca las inexactitudes cometidas por Foucault respecto de la correcta interpretación de varios pasajes de Francis Bacon, que el pensador francés perpetra en Las palabras y las cosas:


Escribe Foucault:


“A comienzos del siglo XVII, en el período que mal o bien se llama barroco, el pensamiento deja de moverse en el elemento de la semejanza. La similitud ya no es la forma del saber, sino más bien la ocasión del error, el peligro al que nos exponemos cuando no se examina el lugar mal aclarado de las confusiones… Ya en Bacon se encuentra una crítica de la semejanza”.

Bacon escribe, por el contrario:

“El empeño de los hombres en las indagaciones y recolecciones de historias de ahora en adelante debe cambiar completamente y volcarse en una dirección opuesta a la hasta ahora habitual. Hasta ahora los hombres han puesto gran dedicación y curiosidad en observar la variedad de las cosas y en explicar cuidadosamente las diferencias de los animales, de las hierbas, de los fósiles, la mayor parte de los cuales son más bien esbozos de la naturaleza que cosas de alguna utilidad para la ciencia. Todo esto sirve por cierto para divertir, y a veces también para la práctica, pero poco o nada para penetrar en la naturaleza. Nuestro esfuerzo, en cambio,debe estar completamente dirigido a la indagación y a la observación de las semejanzas y de las analogías, tanto en la totalidad como en las partes. Son éstas las que muestran la unidad de la naturaleza y empiezan a constituir las ciencias… Las similitudes físicas llevan casi de la mano a los axiomas más altos y nobles, relativos a la constitución del mundo”.

Digresión aclaratoria: el fragmento de Bacon está tomado de Las arañas y las hormigas de Paolo Rossi, quien es un profundo conocedor de la obra del pensador inglés.


No pretendo negar que nuestras ideas e interpretaciones son siempre provisorias o, como alguna vez sugirió Borges, que todos vivimos en una penúltima versión de la realidad. Es más, me parece absurda la pretensión del investigador que intenta mantenerse imparcial en su visión del pasado. ¿Podemos imaginar una historia imparcial sobre la esclavitud, o sobre el nazismo? Somos seres subjetivos, y no sólo no podemos, sino que incluso no debemos evitar la jerarquización y la valoración. Sin embargo, los historiadores y los intérpretes deben tener honestidad intelectual, tratando de no manipular los textos para que se ajusten a sus prejuicios, sino estar abiertos a no ser confirmados.

Para seguir leyendo:







Nota: (1) En “El erizo y el zorro”, Isaiah Berlin nos dice que “existe una enorme brecha entre aquellos que, por un lado, lo relacionan todo a una sola visión central, un sistema más o menos coherente o expresado, de acuerdo con el cual comprenden, piensan y sienten; un solo principio organizador, en unción del cual cobra significado todo lo que ellos son y dicen; y, por la otra parte, aquellos que persiguen muchos fines, a menudo no relacionados  y aun contradictorios, conectados, si acaso, de algún modo de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica, no vinculados por algún principio moral o estético; estos últimos llevan vidas, efectúan acciones y sostienen ideas que son centrífugas, no centrípetas; sus pensamientos son esparcidos o difusos, pasan de un nivel a otro y captan la esencia de una gran variedad de experiencias y de objetos por lo que son en sí mismos, sin intentar, consciente o inconscientemente, hacerles embonar o excluirlos de alguna visión interna unitaria, invariable, omnipresente, a veces contradictoria e incompleta, a veces fanática. El primer tipo de pesonalidad intelectual y artística es el de los erizos, el segundo el de los zorros (…)”. Y luego Berlin hablará de erizos que se creen zorros y de zorros que se creen erizos y bla bla bla. Es un capítulo muy bello.