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lunes, 6 de abril de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: DONDE EL AUTOR DEL BLOG BANCA LA VALENTÍA DE SOFÍA GALA E INTENTA PENSAR CONTRA CIERTA CONCEPCIÓN POLICÍACA

El poder no está estancado fijamente en los cuerpos: no por el hecho de tener un físico grandote y musculado, un patovica es un abusador. No por el hecho de ser hombre, alguien es un violador en potencia. Hay mujeres que tienen poder y abusan de su poder, hombres que tienen poder y abusan de su poder, y mujeres y hombres que teniendo poder se abstienen de abusar del mismo.

El poder circula, y más que detentarse, se ejerce. No es lo mismo abusar del poder que ejercerlo. Tengo para mí que TODO AQUÉL/AQUELLA QUE TIENE PODER, LO EJERCE, porque el poder no tolera el vacío: el futbolista que juega muy bien no intenta jugar como si fuera malísimo, la mujer hermosa que le guiña el ojo a un barman para obtener un trago gratis usa su poder seductor en beneficio propio, el niño que extorsiona tiernamente a la madre para que le compre galletitas sonriéndole afectuosamente quiere influir sobre su voluntad, y así siguiendo. Y no hace falta ser una eminencia en medicina para ejercer poder sobre un paciente. Nietzsche nos enseñó muy bien que  el poder también se ejerce desde la debilidad: por caso, una madre o un padre enfermo pueden abusar de la hija o del hijo que los cuidan a través de la culpa, y volverles la existencia algo insufrible.


Muchas de las conquistas del movimiento feminista me parecen una excelente noticia. No he leído mucha bibliografía feminista –aunque espero hacerlo en el futuro- ni me siento en condiciones de darle lecciones a nadie. Simplemente ejerzo mi derecho a opinar y a pensar con quienes quieran leerme para ayudarme a desmontar o mejorar mis argumentos.

¿Quiénes pueden estar a favor de un femicidio o una violación? Se trata de crímenes atroces. ¡Sólo los muy perversos pueden apoyar algo así! Lo que intento en este posteo es separar la paja del trigo, porque hacer del debate un manto nocturno donde todas las vacas son pardas nos impide pensar. Para actuar adecuadamente no es suficiente con pensar adecuadamente, pero no se puede actuar bien sin pensar bien.

Creo que hombres y mujeres somos  distintos - los hombres solemos ser más fuertes, las mujeres son capaces de llevar una vida en su vientre, etc.-; pero debemos tener los mismos derechos, y apuntar como horizonte aspiracional a la construcción de una sociedad en la cual todxs seamos iguales ante la ley. Sin embargo, a esta altura o yo no entiendo demasiado o predomina cierta tergiversación de un axioma que se presenta como incuestionable: “todo es cultural” o “todo es construido”.

A mí, por ejemplo, me gusta jugar al fútbol mixto con mis amigas, pero cuando disputo una pelota no pongo la pierna fuerte como lo haría con un varón. ¡Porque somos distintos Judith Butler, la concha de la lora! Estoy seguro que no entiendo a Butler, y capaz si la leyera en profundidad la adoraría o no sé, pero simplemente hablo desde mi experiencia personal. También es verdad que he jugado con chicas que se dedican al fútbol profesional, y que al trabar lo hacen igual que un hombre, porque están física y técnicamente entrenadas. No niego que existan influencias culturales. Simplemente digo, ¡somos distintos Judith Butler, la concha de la lora!

Un tenista profesional entre los primeros 100 puestos del ránking derrotaría probablemente a cualquier mujer que fuera número uno del tenis profesional femenino. ¡Porque somos distintos!

Sin embargo, la idea no es “esencializar” el concepto de hombre y mujer. Si una mujer que está en pareja decide no tener hijos, ¡genial! Si una mujer que está en pareja decide tener hijos pero no laburar porque su marido cobra un buen sueldo y asume el rol de ser la que le dedica más tiempo a las tareas del hogar, ¡genial! Si es el hombre el que lava los platos y la mujer la que trae el sueldo a casa, ¡genial! Si laburan ambos y se reparten las tareas, ¡genial! Y así siguiendo. No me gusta ser policía de la vida de nadie: si una amiga mía elige ser “Susanita”, pues bien; si quiere ser “Mafalda”, ¡adelante con los faroles! Y está claro que la situación es distinta si se trata de una mujer que vive en la miseria, porque ahí el margen de elección se acota muchísimo. De todos modos no quiero entrar en la discusión sobre el “trabajo en el hogar no remunerado” y otras cuestiones de economía política en relación al movimiento feminista, porque dan para un libro aparte y escapan al espíritu del posteo de hoy.


Retomando, para mí está muy claro que –y soy consciente de que para muchos psicópatas esto no es así- si una mujer se muestra interesada en vos y viene a tu departamento, se debe respetar su decisión SIEMPRE. Si ambos nos besamos apasionadamente, terminamos desnudos y en determinado momento la mina se arrepiente, yo no tengo derecho a avanzar.

Ahora bien, en lo personal no puedo menos que adherir a las palabras de Alexandra Kohan cuando dice:

“Está en crisis el juego de seducción. ¿Cómo hacemos para seducir si no puedo mirar fijamente a alguien en una fiesta porque es acoso? Mil veces alguien intenta darte un beso y decís que no y está todo bien. Ahora si te agarra es otra cosa. No existe el consenso a priori. ¿Cómo se va a consensuar antes si voy a querer? Son garantías para lo que no tiene garantías. Empezamos, apretamos y después no me gustó porque tiene mal aliento, la piel, lo que sea. El abuso es otra cosa. Acostarse con un boludo no es violencia. La violencia es violencia. Si no, se banaliza y como todo es violencia, nada es violencia. Eso no es una frase hecha. Es así. Cuando veo que le dicen psicópata a todos, después aparece el psicópata de verdad y se enganchan, obvio. Porque el psicópata te envuelve”.

Llegados a este punto, me permito incorporar al posteo fragmentos no de Judith Butler o Simone de Beauvoir sino de Sofía Gala, quien en el transcurso de en una entrevista que le hicieron hace un tiempo en Clarín dijo algo que me pareció muy sabio:

“Todo lo que se pone extremo se vuelve facho. Pero también creo que hay un movimiento muy grande sobre muchas cosas que por muchos años fueron injustas, como la identidad, el género, la sexualidad, la mujer, y para que haya cambios hay que ponerse un poco extremo. Después encontraremos el equilibrio”.


En lo personal me parecen peligrosos ciertos discursos que suponen que toda diferencia de edad es abuso de poder. ¿Quién se arroga para sí la autoridad de decidir con quién se tiene que acostar una persona que es mayor de edad? Si un profesor sale con una estudiante mayor de edad una vez terminada la cursada, ¿qué tiene de malo? El problema es si usa ese poder para obtener un beneficio sexual: “si no te acostás conmigo no vas a aprobar la materia”. ¿Qué problema hay si una profesora de filosofía, como es el caso de Esther Díaz, confiesa que no le calientan los hombres de su edad sino que los prefiere más pendejos? ¿Acaso ella no tiene derecho a cojer con quien quiera y pueda porque tiene 79 años? Nadie ignora que a medida que crecemos las oportunidades de tener sexo disminuyen, ¡pero eso no significa que los demás tengan que andar fisgoneando con quién o quiénes nos acostamos! ¡No infantilicen la sexualidad ajena, mojigatos de mierda! Y si alguien tiene ganas de meditar o vivir una vida ascética, ¡pues que lo haga!

Se puede ser maduro a los 20 años y un idiota a los 40. La edad,a priori, no lo dice todo. Tampoco la vejez trae necesariamente sabiduría. La edad es un condicionamiento más, entre tantos otros. No podemos prescribir un manual de comportamiento para las relaciones sexoafectivas: hay que ver cada situación en particular. Tampoco somos parejamente maduros en todas las dimensiones de la existencia: Sofía Gala a sus veinte años tenía mucha mayor experiencia sexual que Borges a sus 50.


La discusión de si está bien o está mal que Gastón Pauls tenga una novia mucho menor no me parece un debate moral sino moralina berreta. Es puritano y represivo andarse metiendo en los cuerpos ajenos toda vez que se trata de una relación consentida entre dos mayores de edad.

Me rompen las pelotas los “policías de los cuerpos ajenos”. No me van las personas que intentan prescribirle las conductas sexuales al resto:

“Si yo elijo, teniendo en cuenta que nadie elige libremente, tener una pareja monogámica porque estoy enamorada y no tengo ganas de coger con nadie más, y la persona con la que estoy, tampoco, ¿por qué estoy más “alienada” que el que dice que hay que coger con ocho? Que “la monogamia no va, que aguante el poliamor”. ¿Por qué yo estoy más alienada si esa persona eligió tan poco libremente como yo? El problema es el cuco: la monogamia es un cuco y, al parecer, el poliamor es la salida de esa opresión”. (Alexandra Kohan dixit)

Era todo lo que tenía ganas de decir hoy. La idea era completar un poco algunas cosas que dijimos acá y acá.

¡Cuídense mucho y traten de ser felices!

Los quiere,

Rodrigo

jueves, 2 de abril de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: CUANDO EL FEMINISMO SE CONVIERTE EN UNA EXCUSA PARA EJERCER LA PEREZA MENTAL SE PEGA UN TIRO EN EL PIE

Alguna vez habíamos escrito -parafraseando al amigo Goethe- que pensar adecuadamente es difícil, actuar es más difícil y actuar siguiendo el pensamiento propio es lo más difícil del mundo. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que actuar requiere coraje y fuerza de voluntad, que pensar requiere también coraje y fuerza de voluntad; ¡y ni que decir lo difícil que puede ser armonizar pensamiento y acción! 

Lo más cómodo es unirse a una "tribu", repetir consignas como un loro y evitar contradecir los prejuicios de la manada. La labor intelectual no consiste tanto en reforzar las convicciones del espectro ideológico elegido y batallar contra los adversarios políticos o demonizarlos, sino principalmente en inquietar las convicciones pétreas de quienes están en nuestro propio campo. Eso no quita que no sea importante luchar honestamente con un adversario político o ideológico o con aquellos discursos antagónicos a una idea de comunidad, de justicia social o de solidaridad entre los pueblos.


No es necesario que me recuerden que mi intención de polemizar o de problematizar mis propias prácticas no asegura ningún resultado, dado que lo más probable es que todo esto que voy a escribir no produzca entre mis lectores potenciales otra cosa que indiferencia y tedio. Sin embargo, como por estos días no tengo nada mejor que hacer, me arriesgo a la indiferencia absoluta. Ahí va... 

El ser humano VE interpretaciones todo el tiempo, porque nuestra visión de la realidad está atravesada por emociones. Cada razonamiento es antes un sentimiento. Hagan la experiencia de mirar un partido River  vs Boca con un fanático de cada equipo y comprobarán que cada uno MIRA un partido diferente, por más que luego puedan razonar las imágenes una vez que el partido termina. Digamos que la razón, demasiadas veces, termina siendo la justificación de una emoción previa.

Hace un tiempo, allá por el año I A.C. -antes de la cuarentena- un amigo me contaba, acodado en la barra y clavándose una birra, que yendo en moto a una velocidad respetable se le cruzó en rojo una chica que iba caminando como si la Avenida 9 de Julio le perteneciera. Por suerte mi amigo maneja muy bien y su moto tiene muy buenos frenos, porque de lo contrario ambos hubieran terminado gravemente heridos o incluso muertos. Mi amigo no pudo evitar reprocharle, en un tono enfático: "flaca, ¿vos sos pelotuda? ¡Fijáte por dónde cruzas, casi nos matamos!".

La respuesta de la chica fue ridícula, porque salió con "bajá el tonito" o "¿qué te creés, que un hombre me va a decir lo que tengo que hacer" y bla bla bla. Mi amigo, entendiendo que la mina era impermeable a cualquier tipo de intercambio lingüístico, optó sabiamente por irse.

Es evidente que la situación hubiera sido diferente si mi amigo le hubiese gritado: "¡pelotuda, mujer tenías que ser!" o algún improperio misógino por el estilo. Hacer catarsis por haber estado a punto de morir gracias a la distracción ajena no es un actitud machista sino una acción perfectamente explicable desde la claridad mental más meridiana. Si no entendemos eso no entendemos un carajo.

Lo que trato de decir es que muchas veces los discursos feministas o los debates sobre "el patriarcado" terminan por volverse una suerte de chivo expiatorio para ejercer el fanatismo y la pereza mental. En otras palabras, que les chiques a veces se pasan de rosca.

El psicoanálisis demuestra que no debemos esencializar las cuestiones de género, a riesgo de volverlas prejuicios que nos impidan escuchar razones. ¿Qué es una esencia? Digamos que es sencillo definir o "esencializar" un concepto en términos geométricos o matemáticos. Basta con dar una definición tipo "el triángulo es una figura de tres lados cuyos ángulos interiores suman 180 grados" y ya está. Dada esa definición, a menos que seamos muy pelotudos o estemos recontra alienados, jamás vamos a confundir un triángulo con la figura de Luis Majul. Esa idea de esencias eternas, hija de la abstracción matemática, estaba presente en la filosofía platónica: siguiendo este razonamiento, un discípulo de Platón podrá decir que un triángulo es isósceles, equilátero o escaleno, pero jamás se le ocurriría predicar que es "malvado". 

Las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarnos en el paradigma heterosexual, no pueden definirse de una vez y para siempre, sino que están llenas de fantasmas, miedos, prejuicios, tanto propios como ajenos. Y más allá de que existan condicionamientos históricos en la manera que cada uno tiene de relacionarse consigo mismo y con los demás, esos miedos e inseguridades VAN A EXISTIR SIEMPRE, porque se trata de afectaciones típicas de la condición humana. ¡No se puede reducir mecánicamente cada acto afectivo entre el hombre y la mujer a la cuestión del patriarcado o del machismo!

Si uno mismo no es transparente para sí mismo, ni piensa lo mismo que pensaba hace diez minutos: ¿cómo carajo creen que los actos de les otres pueden volverse transparentes o explicarse satisfactoriamente mediante un concepto tan escurridizo como "patriarcado"? 

"Se supone que el otro no es transparente porque es mentiroso. Yo no digo que no haya gente mentirosa pero el movimiento es inverso: es suponer que el otro no hace lo que vos esperás que haga pudiendo hacerlo. 'No le costaba nada llamarme'. Bueno, parece que sí le costaba". (A. Kohan dixit, desde ahora A.K.). En estas exigencias de reciprocidad nunca admitimos que el otro puede tener sus propias necesidades, sus propios miedos, sus propias neurosis.

Oh mujer que lees este post: si el tipo te clava el visto no necesariamente implica que sea un machito heteropatriarcal. ¿No se te ocurre pensar que las razones son muchas o es una sola? ¡Tal vez no le interesas, o no le interesas lo suficiente! Tener una relación es estar sujeto constantemente a malentendidos, a desencuentros, a interpretaciones diversas acerca de un mismo hecho, a imposibilidades de complementación.

¿Cuál es la diferencia principal entre un "viejo verde" y un "galán maduro"? ¿Que uno es heteropatriarcal y otro está "deconstruido"? ¡No! La diferencia principal es que UNO TE GUSTA y EL OTRO NO TE GUSTA. 

El patriarcado no es cualquier pelotudez que no te guste en la actitud de un hombre. El patriarcado o el machismo sería, entre otras cosas, suponer que una mujer es sumisa o es pasiva o no puede decirte, en el contexto de un boliche, "¡no me jodas flaco, estoy con mis amigas y quiero bailar con ellas!". Ahora bien, estar enganchado o interesado o incluso enamorado de alguien es interpretar cada acción y cada gesto al infinito. 

"Porque la pregunta es por qué seguís esperando a alguien que te clavó el visto. ¿Por qué empezás a hacer capturas de pantalla y mandárselas al comité de tus amigas? Tres noches seguidas tratando de escrutar, haciendo una hermenéutica del chat, de los emojis del pibe. Si a todo le ponemos el nombre patriarcado, no pensamos más nada. 'Listo, es el patriarcado, no soy yo que me quedo enganchada con un tipo que no me contesta los llamados, que lo estoy persiguiendo'". (A.K.)

En síntesis, me arriesgo a decir que hay dos peligros de igual valor pero de signo contrario: la sacralización y la banalización del concepto "patriarcado".

Cuando un concepto está sacralizado sólo nos recuerda a sí mismo, sin servir de lección para las prácticas del presente; mientras que cuando está trivializado, nos hace pensar en todo y en cualquier cosa. Ejemplo: si yo considero que Maradona es Dios, no admito compararlo con ningún otro jugador de fútbol que haya existido sobre la tierra (sacralización); en tanto que si considero que Messi o el lateral de Atlético Campana son técnicamente semejantes desde lo futbolístico, no entiendo nada y estoy trivializando el concepto que tengo de lo que significa la excelencia en el deporte.

En la investigación histórica, por caso, la trivialización o banalización es un peligro del que hay que cuidarse. Si al estudiar la historia europea del siglo pasado utilizamos el término “nazi” como sinónimo de canalla, más como adjetivo que como sustantivo, toda lección de lo que aconteció en lugares como Auschwitz se ha perdido. Hitler mismo termina por volverse un personaje que está en todas las salsas y ensaladas, y a cada momento aparecerán nuevos hitleres.

Siguiendo con la reflexión sobre los comentarios personales, recuerdo que una vez una amiga me decía hace varios meses: "¡qué bueno que los chiques de hoy en día estén mucho más deconstruidos y no tengan los prejuicios que tenemos nosotres". Yo asentí, dándole la razón, pero después me quedé reflexionando.

La verdad es que todo el tiempo veo pendejas y pendejos que en muchos aspectos no saben ni dónde carajo están parados, aunque usen el pañuelo verde o el pañuelo celeste. ¡Y es normal! Creo que la estupidez, el fanatismo, la pereza mental, la bondad y la maldad no distinguen religión, clase social, edad o género. Sencillamente van adoptando diversas formas de acuerdo con cada condicionamiento al que esté sometido el sujeto. Les adolescentes a veces son maravillosos, y a veces son terriblemente egoístas y/o están más perdides que perre en canche de boches. ¿Cómo podría ser de otra manera?



Yo no tengo una formación muy sólida en cuestiones de feminismo o de género, pero no puedo menos que adherir a las intuiciones de la amiga Kohan cuando dice que "el patriarcado no es el varón, es un sistema de opresión, porque incluso hay mujeres patriarcales. Es un error de análisis y por lo tanto de consecuencia. ¿Por qué no incluir a los varones en la lucha por la legalización del aborto? Si son parte. Porque además, lo que yo digo, es que a cualquier mujer, después de decidir, lo que le vendría mejor es que el varón la acompañe. No que la deje sola".

Luego está el problema de la esencialización de las relaciones de poder entre hombres y mujeres:

"Hay una idea a priori que no deja de ser esencialista que es que las mujeres no mentimos y los varones sí. Entonces se ha escrachado a una cantidad de varones que no habían hecho nada, se arruinan sus vidas siendo jóvenes y no tan jóvenes, y yo estoy totalmente en contra de eso. Me parece nocivo, me parece que se arma un estado policial que es contrario a la supuesta emancipación del feminismo. El feminismo tiene que incluir a los varones, primero porque también son víctimas del patriarcado y, segundo, porque la lucha no debe pasar por el género". (A.K.)

Tampoco es cierto que el abuso de poder sea patrimonio de los hombres: ¿cuántos ejemplos conocen de mujeres que abusan de su posición de poder? Cientos de miles. Creo que ahí la cosa está más repartida de lo que muchas feministas están dispuestas a admitir.

Por lo demás, entiendo con Foucault -y en esto Kohan coincide- que el poder no es tanto una "cosa" que se posee o se detenta, sino más bien algo que circula. No hay relaciones humanas que no estén atravesadas por el poder. No hace falta ser alguien vigoroso u ocupar un puesto jerárquico importante. Si definimos al poder como la capacidad de torcer la voluntad del otro en mi propio beneficio, las situaciones donde circula el poder son innumerables:

Ejemplo 1: Cuando se juega un deporte en equipo, el jugador que está física y técnicamente más dotado ejerce mayor poder que el resto de sus compañeros, porque tiene más capacidad para torcer el resultado en su favor. Los compañeros reconocen la legitimidad de su "poder" y suelen pasarle la pelota más seguido que a los demás;

Ejemplo 2: Una mujer de belleza hegemónica, de veintidós años y que está que se explota, se hace pagar tragos gratis para ella y sus amigas porque un "viejo" de cuarenta está embobado con ella. Mientras el tipo hace la fila para traerle un trago, le susurra divertida a sus amigas: "Mirá cómo le estoy haciendo pagar tragos a este viejo pelotudo! ¿Querés un fernet con coca Agostina? ¡La próxima le digo que te traiga!";

Ejemplo 3: Una madre postrada, supongamos que tiene setenta años, ejerce un poder tiránico sobre su hija, aprovechando SU SUPUESTA POSICIÓN DE DEBILIDAD, y convierte su voluntad en una suerte de voluntad divina. La hija, que tiene poco más de cuarenta años, no puede rearmar su vida con otros hombres porque no se puede despegar de esa relación de sumisión con la madre. Dejarla un rato sola la llena de culpa.

Hay otros fragmentos de la entrevista de A.K. que ya pusimos en el posteo anterior que dan para debatir largo y tendido. Sin embargo, como creo que en parte dije algunas cosillas, la seguiremos mañana.

¡Cuídense mucho!

Rodrigo

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: EL AMOR, EL POLIAMOR Y LAS RELACIONES “TÓXICAS” DESDE LA MIRADA PSICOANALÍTICA

Arranquemos con los tapones de punta: tenemos que comprender que los seres humanos NO SOMOS TOTALMENTE TRANSPARENTES PARA NOSOTROS MISMOS, con lo cual mucho menos los otros serán totalmente transparentes para uno. En otras palabras, el deseo no equivale a decir "hago lo que quiero" y "quiero lo que hago" y voy en búsqueda de mis sueños y si le pongo garra las cosas me irán bien. El amor, el deseo y la satisfacción pulsional son tres cosas distintas que no van directo hacia el objeto. 

Anyway, la cuestión es que la idea de este posteo surgió a partir de una promesa que le hice por chat a mi Coniglia Hermosa, un cactus absolutamente incapaz de decirme “te quiero mucho” aunque yo se lo diga cada treinta segundos. Sin embargo, por alguna razón opaca que no alcanzo a vislumbrar del todo, a la muy basura inmunda la quiero un montón.

En fin, la cuestión es que, tratando de aprender cómo viven las relaciones amorosas las nuevas generaciones, le pregunté a un amigo, de poco más de veinte años: “¿no te parece curiosa la idea de ‘relación tóxica’ que usan muchos pendejos hoy en día?”.

Y me contestó: “Creo que es algo que dice mi generación para no hacerse cargo de la irresponsabilidad emocional que nos caracteriza”.

Aclaremos que la idea de “gente tóxica” viene de los libros de autoayuda; es un concepto medio pelotudo que acuñó, si no estoy mal informado, el siome de Bernardo Stamateas. Según Alexandra Kohan, “prendió mucho porque te des-responsabiliza de todo. El otro es tóxico, vos no tenés nada que ver y no es así. Lo que hay que pensar es por qué sostenés relaciones con personas tóxicas. Además se dice mucho que ‘no hay que juntarse con gente tóxica’. Bueno, te vas a quedar solo en tu casa, para siempre. A mí me gusta mucho la idea de ‘estar intoxicado’. Siempre lo pensé en términos positivos. Me molesta mucho que se la hayan apropiado y que ahora tenga una connotación negativa. (…)

Leer, leer a otro, tiene que ver un poco con intoxicarse. Es como la palabra ‘fármaco’, que viene de los griegos: es algo que por un lado te cura y por otro te envenena. Bueno, las relaciones son así. Y eso que te envenena, no es porque el otro sea malo. Uno también produce su propio veneno”.


Volviendo a la charla que tuve hoy vía Whatsapp con mi amigo, le pregunté su visión respecto del concepto de “poliamor”. Su respuesta fue: “la idea de poliamor en teoría suena bárbara, pero debe ser duro ser el segundo plato. Debe ser duro saber que tu pareja busca en alguien más lo que a vos te falta”.

Luego me contó el caso de una chica, llamémosle Julia, que estuvo muchos años con un flaco, hasta que decidieron abrirse a experiencias “poliamorosas”. No va que terminan haciendo un trío con otra chica, y ahí Julia sintió que su pareja y la chica la estaban pasando mucho mejor sin ella. ¿Corolario? Al poco tiempo el chico le dijo de separarse, e inclusive terminó poniéndose de novio con la chica del trío. Ni falta que hace que les aclare que, según mi amigo, Julia sufrió horrores esa experiencia.

Siguiendo con este mosaico de ideas teóricas ajenas que iré desperdigando más o menos al tuntún, diremos que cada momento histórico tiene su erótica: sus modos de amar, de gozar, de odiar.  

Considero que Alexandra Kohan tiene razón cuando sugiere que hoy en día impera una suerte de imperativo de bienestar que pretende suprimir el componente doloroso inherente a cualquier relación amorosa. La exaltación de “pasarla bien” y “disfrutar” termina por considerar que cualquier cosa que nos haga sufrir o impida cumplir ese mandato de gozar a como dé lugar, deba ser desechada. Es como si el disfrute, más que ser una opción hija de la libertad, fuera una obligación.


Ese discurso termina por frustrar a los seres humanos, sencillamente porque las vivencias amorosas SIEMPRE nos harán sufrir en mayor o menor medida. Está claro que lo antedicho no implica que uno tenga que abrazar el dolor a toda costa o ser masoquista o autoflagelarse permaneciendo eternamente en una relación perversa o enferma. Es muy simple: el precio de no sufrir es sencillamente no amar, vivir solos con un perro siendo relativamente felices mientras el animal viva o alcanzar cierto quietismo budista o Nirvana al alcance de casi nadie.

Toda vez que uno tiende a ponerle un velo al sufrimiento, o a rechazar o reprimir cualquier afectación del cuerpo, cualquier pathos –porque a veces se vedan pasiones que no necesariamente tienen que ver con el sufrimiento- termina por volcar ese rechazo reprimido en los demás. El problema consiste en que esa frustración de no poder alcanzar ese mandato de bienestar –que por definición es SIEMPRE inalcanzable- termina por provocar que los demás se nos vuelvan hostiles, temerosos o temerarios, porque los vamos a terminar culpando de impedirnos disfrutar “libremente”. Es un mecanismo bastante común el de terminar por rechazar en los demás lo propio que nos habita, que es la afectación corporal que siempre conlleva toda pasión.

Uno de los aportes más importantes de la teoría psicoanalítica es la que sugiere que el yo no es totalmente autónomo, porque uno no siempre hace lo que quiere, e incluso hace lo que no quiere o dice querer algo y hace lo contrario de lo que dice querer. Me parece que hay cierto voluntarismo un poco nefasto, hijo de cierta pedagogía pastoral de autoayuda, que nos miente al sugerirnos que “querer es poder”.

El querer, en el mejor de los casos, nos moviliza para ir en búsqueda de lo que deseamos, pero jamás nos garantiza que vayamos a conseguirlo. Los seres humanos estamos sujetos a condicionamientos que en buena medida nos exceden: condicionamientos que pueden ser biológicos, sociales o de historia personal.

En lo personal coincido con Gabriel Rolón cuando afirma que muchas veces, decirle a alguien “vos podés” puede ser cruel: “Porque quien dice ‘vos podés y si no te levantás es porque no querés’, no tiene en cuenta que, quizás, esa persona de verdad no puede porque está atravesando un momento difícil y no encuentra herramientas para defenderse, o ha entrado en una etapa en la que perdió el deseo y, por ende, la capacidad de armar proyectos”.

A mi juicio esto que dice Rolón es muy importante: ¿cómo le decís a alguien a quien echaron del laburo y tiene que mantener a una familia con tres hijos que no consigue trabajo porque no quiere? Nos atraviesan discursos que, repito una vez más, me parecen fruto de cierta hegemonía neoliberal individualista que constantemente intentan responsabilizar exclusivamente al sujeto de fenómenos relacionados muchas veces con la injusticia social o la situación económica o la diferencia de oportunidades.

También existen situaciones que se producen por una historia personal o familiar previa. Lo que el psicoanálisis muestra es que los seres humanos, sobre todo en la infancia, nos apropiamos de lo que escuchamos, construimos un mandato y luego le damos valor de verdad. Ejemplo: una mujer que dice “siempre me enamoro de tipos casados”, o alguien que dice “siempre termino arruinando la relación con todas mis parejas”, y así.

Según Rolón, “un mandato es una palabra, un gesto o un acto de Otro que incorporamos y al que, inconscientemente, le damos el poder de guiar nuestras vidas”. Y poco después agrega el recuerdo de una paciente que “no podía armar relaciones duraderas y placenteras con los hombres. Siempre que alguien le gustaba estaba comprometido, la trataba mal o ni siquiera se fijaba en ella”. Fueron trabajando juntos en terapia hasta que “en una sesión tuvo un recuerdo que resultó esencial para destrabar esa conducta sintomática. Me contó que cierta vez, estando en su casa, la madre la retó por algo que había hecho y en un momento de ira le gritó: ‘vos te vas a quedar sola, nadie te va a querer porque no servís para nada’. Podrás imaginar que revivir esa situación la dejó devastada, pero poner palabras en aquello que se le imponía desde lo Inconsciente y la llevaba a elegir de esa manera, fue fundamental para que se corriera de ese lugar subjetivo. Asumió que aquella frase de la madre se había transformado en un mandato y a lo largo de su vida lo había cumplido eligiendo personas que la iban a dejar sola, con lo cual satisfacía lo que –suponía- era el deseo de su madre. De hecho, lo dijo literalmente: ‘Mamá tenía razón. Siempre me quedo sola porque no sirvo para nada’”.


En estos días aburridos de cuarentena obligada me interesa problematizar, siguiendo el razonamiento de Alexandra Kohan, cómo en la actualidad proliferan discursos que intentan todo el tiempo protocolizar las relaciones sexo-afectivas, y creo que así como no existe un manual infalible respecto de cómo ser buenos padres, no podemos manejar con recetas pre-establecidas el modo de conducirnos en ese tipo de relaciones. En otras palabras, digamos que en toda relación afectiva hay ciertos “acuerdos” o códigos que son negociados permanentemente, y en donde si uno es honesto con la otra persona, va “midiendo” qué es lo permitido y qué lo prohibido. Ahora bien, pretender que ese tipo de acuerdos, siempre inestables y precarios, puedan tornarse un manual pedagógico que nos garantice que no habrá ningún tipo de sufrimiento, es utópico.

El artículo me va a terminar quedando muy largo, con lo cual la perorata sobre el "poliamor" la dejaré para otro posteo. Para concluir me gustaría citar in extenso fragmentos de una entrevista muy jugosa que le hicieron a Alexandra Kohan:

"Entonces, volviendo a la responsabilidad afectiva, mencionaste que no hay que generalizar ni esencializar. Ahora, cuando uno hace algo que puede molestar al otro ¿no es consciente de eso?

—Es que cuando veo que la responsabilidad afectiva es algo que se le exige a los varones, la cuestión principal es que se está evaluando todo como si las personas fuéramos sujetos de la voluntad y sujetos conscientes de lo que hacemos. Suponer que el otro sabe lo que hace y que hace lo que quiere es peligroso porque se construye un otro muy poderoso. Uno construye a un otro que sabe, que puede, que decide, que es libre. Que dice “yo voy a hacer esto” y va directo y lo hace. No hace falta leer una línea de psicoanálisis para advertir que no es así. Sobre todo en el terreno del amor. No hay una relación entre yo y otro sin que estén mediando fantasmas, miedos, prejuicios, tanto tuyos como del otro. No hay una relación dual. Es un error pensar que entre vos y yo, si nos vamos a relacionar afectivamente… Porque ese es el término, ¿no?

—Sexoafectivamente.

—Sexoafectivamente. Se le pide al otro algo así como “decime lo que querés sin vueltas”. ¿Cómo podría alguien saber lo que quiere? ¿Cómo podría alguien saber lo que quiere antes del encuentro con otro? ¿Cómo puede ser que alguien sea capaz de pensar que uno puede saber lo que quiere? Hay mediaciones entre lo que uno dice que quiere en el plano consciente y lo que después hace con eso. Esto lo descubre Freud y cambió el modo de pensar en Occidente, no se trata de si te gusta ir a terapia o no. El sujeto no es dueño de sí mismo porque hay un inconsciente. La voluntad freudiana está corrida, no es la voluntad “yo quiero”, es la de la pulsión que es un concepto mucho más difícil. Uno no tiende a su propio bien.

—¿Por qué?

—Porque advierte que “querer no es poder”: ¿por qué si yo quiero dejar de comer harinas, no dejo de comer harinas?, ¿por qué si quiero dejar de fumar, no dejo de fumar?, ¿por qué no dejo de hacer las cosas que “me hacen mal”? Trasladá eso al plano amoroso. Además, si uno a priori sabe lo que quiere con el otro, empieza a armarse como un manual de la persona ideal. Escribís las cinco características de tu persona ideal y listo, cualquiera que no entre en esa lista, deberías descartar. Sin embargo, no la descartás.

—Entonces, ¿el problema es esa lista?

—Claro. Funciona como un ideal que es a priori de cualquier posible encuentro con alguien. Y los ideales molestan bastante. Pero también podrías encontrar a una persona que cumpla con todos esos requisitos y que no te pase nada. Entonces el deseo no es lo mismo que lo que uno dice que quiere. El amor, el deseo y la satisfacción pulsional son tres cosas distintas que no van directo hacia el objeto. No somos transparentes a nosotros mismos, menos, el otro va a ser transparente para uno.

—Y estos ideales, ¿cómo intervienen en la idea de responsabilidad afectiva?

—Se supone que el otro no es transparente porque es mentiroso. Yo no digo que no haya gente mentirosa pero el movimiento es inverso: es suponer que el otro no hace lo que vos esperás que haga pudiendo hacerlo. “No le costaba nada llamarme”. Bueno, parece que sí le costaba, ¿por qué suponer que al otro no le cuesta? No funciona así. Después uno escucha el otro lado y resulta que se estaba carcomiendo la cabeza. En estas exigencias nunca se supone que el otro también está torturado, que tiene su propia neurosis. Siempre se lo supone libre, que sabe lo que quiere y que si no lo hace es porque es malo. Mal tipo.

—¿Que uno no sea libre, significa que no es responsable?

—Tendríamos que definir responsabilidad. Una cosa es responder por lo que uno hace y otra es suponer que uno está obligado a responder por lo que suscita en el otro. Pensémoslo en un lugar más evidente. En el Derecho, la responsabilidad civil, si vos atropellás a alguien, el seguro responde por ese acto. En términos generales yo puedo estar obligado a responder por mis obligaciones cívicas, ahora ¿qué quiere decir responsabilidad afectiva? ¿Que yo debería responder por qué?

—Por no cuidar al otro, por ghostearlo, por ignorarlo. Por herirlo.

—Yo no tengo cómo saber lo que te voy a causar. Lo que vi de la responsabilidad afectiva es que es una traducción de “hacerse cargo” y hay cosas por las que no hay que responder. Pongamos un ejemplo concreto. Vos no histeriqueaste ni apretaste con nadie, pero al otro le dio celos y vos, en vez de alojar lo que sintió, aunque no se lo hayas causado vos, le decís “no hice nada, jodete”. Entonces está en el otro elegir con quien quiere estar: con alguien que rechaza lo que le pasa o con alguien capaz de escuchar, de ser contenedor, aunque no haya sido responsable. Pero no es que uno no tiene nada que ver porque no lo causó, es porque son cosas del otro. Es un lugar en el que el otro te quiere poner una y otra vez y eso también es violento. La responsabilidad afectiva es una especie de oxímoron. Porque uno no es responsable de los afectos.

—¿Cómo es eso?

—Si vos me amás, es porque hay algo amable en mi. Pero yo no tengo que responder por eso. Porque yo no soy estrictamente responsable porque lo que vos me amás. “Me desilusionaste porque yo pensé que vos…” y las ilusiones que te hiciste conmigo, no tengo que responderlas. Ahora, si yo digo que voy a pasarte a buscar a las 10 y no voy, a lo sumo decime “me cagaste”, pero no me hables de responsabilidad afectiva. Y si te lo hago una y otra vez, está en vos ver por qué te quedás esperando a alguien que te dice una y otra vez que va hacer algo que no hace. Endilgarle todo al otro, evita que uno se pregunte cosas a sí mismo. Uno siempre es bueno, casto, puro y todo es culpa del otro. No me parece. Además siempre se exige responsabilidad afectiva, pero nunca se promete. Siempre está enunciada en una sola dirección. ¿No es raro eso?

—¿Qué creés que se pretende con la responsabilidad afectiva?

—Veo que se pretenden cláusulas de un contrato. Y como hay que responder a esas cláusulas, no hay ningún margen de libertad. Si es que la hay. Pero además uno está obligado a responder por ese contrato. Para eso casáte, que eso es un contrato que dice que tenés que hacer esto y esto, y si no cumplís, el otro te puede hacer un juicio de divorcio.

–¿Intentamos evitarnos un malestar?

–Se pretende que la cosa ande, que haya garantías. Por ejemplo, empezamos a salir. “Por favor, si un día te dejo de gustar, avisáme, no me claves el visto”. Y el otro te va a decir “bueno, dale” pero después, como diría Macri, “pasaron cosas”. Yo sé que es horrible quedarse en ascuas, lo entiendo. No estoy diciendo “la vida es así”… pero la vida es así: uno a veces se queda sin respuestas y le exige al otro que responda cuando, en realidad, si uno revisara esa primera cita, ahí estaba todo. Y uno lo corrió y siguió. Ahí ya escuchaste algo y pensaste “esto mucho no me gusta, pero bueno, conmigo va a ser diferente”. Siempre hay malentendidos, desencuentros, imposibilidad de complementación: eso es tener una relación.

–¿Hay que aceptar esos riesgos cuando uno decide relacionarse?

–Son cosas que uno se juega porque tiene ganas de estar o conocer al otro. Pero si va y revisa, hay elementos. No es que el otro desaparece de la noche a la mañana: había indicios. Y eso es un trabajo enorme: revisar, pensar, pensarse. No es cómodo, uno se angustia, se da cuenta que es parte de una escena en la que a veces no quiere estar y sin embargo, está. Eso tampoco nos hace culpables. Pero hay que admitir que uno no se conoce a sí mismo como cree.

–Entonces son actitudes que forman parte de lo humano y no actitudes patriarcales…

–Yo no pondría eso a cuenta del patriarcado porque es banalizarlo. Eso no es patriarcado. Lo que es patriarcado es suponer que la mujer es sumisa, pasiva. Que no puede decirle “che, flaco, sos un tarado, chau”. Porque la pregunta es por qué seguís esperando a alguien que te clavó el visto. ¿Por qué empezás a hacer capturas de pantalla y mandárselas al comité de tus amigas? Tres noches seguidas tratando de escrutar, haciendo una hermenéutica del chat, de los emojis del pibe. Si a todo le ponemos el nombre patriarcado, no pensamos más nada. “Listo, es el patriarcado, no soy yo que me quedo enganchada con un tipo que no me contesta los llamados, que lo estoy persiguiendo”.

–Otra de las cosas que se escucha es que el amor no duele, ¿se puede amar sin sufrir?

–No, el amor duele. Son discursos que se compran de la misma manera que se compran los libros de autoayuda, que son los que más se venden. En la Feria del Libro había cola porque estaba Bernardo Stamateas. Y mirá cómo serán las cosas: es un pastor evangelista. ¿Cómo puede ser? Con Magalí Tajes pasa lo mismo. Porque son discursos evangelizadores. Son puro sentido, llaman a la identificación, a la fascinación. Fascinarse, que viene del latin fascinum, que a su vez viene de falo, también quiere decir petrificarse, paralizarse. Eso es el efecto de masa: uno queda paralizado y no puede pensar. No tengo nada en contra de los pastores, pero tienen un discurso evangelizador y lo que yo entiendo por feminismo, es lo contrario. (...) 


–También se dice que las relaciones “tóxicas” se solucionan con un poco de amor propio.

–Ese es el mensaje. ¿Para qué vas a buscar a otro si afuera es todo hostil? Quedate en casita, que estás más protegido. Ahí me parece la clave es la palabra “necesidad”. Porque uno puede decir “yo no necesito a otro, pero quiero estar con otro”. Hay que separar la necesidad de las ganas. Porque una cosa es el anhelo, por ejemplo, estudiar una carrera. Y otra cosa es que se conviertan en imperativos: hay que hacer una carrera. La gente sufre de eso y la cura es hacer caer esa idea de que tenés que saber hacia dónde va tu vida. ¿Cómo podrías saberlo? Eso trae frustración. Cualquier cosa que se ponga adelante como proyección, en algún momento empieza a ser un obstáculo. En términos de amor es lo mismo.

–El “amor propio” propone que no importe la mirada del otro, pero ¿es posible a la hora de relacionarse?

–Cuando te mirás al espejo, tenés una imagen tuya, una idea de vos. Y el otro, cuando te ama, hace que eso se diluya un poco. No te ama por lo mismo que por lo que vos creés que sos. Por ejemplo, vos decís “no me gustan mis piernas”, y viene el otro y te dice que lo que más le gusta de vos son tus piernas. ¿Qué haces con eso? Soportar ser amado, es dejarse tomar por otro. Y justamente el amor propio es lo contrario. Porque el discurso del amor propio es “amate tal cual sos”, con esas piernas, con ese culo no hegemónico. Si vos te amás demasiado tal cual sos, no hay lugar para otro. Porque el otro va a venir a decirte otra cosa.

–Hay que aceptar que la mirada del otro te modifica.

–Es que el amor hace de uno, otro. Te hace extraño para vos mismo. Uno nunca es amado por lo que cree que es. Hay una ilusión neurótica de creer que sabemos quiénes somos y quién es el otro. Entonces se arenga a favor de un amor propio pretendiendo ilusoriamente que así se dará lugar a relaciones que no serán “tóxicas”, sin advertir cómo ese discurso nos deja alienados al individualismo. Porque es muy individualista el amor propio. No puedo dejar de escucharlo en términos de propiedad: “no te metas conmigo”. Si se dice que el otro no es tuyo, que no es tu propiedad, entonces vos tampoco sos tu propiedad. Y el amor tampoco lo es. Además de que se presume que existe un yo que no necesita nada del otro, cuando no es así.

–Este individualismo que mencionás ¿tiene alguna relación con el neoliberalismo que nos atraviesa?

–No es casual que en este momento proliferen estos discursos. Por eso me molesta especialmente cuando salen de supuestas posiciones de izquierda o progresistas. Por un lado, hay un discurso del feminismo que yo celebro muchísimo, sobre todo en gente joven, porque es su entrada a la política y a lo político, y hay una cuestión de comunidad muy linda entre las jóvenes, eso es realmente emocionante. Pero no hay que confundir comunidad con masa. La masa que a veces se forma en esto de los varones, las mujeres, ellos son malos, nosotras buenas, arma un efecto que tiene un componente de segregación.

–Rita Segato dio una charla en la UNSAM, y mencionó esta segregación al hablar de los colegios, que ve por un lado a las chicas, por el otro a los chicos. E hizo hincapié en los escraches, ¿cuál es tu mirada sobre las denuncias públicas?

–Hay una idea a priori que no deja de ser esencialista que es que las mujeres no mentimos y los varones sí. Entonces se ha escrachado a una cantidad de varones que no habían hecho nada, se arruinan sus vidas siendo jóvenes y no tan jóvenes, y yo estoy totalmente en contra de eso. Me parece nocivo, me parece que se arma un estado policial que es contrario a la supuesta emancipación del feminismo. El feminismo tiene que incluir a los varones, primero porque también son víctimas del patriarcado y, segundo, porque la lucha no debe pasar por el género. Porque si no, vamos a subsumir todo en el género y es retroceder contra lo que estamos luchando: que la mujer no se define por los genitales.

–¿Se superpone varón a patriarcado?

–Sí, y es un error garrafal. El patriarcado no es el varón, es un sistema de opresión, porque incluso hay mujeres patriarcales. Es un error de análisis y por lo tanto de consecuencia. ¿Por qué no incluir a los varones en la lucha por la legalización del aborto? Si son parte. Porque además, lo que yo digo, es que a cualquier mujer, después de decidir, lo que le vendría mejor es que el varón la acompañe. No que la deje sola.

–Hace poco se armó un debate sobre “Jellyfish”, un libro escrito por un varón -Carlos Godoy- que se pone la piel de una joven que se hace un aborto y va relatando día a día cómo es transitar por esa situación.

–A mí me gustó mucho ese libro. Es una barbaridad suponer que un varón no puede construir una voz ficcional distinta de su género. Es arrasar con la ficción. Es como si le dijéramos a Cabezón Cámara que no puede escribir sobre pobres porque ella no es pobre. La ficción es fundamental para producir verdades y el texto de Godoy es muy impresionante, muy realista. Yo leía sobre ese aborto de una chica de clase media, y se me ponía la piel de gallina, y tiene mucha más verdad esa ficción que un discurso que diga “mi cuerpo, mi decisión”.

–¿El feminismo peca de yoísmo?

–El feminismo no es uno solo y puertas adentro hay muchos debates. Pero sí, cierto sector peca de yoísmo, de voluntarismo, individualismo, cosas que pregnan mucho más en los jóvenes. Y eso yo lo puedo entender porque la adolescencia es traumática, hay muchos padecimientos. Las relaciones no son fáciles. Coger no es fácil a ninguna edad. No se trata de acumular experiencia. Y estos son discursos tranquilizadores. Entonces, démosles a los jóvenes la chance de tranquilizarse, pero esto va poniendo parches a esos agujeros que después van a quedar abiertos para toda la vida. Lo que me parece peligroso, es cuando eso deriva en punitivismo, escraches, y construir un otro malo todo el tiempo.

–Sin reparar en el poder de amplificación de las redes sociales…

–La idea de que hay que compartir y hacer público todo es también un problema, porque hay un efecto de catarsis que después, cuando te quedás sola, la angustia sigue ahí en el mismo lugar. Tenés 15 mil retuits porque decis “tal abusó de mí”… ¿y después? De todos modos, no es opinable qué debe hacer una víctima con su dolor. Hace poco salió una chica del colegio Carlos Pellegrini a contar que un coordinador de viajes de estudios abusó de ella y me parece que en ese caso es distinto porque efectivamente tuvo consecuencias, le inició una demanda penal, y es una manera de visibilizar muy distinta que ponerlo en Facebook. Primero porque el tipo estaba en un lugar de poder, mayor de edad, ella menor. Yo me opongo a los escraches de pares.

–Hay un sector del feminismo que cuestiona y alerta sobre las diferencias de edad entre varones y mujeres a la hora de relacionarse. Se habla de abuso de poder, ¿es así?

–Una cosa es el delito en términos judiciales y otra es la moral sexual. Una chica mayor de edad, de 18 años, con un tipo de 30, la única manera de que el poder lo tenga él, es desconocer lo que puede producir una chica de 18 en uno de 30. Recién hablábamos de Jellyfish. Ahí ella tiene 19 y el pibe tiene 32, y él es un boludo, “un estudiante crónico de Comunicación Social”, dice ella; que todo el tiempo lo denigra, lo hace mierda, el tipo no tiene plata pero la lleva a comer. Ahí claramente el de 32 está fascinado con la pendeja y el poder lo tiene ella. Volvemos a lo del esencialismo, a suponer que una persona de 30 es más madura que una de 18.

–Y suponer que alguien de 18 no puede tener una sexualidad activa, ¿no es infantilización?

–Suponer que la diferencia de edad de por sí es un abuso de poder, es infantilizar. Hay algo que a mi me molestó mucho con el caso de Thelma Fardin, que es que en los discursos se decía “era una nena”. No, no era una nena. Eso es privarla de su sexualidad. Era una chica jovencita, con su sexualidad, y lo que hizo Juan Darthés fue una canallada. Si no, para poder sostener que hay un canalla, se priva a una joven de su sexualidad. Ella no era una nena y él es un canalla. Las dos cosas a la vez. 

–¿Habría que hacer una distinción entre tener y abusar del poder?

–En todas las relaciones hay poder de por medio. Vos venís acá, necesitás hacer una nota y estás en mis manos. Pero si yo te cito 18.30 y te hago esperar una hora, ya es otra cosa. Por ejemplo, ahora está mal visto que un docente varón salga con una alumna mujer. ¿Por qué? Ahora, si el docente le dice “si no te acostás conmigo, no aprobás la materia”, es distinto. ¿Pero por qué no podrían salir? Es ridículo. Más que moral, me parece moralismo. Es represivo y puritano, y lo que hace es echar un manto de homogeneidad a todo. No se puede distinguir nada. Está dado que un docente va a abusar del poder cuando conozco miles de casos de matrimonios que se formaron así, que tienen hijos. O no, que salieron un tiempo y chau, no importa.

–Foucault habla de la microfísica del poder.

–Exacto. El poder circula. Entonces, se supone que el poder está estancado en alguien y que por eso, ese alguien va a abusar de ese poder. O sea, no es sólo una mala concepción del poder, sino una mala idea de que porque se lo tiene, se va a abusar. Está lleno de mujeres que abusan del poder. Lleno. Tengo miles de ejemplos. Y está lleno de mujeres que ocupan lugares de poder y no abusan del poder. Con los hombres lo mismo. Ocupar lugares es simplemente que ahí se produzca una asimetría.

–Decís que hay algo del juego de seducción…

–Está en crisis el juego de seducción. ¿Cómo hacemos para seducir si no puedo mirar fijamente a alguien en una fiesta porque es acoso? Mil veces alguien intenta darte un beso y decís que no y está todo bien. Ahora si te agarra es otra cosa. No existe el consenso a priori. ¿Cómo se va a consensuar antes si voy a querer? Son garantías para lo que no tiene garantías. Empezamos, apretamos y después no me gustó porque tiene mal aliento, la piel, lo que sea. El abuso es otra cosa. Acostarse con un boludo no es violencia. La violencia es violencia. Si no, se banaliza y como todo es violencia, nada es violencia. Eso no es una frase hecha. Es así. Cuando veo que le dicen psicópata a todos, después aparece el psicópata de verdad y se enganchan, obvio. Porque el psicópata te envuelve.

–¿Siempre el “no es no”?

–Mi hijo el otro día me decía que uno sabe cuando es no y tiene que cortarla, o cuando es “no pero insistimos”. Se sabe. Te das cuenta. Tenés que ser hijo de puta para avanzar cuando la mina te dijo no. El problema es transformar todo en un slogan indiscutible y en algo que no se puede pensar. Es un discurso yoísta, individualista, y también un poco evangelizador. Como el “yo te creo hermana”. Después, me parece genial lo que hicieron las chicas del Colegio Nacional Buenos Aires de denunciar a los profesores porque es un colegio muy verticalista, de mucho abuso de poder por parte de los docentes y este tipo de intervenciones ponen en jaque instituciones retrógradas, patriarcales. Ahora, que una chica no reconozca que está fascinada con un cantante de su banda preferida, qué se yo. Si abusa de todas, es otra cosa. Pero abusar, yo insisto, es que la mina aún estando en bolas diga “me arrepentí”, y vos avances igual.

–¿Y sobre la frase “lo personal es político”?

–Estoy de acuerdo en el contexto en el que surge. Porque lo que produce, si no la entiendo mal, es que se haga público y que se politice lo que quedaba en el ámbito doméstico. Lo que veo ahora es que todo se hace público. Beatriz Sarlo y Slavoj Žižek dicen, cada uno con su estilo, algo parecido: que no está desapareciendo la vida privada, sino la vida pública. Es un movimiento inverso: se despolitiza lo que tiene que mantenerse como público, en pos de la exposición permanente de la vida privada.

–¿Entonces se termina regulando algo que se pretende liberar?

–Yo diría que hay que volver a la noción de poder de Foucault. Por un lado, no hay que ser policía de los cuerpos del otro, porque eso es lo que hace el Estado: regula los modos de gozar. Ahora, si eso queda en manos del feminismo también es un problema porque está replicando lo que quiere combatir, que es ser policía. Una cosa es el colectivo y otra cosa es la masa. Los colectivos piensan, problematizan todo el tiempo. Hay muchas diferencias entre la masa y la comunidad, y muchos autores que se ocuparon de comparar y analizar esto.

–¿Qué es ser “policía de los cuerpos”?

–Prescribir las conductas del resto. Si yo elijo, teniendo en cuenta que nadie elige libremente, tener una pareja monogámica porque estoy enamorada y no tengo ganas de coger con nadie más, y la persona con la que estoy, tampoco, ¿por qué estoy más “alienada” que el que dice que hay que coger con ocho? Que “la monogamia no va, que aguante el poliamor”. ¿Por qué yo estoy más alienada si esa persona eligió tan poco libremente como yo? El problema es el cuco: la monogamia es un cuco y, al parecer, el poliamor es la salida de esa opresión.

–Volviendo a los escraches, ahora cuando un artista varón es escrachado o si una música se comporta de manera “antifeminista”, se lo cancela…

–Es una idea un poco naif, ¿no? Yo justo fui al último recital de Los Espíritus en Niceto y esa tarde me mandaron una captura de pantalla con la denuncia de Facebook. Lo gracioso es que debajo de la denuncia, había una chica que decía que se acababa de enterar, que había decidido no ir y que quería vender las entradas. ¿El asunto era vaciar Niceto? Ahí es donde yo digo que de político no tiene nada, es un gesto totalmente vacío. Eso es no pensar. ¿Qué consecuencias políticas tiene eso? ¿A quién le importa que ella no vaya? Pero además las quería vender, ni siquiera romper y que haya una persona menos en el lugar.

–¿Se modifica la realidad cancelando gente?



–Es suponer que muerto el perro se acabó la rabia. El asunto es que no están muy dispuestos a problematizar. Y cuando vos lo hacés, rápidamente sos tildada de “antifeminista”. Definamos acá qué es feminismo y yo te aseguro que mantuve una vida feminista. El problema es el exceso, el fanatismo. Ahora, también conozco personas que en algún momento pararon y pensaron un poco. Porque a la larga, y yo creo que es una cuestión de tiempo, uno empieza a advertir los efectos nocivos de todo esto: se dañan personas".


Eso es todo por hoy. Yo sé que es un posteo tremendamente largo para estos tiempos donde muy pocas personas se bancan leer textos de más de ocho caracteres, pero me parece que VALE LA PENA.

Sean felices (o intenten estar bien),

Rodrigo

miércoles, 1 de abril de 2020

DIGRESIONES EN TIEMPOS DE CUARENTENA ACERCA DEL CAPITALISMO


El capitalismo es un fenómeno histórico, y por tanto es contingente y no puede estar destinado a la eternidad, como ocurre con toda invención humana. Sin embargo, como bien observan pensadores como Jorge Alemán, no podemos imaginarle un “después” al capitalismo. Siguiendo este argumento, el núcleo del debate se plantea en los siguientes términos: “¿cómo pensar el final de lo que aparenta presentarse sin fin?”. Desde la primera vez que la leí o la escuché, siempre me movilizó la frase, que hasta donde sé es de Fredric Jameson, que dice que al ser humano “le es más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

¿No les sorprende ese afán tecno-científico medio delirante que pretende averiguar si existen otros planetas “habitables”? Ya hay multimillonarios que hasta compraron una parcela en Marte o planifican irse a vivir a la Luna. Es como decir: “si la Tierra explota que los demás revienten, yo tengo guita y me voy a vivir a otro lado”.


¿Es posible revolucionar el estado de cosas a tal punto de que podamos imaginar un después del capitalismo? ¿Cómo se produce una revolución?

En lo personal, coincido con el filósofo español José Luis Villacañas cuando dice que ante todo, una revolución es una transformación intelectual. Si no existe esa transformación como condición necesaria, aunque no sea suficiente, no puede existir una revolución. Esa transformación intelectual tiene como punto de partida inexorable la cuestión de localizar un lugar desde donde mirar desde fuera la situación vigente. El problema de la revolución consiste en saber identificar ese lugar que nos permita tener una óptica pasiva sobre nosotros mismos, mirarnos desde fuera. Es evidente que no se trata de cualquier afuera, sino de encontrar el sitio, el lugar adecuado desde donde mirar lo que está sucediendo, y de esa manera neutralizar una óptica activa que en el fondo casi genera permanentemente su propio destino. 

En otras palabras, con una óptica activa uno sólo puede afirmar lo que ya ve. Un poco como decía William James cuando hablaba de que algunos confundían “pensar con re-ordenar sus propios prejuicios”. Si uno sólo puede reafirmar lo que ya ve, mezclar de modo distinto sus prejuicios, no es posible que pueda cambiar las cosas.

La pregunta que se impone es: ¿cuál es el afuera del capitalismo que nos permita “mirar” para producir una revolución intelectual?

En lo personal me gusta mucho la visión de Villacañas, que estudiando la Reforma luterana argumenta que “en toda revolución intelectual se halla un punto excéntrico que te permite reflexionar sobre lo que ha quedado latente”

Vale decir que en toda revolución debemos encontrar un punto exterior que nos permita activar lo que quedó en reserva. Ejemplo: Nicolás Copérnico se sitúa en una órbita excéntrica, imagina un nuevo centro desde el cual teorizar, en su caso el Sol, y desde ahí actualiza las latencias que habían quedado sin uso.

Para Villacañas, el único “afuera” del capitalismo es aquello que el capitalismo aspira de forma intensísima por destruir, por negar: la tierra.

La idea de tierra en Villacañas no tiene que ver sólo con el suelo que pisamos, aunque también, sino con la idea de vida. Aquello que el capitalismo más lucha por reducir a su interior es la vida.

Para Villacañas, es inviable que el capitalismo capture, aunque lo pretenda intensamente, hasta el último confín de la vida. ¿Por qué razón? Porque la continuidad de la vida en el ser humano se realiza mediante herramientas que no tienen dimensiones biológicas, y por tanto el aparato psíquico, el psiquismo humano, es irreductible a la vida. El psiquismo no puede ser derivado desde un ser que se halla confiado única y exclusivamente a la evolución biológica. Lo magnífico es que sin vida no tenemos los soportes mínimos del aparato psíquico, pero sólo con la vida no habríamos desarrollado el aparato psíquico. El aparato psíquico es la solución de urgencia que encuentra un ser que no puede seguir viviendo sólo con su arsenal biológico.

¿Y por qué razón el ser humano produce revoluciones intelectuales? Por la sencilla razón de que los grandes pensadores, al igual que muchas personas comunes, no soportan el tedio de la vida o el estado de cosas existente tal y como se va dando en su día a día.


El aparato psíquico no soporta el aburrimiento, y es el que nos da la voz de alarma cuando hay situaciones demasiado tolerables, demasiado adaptadas y carentes de riesgo. Un ser que se aburre, según el aparato psíquico, es un ser que pierde oportunidades de vitalizarse, de vivir, de entusiasmarse. Una revolución intelectual implica una nueva fe, una nueva sensación de entusiasmo, de vitalidad.

No habrá forma, dice Villacañas, de evitar que exista alguien que piense: “¿pero no se dan cuenta que este estado de cosas no puede seguir, que no se mantiene, que ya nadie cree en que podamos vivir así?”. Y esa persona mirará desde otro sitio. Los jóvenes de hoy ya están batallando -sin saber bien qué consecuencias van a traer al mundo con sus luchas cotidianas- para cambiar el orden existente.

¡Eso es todo por hoy! No tengo ganas de desarrollar mucho este tema porque es de por sí muy complejo. En algún otro momento la sigo. Por ahora voy a tratar de escribir sobre aspectos, problemas e inquietudes mías personales en tiempos de cuarentena. La idea es hacerlo a partir del psicoanálisis, simplemente porque en estos días estoy leyendo y re-leyendo algunos brolis sobre el tema.

Sean felices,


Rodrigo