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sábado, 10 de septiembre de 2016

NO ME ARREPIENTO DE NADA

La calma tierna de un abrazo a alguien que amamos y corresponde a nuestro amor se parece mucho, incluso ES, la felicidad. “Todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere: todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados”. Sin embargo, apenas le decimos al instante “deténte, eres tan hermoso”, ya volvemos a estar en el río del tiempo: el eje del temor y la esperanza; del deseo y el tedio; de la alegría y del miedo; del descanso placentero y del  agotamiento; del humor y del juego...

Todo ser humano, en determinados momentos que podríamos llamar “cruciales”, se lamenta de no haber podido vivir otras vidas además de esa única. ¿Cuáles han sido mis posibilidades no realizadas? ¿Qué pude haber hecho y no hice? ¿Qué hice y pude haber hecho mejor? ¿A partir de qué café la mina que me gusta me consideró su “amigo”? ¿Si le hubiera dado un beso en lugar de quedarme callado? ¿Si me hubiese quedado callado en lugar de darle  un beso? ¿Y si hubiese estudiado filosofía y letras en lugar de abogacía o ingeniería industrial? ¿Mis deseos son exclusivamente míos o soy la proyección de algunos deseos ajenos, ya sean de la sociedad o de mis viejos? ¿Y si hubiese viajado más, o cultivado más el físico, o leído más o menos libros;  o tenido el coraje de cambiar de laburo? ¿Por qué no se me ocurrió antes estudiar idiomas, o terminar el secundario, o anotarme en la universidad? ¿Y si me hubiese casado? ¿Y si hubiese permanecido soltero? ¿Y si hubiera tenido hijos; o si hubiese decidido no tenerlos? 

Edith Piaf, con infinita belleza, nos asegura que “no se arrepiente de nada”, y uno tiene ganas de "suspender la incredulidad", arrodillarse y creerle por completo:


jueves, 23 de julio de 2015

LA FERIA JUDICIAL Y EL TIEMPO

Tenemos tendencia a confundir “el tiempo” con los instrumentos que usamos para medirlo. Olvidamos que la idea de puntualidad es una invención. Con el desarrollo del sistema de transporte se abrió el horizonte para coordinar la hora. Hacia mediados del siglo XIX, Inglaterra introdujo una hora unitaria (GMT: Greenwich Mean Time). Antes, cada lugar geográfico tenía su propio tiempo local. No sé qué se pierde y qué se gana con ese cambio, pero sí que la idea de “ganancia” o de “pérdida”, el considerar que “el tiempo es dinero” o es “un bien escaso” no es natural ni crece como los árboles, sino que forma parte de la concepción capitalista. La interiorización de la disciplina del tiempo es un ejemplo paradigmático acerca de cómo el proceso civilizatorio lleva al ser humano a transformar la coacción externa en una coacción ejercida por uno mismo. El tiempo público de los relojes regula el tráfico, el trabajo, hasta los estados depresivos por no haber “alcanzado a ser” lo que cronológicamente uno “hubiera debido ser” a determinada altura de su vida. Los relojes de las iglesias, estaciones de tren o fábricas, ahora están en nuestras muñecas, en la televisión y en nuestros aparatos de celular. El hombre nunca o casi nunca experimenta el tiempo de forma primaria sino socializada. El tiempo es escaso en relación a metas que son “sociales”. Eso no quita que exista un tiempo “ontológico”, que consiste en sentir que siempre hay más planes, deseos y proyectos no realizados que tiempo para llevarlos a cabo. Todo esto pensaba mientras leía un simpátito librito de Rudiger Safranski sobre el tiempo. Todo esto escribo porque estoy de vacaciones -feria judicial- y siento culpa por estar “al pedo”. Tengo ganas de "hacerme un tiempo" para escribir un libro. ¿Para qué querría yo escribir un libro? Para que encuentre lectores y que esos lectores me hagan sentir un poco menos solo.


¡Sean felices!