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viernes, 18 de abril de 2014

HABLANDO DEL ARTE BAJO LA LUNA DE FLORES

Ustedes no tienen por qué saberlo, pero anoche estuve disfrutando de un riquísimo asado en una terraza de Flores, junto a renombrados personajes como mi gran amigo Antoine, fanático de Spinetta igual que yo; su primo karateca -a quien no le gustan los piononos de dulce de leche-; la bella Amelie Poulain; un primo pequeño que no sabe jugar al truco; una fanática que lucha por el metal y proviene del Oeste, allí donde se dice que está el agite… También vino, aunque en rigor había cerveza y fernet con coca, “Kafka en la orilla”, una preciosa morocha que estudia letras y lee a Murakami. Kafka en la orilla tiene un hermano músico, muy copado, amante de Frank Zappa, a quien la idea de arte con mayúsculas le impide crear libremente.

En la reunión saqué a relucir mi tendencia excesiva a rellenar los silencios con una catarata de palabras, hasta terminar haciendo zapping por todos los temas habidos y por haber, sin hilo conductor y de un modo un toque delirante. Si hubiese estado Hugo Mujica, sacerdote que hizo una experiencia de largos meses de silencio junto a monjes trapenses, se habría ido indignado. En fin, la cosa es que una de las cuestiones que surgió en la charla fue la del arte, y la de helarte también, porque hacía tanto frío en la terraza que tuvimos que ir abajo, a continuar la conversa en el interior del cálido departamento de Amelie.

En una de las sesiones psicoanalíticas que se mezclaron en la charla, mientras conversaba con el hermano de Kafka en la orilla, me di cuenta de que el muchacho tenía mucho miedo de no estar a la altura de su idea de la música. Todos sabemos que el miedo y la esperanza son como dos caras de una misma moneda: si temes que algo no pase, esperas que pase, y viceversa. La esperanza es la inminencia de un acontecimiento futuro, que en cierto modo no depende de la influencia de nuestra voluntad. Mi amigo Antoine diría que este tipo de reflexiones me acercan a los escritos de Jorge Bucay, pero yo no le hago caso porque sé que cuando lo dice me está cachando. Bah, a veces tiene razón. ¿Pero cómo evitar, cuando uno escribe, la tentación de caer en la cursilería o en una mezcla de lugares comunes?

Respecto del miedo y sus diversas formas, recordé en silencio un pasaje de Cuarenta, un relato del escritor uruguayo Gustavo Escanlar (1962-1910):


“Uno llega a este estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida cotidiana por miedo. Toda mi vida tuve miedo. Miedo a mis padres, a los maestros, a la policía, a los profesores, a los estudiantes que tiraban piedras, a Narciso Ibáñez Menta. Miedo a que los niños más grandes, los de quinto o los de sexto, me cagaran a patadas. Miedo que los pupilos del colegio me cogieran, como se lo cogieron a Bertolotti en el baño. Miedo a ser maricón, trolo, puto, homosexual, centauro. O a que los demás pensaran que lo era. Miedo a que a la salida de The Wall un milico leyera mis pensamientos y me llevara en cana. Miedo a desaparecer, a que me metieran la picana. Miedo al ridículo, a la exclusión, a la marginación, miedo a que nadie quisiera bailar conmigo en las fiestas de quince, miedo a que no me gustara la música cool, a ser terraja. Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa, miedo a no tener guita.

El miedo no me dejó elegir: tuve que obedecer, que amoldarme, que volverme transparente. Decir que sí, ser uno más. Uno termina haciendo lo que dicen que hay que hacer.

De última, en el mejor de los casos, uno puede encerrarse, edificar un bunker dentro suyo, llevar vidas secretas. Soy hijo único. Por eso las islas abandonadas son mi sitio preferido”.

Mientras tipeo me doy cuenta que todo este devaneo puede disparar para cualquier lado, y en ese lado habita un escritor que para mí es una suerte de hermano mayor: Fabián Casas. Pues bien, Casas dice algo que torpemente vengo tratando de expresar en este post:



"En ese sentido no es que me cueste o no asumirme como escritor porque por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos, estoy hablando y soy un escritor. Leo lo que escribo y lo banco y eso está bueno. O cuando voy a un encuentro de literatura o a otros lugares que me invitan, hablo como escritor y cuento mis experiencias, pero en realidad me considero más un lector. Además, me parece que muchas veces pensarte dentro de la literatura sí te impide escribir y eso es otra cosa. No es que tenga que ver con ser escritor o no, sino con pensarte dentro de la literatura y decir yo soy el escritor de Boedo, soy el escritor de la Argentina, soy el mejor, tengo que hacer esto o lo otro, eso me parece que es improductivo. Te impide escribir, como pensarte dentro de la filosofía te impide pensar. Cuando vos te liberás de esos esquemas, de lo que tiene que supuestamente estudiar un filósofo, yo creo que empezás a ser más creativo porque podés tomar de todas las disciplinas, podés afanar, mezclar, mestizar. Que es donde me parece que pasan las cosas más importantes. Si vos querés escribir periodismo, primero está bueno saber cómo se escribe una nota en prensa gráfica. Está bueno saberlo, pero después tenés que irte de eso, tenés que empezar a cruzarte, a mezclarte, a no pensar en todo eso porque sino te delimita”.

Eso no quiere decir que todo valga lo mismo, o que no existan escritores y artistas que nos parezcan mejores que otros. A mí por ejemplo me gusta mucho jugar al fútbol, pero sé que si antes de salir a la cancha me exijo ser Messi, estoy al horno con papas.

Respecto de la idea de “cultura”, me agrada la definición que Hanna Arendt extrae de los romanos: la persona culta es aquella que sabe elegir compañía entre los seres humanos, entre las cosas, entre las ideas, entre los libros, tanto en el presente como en el pasado.


Aunque Heidegger fue un filósofo que a mí mucho no me va, tenía una forma de ver el arte que me parece enriquecedora: solemos consumir arte para estar más informados, para educarnos, para ser más cultos o más interesantes, lo cual no está mal. Sin embargo, Heidegger suponía que la experiencia artística era un tipo de vivencia que debería marcar nuestro hábito, nuestro modo de habitar, de relacionarnos con los otros y con las cosas. Así como una habitación no se termina de decorar antes de que nos vayamos a vivir allí, sino más bien en el transcurso del tiempo en que la habitamos.

Post Scriptum: no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que todo esto que digo, me lo estoy diciendo a mí mismo. El interlocutor "músico exigente" es una construcción fantasmática de mis propios miedos. Por algo estoy cursando abogacía en la Uade en lugar de un doctorado en filosofía. 

jueves, 23 de enero de 2014

MONOLOGANDO SOBRE GREIL MARCUS, LA LITERATURA, NABOKOV, ARENDT, TOCQUEVILLE, SUSAN SONTAG, AURORA VENTURINI Y UN MONTÓN DE CUESTIONES SOBRE LAS CUALES NO TENGO LA MÁS MÍNIMA IDEA


De chico, cuando el asombro suele predominar sobre la costumbre, me impactó mucho cuando leí el fragmento de una carta que, a sus veinte años (1904), Franz Kafka le dirige a  su amigo Oskar Pollak:

“Pienso que solo deberíamos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices en tu carta? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso. No, lo que necesitaríamos son libros que caigan sobre nosotros como un golpe dolorosísimo, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros mismos, como si nos viéramos desterrados a los bosques, lejos de todo ser humano, como un suicidio; un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”.

Sí, yo de chico leía a Kafka. ¿No me creés? Lo siento, es la verdad. También jugaba al fútbol mejor que Messi, hablaba seis idiomas y todas mis compañeritas gustaban de mí. Lástima que con el tiempo me fui haciendo más nabo. En fin, imagino que la carta de Kafka debe haber sido leída con fruición por Don Ernesto Sótano, tan afecto a las reflexiones graves, densas, dolorosas, TREMENDAS y TERRIBLES. Y sí, Kafka era un capo, y ese fragmento está muy pero muy bueno, pero me suena un poco exagerado.

Hace algunos días me enteré que la escritora Aurora Venturini –que entre paréntesis/guiones, escribe muy bien- ganó el Premio Nueva Novela de Página 12 a los 85 años, y que hoy, con sus poco más de 90, sigue viviendo sola y escribiendo durante horas en su casa de La Plata. Hacia el final de una nota que le hicieron en Radarconfiesa que la suelen ir a visitar personas para pedirle consejos sobre el acto de escribir:

“Ya no recibo a nadie, pero hace poco vino un hombre. Un hombre grande. Me dice: ‘Yo me jubilé, tengo campos, tengo vacas, qué se yo, y ahora quiero escribir’. ‘Ah se está tomando un recreo’, le dije. ‘Y sí –me dice él-, algo hay que hacer’. Lo eché. Si hay algo que detesto es la gente que se toma esto como un juego, una frivolidad. Se creen que escribir es una pavada. Que es para pasar el rato. Que somos unos vagos. Cuando, en realidad, escribir es un sacrificio y los escritores, para colmo, somos todos pobres, bueno, la mayoría, porque no nos pagan. Ah, cómo lo eché a ese hijo de puta. Fue fantástico”.

A mí me parece que hubiese podido pasar un lindo momento con el tipo, tomándose unos mates con bizcochitos de grasa y aconsejándole alguna pelotudez que le pudiese servir. ¿Por qué la literatura no puede ser también un juego o un pasatiempo? Suelo decir que me gustan los artistas que se toman realmente en serio a la literatura, y no demasiado en serio a sí mismos. Ahora creo que tampoco hay que tomarse demasiado en serio al arte, aunque podemos discutir acerca de lo que encierra la palabra “demasiado”, y aún sabiendo que es necesario jerarquizar entre escritores buenos, malos y no tan buenos, que sin arte la vida sería mucho peor y todos los etcéteras que le quieran agregar.

Para Vladimir Nabokov, por ejemplo, el arte de escribir se relaciona con el artificio y con cierto sentido del humor, y no con la veracidad y mucho menos la sinceridad. Todo gran escritor es un gran embaucador. La literatura existe, para Nabokov, desde el momento en  que un niño cavernícola vuelve a su gruta y le grita a su clan que ahí está el lobo, y todos huyen despavoridos porque creen en sus palabras. No hay literatura si no se es un bromista.

Ojo, no es nada contra Venturini, quien tiene más de 90 años, es misántropa y prefiere que la dejen en paz. Sólo uso su anécdota como excusa para escribir lo que pienso acerca de mi relación con los libros.

Quiero decir: me gusta más lo que sugiere Fabián Casas cuando dice que “los libros no sirven para estar solo, aunque prometan eso, la literatura verdadera es para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos (…)”. En cierto sentido, me pareció un mejor consejo que el de Kafka.


GREIL MARCUS

A propósito de libros y lecturas, estuve leyendo las reflexiones del crítico estadounidense Greil Marcus: El basurero de la historia. Hace años leí, en Anagrama, Rastros de carmín (Lipstick traces), donde el tipo hace una analogía entre el surgimiento del punk con los Sex Pistols, y lo relaciona de modo muy original con diversos antecedentes como el dadaísmo, los anarquistas místico-lujuriosos y los heréticos milenaristas de la Europa medieval. También está traducido su libro Like a rolling stones, en obvia referencia a Bob Dylan.

Uno de los artículos de Greil Marcus que me parecieron más interesantes son sus opiniones sobre la crítica estadounidense Susan Sontag. Para quienes no la conozcan, Sontag fue bastante pionera en introducir en su país a autores modernistas europeos como Antonin Artaud, Walter Benjamin, Roland Barthes y Hans-Jürgen Syberberg.

Lo que Greil le critica a Sontag, entre otras cosas, es su desprecio por la cultura norteamericana y su tendencia a abrazar de modo acrítico la "teoría del genio":

“Como Tocqueville deja bien claro en Democracy in America en su descripción de un país que en muchos planos no ha cambiado nada, el genio no forma parte de la naturaleza norteamericana; el genio banaliza y humilla la democracia, tanto como la democracia banaliza y humilla al genio. Por eso las mejores obras de Pauline Kael y Leslie Fiedler no se caracterizar por tener el carácter imperiosamente mesiánico de Sontag, sino por su obstinación, incluso por su carácter defensivo: su rabia, arrogancia, dudas, histeria, seducción, humor, revulsión, miedo y un gran sentido de la tragedia. Son artistas de la tensión entre el genio y la democracia.

Sontag se crió en Arizona y en California, pero no hay nada en su voz o en su sensibilidad que lo delate, salvo quizá las botas de cowboy que suele calzar (nota: el artículo se escribió antes de que Sontag muriera). Su obra parece presuponer un campo literario en el que todos, o más bien tout le monde, tarde o temprano se vuelve un parisino. ¿Es posible imaginar algún crítico norteamericano destacado del que pudiera decirse que su lugar de origen no tuvo ninguna consecuencia para su pensamiento? ¿Emerson? ¿Hawthorne? ¿Matthiessen? ¿Fiedler? ¿Kael? Olvídenlo”.

Me parece importante que los críticos puedan dar cuenta de cierta tensión entre democracia y "alta cultura"; vale decir: que tengan la capacidad de unir lenguajes y corrientes culturales diversas, en lugar de usar el lenguaje un poco como los perros cuando mean a su alrededor para marcar territorio.

Una vez vi una película de Woody Allen que me pareció un embole, pero que tenía una escena muy buena: un director de cine, encarnado por Allen, se queda ciego en medio de la filmación. Tratando de que nadie se entere, sigue dirigiendo las escenas sin ver un carajo. ¿Conclusión? Termina la película, y su film resulta ser un éxito para la crítica cinematográfica francesa.

Como bien dice Arendt: una persona culta, para un romano, es quien sabe elegir compañía entre los hombres, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. Como el trabajo y el sueño, la vida también necesita de pan y circo. Es más, el entretenimiento masivo de la cultura de masas, muchas veces, es menos peligroso que el filisteísmo cultural que denigra aquello de lo que no puede extraer un valor arribista.

¿Y a todo esto, dónde queda la cultura argentina en medio de la cultura latinoamericana y respecto del debate Europa vs Estados Unidos? 
The answer my friend, is flowing in the I don't know.


Además, como dijo Fogwill antes de pegarse  un saque y disponerse a laburar en Los Pichiciegos: “felizmente no nos debemos a una tradición, podemos aspirarla toda” (?). Termino con una cita de Don Jorge Luis, que me ayudará a terminar este post que todavía no sé muy bien a dónde se dirige:

Siempre que he hojeado libros de estética, he tenido la incómoda sensación de estar leyendo obras de astrónomos que jamás hubieran mirado a las estrellas. Quiero decir que sus autores escribían sobre poesía como si la poesía fuera un deber, y no lo que es en realidad: una pasión y un placer”. 

Porque la poesía no es algo extraño, sino que está acechándonos continuamente, como un troll kirchnerista en la cuenta de twitter de Mauricio Macri.