Ustedes no tienen
por qué saberlo, pero anoche estuve disfrutando de un riquísimo asado en una
terraza de Flores, junto a renombrados personajes como mi gran amigo Antoine,
fanático de Spinetta igual que yo; su primo karateca -a quien no le gustan los
piononos de dulce de leche-; la bella Amelie Poulain; un primo pequeño que no
sabe jugar al truco; una fanática que lucha por el metal y proviene del Oeste,
allí donde se dice que está el agite… También vino, aunque en rigor había
cerveza y fernet con coca, “Kafka en la orilla”, una preciosa morocha que
estudia letras y lee a Murakami. Kafka en la orilla tiene un hermano músico, muy copado, amante
de Frank Zappa, a quien la idea de arte con mayúsculas le impide crear libremente.
En la reunión saqué a
relucir mi tendencia excesiva a rellenar los silencios con una catarata de
palabras, hasta terminar haciendo zapping por todos los temas habidos y por
haber, sin hilo conductor y de un modo un toque delirante. Si hubiese estado
Hugo Mujica, sacerdote que hizo una experiencia de largos meses de silencio junto a monjes
trapenses, se habría ido indignado. En fin, la cosa es que una de las
cuestiones que surgió en la charla fue la del arte, y la de helarte también,
porque hacía tanto frío en la terraza que tuvimos que ir abajo, a continuar la conversa en el interior del cálido departamento
de Amelie.
En una de las sesiones
psicoanalíticas que se mezclaron en la charla, mientras conversaba con el
hermano de Kafka en la orilla, me di cuenta de que el muchacho tenía mucho
miedo de no estar a la altura de su idea de la música. Todos sabemos que el miedo y
la esperanza son como dos caras de una misma moneda: si temes que algo no pase,
esperas que pase, y viceversa. La esperanza es la inminencia de un
acontecimiento futuro, que en cierto modo no depende de la influencia de
nuestra voluntad. Mi amigo Antoine diría que este tipo de reflexiones me
acercan a los escritos de Jorge Bucay, pero yo no le hago caso porque sé que
cuando lo dice me está cachando. Bah, a veces tiene razón. ¿Pero cómo evitar,
cuando uno escribe, la tentación de caer en la cursilería o en una mezcla de
lugares comunes?
Respecto del miedo y
sus diversas formas, recordé en silencio un pasaje de Cuarenta, un relato del
escritor uruguayo Gustavo Escanlar (1962-1910):
“Uno llega a este estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida
cotidiana por miedo. Toda mi vida tuve miedo. Miedo a mis padres, a los
maestros, a la policía, a los profesores, a los estudiantes que tiraban
piedras, a Narciso Ibáñez Menta. Miedo a que los niños más grandes, los de
quinto o los de sexto, me cagaran a patadas. Miedo que los pupilos del colegio
me cogieran, como se lo cogieron a Bertolotti en el baño. Miedo a ser maricón,
trolo, puto, homosexual, centauro. O a que los demás pensaran que lo era. Miedo
a que a la salida de The Wall un milico leyera mis pensamientos y me llevara en
cana. Miedo a desaparecer, a que me metieran la picana. Miedo al ridículo, a la
exclusión, a la marginación, miedo a que nadie quisiera bailar conmigo en las
fiestas de quince, miedo a que no me gustara la música cool, a ser terraja.
Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa, miedo a no tener guita.
El miedo no me dejó elegir: tuve que obedecer, que amoldarme, que
volverme transparente. Decir que sí, ser uno más. Uno termina haciendo lo que
dicen que hay que hacer.
De última, en el mejor de los casos, uno puede encerrarse, edificar un
bunker dentro suyo, llevar vidas secretas. Soy hijo único. Por eso las islas
abandonadas son mi sitio preferido”.
Mientras tipeo me doy
cuenta que todo este devaneo puede disparar para cualquier lado, y en ese lado
habita un escritor que para mí es una suerte de hermano mayor: Fabián Casas.
Pues bien, Casas dice algo que torpemente vengo tratando de expresar en este
post:
"En ese sentido no es
que me cueste o no asumirme como escritor porque por ejemplo, ahora que estoy
hablando con vos, estoy hablando y soy un escritor. Leo lo que escribo y lo
banco y eso está bueno. O cuando voy a un encuentro de literatura o a otros
lugares que me invitan, hablo como escritor y cuento mis experiencias, pero en
realidad me considero más un lector. Además, me parece que muchas veces
pensarte dentro de la literatura sí te impide escribir y eso es otra cosa. No
es que tenga que ver con ser escritor o no, sino con pensarte dentro de la
literatura y decir yo soy el escritor de Boedo, soy el escritor de la
Argentina, soy el mejor, tengo que hacer esto o lo otro, eso me parece que es
improductivo. Te impide escribir, como pensarte dentro de la filosofía te
impide pensar. Cuando vos te liberás de esos esquemas, de lo que tiene que
supuestamente estudiar un filósofo, yo creo que empezás a ser más creativo
porque podés tomar de todas las disciplinas, podés afanar, mezclar, mestizar.
Que es donde me parece que pasan las cosas más importantes. Si vos querés
escribir periodismo, primero está bueno saber cómo se escribe una nota en
prensa gráfica. Está bueno saberlo, pero después tenés que irte de eso, tenés que
empezar a cruzarte, a mezclarte, a no pensar en todo eso porque sino te
delimita”.
Eso no quiere decir
que todo valga lo mismo, o que no existan escritores y artistas que nos parezcan mejores
que otros. A mí por ejemplo me gusta mucho jugar al fútbol, pero sé que si
antes de salir a la cancha me exijo ser Messi, estoy al horno con papas.
Respecto de la idea
de “cultura”, me agrada la definición que Hanna Arendt extrae de los romanos:
la persona culta es aquella que sabe elegir compañía entre los seres humanos,
entre las cosas, entre las ideas, entre los libros, tanto en el presente como
en el pasado.
Aunque Heidegger fue
un filósofo que a mí mucho no me va, tenía una forma de ver el arte que me
parece enriquecedora: solemos consumir arte para estar más informados, para
educarnos, para ser más cultos o más interesantes, lo cual no está mal. Sin
embargo, Heidegger suponía que la experiencia artística era un tipo de vivencia
que debería marcar nuestro hábito, nuestro modo de habitar, de relacionarnos
con los otros y con las cosas. Así como una habitación no se termina de decorar
antes de que nos vayamos a vivir allí, sino más bien en el transcurso del tiempo en que la
habitamos.
Post Scriptum: no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que todo esto que digo, me lo estoy diciendo a mí mismo. El interlocutor "músico exigente" es una construcción fantasmática de mis propios miedos. Por algo estoy cursando abogacía en la Uade en lugar de un doctorado en filosofía.
Post Scriptum: no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que todo esto que digo, me lo estoy diciendo a mí mismo. El interlocutor "músico exigente" es una construcción fantasmática de mis propios miedos. Por algo estoy cursando abogacía en la Uade en lugar de un doctorado en filosofía.


