miércoles, 13 de enero de 2016

CHICAS CHICAS CHICAS

Meses antes de morir de una enfermedad degenerativa, el historiador británico Tony Judt (1948-2010) escribió El refugio de la memoria, donde entre otras cosas narra su experiencia con una estudiante de la que se quedó embelesado ni bien entró en su despacho. La anécdota le sirve para enjuiciar cierto clima de mojigatería represiva que suele adoptar el discurso "políticamente correcto" en los Estados Unidos.


El capítulo del libro se titula igual que un viejo tema de Motley Crue: Girls girls girls.


Tal parece que en 1992 Judt era Jefe del Departamento de Historia de la Universidad de Nueva York, y además "el único hombre heterosexual no casado con menos de sesenta años. Una combinación explosiva: en el tablón de anuncios que estaba junto a mi despacho ocupaban un espacio destacado la dirección y el número de teléfono del Centro contra el Acoso Sexual de la universidad. La dedicación a la historia era una profesión donde la presencia de mujeres estaba aumentando rápidamente. (...) El contacto físico invitaba a la presunción de una intención malévola; una puerta cerrada era una prueba concluyente".


La chica había sido bailarina profesional, y como estaba interesada en Europa del Este, la habían animado a que Judt la tutelara. Tras algunas sesiones, y en un acto de temeridad, el tipo la terminó invitando al teatro.


"Desde los años setenta, los norteamericanos impiden asiduamente todo lo que pueda oler a acoso, incluso a riesgo de renunciar a prometedoras amistades y a los placeres del flirteo", nos dice Judt.


"Como si fueran hombres de una década anterior -aunque por razones muy diferentes- tienen que poner un cuidado sobrehumano en no meter la pata. Lo encuentro deprimente. Los puritanos tenían una sólida base teológica sobre la que reprimir sus deseos y los de los demás. Pero los conformistas de hoy no tienen nada por el estilo a lo que aferrarse".


La cuestión central que sugiere Judt es que la sexualidad puede ser tan nociva cuando uno se obsesiona con ella, como cuando uno la niega. 


"En otra ocasión, una estudiante se quejó de que yo la 'discriminaba' porque  ella no me ofrecía favores sexuales. Cuando la ombudswoman del departamento -una mujer sensible de impecables credenciales radicales- investigó el caso, salió a relucir que la demandante estaba molesta por no haber sido invitada a asistir a mi seminario: suponía que las mujeres que tomaban parte en él obtenían (y proporcionaban) un trato de favor. Expliqué  que era así porque estaban mejor preparadas. La joven se quedó atónita: la única forma de discriminación que podía imaginar era la sexual. Nunca se le había ocurrido que tal vez yo fuera un elitista".


Además de dar clases en Nueva York, Judt fue profesor en Oxford  y en Cambridge:


"Cuando he tenido que explicar literatura sexualmente explícita -la de Milan Kundera, por citar un caso obvio- con estudiantes europeos, siempre me ha parecido que se encontraban cómodos debatiendo el tema. En cambio, los jóvenes norteamericanos de ambos sexos -por lo general tan comunicativos- se vuelven nerviosamente silenciosos: reacios a entrar en cuestión por si acaso se rebasan ciertas fronteras".


El autor de Sobre el olvidado siglo XX se divorció dos veces, en 1977 y en 1986, y hacia el final de su vida siguió enamorándose:


"(...) ¿como eludí a la patrulla del acoso, que seguramente ya me seguía el rastro cuando me cité subrepticiamente con mi bailarina de ojos luminosos? Respuesta: me casé con ella".

LA AUTENTICIDAD NO CANSA TANTO

Hacer de cuenta que uno es lo que no es produce cierto agotamiento, tanto mental como físico. Mostrar sin tapujos nuestra personalidad pelotuda tampoco suele ser muy recomendable, al menos no en cualquier circunstancia o frente a cualquier "auditorio". Una suerte de "asesor de imagen" en un relato de DFW, titulado Mi aparición, le recomienda a una actriz, invitada al programa de televisión Late Night with David Letterman, cómo debe comportarse frente a las cámaras:

-"Actúa como si supieras desde que naciste que todo es tópico, que todo está comercializado, que todo es superficial y absurdo -dice Ron-, y que ahí está precisamente la gracia de todo".

-Pero yo no soy así para nada".

Ella asiste al programa, se ríe ligeramente de sí misma y sale airosa frente al presentador, que es la quintaesencia de la ironía autoconsciente. Sólo que después se siente cansada, porque después de todo esa no era su forma de ser.

Tal vez la solución sea intentar relacionarnos con personas para las cuales debamos recurrir a lo mejor de nosotros mismos cuando tratamos de seducirlas. Si para agradarle a alguien debo comportarme como un imbécil, en algún momento tendré que escuchar una alarma, una especie de "clic" que suene en nuestro cráneo y que nos diga que estamos haciendo el ridículo.

martes, 12 de enero de 2016

ALGUNAS CUESTIONES PREVIAS SOBRE LA LITERATURA Y LA EXPERIENCIA

Como sugerí en otro post, siempre me han parecido admirables las personas que saben narrar una anécdota con gracia: esos hombres o mujeres capaces de mantener la atención de sus oyentes con frases que parecen tener una virtud hipnótica. 

Creo que la literatura nos permite ensanchar la experiencia, aunque existan infinitas fuentes de donde extraer historias para ser narradas. "Los dioses tejen desventuras para los hombres, para que las generaciones venideras tengan algo que cantar", dicen que decía Homero.  

También podría decirse que Madame Bovary contada por un necio es una historia pobre, mientras que si nos la narra Flaubert se convierte en una obra maestra. "Es todo cuestión de forma, estructura, tono y ritmo", diría Javier Cercas

En un ensayo que se hizo famoso -o por lo menos todo lo "famoso" que puede llegar a ser un ensayo filosófico complejo- titulado Experiencia y pobreza, Walter Benjamin dijo que durante la Primera Guerra Mundial los hombres "volvían mudos del campo de batalla", y añadía "no enriquecidos, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable". El lenguaje requiere, para lograr comunicar a los seres humanos, que éstos tengan experiencias compartidas: el aroma del café es un misterio para una persona que siempre careció de olfato, el color violeta o el rojo no significan nada para un ciego de nacimiento.

En un capítulo de un libro muy recomendable(1), Carlos Gamerro cuenta que cuando estaba escribiendo su novela Las islas, que entre otras cosas narra la Guerra de Malvinas, decidió documentarse entrevistando a ex combatientes:

"Mi descubrimiento personal fue que los soldados volvían de Malvinas no mudos sino lacónicos. Me miraban como si supieran de antemano que yo no iba a entender, que las mismas palabras significarían, para nosotros, cosas diferentes. Entre ellos, en cambio, se entendían perfectamente. Cada palabra que usaban, como 'frío', 'pozo de zorro', 'balas trazadoras', 'bombardeo naval', desbordaba de paisajes, situaciones y vivencias definidas y precisas, infinitamente ricas y sugerentes, aterradoras, intolerantemente vívidas. Uno de ellos las pronunciaba; los otros asentían, generalmente mudos. Para hablar conmigo, todas las palabras parecían insuficientes; para comunicarse entre ellos, las palabras eran casi innecesarias: lo mismo valían los silencios y los gestos".

Estas dudas que plantea Gamerro son legítimas. Por ejemplo: ¿hasta qué punto un sociólogo, que no ha vivido la experiencia de ser pobre, puede conceptualizar la pobreza mejor que alguien que la vivió? En lo personal creo que muchas veces se da la paradoja de que quienes viven experiencias límite no siempre suelen tener la capacidad de poner en palabras lo que sienten; y quienes saben expresar lo que les pasa, a menudo carecen de experiencias interesantes, al menos por fuera de las experiencias "literarias".


Como sea, los encuentros que tuvo con los ex combatientes le sirvieron a Gamerro para infundirle confianza en su relato:

"Tuve una intuición, en ese momento. Sentí que ellos no necesitan hacer real esa experiencia mediante el lenguaje. Yo, el que no estuvo allí, yo, el que nada ve y el que nada siente ante esas pobres palabras en que destila todo lo que vieron y vivieron, me veo obligado a construir esa experiencia con ellas; debo hacerla verdadera para mí, primero, y si lo logro, hay una buena posibilidad de que logre hacerla verdadera para mis lectores; y quizá, quién sabe, verdadera, de modos nuevos, incluso para ellos, los que estuvieron. Ése fue mi primer descubrimiento, obvio tal vez, pero una de esas verdades que sólo valen si uno las descubre por su cuenta: que la pobreza de la experiencia puede ser suplida por la riqueza de la imaginación y, sobre todo, por el trabajo de la escritura; que no siempre el que ha tenido la experiencia vivida será el que mejor la cuente, o quizá, que la experiencia de escritura es, de modo diverso, tan válida como la vida".


Tomo un ejemplo al azar, relatado por Fernando Pessoa bajo el semi-heterónimo de Bernardo Soares:


"Soy un alma de esas que las mujeres dicen amar, pero a las que nunca reconocen cuando encuentran; una de esas que, si ellas las reconociesen, ni aun así las reconocerían. Sufro la delicadeza de mis sentimientos con una atención desdeñosa. Tengo todas las cualidades por las que son admirados los poetas románticos, incluso esa falta de cualidades por la cual se es realmente poeta romántico. Me encuentre descripto (en parte) en varias novelas como protagonista de enredos varios; pero lo esencial en mi vida, como de mi alma, es no ser nunca protagonista".

¿Quién no se sintió reflejado, al menos en parte, en este fragmento? Sin embargo no todos tenemos la capacidad de transmitir ese sentimiento como puede hacerlo un poeta como Pessoa.


Más adelante me gustaría retomar y completar mejor este posteo, retomando muchas de las intuiciones del amigo Gamerro. Por el momento lo dejo así como está. Estoy de vacaciones y me voy a tomar unas cervezas con mis amigos. 

¡Sean felices!

(1) Gamerro Carlos, Facundo o Martín Fierro: los libros que inventaron la Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2015.

jueves, 31 de diciembre de 2015

ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LO GRACIOSO QUE ES KAFKA, DE LOS CUALES PROBABLEMENTE NO HE QUITADO BASTANTE

"En Kafka no hay humor sobre funciones corporales, ni dobles sentidos sexuales, ni intentos estilizados de rebelarse ofendiendo a las convenciones. Nada de bufonadas pynchonianas con pieles de banana ni adenoides traviesos. No hay priapismo a lo Philip Roth ni metaparodia a lo John Barth ni quejas continuas como las de Woody Allen. No hay ninguna de las inversiones de opereta de las modernas comedias de situación. Tampoco hay niños precoces ni abuelos malhablados ni compañeros de trabajo cínicamente insurgentes. Y tal vez lo más extraño de todo, las figuras de autoridad de Kafka nunca son simples bufones huecos a los que ridiculizar, sino que resultan siempre absurdos y temibles y tristes, todo al mismo tiempo, como el teniente de "En la colonia penitenciaria".

Lo que quiero decir no es que su ingenio sea demasiado sutil para los estudiantes americanos (...) Lo que afirmo es que la gracia de Kafka se basa en una especie de literalización radical de verdades que solemos tratar en forma de metáforas. (...)

Y esto es, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no "capten" el humor de Kafka, sino que les hemos enseñado a ver el humor como algo que se "capta", de la misma forma que les enseñamos que el "yo" es algo que se tiene, sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un "yo" humano resulta en un "yo" cuya humanidad es inseparable de esa pugna terrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar". (David Foster Wallace)

sábado, 19 de diciembre de 2015

GRUPO DE ESTUDIO SOBRE NIETZSCHE

En estos días estuve con poco tiempo y ganas de escribir: la proximidad de la feria judicial de enero hace que el ya de por sí frenético caudal de laburo se incremente todavía más. Más adelante tengo pensado publicar algunos posteos sobre Nietzsche, especialmente pensados para el grupo de estudio sobre el autor alemán que puse en Facebook.

Muy recomendable, como estudio introductorio, el Nietzsche de Carlo Gentili, editado en español por Biblioteca Nueva.

Era eso nada más. ¡Sean felices!

lunes, 7 de diciembre de 2015

LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN


Cuando a un organismo se le arranca el alma, lo que queda es un zombi. La ciencia económica clásica, en muchos sentidos, está desprovista de alma. En nuestras relaciones diarias o de amistad nos va bien cuando ponemos en práctica valores como la confianza, la sinceridad (no el sincericidio), el aprecio, el respeto, escuchar a los demás, la empatía, la cooperación, la voluntad de compartir. La economía de libre mercado se basa en un sistema con normas que potencian la búsqueda de beneficios y la competencia. Estas pautas incentivan el egoísmo, la codicia, la avaricia, la envidia, la falta de consideración y de responsabilidad. Adam Smith decía: "no por la benevolencia del carnicero, del panadero o del cervecero contamos con nuestra cena, sino por nuestro propio interés". Vale decir: la base de la economía capitalista es el egoísmo. Los daños ecológicos, las hambrunas, las desigualdades, las guerras y numerosísimos problemas nos deberían hacer pensar acerca de si el egoísmo humano debe ser el motor principal de la economía. ¿Y si lo fuera el bien común? Los medios hegemónicos nos llenan de miedo: el otro es siempre una amenaza, nunca una promesa. Al otro le debo tener miedo, o como mínimo considerarlo un competidor. Que la competencia motiva no lo discute nadie: esto lo ha probado de sobra la capitalista economía de mercado. La cooperación motiva basándose en las relaciones satisfactorias, el reconocimiento, la valoración y la fijación y consecución de objetivos comunes. Esto es una definición de cooperación. Por el contrario, la definición de competencia es "el logro del éxito de uno o de otro". Sólo puedo tener éxito si el otro no lo tiene. La competencia motiva en primer lugar sobre la base del miedo. Por este motivo, el miedo es un fenómeno muy extendido en las economías capitalistas de mercado: se teme perder el trabajo, los ingresos, el estatus, el reconocimiento social y la pertenencia. De todo esto y algunas cosas más habla el austríaco Christian Felber en La economía del bien común, editado por Paidós. Sus ideas me parecen dignas de ser pensadas en una discusión democrática. Acá una entrevista:



viernes, 20 de noviembre de 2015

MOTIVOS POR LOS CUALES CONSIDERO QUE LOS ARGENTINOS PODRÍAMOS DIRIGIMOS HACIA UNA SUERTE DE SUICIDIO COLECTIVO

1) A precios de libre-mercado hay un déficit de entre 11,5 a 12,5 millones de puestos de trabajo, si lo que queremos es que todos puedan acceder a un trabajo digno. Y la diferencia es de tal magnitud (65%) que no se arregla con medidas paliativas.

Traducción: a precios de libre mercado, más de la mitad -cerca de 2/3- SOBRAMOS. En La generación de empleo en las cadenas agroindustriales (2004), Llach (un economista que no puede ser acusado de anti-macrista) y otros estimaron que el empleo generado directa e indirectamente por actividades agrícolas, ganaderas y agroindustriales es de 5,5 millones de puestos de trabajo (35% de los puestos de trabajo totales), o 5,2 millones si no se tiene en cuenta los planes jefes-jefas de hogar. En este estudio se incluyeron todas las economías regionales de base agraria y se consideró empleo indirecto hasta el empleo público que se supone pagado por los impuestos del sector. Esa es la cantidad aproximada de empleo que sería posible generar en un país que se dedicara únicamente a estos sectores productivos. Para que haya pleno empleo en la Argentina, sería necesario generar entre 17 y 18 millones de puestos de trabajo.

Si tomamos como válidos los precios internacionales, Argentina debería especializarse en productos de base agraria; ergo, ninguna actividad industrial -como por ejemplo textil, vestido, calzado, metalmecánica- sería rentable. Ya hicimos la experiencia de igualar los precios internos a los precios internacionales durante la Convertibilidad (los noventa) y durante Martínez de Hoz (la dictadura de los milicos en los 70's), y ambas veces dio lugar a un cierre masivo de fábricas. El argumento de que esas fábricas no eran eficientes me parece muy liberal-fundamentalista. La eficiencia o no de un emprendimiento es consecuencia de un cálculo económico, ese cálculo se hace multiplicando precios por cantidades vendidas para determinar los ingresos de un emprendimiento productivo, y multiplicando precios por cantidades para determinar los costos. La misma actividad puede serla más rentable del planeta o puede ser inviable, según los precios que elijamos para que rijan la actividad económica. 

La pregunta es, ¿los precios deben servir a la humanidad, o la humanidad a los precios?

2) Los procesos de exclusión vía precios ocurren en cámara lenta, pero son prácticamente irreversibles. El desempleo no aumentará ni el 23 de noviembre ni el 11 de diciembre, pero tengan por seguro que va a aumentar. Las personas van quedando excluidas a medida que se "seca" la circulación de riqueza por los canales en los que se encuentran comunicadas. Una metáfora sería la muerte de un brazo como consecuencia de un torniquete muy apretado; el brazo no muere inmediatamente, tarda bastante tiempo en morir y es un proceso gradual a medida que los tejidos se van quedando sin oxígeno y nutrientes. En estas circunstancias, aparecen muchas iniciativas de ayuda que no logran revertir el proceso. Generalmente se invierte en créditos y subsidios para promover las actividades, cursos de capacitación para los desempleados y hasta incubadoras de empresas... todo suponiendo que es un problema del desempleado que no logra ser "productivo", que no logra "encontrar" su lugar, y entonces lo ayudamos a buscarlo, a reinsertarse en el mercado laboral. En el ejemplo de recién es como si masajeamos el brazo para activar la circulación, a veces conseguimos que un dedo cambie de color, y lo contamos como experiencia positiva, que nos reafirma que masajeando está la solución (y se lo mostramos a los otros dedos diciéndole, ¿vieron?  Si este pudo ustedes también podrán).

Sin embargo, de no aflojar el torniquete, sólo estamos demorando lo inevitable... algunas veces es todo lo que podemos hacer, pero "hoy" podemos librarnos -aunque sea parcialmente- del torniquete.

Este gobierno, con sus errores y agachadas, recurrió a la generación de empleo como herramienta de inclusión. Esta estrategia es útil para aquellos "desplazados" que quedaron en los márgenes del sistema, pero que no se "cayeron" del mismo. Vale decir que en sus casos el proceso de exclusión no finalizó. Entonces el trabajo digno es un medio útil de integración social.
Pero en el caso de los excluidos, el problema es de otra naturaleza. Porque en este caso se rompió el vínculo que lo unía a la sociedad. Desde el punto de vista de quien sufre la exclusión, se trata de un proceso largo, desgastante y humillante, que comienza con el desempleo, continúa con la percepción de que él es el responsable exclusivo de su situación (aumentándole la culpa y disminuyéndole la autoestima frente a sí mismo y frente a sus hijos y su familia, si tuviere); continúa con cada intento frustrado de conseguir trabajo, reafirmando su culpa y baja autoestima; hasta que se convence de que "aquí no tiene lugar" y va en busca de otros horizontes (si le queda algo de dinero y tiene cierta formación "intelectual" y/o "espiritual" o "simbólica) o le rematan la casa para pagar deudas y va a vivir a una villa de emergencia.

Por eso no baja el índice de pobreza, porque para incluir los millones que fueron excluidos durante los 90' (y durante la dictadura militar, que económicamente nos hizo mierda) hace falta el compromiso decidido de la sociedad en su conjunto. No basta con "mirar desde la platea" lo que hace un gobierno. Hace falta el compromiso de la sociedad en su conjunto, porque el vínculo social de los argentinos está, en muchos casos, atado con alambres.

YO NO QUIERO VOLVER A PONER EN MARCHA EL PROCESO DE EXCLUSIÓN VÍA PRECIOS. YA VIVIMOS TODO ESTO EN LOS NOVENTA.

3) Pocas cosas hay más inmorales y productoras de corrupción como un conjunto de precios que excluye a la mayoría de los habitantes de un país. Este aspecto puede ser controversial, porque estamos acostumbrados a pensar en los precios como en algo "técnico" que no puede ser valorado éticamente. También porque algunos ven al mercado como una suerte de extensión del Orden Natural o de la Divina Providencia. Sin embargo, los precios no indican ninguna voluntad divina u orden natural  (salvo para la ideología del neoliberalismo). ¿Qué indican los precios? Tanto Milton Friedman, como Friedrich Hayek o Paul Samuelson coinciden en que el sistema de mercado es un sistema de voto permanente y calificado. Permanente porque cada vez que compramos es como si votáramos; y calificado porque se vota con la billetera... y obvio que el que tiene la billetera más abultada vota más que el que tiene poco... Entonces el sistema de precios no refleja las necesidades y las posibilidades productivas, porque millones de necesitados que no tienen ingresos tienen un voto igual a CERO en este sistema. En la actualidad el sistema de precios indica aproximadamente las prioridades de quienes más tienen, y los que más tienen en el mundo no suelen estar preocupados por los excluidos (presentes o futuros) de la Argentina.

En el mejor de los casos es un sistema impersonal, que no hace distinciones individuales, pero eso no implica que sea un sistema "justo". La conclusión es que los conjuntos de precios no son "neutros" moralmente, ni son un hecho de la naturaleza como el viento o la lluvia. Nosotros tenemos el deber moral de elegir entre los conjuntos de precios "justos". Un sistema de precios que no asegura el empleo para todos (ni hablar de trabajo digno) es radicalmente inmoral.

Además, no creo que 2 de cada 3 argentinos se sienten a morir de hambre porque San Mercado Internacional dictaminó que no eran necesarios para nuestro país. Si los excluimos (y los excluimos porque "bancamos" ese conjunto de precios), buscarán de sobrevivir fuera del sistema. Es decir que tienen que hacerse los recursos necesarios para vivir FUERA DE LA LEY. Si yo votara este sistema de precios  y me opusiera al narcotráfico, a la trata de personas y a otras formas de delincuencia, sería un gran hipócrita, porque condeno y combato lo que yo mismo ayudo a producir. Por eso siento la necesidad moral de "denunciar" ese conjunto de precios que, a la vista de muchos, es el referente legítimo de la actividad económica. 

4) Una estructura de precios relativos que sólo genera trabajo para menos de la mitad de la población, es una causa "objetiva" y eficiente de des-unidad, de división en el seno de la sociedad. Una vez impuestos los precios del libre-mercado el proceso de exclusión comienza y divide la sociedad. Generalmente los que quedan dentro del sistema no lo advierten, porque la sociedad son los que están dentro del sistema, los otros "no existen" o  si existen son reprobados moralmente. Vamos muchachos, cualquiera lo puede advertir: un "trapito" es visto con peores ojos por mucha gente que un Melconián o un Broda

Se trata de un poderoso automatismo que va dejando la gente afuera si no se lo revierte. Por otro lado, se da cierta autoafirmación individualista: si el sistema no me expulsó es porque me merezco estar adentro y gozar de lo que eso significa. Corolario: se ve como tremendamente injusto sacrificar algo del "merecido" bienestar por el que está excluido... ¡¡ESA ES LA GRIETA, ESA ES LA SOCIEDAD DIVIDIDA, ESA ES LA RUPTURA DEL LAZO SOCIAL!!


5) Shakespeare decía, creo recordar, que hasta el diablo puede citar las escrituras para sus propósitos. No se analiza la postura de un político sacando de contexto cada frase como gusta de hacer la TV y como gustan  de hacer quienes discuten sobre política (videos de Carrió denostando a Macri, de Carrió apoyando a Macri, de Scioli menemista, de Macri semikirchnerista, de Cavallo sciolista, etc.). Las actitudes más típicamente "libremercadistas" son las del Pro. Decir que hay que "sincerar las variables" o que "el verdadero valor lo fija el mercado" no se escuchan igual en ambos grupos. Con Scioli uno puede tener ciertas dudas y resquemores, CON MACRI NO.

6) No elijo porque me convencieron las propuestas, ni porque creo que vayan a hacer tal o cual cosa, ni por el (paupérrimo) debate televisivo de hace pocos días ni por la "campaña del miedo" o la "campaña del marketing". No me parece relevante el circo armado sobre el cepo ni sobre el dólar. Como decía Zamagni en los 90, donde nos advertía que éramos aficionados a las "alquimias financieras", ningún país creció y solucionó sus problemas con alquimias financieras. No concuerdo para nada con la campaña mediática de que las diferencias entre ambas propuestas son un asunto de "estilo". Primero porque para llegar a esa conclusión se excluye del análisis todo lo que no sea "alquimia financiera". Segundo porque veo el renacer del discurso del "pensamiento único" que ya nos gobernó y acabó con un país en llamas y un presidente huyendo en helicóptero. Es un pensamiento único disfrazado de diálogo, consenso y diversidad. A mí me sorprende el rechazo casi diría "estético" que muchos tienen hacia empleados estatales o hacia quienes cobran un plan: ¿quien cobra un "plan descansar" le "roba" más la plata al indignado que un Fondo de Inversión Buitre? ¡Es de una ridiculez espantosa! Tipos que creen que a Griesa "hay que pagarle lo que pide" son más o menos los mismos que me dicen que odian a los "ñoquis" que "viven del Estado".


7) Voy a votar a Scioli porque su gestión y su proyecto me dejan muchas dudas, pero la gestión y el proyecto de Macri NO ME DEJAN NINGUNA. Con Macri será el conjunto de precios el que estará en el centro de la economía y no el ser humano. La gente con el estómago lleno es fuente de "líos" y "conflicto". La gente excluída del sistema, en cambio, vive la paz de los cementerios y sólo se preocupará por sobrevivir. 

Todo gobierno que intente avanzar contra intereses de sectores con poder, necesariamente generará conflicto. El conflicto para los ciudadanos es sin duda un fastidio, con lo cual el gobierno deberá saber medir la "tolerancia social al conflicto". Personalmente creo que en determinados momentos, este gobierno no supo medir ese nivel de tolerancia, pero esa es otra cuestión. Sin embargo, el no conflicto hace PREVALECER EL STATUS QUO. Toda ampliación de derechos genera conflicto: basta ceder ante todos los reclamos de quienes tienen poder y veremos florecer la panacea de la conflictividad cero. Los poderosos saben eso, y ese es el motivo por el cual siempre intentarán exasperar al pueblo haciendo que bajen sus niveles de "tolerancia social al conflicto". Es algo muy sencillo de hacer: negarse a negociar, hacer que quienes reclaman vean cerrados los canales institucionales para hacerse escuchar y listo, la misma gente que mire cortar la calle o que se harte por el ruido tenderá a estar en contra de quien reclama, sin considerar demasiado la justicia del reclamo. Ejemplo sencillo: los judiciales con bombos, platillos y papelitos manifiestan frente a la corte. ¿Qué dirá el resto de la gente si esos reclamos se hacen constantes? ¿Va a apoyar a los laburantes porque se informará sobre el colapso del fuero laboral? Tiendo a pensar que su interpretación no estará lejos de "estos estatales de mierda se la pasan reclamando porque se quejan de llenos, vagos de mierda que no quieren laburar".

Si no te interesas en la política, otros harán política en lugar tuyo. La dominación económica y política se basa en discursos que te dicen una y otra vez que "no hay alternativa", y con eso te quieren decir: "nosotros decidimos lo que cuenta como alternativa y lo que no".

Puedo valorar a un político que respeta los turnos para hablar, no eleva la voz, evita las chicanas y se peina prolijamente, más allá de que no me parezca algo demasiado relevante. Sin embargo, el amigo López Murphy, vestido de traje y con modales civilizados, nos dejó estas simpáticas medidas (y después vino Cavallo, quien HOY elogia al equipo económico del amigo Mauricio).

Fuente: el posteo está refritado, con breves añadidos propios, de un mail que mandó un amigo que es Doctor en Economía. 

domingo, 25 de octubre de 2015

ALGUNAS CUESTIONES A PARTIR DE NIETZSCHE Y DEL FAUSTO DE GOETHE QUE LUEGO DERIVAN PARA CUALQUIER LADO POR CULPA DE MI CEREBRO QUE NO PUEDE REDONDEAR UNA IDEA Y TRANSMITIRLA EN POCAS PALABRAS


La muerte de la literatura se relaciona, en cierto sentido, con "ir a la vida" en lugar de contemplar el mundo en un papel: 

"Es una fantasía clásica, digamos, que recorre toda la polémica actual sobre los lugares de la literatura y que empieza en Baudelaire y llega hasta la Beat Generation. Está muy cerca de los debates de las poéticas actuales. Esa fantasía extraña de los escritores de dejar de ser escritores o de conseguir una experiencia que sea más intensa que lo que se supone que es la experiencia de la literatura. Entonces la muerte de la literatura es como el acceso a lo real mismo", reflexionaba Ricardo Piglia en el transcurso de una entrevista que tuvo en 1998 con Arcadio Díaz Quiñones y sus alumnos de seminario en la Universidad de Princeton.

Y luego agregaba algo que debe ir a contracorriente de la opinión de  la gran mayoría de la gente que conozco, y que aunque no comparto del todo me resulta interesante:

"Por supuesto, estoy en contra de esa posición, en el sentido de que para mí es mucho más interesante la literatura que la vida. Primero porque tiene una forma mucho más elegante, y segundo porque es una experiencia mucho más intensa. Para mí la literatura es una de las experiencias más intensas que conozco".

A la sociedad capitalista le cuesta entender un trabajo tan improductivo como la lectura y la escritura literaria, al menos aquella que escapa a la lógica de la racionalidad lucrativa y se hace sin ningún interés económico. Ese es el motivo por el cual la sociedad trata de matar a la literatura, o convertirla en un negocio, porque no sabe bien qué carajo hacer con ella.

Al respecto, me parece interesante leer este fragmento de "Vindicación de las lonas", de Martín Zariello:



"Mi viejo y su socio son dos trabajadores insaciables. Workaholic crónicos e inconscientes, que heredaron esa pulsión por el sacrificio de padres y abuelos, tanos que nunca fueron jóvenes y levantaron los cimientos originales de este país. Me refiero a gente naturalmente sufrida, que jamás tuvo la oportunidad de tirarse en una cama para leer un libro o mirar el techo para comprender que en el techo no hay nada. Y algo de ese pathos quedó incrustado en la vida de estos personajes de entre 50 y 60 años que con el tiempo se convirtieron en nuestros padres. Cuando un cliente les quiere dar consejos sobre un trabajo y encima parece un poco delicado, dicen: “Éste no agarró una pala en su vida”. Me encanta que dividan al mundo entre los que saben hacer un pozo y los que no. Y me gusta porque para mucha gente es al revés: quienes saben manejar una pala son inferiores, los capos son los genios del lenguaje que a través de su originalidad única escriben o piensan desde la torre de marfil. Para mí están equivocados. La Operación es simple: los intelectuales necesitan a los que saben usar una pala, los que saben usar una pala no necesitan a los intelectuales. Si algún día viene el Juicio Final seguramente Dios no va a decir: “Los justos son los que escriben cosas ingeniosas por twitter, los que mencionan que leyeron a Lacan todos los días por las dudas, los que escriben en blogs sobre David Foster Wallace”. Dios va a salvar a los que saben arreglar persianas, a los que usan un alicate con la destreza de un campeón, a los que colocan bisagras o cerámicos, a los que arreglan caños, a los que tapizan sillas, a los que cosen acoplados con el tamaño del Estadio Azteca, a los que sueldan estructuras de hierro sin máscara y bajo la lluvia.

Es que en caso de existir en el cielo sólo debe haber lugar para los tipos que mueven el mundo. No para quienes lo comentamos".




Ahí tienen dos posturas claramente diferenciadas, la zarielleana y la pigleana (?).

En estos días estuve muy copado releyendo el Fausto de Goethe,  junto con la sugerente lectura que al respecto escribió Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad. Por si no lo saben, de a poco estoy leyendo la obra completa de Nietzsche (hasta hice un "grupo de estudio" en facebook), y por eso mi idea es aprovechar esas lecturas para irme abriendo a Goethe, Schopenhauer, Kant, la tradición grecolatina y toda la cultura alemana que influyó en el amigo Federico. Esa fue una de las principales motivaciones por las cuales, en su momento, postergué el estudio del danés para darle más duro al alemán. ¿Por qué estoy leyendo la obra completa de Nietzsche? ¡¡Porque me gusta, porque disfruto aprendiendo y porque tengo ganas de compartir lo que aprendo!! Creo que es motivo más que suficiente, ¿no les parece?


La personalidad de Johann W. Goethe (1749-1832) es una de las más fascinantes de la literatura: se abrió al estudio de la antigüedad clásica, estudió medicina -descubrió el hueso intermaxilar-, sedujo y amó a varias mujeres; conoció a Beethoven, a Herder, a Napoleón, a Schiller; estudió la poesía oriental, la Edad Media alemana, lo popular, lo culto, la ciencia y la alquimia. El tipo sabía griego, latín, hebreo y francés, además de alemán. 

Goethe empezó a escribir su Fausto allá por 1770, cuando tenía veintiún años, y lo continuó intermitentemente hasta 1831, un año antes de morir, a la edad de ochenta y tres años.

Les comparto fragmentos del texto con una suerte de refrito a partir de la lectura de Berman. Podría hacer una elaboración más "personal" y "erudita" -cualquiera puede ser "erudito" con ayuda de google y wikipedia-; pero no tengo tanto tiempo como para dedicárselo al blog. Para no complejizar más el posteo, hago mías muchas frases de Berman, sin entrecomillar las citas, porque me siento libre como un gorrión y porque tengo ganas de robar todas las ideas que me sirvan para expresar lo que siento. Como he dicho más de una vez, si no canto lo que siento me voy a morir por dentro.


Desde la invención del Faustbuch de Johan Spiess en 1587, pasando por la Tragical history of Doctor Faustus de Christopher Marlowe, la figura de Fausto ha copado a muchos autores a lo largo del tiempo y en las más variadas geografías. En lo personal, el único que he leído fue el de Goethe, y me parece hermosísimo. Según Berman, la creación de Goethe supera a todas las demás versiones por "la riqueza y profundidad de su perspectiva histórica, por su imaginación moral, su inteligencia política, su sensibilidad y percepción psicológicas". 


Es una obra llena de ideas típicamente "modernas". Recordemos que, según Berman, ser modernos es "encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos".

Describo algunos pasajes, traducidos del alemán por José María Valverde, y los voy comentando:

En el "Prólogo en el cielo", se da un diálogo entre El Señor y Mefistófeles:

"El señor: ¿Tú conoces a Fausto?

Mefistófeles: "¿El Doctor? (...) Su tormento le impulsa a lo lejano; de su locura, a medias se da cuenta; pide al Cielo los astros más hermosos y a la Tierra los goces más sublimes, pero nada, cercano ni lejano, le sacia el pecho, en honda agitación".

Ya de entrada se describe ese ansia de infinito encerrada en un cuerpo mortal que padecemos, en mayor o menor medida, casi todos nosotros. El Fausto de Goethe expresa y dramatiza el proceso por el cual, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, hace su aparición un sistema mundial característicamente moderno.

Berman nos recuerda que las encarnaciones anteriores de Fausto habían vendido sus almas a cambio de ciertas cosas buenas de la vida claramente definidas y universalmente anheladas: dinero, sexo, poder sobre los otros, fama y gloria. El Doctor Fausto en la versión de Goethe le dice a Mefisto que sí desea todo eso, pero que esas cosas no son en sí mismas lo que él quiere.

Lo que Fausto quiere para sí es un proceso dinámico que incluya todas las formas de la experiencia humana, tanto la alegría como la desgracia, y que las asimile al crecimiento infinito de su personalidad. 

"Primera parte de la tragedia. De noche. (en una estancia gótica, estrecha y de altas bóvedas. Fausto, intranquilo, en su asiento ante el pupitre.)

Fausto: ¡Ay!, he estudiado ya filosofía, jurisprudencia, medicina, y luego teología también, por mi desgracia, con caluroso esfuerzo, hasta el extremo. Y aquí me veo ahora, pobre loco, y sigo sin saber más que al principio. (...) Claro que soy más sabio que esos necios, teólogos, doctores y escritores; no me afligen escrúpulos ni dudas, ni me dan miedo infierno ni demonio... Pero he perdido toda la alegría; no creo saber nada con sentido, ni supongo poder enseñar nada, ni a nadie mejorar ni convertir. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor ni distinciones ante el mundo. (...) ¡Ay!, ¿seguiré encerrado en esta cárcel? ¡Agujero maldito en la pared, dondehasta la querida luz delcielo porcristales pintados entra turbia! Encerrado detrás de tanto libro que el polvo cubre y roen los gusanos, y que hasta lo alto de esas altas bóvedas se envuelven en papeles ahumados; cercado de redomas y retortas, atornillado a fuerza de instrumentos, entre trastos de los antepasados... (...) En vez de la Naturaleza viva que infundió Dios al hombre al producirle, te rodean tan sólo el humo, el moho, muertos caparazones y esqueletos. ¡Huye, sal, sal afuera, a la amplia tierra!"


Las palabras de Fausto evocan cierto vitalismo de  Nietzshe, quien no por casualidad inicia su De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida -segunda de sus Consideraciones Intempestivas- con una cita de Goethe en carta a Schiller: "Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente" (carta fechada el 19 de diciembre de 1798). 


Y acá quisiera hacer un paréntesis, ayudado por el muy buen libro de Nicolás González Varela, titulado Nietzsche contra la democracia:


Es paradójico el hecho de que Nietzsche, quien ya en Basilea y como profesor de filología (1869-1879) solía leer entre cinco y siete horas por día, haya escrito un texto semejante al que sigue al final de sus días:

"El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que 'revolver' libros -el filólogo corriente, unos doscientos al día- , acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia. Si no revuelve libros, no piensa. Cuando piensa responde a un estímulo (un pensamiento leído), al final lo único que hace ya es reaccionar. El docto dedica toda su fuerza a decir sí y a decir no, a la crítica de cosas ya pensadas; él mismo ya no piensa. El instinto de autodefensa se ha reblandecido en él; en caso contrario, se defendería contra los libros. El docto, un 'décadent'. Esto lo he visto yo con mis propios ojos: naturalezas bien dotadas, con una constitución rica y libre, ya a los treinta años 'leídas hasta la ruina', reducidas ya a puras cerillas, a las que es necesario frotar para que den chispas 'pensamiento'-. Muy temprano, al amanecer el día, en la frescura, en la aurora de su fuerza, leer un libro; ¡a esto yo lo califico de vicioso!" (Ecce Homo, "Porqué soy tan listo", 8).

A mí también me han criticado el hecho de en mis posteos pongo demasiadas citas. Tal vez tengan razón, pero imagino que lo seguiré haciendo.

Por el momento dejo de escribir y me dispongo a tomar el bondi para ir a votar, porque hoy son las elecciones presidenciales. 

Me gustaría seguir hablando del Fausto, de Nietzsche, del libro de Nicolás González Varela y de la mar en coche, pero me tengo que ir. ¡¡Lean el Fausto de Goethe que está buenísimo!!

¡Sean felices!