sábado, 17 de enero de 2015

EL RACISMO Y EL ANTIRRACISMO SEGÚN TZVETAN TODOROV

En mayo de 1987, el gobierno francés inició un proceso público contra un antiguo nazi llamado Klaus Barbie, para recordar a las nuevas generaciones los horrores del nazismo. El 13 de junio de ese mismo año, un obrero tunecino fue golpeado hasta la muerte en las calles de Niza. Sus agresores no mostraron remordimientos: “Somos racistas, no nos gustan los árabes”. El padre de uno de los purretes, con gran ternura y amor filial (?), declaró que “comprendía y aprobaba los móviles de su hijo”.

Menos de un año después del proceso Barbie, cerca de 4 millones de franceses (15%) le dio su voto a la extrema derecha, que preconiza valores cercanos al nazismo. Habrá que ver qué pasará en estos días con esa misma derecha, luego del asesinato de los humoristas del semanario satírico Charlie Hebdo. No sería nada raro que su popularidad crezca, por aquello de que el fascista suele ser "un burgués asustado".

Pese a que el racismo y la xenofobia están, con justicia, muy mal vistos en cierta porción de la población  francesa, Todorov recuerda que no faltan analistas con cierta tendencia a disminuir la importancia del fenómeno como una manifestación algo perversa de la inexorable expansión del individualismo democrático, victoria de una era de hedonismo y globalización. Según Gilles Lipovetsky: “¿Por qué no iba a existir en la sociedad de la híper-elección, toda una gama existencial de intransigencias religiosas, el baluarte del más estricto tradicionalismo?”. (1)

“Así, el extremismo religioso o racista será tan sólo un producto más en el ‘hipermercado de los estilos de vida’. El mero hecho de poder elegirlo probaría lo bien fundado de nuestras libertades, no una situación de dependencia. Semejante lectura es, a largo plazo, tranquilizadora”.

LOS ANTIRACISTAS

Hipócritas lectores, mis semejantes, mis hermanos: ¿quiénes de ustedes no han escuchado algún conocido, familiar cercano o amigo, proferir discursos del tipo “a mí no me molestan los negros de piel, sino los negros de alma”?

Nos dice Todorov:

“El discurso de los racistas de otra época insistía en las diferencias de las características físicas de los seres humanos entre sí; el imperante en nuestros días sólo reconoce abiertamente la diferencia de orden cultural. ‘No soy racista’, anunciaba Brigitte Bardot, en su recién iniciada cruzada contra los sacrificios de corderos practicados por ciertos musulmanes en Francia. ‘Yo no me fijo en el color de la piel, sino en el alma de la gente’. Finalmente, antaño se aspiraba al sometimiento de otras razas (o a su eliminación, en el caso extremo de Hitler); hoy se quiere su alejamiento, su reenvío a sus países de origen (si no quieren adaptarse a nuestras costumbres que se marchen, prosigue Bardot).”

Casi ningún intelectual se dice racista, pero algunas críticas al antirracismo no parecen muy lejanas al racismo. Uno de los intelectuales más mediáticos de Francia, Philippe Sollers, condenó las “formas colectivas enervantes que puede llegar a adoptar la lucha contra el racismo”. Por su parte, Julien Freund afirmó que los antirracistas envenenan la atmósfera y “realizan una tarea casi tan sucia como la de los racistas” (olvidando que las víctimas del racismo se cuentan hasta el momento por millones, mientras que las del antirracismo se mantienen en un plano metafórico). Para Freund, los antirracistas privilegian a un sector de la población (los emigrantes) en detrimento de otro (los autóctonos), y obstaculizan la “libertad espontánea de los individuos”.

Otra “luminaria francesa”, André Béjin, nos dice que el antirracismo es una máscara de los imperialistas africanos que “codician nuestras tierras”. El amigo André sugiere que los africanos se proponen repoblar Europa occidental. En fin, soy de los que creen que la conspiranoia es una de las hijas preferidas de la estupidez, que a su vez se parece a una mujer extremadamente hermosa y seductora: ninguno de nosotros está exento de dejarse arrastrar por sus encantos.

En síntesis, y para no aburrirlos más, lo que Todorov quiere decirnos es que del antirracismo al racismo hay un paso, que algunos intelectuales, como Alain Danielóu y André Béjin, no dudan en dar. El primero no vacila en recurrir a metáforas médicas:

“’El instinto de rechazo y de eliminación de los híbridos que llamamos racismo es un fenómeno normal de defensa ejercido por el cuerpo social, análogo al rechazo de injertos que experimenta todo cuerpo vivo’; el segundo (Béjin) defiende a los ‘racistas’, quienes en su opinión son simplemente unas personas ‘orgullosas de las superioridades de sus comunidades  étnicas’, y por lo tanto pecan exclusivamente de eurocentrismo, un ‘eurocentrismo natural e incluso sano’”.

La idea es enriquecernos a través de nuestras diferencias, pero siempre primero entre europeos. No hay blancos ni negros, sino grises… pero los grises más oscuros que se queden en su país y no rompan los huevos.

Es útil recurrir a la idea que Todorov tiene del concepto de cultura:

“La cultura tiene una doble función: ‘cognoscitiva’, en el sentido de que nos propone una pre-organización del mundo que nos rodea, un modo de orientarnos en el caos de informaciones que recibimos constantemente para poder avanzar en la búsqueda de lo ‘verdadero’ (la cultura es como el mapa o la maqueta del país que pensamos explorar), y ‘afectiva’, en el sentido de que nos permite percibirnos como entes pertenecientes a un grupo específico, y extraer de ello una confirmación de nuestra existencia.

Mi existencia (es decir, la imagen de mi yo en la conciencia) no es intrínseca a mis propios ojos, sólo puedo recibir su confirmación del exterior, de los otros: ora de los individuos (el niño descubre su propia existencia al captar la mirada de su madre: soy lo que ella mira), ora de lo grupos (soy un alumno, un musulmán,  un francés, luego existo)”.

Por supuesto que la búsqueda del reconocimiento y confirmación de nuestro existir no está limitado a nuestra infancia, sino que domina toda la vida social. No se trata de un atavismo del que uno se pueda desprender como si fuese una prenda pasada de moda.

En medio de esta maraña de información y diversidad de estilos de vida en la que más o menos todos estamos inmersos, dividir el mundo en “nosotros” y “ellos” no implica meramente una perversión personal o una carencia de buenas intenciones. Estigmatizar al “ellos” en función de características físicas o comportamientos sociales o religiosos es el modo más sencillo que tiene el ser humano para orientarse en una sociedad globalizada en donde los demás puntos de referencia han desaparecido. El deseo de simplificación está justificado como forma de economizar pensamiento. Sin embargo, aunque el deseo de simplificación es comprensible, la simplificación puede volverse muy peligrosa. En este video tienen un buen ejemplo de cómo Reza Aslan, un estudioso de las religiones árabes, destruye los mitos nocivos que parte de la sociedad estadounidense -fogoneada por los medios masivos- tiene del mundo árabe.

Termino con una frase que cada tanto me gusta repetir, que le pertenece a un ex profesor mío, Alejandro Kaufman, respecto de los medios y la violencia simbólica:

"La violencia simbólica es una violencia que no es física pero tiene un correlato y consecuencias eventualmente físicas. Y precede a la violencia física. Siempre que va a haber violencia física viene precedida por la violencia simbólica. Nadie se pelea en frío: mojar la oreja, insultar (…) En los colectivos sociales, la violencia no ocurre de repente. Cuando se trata de situaciones de linchamiento, de discriminación, de racismo y de genocidio antes hay una sistemática situación de violencia simbólica que puede durar mucho tiempo (…) Y los derechos humanos están relacionados con combatir la violencia simbólica, porque esta precede a las atrocidades".


Nota:


(1)    Todo lo que está citado entre comillas pertenece a El hombre desplazado, de Tzvetan Todorov, Taurus, 2007 (L’homme dépaysé, 1996). Para quienes no lo conocen, Todorov es un lingüista y pensador búlgaro nacido en Sofía, quien desde 1963 vive en París. Este posteo es un choreo del capítulo 5 y 6 del libro citado. 

lunes, 12 de enero de 2015

EL COMPLOT

En Teoría del complot, Ricardo Piglia nos dice:

"El exceso de información produce un efecto paradojal, lo que no se sabe pasa a ser la clave de la noticia. Lo que no se sabe en un mundo donde todo se sabe obliga a buscar la clave escondida que permita descifrar la realidad. (...) La paranoia, antes de volverse clínica, es una salida a la crisis del sentido".  

Es cierto que a veces el paranoico tiene razón; sin embargo, su acierto no es fruto de una reflexión sesuda o de una trabajosa investigación, sino del azar. El paranoico acierta de puro paranoico de mierda que es.


No es infrecuente que el complot se vuelva la amenaza frente a la cual se legitima el uso indiscriminado del poder.

"Todos conocemos el cliché de las teorías conspirativas como la de la ideología del pobre: cuando los individuos carecen de la capacidad y los recursos de mapeo cognitivo elementales que les permitirían ubicarse en su lugar dentro de la totalidad social, inventan teorías conspirativas que proporcionan un mapeo sustituto, que explica todas las complejidades de la vida social en términos del resultado de una conspiración oculta. Sin embargo, como suele señalar Fredric Jameson, esta crítica ideológica no es suficiente: en el capitalismo globalizado actual, TODOS estamos enfrentados a 'conspiraciones' efectivas (por ejemplo, la destrucción de la red de transportes públicos de Los Ángeles no fue la expresión de la lógica objetiva del capital, sino el resultado de una 'conspiración' explícita de las compañías automotrices y viales y de los organismos públicos (...)" (Zizek)

Termino con otro fragmento de Piglia:

"La diferencia entre tragedia y novela parece estar ligada a un cambio de lugar de la noción de fatalidad: el destino es vivido bajo la forma de una conspiración. Ya no son los dioses los que deciden la suerte, son fuerzas oscuras las que construyen maquinaciones que definen el funcionamiento secreto de lo real".

EL HUMOR Y EL DOLOR

Me pareció interesante, aunque seguramente polémica, una reflexión del humorista Esteban Podetti:


EN LAS TIERRAS DEL ENEMIGO

“Papá, ¿puedo jugar con el abuelo?” 

“Bueno, pero después volvelo a guardar en el cajón”.

El humor es degradación. Trabaja con la degradación de los valores, de las personas, del lenguaje y hasta de la autoestima. Al contrario del poeta, que trata de hacer al mundo más bello de lo que es, la misión del humor es rebajar al mundo a un nivel más bajo posible. ¿Por qué? Porque nos hace reir. Porque recordar que nada es tan sagrado nos produce un alivio y (si insistimos en encontrarle un lado noble) de alguna manera nos hermana.


Lo contrario de la degradación es, justamente, el homenaje. El homenaje y la elegía son el terreno del principal enemigo del humor, que es la solemnidad. Y de sus cultores, los recitadores de discursos y los ensalzadores de los valores y los nobles sentimientos. Porque aunque al humorista le gusta sentirse un filósofo o un revolucionario, en realidad es una especie de pibe medio rompepelotas en la edad del pavo: sus enemigos son el jefe tiránico y el dictador, pero también lo son el héroe, el santo, el poeta, el trabajador, la maestra de grado, la madre abnegada y hasta la víctima: la tarea del humor es encontrar el detalle estúpido en la cruzada más intachable y la tragedia más espantosa. En el camino se ofende a un montón de gente y nuestras abuelas nos quitan el saludo, claro, pero esa es la cruz que carga nuestra tarea.

Que un humorista homenajee a otro humorista es completamente contradictorio; va contra la naturaleza misma de nuestro trabajo. El humorista que se presta a un homenaje ha claudicado. Porque entramos a jugar el juego del enemigo (el juego de la frente surcada de arrugas y las palabras altisonantes), con sus armas, sus estrategias y sus ceremonias. He visto suficientes películas de artes marciales para saber que esto es un grave error. Durante un homenaje, el humorista debería ocuparse de lanzar ingeniosas ironías y, si esto no funciona, imitar al difunto con una voz graciosa, o tal vez bajarse los pantalones y mostrar el culo.

Pero claro, somos humanos. El otro día fueron asesinados humoristas por el hecho de hacer su trabajo (sea a causa del fanatismo o de una diabólica estrategia política pro-OTAN, el tiempo dirá) y que yo recuerde es la primera vez que pasa algo así en la historia de nuestro gremio. Y nuestra primera reacción es “¡Homenaje! ¡Homenaje! ¡Duelo! ¡Elegía! ¡Dibujo de lápiz ensangrentado!”
Atribuyamos esta claudicación al shock y el espanto, pero tratemos de recordar que este no es el orden natural de las cosas: Hemos entrado al reino de los plomos alegremente y entregado las armas, la armadura y el rosquete.

¿Qué puedo decir ante esta derrota? Lo único que debería decir un humorista en estos casos: ¡Patapúfete!

Se dice, con justa razón, que a todos más o menos nos hacen llorar las mismas cosas, pero nos reímos de cosas muy diversas. En lo personal estoy absolutamente convencido de que no es lo mismo el humor del débil hacia el poderoso, que del poderoso hacia el débil. Ok, también es cierto que en este guiso en el que nos estamos cocinando, a veces no resulta muy sencillo distinguir "opresor" de "oprimido". Sin embargo, desde el punto de vista político, no es lo mismo ver a Tinelli riéndose de una jubilada que a un humorista dibujando una sátira acerca de los fondos buitre. La palabra humor, como ocurre con muchas palabras, encierra conceptos densos. Como la palabra "casa" encierra la idea de choza, de tapera, de palacio... 


Lo que dice Podetti no sustituye la necesidad de tratar de entender las causas más profundas del mundo en que vivimos. Sería ridículo pedirle al humor, o al humorista, que resuelva las intrincadas cuestiones políticas que, en mayor o menor medida, nos afectan en tanto ciudadanos. Está claro que el sentido del humor no es un valor absoluto, como no lo es ningún valor humano. Sé que es una trivialidad aclarar esto, aunque en medio de tanta confusión, me parecía pertinente hacerlo.

Luego podremos agregar que el ataque de Boko Haram no recibió, como era de esperar, la misma cobertura mediática. En rigor, podemos agregar muchísimas cosas más.

No he dedicado mucho tiempo a buscar información más o menos seria, ni a reflexionar respecto de estas cuestiones. Puedo decir que me gustó bastante un artículo, de cuyo autor ignoro todo, que habla de la responsabilidad de Europa respecto de los atentados: Leer acá.

Me gustó también un comentario de Raúl C., en éste posteo de Abel Fernández:

Raúl C. dice:

enero 10, 2015 en 19:10

El artículo es impresionante. Gracias por traerlo, Visitante.

– Es increíble cómo, tanto a derecha como a izquierda, se ELUDE analizar de dónde sale el financiamiento y organización de los grupos violentos y del extremismo integrista (que no debe confundirse con el fundamentalismo).

– La derecha elude el tema porque, increíblemente, el régimen de Arabia Saudita, que aplica la forma religiosa más extremista (muchísimo más que Irán, por ejemplo), que es una dictadura de las más férreas del mundo, que aplica leyes medievales, que no permite un solo partido político ni una iglesia… es considerado oficialmente como ‘moderado’ en Medio Oriente y ‘amigo de los EE. UU.’. Lo mismo ocurre con otros países petroleros del Golfo.
Ya es un secreto a voces que el extremismo integrista tiene muchísimo que ver con ellos.
Y que el lobby petrolero saudita tiene enorme influencia en los EE. UU. Es decir, muchos políticos comprados (podría alinearse con los otros dos lobbies poderosos de allá que hacen su voluntad desde hace décadas: el pro-israelí y el anticastrista, aunque este último menos que antes).
No es un detalle menor que los grupos extremistas ‘islámicos’ violentos de ahora tengan en la región ‘los mismos enemigos’ que EE. UU. e Israel. (Y no me pongo a dividir entre buenos y malos, sólo creo que es un hecho de la realidad).

[Fuera de tema: me hace acordar a 1975/76 en Argentina: una violencia ‘peronista’ -Triple A- seguida de una violencia ‘antiperonista’… con *exactamente* los mismos enemigos].

Como dice el artículo, ellos, además de la parte violenta, organizan y financian a los ‘religiosos’ (agentes, bah) que buscan impedir la integración de la población musulmana en los países en los que residen.

– La izquierda elude el tema por un grave error histórico: el simplote esquema que dice ‘los musulmanes/árabes (en realidad confunden todo, porque aquí también entran los persas y quien sea) son los mayores/mejores enemigos de los Estados Unidos’, mientras delante de sus narices el extremismo ‘islámico’ violento y medieval amigo de los EE. UU. hace lo suyo.
También se confunde la izquierda por la confrontación natural con los neonazis como M. Le Pen: consideran que hay que apoyar todo lo que tenga el nombre ‘islámico’ porque ‘los otros’ están en contra.
La simpatía de parte de la izquierda por estas tendencias es una doble tragedia: porque el wahabismo trabaja en contra de todo tipo de islamismo realmente moderado, así como de todo tipo de laicismo, de integración de los pueblos y de progresismo… y además (o quizá por eso), sesgadamente, a favor de intereses globales capitalistas.

Es sumamente difícil ser prudente cuando hay muerte y dolor de por medio. Sin embargo, debo decir que acuerdo con Abel en que me parecen sumamente fastidiosos los comentaristas y "analistas" a quienes se les nota que el tema les importa tres carajos, pero aprovechan para vomitar injurias y resolver sus propias rencillas personales. 

jueves, 8 de enero de 2015

¿PARA QUÉ ESCRIBO?


En primer lugar, tengo que decir que escribo fundamentalmente para que me quieran. Me gusta que me comprendan y hasta que me admiren, como a casi cualquier ser humano, pero disfruto mucho más cuando me siento querido. ¿Por todos mis conocidos? Está claro que no: sería una pretensión absurda. Me interesa que me quieran algunas mujeres, algunos amigos y en especial las personas que respeto y admiro.


En segundo lugar, uno no tiene primero una idea y luego trata de encontrar las palabras para darle forma, sino que va descubriendo lo que tiene para decir mientras se expresa. Muchas veces son las palabras las que conectan los conceptos, y no los conceptos los que relacionan entre sí a las palabras.


Me gusta vivir, y no me considero depresivo ni melancólico. Prefiero tratar de ser feliz antes que de parecer “interesante”. En mí no existe una separación tajante entre “la literatura/filosofía” y “la vida”. Sólo vivo profunda y carnalmente cuando puedo expresar mis vivencias a través de la palabra.


En los grandes escritores casi todo está vivo. En los malos escritores, la palabra nace muerta. Para los escritores mediocres, como es mi caso, la letra muerta y la letra viva se mezclan en proporciones variables.


La vida es demasiado breve para que las palabras sean suficientes, pero demasiado difícil para que prescindamos de ellas. Para mí leer es una adicción, aunque también una forma de felicidad. Podría vivir sin escribir, pero me resulta difícil imaginar qué sería de mi vida sin la lectura.


No siento el deseo de escandalizar, el vértigo de la infamia ni el placer morboso de quienes prefieren ser odiados antes que pasar inadvertidos.


Según el escritor francés Michel Houellebecq, “hay en mí una forma de sinceridad perversa: busco con obstinación, con encarnizamiento, lo que puede haber en mi persona de peor para depositarlo, todo bullicioso, a los pies del público: exactamente como un terrier deposita un conejo o una zapatilla a los pies de su amo. (…) No deseo gustar a pesar de lo que tengo de peor, sino a causa de lo peor que tengo, llego hasta desear que mi peor parte sea lo que se prefiere en mí”.


A mí Houellebecq me parece un buen escritor, pero su persona me da cierto rechazo. Me gusta ser veraz, y que me quieran a pesar de mis defectos; de ningún modo pretendo que los demás deseen o se encariñen con las peores facetas de mi personalidad.


Hago este blog, entre otras cosas, porque tengo la pretensión de ir conociendo personas interesantes que me enriquezcan con sus puntos de vista diversos. Invito a que cualquiera me pueda contradecir con buenos argumentos y evitando la injuria, que es lo que sobra.


Creo que con esto dije más o menos lo esencial.

jueves, 25 de diciembre de 2014

¿PARA QUÉ ESTUDIO DANÉS? PARA LEER A SØREN KIERKEGAARD

Apenas saben que estoy estudiando danés, muchos me preguntan para qué aprender una lengua tan poco hablada. A despecho de que pueda existir cierto esnobismo en mi decisión -creo que no, pero uno no suele ser buen juez de sí mismo- ; la razón principal es que aspiro a leer la obra de Søren Kierkegaard en su idioma original.

A menudo la vida se parece a una suerte de escenario en el que somos arrojados más allá de nuestra voluntad, obligados a intervenir en una trama que apenas conocemos. No tenemos un guión en el que ampararnos, y no siempre intuimos lo que los demás actores esperan de nosotros.

“Life's but a walking shadow, a poor player, that struts and frets his hour upon the stage, and then is heard no more. It is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing”. (Shakespeare, Macbeth Act 5, scene 5, 19–28)

En el orden social, Kierkegaard (1813-1855) fue uno de los primeros en darse cuenta del peligro de despersonalización que se encierra en la creciente tendencia a la masificación y el anonimato de la sociedad moderna. Por cobardía ante el riesgo que supone la existencia personal, los hombres nos refugiamos en el anonimato de la multitud. Demasiado débiles para ser “alguien” por sí mismos, buscamos ser “algo” por el número.

A diferencia de lo que nos pasa a los seres humanos, los animales están preparados particularmente para hacer muy bien alguna cosa específica: el delfín puede nadar a gran velocidad, pero su cuerpo no le permite desplazarse en tierra; las patas del elefante le permiten sostener su enorme peso, pero son inútiles para tocar el piano. Algunos animales tienen muy buena vista, o son veloces, o son capaces de cazar o hacer agujeros en el suelo. Por eso, cuando el ecosistema cambia bruscamente, ellos tienen mucha menor capacidad de adaptación que nosotros.

Nuestro brazo nos permite trepar, pero nada comparable al mono; podemos dar un golpe, pero sin la fuerza o la capacidad de daño de un león o un oso; podemos nadar, pero incomparablemente peor que un delfín o una foca. Sin embargo, podemos hacer todas esas cosas y además tocar el piano, jugar al tenis, correr una maratón, señalar la luna, diseñar el plano de un edificio, sostener un libro de Luis Majul (?), acariciar a un niño o pintar un cuadro.

Somos lo que decidimos ser. Por eso la existencia presupone la decisión por la que el hombre toma íntegramente su destino en sus propias manos. El hombre, como bien vio Sartre, está “condenado a ser libre”. Está condenado porque no fue él mismo quien se creó, y sin embargo es libre porque una vez arrojado al mundo, es responsable de sus actos.

Nuestra vida no se parece a la de una planta, cuyo futuro está ya “escrito” en la semilla; el hombre es el demiurgo de su porvenir; es aquello que proyecta ser. Eso no implica afirmar la obvia pelotudez de que resulta indiferente nacer en una villa miseria que en una cuna de oro. El entorno nos condiciona, pero nunca nos determina por completo. Dentro de las situaciones diversas que nos toca atravesar, estamos permanentemente obligados a elegir. Esa libertad es la que nos provoca “angustia”.

Pues bien, justamente Kierkegaard nos enseñó a distinguir entre “angustia” y “miedo”. El miedo surge ante el peligro o la amenaza de perder un bien particular y concreto. En la angustia, en cambio, no es algo particular lo que está amenazado, sino todo, la totalidad del hombre, su misma existencia que se manifiesta como expuesta a la nada. La angustia es una experiencia no física sino “meta-física”. La angustia siempre se corresponde con la nada. Por eso el lenguaje corriente habla de “angustiarse por nada”. La angustia no ocurre por algo externo, sino que el hombre mismo es fuente de su propia angustia. La angustia está ligada a lo que el individuo no es, pero puede llegar a ser. Por eso la angustia se dirige al futuro, como posibilidad de la libertad, y no al pasado. Lo posible y lo futuro están íntimamente relacionados. Cuando nos angustiamos por un hecho pasado lo hacemos en tanto tememos que algo malo vuelva a ocurrir. Uno puede arrepentirse de un hecho pasado, pero siempre se angustia hacia el futuro.

Me apuro a escribir que el individualismo de Kierkegaard tiene poco que ver con el egoísmo consumista que predica la mayor parte de la publicidad masiva, ni con hacer lo que se te canta sin que te importe el prójimo.

Se dice que Kierkegaard era un gran escritor, un gran estilista de la lengua danesa. Podemos apreciar su talento en una buena traducción, pero en cierto modo la poesía no se traduce, porque la música no se traduce.



Una de las diferencias abismales que me separan del autor de Temor y temblor radica en que soy agnóstico, y que defiendo una actitud más alegre y relajada ante la vida. Sin embargo, el fenómeno religioso me interesa, porque creo que forma una parte importante de nuestra cultura.  No soy muy original en mi creencia de que los seres humanos creen en Dios porque no soportan la idea de su propia muerte, ni la de sus seres queridos. El sol, como la muerte, no se puede mirar fijamente.

sábado, 13 de diciembre de 2014

EL MEJOR POEMA DE LA TELEVISIÓN ARGENTINA



Aquí se puede apreciar una de las escenas de amor más logradas de la historia de la televisión argentina. Un duelo actoral de la reputísima madre que lo parió.



La escena da cuenta del amor no correspondido entre "La Isa" -Marcela Klosterboer- y "Segundo" -Mariano "Imito el acento marginal re bien" Martínez-. El corazón de alcaucil, el clímax de semejante obra de arte comienza a partir de los 2 minutos 7 segundos:



Klosterbóster le dice: “dále, sigamos con la clase (?)”. De más está decir que hasta ese momento eran dos nabos hablando gansadas en el auto, con lo cual no sé a qué clase se referirá... uno imagina que aprendían castellano en el asiento delantero, lugar bastante incómodo para leer y escribir.



Y luego viene la mejor parte: el personaje de Klosterbóster le pregunta a "Second" si preparó la composición que le pidió; él le contesta que sí, y ella le pide que se la lea, para que practique su oralidad. Nuestro héroe toma coraje y decide confesarle su amor a través de la lectura de un poema propio:



“É rubia ella, y linda…y me ayuda mucho;

porque é buena ella, y todo lo que toca, cambia de coló.

Y tiene un corazón grande ella, y hace latí el mío…

más fuerte; cuando etámo cerca.



No lo sabe ella, pero la amo yo”.





Y la remata con un: “só vó ella, Isa”...



Más allá de que en la televisión, todos los personajes suelen ser más estúpidos de lo necesario, pesa una fatalidad sobre el costumbrismo: al prescindir de una idea de composición de lenguajes, se recurre a dialectos supuestamente marginales o regionales que no son trabajados por el talento del guionista. Describir a un tigre llenando la página de rugidos no tiene mucho sentido. El exceso de mímesis revela falta de imaginación y de invención.



En fin, ¿qué estará haciendo el guionista en este momento, mientras yo me deformo la espalda en la mesa de entradas de Tribunales?

EL DELIVERY DE OFICINA



Pedir empanadas en la oficina es complicado. Yo solía organizar los pedidos: confeccionaba una planilla de excel y se la enviaba por mail a todos, para que elijan libremente. Luego recopilaba y clasificaba la información con nombre, gustos y costo a pagar. Lo usual era anotar con rayitas, como en el truco. Después me iba a coquetear con la recepcionista para que haga el pedido (estaba buenísima la recepcionista, y me miraba con cara de “uh, otra vez el nabo éste que se hace el que organiza para venir a darme charla”).

Además me ocupaba de juntar la guita escritorio por escritorio, entendiendo que siempre hay quien come media empanada y quien come 23. He sido muy bien criado y tengo una noción alta de la justicia,  por lo cual nunca estuve de acuerdo con pagar a la romana, perjudicando a quien menos tiene. Es entendible también que a veces alguno anda medio flojo de bolsillo, como Juancito, entonces yo cargaba 1 pesito más a la cuenta de los “ricos” que se pedían media docena y compraba alguna que otra para que sobren y al final poder decir "uh, se equivocaron, quedátela vos Juancito, que ya todos agarraron las suyas"...y Juancito podía comer una extra a pesar de que él había jurado que pedía pocas porque justo había empezado un régimen (“Juancito, vos pesás 46 quilos y medís un metro noventa, ¿para qué hacés régimen si casi no arrojás sombra porque los rayos del sol esquivan tu silueta?”).

Y pese a todo era feliz. Me gustaba quedarme en la oficina a juntar las sobras, para que los jefes no se quejaran de que estaba todo sucio. Sí, yo fui feliz... Me sentía protagonista de la vida diaria, asumiendo la responsabilidad, tomando decisiones, agarrando fuertemente las riendas de mi propio destino. Enfrentando situaciones, poniéndole el pecho a las balas cuando la cuenta no da, o cuando falta una, o cuando se quejan del olor que quedó en la sala de reuniones (búnker del delivery). Hasta me preocupaba por abrir la ventana primero, ventilando el ambiente para evitar las protestas. La contraseña era: “reunión de avance en la sala grande a las 2 pm”...

Después la vida me fue golpeando un poco. Entendí que a menudo la gente es una mierda. Empecé a mirar lo que antes no miraba, comencé a prestar atención: a ver cómo Pablito se hacía sistemáticamente el boludo para comer de más; al que no garpaba.....al que pedía una y comía dos......el que nunca juntaba......el rata......el sucio que dejaba todo tirado y jamás lavaba un plato ni limpiaba la mesa.. a las minitas que pedían las variedades más exóticas para complicar, para darse corte: “¡Ay, ¿vas a pedir?.. yo quiero berberechos meditárraneos con algas verdes al vapor y huevos de bacalao depilado al carbón”… ¡hacé el pedido vos, hija de puta! Y uno, que ya tiene experiencia, termina tirando “dos de carne”.. como para compensar. Siempre es uno el que afloja.

Yo organizaba, pero no organizo más. La vida te va desgastando, te das cuenta que tenés ganas de comer empanadas pero ya no pedís....mirás a los costados pero agachás la cabeza....y ya no pedís.......y lo peor es que la gente se olvida, enseguida se olvidan y ya nadie dice “che, ¿qué pasa con Rodri que no pide más empanadas ni llama al delivery?”. Porque la gente se malacostumbra, y en lugar de notar nuestro esfuerzo lo tiende a considerar un derecho adquirido.

Porque la gente no tiene memoria, cada uno se mete en lo suyo y es indiferente....¿y si necesitaba ayuda? ¿Y si Rodri quería organizar para sentirse importante o querido?

Nadie se te acerca, nadie te da una mano, todos se hacen los giles para pagar y luego agarran una de más…

Uno se vuelve otro, se queda en el molde. Si los demás tienen hambre y quieren delivery que hagan el esfuerzo y pidan, que se hagan mala sangre, que la peleen.. yo ya no organizo más.

Cuando me consultan por gustos, pido siempre lo mismo, 2 de carne........porque sé que hay gente que pide con hambre, con ojo grueso y después no come, ¡¡la vida me enseñó!! Entonces gasto poco y me quedo hasta el final.....para comer gratis..... ya no junto la guita, si me la vienen a pedir se las doy....si no, me hago el otario y que saquen cuentas hasta que adviertan que me faltaba pagar a mí: siempre hay un buenudo -como solía ser yo- que pone extra para evitar el quilombo y que la gente la pase mal....entonces garpa él y quizá, con suerte, termino zafando...




Ahora dejo todo tirado.....como, chupo y apenas me limpio la barba si quedan restos… ya no coqueteo (porque me di cuenta de que los resoplidos de la recepcionista eran una señal clara de que apenas soporta mi presencia)… y salgo de la cocina siempre penúltimo, para no apagar la luz y para no juntar. ¡Que junten los otros, los jóvenes, los "pilas"!

Ya no soy feliz, y a veces pienso que cada experiencia acumulada que adquiero la termino aplicando para hacer el mal Me doy cuenta que la rueda de la vida da vueltas y vueltas y más vueltas, y que uno se transforma en ese ser detestable que otrora odiaba.  ¡Es así viejo! Uno cae en esa inercia y empieza a pensar como si fuera otro. Uno sabe en su interior lo que es bueno, pero elige la fácil, la perjudicial para el prójimo. Tal vez uno, interiormente, sigue siendo el mismo -o no, vaya uno a saber: el río del tiempo, el eterno dilema Parménides/Heráclito de la permanencia en el cambio. Lo concreto es que ahora, antes de tomar una decisión, la pienso mil veces. La medito aplicando toda esa sarta de mecanismos de pensamiento que aprendí a puro cachetazo, y ya no reacciono con el corazón, ya dejé de ser espontáneo: reacciono con la cabeza, y me quedo pensando: “¿a dónde quedaron los buenos sentimientos?”, ¿quién fui, quién soy? ¿Cómo es que llegué a ser tan cínico y oportunista?”

CUANDO LLEGA EL DELIVERY DE EMPANADAS



Se ha dicho que el mundo se divide en: 1) los que apenas llega el delivery agarran las empanadas que ellos pidieron, poniendo todas “las suyas” en el plato como si fueran perros; y 2) los que van viendo sobre la marcha, probando un poco de todo, sin preocuparse por qué pidió cada uno. Se alega además que los segundos suelen odiar a muerte a los primeros.

Sin ánimo de ser exhaustivo, se me ocurre agregar algunas de las siguientes variantes:

Están los obsesivos hiper-estructurados que tratan de interpretar los 78 ideogramas chinos que se corresponden con: “carne cortada a cuchillo”, “humita”, “humita del litoral tucumano andino bonaerense”, “carne cortada con tijera”, “carne suave”, “carne re picante boló tené cuidado”, “jamón y queso”, “queso y cebolla”, “¡quesó, angurriento?!”…

El matemático/metódico/ordenado/obsesivo/hermeneuta-de-la-papeleta-que-viene-dentro-de-la-caja se suele enfocar en el más despreocupado –cuyo método expeditivo se basa más bien en la "exploración por ensayo y error”- y lanzarle un: “¡Qué pediste pelotudo! ¡Las de carne son esas que tienen el repulgue ondulado y la marquita en el medio!”.

Jamás faltan los que meten los garfios para entrever el contenido de la empanada. Una variante de este tipo de ansiosos la constituye el que mastica sin esperar a que se enfríe: ahí nomás suelen proferir insultos en arameo hacia los cuatro puntos cardinales. Incluso, al apagar el fuego que de improviso les invade la tráquea y los pulmones, se suelen atragantar con la mezcla de gaseosa/cerveza/vino y empanada a medio masticar, con lo cual terminan por escupir y toser durante ocho o nueve minutos seguidos.

Otra variante, extremadamente impopular, es la del que pega el tarascón cual tiburón blanco y luego –al anoticiarse de que “¡uh, la pucha, este gusto no era el que pedí”- se hace el otario y la deja a un costado. Como es de esperar, si alguno lo cacha en falta le salta inmediatamente a la yugular exclamando: “¡¡ahora te la comés la conchitumá!!”. Resulta obvio agregar que en este caso estaríamos en presencia de un “sin códigos”.

El consumidor-madre (que puede o no serlo): corta las empanadas en dos o en tres pedazos, para que a) se vayan enfriando y nadie se queme; b) facilitar la discriminación del contenido; c) favorecer el abandono de un pedacito de empanada libre de saliva fresca, que eventualmente puede servir para que el satisfecho se lo done al famélico de turno.

Tampoco faltan los violentos que -sin darte tiempo ni a pestañar, y viéndote un tanto dubitativo- te tiran: “¡si ya la mordiste es tuya pedazo de lksd aslb aslba bldpaor!”, anticipándose a la posibilidad de que seas un “sin códigos”.

Está el que muerde una y se entera al toque de que no era el relleno que pidió, cuyo hambre y desesperación lo llevan a seguir desgarrando y deglutiendo la presa. Este tipo de personas suelen ocasionar disturbios cuando quedan pocas en la caja (salvo que se hayan pedido varias docenas de más, lo que es muuuuuy infrecuente).

Párrafo aparte para el “delivey bajón”: ahí ya todo es una anarquía total, un desbande de brazos, tenedores, puñetazos y empujones. Una bellum omnium contra omnes /”the war of all against all”, un hobbesiano estado-de-naturaleza-sálvese-quien- pueda donde la excepción se torna regla.

Finalizando, están las personas serviciales que se preocupan por tender la mesa, porque todos tengan ubicación. Espíritus humanitarios quienes, sin importar su grado de hambre, jamás manotean primero, aguardando con paciencia a que les llegue su turno. En mi opinión, esta clase de personas son extremadamente difíciles de hallar y, como los dinosaurios o los mastodontes, se diría que conforman una raza extinta.