domingo, 23 de agosto de 2015

EL AMOR Y LOS CELOS

Me parece necesario desmontar cierta mitología que sugiere que cuanto más te celan más te quieren. Creo que los celos son un asunto de grado, pero en cierto nivel tienen que ver más con una falta de amor por uno mismo que por una demostración de amor al otro.

Recuerdo una cita de Fragmentos de un discurso amoroso, un muy bello libro de Roland Barthes:

"Como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nadería: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario".

Aunque la realidad es compleja y llena de matices, un inmenso guiso donde todo se mezcla de manera confusa, para analizarla debemos recurrir a la distinción conceptual, para lo cual voy a basarme en algunos  libros del "psicoanalista mediático" Gabriel Rolón, quien tiene la virtud de ser pedagógico sin por eso dejar de alcanzar cierta profundidad en sus planteos:

"Empecemos por diferenciar la envidia de los celos y digamos que la envidia es una relación que hace referencia al vínculo que se establece entre dos personas, en el cual una de ellas desea tener lo que la otra tiene". 

Eso que tiene el otro, para el envidioso no tiene ningún valor. El envidioso no desea por el atractivo del objeto, sino a partir de la molestia que le genera que el otro tenga algo que él no tiene. Un buen ejemplo, que cita Rolón, es observar el comportamiento de los niños:

"Lleven dos golosinas exactamente iguales a dos chicos; denle una a cada uno y van a ver cómo es casi seguro que alguno de los dos va a protestar y a decir que quiere la que tiene el otro. 'Pero ¿si son iguales?', tratarán de explicarle en vano. A lo que el chico responderá que no le importa, que igual quiere la que tiene el otro".

La envidia es, a diferencia por ejemplo de la ambición -que en cierto grado es positiva- un vicio puro: es un modo de relacionarse enfermizo donde el único placer que se obtiene es a partir del dolor del otro. No creo que exista la "envidia sana", sino en todo caso la envidia mezclada con otros sentimientos más nobles. Porque las virtudes, como los vicios, nunca están en nosotros en estado puro.

El envidioso, muchas veces, prefiere tener un objeto y "tirarlo antes de dártelo a vos". Con los celos ocurre algo distinto:

"En los celos hay una relación triangular, hay también algo muy valorado y hay un temor enorme de que eso pueda ser dado a otro.

Generalmente, la persona celosa sufre mucho; vive en una eterna intranquilidad, está todo el tiempo pendiente y atemorizada ante la posibilidad de perder aquello que ama".

De modo muy esquemático pero didáctico, el amigo Rolón distingue tres momentos en la construcción del amor:

1) Enamoramiento;

2) Desilusión;

3) Aceptación de las diferencias y desarrollo del amor.

"En el primer momento el amado es alguien maravilloso, no tiene defectos, nadie es mejor porque está terriblemente idealizado, casi endiosado. El amado se  ve engrandecido en tanto que el enamorado se va empequeñeciendo hasta el punto tal de no poder entender cómo alguien tan perfecto se ha fijado en él.

Por eso depende tanto de su objeto de amor, porque siente que lo completa, lo llena; en esta etapa el enamorado dice frases del tipo: 'yo ya había perdido  la esperanza de encontrar alguien como vos'".


Recordemos que la ilusión es un trastorno de la percepción, que consiste en la visión deformada de un objeto, y es lo que produce el enamoramiento. En este sentido, no debe confundirse con la "alucinación", que radica en una percepción sin objeto: vemos algo ahí donde no hay nada. 

Retomando, diremos que lo que primero es un "qué dulce que es mi novio, me llamó a las 4 de la mañana para saber cómo llegué", con el tiempo se puede transformar en "¿para qué me llama este pelotudo a las 4 de la mañana, no confía en mí o sólo tiene ganas de joderme?".

"Al principio el otro llamaba y el enamorado salía corriendo a su encuentro. En cambio, tiempo después, puede decir que ahora no, que está haciendo otra cosa, que va a pasar después. ¿Por qué ahora puede esperar para verlo y antes no? Porque ha recuperado ese afecto que estaba volcado en su totalidad en el otro, empieza a aparecer el valor propio y vuelve a sentir que es alguien más allá de estar o no con el otro".

Estar eternamente enamorados no es tan bueno como parece. Cuando el otro no puede salir del estado de enamoramiento, termina por asfixiar a la persona amada:

"Me decía una paciente que le resultaba agobiante sentirse tan necesitada por su novio. Se quejaba de que él no podía hacer nada si ella no lo aprobaba, que le consultaba ante cada cosa y terminó esa sesión diciendo: 'por favor, que baje un cambio... soy simplemente una mujer'".

En otras palabras: si esa idealización extrema se prolonga demasiado en el tiempo, termina por no ser grata para ninguno de los dos.


"Lo que ocurre es que hay quienes no están en condiciones psicológicas para emprender una relación sana y, entonces, cuando se les termina la novela rosa, se les termina el amor. Porque, en definitiva, la relación de amor tiene que ver con eso de poder discriminar lo que el otro tiene para dar, de lo que no tiene; y es más, a lo mejor lo tiene pero no lo quiere dar, y es su derecho.

Por eso se hace necesaria una cuota de madurez para tener ese respeto por la voluntad del otro e intentar ser feliz a pesar de esto que no puede o no quiere dar.

Cuando alguien no es respetuoso de esta dinámica, la relación se vuelve patológica. ¿Por qué? Porque va a buscar de cualquier modo lo que no obtiene y va a atormentar al otro, lo va a presionar y esto va a hacer que su pareja se sienta mal, cuestionada y exigida todo el tiempo".

Cuando el celoso o la celosa nos preguntan en qué estamos pensando, muchas veces lo hacen desde el temor a que estemos deseando a alguien que no sea él o ella. El celoso vive abrumado por el temor de perder a la persona amada, y por eso siente la necesidad de controlar con quién está, dónde está y qué es lo que está mirando su pareja.

Al celoso patológico no existe nada que lo conforme, porque quiere tener la exclusividad del deseo del otro, porque lo que busca jamás se lo podrá dar la persona deseada: siempre querrá más.


"Dice Freud que nunca estamos menos protegidos contra el dolor que cuando amamos. Porque es imposible no ser un enamorado en peligro ya que, todo el que ama, corre un riesgo.

El celoso, y llegamos por fin a una primera definición, es aquel al que ese riesgo se le vuelve una tortura".


En mi experiencia, las mujeres celosas -y a los hombres seguramente les pasará más o menos lo mismo- suelen tener arranques que no pueden controlar, de recriminación y desconfianza; al tiempo piden perdón, muchas veces con lágrimas en los ojos o incluso bañadas en llanto, para luego volver a repetir el mismo círculo.


Digámoslo nuevamente para que quede claro: como los celos enfermizos son una falta de amor por uno mismo que el celoso proyecta en la pareja, no podrá estar nunca tranquilo: la falta de confianza en su pareja no es más que la proyección de la desconfianza que siente por sí mismo. El celoso intenta colmar una falta en el otro que en rigor es de él, y por eso lo peor que se puede hacer con una persona celosa es darle el gusto.

"Imaginen que una mujer se levanta a la mañana para ir a trabajar y su pareja la mira y le dice:

-¿Te vas así vestida al trabajo?

-Sí -contesta ella-, ¿por qué?

-No, nada... es que das ordinaria... demasiado provocativa, pero qué se yo, si a vos te gusta.

Pues bien, les aseguro que si esa persona va, se cambia, se ponen un pantalón ancho o un jogging, después va a ser:

-Pero, cómo... ¿vos no llegabas a las seis?

-Sí.

-¿Y qué te pasó?, ya son las seis y cuarto.

Y luego será:

-No, ¿como que te vas a quedar a estudiar en casa de tus compañeros? Mejor vengan a estudiar acá.

O si no:

-No te quedes a dormir, yo te voy a buscar, yo te llevo, yo te traigo...

No hay que ejemplificar mucho más para comprender que esta situación, más tarde o más temprano, va a resultar asfixiante. Y, además, no acabará nunca, porque siempre va a querer algo más, porque en realidad lo que está pidiendo es otra cosa, algo que ni él mismo sabe qué es.

En cambio, si cuando esa mujer sale con la minifalda y él le pregunta: '¿Te vas así?, ella respondiera: 'Sí, me voy así', es cuando, quizá, lo esté ayudando. ¿Por qué? Porque es probable que al no obtener lo que está pidiendo se angustie y, a lo mejor, esa angustia lo va a llevar a buscar algo para resolverla. Un análisis, por ejemplo".

Más allá de que una interpretación maliciosa puede sugerir que Rolón tiende a promover la resolución de la angustia por medio del análisis para cuidar su negocio, efectivamente hay personas que necesitan ayuda psicológica para resolver cuestiones que no son capaces de resolver por sí mismas. La vida moderna está llena de mensajes que promueven las soluciones individuales, los libros de autoayuda, el "hágalo usted mismo", el "sálvese quien pueda". Yo tengo ganas de decir que ese mensaje puede ser profundamente falaz: muchas veces necesitamos ayuda, porque somos seres humanos y no dioses omnipotentes.

Está claro que a veces los celos son razonables: si mi novia me dice que tiene que hablar un tema con el padre de su hijo, para lo cual debe encontrarse a tomar un café, lo entiendo perfectamente. Si me dice "vamos a ir un fin de semana a una cabaña para ver si podemos charlar a fondo el futuro del nene", yo la mando a la mierda. ¿Me explico? 

A muchas personas les molesta que no los celen nunca, pero es porque confunden los celos con el amor, porque no tienen incorporada la importancia que en el amor juegan la confianza y la libertad.

"Si amas a un pájaro déjalo libre; si vuelve a vos es tuyo, de lo contrario nunca lo fue", dicen algunos.

Rolón argumenta, a mi juicio con mucha razón, que pretender que si alguien se va y vuelve es tuyo, o de lo contrario nunca lo fue, es pretender que las cosas son eternas y que no pueden perderse, y no es así como funciona el mundo. La realidad, es decir aquello que se resiste a mis deseos, nos demuestra que como verdad poética, la frase puede sonar linda -bah, a mí me suena demasiado cursi- , pero que en rigor es falsa.

Si no recuerdo mal, Lacan decía que amar es "dar lo que no se tiene a alguien que no lo es". No siempre el amor es algo maravilloso que todo lo vence y todo lo puede. En lo personal, me agrada la idea de Erich Fromm, para quien el amor es también un "arte", y por lo tanto podemos aprender a amar mejor, de modo más pleno y más maduro, más allá de que seamos conscientes que el amor es un sentimiento que viene y se va, hasta cierto punto, más allá de nuestra voluntad. En gran medida, no amamos sino lo inevitable. Considerar al amor un arte es entender que requiere conocimiento y esfuerzo; si en cambio creemos que se trata de una mera sensación placentera fruto del azar, adoptaríamos una postura pasiva, de niño medio pelotudo: casi diría un espectador de televisión ideal.


Esto es todo por el momento.

¡Sean felices!

Rodrigo

miércoles, 19 de agosto de 2015

DESEANDO UNA CHARLA EXTENSA, PROFUNDA Y QUE DEJE "HUELLA"

Tengo deseos de dialogar extensa y profundamente con cualquiera que sea capaz de producirme un "trastorno". Tengo ganas de tomarme una cerveza y hablar largo y tendido con alguien que no le tenga terror al aburrimiento. Hay conversaciones que florecen cuando uno menos lo espera, en medio de un terreno que minutos antes parecía yermo y anodino. Tengo ganas de que no me miren con cara de embole cada vez que digo que me apasiona la filosofía o la literatura... No estoy tratando de lucirme, de hacerme el diferente o de jugar el juego de la seducción histérica... Muchas veces me cansa representar el papel del payaso con pasta de campeón. Hoy no me importa -mañana por ahí sí- si el interlocutor es una mujer hermosa o un viejo decrépito. “Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!”. (Fabián Casas dixit). Me gusta mucho cuando alguien me cuenta, con lujo de detalles, alguna experiencia de vida que le ha dejado huella, como también me gusta mucho que me escuchen con sumo interés, sin mirar el reloj o el whatsapp. Imagino que esto que me pasa a mí no es muy original que digamos, ¿no?

domingo, 16 de agosto de 2015

¿NUNCA TE MIRÓ UNA VACA DE FRENTE?

"Contempla el rebaño que pasta delante tuyo: ignora lo que es el ayer o el hoy, brinca de acá para allá, come, descansa, digiere, vuelve a brincar, y así desde la mañana a la noche, de un día a otro, en una palabra: atado a la inmediatez de su placer y disgusto, en realidad atado a la estaca del momento presente y, por esta razón, sin atisbo alguno de melancolía o hastío. Ver esto se le hace al hombre duro, porque él precisamente se vanagloria de su humanidad frente a la bestia y, sin embargo, fija celosamente su mirada en su felicidad. Porque él en el fondo, únicamente quiere esto: vivir sin hartazgo y sin dolores como el animal, aunque lo quiera sin embargo en vano, porque no lo quiere tal y como lo quiere éste. Así el hombre pregunta al animal: ¿por qué no me hablás de tu felicidad y únicamente me mirás? El animal quiere responderle y decirle: "esto pasa porque siempre olvido lo que quisiera decir". Entonces también se olvidó de esta respuesta y calló, de modo que el hombre se quedó asombrado". (Nietzsche, "Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida", II Intempestiva).




Al decir de Enrique Santos Discépolo: "si yo pudiera como ayer, querer sin presentir"... El animal no siente culpa por el pasado ni temor por el futuro, como si en rigor no supiera que está condenado a morirse, y a tener consciencia de la muerte segura de aquellos a quienes ama.

sábado, 25 de julio de 2015

LA MUSA DE FRIEDRICH NIETZSCHE: LOU ANDREAS-SALOMÉ

“¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”, dijo el personaje de la viejecilla en Así habló Zaratustra. En la foto que ilustra el post, tan cargada de ironía, es en cambio la bella rusa Louise von Salomé la que empuña la fusta, en un carro tirado por Friedrich Nietzsche y su amigo Paul Rée.

Hay mujeres cuya mezcla de belleza y carisma despiertan envidia y deseo en quienes las rodean. “Pero a su vez”, nos dice Carolina Aguirre, “dentro de esa elite femenina, hay un tipo aún más escaso de mujer que trasciende la conquista a granel. Una clase de mujer que, sin ser necesariamente despampanante o inteligente (aunque podría serlo), no sólo tiene una cantidad increíble de admiradores, sino que además tiene a los mejores. Que en vez de tentar a doscientos cincuenta mecánicos desde un almanaque de gomería, es la musa de muchos escritores, músicos y artistas plásticos de su generación. Una mujer que en vez de recibir perfumes y chocolates como todas las mortales, despierta poemas magistrales, inspira personajes de libros, o es la protagonista de las mejores canciones del rock”.

Los ejemplos son abundantes: Norah Lange y su atracción sobre Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo; Gala, quien fue musa de los surrealistas Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard, Max Ernst, y del pintor Salvador Dalí. “De Marianne Faithfull y Anita Pallenberg todos sabemos la historia: novias, amantes, talentosas musas de Mick Jagger y Keith Richards entre otras, tuvieron un gran impacto en los Rolling Stones, e inspiraron y ayudaron a componer decenas de canciones memorables como She Smiled Sweety, Complicated, Beast of burden, Sister Morphine y Something Better hasta Wild Horses y Sympathy for the Devil.


En el caso que nos ocupa, el de Lou Salomé, no sólo el solitario autor de El nacimiento de la tragedia se copó con ella: fue amante de Rainer María Rilke y amiga de Sigmund Freud. Nacida en 1861 en San Petersburgo, tenía veintiún años de edad cuando conoció a Friedrich Nietzsche, quien era diecisiete años mayor.


Siendo la única niña entre cinco varones; su padre, el severo general ruso Gustav von Salomé, de ascendencia alemana, la adoraba y, por tanto, le consentía casi todos sus caprichos. En el seno de la familia se hablaba indistintamente el ruso, el francés y el alemán, y la pequeña Lou creció rebelde y llena de deseos de aprender. En vez de consagrar su adolescencia y juventud temprana a la búsqueda de un esposo para formar una familia, como era norma entre las hijas de la gran burguesía, la tenaz Louise se interesó muy pronto por la literatura y el conocimiento. A sus diecisiete años conoció a un culto predicador, llamado Hendrik Gillot, con quien leyó a Kant, Spinoza y Kierkegaard. Lamentablemente para ella, Hendrik -veinticinco años mayor, casado y con dos hijos- se terminó por enamorar de su joven discípula y le propuso matrimonio, con lo cual la pobre Lou tuvo que cortar relaciones, por negarse a tener relaciones (cuac).


Luego de la muerte del padre, en el otoño de 1880 y acompañada por la mamá, Lou llegó a Zúrich; a partir de ese momento no volvió a vivir en Rusia. A poco de llegar dedicó sus esfuerzos al estudio de la teología, la filosofía y la historia del arte, a tal punto que se pasó de rosca y los médicos le aconsejaron que parara un poco la máquina. La cura de reposo llevó a madre e hija hasta Roma, donde conoció el círculo de intelectuales reunido en torno a Malwida von Meysenburg, una rica aristócrata defensora de los derechos de la mujer, conocida en Europa como la autora de Memorias de una idealista (1876).


A comienzos de 1882 y por mediación de Malwida von Meysenburg, Lou trabó amistad con Paul Rée primero, quien le habló a Nietzsche de una rusa que podría convertirse en su discípula:


“Salude usted a esa rusa de mi parte”, le escribió Nietzsche, “si es que ello tiene algún sentido. Particularmente, estoy ávido  de ese tipo de almas. Así que hasta es muy posible que lo primero que haga sea salir a cazarla, pues, considerando todo lo que deseo hacer durante los diez próximos años, la necesito”.


Con ayuda de Malwida von Meysenburg, Paul Rée convenció a Nietzsche de que Lou podría ser una discípula ideal y una ayudante idónea, capaz de ocuparse de la redacción y corrección de sus manuscritos. Les recuerdo  que el pobre Federico tenía problemas de visión que le dificultaban mucho la lectura.


El problema es que Nietzsche se embaló, incluso con proyectos matrimoniales, ante una personalidad que no correspondía para nada con sus deseos: en primer lugar, Lou Salomé aborrecía la idea del matrimonio; en segundo lugar, estaba empeñada en convivir con hombres inteligentes tal como de niña había convivido con sus hermanos, tratándolos como a compañeros ideales de juegos y fatigas con quienes aprender. No es poco probable que también quisiera que tanto Paul Rée como Nietzsche se ajustaran a sus caprichos, tal y como estaba acostumbrada a que ocurriese desde que era pendeja.


Tengan en cuenta que todo esto pasaba por su croqueta, ¡y ni siquiera se habían visto! El encuentro se produjo en abril, en la Basílica de San Pedro, en Roma. La “frase matadora” que le tiró ni bien la vio fue: “¿Desde qué estrella hemos caído para venir a encontrarnos aquí?”. Lou repuso, mitad pasmada y mitad divertida, que al menos ella había venido de Zúrich.


Para sintetizar un post que ya está tomando dimensiones poco recomendables, en las que el lector se ha ido y el autor sigue tipeando como un enajenado, diremos que tanto biógrafos como comentaristas coinciden en afirmar que, con el tiempo, Lou debió de alentar en Nietzsche algún tipo de esperanzas; pero también que, debido a su manera de ser, abierta y espontánea, su comportamiento seductor debió de inflamar muy fácilmente a un solitario perpetuo, bastante poco piola a la hora de ejercer el arte de la coquetería.


Es todo por hoy, la seguimos en un próximo posteo.


¡Sean felices!

viernes, 24 de julio de 2015

¿ESTABA FUMADO MICHEL FOUCAULT MIENTRAS LEÍA A NIETZSCHE?

Apenas comenzado su Nietzsche, la genealogía, la historia, Foucault sugiere que “la genealogía es gris; es meticulosa y pacientemente documentalista. Trabaja sobre sendas embrolladas, garabateadas, muchas veces reescritas”. A decir verdad, uno no sabe bien si mientras escribía este tipo de textos, el calvo Michel había fumado una flor o tomado Nesquick vencido. En un posteo anterior, que pueden leer acá, ya habíamos escrito sobre cierta tendencia a mandar fruta por parte de muchos lectores acríticos del autor de Vigilar y castigar.


Si leemos la Genealogía de la moral, nos será difícil percibir dónde carajo está lo “meticuloso”: el autor alemán no suele dar nombres, ni fechas, y muestra muy poco interés por el detalle; más bien el estilo está lleno de sugerencias inspiradas o especulativas. Desprovista de pruebas empíricas y de aparato erudito, también nos parece difícil ver qué tiene de “pacientemente documentalista”.



En cuanto a lo de “gris”, diríamos que lo predominante en Nietzsche consiste en reducir el colorido pasado moral de la humanidad a dos morales en competencia, con lo cual si tenemos ganas de construir metáforas, podríamos decir que sería más acertado sugerir que es “blanca” y “negra” en constante pelea, porque de gris tiene poco y nada.


Francamente me resulta medio extravagante pretender que la “genealogía”, tal y como la concibe Nietzsche, sea una suerte de nuevo método de investigación social que contiene innovaciones conceptuales originales. La genealogía nietzscheana no dista mucho de los objetivos de cualquier historiador convencional que, al investigar, debe recurrir a fuentes históricas para determinar el origen o las causas de determinadas creencias o prácticas.


El mismo Foucault admitió alguna vez, al menos hasta donde leí, lo siguiente: “el único tributo válido a un pensamiento como el de Nietzsche es precisamente utilizarlo, deformarlo, hacerlo gemir y protestar. Y si los comentadores dicen después que estoy siendo fiel o infiel a Nietzsche, eso no tiene ningún interés en absoluto”.


Al respecto me gustaría recordar que el amor por la palabra en los grandes filólogos, no es otra cosa que amor por la verdad. En un fragmento de Aurora, Nietzsche expresaba su deseo de que sus textos fueran leídos en clave filológica, con disciplina y esfuerzos suficientes como para desesperar a lectores apresurados o, como en el caso de Foucault, muchas veces medio chamuyeros.


En lo personal me resulta más interesante la visión de Mazzino Montinari, uno de los responsables junto a Giorgio Colli de la edición crítica en alemán de la obra completa de Nietzsche, para quien “la labor histórica privada de comprensión filosófica es ciega”, en tanto que “el pensamiento filosófico sin contenido histórico es vacío”. Es perfectamente válido pensar a partir de Nietzsche, lo que me parece mal es hacerle decir a Nietzsche, retorciéndolo o haciendo “chirriar” sus textos, lo que tenemos ganas de decir nosotros.

Como dice Peter Berkowitz: “Foucault sigue el ejemplo de Nietzsche al tratar de investir a la genealogía de un aura de legitimación erudita y científica que no merece. Pero al leer el mito de Nietzsche tanto literal como selectivamente, Foucault acrecienta la dificultad de entender la creación de mitos de Nietzsche”.



En algún otro momento, si tengo tiempo y viento a favor, me gustaría profundizar con mayor rigurosidad en la lectura que Foucault hace de la obra de Nietzsche. En este posteo, a partir de un título provocativo, mi intención no era tomar la parte por el todo e impugnar toda interpretación foucaultiana hacia el amigo Federico, sino llamar la atención sobre algunas lecturas seductoras que, cuando las miramos de cerca, están atadas con alambre.

jueves, 23 de julio de 2015

LA FERIA JUDICIAL Y EL TIEMPO

Tenemos tendencia a confundir “el tiempo” con los instrumentos que usamos para medirlo. Olvidamos que la idea de puntualidad es una invención. Con el desarrollo del sistema de transporte se abrió el horizonte para coordinar la hora. Hacia mediados del siglo XIX, Inglaterra introdujo una hora unitaria (GMT: Greenwich Mean Time). Antes, cada lugar geográfico tenía su propio tiempo local. No sé qué se pierde y qué se gana con ese cambio, pero sí que la idea de “ganancia” o de “pérdida”, el considerar que “el tiempo es dinero” o es “un bien escaso” no es natural ni crece como los árboles, sino que forma parte de la concepción capitalista. La interiorización de la disciplina del tiempo es un ejemplo paradigmático acerca de cómo el proceso civilizatorio lleva al ser humano a transformar la coacción externa en una coacción ejercida por uno mismo. El tiempo público de los relojes regula el tráfico, el trabajo, hasta los estados depresivos por no haber “alcanzado a ser” lo que cronológicamente uno “hubiera debido ser” a determinada altura de su vida. Los relojes de las iglesias, estaciones de tren o fábricas, ahora están en nuestras muñecas, en la televisión y en nuestros aparatos de celular. El hombre nunca o casi nunca experimenta el tiempo de forma primaria sino socializada. El tiempo es escaso en relación a metas que son “sociales”. Eso no quita que exista un tiempo “ontológico”, que consiste en sentir que siempre hay más planes, deseos y proyectos no realizados que tiempo para llevarlos a cabo. Todo esto pensaba mientras leía un simpátito librito de Rudiger Safranski sobre el tiempo. Todo esto escribo porque estoy de vacaciones -feria judicial- y siento culpa por estar “al pedo”. Tengo ganas de "hacerme un tiempo" para escribir un libro. ¿Para qué querría yo escribir un libro? Para que encuentre lectores y que esos lectores me hagan sentir un poco menos solo.


¡Sean felices!

domingo, 19 de julio de 2015

UNA RESPUESTA ENRIQUECEDORA ACERCA DEL ARTE Y LA CULTURA

Copio y pego una excelente respuesta que me dio el poeta Daniel Freidemberg, a partir de algo que yo había escrito mientras leía Gramáticas de la creación de George Steiner. Acá les paso su respuesta:

Daniel: Tardé mucho, Rodrigo, en responderte, porque quise darme el tiempo necesario pensar como se lo merecen las cuestiones que planteaste (...) 

Punto 1) Es cierto que en la sociedad está sólidamente instalada la idea de que la poesía, la música, la pintura, el cine o lo que en general llamamos “las artes” tienen un status superior (de que son “espiritualmente superiores” sobre todo) a otras prácticas, como el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral (o un partido de fútbol o una partida de truco): sin duda ese es el criterio aceptado y oficial en esta cultura, el que se declama y el que todos dicen reconocer, pero, ¿realmente creen que es así, se ve confirmado eso que dicen en la vida, en los hechos? Si vemos lo que ocurre, diría que no. Son poquísimas las personas a las que les importa más, en la práctica, un poema o un cuadro que la ropa que va a ponerse o que el adorno que pueda quedar mejor en su casa o su auto, o que distraerse un rato con Tinelli. A lo que se suma otra cuestión: una parte, al menos, de los sectores más “vanguardistas” o “avanzados” del campo artístico-literario, que suelen también ser los que tienen mayor status, tiende a considerar a la moda en el vestuario, o la decoración o la publicidad o el diseño, en un nivel de igualdad con la pintura, la escultura o la literatura. Todo pasa a ser arte para ellos, y sospecho que en la mayoría de los casos no lo hacen respondiendo a un criterio democrático o igualitarista sino como un gesto de "sofisticación".

Otra cuestión: seguramente hay “filósofos" o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad”, como decís, pero, si es cierto que existe una distinción entre un arte “alto” o “mayor” y otras producciones, no creo que esa distinción se origine en lo que dicen algunos filósofos o pensadores. Me parece que la cuestión es muchísimo más compleja, intervienen muchos factores más y hay muchos más matices y muchas más opciones. No creo, por ejemplo, que pese tanto eso que se ha dado en llamar “el canon” y en cambio sí creo que es decisiva la moda, y cuando acá digo “moda” me refiero a lo que en determinado momento se pone de moda en el campo literario o el campo artístico, aunque ahí no lo quieran llamar “moda”: no sé si todavía ahora, pero hasta hace algún tiempo, en la literatura, la moda era César Aira y Roberto Bolaño, y Cucurto en poesía, y ahora sospecho que el juicio que le hizo Kodama va a terminar por consagrar a Pablo Katchadjian, que ya venía instalándose en ese lugar. 

No estoy, por si hace falta aclararlo, desmereciendo a esos autores: puede ser muy buena literatura la que hacen, o muy mala, o mediocre o alguna otra cosa; a lo que me estoy refiriendo es a que en ese ambiente hay siempre un consenso dominante que impone obras, autores, estilos, tendencias, criterios que “corresponden a esa etapa”, y condena a una suerte de destierro o marginalidad al que no entre en el juego. No es el canon de los grandes nombres a los que el paso del tiempo o el consenso cultural consagró, al que hoy se le da bastante poca pelota, aunque tampoco se lo ignora por completo, sino un jet-set estelar al que hay que rendir culto acríticamente (la crítica que los valida rara vez es realmente crítica, en el mejor sentido de esa palabra) y al que no se puede cuestionar: si uno se atreve a cuestionarlos pasa a la categoría de “anticuado”, “anacrónico”, “ingenuo”, “resentido” o “pelotudo”.

Una cuestión más: esa tradición oriental que mencionás, que valoro muchísimo, es también valorada por muchos artistas, pero no desde ahora sino desde hace más de un siglo, y ha influido mucho en la literatura, el cine, las artes plásticas y otras artes que solemos llamar “cultas”. Quiero decir que no es exactamente “lo cotidiano” eso que se tiene como menos valioso. Pero además, y lo anoto nomás como curiosidad, en los espacios más elitistas de las prácticas artísticas y literarias, más encerrados en pequeños ambientes (que suelen ser también los más estériles en sus logros), muchos vienen llevando a cabo un culto entusiasta de “lo cotidiano” y “lo vulgar” desde hace veinte años o un poco más, convirtiéndolo en el colmo de la sofisticación y excomulgando del Parnaso a cualquiera que plantee una cuestión más compleja o con más ambiciones, tachándolo de anticuado o ridículo.

Rodrigo (había escrito): Matizaría/le agregaría a las opiniones de Steiner tres ideas, intuiciones o como le quieran llamar: 

1) hay filósofos o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad. De esta manera, la poesía, la música, la pintura o el cine canonizados son las que sirven de base a las demás artes. Esta concepción minusvalora el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral. Tal vez la tradición maniquea que exige que santifiquemos el arte y despreciemos lo cotidiano sea más pobre, en este aspecto, que la tradición del extremo oriente, que descubre belleza en los más humildes gestos, en el modo de envolver un paquete, en el amoblamiento de una estancia, en el arreglo de un jardín o un ramillete; 

2) Como diría Foster Wallace: 

“Si vos, el escritor, sucumbís a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces existen dos obstáculos. El número uno es el obstáculo de la vanguardia, según el cual tenés la idea de que estás escribiendo para otros escritores, por lo cual no te preocupás de ser accesible o relevante. Te preocupás de ser estructural y técnicamente innovador: intrincado de una forma adecuada, incluyendo las referencias intertextuales apropiadas, haciendo que parezca inteligente. Sin importarte realmente si te estás comunicando con un lector al que le importa algo ese sentimiento en el estómago que es la razón por la que leemos. Luego, el otro obstáculo consiste en esas obras de ficción extremadamente burdas, cínicas y comerciales que se hacen de un modo mecánico –en esencia, televisión escrita- para manipular al lector, que presentan asuntos grotescamente simplificados de una manera apasionante al modo infantil”

3) no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso. La literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos.


Dicho todo esto, me siguen pareciendo atendibles las reflexiones de "aristocráticos" como George Steiner o Harold Bloom. Siguiendo a Bloom, creo que hay una suerte de "competencia agonística" implícita o explícita entre un gran escritor y los escritores que lo precedieron. Creo en las jerarquías: así como creo que Messi es mejor que Marcos Rojo, creo que hay escritores con mayúsculas y escritores que hacen lo que pueden, y lo que pueden es poco. En Perché leggere i classici, un artículo de 1981, Italo Calvino aportaba algunas ideas que no por transitadas dejan de parecerme interesantes:


Daniel respondió: Para mí –y esta es mi posición personal– la distinción entre un arte que podríamos llamar “mayor” (toda denominación me resulta insuficiente y ridícula) y otro que no lo es no pasa por si está o no en un canon o si tiene o no la bendición de los núcleos autorizadores (universidad, crítica, periodismo cultural, el favor de los consagrados), como tampoco por la aceptación de las mayorías: pasa por la calidad de la experiencia que ofrece la obra. La cuestión, para mí, es qué pasa, qué nos pasa, al leer o mirar o escuchar o asistir a una obra teatral, una pieza musical, un poema: ¿nos toca vivir una experiencia compleja, enriquecedora, sensibilizadora, inquietante, o simplemente nos entretenemos, pasamos el rato, confirmamos ciertas convicciones o ciertos prejuicios, descargamos alguna tensión, olvidamos problemas, sentimos la satisfacción de reconocer los conflictos que tenemos con los demás o con nosotros mismos sin problematizarlos, o, peor, nos hacemos la ilusión de que los estamos resolviendo? Por lo general, las experiencias del primer tipo se encuentran con el arte más “elaborado” o “culto”, eso que se suele llamar “cultura alta”, y las otras en la producción para el consumo, lo que se suele llamar “industria cultural”, pero muchas veces no es así, y además abundan los casos intermedios o mixtos, o que dependen de cómo el lector o espectador está dispuesto a encarar cada experiencia. Tampoco la cosa pasa, por supuesto, por si la obra es “fácil” o “difícil”, “accesible” o “hermética”, aunque hay muchos motivos para sospechar, cuando una obra engancha demasiado fácilmente, que nos están vendiendo un buzón, como las propagandas de medicamentos para adelgazar. Pero, como dije, es mi posición, en cuanto a los modos en que otros establecen la separación entre lo que tiene valor artístico y lo que no lo tiene, hay una variedad inmensa.

Avanzando un poco más en estas cuestiones, a riesgo de aburrir o atosigar, no todo es lo mismo en el terreno del arte y la literatura más “experimentales” o “herméticos”: ahí están, por un lado, los que no encuentran otras maneras que esas de hacer lo suyo, porque de lo contrario tendrían que renunciar a mucho de lo que les interesa transmitir en sus obras, y volverlas más “accesibles” sería mutilarlas o empobrecerlas (Vallejo, Joyce, Tarkovsky), pero están también los que “oscurecen las aguas para que el charco parezca profundo” o los que se limitan a tirar señales para embaucar giles, o, en otras palabras, para impresionar a sus colegas o a la crítica, o a intimidarlos. Ni todo es lo mismo tampoco, por supuesto, en el terreno de la producción industrial: hay quienes, como en algunas películas de Clint Eastwood, por ejemplo, o en los grandes clásicos de Hollywood, se las arreglan para introducir ahí elementos que las vuelven complejas, nada esquemáticas, enriquecedoras, llenas de matices.

Punto 2): suscribo cien por cien lo que citás de Foster Wallace. Ningún escritor que se precie escribe para un lector estúpido. Pero mi acuerdo con Wallace supone que, cuando dice “el público”, se refiere al lector que uno tiene en mente cuando escribe. Si, en cambio, adjudica esa falta de estupidez al público real, a las personas de carne y hueso que viven concretamente en este mundo, discrepo. No es necesario ser elitistas sino, nada más, sinceros con nosotros mismos, para saber que en nuestras sociedades la mayoría de la población padece un nivel importante de algo que no voy a llamar “estupidización” pero que sí implica que esa gente acepta vivir limitada en sus capacidades, renunciar al ejercicio de muchas posibilidades intelectuales, emotivas, sensibles, por imposición no sólo de los medios de difusión masiva sino, sobre todo, por un sistema de vida, del que los medios forman parte.

Se entiende, supongo, que no digo que en su mayor parte las personas son estúpidas, sino que existe algo que se llama alienación o enajenación, un modo de vida naturalizado, y son muchos, una amplia mayoría, los que no atinan a encontrar el modo de salir de la trampa, y ni siquiera advierten que eso que entienden como “natural” es una trampa. 

No me gusta que sea así, por supuesto, y me parece injusto, pero la realidad no acostumbra a someterse a mis gustos. En una sociedad que no deja tiempo para detenerse a considerar lo que se está viendo o escuchando, o para ponerse a pensar, y que encima lo está empujando a uno a consumir desaforadamente todo el tiempo, y además, como nos lleva a vivir siempre en la urgencia, no nos permite disponer del tiempo necesario para asumir una experiencia que no sea liviana y fácilmente gratificante. ¿No sabemos que la sociedad nos modela para el conformismo (la no interrogación, la no inquietud) y son muy pocas las posibilidades que deja de elegir otra opción, sin contar que las opciones que ofrece son las que a primera vista resultan más atractivas y seductoras, apelan a ciertas zonas de nuestra subjetividad que reaccionan automáticamente. No hay, en esa situación, lugar para nada que salga de lo acostumbrado y previsible, nada que inquiete mucho, nada que ponga en cuestiones certezas y, sobre todo, nada que exija algún tipo de esfuerzo. Quiero decir con todo esto que no se puede confundir a ese lector “no estúpido” que uno tiene en mente al escribir con el conjunto de los lectores reales o posibles, o el promedio de los lectores reales o posibles.

Y, finalmente el punto 3) Por supuesto que no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso, y que la literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos. No conocía, francamente, esa idea según la cual los libros deben servirnos para estar solos, pero se me hace –sin ninguna seguridad– de que esto está de algún modo vinculado a la noción de “autonomía” de la literatura y el arte, según la cual no corresponde reclamarle a la literatura y el arte alguna “utilidad”, o, en otras palabras, que ante todo una obra literaria o de arte tiene que ser literatura o arte, y después se verá si sirve también para otra cosa. Son las obras mismas, cuando tienen real nivel artístico, el premio que uno obtiene al encontrarse con ellas. Pero eso que las vuelve valiosas y necesarias, lo que les da riqueza, ¿de dónde viene? Del trabajo de elaboración sin duda, y de la capacidad de crear belleza de quien lleva a cabo ese trabajo también, pero, ¿de dónde toma ese material simbólico e imaginario que elabora? ¿Qué es lo que le da fuerza o vida a ese trabajo? Esa materia, esa fuerza, la constituyen las experiencias de vida, incluidas entre las experiencias de vida lo imaginado o soñado, lo leído en libros y lo visto en los medios. Si no fuera así, una buena novela, un buen poema, una buena película o una buena escultura no nos “tocaría” como nos “toca”. Por algo se dice que al leer un buen libro o ver una gran película uno ya no es el mismo que antes de esa experiencia. El carácter autónomo de la obra no se contradice, según entiendo, con las capacidades que esa obra tiene para modificar nuestra vida. Más bien al contrario.


Se me fue la mano, Rodrigo. Obviamente, no tenés ninguna obligación de soportar este bodoque, pero, lanzado a responder tu incitación, ya no pude detenerme. Te pido disculpas por eso y vuelvo a agradecerte por todo lo que me llevaste a pensar.


Me quedó afuera algo acerca de las citas de Calvino sobre los clásicos: no sólo estoy en general de acuerdo con Calvino sino, además, creo que muchos de esos rasgos distinguen también a cualquier obra literaria o de arte cuando tiene la densidad, la singularidad y la complejidad que asocio con "lo artístico".

jueves, 9 de julio de 2015

ME GUSTA EL FÚTBOL, ERGO ME GUSTA CÓMO JUEGA MESSI

A la mayoría de los hinchas no les gusta el fútbol, les gusta que su equipo gane. La prueba está en que el hincha considera que entre una pelota que pega en el palo y sale y una pelota que pega en el palo y entra no hay una distancia de milímetros, sino un abismo semejante al que existe entre Mahatma Gandhi y el Petiso Orejudo, o entre Mozart y Ricardo Arjona. En los programas deportivos casi no se habla de fútbol: se hace análisis del discurso de Bielsa, de la picardía de Ramón Díaz, de la composición química del “gas pimienta”, de si tal o cual jugador “siente la camiseta” o “tiene huevos”, de cuántos millones gana determinada estrella, de si esa estrella está inflada por la maquinaria publicitaria o no lo está, de si la novia de tal jugador salió con otro jugador o si es cornuda… Otra variante es hablar de fútbol como si se tratara de ajedrez mezclado con física cuántica. ¿A qué persona auténticamente aficionada al cine le interesa, en tanto cinéfilo o cinéfila, qué temperatura hacía en la butaca del cine o cuál era la presión atmosférica medida en hectopascales el día en que vio un film que le produjo un trastorno estético/emocional? Hay periodistas deportivos que parecen astrónomos que jamás han mirado las estrellas. Sostengo que decir que te gusta el fútbol y al mismo tiempo decir que no te gusta cómo juega Messi son opuestos contrarios, no contradictorios: como pretender adelgazar comiendo medio quilo de manteca. Se trata de un jugador que lleva la pelota pegada al botín a alta velocidad, con un panorama único de dónde están sus compañeros y dónde están los rivales, y que cada vez que agarra la pelota a uno le da la sensación de que algo distinto va a pasar. Messi es el mejor en lo suyo, que es el fútbol. A mí me gusta leer y escribir, pero no estoy entre los mejores escritores del mundo: voy a escribir un ensayo titulado “Marcel Proust pecho frío”, y le voy a dar al puto de Proust para que tenga y para que guarde.