jueves, 30 de enero de 2014

EL TESTIMONIO DE UNA MAESTRA DE ESCUELAS "DE RIESGO": AGOSTINA DISTÉFANO

Si pinchan acá, podrán leer las vivencias de una profesora de inglés que da clases en el conurbano bonaerense. El reportaje es de 2009. Hoy Agostina es madre de una nena, y lamentablemente para nosotros sus lectores, tuvo que cerrar su blog.

Acá hay otra entrevista que le hizo un tal Sebastián Lalaurette.

Hace unos años que dejé la docencia, y realmente la extraño bastante. No he tenido la oportunidad de trabajar en escuelas públicas, aunque ando con ganas y espero poder hacerlo en unos años. Entre el trabajo en Tribunales y estar empezando otra carrera, no ando con el tiempo necesario para dedicarle la atención que se merece.

Aunque hoy en día vivo en Avellaneda, viví un tiempo en Villa Domínico y pasé casi toda mi infancia y adolescencia en Wilde, con lo cual entiendo bastante bien de lo que habla Agostina.

La voluntad y el esfuerzo de minas como ella hace que uno se reconcilie un poco con la vida. 

La pueden seguir en su cuenta de twitter.

En fin, tenía ganas de compartir esto.

¡Sean felices!

miércoles, 29 de enero de 2014

UNA ENTREVISTA AMPLIADA CON DAVID FOSTER WALLACE

Tal vez la entrevista más bella e interesante que he leído de Foster Wallace fue la que en 1993 le hizo Larry McCaffery, publicada en Review of Contemporary Fiction:


La leí en un hermoso libro que me compré hace un tiempo, titulado Conversaciones con DFW, compilado por Stephen Burn y editada en castellano por una editorial de nombre nabokoviano: Pálido Fuego.

La traducción que cito -apenas modificada por mí- no es la de José Luis Amores, sino que la extraje de la siguiente fuente: click acá.

Entiendo que la conversación es bastante extensa, pero creo que si tienen paciencia, su lectura los recompensará largamente:


LARRY McCAFFERY: El ensayo tuyo que sigue a esta entrevista será visto por algunas personas como una apología de la televisión. ¿Cuál es tu respuesta a esa crítica común de que la televisión fomenta las relaciones con las ilusiones o las simulaciones de gente real (siendo Reagan una suerte de ejemplo por excelencia)?

DAVID FOSTER WALLACE: Es un intento de diagnóstico comprensivo, no una apología. La relación de los espectadores americanos con la TV es esencialmente pueril y dependiente, como todas las relaciones que se basan en la seducción. Esto no es noticia. Pero lo que rara vez se reconoce es qué tan complejas e ingeniosas son las seducciones de la tele. Rara vez se reconoce que la relación de los espectadores con la tele es, aunque subjetiva, intricada y poderosa. Es fácil que los escritores más viejos se quejen de la hegemonía de la tele por encima del mercado estadounidense, decir que el mundo se ha ido al demonio y encogerse de hombros y olvidarse de ello. Pero pienso que los escritores más jóvenes se deben una referencia mucho más rica sobre porqué la televisión se ha convertido en una fuerza tan dominante de la conciencia de la gente, si tan sólo porque nosotros, menores de cuarenta años, hemos estado todas nuestras vidas conscientes siendo “parte” de la audiencia de la tele.

LM: La televisión puede ser más compleja de lo que la gente quisiera aceptar, pero parece que rara vez intenta “desafiar” o “perturbar” a su público, como me has escrito que deseas. ¿Es ese sentido de desafío y dolor lo que hace tu trabajo más “serio” que la mayoría de los programas de televisión?

DFW: Tuve un maestro que solía decir que la labor de una buena narrativa es la de confortar al perturbado y perturbar al confortable. Creo que gran parte del propósito de la ficción seria es la de otorgar al lector, que como todos nosotros se encuentra aislado en su propio cráneo, un acceso imaginativo a otros seres. Ya que una parte ineluctable de ser humano es el sufrimiento, parte de la razón por la que nosotros los humanos acudimos al arte es para una experiencia de sufrimiento, necesariamente una experiencia vicaria, más como una suerte de “generalización” del sufrimiento. ¿Tiene sentido esto? Todos sufrimos solos en el mundo real; la verdadera empatía es imposible. Pero si una pieza de ficción puede permitirnos identificarnos imaginativamente con el dolor de un personaje, podemos entonces más fácilmente concebir a otros que se identifican con el nuestro. Estro es sustantivo, redentor; nos sentimos menos solos en nuestro interior. Puede ser así de simple. Pero ahora date cuenta que la TV y el cine popular y la mayor parte del arte “menor” –que sólo quiere decir arte cuya meta principal es hacer dinero—es lucrativa precisamente porque reconoce que los públicos prefieren 100 por ciento placer a la realidad, que tiende a ser 49 por ciento placer y 51 por ciento dolor. Mientras que el arte “serio”, que no se trata primordialmente de obtener dinero de ti, es más apto a hacerte sentir incómodo, o de obligarte a trabajar arduamente para obtener sus placeres, de la misma manera que en la vida real el verdadero placer es normalmente un subproducto del trabajo arduo y la incomodidad. De modo que es difícil para un público del arte, especialmente uno joven, que ha sido criado para esperar que el arte sea 100 placentero y que dicho placer venga sin esfuerzo, que lea y aprecie la ficción seria. Eso no es bueno. El problema no es que los lectores de la actualidad sean “tontos,” no lo pienso así. Así como que la tele y la cultura del arte comercial los entrenó para ser flojo e infantil en sus expectativas. Pero hace el intento por llamar la atención de los lectores actuales sea de una dificultad sin precedentes, tanto imaginativa como intelectualmente.

ACÁ LA ENTREVISTA COMPLETA

lunes, 27 de enero de 2014

MERCADO Y CAPITALISMO SEGÚN GIOVANNI SARTORI (Primera parte)


Este post no está escrito desde el conocimiento del especialista sino desde las ganas de entender. Lo he dicho más de una vez: mis conocimientos en economía son mucho más deficientes de lo que me gustaría, razón por la cual voy a asaltar a mano armada las ideas del tano Sartori. También hay que aclarar que Sartori es muy sólido como politólogo, pero no un especialista en economía.


Antes de exponer las síntesis sartorianas, tenía ganas de decir dos cositas sobre la concepción que nuestras élites tienen del capitalismo. Al respecto, me gusta recurrir a una cita de Gino Germani: "cuando se introducen elementos de modernización en sociedades tradicionales, terminan por fomentar conductas tradicionales".


Oscar Terán lo ilustra con un ejemplo histórico: "la exitosa articulación de la Argentina de fines del siglo pasado en el mercado capitalista mundial era un signo de modernización. Pero colocada ella en un sector latifundista que no tenía una moral productiva, terminó por reforzar una moral señorial, de señores de la tierra que no se dedicaron a la acumulación capitalista sino a tirar manteca al techo, al consumo suntuario".

Recordemos que la expresión “tirar manteca al techo” se habría originado a principios del siglo XX, cuando los jóvenes conchetos de la alta sociedad porteña iban de putas a los cabarets de París: allí gastaban fortunas y se divertían usando los cubiertos para tirar manteca y pan al cielo raso, compitiendo para ver quién lograba dejar el alimento pegado sin que cayera al suelo.

Según Roberto Alifano, autor de Tirando manteca al techo, la expresión fue acuñada por “Macoco” de Álzaga Unzué:

“‘Lo de tirar manteca al techo es de moi, eso sí lo acuñe yo’, afirmó Macoco, con una sonrisa.

—¿Por qué no explicás de dónde viene esa frase tan famosa? —le pregunté—. ¿Cuál es el origen de ‘tirar manteca al techo’?

—Viene del restaurante Maxim’s de París, donde yo invitaba a comer a mis amigos. Resulta que en uno de los salones especiales había una pintura en el techo, sin duda inspirada en Rubens, con unas valquirias de senos prominentes y tentadores que sobresalían de los escotes. Una noche yo puse manteca en el tenedor  y empecé a tirarla para ver si la embocaba entre las tetas de las mujeres de la pintura. Se armó un torneo entre quienes me acompañaban. Todos los muchachos empezaron a tirar manteca al techo…”

En síntesis, digamos que buena parte de nuestros males como país suele provenir de nuestra clase “civilizada”, y no tanto de la “clase bárbara”.

Ayudados por Castoriadis podríamos hacer la siguiente aclaración, que consiste en no confundir mercado con "mercado capitalista": en el mercado capitalista, los precios no tienen mucho que ver con los costos; ni el mercado se parece a una suerte de fluido etéreo que pasa inmediatamente de un sector de la producción a otro porque es ahí donde pueden hacerse mayores beneficios. Los precios se relacionan, esencialmente, con una relación de fuerzas. 

¿O alguien piensa que "elige" ver cine yanqui porque sus películas "se imponen por mérito propio" al competir en un supuesto mercado libre? ¿Cuántas opciones tiene el consumidor para no elegir a Windows como sistema operativo? No hay verdadero argumento económico y racional que permita decir: “una hora de trabajo de tal hombre vale tres veces más que la hora de trabajo de tal otro”. ¿Cuál es el argumento RACIONAL por el cual Messi “merece” cobrar varios millones de dólares mientras un docente gana anualmente menos de lo que un futbolista genial como él gana en un día? La distribución de los ingresos no es más que una relación de fuerzas condicionada social e históricamente, y no presenta una conexión causal universal y necesaria con el "mérito" ni la "excelencia". Obviamente puede existir una relación con el mérito o la excelencia, como ocurre en el caso de Messi; o no existir en absoluto: como mayormente ocurría con Ricardo Fort.

Digresión: pueden clickear acá una noticia de La Nación cuyo titular dice que 85 millonarios tienen tanto dinero como 3570 millones de personas más pobres. El nivel de discusión y la capacidad argumentativa de la mayoría de los comentaristas es entre indignante y descorazonador: una catarata de peticiones de principio, argumentos ad hominem y estupideces galopantes.


Lo que sigue es un refrito de algo que escribió Sartori. Me interesan los argumentos del politólogo italiano porque son expresiones de un liberal razonable e intelectualmente honesto, que tiene muy poco que ver con los gurúes neoliberales que suelen poblar los espacios mediáticos.


Evidentemente, la democracia es un sistema político, mientras que el mercado y el capitalismo son sistemas económicos. Según Sartori, los únicos sistemas en los que la economía funciona son sistemas de mercado.

En 1776 Adam Smith vio en los procesos económicos la intervención de una “mano invisible”.  Desde ese momento, el mercado es entendido como una mano variadamente corregida, turbada o contrastada, por las intervenciones de la “mano visible”, es decir, del Estado.

Esto debe quedar claro: los gobiernos siempre han intervenido en las cuestiones económicas. El mismo laissez faire fue el resultado de intervenciones contra impedimentos a los cambios; la industrialización ha sido sostenida, en muchos países, gracias a intervenciones proteccionistas, y los Estados “liberadores” intervienen en el libre mercado para “liberarlo” de pecados monopolistas y de otros males. Para Sartori, el mercado es un subsistema de la economía en su conjunto. Nunca se ha pretendido que el sistema económico se someta por completo a las leyes del mercado. Por lo tanto, cuando afirmamos que los nuestros son sistemas de mercado, no entendemos que sistema económico y sistemas de mercado sean correlativos. Las cosas que el mercado no atiende son muchísimas: para empezar, existen “bienes públicos”  que no son ni pueden ser proporcionados mediante incentivos de mercado. Por otra parte, siempre nos encontramos más expuestos a la acumulación de factores “exteriores”, como la contaminación y la degradación del ambiente. ¿Quién paga? ¿Quién soporta los costos de la descontaminación de un lago o de un río. También la defensa nacional es un problema del Estado que el mercado no puede proveer por sí solo.

El mercado es, más que nada, un subsistema del sector productivo que une a los productores de los bienes (no necesariamente de los servicios) con los consumidores de los bienes. Es importante recalcar que las realizaciones del mercado siempre serán menos que óptimas y que cualquier mercado concreto será impuro o no funcionará como nuestras simplificaciones mentales –tipos ideales, modelos o esquemas- quisieran que funcionase.

Hay una cuestión que merece considerarse: la obligación de que el mercado y su ley de concurrencia valen para los peces chicos o medianos y no para las multinacionales y los supercapitalistas. Los grandes, y sobre todo los grandísimos, pueden llegar a controlar y darle la vuelta al mercado y así matar a la competencia.

Según Sartori, esa objeción no distingue entre concurrencia como estructura, es decir, como regla de juego, y concurrencialidad, es decir, el grado de competitividad. Mientras las reglas del juego permanezcan, el juego, aunque varíe, puede ser jugado a) muy competitivamente (hasta los límites del suicidio), b) en el modo óptimo, c) poniendo fuera de juego (cuando rigen los monopolios o subsisten los intocables). La concurrencialidad sobrecalentada daña, pero no nos importa. El problema radica en el otro extremo, el de la infracompetitividad, en una situación en la que no existan concurrentes con posibilidades de competir. Para Sartori, no es cierto que un monopolista pueda elevar los precios a su voluntad. Mientras opere ese monopolio: en un sistema con estructura concurrencial (es un monopolio de hecho, pero no de derecho) sus precios deben impedir siempre al concurrente infracompetitivo convertirse en competitivo. Por lo tanto, la estructura permanece operante, aun cuando no haya concurrentes: un paso en falso del monopolista y aparecen de inmediato listos a salirse con la suya.

Orden espontáneo y mente invisible

Existen muchos órdenes espontáneos, o bien, órdenes que se autorganizan. El sistema (subsistema) de mercado está entre éstos. El mercado es enormemente flexible y está en continua adaptación: no manifiesta –como siempre sucede con los “órdenes organizados”- resistencias al cambio, ni mucho menos esclerosis y senilidad. El mercado nunca ha envejecido; si acaso, ha madurado.

Lo importante es destacar que la expresión libre mercado no tiene nada que ver con la libertad del individuo; significa, simplemente, que el mercado está sujeto sólo a sus propios mecanismos. Así, la cuestión es ¿cómo se relaciona un “orden libre” con la libertad individual? La respuesta es que un orden espontáneo no es coercitivo (cuando menos en le sentido en el que lo son los órdenes organizados) en cuanto no es gestionado ni por personas singulares ni por un orden singular; es espontáneo precisamente porque es autorregulado por sus propios feedbacks. Hasta aquí todo está bien. Pero con frecuencia se sostiene una tesis más pretenciosa, es decir, que el sistema de mercado promueve, cuando menos de hecho, 
la libertad individual.

Ahora bien, el mercado es una estructura de alternativas, pero eso no implica que todos los participantes de las transacciones de mercado sean efectiva e igualmente libres para elegir. La libertad real de opción para consumir está en función de cuánta guita tengo. Mi libertad real de opción para producir depende de tener más o menos de lo que es necesario para emprender una producción.
Lo mismo puede decirse de la libertad de cambio: los recursos (financieros u otros) pueden ser muy desiguales.

La economía de mercado es regulada cotidianamente por millones de decisiones individuales tomadas por personas que están, seguramente, debajo de cualquier nivel mínimo de información imperfecta. El productor individual tiene sólo necesidad de saber si un cierto producto “tiene mercado” y si le es posible producirlo a un precio igual o inferior al del mercado. Todo eso lo descubre, en el peor de los casos, probando.   Los órdenes organizados, para funcionar, imponen altos costos de información y también de conocimiento. En cambio, el orden de mercado no tiene necesidad de ser entendido (no implica altos costos –niveles- cognoscitivos) y minimiza los costos de información. El mercado no es sólo una mano invisible, sino también una mente invisible.

La maldad del mercado

Respecto de las sociedades que lo han precedido, la necesidad de mercado ha sido profundamente igualadora: ha desconocido las desigualdades de nacimiento y de clase y ha afirmado la igualdad de oportunidad y de mérito.

Pero admitámoslo sin fingimientos: el mercado es una entidad cruel. Según Sartori, su ley es la del éxito del más capaz. Espera encontrar un puesto adecuado a cada uno y motivar a los individuos a dar su máximo esfuerzo. Pero los desadaptados son expulsados irremediablemente de la sociedad de mercado y condenados a morir o a sobrevivir con otros recursos. ¿A quién o a qué se le imputa esta crueldad? ¿A un “individualismo” exasperado y posesivo (nota: Sartori piensa en Macpherson)? Así se nos dice, pero temo que la verdad radique en lo opuesto, que la crueldad del mercado se debe a una crueldad social, una crueldad colectivista. El mercado es ciego frente a los individuos, es individualista y daltónico, en cambio, es una máquina despiadada al servicio de la sociedad, es decir, del interés colectivo.

Ocurre que en vez de hablar de mercado, nueve de cada diez veces nos referimos al capitalista. Equivocadamente, porque el verdadero protagonista del acontecimiento no es el capitalista. El capitalista privado está en el mercado, forma parte del mercado, está metido en el interior del mercado. Se enriquece mediante  las leyes del mercado, vale decir, por leyes que él no ha hecho y a las que debe someterse. Tan es verdad, que así como las leyes del mercado lo enriquecen, en la misma medida lo pueden arruinar de hoy a mañana. El mercado, recuérdese, es un orden espontáneo no concebido o diseñado por alguien y, tanto menos, por los capitalistas. No son los capitalistas los que han inventado el mercado, más bien, es el mercado el que ha inventado a los capitalistas.

Si pinchan acá pueden ver una mini-discusión bastante didáctica, por lo polarizada, entre Michael Moore y un periodista de la CNN.

Por hoy dejamos acá, más adelante, si hago a tiempo, posteo la segunda parte.

¡Sean felices! 

KARL POLANYI Y LOS MERCADOS AUTOREGULADOS COMO FORMA DE JIBARIZAR CABEZAS PARA QUE SE AJUSTEN AL SOMBRERO

El modo más sencillo de introducir cambios atroces es presentarlos y/o concebirlos como inevitables. 


Pese a que Polanyi publicó su obra principal allá por 1944; La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, sigue siendo sorprendentemente actual.

En la mitología griega, Procustes era el apodo de Polipemón, un tipo que vivía al lado del camino, donde tenía dos camas: una pequeña y otra grande. Daba alojamiento a los viajeros que pasaban por su hogar, y los torturaba, obligando a los bajos a acostarse en la cama grande, y a los altos en la pequeña. El tormento consistía en estirar a los petisos en la cama larga, hasta que se ajustaran al tamaño del lecho; y cortarle las piernas –como hicieron con Diegote en 1994- a los lungos, cuyos miembros sobresalían en la cama pequeña.

Otros dicen que tenía una sola cama, donde estiraba o acortaba a sus huéspedes para que encajasen en ella. Lo cierto es que Teseo le hizo sufrir en carne propia lo que él había hecho sufrir a otros. A los teóricos ortodoxos del neoliberalismo, en cambio, no hubo ningún Teseo que los haya obligado a sufrir en carne propia sus mismas recetas.

En fin, la cuestión es que tenía ganas de debatir o tal vez exponer algunos planteos de su obra principal. La edición que tengo es del FCE, trae un prólogo del Premio Nobel de Economía -Joseph Stiglitz- , para quien:

“Les decimos a los países en desarrollo lo importante que es la democracia, pero, cuando se trata de asuntos que les preocupan más, los que afectan sus niveles de vida, la economía, se les dice: las leyes de hierro de la economía te dan pocas opciones, o ninguna; y puesto que es probable que vos (mediante tu proceso político democrático) desestabilices todo, debes ceder las decisiones económicas clave, digamos las  referentes a la política macroeconómica, a un banco central independiente, casi siempre dominado por representantes de la comunidad financiera; y para asegurar que vas a actuar conforme a los intereses de la comunidad financiera, se te dice que atiendas en exclusiva la inflación y te olvides de los empleos o del crecimiento; y para asegurarnos de que hagas eso, se te dice que te sometas a las reglas del banco central, como expandir la oferta de dinero a una tasa constante, y cuando una  regla no opere como se esperaba, se  impondrá otra, como centrarse en la inflación. En resumen, mientras en apariencia fortalecemos a los individuos en las ex colonias mediante la democracia con una mano, con la otra les arrebatamos esa misma democracia”.

Karl Polanyi escribió su obra antes de que los economistas modernos explicaran las limitaciones de los mercados autorregulados. Salvo excepciones, ningún economista serio ignora hoy que los mercados, por sí mismos,  no son capaces de generar resultados eficientes, y mucho menos equitativos. “Siempre que la información resulta imperfecta o los mercados están incompletos –es decir, en esencia todo el tiempo-, las intervenciones que se dan en principio mejorarían la eficacia de la asignación de recursos.” (Stiglitz) En la actualidad hay cierto consenso respecto a la importancia de la intervención gubernamental en los mercados financieros, aunque se discute acerca de cuál es la mejor manera en que debe aplicarse.

EL CONCEPTO DE “ARRAIGO” EN KARL POLANYI

Para Polanyi, el concepto de “arraigo” (embedded) expresa la idea de que la economía no es autónoma, como debe serlo en la teoría económica, sino que está subordinada a la política, la religión y las relaciones sociales. Este concepto le permite destacar la radicalidad del rompimiento de los economistas clásicos, en especial Malthus y Ricardo, respecto de los pensadores que los han precedido. En lugar del patrón históricamente normal de subordinar la economía a la sociedad, su sistema de  mercados autorregulados requiere que la sociedad se subordine a la lógica del mercado.

Embedded: el término tendría su origen en la metáfora de las minas de carbón. Al investigar la historia económica inglesa, Polanyi leyó abundantes materiales sobre la historia y la tecnología de la industria minera que enfrentaba la tarea de extraer el carbón que estaba incrustado, arraigado, en las paredes de roca de la mina.

DESARRAIGO, O “DESINCRUSTACIÓN” 

Polanyi estudia cómo, a partir del siglo XIX y con la instauración del mercado autorregulador, la economía como actividad de producción, reparto e intercambio tiende a independizarse de la esfera social, política y cultural, es decir, a erigirse como institución separada. Un poco como en El aprendiz de brujo de Paul Dukas –obra basada en un una balada de Goethe- cuyo argumento es el siguiente: un aprendiz de las artes de la brujería aprovecha la ausencia de su maestro para pronunciar el conjuro que da vida a una escoba, que cumplirá con el trabajo que le ha sido encomendado, consistente en verter agua para limpiar el estudio del maestro. El problema es que el aprendiz ha olvidado las palabras mágicas para detener el trabajo, con lo cual la escoba se multiplica y se reanima, y casi termina por producir una inundación. Por suerte, el maestro llega a tiempo para evitarlo. 

Retomando, Polanyi muestra cómo la actividad económica ya no se considera un medio, sino que se vuelve una finalidad que sólo obedece a las leyes de la racionalidad de la rentabilidad económica. La actividad económica está “desarraigada” (disembedded): ha salido del mecanismo de contención que le ponía límites políticos, culturales y sociales a la transformación del conjunto de las actividades sociales en mercancías. A partir del momento en que los propios factores de producción, y en particular el trabajo y la naturaleza, se insertan dentro de la institución del mercado, puede llevarse a cabo la mítica empresa del liberalismo económico que tiende a convertir a la sociedad en una “servidora” del mercado: entonces, son las relaciones sociales las que se incrustan,  “arraigan”, dentro del sistema económico. Según los términos de Polanyi, una economía de mercado sólo puede funcionar en una sociedad de mercado.

Aspirar a la autonomía del mercado y a la separación de las esferas económica y política es, según Polanyi, una utopía perversa. De realizarse, significaría la destrucción de la sociedad misma.

La separación de las esferas nunca ha sido completa, no obstante, esa utopía provoca efectos reales que se expresan por el intervencionismo practicado por los propios liberales en el siglo XIX. Pero, al mismo tiempo, Polanyi muestra que a fines del siglo XIX también se construyó un movimiento de protección de la sociedad contra aquellas fuerzas destructoras. El Estado “social” aparece entonces como una tentativa de “reincrustación” de la economía, reduciendo la separación institucional de lo político y lo económico. No obstante, el agotamiento de la sociedad de mercado desde fines del siglo XIX y el fracaso del socialismo han llevado, según él, al fascismo, a “la gran transformación” fascista, como respuesta al derrumbe de la utopía de un mercado autorregulador.

Las políticas neoliberales actuales expresan claramente el intento de colonización del orden social y político por la sola lógica de la búsqueda de la acumulación de las riquezas y las ganancias, planteada como finalidad última de la humanidad.

Y esto que dice Fred Block, interpretando a Polanyi a la luz del presente, me parece fundamental:

“Los esfuerzos de los teóricos del libre mercado por desarraigar la economía de la sociedad están condenados al fracaso. Pero el utopismo en sí del liberalismo de mercado es un origen de su extraordinaria capacidad intelectual de recuperación. Debido a que las sociedades invariablemente retroceden ante el precipicio de la experimentación cabal de la autorregulación del mercado, sus teóricos siempre pueden sostener que cualquier fracaso no es resultado del diseño de estos mercados, sino de la falta de voluntad política para ponerlos en práctica. De este modo, no es posible desacreditar el credo de la autorregulación de los mercados por experiencias históricas, sus defensores tienen una excusa hermética para sus fracasos. El asunto más reciente en que sucedió esto fue la imposición del capitalismo de mercado en la ex Unión Soviética mediante “terapia de choque”. Aunque el fracaso de este esfuerzo es obvio para todo el que quiera verlo, los apologistas de la “terapia de choque” aún culpan del fracaso a los políticos que cedieron demasiado pronto a las presiones sociales; si sólo hubiera persistido, se habrían materializado los beneficios prometidos de un cambio rápido hacia el mercado”.

Aclaración: lo que se está diciendo es que el cambio, en caso de implementarse, debe ser gradual. De ningún modo se postula la superioridad del sistema soviético. Lo digo para evitar que los eunucos bufen con objeciones pelotudas. Polanyi no es “marxista leninista estalinista colectivista montonero renuncie”. Sus planteos no se reducen ni al marxismo ni al keynesianismo, aunque puedan tener puntos de contacto.

Como aclara Stiglitz: "Los fracasos de Rusia fueron aún más dramáticos. El país que había sido ya víctima de un experimento -el comunismo- fue objeto de uno nuevo, el de poner en práctica la noción de una economía de mercado autorregulada, antes de que el gobierno tuviese oportunidad de echar a andar la infraestructura legal e institucional necesaria".

¿Vieron el club de fútbol Chelsea, que tiene un dueño llamado Roman Abramovich, un multimillonario ruso que tuvo y/o tiene vinculaciones con las mafias de Moscú? Durante los noventa, mientras la privatización radical permitió el surgimiento de algunos oligarcas que se transformaron en multimillonarios, la economía rusa se hundió casi a la mitad, y el porcentaje de personas en la pobreza (con una media de cuatro dólares al día) aumentó de 2 a casi 50 por ciento.

En otras palabras: la única manera de imponer un cambio brusco en dirección al desarraigo al confiar más en la autorregulación de los mercados es mediante sangre y represión. Se requiere el aparato y la represión estatales para imponer al pueblo la lógica del mercado y sus riesgos subsecuentes.

Digresión  final: Según Polanyi, el trabajo no debía ser considerada una mercancía más, dado que no puede venderse ni comprarse independientemente de quienes lo hacen. La diferencia con lo que ocurre hoy, como bien recuerda Zygmunt "todo es líquido" Bauman, es que el trabajo del que hablaba Polanyi era un trabajo “encarnado”, ya que no podía trasladarse sin trasladar a los trabajadores. En otras palabras, los supervisores convivían con los supervisados. El trabajo desencarnado de la época del software y de Internet, ya no ata al capital: le permite ser extraterritorial, volátil e inconstante. 

Eso es todo por hoy.

¡Sean felices!

viernes, 24 de enero de 2014

DE CUANDO OLIVERIO GIRONDO LE SOPLÓ LA MINA A BORGES

Pocas cosas nos producen un dolor más intenso que llegar a una fiesta del brazo de una amiga de la que estamos enamorados, para terminar viéndola irse del lugar acompañada de un tipo que ya de antes nos caía muy mal. Pues bien, esa tragedia le pasó a Borges: Oliverio Girondo (1891-1967) le quitó el sueño escandinavo que para él encarnaba Norah Lange (1905-1972). 


La anécdota figura en la biografía de Borges escrita por Edwin Williamson, titulada Borges, una vida. El libro está bastante bueno, más allá de que el autor recurre a interpretaciones psicoanalíticas un tanto forzadas.

El encuentro fatídico ocurrió más o menos así: parece ser que allá por 1926 –Borges tendría unos veintilargos- se dio una fiesta en honor al escritor Ricardo Güiraldes en los lagos de Palermo. Su amiga Norah Lange, en  aquellos tiempos, era conocida como la protegida de Borges. Oliverio Girondo era bastante más famoso que Borges, y acababa de llegar de París. En un momento, mientras estaban comiendo, Norah, sin querer, tiró una botella de vino y Girondo, acercándose, le susurró al oído: “Parece que va a correr sangre entre nosotros”.


Según Williamson:


“Norah había llegado a la fiesta con Borges pero se fue con Girondo, y ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla con Girondo justamente era una humillación desesperante”. Borges y Girondo eran enemigos estéticos. En 1932 uno publicaba un libro que conmocionaba a los lectores (“Espantapájaros”), repleto de imágenes osadas, y el otro un pequeño volumen de ensayos muy extraños (“Discusión”) que dejó perplejo a los críticos ya que hablaba de alquimia, magia, especulaciones teológicas y demás temas esotéricos. Temas donde Borges fue a rumiar el descontento después de su derrota amorosa por goleada. Williamson conjetura que Jorge Luis Borges al perder a Norah Lange perdió también su voz poética, ya que después de “Cuaderno San Martín” no volvió a escribir en verso hasta mucho después. Lo cierto es que nosotros sabemos que Borges estaba escribiendo poesía en sus ensayos, en una voz extraña y nueva, pero en ese entonces muy difícil de percibir".


Promediando los años veinte, Borges era un joven feliz y enamorado, y sus poemas estaban escritos en un estilo más barroco, bastante diferente al que cultivaría en su madurez. El evento entre Norah y Oliverio Girondo lo aniquiló.


Como sugiere Fabián Casas:


“Borges pensó en el suicidio de manera persistente. Dramático, hasta llegó a comprar un arma y alquilar una habitación en un hotel para hacer “La Gran Lugones”. Pero no la hizo. Desdichado, la obsesión con Norah Lange fue in crescendo y signando gran parte de su obra. Bioy Casares anotó sorprendido que su amigo estaba obsesionado por igual por “La Divina Comedia” y Norah Lange. En el comienzo del Aleph, la mañana en que muere Beatriz Viterbo está fechada en febrero de 1929, el mismo mes y año en que Norah lo rechazó. Borges sufría pero estaba escribiendo como los dioses. Convertía su dolor en aventura. Así que en ese candente instante en que una de las chicas Lange dijo “este sí, este no”, nosotros tuvimos al Borges que nos rompió la cabeza”.


EL HOGAR DE LAS HERMANAS LANGE


Visitar la casa de la familia Lange en la década del veinte debía ser como ir hace unos años al hogar de las hermanas Attías. Las Lange eran cinco hermanas y un hermano, con sus correspondientes amigas. Salvando las distancias, Borges y sus amigos se debían sentir como los pibes del film de Sofía Coppola al entrar por primera vez al recinto sagrado donde vivían las "vírgenes suicidas".


En ese ambiente, allá por 1921, Borges conoció a Concepción Guerrero, a quien describió como una “muy admirable niña de dieciséis años, sangre andaluza, ojazos negros y una grata y apacible serenidad, con mar de fondo de ternura”. Era hija de inmigrantes andaluces que vivían en un “barrio de arrabal”.


Su amor fue correspondido, aunque mantuvo su romance en secreto porque la madre era bastante desconfiada hacia las jóvenes que no fueran hijas de "familias bien". Tanto su madre como su padre, con métodos diferentes, ayudaron para que Jorge Luis tuviera pocos festejos carnales (para que no la pusiera nunca, bah).


“Tú/que ayer sólo eras toda la hermosura/ eres también todo el amor, ahora”, fue inspirado por Concepción.

Al tiempo que la relación con la morocha andaluza se fue extinguiendo, se incrementó el interés de Jorgito por la vida y obra de Norah Lange, la hermosura de herencia escandinava y cabellera roja. Norah era, para el autor de Ficciones, una especie de Deborah Ann Woll, la chica que hacía de Jessica Hamby en la serie de vampiros True Blood.


Tal parece que Norah tenía embobados a varios poetas y artistas de mediados de 1920. Como Marianne Faithfull, como Lou Salomé, como Gala, fue una de esas raras mujeres que por su mezcla de misterio, belleza e inteligencia, ofician de musas inspiradoras.

"Siento el pavor de la belleza: ¿quién se atreverá a condenarme si esta gran luna de mi soledad me perdona?"


Esas líneas de Borges no fueron suficientes, Norah elegiría a otro hombre.

Bonus track: algunas opiniones de Borges sobre Oliverio Girondo, sacadas del libro Borges, de Adolfo Bioy Casares, que ustedes deben leer sí o sí si no quieren que al encontrarnos frente a frente yo los tenga que andar cagando a trompadas:


Borges mira dormir a mi hija Marta (de cuatro meses y medio) y comenta: “Su actividad mental será superior a la de Oliverio Girondo, a la de Aristóteles”. (Martes 30 de noviembre de 1954)

Hablamos de Gómez de la Serna, de lo olvidado que está; más aún que Capdevila, más que nadie. Decimos que ha escrito páginas y hasta libros hermosos. Recuerdo biografías. Borges: “Siempre he leído con emoción el prólogo a las páginas escogidas de Silverio Lanza. Ramón ha de estar entre los mejores escritores españoles de este siglo. Con qué desprecio verá a su amigo Oliverio Girondo. En un rato él puede escribir -él ha escrito- toda la obra de Girondo”. (Lunes 17 de setiembre de 1956)


Daban una comida a Norah Lange, por su último libro. Silvina dice: “Debemos mandarle un telegrama”. “¿Por qué?”, pregunta Borges. Yo digo que no sé cuál es peor escritor, Norah u Oliverio. Borges: “Han hecho mucho mal”. Habla de borracheras ejemplares. (Sábado 10 de noviembre de 1957)


“Mansilla tenía fama de ocurrente. El mismo Oliverio aspira a esa fama, sólo que no se le ocurre nada, salvo plagiar a los demás, diez años después” (Sábado 20 de julio de 1957)


Hablamos de Oliverio Girondo, que según dicen está muy enfermo. Borges: “Su obra no es nada. A Oliverio le gustaba el lado farrista de la literatura francesa. Su autor preferido era Jarry”. Bioy: “No hace mucho, el Negro Zorraquín Becú lo ponderó por la obra y la conducta”. Borges: “¿Conducta? Fue un peronista inmundo”. Bioy: “En tiempos de la guerra estaba en contra de Inglaterra. Con Norah Lange se alegraba del bombardeo de Holanda, de la conquista de Noruega por los nazis. Es amigo de comunistas, de nacionalistas”. Borges: “Cuando le dieron la paliza a Waldo Frank , censuró a los extranjeros que se permitían hablar de la Argentina. ¿Qué me decís del gran revolucionario, del iconoclasta, que se ofende porque un norteamericano -es claro, un yanki, especie aborrecida- se permite hablar de nosotros?”. (Viernes 30 de noviembre de 1962)


Borges: “Estoy pensando que tal vez Oliverio Girondo no haya escrito nunca una línea memorable. Molinari ha de haber escrito más de una; no las recuerdo, pero las hade haber escrito... Nada comparable a Yo y la rosa esperamos, verso alemán que uno admira sin necesidad de entender. Probablemente el contexto lo arruinará”. (Domingo 18 de agosto de 1963)


En Mar del Plata. Me entero de que ha muerto Oliverio Girondo. Borges, que lo conocía mejor que yo, lo menospreciaba. Para él era la personificación de muchas cosas desagradables: un escritor que ignoraba su oficio, a cuyas obras un español informado suministraba puntuación; un escritor por decisión, no por Minerva o musa; un fanfarrón; un fiestero; un borracho; un ciudadano de tendencias políticas erróneas, partidario de los nazis en la guerra, y a quien el peronismo no pareció molestarle. Norah Lange, la mujer de Girondo, alcoholizada y colérica, me vio con malos ojos, como la influencia que apartó a Borges de su casa. Nada más injusto: yo carecía de opinión sobre ellos. No aplaudí su nazismo: nada más. El de la opinión y el desprecio era Borges. Cuando Bustos Domecq escribió contra la revista Letra y Línea, cuyo mecenas era Girondo, de Bustos, no de Domecq, vino el impulso.


Los otros días apareció en Primera Plana una nota sobre Crónicas de Bustos Domecq. Además de la idea general -que estamos viejos, vale decir chochos-, afirma que uno de los personajes absurdos allí descritos puede ser Oliverio Girondo. Esto es falso: en ningún momento pensamos en Oliverio cuando inventamos nuestros cuentos. No somos personas tan desprovistas de caridad como para satirizar a un enfermo que se debate con la muerte. (Miércoles 25 de enero de 1967)


Afirma que la gente se acuerda de Gómez de la Serna, lo que me parece dudoso. Borges: “Las greguerías eran una suerte de pensamiento insólito e inútil, que, como diría Goethe, no servía para seguir pensando”. Agrega: “Oliverio Girondo, a lo largo de una vida de relativa aplicación, apenas logró producir tres o cuatro greguerías mediocres. Tiene razón Anderson Imbert cuando lo llama 'Peter Pan de nuestras letras', porque nunca creció”. (Viernes 1º de noviembre de 1968)


Borges: “Cuando Oliverio publicó un libro con el título Veinte poemas para ser leídos en el tranvía nos sorprendió mucho. Nos preguntamos: ¿por qué sale con esa españolada? En Buenos Aires decíamos tranway; los malevos, trambay”. Bioy: “Mi amigo Joaquín, el portero de la casa de mis padres, decía tramba”. Borges: “Los españoles decían tranvía, como finalmente decimos todos ahora. Después nos acordamos de que Oliverio tenía un individuo que le corregía lo que escribía: le ponía comas, le suprimía galicismos. Sin duda sería un español”. Bioy: “Y el poeta, como no estaba para pavadas y no tenía ningún oído para las palabras, aceptó encantado”. (Lunes 18 de noviembre de 1968)

jueves, 23 de enero de 2014

MONOLOGANDO SOBRE GREIL MARCUS, LA LITERATURA, NABOKOV, ARENDT, TOCQUEVILLE, SUSAN SONTAG, AURORA VENTURINI Y UN MONTÓN DE CUESTIONES SOBRE LAS CUALES NO TENGO LA MÁS MÍNIMA IDEA


De chico, cuando el asombro suele predominar sobre la costumbre, me impactó mucho cuando leí el fragmento de una carta que, a sus veinte años (1904), Franz Kafka le dirige a  su amigo Oskar Pollak:

“Pienso que solo deberíamos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en la cara, ¿para qué leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices en tu carta? Por Dios, podríamos ser igual de felices sin libros, y si nos hicieran falta libros para ser felices, podríamos escribirlos nosotros mismos, llegado el caso. No, lo que necesitaríamos son libros que caigan sobre nosotros como un golpe dolorosísimo, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros mismos, como si nos viéramos desterrados a los bosques, lejos de todo ser humano, como un suicidio; un libro tiene que ser un hacha que abra un agujero en el mar helado de nuestro interior”.

Sí, yo de chico leía a Kafka. ¿No me creés? Lo siento, es la verdad. También jugaba al fútbol mejor que Messi, hablaba seis idiomas y todas mis compañeritas gustaban de mí. Lástima que con el tiempo me fui haciendo más nabo. En fin, imagino que la carta de Kafka debe haber sido leída con fruición por Don Ernesto Sótano, tan afecto a las reflexiones graves, densas, dolorosas, TREMENDAS y TERRIBLES. Y sí, Kafka era un capo, y ese fragmento está muy pero muy bueno, pero me suena un poco exagerado.

Hace algunos días me enteré que la escritora Aurora Venturini –que entre paréntesis/guiones, escribe muy bien- ganó el Premio Nueva Novela de Página 12 a los 85 años, y que hoy, con sus poco más de 90, sigue viviendo sola y escribiendo durante horas en su casa de La Plata. Hacia el final de una nota que le hicieron en Radarconfiesa que la suelen ir a visitar personas para pedirle consejos sobre el acto de escribir:

“Ya no recibo a nadie, pero hace poco vino un hombre. Un hombre grande. Me dice: ‘Yo me jubilé, tengo campos, tengo vacas, qué se yo, y ahora quiero escribir’. ‘Ah se está tomando un recreo’, le dije. ‘Y sí –me dice él-, algo hay que hacer’. Lo eché. Si hay algo que detesto es la gente que se toma esto como un juego, una frivolidad. Se creen que escribir es una pavada. Que es para pasar el rato. Que somos unos vagos. Cuando, en realidad, escribir es un sacrificio y los escritores, para colmo, somos todos pobres, bueno, la mayoría, porque no nos pagan. Ah, cómo lo eché a ese hijo de puta. Fue fantástico”.

A mí me parece que hubiese podido pasar un lindo momento con el tipo, tomándose unos mates con bizcochitos de grasa y aconsejándole alguna pelotudez que le pudiese servir. ¿Por qué la literatura no puede ser también un juego o un pasatiempo? Suelo decir que me gustan los artistas que se toman realmente en serio a la literatura, y no demasiado en serio a sí mismos. Ahora creo que tampoco hay que tomarse demasiado en serio al arte, aunque podemos discutir acerca de lo que encierra la palabra “demasiado”, y aún sabiendo que es necesario jerarquizar entre escritores buenos, malos y no tan buenos, que sin arte la vida sería mucho peor y todos los etcéteras que le quieran agregar.

Para Vladimir Nabokov, por ejemplo, el arte de escribir se relaciona con el artificio y con cierto sentido del humor, y no con la veracidad y mucho menos la sinceridad. Todo gran escritor es un gran embaucador. La literatura existe, para Nabokov, desde el momento en  que un niño cavernícola vuelve a su gruta y le grita a su clan que ahí está el lobo, y todos huyen despavoridos porque creen en sus palabras. No hay literatura si no se es un bromista.

Ojo, no es nada contra Venturini, quien tiene más de 90 años, es misántropa y prefiere que la dejen en paz. Sólo uso su anécdota como excusa para escribir lo que pienso acerca de mi relación con los libros.

Quiero decir: me gusta más lo que sugiere Fabián Casas cuando dice que “los libros no sirven para estar solo, aunque prometan eso, la literatura verdadera es para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos (…)”. En cierto sentido, me pareció un mejor consejo que el de Kafka.


GREIL MARCUS

A propósito de libros y lecturas, estuve leyendo las reflexiones del crítico estadounidense Greil Marcus: El basurero de la historia. Hace años leí, en Anagrama, Rastros de carmín (Lipstick traces), donde el tipo hace una analogía entre el surgimiento del punk con los Sex Pistols, y lo relaciona de modo muy original con diversos antecedentes como el dadaísmo, los anarquistas místico-lujuriosos y los heréticos milenaristas de la Europa medieval. También está traducido su libro Like a rolling stones, en obvia referencia a Bob Dylan.

Uno de los artículos de Greil Marcus que me parecieron más interesantes son sus opiniones sobre la crítica estadounidense Susan Sontag. Para quienes no la conozcan, Sontag fue bastante pionera en introducir en su país a autores modernistas europeos como Antonin Artaud, Walter Benjamin, Roland Barthes y Hans-Jürgen Syberberg.

Lo que Greil le critica a Sontag, entre otras cosas, es su desprecio por la cultura norteamericana y su tendencia a abrazar de modo acrítico la "teoría del genio":

“Como Tocqueville deja bien claro en Democracy in America en su descripción de un país que en muchos planos no ha cambiado nada, el genio no forma parte de la naturaleza norteamericana; el genio banaliza y humilla la democracia, tanto como la democracia banaliza y humilla al genio. Por eso las mejores obras de Pauline Kael y Leslie Fiedler no se caracterizar por tener el carácter imperiosamente mesiánico de Sontag, sino por su obstinación, incluso por su carácter defensivo: su rabia, arrogancia, dudas, histeria, seducción, humor, revulsión, miedo y un gran sentido de la tragedia. Son artistas de la tensión entre el genio y la democracia.

Sontag se crió en Arizona y en California, pero no hay nada en su voz o en su sensibilidad que lo delate, salvo quizá las botas de cowboy que suele calzar (nota: el artículo se escribió antes de que Sontag muriera). Su obra parece presuponer un campo literario en el que todos, o más bien tout le monde, tarde o temprano se vuelve un parisino. ¿Es posible imaginar algún crítico norteamericano destacado del que pudiera decirse que su lugar de origen no tuvo ninguna consecuencia para su pensamiento? ¿Emerson? ¿Hawthorne? ¿Matthiessen? ¿Fiedler? ¿Kael? Olvídenlo”.

Me parece importante que los críticos puedan dar cuenta de cierta tensión entre democracia y "alta cultura"; vale decir: que tengan la capacidad de unir lenguajes y corrientes culturales diversas, en lugar de usar el lenguaje un poco como los perros cuando mean a su alrededor para marcar territorio.

Una vez vi una película de Woody Allen que me pareció un embole, pero que tenía una escena muy buena: un director de cine, encarnado por Allen, se queda ciego en medio de la filmación. Tratando de que nadie se entere, sigue dirigiendo las escenas sin ver un carajo. ¿Conclusión? Termina la película, y su film resulta ser un éxito para la crítica cinematográfica francesa.

Como bien dice Arendt: una persona culta, para un romano, es quien sabe elegir compañía entre los hombres, entre las cosas, entre las ideas, tanto en el presente como en el pasado. Como el trabajo y el sueño, la vida también necesita de pan y circo. Es más, el entretenimiento masivo de la cultura de masas, muchas veces, es menos peligroso que el filisteísmo cultural que denigra aquello de lo que no puede extraer un valor arribista.

¿Y a todo esto, dónde queda la cultura argentina en medio de la cultura latinoamericana y respecto del debate Europa vs Estados Unidos? 
The answer my friend, is flowing in the I don't know.


Además, como dijo Fogwill antes de pegarse  un saque y disponerse a laburar en Los Pichiciegos: “felizmente no nos debemos a una tradición, podemos aspirarla toda” (?). Termino con una cita de Don Jorge Luis, que me ayudará a terminar este post que todavía no sé muy bien a dónde se dirige:

Siempre que he hojeado libros de estética, he tenido la incómoda sensación de estar leyendo obras de astrónomos que jamás hubieran mirado a las estrellas. Quiero decir que sus autores escribían sobre poesía como si la poesía fuera un deber, y no lo que es en realidad: una pasión y un placer”. 

Porque la poesía no es algo extraño, sino que está acechándonos continuamente, como un troll kirchnerista en la cuenta de twitter de Mauricio Macri.

LA SACRALIZACIÓN Y LA BANALIZACIÓN DE LA HISTORIA

El término "fascismo" hace rato que dejó de ser un sustantivo para utilizarse, en gran medida, como adjetivo. Algo similar ocurre cuando se designa a alguien o algo como "de derecha" o "nazi". En este sentido, me interesa traer a colación dos conceptos muy didácticos y generales que utiliza el crítico literario y lingüista Tzvetan Todorov en su libro Memorias del mal, tentación del bien. Los conceptos principales que quiero rescatar son el de "banalización" y el de "sacralización" del pasado. No pienso analizar la coyuntura a partir de lo dicho por Todorov, para no alargar demasiado el posteo. 


Los usos de la memoria:



Según Todorov, la memoria, en sí misma, no es ni buena ni mala. Los beneficios que se espera obtener de ella pueden ser desviados. ¿De qué modo? En primer lugar, por la propia forma que adoptan nuestras reminiscencias, navegando entre dos escollos complementarios: la sacralización o aislamiento radical del recuerdo; y la banalización, o asimilación abusiva del presente al pasado.



Peligro de sacralización: 



Es evidente que cada acontecimiento del pasado es específico y diverso. Es totalmente comprensible que a uno le preocupe más la desgracia de un ser querido que el hecho de que hayan muerto miles de personas como consecuencia de la bomba de Hiroshima y Nagasaki. Es esperable y comprensible que para un ruandés sea más significativa la matanza de las tribus hutus sobre los tutsies y los hutus moderados en lugar del genocidio armenio, el genocidio judío o los 30 mil desaparecidos. A un familiar de una persona muerta por la guerrilla posiblemente le resulte más relevante ese asesinato que cualquiera de las restantes desapariciones. No obstante, no porque los acontecimientos pasados sean únicos y cada uno de ellos tenga un sentido específico es preciso no relacionarlos con otros. Cuanto más numerosas son las relaciones, más particular (o singular) se hace el hecho. Dios es sagrado porque es absoluto y omnipresente, y no particular, como un hecho que ocupa un tiempo y un espacio únicos.



La Masacre de Cromagnon ocurrió en el ambiente del rock, y tal vez quien o quiénes tiraron bengalas hayan escuchado una y otra vez Smoke on the water de Deep Purple, donde se habla de "some stupid with a flare gun burned the place to the ground". El pasado y la tradición están ahí, a disposición de una mayoría que suele ser ciega y sorda.



El pasado, en síntesis, cumple una función enriquecedora para el presente cuando nos sirve de lección. Se dice que “de los errores se aprende”. Me parece que de los errores no SE aprende, sino que puede (o no) aprenderse. Que un error haya acontecido no indica necesariamente que sobrevenga ningún tipo de lección. De hecho, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra (aunque ignoro si no habrá existido algún camello o perro pekinés que se haya tropezado más de una vez con alguna extensión sobresaliente del suelo, aunque en este caso no importa demasiado).



Sería paradójico, como mínimo, afirmar a la vez que el pasado debe servirnos de lección y que no tiene relación alguna con el presente: lo que es sacralizado de este modo no puede ayudarnos en absoluto en nuestra existencia actual.



La sacralización del pasado sirve de pantalla o excusa para la inacción en el presente. Puede ocurrir que a pocos metros de un acto en conmemoración por los 30 mil desaparecidos se estén muriendo de hambre niños y ancianos y prostituyendo jóvenes indocumentadas sin que nadie haga nada por evitarlo. ¿Se entiende a qué apunto? No quiero decir que los actos no sean importantes, entiéndaseme bien, pero siempre y cuando no se transformen en una pantalla para no ver los demás problemas y actuar en consecuencia.



En política, la tarea es distinta que cuando hacemos historia. En política, el “mal” adopta nuevas formas continuamente. No es lícito que, en nombre de la memoria –aun de las más legítima-, descuidemos las nuevas encarnaciones del mal ni encubramos los peligros del presente. Es indispensable rescatar la memoria de los vencidos de la historia (los humillados, los despreciados, los que han sufrido injusticias); sin embargo, los muertos no deben impedir a los vivos seguir viviendo. Ahí radica gran parte del difícil y delicado equilibrio entre necesidad de memoria y necesidad de olvido.




Peligro de banalización: 



En la trivialización o banalización del pasado, los acontecimientos pierden toda especificidad, siendo asimilados a los del pasado. Si utilizamos el término “nazi” como sinónimo de canalla, toda lección de lo que aconteció en lugares como Auschwitz se ha perdido. Hitler mismo es un personaje que está en todas las salsas y ensaladas de la historia; a cada momento aparecen nuevos hitleres. A los estadounidenses les gusta, con todo su aparato propagandístico, designar así a sus enemigos para asegurarse el apoyo incondicional de la comunidad internacional: Saddam Hussein es un nuevo Hitler, Milosevic es otro, Chávez casi que también. Los acusados se entregan a las mismas proyecciones: Chávez acusando a Bush de nuevo Führer hace algo similar, aunque para imponer su idea cuenta con mucho menos poder, dinero y parafernalia que el presidente de los Estados Unidos.



Decir que Putin, el actual presidente ruso, sigue los pasos de Stalin, impide saber quién era Stalin y quién es Putin. Si yo digo que las políticas económicas de Martínez de Hoz son una continuación de las empleadas por Menem y Cavallo en los 90’s no estoy reduciendo uno en términos del otro, ni asemejando a Menem con Videla. No puede haber juicio sin comparación. Si comparo a Maradona con Messi no estoy diciendo que Messi se reduce a Maradona ni viceversa.



En resumen: cuando el pasado está sacralizado sólo nos recuerda a sí mismo (sin servir de lección al presente); mientras que cuando está trivializado nos hace pensar en todo y en cualquier cosa. Siguiendo con el ejemplo de Maradona: decir que no es comparable con nadie porque es una suerte de semidiós sería sacralizarlo, decir que Maradona y el número 4 de Atlético Campana son técnicamente semejantes es no entender nada de fútbol.



Por ejemplo: Sacralizar a Borges no favorece su lectura, sino que nos aleja más y más de su obra. Nos hablan tanto del Quijote y de Cervantes que casi nos creemos que lo hemos leído.



Por otro lado, juzgar es comparar. Entiendo perfectamente la frase “las comparaciones son odiosas” (quiere decir, no le metas presión a determinada persona comparándolo con alguien consagrado porque lo abrumas), pero también creo que si no comparamos no podemos juzgar. ¿Cómo juzgar si una película nos gusta si no utilizamos la comparación? Traten de nombrarme a su músico favorito sin que intervenga, explícita o implícitamente, un juicio por comparación, y les doy un millón de dólares.



Del error “se aprende”. Pues bien, pasemos a enumerar:



Primera Guerra Mundial: ocho millones y medio de muertos en los frentes, casi diez millones en la población civil, seis millones de inválidos. Durante el mismo tiempo: genocidio de los armenios, un millón y medio de personas llevadas a la muerte por el poder turco. La Rusia soviética, nacida en 1917: cinco millones de muertos a causa de la guerra civil y la hambruna de 1922, cuatro millones de víctimas de la represión, seis millones de muertos durante la hambruna organizada de 1932-1933. Segunda Guerra Mundial: más de treinta y cinco millones de muertos sólo en Europa (equivalente casi a toda la población actual de la Argentina), de ellos al menos veinticinco en la Unión Soviética. Durante la guerra, exterminio de los judíos, los gitanos, los deficientes mentales, los comunistas: más de seis millones de víctimas. Bombardeos aliados de la población civil en Alemania y Japón: varios centenares de miles de muertos. Los desaparecidos en Argentina, los muertos por la guerrilla armada, los muertos en Argelia, la matanza de hutus y tutsies, la invasión a Irak y Afganistán (esta vez Stallone no protegió a los afganos como en Rambo III). ¿De los errores se aprende? No es lo usual, aunque sería deseable que así fuese .



Como dijo Primo Levi, “un oprimido puede convertirse en opresor”. El sufrimiento padecido no ennoblece a quienes afecta (mal que le pese a cierta concepción cristiana del dolor como ennoblecedor del alma humana).



En Israel está presente el genocidio sufrido por el pueblo judío, y sin embargo la política de este país para con sus actuales vecinos, en particular los palestinos, dista muchísimo de ser irreprochable. La experiencia pasada no sólo no ha transmitido automáticamente una lección que podría beneficiar a los demás; se invoca, por el contrario, para justificar una política que convierte a los palestinos en las víctimas de las víctimas.



Justicia y venganza:



Hay una diferencia entre justicia y venganza: la venganza consiste en responder a un acto individual con otro acto individual, comparable en principio: mataste a mi hijo, yo mataré al tuyo. La justicia, en cambio, confronta el acto individual a la generalidad de la ley; el anonimato de los justicieros (policías o magistrados) se opone a la identidad singular del vengador. La venganza, como el perdón, es personal; la justicia no lo es, la ley no conoce individuos (cuando funciona, claro está, pues sabemos que en nuestro país la justicia es enormemente mejorable). Por otra parte, la pena no es un reflejo especular del crimen sino proporcionada a las demás penas; en vez de estar directamente motivada, forma parte de un sistema. El acto de justicia repara la ruptura del orden social, confirma la validez de la ley (escrita o, como en los crímenes contra la humanidad, no escrita) y, por lo tanto, el propio orden social; no compensa necesariamente la ofensa sufrida por el individuo. Lo importante desde este punto de vista no es que la justicia sea más o menos severa, sino que sea.



En la venganza, una violencia nueva responde a la violencia antigua, a la espera de provocar una futura violencia de compensación: el mal aumenta en vez de disminuir.



El acto de venganza es un inconveniente suplementario: conforta a quien lo realiza en su perfecta buena conciencia y nunca le permite interrogarse sobre el mal que hay en él. La cuestión moral se evacúa en beneficio de la reparación física. Por su lado, la justicia tiene el inconveniente de la abstracción y la despersonalización; pero es la única oportunidad que tenemos para hacer disminuir la violencia.



La pena de muerte, a mi juicio, tiene que ver más con la venganza que con la justicia: dice que el que mata debe morir, es un puro castigo, y no un acto de prevención. En su alegato contra la pena de muerte, Albert Camus mencionaba una cifra reveladora: entre los 250 ahorcados por la justicia, a comienzos de siglo, en Inglaterra, 170 habían presenciado personalmente una ejecución capital. El conocimiento de primera mano no había, pues, encaminado en nada su comportamiento.



La fórmula de Santayana, según la cual “quienes olvidan el pasado están condenados a repetirlo”, es falsa si se la toma en sentido literal. El pasado histórico, al igual que el orden de la naturaleza, no tiene sentido en sí mismo, no emana por sí solo valor alguno; sentido y valor proceden de los sujetos humanos que los examinan y los juzgan. El mismo hecho puede recibir interpretaciones opuestas y servir de justificación a políticas que se combaten mutuamente.