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martes, 31 de mayo de 2016

LAS DIFICULTADES CON LAS MUJERES DE ISAIAH BERLIN Y JORGE LUIS BORGES

Jorge Luis Borges (1899-1986) era una década mayor que Berlin (1909-1997), y ambos vivieron casi el mismo número de años. Aunque jamás se conocieron, tenían varias cosas en común: cierto desprecio por Freud y por el comunismo, un profundo amor por la cultura inglesa, aversión hacia la prosa demasiado barroca… 


A diferencia de Berlin, a Borges no le interesaba demasiado la literatura rusa, mucho menos las novelas, amén de que no hablaba el idioma.

Pero existió un karma que les hizo sufrir a ambos en su juventud: la dificultad para concretar un encuentro íntimo satisfactorio con las mujeres que amaban.

Durante una entrevista que mantuvo con su biógrafo, Michael Ignatieff, Isaiah Berlin recordaba a una mujer de la que estuvo obsesionado por años: Patricia Douglas:

“Rabiosamente falsa, así era. Pero deseable en grado sumo”.

Sabemos que una de las peores frases que una mujer le puede decir a un hombre es “yo también te quiero, pero sólo como amigo”. Como reza el saber popular:

“Eso significa que para ella sos el tipo mas simpático del mundo, el que mejor la escucha, el que más sabe de su vida y sus mas íntimos secretos, el ser humano más extraordinario de la tierra... pero no va a salir con vos NUNCA. Va a salir con un impresentable, un hijo de puta, un pelotudo que solo la quiere c…. y además la caga permanentemente. Cada vez que el otro se mande un moco, ella te va a llamar para pedirte consejo. Es como si vas a buscar laburo y te dijeran: -"Señor, es usted la persona idónea para el puesto, el que mejor currículum tiene, el más preparado, pero no lo vamos a contratar. Vamos a tomar a un incompetente que no sepa hacer nada y se mande una macana atrás de la otra. Pero eso sí,  cuando surja un problema: ¿lo podríamos llamar a usted para que nos saque del quilombo?"

Borges solía escribir obras en colaboración con diversas mujeres de las que probablemente estaba enamorado. Con María Ester Vázquez, por caso, trabajaron juntos en Introducción a la literatura inglesa (1965) y en Literaturas germánicas medievales (1966). Los lectores se introducían, mientras él se limitaba a enamorarse.

Salvo los textos que escribió con su amigo Adolfo Bioy Casares, no creo que fuera entera casualidad que el resto de los escritos “en colaboración” los haya realizado con mujeres: la citada M. E. Vázquez, Delia Ingenieros, Luisa Mercedes Levinson, Esther Zemborain de Torres, María Kodama, Margarita Guerrero, Betina Edelberg…

BORGES Y ESTELA CANTO:

Aquí nos ocupamos de la relación fallida entre Borges y Nora Lange en sus años mozos. Años más tarde, allá por agosto de 1944, durante una fiesta que daban Bioy Casares y Silvina Ocampo en su casa, le presentaron a Estela Canto. Él tenía cerca de 45, y ella 28. El biógrafo inglés Edwin Williamson narra cómo fue la primera vez que se vieron:


“Su primer encuentro con Borges fue poco prometedor: había leído “La muerte y la brújula” en Sur, cuento que la había impactado, pero quedó decepcionada por el aspecto de su autor; aunque le habían dicho que no era muy apuesto, era peor de lo esperado: regordete, bastante alto, con un rostro pálido y mofletudo y pies bastante pequeños. Después de darle la mano con aire ausente, Borges se ocupó muy poco de ella, falta de atención que irritó a Estela, porque en aquellos días daba por sentado que los hombres la encontraban atractiva. Era, de hecho, una mujer con amplia experiencia sexual: había tenido relaciones con escritores pero prefería los hombres de acción”.

Hoy en día no es infrecuente que las mujeres demasiado “intelectuales” prefieran estar con deportistas o con músicos, en tanto que las mujeres deportistas, en cambio, prefieren… a los deportistas y a los rockeros. ¿A quién carajo van a preferir, a Pacho O’Donnell? Puta que las parió a todas (?)

Retomando, parece que Estela siguió yendo a las reuniones en casa de Bioy, y una vez le habrá llamado la atención a Borges, porque al terminar la conversa le pidió que lo acompañase a caminar unas cuadras. En el transcurso de la charla, la mina citó –en inglés- el final de Cándida, de George Bernard Shaw. Ahí Jorge Luis se empezó a copar: charla va, charla viene, con el tiempo se conocieron más a fondo, y Borges le terminó por dedicar El Aleph, una de sus obras mayores.

Daban largos paseos, hablaban de literatura y todo transcurría de manera platónica, hasta que a Borges se le ocurrió llevarla al “Hotel Las Delicias” de Adrogué. A horcajadas en un banco, el muy goma, con voz temblorosa, le susurró al oído: “Estela…, eh…, ¿te casarías conmigo?”. La mina habrá pensado: “¿Este pelotudo tiene dos velocidades? ¿De pasear de la mano sin siquiera un piquito a pedirme casamiento? ¿Está pirado o lo pateó un canario?”. Recuperándose como pudo de semejante balde de agua fría, le respondió:

“Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”. 

Su respuesta provocó una reacción conmovedora en el escritor, algo así como: “¿en serio, no te doy asco?” (1), y a partir de ese momento la consideró su novia. La llevaba de la manito, le hablaba de literatura, daban larguísimas caminatas, pero no pasaba naranja. Es más, Estela seguramente sabía que él no iba a hacer nada, y por eso le hizo la propuesta.

La hago corta: cuando se la presentó a la madre -súper castradora y dominante- no la aprobó sino que por el contrario, hizo todo lo posible para arruinarle el guiso. La mina se terminó yendo a Inglaterra con otro vago, después volvió, le cortó los flecos y se pudrió todo. Años después, confesó que tuvo parte de la culpa, porque en lugar de boludearlo con la respuesta aquella en Adrogué, le tendría que haber dicho la posta: “Mirá titán, no te quiero lo suficiente como para casarme contigo. No quiero estar el resto de mi vida mirando con cariño el palo de amasar mientras vos me hablás de Dante Alighieri”. Bué, no lo dijo así pero la idea es esa.

ISAIAH BERLIN, OTRO LOSER DE AQUELLOS:


Para que se den una idea de la suerte del amigo Isaiah con el sexo opuesto, les cuento que la primera mina que le dio pelota terminó lobotomizada, como Jack Nicholson en Atrapado sin salida. La cosa sucedió más o menos así:

La chica se llamaba Rachel Walker, era una estudiante de filosofía; se conocieron cuando ella tenía 20 y él 25. Le decían “Tips”, y parece que era hermosa e inteligente, pero demasiado intensa. En su primer encuentro fue a las habitaciones de Berlin en All Souls para recibir una tutoría en filosofía, y al graduarse le empezó a escribir cartas cada vez más íntimas. Siguieron flirteando, se encontraron en Francia y, en determinado momento, ella le propuso matrimonio en el zoológico de París. Berlin la rechazó.

Profundamente dolida, “Tips” se marchó a Viena y no se volvieron a ver. Al poco tiempo, Berlin se enteró de que había vuelto y vivía con su madre en Burford. Allí se hundió en una depresión aguda, con estallidos de furia momentánea que la hicieron escribirle cartas insultantes que él no contestó. Después de haber atacado a su madre, fue hospitalizada en un centro público de Northampton y, con varios interludios, permanecería en el hospital el resto de su vida, sometida a terapias de electroshock y al fin a una lobotomía, que la dejó en estado semivegetativo. Vivió hasta 1992.

El biógrafo de Berlin, Michael Ignatieff, nos relata cómo tiempo antes de que conociera a “Tips”, “un racimo de jóvenes estudiantes mujeres venían a sus sesiones tutoriales, y se quedaban, para dejarle a sus perros, para pedir prestados discos y libros, y al fin para convertir a Isaiah en confidente”. Un osito de peluche, un tierno, un confidente… un asexuado de mierda, bah. Berlin se creía irremediablemente feo, gordo, con la piel aceitosa y blanca, deforme, y no dejaba nunca de comunicar el hecho a los demás. Más allá de sus fracasos, se podía decir que era un gordito mimado, sociable y feliz: una especie de Samwell Tarly, el personaje cobarde y buenazo de Game of Thrones.

Peeeero, diez años después conoció el dolor: Patricia de Bendern (Douglas, de soltera). En el invierno de 1942, fue invitado a una comida, y allí la conoció: malcasada con un conde que en esos momentos se encontraba en África del norte como prisionero de guerra. Hacia el final de la comida, Berlin sintió que estaba sucumbiendo. 

“No ocurrió nada físico”, recordó. “Me consideraba tan poco atractivo como todas las demás, pero por alguna razón se aferró a mí. Deseaba conservarme”. Su alegría, belleza y sentido del humor le resultaban fascinantes, y muy pronto estuvo enamorado por primera vez en su vida. Durante el resto del año, la vio casi cada fin de semana. La mina se iba de viaje y le mandaba cartas cariñosas, pero Berlin comprendió enseguida que ella era inconstante: se declaraba suya y después desaparecía durante meses enteros; le daba citas que luego cancelaba, desaparecía de su vista para concretar algún amorío secreto, y después lo engatusaba como a un niño con algunas palabras medio zalameras.

En el verano de 1943, la "calienta pava" se enamoró de otro tipo: la relación dejó de ser un capricho pasajero para tornarse un verdadero suplicio.

Termino el post con una situación verdaderamente grotesca: el quía del que estaba enamorada Patricia se llamaba Jacques Abreu, el mismo apellido que el yorugua “picapenales”. En diciembre, Berlin, Patricia y Abreu fueron juntos a ver un musical a Nueva York, y después regresaron al hotel. El pelotudo de Berlin durmió en la habitación contigua, mientras a duras penas trataba de conciliar el sueño, interrumpido por los sonidos apagados de los amantes. ¡Un boludo a cuerda!

Afortunadamente en su vejez, tanto Berlin como Borges conocieron el amor, fueron felices y comieron perdices. En la vejez, las ventajas comparativas de la intelectualidad cobran mayor valor.

(1) Según Bioy Casares: "Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución' y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución.  We must celebrate'. (Marzo de 1950)

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS

Michael Ignatieff. Isaiah Berlin. Su vida, Madrid, Taurus, 1998.

Edwin Williamson. Borges. Una vida, Buenos Aires, Seix Barral, 2006.

martes, 3 de marzo de 2015

LA ORIGINALIDAD DE MAQUIAVELO

¿Se imaginan a un policía antidisturbios, frente a un grupo de barrabravas de Chacarita enardecidos, pensando “si alguien te golpea la mejilla izquierda, ofrécele la derecha”? Si cualquier uniformado actuara según criterios dictados por el Sermón de la Montaña, no sólo pondría en peligro su propia vida, sino que lo consideraríamos un imbécil que debe dedicarse a otra profesión. 


- "¿Vos me estás diciendo que la música está arriba de la política? Yo ya sé eso, la música está arriba de la política. Gracias a Dios, si no estamos perdidos".

A despecho de lo que puede llegar a creer algún cultor del “Lanatismo” -la doctrina según la cual la investigación periodística se reduce a demostrar que “los políticos son todos chorros” y la política es algo sucio y feo- , el político de raza no se mete en política para afanar guita, aunque a veces lo haga, sino porque concibe a la política como una auténtica vocación, a la que entrega gran parte de su vida y energía.

Hace un tiempo estuve releyendo “La originalidad de Maquiavelo”, del filósofo liberal inglés de origen ruso Isaiah Berlin. Lo que sigue es una especie de resumen/comentario del artículo:

Si tenemos en cuenta que El Príncipe  es una obra breve, de estilo seco, lúcido, cuya prosa constituye un modelo típico de claridad renacentista: ¿cómo puede ser que haya suscitado un número tan grande de interpretaciones encontradas?

La obra de autores como Platón, Rousseau, Hegel o Marx, también ha dado origen a muchísimas lecturas diversas: “Pero entonces podría decirse que Platón escribió en un mundo y un lenguaje que no podemos estar seguros de entender; que Rousseau, Hegel, Marx fueron teóricos prolíficos, cuyas obras son escasamente modelos de claridad o consistencia” (Isaiah Berlin).

¿Será por haber separado, como asegura Benedetto Croce y quienes lo siguen en este punto, la política de la moral? No han faltado intérpretes que creen que Maquiavelo recomendó como políticamente necesarios ciertos caminos que la opinión común condena moralmente; esto es, pisar cadáveres para beneficio del estado. Según Isaiah Berlin, esta antítesis es falsa:

“Lo que Maquiavelo distingue no son los valores específicamente morales de los valores específicamente políticos; lo que logra no es la emancipación de la política de la ética o de la religión, que Croce y muchos otros comentadores ven como el logro que la corona; lo que instituye es algo que corta aún más profundamente: una diferenciación entre dos ideales de vida incompatibles, y por lo tanto dos moralidades. Una es la moral del mundo pagano; sus valores son el coraje, el vigor, la fortaleza ante la adversidad, el logro público, el orden, la disciplina, la felicidad, la fuerza, la justicia y por encima de todo la afirmación de las exigencias propias y el conocimiento y poder necesarios para asegurar su satisfacción; aquello que para un lector del Renacimiento equivalía a lo que Pericles había visto personificado en su Atenas ideal, lo que Livio había encontrado en la antigua República Romana, lo que Tácito y Juvenal lamentaron de la decadencia y la muerte en su propio tiempo. Estas parecen a Maquiavelo las mejores horas de la humanidad y, como humanista renacentista que es, desea restaurar. (…)”.

Los ideales de la moral cristiana, en cambio, son la caridad, la misericordia, el sacrificio, el amor a Dios, el perdón a los enemigos, el desprecio por los bienes de este mundo, la fe en la vida ulterior, la creencia en la salvación del alma individual,  como valores incomparables, más elevados que, y de cierto absolutamente inconmensurables a, cualquier meta social, política u otra terrestre, a cualquier consideración económica, moral o estética.


Para Maquiavelo no hay posibilidad de conciliar ambas moralidades. La religión cristiana le da un valor supremo a la humildad, la abyección, al desdén por las cosas humanas; la religión antigua enfatizaba la grandeza de espíritu, el vigor del cuerpo y todo lo que hace fuertes a los hombres.

Ahora bien, si los hombres fueran distintos a lo que son y han sido siempre, podrían crear una sociedad cristiana ideal, pero no es lo que ocurre en la realidad.

Como bien nota Berlin, Maquiavelo no dice que la humildad, la bondad, la ingenuidad, la fe en dios, la santidad, la compasión, son malas, o atributos sin importancia; o que la crueldad, la mala fe, el poder político, el sacrificio de hombres inocentes a las necesidades sociales, son buenos.

Lo que dice Maquiavelo es muy similar a lo que años más tarde dirá Max Weber –gran lector del florentino, así como también de Nietzsche- en La política como vocación: elegir llevar una vida cristiana te condena a la impotencia política: a ser  usado y aplastado por hombres ambiciosos, inteligentes e inescrupulosos. Tampoco cree que se pueda llegar a una conciliación entre ambos mundos. Los políticos que toman caminos intermedios, y ante determinadas circunstancias son incapaces de ser completamente buenos o completamente malos, terminan por vacilar y caer en la debilidad y el fracaso.

Insisto una vez más: el tipo no trata de corregir las virtudes cristianas, ni llama “maldad” al “bien” y “bondad” al “mal”. Lo que dice, según la lectura de Berlin, es  que los principios cristianos son incompatibles con las virtudes cívicas.

Maquiavelo condena, en el terreno político, la inefectividad. En un pasaje de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, dice que la fe cristiana ha hecho a los hombres “débiles”, fácil presa de los “hombres malvados”, ya que aquéllos “piensan más en soportar las injurias que en vengarlas”.

La lección de Maquiavelo es que uno puede salvar su alma o puede mantener o bien servir un gran y glorioso estado, pero no siempre puede hacer ambas cosas a la vez. Como la de Aristóteles o Cicerón, la moralidad de Maquiavelo era social, no individual. Pero es una moralidad no menos que la de ellos, y no una región amoral más allá del bien y del mal.

En síntesis: ¿por qué la lectura de El Príncipe ha dado lugar a interpretaciones tan diversas? Según Isaiah Berlin:

"Me gustaría sugerir que es la yuxtaposición de las dos perspectivas en Maquiavelo -los dos mundos moralmente incompatibles, por decirlo así- sobre las mentes de sus lectores, y la colisión y aguda inconformidad moral subsecuentes lo que, a través de los años, han sido responsables de los desesperados esfuerzos por interpretar mal sus doctrinas, para representarlo como un cínico y por lo tanto, finalmente, como un superficial defensor del poder político, o como un satánico, o como un patriota que receta para situaciones particularmente desesperadas que raramente se presentan, o como un contemporizador, o como un amargado fracasado político, o como mero vocero de verdades que siempre hemos conocido pero no nos gusta pronunciar, o nuevamente como el ilustrado traductor de antiguos principios sociales universalmente aceptados dentro de términos empíricos, o como un criptorepublicano satírico (un descendiente de Juvenal, un precursor de Orwell); o un frío científico, un mero tecnólogo político libre de implicaciones morales (...)

Esta no es una división de la política y la ética. Es el descubrimiento de la posibilidad de más de un sistema de valores, sin ningún criterio común a los sistemas entre los que se puede hacer una elección racional. Esto no es el rechazo del cristianismo por el paganismo (aunque Maquiavelo claramente prefirió este último), ni el paganismo por el cristianismo (...) sino el acomodo de ambos lado a lado, con la implícita invitación a los hombres a escoger entre una vida privada, buena, virtuosa, o una existencia social buena, de éxito, pero no ambas".

MAX WEBER, LECTOR DE MAQUIAVELO:

Siguiendo a Maquiavelo, Weber distingue entre la “ética de la convicción” (Lilita Carrió) y la “ética de la responsabilidad”.

A ojos de Weber, “lo patético de la acción estaba vinculado a la antítesis entre dos formas morales, la moral de la responsabilidad y la moral de la convicción. O bien obedezco a mis convicciones (pacifistas o revolucionarias, tanto da) sin preocuparme por las consecuencias de mis actos, o bien me siento obligado a rendir cuentas de lo que hago, aunque no lo haya querido directamente, y entonces las buenas intenciones y los corazones puros no bastan ya para justificar a los actores” (Raymond Aron).

Cuando se entra en política, la moral que debe seguirse es la de la responsabilidad por las consecuencias de las acciones que se toman en la coyuntura. Entrar en política es participar en conflictos en los que se pelea por el poder, por la capacidad de influir sobre el Estado y, a través de él, sobre la colectividad. Al mismo tiempo, el político queda atrapado en la obligación de someterse a las leyes de la acción, aunque esas leyes sean contrarias a sus convicciones más íntimas, a los diez mandamientos o a las recriminaciones que Pepe Grillo le puede hacer en la soledad nocturna de una conversación con la almohada. Los dardos de Weber estaban dirigidos, probablemente, a los pacifistas de orientación cristiana y a los revolucionarios principistas, a los idealistas. Aunque nuestro contexto y lugar no son los de la época de Weber -y mucho menos los de los tiempos de Maquiavelo-, la lección de ambos sigue teniendo vigencia.

Por ejemplo: para un seguidor de la “ética de la convicción”, el aborto está mal sin importar las consecuencias, y por lo tanto no debe ser legalizado. Un político debe considerar las circunstancias, y las consecuencias que puede tener su no legalización sobre la población femenina, sobre todo entre las mujeres que pertenecen a los sectores económicamente más desfavorecidos.

Aclaración importante: Weber no quiere decir que el moralista de la responsabilidad no tenga convicciones, ni que el moralista de la convicción no tenga sentido de la responsabilidad. “Lo que él sugiere es que, en condiciones extremas, ambas actitudes pueden contradecirse y que, en último análisis, uno prefiere al éxito la afirmación intransigente de sus principios y el otro sacrifica sus convicciones a las necesidades del triunfo, siendo morales tanto uno como otro dentro de una determinada concepción de la moralidad” (R. Aron).

Esta es la lección que Weber toma de Maquiavelo, según el cual la política se revela en situaciones extremas. Es evidente que un buen político debe estar convencido de sus ideas –que no es lo mismo que ser un necio o un soberbio- y al mismo tiempo ser responsable de sus actos. Ahora bien, ¿cuál es la elección moral cuando es preciso mentir o perder, matar o ser vencido? La verdad, responde el moralista de la convicción (Lilita Carrió); el éxito, responde el (¿peronista?) moralista de la responsabilidad.

Otro punto importante: no existe criterio científico universal capaz de salvar al político de tomar decisiones erróneas. Creer que la política debe someterse al dictado de la ciencia no es más que “cientificismo”. La política es negociación constante, y por lo común, no hay una medida política o económica que beneficie a todos: generalmente se perjudica a algunos en beneficio de otros.