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domingo, 15 de mayo de 2016

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE EL GUSTO, LA UTILIDAD DEL ARTE Y LA FILOSOFÍA QUE A UN CENICERO NO SE LE PLANTEAN JAMÁS

El gusto -musical, literario, artístico- como criterio de organización del mundo no sólo alude a la realidad, sino que nos habla acerca de quiénes están en condiciones de entenderse entre sí. Nos reconocemos unos a otros por lo que nos agrada y desagrada. A mí si alguien me dice que le gusta Spinetta y el fútbol, ya sé que probablemente con esa persona me voy a llevar más o menos bien, y probablemente muy bien.


En términos generales, me parece que los gustos están primero, y la justificación racional después. No es que nos gusta Floyd porque son buenos, sino que nos parecen buenos porque nos gustan. Es obvio que también existe la influencia de la opinión pública -ya sea para rechazarla o para seguirla-; la justificación racional de aquel crítico o artista que admiramos o el influjo tentador de la mina que nos gusta…


Tiene razón Sartre cuando sugiere que la literatura es ínfima frente al hambre de un solo niño. Tenía buenas razones Wittgenstein cuando, aborreciendo la inutilidad de la filosofía, encaró laburos más prácticos y sin duda más útiles como maestro escolar o enfermero de hospital. No podemos vivir sin pan, sin frutas, sin verduras. Podemos vivir sin libros. Sin embargo, una vez asegurado cierto bienestar material mínimo, para mí vivir sin poesía, sin música  y sin filosofía sería una verdadera garcha.


Luego está la cuestión respecto de que el contacto con el gran arte, pese a que complejiza y mejora tu sensibilidad, no necesariamente te hace mejor persona. Mi “hermano mayor”, Fabián Casas, escribió sobre su amigo Juan Desiderio:


“Siempre me llamó la atención Desiderio no sólo por su fantasía desbocada –sistemáticamente desbocada- sino por su gran corazón. Considero a la bondad como un don superior que sólo muy pocos pueden esgrimir. Entiendo por bondad como una natural disposición a perderse en el otro, a ayudar a los demás por encima de nuestra importancia personal. Existe la vocación de poder y la vocación de servicio”.


Es una reflexión muy linda, con la que no estoy totalmente de acuerdo pero sí en lo esencial.



El crítico literario George Steiner ha demostrado muy bien que las humanidades no siempre humanizan: el contacto con el arte con mayúsculas no necesariamente te hace más generoso, más solidario ni más democrático, e incluso hay varios casos donde se ha dado el proceso inverso. Muchos jerarcas nazis, luego de torturar a los prisioneros de los campos de concentración, volvían a sus casas, besaban a su esposa y a sus hijos y ponían música clásica. El campo de concentración de Buchenwald ("bosque de hayas") debe su nombre a un bosque por donde caminaban personalidades de la cultura alemana, como Goethe, Schiller, Herder, Schelling. Para decirlo con Benjamin (no Button sino Walter): "no hay documento de cultura que no sea, al tiempo, de barbarie".

LA LITERATURA ABURRIDA Y EL ESNOBISMO


Juan Carlos Gómez era amigo de Gombrowicz y propuso un anatema: jamás iba a leer un ensayo de un autor en el que más del treinta por ciento de sus palabras esté construido por la transcripción textual de la obra citada o glosada o criticada o algo con ada como pavada o nada. Ok, si es así entonces estoy al horno con papas, porque yo cito y robo y saqueo autores que da calambre. Los dejo en pelotas en el medio del camino, sin tan siquiera unas monedas para tomarse el bondi.


Parece ser que el aburrimiento era indigerible para Gombrowicz. Hacía esfuerzos para leer El proceso de Kafka, e incluso reconocía el talento del checo, pero no había caso. No sé hasta qué punto estaba queriendo provocar y hasta qué punto era sincero ni me importa.

La solución que su amigo Gómez dice que Gombrowicz propone en Ferdydurke consiste en presentar un plan de batalla  para apartar el aburrimiento de las bellas artes: convocar a los artistas a enamorarse de la inferioridad.


Por elección personal, que tienen derecho a no compartir, decido pasarme por las pelotas el anatema de Gómez y pongo otra cita de Fabián Casas:


“Cuando dejamos de vivir en estado de peligro o de incertidumbre y nos volvemos accesibles, entramos en la muerte de lo mejor de nuestro ser. Ser accesibles significa gastar a nuestros seres queridos, vivir la cultura del zapping. Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!”


¿Qué quieren que les diga? A mí eso de dividir la literatura en aburrida y divertida en una primera leída más o menos superficial me parece medio una pelotudez, aunque no niego que las opiniones de Don Witold me suelen dejar regulando. Ahora, ¿perderse de leer a Kafka o James Joyce por ese prejuicio tan pelotudo?


Parece ser que hacia 1934 “Gombrowicz ignoraba la existencia de Joyce y de Kafka, conocía muy poco del surrealismo y tenía unas nociones vagas sobre Freud, captaba lo que estaba en el aire, en las conversaciones y hasta en los chistes. El aparato formal que había puesto en movimiento era pues, en buena parte, de su propia cosecha”. Citado acá:


Tal vez lo interesante de leer a Joyce consista justamente en que se trata de un autor sin ninguna  clase de piedad para con el lector. Coincido con Carlos Gamerro cuando sugiere que no existe un autor que respete más a sus lectores que Joyce, porque no los respeta por lo que son, sino por lo que pueden llegar a ser.


Ahora bien, ¿qué nos quiere decir Gombrowicz? En cierto modo, cuando nos dejamos llevar por la opinión ajena, la percepción de la belleza entra en contradicción con la libertad de elegir. De ahí que Gombrowicz guste de la siguiente fórmula: TÚ NO ADMIRAS, TÚ QUIERES ADMIRAR. Es como si yo dijera: “a vos no te gusta el Ulises de Joyce, sino que te gustaría que te guste, o decís que te gusta para pavonearte, o para no sentirte solo”.


Entiendo que, en cierto modo, el artista tiene que superar la tentación de “ser aceptado” o de “ser escrito” por sus lectores. Sólo aquél que logra separarse de la gente y existir como un ser singular puede plasmar su personalidad en una obra de arte.


¿Mi opinión personal en relación con la cultura? Me sigue gustando más el ideal que concibe a la cultura y al arte como COMUNIÓN más que como ONANISMO. Una persona culta es aquella que sabe elegir compañía entre los seres humanos, entre las cosas, entre las ideas, entre los libros, tanto en el presente como en el pasado. El arte es importante porque forma parte de la vida, pero la vida es más importante que el arte.


En un próximo posteo me gustaría profundizar acerca de la recontraremilremanida cuestión sobre la utilidad del arte, para lo cual me pienso ayudar de algunas  intuiciones de Oscar Wilde, y de un libro muy lindo de Nuccio Ordine acerca de “la utilidad de lo inútil”.

Por hoy creo que ya escribí demasiado.


¡Sean felices!

domingo, 1 de febrero de 2015

WITOLD GOMBROWICZ Y LOS CLÁSICOS. POSTEO QUE LUEGO DERIVA HACIA UN TEXTO DE ROBERTO BOLAÑO POR CULPA DE LA ASOCIACIÓN LIBRE, NO SIN ANTES VINCULAR A NERUDA CON RICKY MARTIN

En agosto de 1947, en la librería Fray Mocho de Buenos Aires, un polaco mal vestido que se autoproclama conde da una conferencia sobre poesía en un castellano balbuceante que aprendió en Retiro, en los bares del puerto, entre obreros y marineros a quienes en algunos casos les pagaba por sexo. ¿Y qué sugiere Witold Gombrowicz en esa conferencia? Dice que “no existe ningún elemento específico que pueda determinar a priori a un texto como poético”.

Más adelante voy a retomar, ayudado por Piglia, el contexto en el que se dio esa conferencia. Por el momento me interesa destacar que el público, muchas veces, no admira sino que quiere admirar. Nuestra predisposición a considerar poético un texto es lo que lo hace poético:


“(…) es ingenuo creer que nuestro embelesamiento ante una obra de arte proviene de la obra misma, que este embelesamiento en gran parte nace no de los hombres, sino entre los hombres, y que es como si nos obligáramos mutuamente a embelesarnos (aunque nadie está ‘personalmente’ embelesado)”. (Gombrowicz, Diario).


En un ensayo de Borges sobre la metáfora, escrito en 1952 e incluido en Historia de la eternidad, Piglia recuerda que se dice algo similar: “He sospechado siempre que la distinción radical entre la poesía y la prosa se encuentra en la diferente expectativa del que lee”.

Creo recordar un programa de C.Q.C. en el que uno de los noteros asiste a un acto bastante careta en homenaje a Neruda, y le relata a una anciana ricachona que dice admirar la poesía del chileno, el siguiente fragmento:

“Tu loca manía/ has sido mía/ solo una vez/ dulce ironía/ fuego de noche, nieve de día”.


La señora dice más o menos que se trata de un poema maravilloso, como todos los de Neruda. El chiste es que el notero le cita el fragmento de una canción de Ricky Martin (“Fuego de noche, nieve de día”). No importa que uno crea que ese programa está integrado por perdonavidas que se creen piolas, porque sirve para ilustrar mi argumento, que en rigor no es mío sino de Gombrowicz, o de Borges, o de Piglia... 

Sea como fuere, la cuestión es que para Borges, “clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos: es un libro que las generaciones de los hombres leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad”. Ese “previo fervor” es lo que emparenta a Borges, tan opuesto al polaco en casi todo, con la hipótesis de Gombrowicz.

También recuerdo un experimento en el que a un grupo de niños de más o menos tres años les hacen dibujar libremente, todos juntos, un mismo dibujo. Lo colorean y pintarrajean y luego ese dibujo es expuesto en un museo.  Cuando le preguntan al público su impresión del cuadro, muchos sugieren que se trata de una obra maravillosa, sólo porque tienen ese “previo fervor” del que habla Borges.

Es interesante recordar el contexto histórico de la conferencia de Gombrowicz. En ese entonces, el escritor polaco era completamente desconocido: vivía pobremente, en piezas de pensiones mal iluminadas. Había llegado a la Argentina medio de casualidad, en 1939, y decide quedarse luego de enterarse del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Según Piglia:

“Su centro de operaciones es la confitería Rex, en lo alto de un cine, en la calle Corrientes, donde juega al ajedrez y va ganando un grupo de iniciados y de adeptos, entre ellos al poeta Carlos Mastronardi y al gran Virgilio Piñera. Ha empezado a anunciar a quienes puedan oírlo que es un escritor del nivel de Kafka, pero, por supuesto, todo el mundo piensa que es un farsante: nadie lo conoce, nadie lo leyó. Además sostiene que es un conde, que su familia es aristocrática, aunque vive en la indigencia. Borges, con su malicia habitual, lo cristalizará, años después, con esta imagen:

'A ese hombre, Gombrowicz, lo vi una sola vez. Él vivía muy modestamente y tenía que compartir la pieza, una azotea, con otras tres personas y entre ellas tenían que repartirse la limpieza del cubículo. Él les hizo creer que era conde y utilizó el siguiente argumento: los condes somos muy sucios, con esa argucia consiguió que los demás limpiaran por él’.”

Piglia, en El escritor como lector, nos dice que Gombrowicz da esa conferencia en su mal castellano, en lugar de hacerlo en francés, idioma que hablaba fluidamente. El dato no es menor, porque Victoria Ocampo, en ese entonces, daba conferencias en ese idioma en Buenos Aires. 

La librería Fray Mocho, ubicada en Sarmiento casi Callao, era un lugar ajeno a los circuitos prestigiosos donde en aquel entonces se daban conferencias. No era el Colegio Libre de Estudios Superiores, lugar en el que Borges comenzó a dar sus conferencias allá por 1946, ni el Centro de Amigos del Arte, donde Ortega y Gasset chamuyó alguna vez frente a una gran cantidad de personas.


Probablemente el juicio de Gombrowicz sobre los clásicos se relacione con su necesidad de huir del aburrimiento. El aburrimiento en literatura era completamente indigerible para él. Parece ser que se esforzaba en leer El proceso de Kafka, pero a pesar de que reconocía el talento del autor, no lograba terminarlo, porque le resultaba soporífero, aburrido, intragable.


El humor, la diversión y la risa eran valores centrales para el autor de Ferdydurke. En contraposición, la escuela, la Academia, los profesores, le resultaban aburridísimos, carentes de gracia.

Y como a esta altura del posteo ya no sé cómo demonios terminar de escribir, por asociación libre me viene a la memoria el fragmento de una extraordinaria conferencia que Bolaño escribió poco antes de irse de este mundo, cuando su enfermedad estaba muy avanzada, y que se titula Literatura + enfermedad = enfermedad:

Allí habla de aburrimiento, de marineros, y vaya uno a saber si tiene en mente al amigo Gombrowicz:


"La poesía francesa, como bien saben los franceses, es la más alta poesía del siglo XIX y de alguna manera en sus páginas y en sus versos se prefiguran los grandes problemas que iba a afrontar Europa y nuestra cultura occidental durante el siglo XX y que aún están sin resolver. (...) Mallarmé (...) escribe en Brisa Marina:

La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.
¡Huir! ¡Huir! Presiento que en lo desconocido
de espuma y cielo, ebrios los pájaros se alejan.

¿Pero qué quiso decir Mallarmé cuando dijo que la carne es triste y que ya había leído todos los libros? ¿Que había leído hasta la saciedad y que había follado hasta la saciedad? ¿Que a partir de determinado momento toda lectura y todo acto carnal se transforman en repetición? ¿Que lo único que quedaba era viajar? ¿Que follar y leer, a la postre, resultaba aburrido, y que viajar era la única salida? Yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad, del combate que libra la enfermedad contra la salud, dos estados o dos potencias, como queráis, totalitarias; yo creo que Mallarmé está hablando de la enfermedad revestida con los trapos del aburrimiento. La imagen que Mallarmé construye sobre la enfermedad, sin embargo, es, de alguna manera, prístina: habla de la enfermedad como resignación, resignación de vivir o resignación de lo que sea. 

Es decir, está hablando de derrota. Y para revertir la derrota opone vanamente la lectura y el sexo, que sospecho que para mayor gloria de Mallarmé y mayor perplejidad de Madame Mallarmé eran la misma cosa, pues de lo contrario nadie en su sano juicio puede decir que la carne es triste, así, de esa forma taxativa, que enuncia que la carne sólo es triste, que la petit morte, que en realidad no dura ni siquiera un minuto, se extiende a todos los gestos del amor, que como es bien sabido pueden durar horas y horas y hacerse interminables, en fin, que un verso semejante no desentonaría en un poeta español como Campoamor pero sí en la obra y en la biografía de Mallarmé, indisolublemente unidas, salvo en este poema, en este manifiesto cifrado, que sólo Paul Gauguin se tomó al pie de la letra, pues que se sepa Mallarmé no escuchó jamás cantar a los marineros, o si los escuchó no fue, ciertamente, a bordo de un barco con destino incierto. 


Y menos aún se puede afirmar que uno ya ha leído todos los libros, pues incluso aunque los libros se acaben nunca acaba uno de leerlos todos, algo que bien sabía Mallarmé. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero el deseo de leer y de follar es infinito, sobrepasa nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz. ¿Y qué le queda a Mallarmé en este ilustre poema, cuando ya no le quedan, según él, ni ganas de leer ni ganas de follar? Pues le queda el viaje, le quedan las ganas de viajar. Y ahí está tal vez la clave del crimen. Porque si Mallarmé llega a decir que lo que queda por hacer es rezar o llorar o volverse loco, tal vez habría conseguido la coartada perfecta. 


Pero en lugar de eso Mallarmé dice que lo único que resta por hacer es viajar, que es como si dijera navegar es necesario, vivir no es necesario, frase que antes sabía citar en latín y que por culpa de las toxinas viajeras de mi hígado también he olvidado, o lo que es lo mismo, Mallarmé opta por el viajero con el torso desnudo, por la libertad que también tiene el torso desnudo, por la vida sencilla (pero no tan sencilla si rascamos un poco) del marinero y del explorador que, a la par que es una afirmación de la vida, también es un juego constante con la muerte y que, en una escala jerárquica, es el primer peldaño de cierto aprendizaje poético. El segundo peldaño es el sexo y el tercero los libros. Lo que convierte la elección mallarmeana en una paradoja o bien en un regreso, en un volver a empezar desde cero. Y llegado a este punto no puedo, antes de volver al ascensor, dejar de pensar en un poema de Baudelaire, el padre de todos, en el que éste habla del viaje, del entusiasmo juvenil del viaje y de la amargura que todo viaje a la postre deja en el viajero, y pienso que tal vez el soneto de Mallarmé es una respuesta al poema de Baudelaire, uno de los más terribles que he leído, el de Baudelaire, un poema enfermo, un poema sin salida, pero acaso el poema más lúcido de todo el siglo XIX".

jueves, 28 de agosto de 2014

GOMBROWICZ, LA JUVENTUD Y LA BELLEZA

“¡¡Detente rostro de Olivia Hussay en Romeo and Juliet, eres tan hermoso!!”, podría haber dicho Goethe en su Fausto. ¿Göthe pasa Clarín, estás nerviosho? 


I hope I die before I get old -"espero morir antes de volverme viejo"-, cantaba Roger Daltrey a mediados de los 60’s. Ahora Roger está old, pero en aquel entonces estaba in his twenties. 



En ese mismo período, Witold Gombrowicz (1904-1969) hacía largos años que se sentía un viejo choto:


“Gombrowicz era terriblemente impiadoso con la fealdad del cuerpo, con la del suyo y con la de los demás también. Cuando algún joven despistado se le presentaba como admirador de Neruda y de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Gombrowiz se retorcía en la silla, no podía soportar la presencia del cuerpo viejo y corrompido de Neruda al lado de ese canto al amor”, nos dice Juan Carlos Gómez, alias “Goma”, alias una de las personas que más sabe del escritor polaco.


Parece que en Piriápolis, el tipo no se animaba a mostrarse en traje de baño, porque le resultaba desagradable exponer las varices de sus piernas a la luz del sol.

Digresión: en lo personal, me parece que un buen camino para abrazar la infelicidad es la idealización de la juventud y la belleza combinada con un excesivo sentimiento trágico de la existencia a la Miguel de Unamuno/Ernesto Sótano; por eso es que un tipo como Alejandro Dolina parece sufrir tanto el paso del tiempo. Además, la vejez es una de las etapas de la vida que más dura -unos treinta o cuarenta años; en tanto que la juventud, a lo sumo, se extiende por quince años.


Entiendo que todas las épocas han tenido miedo a morir y a envejecer. Sin embargo,  lo que ocurre hoy es sintomático: pareciera que ser viejo es un pecado mortal (y agregaría que ser gordo, en buena parte de nuestra sociedad, es muchísimo peor que ser un burro). En fin, dejemos hablar a Savater, que es bastante pedagógico para expresar lo que piensa:

"Lo que sí parece  un fenómeno nuevo es que en nuestra época no existe un modelo positivo para las personas mayores. Los viejos tenemos que fingir que somos jóvenes porque el que no es joven está enfermo en nuestra sociedad. La juventud, por razones sociológicas, de consumo, etcétera, se ha convertido en la totalidad de la vida; si no quieres ser excluido, debes fingir que eres joven hasta la tumba".

Y luego viene una cita de Voltaire que me parece fundamental: "Quien no tiene las virtudes de su edad, tendrá que cargar sólo con sus defectos". 

Prosigo: el “Goma” dice que Don Witoldo era muy respetuoso y atento con el dolor de sus amigos. Sin embargo, “la repugnancia que sentía Gombrowicz por la fealdad corporal es un rasgo suyo que me resulta incomprensible, a menos que se lo analice exclusivamente bajo la óptica de su homosexualidad y se lo entienda como una consecuencia. En la vida corriente Gombrowicz tenía una actitud benevolente con las miserias humanas, especialmente con aquellas por las que una persona sufre, pero aquí, ¡mi Dios!, no queda títere con cabeza”.


El autor de Ferdydurke lo deja clarísimo en el siguiente fragmento: “¡Oh! ¡Estoy mortalmente enamorado de la carne! La carne es para mí casi decisiva. Ningún espíritu podrá resarcir a nadie de la fealdad corporal, y el hombre no atractivo físicamente siempre pertenecerá para mí a la raza de los monstruos (…) ¡Ah, cómo necesito esta consagración a través del cuerpo! La humanidad se divide para mí en dos partes: una, corpóreamente atractiva, y la otra, repugnante, y la frontera entre ellas es tan clara que no dejo de asombrarme (…) ¡Porque ser artista significa estar mortal, incurable, apasionadamente enamorado, pero también salvaje e ilegítimamente…!”


Cada cierto tiempo, no muy frecuente, nos sorprende la visión de una mujer extremadamente bella, que suspende el pensamiento, y nos sentimos en contacto con “la divinidad”:


“Todo era verde y azul, agradable y ameno. En una parada sube una muchacha que… ¿cómo decirlo? La belleza tiene sus misterios. Hay muchas melodías bellas, pero sólo algunas son como una mano que oprime la garganta. Esta belleza era tan magnetizadora que todos se sintieron extraños y quizás, incluso, avergonzados; nadie se atrevía a admitir que la observaba, aunque no había ni un par de ojos que no contemplara a escondidas aquella espléndida aparición. De repente, la muchacha, con toda la tranquilidad del mundo, se puso a hurgarse la nariz”.


En 1890, el escritor irlandés Oscar Wilde –quien también era manflora- publicó The picture of Dorian Gray (El retrato de Dorian Gray), una suerte de recreación del mito fáustico, al tiempo que la concreción de sus teorías vitalistas y neopaganas. En ese relato, Wilde tiene como eje el hedonismo y el culto apasionado por la Belleza y la Juventud, y también la belleza de la juventud, como móviles del individuo y como religión de quien busca la plenitud del instante. 


Para quienes no lo leyeron, resumo el argumento: Dorian Gray es un joven muy hermoso stop. Se dedica a hacer de su vida una obra de arte, se entrega a placeres efímeros, ajeno a cualquier moral, inalterablemente joven, mientras un retrato suyo va envejeciendo y recibiendo los signos del deterioro moral y físico stop. Uno de los personajes más interesantes es lord Henry Wotton, un Jorge Asís aristocrático que dice pelotudeces ingeniosas como “pues sólo hay en el mundo una cosa peor que el que hablen de uno, y es que no hablen”. Muchos participantes de Gran Hermano, que son más pelotudos que el fan número uno de Wanda Nara, obedecen a este postulado henrywottoniano.


Hay un fragmento donde Dorian afirma que jamás ha buscado la felicidad: ¡Qué importa la felicidad! Yo he buscado el placer!”


A mi juicio, las personas que pretenden hacer de su vida una obra de arte o quienes ponen al arte muy por encima de la política o la moral me suelen resultar medio antipáticos stop. Ese tipo de personajes tienen tanto miedo de aburrirse que son capaces de hacer mil y un cagadas con tal de no experimentar tedio stop. En cierto sentido, el neopaganismo coloca el placer por encima de la felicidad, entendida ésta como una suerte de virtud acomodaticia y burguesa; y bajo otro aspecto, como una casi negación de la intensidad que debe conllevar necesariamente el drama. Rewind (?)


¿Es preferible durar o arder? ¿Elegimos consumirnos pronto, como un leño seco bajo las llamas, como Jim Morrison o Jazmín De Gracia; o cocinarnos a fuego lento cual Mariano Closs? "Todos los extremos son malos", diría mi abuela mientras se clava medio litro de vodka. 

Para seguir leyendo (si querés, si no querés no, nadie te obliga loco, todo bien): pinchar acá.