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martes, 23 de junio de 2020

EL LIBERVIRGO Y SU DIFICULTAD PARA RAZONAR LO QUE NO COINCIDA CON SUS PREJUICIOS


En términos generales es casi imposible sumergirse en una discusión política con un libervirgo, sin sentir que el tipo o la tipa van a salir de la pileta del debate con el mismo peinado con  el que entraron.


El siguiente fragmento fue publicado hace más de 260 años por uno de los padres fundadores del pensamiento liberal clásico:

“Esta disposición a admirar, y casi a idolatrar, a los ricos y poderosos, y a despreciar o, como mínimo, ignorar a las personas pobres y de condición humilde (…) es la principal y más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales” (Adam Smith, The theory of moral sentiments, Dover Publication Classics, 2006, publicado originalmente en 1759, p.59)



Mientras que en los 70’s había personas valientes y lúcidas como Rodolfo Walsh, quien pagó con su vida la publicación de su Carta abierta a la junta militar, hoy tenemos a periodistas como Luis Majul declarando que “tiene miedo” a publicar la enésima seudo investigación periodística contra CFK o a jóvenes libervirgos cuya máxima expresión de valentía radica en difundir a través de las redes sociales memes injuriosos contra el exceso de peso de Ofelia Fernández, idolatrando a pacientes psiquiátricos como Boggiano o Javier Milei cual si fueran rockeros rebeldes que pelean contra un sistema que los oprime. 



Pongamos como ejemplo de confusión mental al libervirgo Bender, para quien un funcionario como Cafiero no debería intervenir cuando empresarios millonarios estafan al Estado porque no es la versión criolla de Steve Jobs. 
 

Dejemos de lado el mito del economista-técnico sustentado en otro mito, el de la ciencia económica como un saber que no contiene juicios éticos o posiciones ideológicas. Sabemos que un modelo neoliberal que en su práctica concentra la riqueza en pocas manos no puede convencer al conjunto de la sociedad de que sus políticas son maravillosas, y ese es el principal motivo por el cual trata de convencerla de que su modelo utópico es el único posible. 


Los dueños de Vicentín no son el modelo de capitalistas emprendedores que admiraba Schumpeter, sino los típicos empresarios oligarcas argentinos, que privatizan ganancias, socializan pérdidas y le piden al Estado que los defienda de las inclemencias del mercado.

Podría poner muchos ejemplos, pero básteme decir que en los orígenes del capitalismo, en la Europa del siglo XVI, antes de que se inventara la empresa de responsabilidad limitada (o “de fondo”, como se llamaba entonces) los empresarios tenían que arriesgarlo todo a la hora de emprender un negocio: sus bienes personales –la responsabilidad ilimitada hacía que el empresario que fracasaba tuviera que vender todas sus posesiones personales para saldar sus deudas-, sino también su propia libertad personal, dado que cuando los deudores no pagaban sus deudas podían ir a la cárcel.



Ahí te creo que había capitalistas de espíritu emprendedor que uno –como le ocurría a Max Weber o a Joseph Schumpeter- puede llegar a admirar. ¿Pero los dueños de Vicentín? Sólo un Libervirgo puede defender a semejantes canallas.




Tal vez Juan Carlos Libervirgo dirá: "pero Milei habla pestes de los EMPRESAURIOS nacionales bla bla bla". Ok, por un momento démosle la razón al pelotudo de Milei, quien en un juego de palabras digno de su capacidad intelectual sugiere que nuestros empresarios son jurásicos incompetentes en comparación con otros empresarios que viven en los "países serios". Si esto es así, ¿no conviene tener en cuenta la realidad empírica en la concepción de un modelo que ya de por sí ha demostrado ser un desastre en América latina? Es como si Sergio Hernández, técnico de la Selección Argentina de básquet, propusiera un esquema de juego basado en la altura de nuestros pívots, y tratara de competir contra las torres de Serbia, Estados Unidos o España sin tener en cuenta la realidad de nuestro ADN. ¿Se entiende la comparación? Yo creo que hasta un libervirgo debería entenderla. Vale decir, oh joven libervirgo, que deberás tener en cuenta el carácter particularmente predatorio de nuestra clase empresarial a la hora de participar en debates sobre el modelo de desarrollo que le conviene a nuestro país.

Ahora bien, ¿cuál es la razón principal por la cual tantos economistas integrantes o adherentes al Partido Libertario -cuyo candidato a presidente más cercano a su ideología, José Luis Espert, obtuvo el 1,47% de los votos en la última elección presidencial de 2019- tengan tanta representación mediática en la esfera pública?



Me parece iluminador leer el siguiente artículo de Claudio Scaletta, cuya capacidad didáctica para exponer cuestiones de economía de modo sencillo sin por eso perder profundidad de análisis, constituye una muy buena noticia para un lector agradecido, como es mi caso:



"Algunos analistas de ambos lados de “la grieta”, muy prolíficos en la prensa, insisten en una caracterización extraña, casi un nuevo tópico: afirman que la Alianza Cambiemos falló en aquello en lo que se esperaba le fuera muy bien, el manejo de la economía, y le fue bien en aquello en lo que no se esperaba tanto, el armado político. La realidad habría arrojado la “sorpresa” de lo contrario.


¿En serio alguien con un mínimo de conocimiento de la historia económica podía creer que las recetas que llevaron a los fracasos económicos más estrepitosos de “los últimos 70 años” lograrían en el presente, repitiendo el mismo abecedario, un resultado exitoso? ¿En serio los mismos economistas que las llevaron adelante, con la misma teoría, lograrían con Cambiemos un resultado diferente?


Dicho de otra manera ¿por qué las políticas ortodoxas, que fueron una máquina de generar shocks inflacionarios, recesiones profundas, desindustrialización, desarticulación productiva y deuda pública externa, desencadenarían ahora resultados luminosos? ¿Por qué analistas políticos y económicos esperaban un resultado positivo?

La pregunta es necesaria: ¿por qué?


La respuesta lógica es difícil de comprender si no se incorpora el detalle, potente, del poder mediático. Para el sentido común metódicamente construido por la prensa hegemónica, los liberales autores de todos los colapsos de la historia económica reciente son rotulados como “economistas serios”. Lea de nuevo: son “economistas serios”. Y cuanto más ultramontano, más serio. Sin el sentido común construido por los medios, personajes como Federico Sturzenegger, secretario de Política Económica de Domingo Cavallo con Fernando de la Rúa, jamás podría haber saltado por encima de su historia para llegar a la titularidad del Banco Central y generar otro colapso.


Defensores de todos los ajustes como Carlos Melconian tampoco se habrían dado el gusto de rechazar el Ministerio de Economía. El entorno mediático en que todo sucede es sencillamente tóxico. Una muestra es que un individuo psiquiátrico como el insultador profesional Javier Milei es el economista que, bajo la segunda Alianza, acumula en los medios audiovisuales más minutos de aire que cualquier otro.


El aparente despropósito se entiende en su contexto. El personaje Milei cumple una función comunicacional muy clara: correr el discurso público a la derecha. Generalizando y sintetizando, los guerreros superextremistas hacen que los verdaderos extremistas, los que implementan cotidianamente las actuales políticas económicas, parezcan moderados. En la historia los Milei son el relevo generacional de los José Luis Espert, quien durante el apogeo neoliberal de Carlos Menem aparecía para decir que no se iba lo suficientemente a fondo con lo que por entonces se denominaba “cirugía mayor sin anestesia”.



En los debates, el personaje que ejecuta Milei suele amedrentar a sus interlocutores, casi siempre sin formación económica, con citas irrelevantes o papers improbables. Pero cuando el argumento de presunta autoridad académica, nunca el desarrollo de la idea, no surte efecto, su vía de escape es el insulto y la agresión. ¿Se imagina el lector el tratamiento mediático que recibiría un economista kirchnerista si copiase el estilo? Luego, el presunto look de “joven transgresor” de un casi cincuentón de peluquín que habla de sexo tántrico le facilita a sus seguidores, los autodenominados “libertarios”, proponer las recetas más retrógradas en nombre de la “incorrección política”. Nunca la incorrección fue tan conservadora.


Si alguien ve una fiesta en los últimos 70 años, debe abandonar el uso de sustancias.


Pero subsiste una contradicción. Incluso para el sentido común construido puede parecer evidente que si se aplican las mismas recetas que en el pasado se llegará a los mismos malos resultados. La vía de escape discursiva, entonces, consiste en apelar a que tal pasado nunca existió. Nunca hubo “verdadera” ortodoxia. Los 12 años largos de kirchnerismo juegan a favor del mensaje. La memoria de los treintañeros del presente no incluye la experiencia de los ’90. Y mucho menos la de los ’70. Es fácil mentir que nunca hubo neoliberalismo, que no hubo desarme del modelo sustitutivo de importaciones con bajo desempleo y tampoco desarme del Estado benefactor. Es fácil afirmar impunemente que lo que sí hubo, en cambio, fueron “70 años de peronismo”, una “posverdad” sin anclaje en la historia repetida como un mantra por todo el oficialismo incluido Mauricio Macri, quien agregó el giro de los “70 años de fiesta”. En paralelo sobre la recaída de los últimos tres años la respuesta es una conocida de siempre: “no se fue lo suficientemente a fondo”. Los Espert y todos los economistas serios ya ganaron.



En “los últimos 70 años” hubo otra cosa. Entre los más conspicuos estuvieron la Revolución Libertadora, Álvaro Alsogaray, el onganiato, Adalbert Krieger Vasena, Celestino Rodrigo, la dictadura militar y José Alfredo Martínez de Hoz, Juan Vital Sourrielle y el Plan Primavera, Domingo Cavallo y la Convertibilidad. Si alguien ve “peronismo” en esta secuencia quizá sea verdadero el mito de su carácter inexplicable. Y si alguien ve una fiesta debe abandonar el uso de sustancias. Lejos de las tres banderas del peronismo fundacional en el último medio siglo lo que predominó fue el antiperonismo y la aplicación sistemática de políticas ortodoxas respaldadas casi siempre por programas con el FMI. Gracias a ello la economía local se convirtió en un caso histórico y único de “des-desarrollo”. La “fiesta” sólo fue para una minoría selecta. Los paréntesis, en tanto, nunca fueron lo suficientemente a fondo como para romper la secuencia".

Post Scriptum: es interesante leer, a la luz del presente, el siguiente fragmento de la carta de Walsh:


Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.  

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. 

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisioncs internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13 Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización".  

Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subtérráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo , el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.  

Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortutunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.  

Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.  

6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".14 

 El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos".  

Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideologia que amenaza al ser nacional.


Eso era todo por hoy. Otro día si puedo trato de escribir algo más sobre el “neoliberalismo”, concepto cuya existencia no es reconocida por el libervirgo.

Sean felices,



Rodrigo

jueves, 1 de agosto de 2019

LA PERCEPCIÓN DEL NEOLIBERALISMO COMO LA ÚNICA ALTERNATIVA

Antes que nada es importante poner en claro que deploro el uso del término “neoliberalismo” como excusa para ejercer la pereza mental o como término comodín para explicarlo todo: no quiero parecerme a energúmenos provocadores como Fernando Iglesias, para quien conceptos tales como “peronismo”, “populismo” o “kirchnerismo” son chivos expiatorios para depositar todas sus miserias o explicar el origen del universo, la estructura económica del cosmos, la historia económica y social de la argentina, los enemigos de la democracia y la razón por la cual una mina nos clavó el visto por Whatsapp.

Uno de los problemas que encuentro en el discurso neoliberal es su tendencia a percibirse como “la única alternativa racional”, y por tanto sustraer sus postulados al debate democrático o científico. Si uno concibe su cosmovisión como una posible entre otras, eso lo lleva a debatir y enriquecerse con la mirada ajena y el intercambio de argumentos: no es el caso de muchos neoliberales que conozco, para quienes el libre mercado es una especie de religión que no puede ser cuestionada. ¿Nunca escucharon respuestas pelotudas del tipo “andáte a Cuba” y/o “¿qué querés, vivir como en Venezuela?” y/o “no seas marxista” toda vez que objetaron algún dogma neoliberal?

De ahí que no me parezca casual que tantos “neoliberales” sean impermeables al debate: se puede ver en ésta interrupción a los gritos del fundamentalista neoliberal Germán Fermo hacia otro economista con ideas distintas a las suyas. Otro ejemplo de neoliberal, aunque él se defina como “libertario anarcocapitalista” o algo así, es el payaso mediático Javier Milei. En éste blog español leí un artículo respecto de Milei con el que coincido bastante.

No está de más recordar que “capitalismo” y “neoliberalismo” no son sinónimos: de hecho el mismo Keynes, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y tantos otros economistas prestigiosos no son “neoliberales” y sin embargo creen en las bondades del capitalismo, sólo que sostienen -a mi juicio con total razón- que el sistema capitalista debe someterse a regulaciones y controles democráticos.


Retomando, la hegemonía neoliberal termina por achicar los horizontes, evitando que la sociedad civil pueda imaginarse modos de vida alternativos. El neoliberalismo terminó siendo una suerte de “revolución conservadora” en la que ya no se apela -como hacía el conservadurismo de otros tiempos- a un pasado idealizado, arcaico, o a la exaltación de la tierra y la sangre sino a un supuesto “progreso”, a la ciencia, a la razón, y todo para justificar el desplazamiento del pensamiento y la acción progresista.

Como diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu, “es una doctrina coreada en todo el mundo por políticos y altos funcionarios nacionales e internacionales pero muy especialmente por grandes periodistas, casi todos indoctos en la teología matemática fundamental que se transforma en una suerte de creencia universal, un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o mejor dicho la difusa Vulgata que nos proponen bajo el nombre de liberalismo, está compuesta por un conjunto de palabras mal definidas –“globalización”, “flexibilidad”, “desregulación”, etc.- que gracias a sus connotaciones liberales o libertarias pueden ayudar a darle una fachada de libertad y liberación a una ideología conservadora que se presenta como contraria a toda ideología”.

De hecho, siguiendo a Bourdieu, esta filosofía no conoce ni reconoce otro fin que no sea la creación incesante de riquezas y, apenas disfrazada, su concentración en manos de una pequeña minoría de privilegiados; conduce por lo tanto a combatir por todos los medios –incluido el sacrificio de los seres humanos y la destrucción del medio ambiente- cualquier obstáculo contra la maximización incesante del beneficio.

Reducir la democracia a votar cada dos, cuatro o seis años y luego dedicarse casi exclusivamente a ganar guita y a consumir es empobrecedor. A menudo uno tiene la impresión de que nuestros regímenes de gobierno suelen parecerse más a “oligarquías liberales” que a sociedades democráticas. La mayoría de la población no participa activamente en política, porque votar cada tanto sobre problemas que no se conocen y que el sistema hace todo lo posible porque no se conozcan es demasiado poco para considerarse auténticamente democrático. Etimológicamente, vivir en una república, res publica, remite a lo que los griegos llamaban "politeia" -algo así como el buen gobierno de la cosa pública-, estar interesados activamente en los asuntos comunes. Una sociedad no puede, NI ES DESEABLE QUE TRATE DE HACERLO,  volver a la gente igual en el sentido de que todos los hombres corran 100 metros en menos de 10 segundos o toquen admirablemente una sonata de Beethoven al piano, pero puede crear instituciones que favorezcan su participación efectiva en todo poder instituido. La pasión por los objetos de consumo debe reemplazarse o subordinarse a la pasión por los asuntos comunes. Está claro que para participar, la gente debe tener la certeza, verificada con relativa constancia, de que entre su participación y su abstención hay una diferencia. Los elementos de libertad que forman parte de las diversas sociedades no son una dádiva de las clases dominantes. Los elementos liberales de las instituciones contemporáneas, como bien recuerda Cornelius Castoriadis y tantos otros, son los sedimentos de las luchas populares desde hace siglos, luchas para obtener un relativo autogobierno. 

Es la retirada de los pueblos de la esfera política, la desaparición del conflicto político y social por una suerte de semi-adhesión blanda a los postulados de la hegemonía neoliberal la que ayuda a que la oligarquía económica, política y mediática escape a cualquier control o regulación democráticas, favoreciendo o acostumbrando a la población a la corrupción y el egoísmo de sus élites.


Esa concepción individualista que ayuda a difundir la influencia del discurso neoliberal hace que los políticos sean percibidos o como una suerte de parásitos “que viven de nuestros impuestos” o como personas que nos tienen que dar cosas, como si fueran una máquina expendedora de bebidas cola. El individualismo extremo desemboca en la depresión, los ansiolíticos, la proliferación interminable de terapias psicoanalíticas o terapias alternativas o libros de autoayuda. Como leí por ahí: LA AUTOAYUDA COLECTIVA SE LLAMA POLÍTICA.

La saturación de la información nos vuelve seres amnésicos, sin memoria histórica o sin vínculos con la tradición a la hora de buscar razones valederas para enojarnos o para comprender que nuestro modo de vida es contingente y por tanto puede ser mejorado por la intervención humana. 

Cualquiera que intente hablar de política con sus compañeros de trabajo, amigos o conocidos, se encontrará con una resistencia muy grande: o te dicen que sos un fanático, o tratan de mandarte chistes pelotudos por WhatsApp, o cambian de tema. No se trata de ser un amargado ni mucho menos: se puede hacer política con alegría. También es cierto que uno tiene que ser más inteligente para saber cuándo y cómo hablar de algunos temas.


Tengo ganas de seguirla pero por hoy ya creo que fue suficiente y hace un sol hermoso. Sean felices,


Rodrigo

Post Scriptum: todavía me falta hacer un recorrido histórico más preciso sobre el término "neoliberalismo". Ahora no tengo tiempo pero si quieren leer algo que está escrito de modo bastante ameno pueden clickear acá, donde hay varios artículos de un tal José María Gallardo, un español cuyo punto de vista y su abordaje de la economía es bastante enriquecedor, más allá de su estilo vanidoso y provocador.