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domingo, 24 de noviembre de 2019

PROLONGANDO UNA CONVERSACIÓN QUE INICIÉ HOY EN UN GRUPO DE WHATSAPP

Hoy a la mañana hablaba en uno de mis grupos de Whatsapp acerca de esa tendencia actual que tenemos a la ansiedad: ese impulso que nos lleva a doblar la cuchara de un helado todavía demasiado duro porque queremos servirnos de inmediato el contenido del pote de medio quilo. La dificultad para esperar que nos compele a tirar la cadena antes de terminar de mear. Ocurre que el mundo del "multi-tasking" nos genera apuro constante y déficit de atención.


Como diría De Caro: somos procastinadores ansiosos, "¡dáme todo ya, pero qué paja!" Tengo que hablar para que entienda todo el mundo, ¡cuidado que mi abuela y su nieta se quedaron afuera del chiste! Comamos pizza porque les gusta a todos. Suprimamos el elemento trágico de la vida y tratemos de divertirnos así olvidamos todo el tiempo que nos vamos a morir. ¡Necesito sentir calor y frío al mismo tiempo! ¡Quiero café y quiero helado! "¡Mozo, sírvame rápido un frappuccino!".

Cuando un libro es auténticamente bueno nos invita a la re-lectura. La re-lectura es anti-comercial, porque si vuelvo a leer un clásico no sigo comprando otros libros. Por otro lado, la complejidad no depende sólo de la obra, sino del receptor: una obra literaria, una película, una canción es como un espejo, si un burro se mira en ese objeto no puede pretender verse reflejado como si fuera un caballo pura sangre. 


Un mal lector es como un mal traductor, porque interpreta literalmente cuando debe parafrasear, y parafrasea cuando debe interpretar literalmente. Según W. Auden: "Una señal de que un libro tiene valor literario es que puede ser leído de varias maneras. A la inversa, la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que si uno intenta leerla de cualquier otra forma que no sea la del estímulo sexual, leerla, digamos, como el informe psicológico de las fantasías sexuales del autor, uno se aburre como ostra”.

Una gran película o una gran obra literaria es aquella que soporta el spóiler: sabemos cómo termina Romeo y Julieta de Shakespeare, Ana Karenina de Tolstói o la saga de El Padrino de Francis Ford Coppola; sin embargo, si somos receptores activos y nos dejamos fascinar, podremos prescindir de la certeza del final, enriquecernos y disfrutar del camino; en cambio, si al comienzo de Sexto sentido nos damos cuenta de lo que le pasa al pendejo, buena parte del placer de la película se va a la mierda. ¿Cuántas personas conocen que tengan ganas de volver a ver un capítulo de La Casa de Papel?


El capitalismo funciona con la idea de deuda permanente: sos el libro que te falta, no sos el libro que tenés en tu biblioteca. El "tener" vale más que "el ser", como diría un viejo y querido libro de Erich Fromm.

¡Cualquier boludx se enamora de Brad Pitt en ¿Conoces a Joe Black? o de Scarlett Johansson en Match Point: son íconos de belleza que difunde una y otra vez el capitalismo a nivel global. La obra de arte que nos trastorna se parece al amor auténtico: la obra crece y uno crece con la obra. Es como el buen vino, que tiene cuerpo y experiencia; no es como la bebida cola, que se toma para el olvido. No es el "donjuanismo" de estar cada noche con una mina distinta hablando boludeces entretenidas:  es la mujer que amás aunque tenga rollos, aunque se le noten las arrugas o a pesar de que a veces te diga frases inconvenientes que no te gusta escuchar.

El escritor Fabián Casas, que para mí es una suerte de hermano mayor que me hubiera gustado tener, dijo algo que me gustó mucho:

"Antes de hacer un largo viaje, a los 21 años, leí Trilce, de César Vallejo, y no entendí nada. Después viajé por América dos años, viví miles de peripecias y escuché hablar en múltiples registros de lengua. Eso me abrió el oído y el corazón. Cuando volví, Trilce me hablaba en mi idioma. No necesité libros que me explicaran la operación de Vallejo, necesité acumular experiencia. ¿Qué es la experiencia? Saber que lo que vivimos va a morir con nosotros".

Es lo que pasa con las obras que nos "trastornan", algunas nos llegan demasiado pronto o demasiado tarde, y otras nos agarran en el momento justo.

Antes de terminar me gustaría aclarar algo para no generar malos entendidos: es obvio que consumo mucha basura, y obras que a la crítica le parecen sublimes me dejan indiferente. Con la mierda, diría mi "hermano mayor imaginario", también se hace combustible, y al repetir muchas veces la palabra "menor", surge ENORME. Nadie dice que tengamos que estar el día entero escuchando a Mozart y leyendo a Borges. Los buenos lectores sacan aceite de las piedras, y son capaces de ver la belleza a la vuelta de la esquina, o de decir "asombro" donde otros simplemente repiten "costumbre" o "me aburro". 

Para terminar, y aunque me incomoda bastante adoptar un tono de viejo choto apocalíptico que le habla a las nuevas generaciones, puesto que solemos confundir nuestra propia decadencia física con la decadencia del mundo, me permito citarles a otro "hermano mayor" estadounidense que se llamaba David Foster Wallace, y que decía que el arte 'serio', a diferencia del arte 'comercial', "no se dirige principalmente a sacarte el dinero", sino que "tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100 por cien placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes".

domingo, 15 de mayo de 2016

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE EL GUSTO, LA UTILIDAD DEL ARTE Y LA FILOSOFÍA QUE A UN CENICERO NO SE LE PLANTEAN JAMÁS

El gusto -musical, literario, artístico- como criterio de organización del mundo no sólo alude a la realidad, sino que nos habla acerca de quiénes están en condiciones de entenderse entre sí. Nos reconocemos unos a otros por lo que nos agrada y desagrada. A mí si alguien me dice que le gusta Spinetta y el fútbol, ya sé que probablemente con esa persona me voy a llevar más o menos bien, y probablemente muy bien.


En términos generales, me parece que los gustos están primero, y la justificación racional después. No es que nos gusta Floyd porque son buenos, sino que nos parecen buenos porque nos gustan. Es obvio que también existe la influencia de la opinión pública -ya sea para rechazarla o para seguirla-; la justificación racional de aquel crítico o artista que admiramos o el influjo tentador de la mina que nos gusta…


Tiene razón Sartre cuando sugiere que la literatura es ínfima frente al hambre de un solo niño. Tenía buenas razones Wittgenstein cuando, aborreciendo la inutilidad de la filosofía, encaró laburos más prácticos y sin duda más útiles como maestro escolar o enfermero de hospital. No podemos vivir sin pan, sin frutas, sin verduras. Podemos vivir sin libros. Sin embargo, una vez asegurado cierto bienestar material mínimo, para mí vivir sin poesía, sin música  y sin filosofía sería una verdadera garcha.


Luego está la cuestión respecto de que el contacto con el gran arte, pese a que complejiza y mejora tu sensibilidad, no necesariamente te hace mejor persona. Mi “hermano mayor”, Fabián Casas, escribió sobre su amigo Juan Desiderio:


“Siempre me llamó la atención Desiderio no sólo por su fantasía desbocada –sistemáticamente desbocada- sino por su gran corazón. Considero a la bondad como un don superior que sólo muy pocos pueden esgrimir. Entiendo por bondad como una natural disposición a perderse en el otro, a ayudar a los demás por encima de nuestra importancia personal. Existe la vocación de poder y la vocación de servicio”.


Es una reflexión muy linda, con la que no estoy totalmente de acuerdo pero sí en lo esencial.



El crítico literario George Steiner ha demostrado muy bien que las humanidades no siempre humanizan: el contacto con el arte con mayúsculas no necesariamente te hace más generoso, más solidario ni más democrático, e incluso hay varios casos donde se ha dado el proceso inverso. Muchos jerarcas nazis, luego de torturar a los prisioneros de los campos de concentración, volvían a sus casas, besaban a su esposa y a sus hijos y ponían música clásica. El campo de concentración de Buchenwald ("bosque de hayas") debe su nombre a un bosque por donde caminaban personalidades de la cultura alemana, como Goethe, Schiller, Herder, Schelling. Para decirlo con Benjamin (no Button sino Walter): "no hay documento de cultura que no sea, al tiempo, de barbarie".

LA LITERATURA ABURRIDA Y EL ESNOBISMO


Juan Carlos Gómez era amigo de Gombrowicz y propuso un anatema: jamás iba a leer un ensayo de un autor en el que más del treinta por ciento de sus palabras esté construido por la transcripción textual de la obra citada o glosada o criticada o algo con ada como pavada o nada. Ok, si es así entonces estoy al horno con papas, porque yo cito y robo y saqueo autores que da calambre. Los dejo en pelotas en el medio del camino, sin tan siquiera unas monedas para tomarse el bondi.


Parece ser que el aburrimiento era indigerible para Gombrowicz. Hacía esfuerzos para leer El proceso de Kafka, e incluso reconocía el talento del checo, pero no había caso. No sé hasta qué punto estaba queriendo provocar y hasta qué punto era sincero ni me importa.

La solución que su amigo Gómez dice que Gombrowicz propone en Ferdydurke consiste en presentar un plan de batalla  para apartar el aburrimiento de las bellas artes: convocar a los artistas a enamorarse de la inferioridad.


Por elección personal, que tienen derecho a no compartir, decido pasarme por las pelotas el anatema de Gómez y pongo otra cita de Fabián Casas:


“Cuando dejamos de vivir en estado de peligro o de incertidumbre y nos volvemos accesibles, entramos en la muerte de lo mejor de nuestro ser. Ser accesibles significa gastar a nuestros seres queridos, vivir la cultura del zapping. Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!”


¿Qué quieren que les diga? A mí eso de dividir la literatura en aburrida y divertida en una primera leída más o menos superficial me parece medio una pelotudez, aunque no niego que las opiniones de Don Witold me suelen dejar regulando. Ahora, ¿perderse de leer a Kafka o James Joyce por ese prejuicio tan pelotudo?


Parece ser que hacia 1934 “Gombrowicz ignoraba la existencia de Joyce y de Kafka, conocía muy poco del surrealismo y tenía unas nociones vagas sobre Freud, captaba lo que estaba en el aire, en las conversaciones y hasta en los chistes. El aparato formal que había puesto en movimiento era pues, en buena parte, de su propia cosecha”. Citado acá:


Tal vez lo interesante de leer a Joyce consista justamente en que se trata de un autor sin ninguna  clase de piedad para con el lector. Coincido con Carlos Gamerro cuando sugiere que no existe un autor que respete más a sus lectores que Joyce, porque no los respeta por lo que son, sino por lo que pueden llegar a ser.


Ahora bien, ¿qué nos quiere decir Gombrowicz? En cierto modo, cuando nos dejamos llevar por la opinión ajena, la percepción de la belleza entra en contradicción con la libertad de elegir. De ahí que Gombrowicz guste de la siguiente fórmula: TÚ NO ADMIRAS, TÚ QUIERES ADMIRAR. Es como si yo dijera: “a vos no te gusta el Ulises de Joyce, sino que te gustaría que te guste, o decís que te gusta para pavonearte, o para no sentirte solo”.


Entiendo que, en cierto modo, el artista tiene que superar la tentación de “ser aceptado” o de “ser escrito” por sus lectores. Sólo aquél que logra separarse de la gente y existir como un ser singular puede plasmar su personalidad en una obra de arte.


¿Mi opinión personal en relación con la cultura? Me sigue gustando más el ideal que concibe a la cultura y al arte como COMUNIÓN más que como ONANISMO. Una persona culta es aquella que sabe elegir compañía entre los seres humanos, entre las cosas, entre las ideas, entre los libros, tanto en el presente como en el pasado. El arte es importante porque forma parte de la vida, pero la vida es más importante que el arte.


En un próximo posteo me gustaría profundizar acerca de la recontraremilremanida cuestión sobre la utilidad del arte, para lo cual me pienso ayudar de algunas  intuiciones de Oscar Wilde, y de un libro muy lindo de Nuccio Ordine acerca de “la utilidad de lo inútil”.

Por hoy creo que ya escribí demasiado.


¡Sean felices!

domingo, 19 de julio de 2015

UNA RESPUESTA ENRIQUECEDORA ACERCA DEL ARTE Y LA CULTURA

Copio y pego una excelente respuesta que me dio el poeta Daniel Freidemberg, a partir de algo que yo había escrito mientras leía Gramáticas de la creación de George Steiner. Acá les paso su respuesta:

Daniel: Tardé mucho, Rodrigo, en responderte, porque quise darme el tiempo necesario pensar como se lo merecen las cuestiones que planteaste (...) 

Punto 1) Es cierto que en la sociedad está sólidamente instalada la idea de que la poesía, la música, la pintura, el cine o lo que en general llamamos “las artes” tienen un status superior (de que son “espiritualmente superiores” sobre todo) a otras prácticas, como el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral (o un partido de fútbol o una partida de truco): sin duda ese es el criterio aceptado y oficial en esta cultura, el que se declama y el que todos dicen reconocer, pero, ¿realmente creen que es así, se ve confirmado eso que dicen en la vida, en los hechos? Si vemos lo que ocurre, diría que no. Son poquísimas las personas a las que les importa más, en la práctica, un poema o un cuadro que la ropa que va a ponerse o que el adorno que pueda quedar mejor en su casa o su auto, o que distraerse un rato con Tinelli. A lo que se suma otra cuestión: una parte, al menos, de los sectores más “vanguardistas” o “avanzados” del campo artístico-literario, que suelen también ser los que tienen mayor status, tiende a considerar a la moda en el vestuario, o la decoración o la publicidad o el diseño, en un nivel de igualdad con la pintura, la escultura o la literatura. Todo pasa a ser arte para ellos, y sospecho que en la mayoría de los casos no lo hacen respondiendo a un criterio democrático o igualitarista sino como un gesto de "sofisticación".

Otra cuestión: seguramente hay “filósofos" o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad”, como decís, pero, si es cierto que existe una distinción entre un arte “alto” o “mayor” y otras producciones, no creo que esa distinción se origine en lo que dicen algunos filósofos o pensadores. Me parece que la cuestión es muchísimo más compleja, intervienen muchos factores más y hay muchos más matices y muchas más opciones. No creo, por ejemplo, que pese tanto eso que se ha dado en llamar “el canon” y en cambio sí creo que es decisiva la moda, y cuando acá digo “moda” me refiero a lo que en determinado momento se pone de moda en el campo literario o el campo artístico, aunque ahí no lo quieran llamar “moda”: no sé si todavía ahora, pero hasta hace algún tiempo, en la literatura, la moda era César Aira y Roberto Bolaño, y Cucurto en poesía, y ahora sospecho que el juicio que le hizo Kodama va a terminar por consagrar a Pablo Katchadjian, que ya venía instalándose en ese lugar. 

No estoy, por si hace falta aclararlo, desmereciendo a esos autores: puede ser muy buena literatura la que hacen, o muy mala, o mediocre o alguna otra cosa; a lo que me estoy refiriendo es a que en ese ambiente hay siempre un consenso dominante que impone obras, autores, estilos, tendencias, criterios que “corresponden a esa etapa”, y condena a una suerte de destierro o marginalidad al que no entre en el juego. No es el canon de los grandes nombres a los que el paso del tiempo o el consenso cultural consagró, al que hoy se le da bastante poca pelota, aunque tampoco se lo ignora por completo, sino un jet-set estelar al que hay que rendir culto acríticamente (la crítica que los valida rara vez es realmente crítica, en el mejor sentido de esa palabra) y al que no se puede cuestionar: si uno se atreve a cuestionarlos pasa a la categoría de “anticuado”, “anacrónico”, “ingenuo”, “resentido” o “pelotudo”.

Una cuestión más: esa tradición oriental que mencionás, que valoro muchísimo, es también valorada por muchos artistas, pero no desde ahora sino desde hace más de un siglo, y ha influido mucho en la literatura, el cine, las artes plásticas y otras artes que solemos llamar “cultas”. Quiero decir que no es exactamente “lo cotidiano” eso que se tiene como menos valioso. Pero además, y lo anoto nomás como curiosidad, en los espacios más elitistas de las prácticas artísticas y literarias, más encerrados en pequeños ambientes (que suelen ser también los más estériles en sus logros), muchos vienen llevando a cabo un culto entusiasta de “lo cotidiano” y “lo vulgar” desde hace veinte años o un poco más, convirtiéndolo en el colmo de la sofisticación y excomulgando del Parnaso a cualquiera que plantee una cuestión más compleja o con más ambiciones, tachándolo de anticuado o ridículo.

Rodrigo (había escrito): Matizaría/le agregaría a las opiniones de Steiner tres ideas, intuiciones o como le quieran llamar: 

1) hay filósofos o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad. De esta manera, la poesía, la música, la pintura o el cine canonizados son las que sirven de base a las demás artes. Esta concepción minusvalora el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral. Tal vez la tradición maniquea que exige que santifiquemos el arte y despreciemos lo cotidiano sea más pobre, en este aspecto, que la tradición del extremo oriente, que descubre belleza en los más humildes gestos, en el modo de envolver un paquete, en el amoblamiento de una estancia, en el arreglo de un jardín o un ramillete; 

2) Como diría Foster Wallace: 

“Si vos, el escritor, sucumbís a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces existen dos obstáculos. El número uno es el obstáculo de la vanguardia, según el cual tenés la idea de que estás escribiendo para otros escritores, por lo cual no te preocupás de ser accesible o relevante. Te preocupás de ser estructural y técnicamente innovador: intrincado de una forma adecuada, incluyendo las referencias intertextuales apropiadas, haciendo que parezca inteligente. Sin importarte realmente si te estás comunicando con un lector al que le importa algo ese sentimiento en el estómago que es la razón por la que leemos. Luego, el otro obstáculo consiste en esas obras de ficción extremadamente burdas, cínicas y comerciales que se hacen de un modo mecánico –en esencia, televisión escrita- para manipular al lector, que presentan asuntos grotescamente simplificados de una manera apasionante al modo infantil”; 

3) no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso. La literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos.


Dicho todo esto, me siguen pareciendo atendibles las reflexiones de "aristocráticos" como George Steiner o Harold Bloom. Siguiendo a Bloom, creo que hay una suerte de "competencia agonística" implícita o explícita entre un gran escritor y los escritores que lo precedieron. Creo en las jerarquías: así como creo que Messi es mejor que Marcos Rojo, creo que hay escritores con mayúsculas y escritores que hacen lo que pueden, y lo que pueden es poco. En Perché leggere i classici, un artículo de 1981, Italo Calvino aportaba algunas ideas que no por transitadas dejan de parecerme interesantes:


Daniel respondió: Para mí –y esta es mi posición personal– la distinción entre un arte que podríamos llamar “mayor” (toda denominación me resulta insuficiente y ridícula) y otro que no lo es no pasa por si está o no en un canon o si tiene o no la bendición de los núcleos autorizadores (universidad, crítica, periodismo cultural, el favor de los consagrados), como tampoco por la aceptación de las mayorías: pasa por la calidad de la experiencia que ofrece la obra. La cuestión, para mí, es qué pasa, qué nos pasa, al leer o mirar o escuchar o asistir a una obra teatral, una pieza musical, un poema: ¿nos toca vivir una experiencia compleja, enriquecedora, sensibilizadora, inquietante, o simplemente nos entretenemos, pasamos el rato, confirmamos ciertas convicciones o ciertos prejuicios, descargamos alguna tensión, olvidamos problemas, sentimos la satisfacción de reconocer los conflictos que tenemos con los demás o con nosotros mismos sin problematizarlos, o, peor, nos hacemos la ilusión de que los estamos resolviendo? Por lo general, las experiencias del primer tipo se encuentran con el arte más “elaborado” o “culto”, eso que se suele llamar “cultura alta”, y las otras en la producción para el consumo, lo que se suele llamar “industria cultural”, pero muchas veces no es así, y además abundan los casos intermedios o mixtos, o que dependen de cómo el lector o espectador está dispuesto a encarar cada experiencia. Tampoco la cosa pasa, por supuesto, por si la obra es “fácil” o “difícil”, “accesible” o “hermética”, aunque hay muchos motivos para sospechar, cuando una obra engancha demasiado fácilmente, que nos están vendiendo un buzón, como las propagandas de medicamentos para adelgazar. Pero, como dije, es mi posición, en cuanto a los modos en que otros establecen la separación entre lo que tiene valor artístico y lo que no lo tiene, hay una variedad inmensa.

Avanzando un poco más en estas cuestiones, a riesgo de aburrir o atosigar, no todo es lo mismo en el terreno del arte y la literatura más “experimentales” o “herméticos”: ahí están, por un lado, los que no encuentran otras maneras que esas de hacer lo suyo, porque de lo contrario tendrían que renunciar a mucho de lo que les interesa transmitir en sus obras, y volverlas más “accesibles” sería mutilarlas o empobrecerlas (Vallejo, Joyce, Tarkovsky), pero están también los que “oscurecen las aguas para que el charco parezca profundo” o los que se limitan a tirar señales para embaucar giles, o, en otras palabras, para impresionar a sus colegas o a la crítica, o a intimidarlos. Ni todo es lo mismo tampoco, por supuesto, en el terreno de la producción industrial: hay quienes, como en algunas películas de Clint Eastwood, por ejemplo, o en los grandes clásicos de Hollywood, se las arreglan para introducir ahí elementos que las vuelven complejas, nada esquemáticas, enriquecedoras, llenas de matices.

Punto 2): suscribo cien por cien lo que citás de Foster Wallace. Ningún escritor que se precie escribe para un lector estúpido. Pero mi acuerdo con Wallace supone que, cuando dice “el público”, se refiere al lector que uno tiene en mente cuando escribe. Si, en cambio, adjudica esa falta de estupidez al público real, a las personas de carne y hueso que viven concretamente en este mundo, discrepo. No es necesario ser elitistas sino, nada más, sinceros con nosotros mismos, para saber que en nuestras sociedades la mayoría de la población padece un nivel importante de algo que no voy a llamar “estupidización” pero que sí implica que esa gente acepta vivir limitada en sus capacidades, renunciar al ejercicio de muchas posibilidades intelectuales, emotivas, sensibles, por imposición no sólo de los medios de difusión masiva sino, sobre todo, por un sistema de vida, del que los medios forman parte.

Se entiende, supongo, que no digo que en su mayor parte las personas son estúpidas, sino que existe algo que se llama alienación o enajenación, un modo de vida naturalizado, y son muchos, una amplia mayoría, los que no atinan a encontrar el modo de salir de la trampa, y ni siquiera advierten que eso que entienden como “natural” es una trampa. 

No me gusta que sea así, por supuesto, y me parece injusto, pero la realidad no acostumbra a someterse a mis gustos. En una sociedad que no deja tiempo para detenerse a considerar lo que se está viendo o escuchando, o para ponerse a pensar, y que encima lo está empujando a uno a consumir desaforadamente todo el tiempo, y además, como nos lleva a vivir siempre en la urgencia, no nos permite disponer del tiempo necesario para asumir una experiencia que no sea liviana y fácilmente gratificante. ¿No sabemos que la sociedad nos modela para el conformismo (la no interrogación, la no inquietud) y son muy pocas las posibilidades que deja de elegir otra opción, sin contar que las opciones que ofrece son las que a primera vista resultan más atractivas y seductoras, apelan a ciertas zonas de nuestra subjetividad que reaccionan automáticamente. No hay, en esa situación, lugar para nada que salga de lo acostumbrado y previsible, nada que inquiete mucho, nada que ponga en cuestiones certezas y, sobre todo, nada que exija algún tipo de esfuerzo. Quiero decir con todo esto que no se puede confundir a ese lector “no estúpido” que uno tiene en mente al escribir con el conjunto de los lectores reales o posibles, o el promedio de los lectores reales o posibles.

Y, finalmente el punto 3) Por supuesto que no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso, y que la literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos. No conocía, francamente, esa idea según la cual los libros deben servirnos para estar solos, pero se me hace –sin ninguna seguridad– de que esto está de algún modo vinculado a la noción de “autonomía” de la literatura y el arte, según la cual no corresponde reclamarle a la literatura y el arte alguna “utilidad”, o, en otras palabras, que ante todo una obra literaria o de arte tiene que ser literatura o arte, y después se verá si sirve también para otra cosa. Son las obras mismas, cuando tienen real nivel artístico, el premio que uno obtiene al encontrarse con ellas. Pero eso que las vuelve valiosas y necesarias, lo que les da riqueza, ¿de dónde viene? Del trabajo de elaboración sin duda, y de la capacidad de crear belleza de quien lleva a cabo ese trabajo también, pero, ¿de dónde toma ese material simbólico e imaginario que elabora? ¿Qué es lo que le da fuerza o vida a ese trabajo? Esa materia, esa fuerza, la constituyen las experiencias de vida, incluidas entre las experiencias de vida lo imaginado o soñado, lo leído en libros y lo visto en los medios. Si no fuera así, una buena novela, un buen poema, una buena película o una buena escultura no nos “tocaría” como nos “toca”. Por algo se dice que al leer un buen libro o ver una gran película uno ya no es el mismo que antes de esa experiencia. El carácter autónomo de la obra no se contradice, según entiendo, con las capacidades que esa obra tiene para modificar nuestra vida. Más bien al contrario.


Se me fue la mano, Rodrigo. Obviamente, no tenés ninguna obligación de soportar este bodoque, pero, lanzado a responder tu incitación, ya no pude detenerme. Te pido disculpas por eso y vuelvo a agradecerte por todo lo que me llevaste a pensar.


Me quedó afuera algo acerca de las citas de Calvino sobre los clásicos: no sólo estoy en general de acuerdo con Calvino sino, además, creo que muchos de esos rasgos distinguen también a cualquier obra literaria o de arte cuando tiene la densidad, la singularidad y la complejidad que asocio con "lo artístico".

viernes, 30 de enero de 2015

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

Los grandes artistas suelen aspirar a la trascendencia, padeciendo ese “duro deseo de durar” -le dur désir de durer, al decir de Paul Éluard- , que los impulsa a darlo todo en su afán por legarle al mundo obras de arte perdurables.

Mi vieja, una de las personas que más quiero en el mundo, se ha pasado la vida regalando un amor infinito a su esposo, sus hijos, sus nietos, sus amigos… Ni se me cruza por la mente pensar que su vida, cuando ya no la tenga, habrá sido en vano por no haber dejado obra. Bah, hace un tiempo se le dio por aprender pintura, pero cada cuadro que me fue mostrando era más fiero que el anterior.


La filósofa alemana Hanna Arendt, cuyos estudios antropológicos analizaron las categorías de “trabajo” (work) y “obra” (labor), decía que en la cima de toda actividad humana están los actos. Una vida sin actos, y no una vida sin obras, no podría ser considerada humana, ya que no sería vivida entre seres humanos.

Tenía ganas de escribir este posteo, que es una vindicación de mi vieja (?), para matizar lo que puse hace un tiempo en referencia a la importancia de los clásicos.

Cuenta Todorov que Thomas Jefferson, futuro presidente de los Estados Unidos, se había hecho construir una hermosa mansión en Virginia. Parece ser que el diseño, a cargo del propio Jefferson, permitía evitar toda clase de contacto entre el orden material y el espiritual:

“Sirvientes y cocineros, mujeres y niños no coincidían nunca con los hombres que visitaban al propietario; éstos podían así conversar cómodamente de política, arte o filosofía sin sufrir interrupciones. Incluso la comida les llegaba a la mesa mediante un ingenioso sistema de bandejas giratorias, de modo que los sirvientes no compareciesen nunca ante ellos… Por mi parte, y quizá porque mi educación inicial tuvo lugar en un país desesperadamente plebeyo –aquí Todorov alude a su Bulgaria natal-, yo opto por un ideal de continuidad armoniosa entre lo material y lo espiritual antes que por ese ideal aristocrático que separa lo elevado de lo vulgar”.

Hay filósofos o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad. De esta manera, la poesía, la música, la pintura o el cine canonizados son las que sirven de base a las demás artes. Esta concepción minusvalora el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral.

“Más lo bello desborda las convenciones: esa tradición romántica y maniquea, que exige que santifiquemos el arte y despreciemos lo cotidiano, es más pobre, en este aspecto, que la tradición del extremo oriente, que descubre belleza en los más humildes gestos, en el modo de envolver un paquete, en el amoblamiento de una estancia, en el arreglo de un jardín o un ramillete”.


Está claro que lo cotidiano puede ser aburrido e incluso atroz. Sin embargo, el elogio de lo cotidiano al que me refiero se relaciona con aceptar la vida en toda su riqueza. Como bien sugiere Todorov:


“(…) el maniqueo privilegia lo espiritual en detrimento de lo material, e incita a valorar al Hombre más que a los hombres, prefiere abstracciones antes que las relaciones particulares entre individuos. El ejemplo quizá más evidente de este tipo de opciones maniqueas, porque en verdad hay muchos, es el rechazo a criar niños, o a otorgarle a esta actividad alguna clase de valor. Quien dice ‘criar niños’ dice, en efecto, al tiempo: no olvidar nunca lo material (la alimentación, la temperatura, la higiene), ni el individuo singular que se tiene ante sí (es inútil soltarle un discurso abstracto sobre la infancia).

Lo contrario del maniqueísmo no consiste en elogiar el cuerpo en detrimento del intelecto, ni en elogiar el intercambio social concreto contra la abstracción, sino en rechazar su aislamiento, y la exclusión de los unos en beneficio de los otros. No es decir por un lado los aristócratas (del pensamiento), y por el otro los esclavos (de la carne), sino anhelar para todos la posibilidad de una vida mental alimentada por el contacto con la materia y la interacción con los demás”.



En fin, hoy tenía ganas de escribir esto, porque pensaba  que tanta sobredosis de George Steiner no me puede hacer olvidar la actividad esencial de personas que no serán Ludwig van Beethoven o Friedrich Nietzsche, pero son como mi vieja, y eso para mí es decir muchísimo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

LA TEMPORALIDAD DEL PERIODISMO

Nuestra mirada no puede detenerse a mirar fijamente ni al sol ni a la muerte. Le soleil ni la mort ne se peuvent regarder fixement, ha dicho La Rochefoucauld.

Toda obra de arte auténtica es, en cierto modo, una apuesta por la inmortalidad, por la trascendencia: el dur désir de durer -"duro deseo de durar"- al que se refería Paul Eluard.

El hombre es el único animal que realiza creaciones estéticas porque es el único que sabe su muerte. La medicina, el derecho, las ciencias, la filosofía, el arte, en cierto modo se originan en nuestro afán por negar la muerte. La muerte es silencio absoluto, por eso me gusta comunicarme; la muerte es pobreza, por eso aspiro a ganar dinero; la muerte es pérdida del recuerdo, de ahí viene la valoración de la memoria; la muerte es insensibilidad, y por eso yo quiero sentir.

Añadiría que no sólo somos conscientes de la finitud de nuestra vida, sino que hoy además sabemos que el sol es una estrella que tiene fecha de caducidad: en un determinado número de años, de todos nuestros sueños, creaciones, gestos altruistas, amores y miedos, no quedará ni el recuerdo.

En fin, hoy tenía ganas de citar un fragmento de Presencias Reales, de George Steiner:

"El genio de la época es el periodismo. El periodismo llena cada grieta y cada fisura de nuestra conciencia. Y es que la prensa y los medios de comunicación son mucho más que un instrumento técnico y una empresa comercial. La fenomenología basal de lo periodístico es, en cierto sentido, metafísica. Articula una epistemología y una ética de una temporalidad espuria. La presentación periodística genera una temporalidad de una instantaneidad igualadora. todas las cosas tienen más o menos la misma importancia; todas son sólo diarias. En correspondencia con ello, el contenido, la posible importancia del material que comunica el periodismo se 'saldan' al día siguiente. La visión periodística saca punta a cada acontecimiento, cada configuración individual y social para producir el máximo impacto; pero lo hace de manera uniforme. La enormidad política y el circo, los saltos de la ciencia y los del atleta, el apocalipsis y la indigestión, reciben el mismo tratamiento. Paradójicamente, este tono único de urgencia gráfica resulta anestesiante. La belleza o el terror supremos son desmenuzados al final del día. Nos reponemos y, expectantes, aguardamos la edición de mañana".



miércoles, 15 de octubre de 2014

EL ESTUDIOSO. HOKUSAI

Desde los seis años sentí el impulso de dibujar las formas de las cosas. Hacia los cincuenta, expuse una colección de dibujos; pero nada de lo ejecutado antes de los setenta me satisface. Sólo a los setenta y tres años pude intuir, siquiera aproximadamente, la verdadera forma y naturaleza de las aves, peces y plantas. Por consiguiente, a los ochenta años habré hecho grandes progresos; a los noventa habré penetrado en la esencia de todas las cosas; a los cien, habré seguramente ascendido a un estado más alto, indescriptible, y si llego a ciento diez años, todo, cada punto y cada línea vivirá. Invito a quienes vivirán tanto como yo a verificar si cumplo estas promesas.

Escrito a la edad de setenta y cinco años, por mí, antes Hokusai, ahora llamado Huakivo-Royi, el viejo enloquecido por el dibujo.

Hokusai murió a los ochenta y nueve años de edad.

Traducido de la versión alemana de Paul Adler y Michael Revlon, aparecida en Japanische Litteratur, por Borges y Bioy Casares.

viernes, 18 de abril de 2014

HABLANDO DEL ARTE BAJO LA LUNA DE FLORES

Ustedes no tienen por qué saberlo, pero anoche estuve disfrutando de un riquísimo asado en una terraza de Flores, junto a renombrados personajes como mi gran amigo Antoine, fanático de Spinetta igual que yo; su primo karateca -a quien no le gustan los piononos de dulce de leche-; la bella Amelie Poulain; un primo pequeño que no sabe jugar al truco; una fanática que lucha por el metal y proviene del Oeste, allí donde se dice que está el agite… También vino, aunque en rigor había cerveza y fernet con coca, “Kafka en la orilla”, una preciosa morocha que estudia letras y lee a Murakami. Kafka en la orilla tiene un hermano músico, muy copado, amante de Frank Zappa, a quien la idea de arte con mayúsculas le impide crear libremente.

En la reunión saqué a relucir mi tendencia excesiva a rellenar los silencios con una catarata de palabras, hasta terminar haciendo zapping por todos los temas habidos y por haber, sin hilo conductor y de un modo un toque delirante. Si hubiese estado Hugo Mujica, sacerdote que hizo una experiencia de largos meses de silencio junto a monjes trapenses, se habría ido indignado. En fin, la cosa es que una de las cuestiones que surgió en la charla fue la del arte, y la de helarte también, porque hacía tanto frío en la terraza que tuvimos que ir abajo, a continuar la conversa en el interior del cálido departamento de Amelie.

En una de las sesiones psicoanalíticas que se mezclaron en la charla, mientras conversaba con el hermano de Kafka en la orilla, me di cuenta de que el muchacho tenía mucho miedo de no estar a la altura de su idea de la música. Todos sabemos que el miedo y la esperanza son como dos caras de una misma moneda: si temes que algo no pase, esperas que pase, y viceversa. La esperanza es la inminencia de un acontecimiento futuro, que en cierto modo no depende de la influencia de nuestra voluntad. Mi amigo Antoine diría que este tipo de reflexiones me acercan a los escritos de Jorge Bucay, pero yo no le hago caso porque sé que cuando lo dice me está cachando. Bah, a veces tiene razón. ¿Pero cómo evitar, cuando uno escribe, la tentación de caer en la cursilería o en una mezcla de lugares comunes?

Respecto del miedo y sus diversas formas, recordé en silencio un pasaje de Cuarenta, un relato del escritor uruguayo Gustavo Escanlar (1962-1910):


“Uno llega a este estado de frigidez y congelamiento que llamamos vida cotidiana por miedo. Toda mi vida tuve miedo. Miedo a mis padres, a los maestros, a la policía, a los profesores, a los estudiantes que tiraban piedras, a Narciso Ibáñez Menta. Miedo a que los niños más grandes, los de quinto o los de sexto, me cagaran a patadas. Miedo que los pupilos del colegio me cogieran, como se lo cogieron a Bertolotti en el baño. Miedo a ser maricón, trolo, puto, homosexual, centauro. O a que los demás pensaran que lo era. Miedo a que a la salida de The Wall un milico leyera mis pensamientos y me llevara en cana. Miedo a desaparecer, a que me metieran la picana. Miedo al ridículo, a la exclusión, a la marginación, miedo a que nadie quisiera bailar conmigo en las fiestas de quince, miedo a que no me gustara la música cool, a ser terraja. Miedo a quedarme sin trabajo, miedo a no tener casa, miedo a no tener guita.

El miedo no me dejó elegir: tuve que obedecer, que amoldarme, que volverme transparente. Decir que sí, ser uno más. Uno termina haciendo lo que dicen que hay que hacer.

De última, en el mejor de los casos, uno puede encerrarse, edificar un bunker dentro suyo, llevar vidas secretas. Soy hijo único. Por eso las islas abandonadas son mi sitio preferido”.

Mientras tipeo me doy cuenta que todo este devaneo puede disparar para cualquier lado, y en ese lado habita un escritor que para mí es una suerte de hermano mayor: Fabián Casas. Pues bien, Casas dice algo que torpemente vengo tratando de expresar en este post:



"En ese sentido no es que me cueste o no asumirme como escritor porque por ejemplo, ahora que estoy hablando con vos, estoy hablando y soy un escritor. Leo lo que escribo y lo banco y eso está bueno. O cuando voy a un encuentro de literatura o a otros lugares que me invitan, hablo como escritor y cuento mis experiencias, pero en realidad me considero más un lector. Además, me parece que muchas veces pensarte dentro de la literatura sí te impide escribir y eso es otra cosa. No es que tenga que ver con ser escritor o no, sino con pensarte dentro de la literatura y decir yo soy el escritor de Boedo, soy el escritor de la Argentina, soy el mejor, tengo que hacer esto o lo otro, eso me parece que es improductivo. Te impide escribir, como pensarte dentro de la filosofía te impide pensar. Cuando vos te liberás de esos esquemas, de lo que tiene que supuestamente estudiar un filósofo, yo creo que empezás a ser más creativo porque podés tomar de todas las disciplinas, podés afanar, mezclar, mestizar. Que es donde me parece que pasan las cosas más importantes. Si vos querés escribir periodismo, primero está bueno saber cómo se escribe una nota en prensa gráfica. Está bueno saberlo, pero después tenés que irte de eso, tenés que empezar a cruzarte, a mezclarte, a no pensar en todo eso porque sino te delimita”.

Eso no quiere decir que todo valga lo mismo, o que no existan escritores y artistas que nos parezcan mejores que otros. A mí por ejemplo me gusta mucho jugar al fútbol, pero sé que si antes de salir a la cancha me exijo ser Messi, estoy al horno con papas.

Respecto de la idea de “cultura”, me agrada la definición que Hanna Arendt extrae de los romanos: la persona culta es aquella que sabe elegir compañía entre los seres humanos, entre las cosas, entre las ideas, entre los libros, tanto en el presente como en el pasado.


Aunque Heidegger fue un filósofo que a mí mucho no me va, tenía una forma de ver el arte que me parece enriquecedora: solemos consumir arte para estar más informados, para educarnos, para ser más cultos o más interesantes, lo cual no está mal. Sin embargo, Heidegger suponía que la experiencia artística era un tipo de vivencia que debería marcar nuestro hábito, nuestro modo de habitar, de relacionarnos con los otros y con las cosas. Así como una habitación no se termina de decorar antes de que nos vayamos a vivir allí, sino más bien en el transcurso del tiempo en que la habitamos.

Post Scriptum: no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que todo esto que digo, me lo estoy diciendo a mí mismo. El interlocutor "músico exigente" es una construcción fantasmática de mis propios miedos. Por algo estoy cursando abogacía en la Uade en lugar de un doctorado en filosofía. 

AMERICAN SPLENDOR

Todos dicen que el sufrimiento, los fracasos amorosos y las malas experiencias nos hacen crecer: a Harvey Pekar le hubiese gustado canjear algo de crecimiento por un poco más de felicidad.


Díganme pretencioso o cobarde, pero creo que a mí también, a veces, me pasa algo similar: con gusto daría crecimiento y maduración a cambio de varios instantes de felicidad espontánea.


Tantas veces y contra mi voluntad, la generosidad se vuelve una mentira fría, y me reconozco harto de sacrificios y sufrimientos inútiles.


Harvey Pekar (1939-2010), autor del cómic American Splendor, fue un judío divorciado, poco agraciado físicamente, de conductas obsesivo-compulsivas, con un empleo rutinario y mal remunerado que -pese a su posterior éxito- no abandonó hasta jubilarse. Aunque tenía sólidos conocimientos en jazz y literatura, no tenía estudios formales, y sus deseos de dejar una huella reconocible para la posteridad se extinguían como hielo al sol. Ese "duro deseo de durar" que implica, en mayor o menor medida, toda aspiración a cierta trascendencia. Existe en cada uno de nosotros el deseo íntimo de gambetear la muerte, aunque sabemos que vamos a fracasar en el intento.


En su obra, Pekar supo poner en palabras algunos aspectos del "declive de la cultura americana”, junto a varias de las neurosis que cada uno de nosotros puede experimentar en cualquier ciudad moderna.

American Splendor se hizo película en 2003, y el personaje principal quedó a cargo de un excelente Paul Giamatti. En varios pasajes me recuerda a otro film que también me gustó muchísimo: Ghost World (2001) -dirigida por Terry Zwigoff- que también se basó en un cómic, pero no de Pekar sino de Daniel Clowes.

No quiero agregar mucho más acerca del contenido de la película, porque su trama es muy sencilla y no quiero adelantarles nada por si deciden mirarla.


domingo, 13 de abril de 2014

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL ARTE SEGÚN DAVID FOSTER WALLACE

"Tuve un profesor que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo, acceso imaginativo a otros yoes. Dado que sufrir forma parte ineludible de tener un yo humano, los humanos se acercan al arte en alguna medida para experimentar el sufrimiento, necesariamente como experiencia vicaria, más bien como una especie de generalización del sufrimiento. ¿Me explico? En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos. Podría ser así de simple. Sin embargo observamos que la televisión y el cine popular (...) son lucrativos precisamente porque asumen que el público prefiere placer al 100% a una realidad que suele componerse de un 49% de placer y un 51% de dolor.En tanto que el arte "serio", que no se dirige principalmente a sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100% placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.

(...)

Si el artista depende en exceso de ese mero gustar, de tal modo que su verdadero objetivo no resida en la obra sino en la buena opinión de un público determinado, va a desarrollar una hostilidad terrible a ese público, sencillamente por haber renunciado a todo su poder en favor de ellos. Se trata del consabido síndrome de amor-odio seducción: "En realidad no me importa lo que digo, únicamente me interesa gustarte. Pero dado que tu opinión positiva es el único árbitro de mi éxito y mi valía, tienes un poder tremendo sobre mí, y te temo y te odio por ello". Esta dinámica no es exclusiva del arte. Sin embargo, muy a menudo pienso que puedo apreciarlo en mí mismo y en otros escritores jóvenes, ese deseo desesperado de agradar junto con una especie de hostilidad hacia el lector.


(...) 


Mira, si la condición contemporánea es irremediablemente mísera, insípida, materialista, emocionalmente retrasada, sadomasoquista y estúpida, entonces yo (o cualquier escritor) podemos zafarnos tonteando con historias cuyos personajes sean estúpidos, insulsos y emocionalmente retrasados, lo cual es fácil, porque esta clase de personajes no requieren desarrollo. Con descripciones que sean simples listas de nombres de marcas de productos de consumo. En las que personas estúpidas se dicen cosas insípidas entre ellas. Si lo que siempre ha distinguido a la mala literatura -personajes planos, un mundo narrativo estereotipado y para nada humano, etc.- es también una descripción del mundo actual, entonces la mala literatura se convierte en una mímesis ingeniosa de un mundo infame (...) probablemente la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que vivimos tiempos oscuros, y además estúpidos, pero ¿necesitamos ficción que no haga sino dramatizar lo oscuro y lo estúpido que es todo? En épocas oscuras, el arte aceptable sería aquel que localiza y efectúa una reanimación cardiopulmonar sobre aquellos elementos mágicos y humanos todavía vivos y resplandecientes a pesar de la oscuridad de los tiempos". (David Foster Wallace, entrevista con Larry McCaffery publicada en 1993).