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miércoles, 19 de noviembre de 2014

PERFECCIONISMO Y UTOPÍA

En toda democracia hay cierta tensión entre realidad concreta e ideal. Definimos “realidad” como aquello que se me resiste, que no siempre coincide con mi deseo o con mi posibilidad. Si al momento de encararme a la mina más linda del boliche ella me corta el rostro, su voluntad forma parte de cierta “realidad” que no coincide con mi “perfeccionismo utópico”. Podría decirse que todo aquel que desprecie la realidad en nombre de la utopía, morirá virgen. Pero pongámonos serios:


Siguiendo a Sartori, diremos que el ideal constructivo se da cuando se aprende de la experiencia. El pensador francés Benjamin Constant demostró que un ideal sordo y ciego, que no escucha ni ve nada del mundo en el que actúa, es un principio que “destruye y trastorna”.
No es lo mismo el ideal democrático ANTES que una democracia llegue a ser, por caso a través de una revolución, que el ideal democrático EN democracia. En el primer contexto, el ideal democrático se desplaza como un ideal negador del sistema que combate y pretende abatir. En democracia, el ideal debe apelar a una crítica constructiva. En una democracia instalada –aún con miserias, lacras, cosas por mejorar- los ideales están para re-concebirse como ideales que no se limitan a reaccionar ante lo real, sino que INTERACTÚAN con lo real. En síntesis, siempre siguiendo a Sartori, cuando la deontología democrática es recibida o reformulada en forma extrema, entonces empieza a actuar CONTRA la democracia que ha generado, topando y tropezando con efectos inversos, contrarios a los deseados.


PERFECCIONISMO Y DEMAGOGIA


Para no abundar en peroratas vacías, lo cito al “Tano” Sartori:


“El confín entre perfeccionismo y demagogia puede ser, en la práctica, difícil de señalar.  Pero en teoría, la distinción es que el perfeccionismo es un error intelectual, desarrollado por intelectuales, mientras que la demagogia es pura y simple conveniencia. Y la teoría puede combatir la mala teoría, pero no la ‘mala práctica’, es decir, la demagogia. Para decirlo mejor, la teoría puede combatir la demagogia sólo de modo indirecto, aislándola y dejándola al descubierto. El demagogo es un animal ‘natural’ que existirá siempre; pero si se le priva de coartadas perfeccionistas, si carece de retaguardia intelectual, hará menos daño”.

Y acá viene un fragmento que me parece sumamente interesante:

“El comerciante que vende perlas falsas por verdaderas va a prisión; el político que vende humo, con frecuencia lo logra y no va a prisión. Entonces, la diferencia es que en política la concurrencia desleal, mentirosa y precisamente ‘demagógica’ es impune, y a menudo redituable (al demagogo). Legalmente no lo podemos impedir, estamos imposibilitados. El único correctivo es hacerlo público, que no se dejen engañar, cuando menos en masa y todo el tiempo. Y así como el perfeccionista agrega credibilidad al demagogo, es importante tener vigilado el demagogo”.


REALISMO E IDEALISMO

El realismo mal entendido alimenta la reacción airada de su primo bobo: el idealismo nocivo.

Desde que el hombre piensa, incluso Majul, siempre ha concebido un contraste entre lo ideal y lo real: ¿garchar sin cansarse, comer mucho sin engordar, vivir varios años sin envejecer, tener la facha de Brad Pitt, jugar al fútbol como Maradona y Messi? No, me refiero al ideal político.

En la historia de la filosofía, con Platón como ejemplo paradigmático, la búsqueda del ideal ha sido una cuestión ligada a lo contemplativo. Recién con Marx se llega a mezclar fuertemente la contemplación teórica al servicio de la acción práctica, según reza la famosa frase: “los filósofos se han limitado a interpretar el mundo, pero lo que importa es cambiarlo”.

Según Sartori, antes de las diversas tradiciones revolucionarias, el perfeccionismo era un ideal contemplativo, luego se transformó en un activismo perfeccionista, como bien lo muestran las actividades febriles de cientos y cientos de militantes de troskolandia.

Cuando Tomás Moro inventa el término “utopía”, no estaba hablando de alcanzar el paraíso en la tierra, sino de algo que se sabía que jamás iba a realizarse. En aquellos años se estaba lejísimos de la consigna del Mayo Francés, que decía algo así como “seamos relistas, pidamos lo imposible” (cito de memoria).

Bien entendido, un ideal es un estado de cosas deseado que jamás coincide con el estado de cosas existente. En el terreno de la acción, los ideales son realizables siempre en forma parcial. En la acción, hay ideales que no son imposibles de pensar, sino de realizar. Para Sartori:

"Se comprende que entre acciones diversas podemos escoger un curso intermedio, de compensaciones. Pero en tal caso, la estructura lógica será: es posible obtener más de una cosa con la condición de pedir menos de otra. Pero no es posible (imposibilidad absoluta) obtener más de dos cosas que exigen accciones contrarias. Más ebriedad y al mismo tiempo tener más vino, son una imposibilidad. Y entonces es falso que lo utópico, lo irrealizable, no sea determinable ex ante".

Obviamente, hay que demostrar "la imposibilidad de lo imposible". En política, a menudo los opuestos no son contrarios sino contradictorios. Es muy difícil conciliar intereses opuestos contradictorios, y es imposible conciliar opuestos contrarios. Dicho de un modo burdo: si este año me propongo ir al gimnasio todos los días para sacar músculo y al mismo tiempo leer las obras completas de Tolstoi editadas por Aguilar, lo podría hacer. ¿Se trata de opuestos contrarios? No, son contradictorios. Obviamente tendré que encontrar el tiempo, los recursos y las ganas de hacerlo.

Opuestos contrarios sería: clavarme medio quilo de asado con vino tinto y pretender adelgazar al mismo tiempo.

No necesito recordar que hay sectores que tratan de generalizar su interés particular y venderlo como si se tratara del "interés de la Argentina". Históricamente, la Sociedad Rural y la oligarquía ha sabido confundir muy bien sus intereses con los "intereses de LA PATRIA". Y lo mismo ocurrió en otros sectores (incluyendo al gobierno, claro está), pero esa es otra discusión.

En fin, dejo acá este compendio de obviedades y me voy a tomar unos mates con tostadas de manteca y miel.


¡Sean felices!