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jueves, 14 de enero de 2016

LA BIBLIOFILIA DE NIETZSCHE Y SU PASIÓN POR CONOCER

De modo semejante a lo que nos acontece cuando tragamos más comida de la que podemos digerir, la lectura excesiva de algunas obras y/o  de algunos autores complejos, en vez de servirnos de estímulo para transformar la realidad o transformarnos a nosotros mismos, nos puede caer pesada al punto de petrificarnos en la comodidad del sillón.

La erudición obsesiva engendra cierta nostalgia de la acción. Es la "proeza" que tienta al doctor Fausto a salir de la prisión hacia el ancho mundo. Los padecimientos del "erudito absoluto" constituyen un caso aparte: el intelectual influyente que padece el cáncer de la vacía "santidad del mínimo detalle", al decir de William Blake. Su monomanía lo lleva a desinteresarse de la utilidad social del hallazgo, del dinero e incluso de los resultados. El archivista, el monografista, el anticuario, imbuido por una fascinación casi morbosa, puede ser indiferente también a las fastidiosas exigencias de la justicia social, de la vida familiar, de la conciencia política y de la humanidad sufriente.


Nietzsche, cuya pasión casi enfermiza por la lectura lo llevó a tomar decisiones extremas como elegir ciudades para vivir de acuerdo a si tenían o no buenas bibliotecas y librerías, hace suya en los Nachlass la frase de Cicerón, para quien "si tienes un jardín con biblioteca, no necesitas nada más" (si hortum cum bibliotheca habes, nihil deerit). (1). 


Sin embargo, fue capaz de criticar impiadosamente el exceso de lectura como una falta de afirmación en la vida misma:


"El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que 'revolver' libros -el filólogo corriente, unos doscientos al día- acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia. Si no revuelve libros, no piensa. Cuando piensa responde a un estímulo (un pensamiento leído), al final lo único que hace ya es reaccionar. El docto dedica toda su fuerza a decir sí y a decir no, a la crítica de cosas ya pensada; él mismo ya no piensa. El instinto de autodefensa se ha reblandecido en él; en caso contrario, se defendería contra los libros. El docto, un décadent. Esto lo he visto yo con mis propios ojos: naturalezas bien dotadas, con una constitución rica y libre, ya a los treinta años 'leídas hasta la ruina', reducidas ya a puras cerillas, a las que es necesario frotar para que den chispas 'pensamiento'". (Ecce Homo, Porqué soy tan listo, 8).


Antes de seguir con Nietzsche, vuelvo a una cuestión que más de una vez preocupó al crítico literario estadounidense George Steiner. El autor de Gramáticas de la creación, haciendo referencia al profesor Anthony Blunt, una persona de extraordinaria inteligencia y erudición, se pregunta cómo alguien semejante fue capaz de volverse un espía soviético durante la Guerra Fría:


"El erudito absoluto es, en realidad, un ser bastante raro. Está imbuido de la conclusión de Nietzsche según la cual el interés por algo, el interés absoluto por ello, es un impulso libidinal más poderoso que el amor o el odio, más tenaz que la fe o la amistad; no pocas veces, incluso, más imperioso que la misma vida personal. Arquímedes no huye de sus asesinos; ni siquiera vuelve la cabeza para percibir su precipitada entrada en el jardín mientras está inmerso en el álgebra de las secciones cónicas. (...) Un hombre dedicará toda su vida al estudio de los fragmentos de la cerámica sumeria; al intento, que produce vértigo, de clasificar los escarabajos peloteros de un rincón de Nueva Guinea; al estudio de las pautas de apareamiento de las cochinillas, a la biografía de un único escritor o estadista, a la síntesis de una sustancia química, a la gramática de una lengua muerta". (George Steiner en The New Yorker, "El erudito traidor, 1980).


Volviendo a Nietzsche, es bueno recordar que desde temprana edad se la pasaba recomendando a sus amigos una gran cantidad de libros: los ponía al tanto de las últimas novedades editoriales y les regalaba libros en los cumpleaños y para Navidad. Como bien destaca González Varela:

"En esta época, Nietzsche desarrolla un hábito malsano del cual no podrá desprenderse jamás: escribe sin citar fuentes o sin entrecomillado, llegando al borde del plagio".

Hacia 1860 funda Germania, una asociación cultural donde se junta con sus amigos a leer y escribir. En las reuniones se obligaba a sus miembros a presentar cada mes un trabajo literario (poema, ensayo o composición musical), se recomendaban libros y revistas, y cada uno criticaba los trabajos del otro. Años después, luego de ser designado profesor de filología en Basilea (1869-1879), lee entre cinco y siete horas por día, más que nada textos filológicos.

Muchos de sus admiradores, aún hoy, tienden a considerar a Nietzsche una suerte de inspirado genio solitario. El Genius se opone al Doctus, como figura patética generada por la burguesía.

Lo digo redondamente: no hay que darle tanta pelota a la construcción que Nietzsche hace de sí mismo en varios pasajes de su obra. Si algo hizo a lo largo de su vida fue leer, escribir y comentar textos ajenos. Y algo más que es necesario destacar: hoy en día hay documentos que nos muestran de modo bastante detallado incluso la "biblioteca personal" y las lecturas que hizo Nietzsche. Sin embargo:

"El catecismo nietzscheano se mantuvo intacto hasta nuestros días: cuales quiera de los libros sobre Nietzsche, ya interpretativos, ya biográficos, jamás ha consultado las fuentes originales de su pensamiento, y mucho menos rastreado las marcas y huellas en su propio Nachlass o en los libros de su biblioteca personal. Se suceden así elipsis posmodernas e inferencias posestructuralistas que llegan al ridículo, como concluir que cuando menciona el término Dialektik discutía con Hegel (Deleuze), cuando lo leyó poco o nada (a excepción de su Voerlesungen über die Philosophie der Geschichte) y su objetivo central era elnaciente socialismo y anarquismo; o que estaba profundamente influido por Spinoza (cuando lo conoció a través de manuales de segunda mano o de la opinión de Goethe: jamás lo leyó directamente). Se encuentran parentescos con filósofos prestigiosos en el Olimpo académico y se obliteran las verdaderas influencias en el pensamiento de Nietzsche y de los pensadores y escritores que realmente leyó y estudió con profundidad".

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!



Nota:

(1) Esta y otras citas son tomadas del excelente libro de Nicolás González Varela, Nietzsche contra la democracia.

domingo, 19 de julio de 2015

UNA RESPUESTA ENRIQUECEDORA ACERCA DEL ARTE Y LA CULTURA

Copio y pego una excelente respuesta que me dio el poeta Daniel Freidemberg, a partir de algo que yo había escrito mientras leía Gramáticas de la creación de George Steiner. Acá les paso su respuesta:

Daniel: Tardé mucho, Rodrigo, en responderte, porque quise darme el tiempo necesario pensar como se lo merecen las cuestiones que planteaste (...) 

Punto 1) Es cierto que en la sociedad está sólidamente instalada la idea de que la poesía, la música, la pintura, el cine o lo que en general llamamos “las artes” tienen un status superior (de que son “espiritualmente superiores” sobre todo) a otras prácticas, como el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral (o un partido de fútbol o una partida de truco): sin duda ese es el criterio aceptado y oficial en esta cultura, el que se declama y el que todos dicen reconocer, pero, ¿realmente creen que es así, se ve confirmado eso que dicen en la vida, en los hechos? Si vemos lo que ocurre, diría que no. Son poquísimas las personas a las que les importa más, en la práctica, un poema o un cuadro que la ropa que va a ponerse o que el adorno que pueda quedar mejor en su casa o su auto, o que distraerse un rato con Tinelli. A lo que se suma otra cuestión: una parte, al menos, de los sectores más “vanguardistas” o “avanzados” del campo artístico-literario, que suelen también ser los que tienen mayor status, tiende a considerar a la moda en el vestuario, o la decoración o la publicidad o el diseño, en un nivel de igualdad con la pintura, la escultura o la literatura. Todo pasa a ser arte para ellos, y sospecho que en la mayoría de los casos no lo hacen respondiendo a un criterio democrático o igualitarista sino como un gesto de "sofisticación".

Otra cuestión: seguramente hay “filósofos" o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad”, como decís, pero, si es cierto que existe una distinción entre un arte “alto” o “mayor” y otras producciones, no creo que esa distinción se origine en lo que dicen algunos filósofos o pensadores. Me parece que la cuestión es muchísimo más compleja, intervienen muchos factores más y hay muchos más matices y muchas más opciones. No creo, por ejemplo, que pese tanto eso que se ha dado en llamar “el canon” y en cambio sí creo que es decisiva la moda, y cuando acá digo “moda” me refiero a lo que en determinado momento se pone de moda en el campo literario o el campo artístico, aunque ahí no lo quieran llamar “moda”: no sé si todavía ahora, pero hasta hace algún tiempo, en la literatura, la moda era César Aira y Roberto Bolaño, y Cucurto en poesía, y ahora sospecho que el juicio que le hizo Kodama va a terminar por consagrar a Pablo Katchadjian, que ya venía instalándose en ese lugar. 

No estoy, por si hace falta aclararlo, desmereciendo a esos autores: puede ser muy buena literatura la que hacen, o muy mala, o mediocre o alguna otra cosa; a lo que me estoy refiriendo es a que en ese ambiente hay siempre un consenso dominante que impone obras, autores, estilos, tendencias, criterios que “corresponden a esa etapa”, y condena a una suerte de destierro o marginalidad al que no entre en el juego. No es el canon de los grandes nombres a los que el paso del tiempo o el consenso cultural consagró, al que hoy se le da bastante poca pelota, aunque tampoco se lo ignora por completo, sino un jet-set estelar al que hay que rendir culto acríticamente (la crítica que los valida rara vez es realmente crítica, en el mejor sentido de esa palabra) y al que no se puede cuestionar: si uno se atreve a cuestionarlos pasa a la categoría de “anticuado”, “anacrónico”, “ingenuo”, “resentido” o “pelotudo”.

Una cuestión más: esa tradición oriental que mencionás, que valoro muchísimo, es también valorada por muchos artistas, pero no desde ahora sino desde hace más de un siglo, y ha influido mucho en la literatura, el cine, las artes plásticas y otras artes que solemos llamar “cultas”. Quiero decir que no es exactamente “lo cotidiano” eso que se tiene como menos valioso. Pero además, y lo anoto nomás como curiosidad, en los espacios más elitistas de las prácticas artísticas y literarias, más encerrados en pequeños ambientes (que suelen ser también los más estériles en sus logros), muchos vienen llevando a cabo un culto entusiasta de “lo cotidiano” y “lo vulgar” desde hace veinte años o un poco más, convirtiéndolo en el colmo de la sofisticación y excomulgando del Parnaso a cualquiera que plantee una cuestión más compleja o con más ambiciones, tachándolo de anticuado o ridículo.

Rodrigo (había escrito): Matizaría/le agregaría a las opiniones de Steiner tres ideas, intuiciones o como le quieran llamar: 

1) hay filósofos o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad. De esta manera, la poesía, la música, la pintura o el cine canonizados son las que sirven de base a las demás artes. Esta concepción minusvalora el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral. Tal vez la tradición maniquea que exige que santifiquemos el arte y despreciemos lo cotidiano sea más pobre, en este aspecto, que la tradición del extremo oriente, que descubre belleza en los más humildes gestos, en el modo de envolver un paquete, en el amoblamiento de una estancia, en el arreglo de un jardín o un ramillete; 

2) Como diría Foster Wallace: 

“Si vos, el escritor, sucumbís a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces existen dos obstáculos. El número uno es el obstáculo de la vanguardia, según el cual tenés la idea de que estás escribiendo para otros escritores, por lo cual no te preocupás de ser accesible o relevante. Te preocupás de ser estructural y técnicamente innovador: intrincado de una forma adecuada, incluyendo las referencias intertextuales apropiadas, haciendo que parezca inteligente. Sin importarte realmente si te estás comunicando con un lector al que le importa algo ese sentimiento en el estómago que es la razón por la que leemos. Luego, el otro obstáculo consiste en esas obras de ficción extremadamente burdas, cínicas y comerciales que se hacen de un modo mecánico –en esencia, televisión escrita- para manipular al lector, que presentan asuntos grotescamente simplificados de una manera apasionante al modo infantil”; 

3) no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso. La literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos.


Dicho todo esto, me siguen pareciendo atendibles las reflexiones de "aristocráticos" como George Steiner o Harold Bloom. Siguiendo a Bloom, creo que hay una suerte de "competencia agonística" implícita o explícita entre un gran escritor y los escritores que lo precedieron. Creo en las jerarquías: así como creo que Messi es mejor que Marcos Rojo, creo que hay escritores con mayúsculas y escritores que hacen lo que pueden, y lo que pueden es poco. En Perché leggere i classici, un artículo de 1981, Italo Calvino aportaba algunas ideas que no por transitadas dejan de parecerme interesantes:


Daniel respondió: Para mí –y esta es mi posición personal– la distinción entre un arte que podríamos llamar “mayor” (toda denominación me resulta insuficiente y ridícula) y otro que no lo es no pasa por si está o no en un canon o si tiene o no la bendición de los núcleos autorizadores (universidad, crítica, periodismo cultural, el favor de los consagrados), como tampoco por la aceptación de las mayorías: pasa por la calidad de la experiencia que ofrece la obra. La cuestión, para mí, es qué pasa, qué nos pasa, al leer o mirar o escuchar o asistir a una obra teatral, una pieza musical, un poema: ¿nos toca vivir una experiencia compleja, enriquecedora, sensibilizadora, inquietante, o simplemente nos entretenemos, pasamos el rato, confirmamos ciertas convicciones o ciertos prejuicios, descargamos alguna tensión, olvidamos problemas, sentimos la satisfacción de reconocer los conflictos que tenemos con los demás o con nosotros mismos sin problematizarlos, o, peor, nos hacemos la ilusión de que los estamos resolviendo? Por lo general, las experiencias del primer tipo se encuentran con el arte más “elaborado” o “culto”, eso que se suele llamar “cultura alta”, y las otras en la producción para el consumo, lo que se suele llamar “industria cultural”, pero muchas veces no es así, y además abundan los casos intermedios o mixtos, o que dependen de cómo el lector o espectador está dispuesto a encarar cada experiencia. Tampoco la cosa pasa, por supuesto, por si la obra es “fácil” o “difícil”, “accesible” o “hermética”, aunque hay muchos motivos para sospechar, cuando una obra engancha demasiado fácilmente, que nos están vendiendo un buzón, como las propagandas de medicamentos para adelgazar. Pero, como dije, es mi posición, en cuanto a los modos en que otros establecen la separación entre lo que tiene valor artístico y lo que no lo tiene, hay una variedad inmensa.

Avanzando un poco más en estas cuestiones, a riesgo de aburrir o atosigar, no todo es lo mismo en el terreno del arte y la literatura más “experimentales” o “herméticos”: ahí están, por un lado, los que no encuentran otras maneras que esas de hacer lo suyo, porque de lo contrario tendrían que renunciar a mucho de lo que les interesa transmitir en sus obras, y volverlas más “accesibles” sería mutilarlas o empobrecerlas (Vallejo, Joyce, Tarkovsky), pero están también los que “oscurecen las aguas para que el charco parezca profundo” o los que se limitan a tirar señales para embaucar giles, o, en otras palabras, para impresionar a sus colegas o a la crítica, o a intimidarlos. Ni todo es lo mismo tampoco, por supuesto, en el terreno de la producción industrial: hay quienes, como en algunas películas de Clint Eastwood, por ejemplo, o en los grandes clásicos de Hollywood, se las arreglan para introducir ahí elementos que las vuelven complejas, nada esquemáticas, enriquecedoras, llenas de matices.

Punto 2): suscribo cien por cien lo que citás de Foster Wallace. Ningún escritor que se precie escribe para un lector estúpido. Pero mi acuerdo con Wallace supone que, cuando dice “el público”, se refiere al lector que uno tiene en mente cuando escribe. Si, en cambio, adjudica esa falta de estupidez al público real, a las personas de carne y hueso que viven concretamente en este mundo, discrepo. No es necesario ser elitistas sino, nada más, sinceros con nosotros mismos, para saber que en nuestras sociedades la mayoría de la población padece un nivel importante de algo que no voy a llamar “estupidización” pero que sí implica que esa gente acepta vivir limitada en sus capacidades, renunciar al ejercicio de muchas posibilidades intelectuales, emotivas, sensibles, por imposición no sólo de los medios de difusión masiva sino, sobre todo, por un sistema de vida, del que los medios forman parte.

Se entiende, supongo, que no digo que en su mayor parte las personas son estúpidas, sino que existe algo que se llama alienación o enajenación, un modo de vida naturalizado, y son muchos, una amplia mayoría, los que no atinan a encontrar el modo de salir de la trampa, y ni siquiera advierten que eso que entienden como “natural” es una trampa. 

No me gusta que sea así, por supuesto, y me parece injusto, pero la realidad no acostumbra a someterse a mis gustos. En una sociedad que no deja tiempo para detenerse a considerar lo que se está viendo o escuchando, o para ponerse a pensar, y que encima lo está empujando a uno a consumir desaforadamente todo el tiempo, y además, como nos lleva a vivir siempre en la urgencia, no nos permite disponer del tiempo necesario para asumir una experiencia que no sea liviana y fácilmente gratificante. ¿No sabemos que la sociedad nos modela para el conformismo (la no interrogación, la no inquietud) y son muy pocas las posibilidades que deja de elegir otra opción, sin contar que las opciones que ofrece son las que a primera vista resultan más atractivas y seductoras, apelan a ciertas zonas de nuestra subjetividad que reaccionan automáticamente. No hay, en esa situación, lugar para nada que salga de lo acostumbrado y previsible, nada que inquiete mucho, nada que ponga en cuestiones certezas y, sobre todo, nada que exija algún tipo de esfuerzo. Quiero decir con todo esto que no se puede confundir a ese lector “no estúpido” que uno tiene en mente al escribir con el conjunto de los lectores reales o posibles, o el promedio de los lectores reales o posibles.

Y, finalmente el punto 3) Por supuesto que no necesariamente los libros nos deben servir para estar mejor solos, aunque prometan eso, y que la literatura también sirve para aprender a estar con la gente, para mezclarse con todos. En ese caso, para vivir en las ciudades, para soportar el tedio de nuestra cultura, para ser más felices sin ser por eso más estúpidos. No conocía, francamente, esa idea según la cual los libros deben servirnos para estar solos, pero se me hace –sin ninguna seguridad– de que esto está de algún modo vinculado a la noción de “autonomía” de la literatura y el arte, según la cual no corresponde reclamarle a la literatura y el arte alguna “utilidad”, o, en otras palabras, que ante todo una obra literaria o de arte tiene que ser literatura o arte, y después se verá si sirve también para otra cosa. Son las obras mismas, cuando tienen real nivel artístico, el premio que uno obtiene al encontrarse con ellas. Pero eso que las vuelve valiosas y necesarias, lo que les da riqueza, ¿de dónde viene? Del trabajo de elaboración sin duda, y de la capacidad de crear belleza de quien lleva a cabo ese trabajo también, pero, ¿de dónde toma ese material simbólico e imaginario que elabora? ¿Qué es lo que le da fuerza o vida a ese trabajo? Esa materia, esa fuerza, la constituyen las experiencias de vida, incluidas entre las experiencias de vida lo imaginado o soñado, lo leído en libros y lo visto en los medios. Si no fuera así, una buena novela, un buen poema, una buena película o una buena escultura no nos “tocaría” como nos “toca”. Por algo se dice que al leer un buen libro o ver una gran película uno ya no es el mismo que antes de esa experiencia. El carácter autónomo de la obra no se contradice, según entiendo, con las capacidades que esa obra tiene para modificar nuestra vida. Más bien al contrario.


Se me fue la mano, Rodrigo. Obviamente, no tenés ninguna obligación de soportar este bodoque, pero, lanzado a responder tu incitación, ya no pude detenerme. Te pido disculpas por eso y vuelvo a agradecerte por todo lo que me llevaste a pensar.


Me quedó afuera algo acerca de las citas de Calvino sobre los clásicos: no sólo estoy en general de acuerdo con Calvino sino, además, creo que muchos de esos rasgos distinguen también a cualquier obra literaria o de arte cuando tiene la densidad, la singularidad y la complejidad que asocio con "lo artístico".

viernes, 30 de enero de 2015

CULTURA Y VIDA COTIDIANA

Los grandes artistas suelen aspirar a la trascendencia, padeciendo ese “duro deseo de durar” -le dur désir de durer, al decir de Paul Éluard- , que los impulsa a darlo todo en su afán por legarle al mundo obras de arte perdurables.

Mi vieja, una de las personas que más quiero en el mundo, se ha pasado la vida regalando un amor infinito a su esposo, sus hijos, sus nietos, sus amigos… Ni se me cruza por la mente pensar que su vida, cuando ya no la tenga, habrá sido en vano por no haber dejado obra. Bah, hace un tiempo se le dio por aprender pintura, pero cada cuadro que me fue mostrando era más fiero que el anterior.


La filósofa alemana Hanna Arendt, cuyos estudios antropológicos analizaron las categorías de “trabajo” (work) y “obra” (labor), decía que en la cima de toda actividad humana están los actos. Una vida sin actos, y no una vida sin obras, no podría ser considerada humana, ya que no sería vivida entre seres humanos.

Tenía ganas de escribir este posteo, que es una vindicación de mi vieja (?), para matizar lo que puse hace un tiempo en referencia a la importancia de los clásicos.

Cuenta Todorov que Thomas Jefferson, futuro presidente de los Estados Unidos, se había hecho construir una hermosa mansión en Virginia. Parece ser que el diseño, a cargo del propio Jefferson, permitía evitar toda clase de contacto entre el orden material y el espiritual:

“Sirvientes y cocineros, mujeres y niños no coincidían nunca con los hombres que visitaban al propietario; éstos podían así conversar cómodamente de política, arte o filosofía sin sufrir interrupciones. Incluso la comida les llegaba a la mesa mediante un ingenioso sistema de bandejas giratorias, de modo que los sirvientes no compareciesen nunca ante ellos… Por mi parte, y quizá porque mi educación inicial tuvo lugar en un país desesperadamente plebeyo –aquí Todorov alude a su Bulgaria natal-, yo opto por un ideal de continuidad armoniosa entre lo material y lo espiritual antes que por ese ideal aristocrático que separa lo elevado de lo vulgar”.

Hay filósofos o pensadores que deducen la esencia del arte a partir de unas cuantas obras, condenando al resto a la mediocridad. De esta manera, la poesía, la música, la pintura o el cine canonizados son las que sirven de base a las demás artes. Esta concepción minusvalora el arte indumentario o paisajístico, el caligráfico, la cerámica, la ceremonia del té o el arreglo floral.

“Más lo bello desborda las convenciones: esa tradición romántica y maniquea, que exige que santifiquemos el arte y despreciemos lo cotidiano, es más pobre, en este aspecto, que la tradición del extremo oriente, que descubre belleza en los más humildes gestos, en el modo de envolver un paquete, en el amoblamiento de una estancia, en el arreglo de un jardín o un ramillete”.


Está claro que lo cotidiano puede ser aburrido e incluso atroz. Sin embargo, el elogio de lo cotidiano al que me refiero se relaciona con aceptar la vida en toda su riqueza. Como bien sugiere Todorov:


“(…) el maniqueo privilegia lo espiritual en detrimento de lo material, e incita a valorar al Hombre más que a los hombres, prefiere abstracciones antes que las relaciones particulares entre individuos. El ejemplo quizá más evidente de este tipo de opciones maniqueas, porque en verdad hay muchos, es el rechazo a criar niños, o a otorgarle a esta actividad alguna clase de valor. Quien dice ‘criar niños’ dice, en efecto, al tiempo: no olvidar nunca lo material (la alimentación, la temperatura, la higiene), ni el individuo singular que se tiene ante sí (es inútil soltarle un discurso abstracto sobre la infancia).

Lo contrario del maniqueísmo no consiste en elogiar el cuerpo en detrimento del intelecto, ni en elogiar el intercambio social concreto contra la abstracción, sino en rechazar su aislamiento, y la exclusión de los unos en beneficio de los otros. No es decir por un lado los aristócratas (del pensamiento), y por el otro los esclavos (de la carne), sino anhelar para todos la posibilidad de una vida mental alimentada por el contacto con la materia y la interacción con los demás”.



En fin, hoy tenía ganas de escribir esto, porque pensaba  que tanta sobredosis de George Steiner no me puede hacer olvidar la actividad esencial de personas que no serán Ludwig van Beethoven o Friedrich Nietzsche, pero son como mi vieja, y eso para mí es decir muchísimo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

ALGUNAS INTUICIONES DE GEORGE STEINER EN CONTRA DE LAS MEDIACIONES... Y DE SERENA VAN DER WOODSEN

Debo admitir que, además de leer autores considerados “clásicos”,  soy un consumidor compulsivo de toneladas y toneladas de basura televisiva. Con los libros me ocurre en menor medida: suelo ser más selectivo con lo que elijo para leer. No digo que a veces no sienta cierta culpa, por el simple hecho de que el tiempo que uno emplea en mirar una película o una serie pelotuda es tiempo que uno no emplea en tomar contacto con una obra de arte con mayúsculas. Y ojo que cuando hablo de mirar pelotudeces estoy haciendo referencia a series como Gossip Girl. Lo mío es serio…  ¡me he llegado a copar con las aventuras de Serena van der Woodsen!

Ocurre que muchas veces llegamos tan abombados del laburo que sólo tenemos ganas de entretenernos. “Loco, estoy cansado, ¿qué me puedo preparar para morfar? Ya fue, una hamburguesa, una coca y a la mierda”.

En lo personal, trato de evitar dos extravagancias respecto de la televisión: una es reducirla a una suerte de monstruo morfa cerebros, la gran hipnotizadora, la hacedora de estúpidos en masa; y por otro lado negar que muchas veces tiene efectos muy nocivos en la audiencia.

Creer simplemente que una obra está marginada sólo porque el público es demasiado estúpido como para apreciarla, me parece demasiado sencillo. Como dijo el escritor estadounidense David Foster Wallace (lo traduzco al castellano rioplatense):

“Si vos, el escritor, sucumbís a la idea de que el público es demasiado estúpido, entonces existen dos obstáculos. El número uno es el obstáculo de la vanguardia, según el cual tenés la idea de que estás escribiendo para otros escritores, por lo cual no te preocupás de ser accesible o relevante. Te preocupás de ser estructural y técnicamente innovador: intrincado de una forma adecuada, incluyendo las referencias intertextuales apropiadas, haciendo que parezca inteligente. Sin importarte realmente si te estás comunicando con un lector al que le importa algo ese sentimiento en el estómago que es la razón por la que leemos. Luego, el otro obstáculo consiste en esas obras de ficción extremadamente burdas, cínicas y comerciales que se hacen de un modo mecánico –en esencia, televisión escrita- para manipular al lector, que presentan asuntos grotescamente simplificados de una manera apasionante al modo infantil”.

A  mí me parece que el escritor tiene como desafío, y no digo que sea el único desafío pero sí digo que es un buen desafío, el de hacerse entender y al mismo tiempo tratar de producir algo más o menos innovador. Más allá de que, como es obvio, uno no hace realmente lo que quiere sino muchas veces lo que puede o lo que le sale.

Odo Marquard decía que “los filósofos que sólo escriben para filósofos profesionales actúan de un modo casi tan absurdo como actuaría un fabricante de medias que sólo fabricase medias para fabricantes de medias”. Y agregaría una frase de otro filósofo alemán, Peter Sloterdijk, quien dijo en un reportaje que “el profesor de filosofía se adapta a la Universidad como el pingüino a la Antártida”.

Todo este introito viene a cuento de un texto que tenía ganas de comentar, que se relaciona con el posteo anterior. El texto es Presencias reales, de George Steiner.

Para quienes no lo conocen, Steiner -nacido en 1929- es un crítico literario sumamente erudito y elitista. Hijo de judíos austríacos, habla con total fluidez tres lenguas: alemán, inglés y francés. La madre y el padre empezaban una frase en cualquiera de los tres idiomas y la seguían en cualquiera de los tres idiomas, de modo tal que el tipo no tiene una lengua madre sino tres. En síntesis, fue educado como un auténtico nerd: aprendió griego, latín, tiene conocimientos avanzados de física y matemática…

La cuestión es que en Presencias reales, Don Steiner imagina una ficción racional, una especie de sociedad ideal en la que está prohibida toda conversación acerca de arte, música y literatura. Allí “no habrá revistas de crítica literaria; ni seminarios académicos, conferencias o coloquios sobre este o aquel poeta, dramaturgo o novelista. (…) Lo prohibido sería el milésimo artículo o libro sobre los verdaderos significados de Hamlet y el inmediato artículo posterior que lo refuta, lo restringe o lo aumenta (…) Estarían fácilmente disponibles reproducciones de la mejor calidad; en cambio, estarían prohibidas la crítica de arte, las reseñas periodísticas de pintores, de escultores o arquitectos (…) El orden del comentario permitido sería filológico, es decir, de un tipo explicativo e históricamente contextual”.

Lo que propone Steiner como hipótesis explicativa es imaginar una política de lo primario, de inmediateces respecto a textos, obras de arte y composiciones musicales. Imagina una sociedad donde al chismorreo de altura se lo destina al ostracismo, de modo tal que los ciudadanos acceden directamente a las obras de arte, sin pasar por el comentario o la crítica especializada, salvo que sea hecha por artistas. ¿Qué se propone demostrar Steiner? Muy sencillo: plantea que todo arte, música o literatura serios constituyen, en sí mismos, un acto crítico. En cierto sentido, toda obra de arte encarna una reflexión expositiva, un juicio de valor respecto de la herencia y el contexto al que pertenece.

“Ningún arte, literatura o música estúpidos perduran. La creación estética es inteligencia en sumo grado. La inteligencia de una artista importante puede ser la de la intelectualidad soberana. Las mentes de Dante o Proust se hallan entre las más analíticas y sistemáticamente informadas de las que tenemos constancia. Es difícil igualar la perspicacia política de un Dostoievski o un Conrad. A la vista está el rigor teórico de un Durero, de un Schönberg”.

Lo que sugiere Steiner es que las lecturas, interpretaciones y creaciones artísticas son en sí mismas críticas del arte. Virgilio guía nuestra lectura de Homero; a su vez, la Divina Comedia de Dante es una lectura de la Eneida. El Ulises de Joyce es una experiencia crítica de la Odisea, y no sólo en el plano de la estructura. Anna Karenina de Tolstoi es, en lo que omite, en lo que sugiere, en el lenguaje que emplea, una crítica de Madame Bovary de Flaubert.

Podríamos añadir que las Cartas a Théo de Van Gogh son, en muchos sentidos, más instructivas que toda la obra de un crítico tan perspicaz e informado como Ernst Gombrich. Se podrían añadir los covers, como puede ser Jimmi Hendrix interpretando All along the watchtower de Bob Dylan.

“La crítica más útil del Otelo de Shakespeare que conozco es la que puede hallarse en el libreto de Boito para la ópera de Verdi y en la respuesta del compositor, tanto musical como verbal, a las sugerencias del libretista. Por cruel que parezca, la crítica estética merece ser tenida en cuenta sólo, o principalmente, cuando es de una maestría de la forma responsable comparable a su objeto.

(…) la traducción es interpretativa por su misma etimología. También es crítica en el modo más creativo. La transposición de Valéry de las Bucólicas de Virgilio es una creación crítica. Ningún estudio crítico sobre el surgimiento y los límites del Barroco consigue igualar las traducciones de Roy Campbell de San Juan de la Cruz. Ninguna crítica literaria educará tanto nuestro oído interno a la cambiante música del significado en la lengua inglesa como la lectura de las sucesivas versiones de Homero en las traducciones de Chapman, Hbbes, Cowper, Pope, Shelley, T.E. Lawrence y Christopher Logue”.

Se podría agregar la traducción de Proust que hace Walter Benjamin, o la versión al francés de los textos de Edgar Allan Poe por parte de Baudelaire... 

Lo que dice Steiner es que las mejores críticas del arte son arte. Algo no muy distinto sugería Oscar Wilde en The critic as artist, cuando hace decir a dos de sus personajes, Ernest y Gilbert:


“(…) Why should the artist be troubled by the shrill clamour of criticism? Why should those who cannot create take upon themselves to estimate the value of creative work? What can they know about it? If a man's work is easy to understand, an explanation is unnecessary... And if his work is incomprehensible, an explanation is wicked".

En fin, los ejemplos podrían multiplicarse innumerablemente. A mí me parece que las intuiciones y argumentos de Steiner, más allá de que nos puedan sonar demasiado elitistas o “adornianas” en un mundo y en un país donde mucha gente lee a Ari Paluch o a Luis Majul, no dejan de ser interesantes.

Está claro que Steiner sabe que esa ciudad ideal de lo primario que plantea como hipótesis exigiría un grado enorme de censura, lo cual sería absurdo. Se trata de poner en discusión el hecho de que muchas veces empleamos mucho más tiempo leyendo comentarios, críticas, críticas de las críticas, papers y artículos sobre grandes obras, y nos perdemos de ir directamente a las grandes obras.

Además, "ningún canon de sensibilidad con sentido común desearía borrar los comentarios de Samuel Johnson o Coleridge sobre Shakespeare, los de Walter Benjamin sobre Goethe o el ensayo de Mandelstam sobre Dante. ¿Cómo distinguir lo secundario de lo primario, lo parasitario de lo inmediato en los Discourses de Reynolds, en las lecturas que Erwin Panofsky hace del arte y la iconografía medievales y renacentistas? ¿Debería incluso el más convencido compromiso a la regla de la primera mano desestimar los análisis y las evocaciones críticas de la música realizados por Berlioz, por Adorno (que compuso) o por un virtuoso y musicólogo como Charles Rosen?"

Eso es todo por hoy.

¡Sean felices!


Off topic: La pucha digo, ¡otra vez perdimos con River! ¿Qué nos  está pasando viejo? ¡Me caigo y me levanto!

sábado, 8 de noviembre de 2014

LA TEMPORALIDAD DEL PERIODISMO

Nuestra mirada no puede detenerse a mirar fijamente ni al sol ni a la muerte. Le soleil ni la mort ne se peuvent regarder fixement, ha dicho La Rochefoucauld.

Toda obra de arte auténtica es, en cierto modo, una apuesta por la inmortalidad, por la trascendencia: el dur désir de durer -"duro deseo de durar"- al que se refería Paul Eluard.

El hombre es el único animal que realiza creaciones estéticas porque es el único que sabe su muerte. La medicina, el derecho, las ciencias, la filosofía, el arte, en cierto modo se originan en nuestro afán por negar la muerte. La muerte es silencio absoluto, por eso me gusta comunicarme; la muerte es pobreza, por eso aspiro a ganar dinero; la muerte es pérdida del recuerdo, de ahí viene la valoración de la memoria; la muerte es insensibilidad, y por eso yo quiero sentir.

Añadiría que no sólo somos conscientes de la finitud de nuestra vida, sino que hoy además sabemos que el sol es una estrella que tiene fecha de caducidad: en un determinado número de años, de todos nuestros sueños, creaciones, gestos altruistas, amores y miedos, no quedará ni el recuerdo.

En fin, hoy tenía ganas de citar un fragmento de Presencias Reales, de George Steiner:

"El genio de la época es el periodismo. El periodismo llena cada grieta y cada fisura de nuestra conciencia. Y es que la prensa y los medios de comunicación son mucho más que un instrumento técnico y una empresa comercial. La fenomenología basal de lo periodístico es, en cierto sentido, metafísica. Articula una epistemología y una ética de una temporalidad espuria. La presentación periodística genera una temporalidad de una instantaneidad igualadora. todas las cosas tienen más o menos la misma importancia; todas son sólo diarias. En correspondencia con ello, el contenido, la posible importancia del material que comunica el periodismo se 'saldan' al día siguiente. La visión periodística saca punta a cada acontecimiento, cada configuración individual y social para producir el máximo impacto; pero lo hace de manera uniforme. La enormidad política y el circo, los saltos de la ciencia y los del atleta, el apocalipsis y la indigestión, reciben el mismo tratamiento. Paradójicamente, este tono único de urgencia gráfica resulta anestesiante. La belleza o el terror supremos son desmenuzados al final del día. Nos reponemos y, expectantes, aguardamos la edición de mañana".