En cierto modo, la patria es cualquier lugar en el que uno se encuentre a gusto. No me considero un nacionalista, y creo que uno puede y debe ser todas aquellas cosas que quiera, siempre y cuando sus deseos no interfieran con la convivencia en armonía y libertad con el resto de los seres humanos. Sin embargo, deploro cierta concepción para la cual pareciera ser que para un argentino, no hay nada peor que otro argentino.
Dos de las veces que estuve en la biblioteca del Instituto Goethe, escuché a personas que dialogaban con una de las bibliotecarias, de nacionalidad alemana, casi en tono de disculpas por ser argentinos. Recuerdo que un señor mayor se la pasó media hora hablándole de la inseguridad, de lo riesgoso que era que los extranjeros visitaran centros turísticos como La Boca, porque los robaban y los mataban. El señor no se privó de aportar su solución mágica ante tanta barbarie: su propuesta consistía en matar a todos los chorros con un revólver con silenciador. Estimo que su fantasía se reducía a que los extranjeros, principalmente de origen europeo y norteamericano, pudieran seguir disfrutando del exotismo de nuestras tierras bárbaras mientras a su alrededor los chorros morían como moscas, pero sin ruido.
Tampoco falta el tipo que compara cada aspecto de la Argentina con lo mejor que ocurre en el mundo: nuestros trenes con los trenes japoneses, nuestros jugadores de básquet con los mejores players estadounidenses de la NBA, nuestro sistema de salud con el sistema sueco, y así siguiendo. No se necesita ser demasiado perspicaz para darse cuenta que este tipo de comparaciones no tienen otro objetivo que el de confirmar un prejuicio inamovible: "este país es una mierda" y "acá no se puede vivir". Además se advierte cierta tendencia en confundir "despotricar" con "hacer política".
Dos de las veces que estuve en la biblioteca del Instituto Goethe, escuché a personas que dialogaban con una de las bibliotecarias, de nacionalidad alemana, casi en tono de disculpas por ser argentinos. Recuerdo que un señor mayor se la pasó media hora hablándole de la inseguridad, de lo riesgoso que era que los extranjeros visitaran centros turísticos como La Boca, porque los robaban y los mataban. El señor no se privó de aportar su solución mágica ante tanta barbarie: su propuesta consistía en matar a todos los chorros con un revólver con silenciador. Estimo que su fantasía se reducía a que los extranjeros, principalmente de origen europeo y norteamericano, pudieran seguir disfrutando del exotismo de nuestras tierras bárbaras mientras a su alrededor los chorros morían como moscas, pero sin ruido.
Tampoco falta el tipo que compara cada aspecto de la Argentina con lo mejor que ocurre en el mundo: nuestros trenes con los trenes japoneses, nuestros jugadores de básquet con los mejores players estadounidenses de la NBA, nuestro sistema de salud con el sistema sueco, y así siguiendo. No se necesita ser demasiado perspicaz para darse cuenta que este tipo de comparaciones no tienen otro objetivo que el de confirmar un prejuicio inamovible: "este país es una mierda" y "acá no se puede vivir". Además se advierte cierta tendencia en confundir "despotricar" con "hacer política".
En este sentido, el personaje de Luis Solari (ver aquí) me parece una de las creaciones más interesantes de Peter Capusotto.
Voz en off: “¿Todavía no estás convencido acerca de cómo es la tierra en la que naciste?”
Luis Solari (cantando): “Ayer tiré un papel en la calle, y nadie hizo nada. En Miami te meten 300 dólares de multa: no es como acá”.
Voz en off: “Luis Solari, el cantante que nunca viajó afuera pero le contaron. Seguí sus canciones y su día a día para convencerte de que tenés que deprimirte por vivir en un país que siempre será una absoluta bosta”.
Luis Solari (mientras un asistente le alcanza una tacita de café): “Gracias querido. ¿Cuánto te salió el café?”
Asistente: “Catorce pesos”.
Luis Solari: “Je, en Portugal, un euro te sale… Un café bueno, un café de verdad. Esto seguro que es de filtro (toma un sorbito). ¿No te digo? Está frío. ¡Vení nene, devolvélo! Está frío. Esto en Dinamarca… vendés un café frío y te cierran el local. Te ponen una multa… (…)”
Voz en off: “Luis Solari, para reafirmar que vivís en la tierra del fracaso”.
Luis Solari (cantando): “Ayer paré a la policía, y la coimeé. En Chile si lo querés coimear, te meten en cana, y no como acá”.
Voz en off: “¡Dále, sentí vos también que jamás podrás ser feliz viviendo en este país enfermo y psicópata; sólo creado para someter a sus habitantes al sufrimiento de saber que en otro lado podrían vivir mucho mejor!”
Luis Solari (a un asistente que está con un celular): “¿Tiene muchas cosas eso?”
Asistente: “Sí, muchas”.
Luis Solari: “Disculpáme, ¿cuánto te salió?”.
Asistente: “Dos lucas”.
Luis Solari: "Listo, en Canadá, cinco dólares. Esto mismo, cinco dólares y de calidad. No es como acá(…)"
Me pareció muy significativo el artículo que aparece leído por la voz en off -Pedro Saborido-, parodiando el estilo típico de los artículos de Marcos Aguinis, autor de un muy mal libro como "El atroz encanto de ser argentinos".
Por Marcos Aguinis, para La Nación
Sentir de una vez por todas que este país es una patada en los huevos. Yo voy a otro y la paso mejor. Venir es una tragedia. Irse es la felicidad.
¿Por qué carajo me quedo entonces? No lo sé a ciencia cierta. Pero seguro es que afuera se darían cuenta de lo que soy. Y por ahí me cago de hambre.
Entonces, me quedo a las puteadas. Pero me quedo.
Alguna vez hablé de Juanete, pero hoy hablo de Luis Solari, cuya inspiración nos ilumina porque nos muestra desde la más absoluta ignorancia que estamos condenados a vivir en un país del orto, donde lo único que nos queda es el culto a la amistad y esas pelotudeces, o realizar el sentimiento patriótico con el fútbol, la Copa Davis o en una propaganda de tarjeta de crédito que esponsorean a los Pumas, que encima siempre terminan con el upite roto.
De esta manera nos sentimos identificados con la síntesis de su poesía. Al rescate de los verdaderos sentimientos argentinos con respecto a la propia tierra. Un amor incondicional hasta que todo se va al carajo, cosa que pasa seguido. Como amar, entonces, algo que es una basura como definición.
Es cierto que también está la reacción contraria, que asegura que somos "los mejores del mundo". Pareciera que entre la soberbia y el desprecio casi no existieran matices. Al respecto me gustaría comentar un libro de Alejandro Grimson, titulado Mitomanías argentinas, pero eso será tema de un próximo posteo.
La pregunta que a uno le surge es: ¿hasta qué punto se puede construir un país mejor si varios de sus habitantes creen estar viviendo en el peor de los mundos posibles?
Es cierto que también está la reacción contraria, que asegura que somos "los mejores del mundo". Pareciera que entre la soberbia y el desprecio casi no existieran matices. Al respecto me gustaría comentar un libro de Alejandro Grimson, titulado Mitomanías argentinas, pero eso será tema de un próximo posteo.
La pregunta que a uno le surge es: ¿hasta qué punto se puede construir un país mejor si varios de sus habitantes creen estar viviendo en el peor de los mundos posibles?
