Hace
unos días estuve mirando una entrevista muy interesante que Julián Guarino
realizó para C5N con mi ex profe Alejandro Kaufman, en la que se abordó la cuestión
de la
meritocracia. Antes que nada debo aclarar que Alejandro es
una persona por la que siento un afecto muy especial, porque aunque no fue el
único, sí ha sido uno de los profesores que más hicieron para que yo conociera
y apreciara la obra de autores como Walter Benjamin, Simone Weil, Karl Kraus,
George Steiner… Sin embargo, a pesar de -o precisamente por- el afecto que le profeso, suelo coincidir
bastante con su manera de ver la realidad.
El
neoliberalismo tiene una concepción de la meritocracia vinculada con la
riqueza: “el que tiene riqueza, sea material o simbólica, tiene méritos, tiene
una virtud, algo por encima de los demás”.
Está
claro que en sociedades muy complejas como las nuestras, la meritocracia de
algún modo es necesaria: no se puede administrar una central nuclear o realizar
una operación a corazón abierto sin criterios “meritocráticos”. Ningún hincha
de fútbol aceptaría que el club de sus amores se plagara de jugadores pésimos
aunque fueran muy buenas personas, y así siguiendo.
No
se trata de condenar a priori la excelencia o de dejar de reconocer que hay
personas que se esfuerzan más o que pulen sus defectos y desarrollan sus
virtudes a fuerza de trabajo y dedicación y en buena medida se merecen lo que
tienen.
Está claro que mi idea no es eliminar el mérito como criterio de convivencia, sino de no transformarlo en el único criterio posible. Si no hacemos una crítica de cómo
valoramos la vida de las personas independientemente de sus méritos, de sus logros, de lo que hacen más allá de criterios comparativos vinculados en buena medida al mercado capitalista, no podemos
alcanzar criterios de igualdad tal y como pretendemos.
Vale
decir, una crítica a la meritocracia supone la posibilidad de valorar a todos
los seres humanos POR LO QUE SON, por su existencia.
Lo
que dice Alejandro es que “tiene que haber formas tales que ésa no sea la única
manera de vivir, la única manera de relacionarnos entre nosotros”.
Es
importante destacar que la idea de meritocracia no es “de derecha” o
“conservadora”: nuestro progresismo se ha construido sobre la base de exacerbar
el valor del mérito. Aquello de “mi hijo el Doctor” viene de allí. ¿Por qué
doctor y no plomero o peluquero?
Kaufman
distingue entre una cuestión cultural y el rol estatal: el rol del Estado es
asegurarse de que la meritocracia sea legítima y de garantizar un piso común en relación a la igualdad de oportunidades: asignar recursos, garantizar el cumplimiento de acuerdos, etc.
En el terreno cultural, la igualdad de oportunidades postula a la vida como si fuera una carrera donde lo
más justo es que todos partan de la misma línea de largada. "Si yo no tengo
piernas habrá una carrera para gente sin piernas, pero también será una carrera".
Nuestro sistema educativo se corresponde con el mundo "de los mejores". La
escuela está todo el tiempo enfatizando el valor de la competencia y
ejemplificando el logro de la tradición de grandes científicos o escritores reconocidos o diversos personajes históricos relevantes.
Esa idea de competencia debería convivir con una vida más plena vinculada a cierto estado de "infancia". Es interesante cuando el amigo Alejandro destaca como “los niños no compiten entre sí por quién hace la manchita
más linda". Una sociedad convivencial requiere combinar virtuosamente ambas
dimensiones.
Para complementar lo que dice Alejandro, resulta útil traer a colación un artículo escrito por el politólogo Julián Montero, quien desde una visión más apoyada en el liberalismo nos dice lo siguiente:
"Las
meritocracia es objeto de un rechazo atávico entre los progresistas. De hecho,
suelen pensar que el mérito está en las antípodas de la igualdad: una sociedad
meritocrática castiga a los vulnerables mientras recompensa a los ya
privilegiados. Pero estamos, en realidad, ante una alquimia conceptual. El
ideal meritocrático moderno es parte integral del paradigma de la igualdad.
En
el orden medieval, las perspectivas de vida de las personas estaban totalmente
determinadas por su origen. La meritocracia surgió cuando el ethos igualitario
burgués barrió de un golpe esas estructuras fosilizadas.
En la medida en que las oportunidades de los individuos —incluyendo su acceso a
cargos, posiciones y roles sociales— ya no podían depender del pedigree, el
mérito personal se instaló como el criterio más democrático para administrar el
progreso entre iguales.
La
cultura del mérito tuvo un impacto altamente progresivo en materia social. Si
realmente queremos que el éxito dependa solo del esfuerzo, debemos igualar las
situaciones de partida de todos. De otro modo, las circunstancias de crianza se
convertirían en nuevas barreras estamentales. Este es el axioma que los
liberales cristalizaron en su famoso principio de igualdad de oportunidades,
bajo el imperativo de una educación pública de calidad de alcance universal.
A
la inversa de lo que se supone, el mérito también es crucial en el ideario
socialista. Marx repudiaba a capitalistas y banqueros porque se enriquecían sin
esforzarse ni producir. En sintonía con su planteo, los socialismos reales
acuñaron el mito del héroe proletario: un trabajador abnegado que explota al
máximo sus talentos en beneficio de la comunidad. Todavía
podemos verlo en las manifestaciones pictóricas del arte socialista.
En
su caso, por supuesto, la recompensa no era monetaria; se operativizaba en
celebraciones simbólicas, como la entrega de condecoraciones a quienes
alcanzaran records de productividad.
Naturalmente,
el mérito no es el único valor, ni siquiera el más importante. Los derechos
humanos, pilar de las democracias constitucionales, son universales e
inalienables. Por eso, en la medida de lo posible, toda persona debe gozar de
acceso seguro a alimento, vivienda, educación y salud al margen sus logros y
elecciones o del modo en que use su humanidad.
Pero
convertir la anti-meritocracia en la causa de los pueblos es una maniobra
profundamente regresiva. Cuando se destruyen los incentivos al talento, el
arte, la cultura y la innovación científica se estancan; las sociedades se
vuelven también más pobres, la calidad de los servicios públicos se deteriora y
queda menos para repartir.
Así
se acaba por revertir la pulsión igualitaria que arrasó al mundo feudal. En
rigor, la ola anti-mérito abona el retorno a un orden estático sin movilidad
social ascendente, signado por la ignorancia y la miseria generalizadas. ¿Será
la utopía del progresismo un neo-feudalismo post-industrial?".
En síntesis, el desafío sería: ¿cómo hacemos para armonizar más o menos virtuosamente ciertos criterios "meritocráticos" junto a criterios "igualitarios" que valoren a las personas por el solo hecho de existir?
The answer my friend, is blowing in the wind. P.S.: By the way: acá tienen un artículo de La Nación sobre la tensión entre meritocracia e inclusión. Y acá tienen un artículo de Artepolítica acerca del tamaño del Estado. Soy un basurero que rescata discusiones viejas, jeje.
Antes
que nada es importante poner en claro que deploro el uso del término
“neoliberalismo” como excusa para ejercer la pereza mental o como término
comodín para explicarlo todo: no quiero parecerme a energúmenos provocadores
como Fernando Iglesias, para quien conceptos tales como “peronismo”,
“populismo” o “kirchnerismo” son chivos expiatorios para depositar todas sus
miserias o explicar el origen del universo, la estructura económica del cosmos,
la historia económica y social de la argentina, los enemigos de la democracia y
la razón por la cual una mina nos clavó el visto por Whatsapp.
Uno
de los problemas que encuentro en el discurso neoliberal es su tendencia a
percibirse como “la única alternativa racional”, y por tanto sustraer sus
postulados al debate democrático o científico. Si uno concibe su cosmovisión
como una posible entre otras, eso lo lleva a debatir y enriquecerse con la
mirada ajena y el intercambio de argumentos: no es el caso de muchos
neoliberales que conozco, para quienes el libre mercado es una especie de
religión que no puede ser cuestionada. ¿Nunca escucharon respuestas pelotudas
del tipo “andáte a Cuba” y/o “¿qué querés, vivir como en Venezuela?” y/o “no
seas marxista” toda vez que objetaron algún dogma neoliberal?
De
ahí que no me parezca casual que tantos “neoliberales” sean impermeables al
debate: se puede ver en ésta interrupción a los gritos del fundamentalista
neoliberal Germán Fermo hacia otro economista con ideas distintas a las suyas. Otro
ejemplo de neoliberal, aunque él se defina como “libertario anarcocapitalista”
o algo así, es el payaso mediático Javier Milei. En éste blog español leí un artículo respecto de Milei con el que coincido bastante.
No
está de más recordar que “capitalismo” y “neoliberalismo” no son sinónimos: de
hecho el mismo Keynes, Joseph Stiglitz, Paul Krugman y tantos otros economistas
prestigiosos no son “neoliberales” y sin embargo creen en las bondades del
capitalismo, sólo que sostienen -a mi juicio con total razón- que el sistema capitalista debe someterse a regulaciones y controles democráticos.
Retomando,
la hegemonía neoliberal termina por achicar los horizontes, evitando que la
sociedad civil pueda imaginarse modos de vida alternativos. El neoliberalismo
terminó siendo una suerte de “revolución conservadora” en la que ya no se apela
-como hacía el conservadurismo de otros tiempos- a un pasado idealizado,
arcaico, o a la exaltación de la tierra y la sangre sino a un supuesto
“progreso”, a la ciencia, a la razón, y todo para justificar el desplazamiento
del pensamiento y la acción progresista.
Como
diría el sociólogo francés Pierre Bourdieu, “es una doctrina coreada en todo el
mundo por políticos y altos funcionarios nacionales e internacionales pero muy
especialmente por grandes periodistas, casi todos indoctos en la teología
matemática fundamental que se transforma en una suerte de creencia universal,
un nuevo evangelio ecuménico. Este evangelio, o mejor dicho la difusa Vulgata que
nos proponen bajo el nombre de liberalismo, está compuesta por un conjunto de
palabras mal definidas –“globalización”, “flexibilidad”, “desregulación”, etc.-
que gracias a sus connotaciones liberales o libertarias pueden ayudar a darle
una fachada de libertad y liberación a una ideología conservadora que se
presenta como contraria a toda ideología”.
De
hecho, siguiendo a Bourdieu, esta filosofía no conoce ni reconoce otro fin que
no sea la creación incesante de riquezas y, apenas disfrazada, su concentración
en manos de una pequeña minoría de privilegiados; conduce por lo tanto a
combatir por todos los medios –incluido el sacrificio de los seres humanos y la
destrucción del medio ambiente- cualquier obstáculo contra la maximización
incesante del beneficio.
Reducir
la democracia a votar cada dos, cuatro o seis años y luego dedicarse casi exclusivamente a
ganar guita y a consumir es empobrecedor. A menudo uno tiene la impresión de
que nuestros regímenes de gobierno suelen parecerse más a “oligarquías
liberales” que a sociedades democráticas. La mayoría de la población no
participa activamente en política, porque votar cada tanto sobre problemas que
no se conocen y que el sistema hace todo lo posible porque no se conozcan es
demasiado poco para considerarse auténticamente democrático. Etimológicamente, vivir en una república, res publica, remite a lo que los griegos llamaban "politeia" -algo así como el buen gobierno de la cosa pública-, estar interesados activamente en los asuntos comunes. Una sociedad no puede, NI ES DESEABLE QUE TRATE DE
HACERLO, volver a la gente igual en el
sentido de que todos los hombres corran 100 metros en menos de
10 segundos o toquen admirablemente una sonata de Beethoven al piano, pero
puede crear instituciones que favorezcan su participación efectiva en todo
poder instituido. La pasión por los objetos de consumo debe reemplazarse o subordinarse a la pasión por los asuntos comunes. Está claro que para
participar, la gente debe tener la certeza, verificada con relativa constancia,
de que entre su participación y su abstención hay una diferencia. Los elementos
de libertad que forman parte de las diversas sociedades no son una dádiva de
las clases dominantes. Los elementos liberales de las instituciones
contemporáneas, como bien recuerda Cornelius Castoriadis y tantos otros, son
los sedimentos de las luchas populares desde hace siglos, luchas para obtener
un relativo autogobierno.
Es la retirada de los pueblos de la esfera política,
la desaparición del conflicto político y social por una suerte de semi-adhesión
blanda a los postulados de la hegemonía neoliberal la que ayuda a que la
oligarquía económica, política y mediática escape a cualquier control o
regulación democráticas, favoreciendo o acostumbrando a la población a la corrupción y el egoísmo de sus élites.
Esa
concepción individualista que ayuda a difundir la influencia del discurso neoliberal
hace que los políticos sean percibidos o como una suerte de parásitos “que
viven de nuestros impuestos” o como personas que nos tienen que dar cosas, como
si fueran una máquina expendedora de bebidas cola. El individualismo extremo
desemboca en la depresión, los ansiolíticos, la proliferación interminable de
terapias psicoanalíticas o terapias alternativas o libros de autoayuda. Como leí
por ahí: LA AUTOAYUDA COLECTIVA
SE LLAMA POLÍTICA.
La
saturación de la información nos vuelve seres amnésicos, sin memoria histórica
o sin vínculos con la tradición a la hora de buscar razones valederas para
enojarnos o para comprender que nuestro modo de vida es contingente y por tanto puede ser mejorado por la intervención humana.
Cualquiera que intente
hablar de política con sus compañeros de trabajo, amigos o conocidos, se encontrará con una resistencia
muy grande: o te dicen que sos un fanático, o tratan de mandarte chistes
pelotudos por WhatsApp, o cambian de tema. No se trata de ser un amargado ni
mucho menos: se puede hacer política con alegría. También es cierto que uno tiene que ser más inteligente para saber cuándo y cómo hablar de algunos temas.
Tengo
ganas de seguirla pero por hoy ya creo que fue suficiente y hace un sol
hermoso. Sean felices,
Rodrigo Post Scriptum: todavía me falta hacer un recorrido histórico más preciso sobre el término "neoliberalismo". Ahora no tengo tiempo pero si quieren leer algo que está escrito de modo bastante ameno pueden clickear acá, donde hay varios artículos de un tal José María Gallardo, un español cuyo punto de vista y su abordaje de la economía es bastante enriquecedor, más allá de su estilo vanidoso y provocador.
Mark Twain decía que el ser humano era “el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir". Entiendo que este posteo está muy lejos de cambiar la historia de Occidente, aunque estoy convencido de que, sin ser nada excepcional, es fácilmente superador de la enorme mayoría de estupideces y falsos debates que escucharon, escuchan y escucharán en los medios hegemónicos.
Las verdades a medias son más peligrosas que las mentiras evidentes, porque tienen mayor poder de prender en el sentido común de las mayorías. Aunque no soy un experto, trataré de hacer un aporte para enriquecer la discusión, valiéndome para eso de algunas lecturas de opiniones de especialistas y datos empíricos, que son muy pocos pero existen, en parte gracias a la dedicación y al esfuerzo de estudiosos cuyas ideas no tienen la suficiente masividad que deberían tener.
Estoy bastante podrido de soluciones basadas en esquemas de causalidad mágica; ideas zombie que regresan una y otra vez en forma de polémicas mediáticas para el consumo de patanes. Lo redacto un poco al tuntún, y que cada uno reconstruya los argumentos y haga el relato coherente en su propia cabeza:
Los especialistas no se ponen de acuerdo en todo, pero hay cuestiones que están más o menos claras. Pueden existir metodologías diversas para el tratamiento de enfermedades complejas, pero eso no implica que ningún médico se tome en serio la "teoría de los humores" para curar el cáncer. En otras palabras, que la inseguridad nos afecte -en mayor o menor medida- a todos, no quiere decir que uno deba tolerar en silencio que se diga cualquier barrabasada. Ocurre que los medios suelen consultar a "la gente" en estado de emoción violenta, y nunca falta quien lanza invectivas que no aportan ninguna solución sino más y más confusión y odio.
Mi intención es modesta: creo que si elevamos el nivel de debate podemos ayudar un poco a no dejarnos engañar tan fácilmente por odios irracionales, paranoias mediáticas o slogans idiotas. Algunas precisiones para complejizar el panorama:
1) El riesgo de ser víctima de un delito no es parejo en toda la sociedad: yo tengo menos riesgo de ser víctima de un delito con arma de fuego en ocasión de robo que alguien que vive en la villa. En parte por eso, no es casual que a medida que uno va bajando en la escala social hay más gente partidaria de la pena de muerte. No se trata tanto de un problema ideológico, sino que está en relación -y no se trata de la única relación, porque intervienen muchos factores- con la posibilidad de ser víctima;
2) La “policialización” es un problema grave, y consiste en que de los mismos sectores sociales se seleccionan, mayormente, los vértices de un triángulo muchas veces macabro: víctima, delincuente y policía. Ergo, muchos policías no lo son por vocación, sino que eligen serlo porque ven ahí una fuente de trabajo, obra social, dignidad, reconocimiento... El entrenamiento policial es muy precario, y también la logística. El esquema policial nuestro está militarizado, es piramidal. No tenemos una policía comunitaria, como sí la tienen en otros países.
El modelo estadounidense de "Estado gendarme", que impera mayormente en toda América latina, es nefasto: infla el miedo, alimenta la paranoia, estigmatiza e instala la creencia de que la única salida está en respuestas vengativas como encerrar, castigar, reprimir y ajusticiar. Como si fuera poco, requiere una inversión multimillonaria: recursos que tiene el país del norte y no tenemos nosotros. Hay gente que ha estudiado muy bien el tema, como el sociólogo francés L. Wacquant.
La policía es un servicio civil, y sin embargo funciona como si fuesen milicos. Al estar militarizada, no puede sindicalizarse, no pueden hacer peticiones colectivas y discutir HORIZONTALMENTE las condiciones de trabajo… ¿Cómo formar una conciencia profesional sin discutir condiciones de trabajo? El milico está formado para recibir una orden y cumplirla; lamentablemente, los policías también (NO DEBERÍA SER ASÍ, prepararse para ir a la guerra es propio de militares, no de policías, por más que muchos medios lo planteen en esos términos);
3) Al estar militarizados, los policías se someten a órdenes arbitrarias: reciben instrucciones que son suicidas; tienen que intervenir en todo hecho delictivo que presencien, lo cual es una locura (miren “Policías en acción” o “El bonaerense” y se pueden dar una idea aproximada de su funcionamiento). Un tipo sometido a un régimen vertical donde nadie lo defiende, mal preparado y cagado de miedo no es una persona que esté en condiciones ideales de proveer seguridad en la vía pública;
4) Hay un dilema a nivel mundial, que es la “autonomía de las agencias policiales”. ¿Por qué Obama no cerró Guantánamo? Pues porque le iban a largar al verdadero terrorista que va a poner una bomba al día siguiente en la Casa Blanca. ¿Qué pasó con Duhalde y Kosteki y Santillán? ¿Qué pasó con la masacre de Ramallo? No es joda, los policías ejercen presión de modos que pueden ser muy terribles para reivindicar sus intereses.
5) Durante 2009, según Marcelo Sain -un estudioso del tema con quien lógicamente se puede estar en desacuerdo, pero desde el conocimiento y no desde el “a mí me parece que”-, la PFA destinó el 84% de su presupuesto en sueldos a un personal de unos 40.626 integrantes, entre oficiales, administrativos, técnicos contratados, etc. Tan sólo el 11, 99% en otros gastos de consumo y el 2.53% en inversión. ¿Cómo hace para financiar su funcionamiento una institución pública que cuenta con más de 40 mil integrantes, unas 750 dependencias con equipamiento y apoyo logístico y administrativo? CON FONDOS EXTRA-PRESUPUESTARIOS (DINERO DEL NARCOTRÁFICO, PROSTITUCIÓN, JUEGO CLANDESTINO, PROTECCIÓN DE BARRABRAVAS, ETC.). Esto exime a los gobernantes de idear formas de financiar “en blanco” a un organismo que es caro, de proporcionar capacitación y modernizar el equipamiento policial (armas, patrulleros, mejorar los sistemas computarizados, coordinar la información con otras comisarías, etc.).
El pacto entre gobierno y policía, que esencialmente no ha cambiado desde hace cuantimenos 30 años, es más o menos como sigue: el gobierno dice: yo garantizo que la institución policial no tenga que rendirle cuenta todo el tiempo a las instituciones, protejo ciertos jefes y cuadros policiales funcionales al pacto mediante su ascenso o promoción a otros cargos, y me hago el pelotudo ante hechos de corrupción policial o abuso de fuerza (incluido el “gatillo fácil”). Como es evidente aunque algunos no lo quieran ver, los destinatarios del abuso policial son, mayormente, los “negros de mierda”, muchos de los cuales son detenidos por “portación de cara” (¿cuántos de ustedes conocen víctimas de “gatillo fácil” entre personas de clase alta?).
También se sabe de muchos presos que son obligados a robar a cambio de un porcentaje, de operativos “armados” (pocas cosas hay más sencillas que "plantarle" un gramo de cocaína a un linyera para lograr un ascenso), etc. Del lado policial se le asegura al gobierno un grado socialmente aceptable de eficiencia en el control formal o informal del delito. Mi interés no se basa en una cuestión de “amor a mis queridos grasitas”: no, me importa elucidar las causas profundas para aportar soluciones viables. No me mueve, al menos en lo esencial, el resentimiento hacia una clase o el amor hacia otra; mi odio y mi amor se dirigen hacia personas reales de carne y hueso, no hacia “naciones”, “clases sociales”, católicos, judíos, agnósticos, protestantes, negros, amarillos, blancos o lo que fuere. Además, considero que la identidad de los seres humanos no es unidimensional, sino PLURIDIMENSIONAL. El odio y el temor hace que etiquetemos a “los otros” y los cosifiquemos, congelemos, fijemos en una sola dimensión de entre varias: “negros”, “judíos”, “trolos”, “emos”, “ladrones”... Como dijo Primo Levi, sobreviviente de un campo de concentración en Auschwitz, quien experimentó en carne propia y/o vio muchas de las conductas más abyectas e inhumanas de que ha sido capaz el género humano: “Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos: más peligrosos son los hombres comunes”.
Rubén Carballo, el adolescente de 17 años que murió porque lo recagaron a palazos en los alrededores del estadio de Velez cuando fue a ver al recital de Viejas Locas, fue el resultado de una puja interna de poder. Las internas policiales siempre se dirimen en la calle, “haciendo” (como en el caso del pobre pibe que fue a ver un recital) o “dejando de hacer”, como cuando “liberan la zona” para que los delitos suban y así ejercer presión. ¿A quién está destinada esa presión? Varía: puede ser a la cúpula de la institución, a otros sectores policiales en conflicto, un ministro, un gobierno, un grupo u organización social. ¿El objetivo? Tumbar jefes o funcionarios, renegociar repartos y puestos, abrir ascensos congelados, amenazar o coaccionar a dirigentes políticos o sociales.
¿Y qué ocurre, bajo este sistema, con los policías que son expulsados por corrupción, como para hacer un “lavaje de cara” y que no sea todo tan evidente? ¿De qué labura un tipo que sabe manejar armas y tiene contactos con todo tipo de mafias y estratos de poder? ¿Labura de heladero, de profesor de filosofía, qué imaginan que hará? Con muuuucha suerte se podrá conformar con un sueldo sensiblemente inferior –inferior al que cobraba “por izquierda”, no al que figuraba en el recibo “en blanco”- como vigilante privado.
6) El delito callejero no es un problema nacional, sino barrial, local. Cada barrio y cada sociedad tiene problemas específicos que hay que estudiar localmente. Sólo desde la pelotudez más espantosa podemos pensar que la cuestión se resuelve “metiendo preso a todos los negros de mierda”. El tema es que NO HAY SUFICIENTES CIFRAS Y ESTUDIOS CIENTÍFICOS SERIOS. Si no sabemos bien qué pasa no podemos resolver la cuestión, que va mucho más allá del bombardeo mediático. Debería ser más que evidente: ¿o existe, por caso, alguna multinacional petrolera que invierta millones de dólares en realizar perforaciones en busca de petróleo sin hacer antes un estudio del terreno?
Por otra parte, las cifras generales y frías no dicen nada: si me dicen “hay mil homicidios”, uno debe preguntar: ¿homicidios callejeros, intrafamiliares, en qué ámbitos, cómo es el perfil del autor, cómo es el perfil de la víctima, cuál es el riesgo de victimización según la población? Cuando hay delito- y siempre lo hay en las urbes modernas, pues se trata de un problema mundial, pues la INSEGURIDAD CERO no existe- pero no se investiga adecuadamente, puede haber una sensación que no se corresponde con la gravedad de los hechos, o puede haber una no percepción de hechos graves.
Falsos dilemas:
"El problema es la droga”
El prejuicio radica en creer que todo consumidor es un adicto, y que todo adicto es un delincuente, lo cual es falso. ¿O todo el que toma alcohol es un alcohólico? El tóxico por excelencia, en el país, es justamente el alcohol. Cualquiera puede conocer a fumadores de marihuana absolutamente incapaces de hacerle daño a nadie. El tema del paco sí es un problema, porque el paco es un veneno que genera una adicción de carácter físico. Al margen del paco, que sí es un problema gravísimo, no hay vinculación directa y sencilla entre droga y delincuencia. En todo caso el problema es que se suele criminalizar al consumidor, en lugar de focalizar las fuerzas en perseguir el tráfico. Sea como fuere, habrá que hacer estudios científicos profundos antes de vincular livianamente droga y delincuencia.
“La inseguridad no es una sensación, es una realidad”
Se trata de un lugar común que repiten todos los medios, que hacen su negocio privado publicando una y otra vez robos a mano armada, asesinatos y la sangre nuestra de cada día dánosle hoy.
En cierto modo, el sentimiento de inseguridad SIEMPRE es una sensación. Se basa en el miedo a ser víctima de un hecho delictivo o de violencia, y está vinculada a la sensación de aleatoriedad (“a cualquiera le puede pasar”) de ser potencial víctima de un hecho violento. Muy pocos temerán que un ovni se los lleve a Marte, casi nadie temerá a un delincuente tipo Bernard Madoff en Estados Unidos, que siendo gestor realizó una estafa financiera por 50 mil millones de dólares (porque uno no lo ve), pero muchos tendrán un cagazo padre de que “un negro me mate por dos pesos”. Esta “sensación de inseguridad”, como bien dice Gabriel Kessler, no tiene relación directa con el delito (sí tiene relación, obviamente, pero no es una relación sencilla, de causalidad mecánica). Si voy caminando por una calle muy poco iluminada y de frente viene otro tipo desconocido, aunque se trate de la persona más decente del mundo, puedo sentir “sensación de inseguridad” (capaz que cuando se acerca es un amigo de la facu, o un desconocido, o efectivamente es un chorizo y me descansa la billetera). Si Chiquita Legrand se topa en la esquina con un grupo de adolescentes vestidos de negro con remeras estampadas con calaveras tomando cerveza, aunque sean más inofensivos que mi sobrino de 3 años, puede llegar a sentir “sensación de inseguridad” aunque no exista ningún delito. Si además Chiquita Legrand mira el noticiero todo el día, con la noticia de un robo a mano armada a la mañana, a la tarde, al mediodía, a la noche, y entrevistas periodísticas a vecinos que dicen “sunabarbaridá, los delincuentes entran por una puerta y salen por otra, sinosepuedevivír”, seguramente la “sensación de inseguridad” de Chiquita Legrand aumenta. Vale decir: la sensación de inseguridad es RELATIVAMENTE independiente del aumento o la disminución de los índices delictivos, y se relaciona con factores múltiples y variables. La sensación de inseguridad varía, además, cuando uno compara su situación con experiencias pasadas: si antes en el barrio se podía salir a la noche tranquilo y nunca pasaba nada, o pasaba muy poco, o pasaba todo el tiempo, etc.
Como bien dice Kessler, hay sensaciones de temor compartidas y otras que son propias de cada grupo social: “así, por ejemplo, policías y patovicas son temidos por jóvenes de sectores populares; agresores sexuales por mujeres de barrios del conurbano y, en sectores populares de algunas provincias, se teme a figuras ligadas al poder capaces de todo tipo de abuso. También, en los sectores medios y altos de Capital, puede temerse a “gente que antes no existía”, como mendigos o cartoneros, así como se tiene una alta desconfianza a la policía”. Ni falta que me hace que me digan que hay gente “que roba y mata por dos pesos”, lo sé. También hay gente que roba y mata, no a uno sino a muchos, por algunos millones de pesos. Sea como fuere, tanto yo como TODOS los miembros de mi familia hemos sido víctimas de diversas situaciones de inseguridad (con uso de arma de fuego). Por mi parte, más que vengarme, me interesa elucidar las causas para ayudar a prevenir consecuencias no deseadas.
El sociólogo argentino Gabriel Kessler resume muy bien lo que torpemente estoy tratando de argumentar:
“El sentimiento de inseguridad nunca fue un reflejo de las tasas de delito en ningún país: por lo general aumenta cuando se produce un incremento de la criminalidad, pero una vez instalado como problema social, no necesariamente desciende aunque las tasas de delito disminuyan. Tampoco los niveles de temor entre los sexos, franjas de edad y niveles socioeconómicos son proporcionales a las probabilidades de victimización real de cada grupo. Entre otros factores, la relación entre delito y temor está mediada por la diferente aceptabilidad del delito de una sociedad en un momento dado. La inseguridad implica un aspecto comparativo: es en parte la denuncia de una situación que, en el imaginario social, no era así en el pasado o que, en todo caso, debería ser otra ahora”.
“¡No roban para comer, roban objetos de lujo!”
Bueno, esta frase es más boluda de lo que parece. En principio si tengo hambre no necesariamente voy a robar pan, porque en toda mercancía existe una distinción entre valor de uso y valor de cambio: puedo cambiar un plasma por dinero e ir comprando comida, ¿quién va a ser tan pelotudo de ir a una panadería y robar 100 quilos de pan, con lo que costaría trasladarlo? Más allá de eso, es obvio que muchos no roban “por hambre”. En principio, debemos admitir que vivimos en una sociedad de consumo que constantemente nos envía mensajes que nos dicen que SER y TENER son sinónimos. Las publicidades no te dicen que si tenés la panza llena sos un capo. La panza llena es lo mínimo indispensalbe que satisface tu parte animal. Para existir, como ser humano, tenés que consumir determinados productos: ropa de marca, tener cable, computadora, comer en tal restaurante, vivir en tal barrio, etc. Los pibes que viven en villas no tienen gustos demasiado diferentes a un nene de clase alta: la sociedad actual está estructurada de modo tal que todos deseamos más o menos las mismas cosas, pero está regida bajo un sistema económico que hace que no todos podamos tenerlas. Está claro que los medios se encargarán de mostrar "cómo Carlitos Tevez salió de la miseria por su propio esfuerzo y se hizo a sí mismo y bla bla bla". ¿Pero cuántos Carlitos Tevez hay? Lo mismo ocurre en muchos países, no somos los únicos: En Estados Unidos, la población carcelaria está llena de hispanos y negros. Allá seguramente los medios mostrarán como un basquebolista del Bronx salió adelante con su propio esfuerzo y tal. Más allá de toda esa perorata, combatir la desigualdad es UNA DECISIÓN POLÍTICA. Ejemplo: Suecia, Finlandia, Dinamarca, etc. Estados Unidos es un contraejemplo: es el único país del llamado primer mundo que, con toda la guita que tiene, presenta niveles tan altos de pobreza y violencia.
Aclaración: cuando digo que combatir la desigualdad es una decisión política me refiero a Estado (gobierno+oposición), clases dirigentes y sociedad civil. TODOS. Aunque no todos con la misma responsabilidad, pues es obvio que la clase dirigente (que incluye a la clase empresaria), gobierno y oposición son quienes tienen la responsabilidad mayor.
Ahora bien: es muy difícil redistribuir la riqueza, porque quienes más tienen no quieren perder sus privilegios. A grandes rasgos: si ponés un impuesto a los más pudientes te saltan a la yugular y te dicen "se quieren quedar con la guita estos políticos corruptos de mierda", "desalentás la inversión", etc; si dejás todo librado al "libre juego de las fuerzas del mercado" y no regulás se te llena la población de desocupados, indigentes, etc.... claro que luego tu solución será criminalizar la pobreza y perseguir a los que quedaron afuera del sistema tratando por todos los medios de hacer que las víctimas se transformen en verdugos para la opinión pública. Dejando todo al "libre juego del mercado" tendrás a muchos repitiendo como loros: "no hay que darles un paty y una coca, hay que darles trabajo". Es cierto, coincido, pero no es un tema sencillo. ¿En qué mierda de multinacional aceptan a un pibe criado por un padre alcohólico y ausente, que le pegaba a la madre y desde chiquito fue obligado a pedir en la estación de subte? ¿De qué carajo va a laburar ese pibe? ¿La solución es matarlo?
¿Y las nenas de las villas/indocumentadas/inmigrantes de otros países o provenientes de otras provincias que son obligadas a ejercer la prostitución, secuestradas en las redes mafiosas con la connivencia policial y política? ¿Son negras de mierda que no quieren laburar?
Otro tema: ¿Cuándo vieron en La Nación o Clarín tapas de niños coya o indígenas en las publicidades? Un indígena en la tapa de un diario masivo como los citados ilustra, casi seguro, algún titular vinculado con hambre, desnutrición o algo por el estilo. ¿Cuántos niños argentinos son parecidos a los que salen en las fotografías de Cheeky?
Los “negros de mierda” crecen y desde nenes son condicionados a pensar que ser morochos y de tez morena es menos deseable que ser rubio y parecerse a los adolescentes de “Casi ángeles”. ¿O alguno cree que no es así? Vaya y haga una encuesta. Así como existe la “anorexia” como enfermedad básicamente SOCIAL, lo mismo ocurre con el odio y el resentimiento a que son sometidos muchos pibes pobres. No es un odio “natural”, sino que está basado en cuestiones históricas, sociales, mediáticas. Todos somos sometidos a mensajes miopes y prejuiciosos DESDE LA CUNA.
¿Es “natural” que Haití tenga un PBI (Producto Bruto Interno) de unos 11.700 millones de dólares, repartidos desigualmente en una población de poco más de 10 millones de habitantes, mientras Bill Gates tiene (o tuvo, no sé ahora) unos 41 mil millones de dólares? ¿Es “natural” que una sola persona, o algunos más si contamos su familia, tenga casi 4 veces más dinero que un país entero?
¿Alguien puede creer que Bill Gates, solito y con su propio esfuerzo, tiene potencialmente más capacidad de trabajo y talento que 10 millones de personas?
Resulta trivial decirlo, pero obviamente creo que quien comete un crimen debe ser castigado de acuerdo a la ley, ya sea que se trate de un ladrón de estéreos o un tipo que realizó una estafa financiera de alta complejidad. También es evidente que como las estafas de alta complejidad son más difíciles de probar y tienen una estructura menos "mediática" y "cinematográfica" que un robo a mano armada, no suelen aparecer en los medios (se necesita una inversión en investigación periodística mucho más seria y compleja, y menos redituable, que poner en tapa un asalto que incluya tiroteo con la policía). Esa es una de las razones por las cuales la gente no se la suele agarrar con el estafador de millones de dólares, porque ni siquiera lo percibe como problema; e incluso hasta lo puede llegar a admirar en la tapa de Caras o Gente.
Dicho esto, ¿podemos esperar que bajen los niveles de desigualdad para que disminuya la tasa de homicidios? ¡Claramente no! ¿Y si eso no ocurre nunca en lo que nos queda de vida?
Hay sectores de izquierda que tienen una visión muy ingenua de la seguridad, porque parecieran creer que gestionar políticas de seguridad pública demanda primero una gran transformación de la sociedad; y luego todo se resuelve casi mágicamente, como consecuencia de una mayor igualdad social. El tema es que, como bien destaca Marcelo Saín, cuando uno gana una elección y se hace cargo del ejecutivo, hay conflictos al día siguiente: conflictos sociales, delitos de cuello blanco, delitos relacionados con mercados ilegales, tráfico de droga, “pibes chorros”, delitos callejeros, delitos domésticos, trata de blancas…
Los partidos políticos no se pueden hacer los pelotudos a la hora de gestionar los aparatos policiales y militares, más allá de que una visión ideológica miope los vea sólo como meros aparatos represivos de violación de los derechos humanos. La policía existe y es necesaria, y ningún gobierno puede implementar una política eficaz desentendiéndose del manejo de esos aparatos.
Más allá de que también existen complicaciones, uno puede decir que desde la legislatura todo es más sencillo. Lamentablemente la izquierda no suele tener una estrategia de poder para gestionar la seguridad, entre otras cosas porque no se preocupa de ganar elecciones.
En este video que pongo a continuación, Marcelo Saín aporta elementos para la discusión:
Entiendo que la discusión es más compleja, pero creo que con esto pinté un panorama mínimo.
Una suerte de "proto-idea" de Estado debería haber sido concebida para repartir el excedente entre quienes no pueden salir a cazar, porque son viejos o porque son niños o porque les falta un brazo o están enfermos. Para que puedan comer aquellos que no pueden salir a cazar, imaginamos que se creó una instancia similar a lo que hoy llamamos “Estado”.
Ahora bien, usar el Estado para sacarle al que tiene apenas un bocado y dárselo a quienes tienen dominado todo el sistema de caza, suena irracional. A uno le parece que la creación de un Estado "Hood Robin" es catastrófica. ¿Por qué? Porque la desigualdad genera violencia, resentimiento y además favorece la corrupción. ¿Por qué? Si hay gente lo suficientemente rica como para comprar la voluntad de varios que son tan pobres que se ven compelidos a venderse, la cosa no puede pintar bien.
¿Qué ocurre entonces? Que quienes tienen dinero se quejan, inventando una falsa moralina, y gritan “a mí me meten la mano en el bolsillo para dárselo a…”, y ahí viene una estigmatización que puede tener algún basamento real, pero que en rigor es una máscara para no asumir el egoísmo propio. La gente que tiene mucha guita SIEMPRE quiere pagar impuestos nigerianos, PERO TENER PRESTACIONES SUECAS. Lo curioso es que esa indignación se da más hacia el pobre o el viejo que no aportó, que hacia un Fondo Buitre o hacia un multimillonario que hizo la guita… ¡¡en contratos con el Estado!! Por otro lado, como bien demuestra Vicky Xipolitakis, que debe tener más plata de la que tenía Borges en tiempos en que era un escritor talentosísimo pero desconocido, es difícil justificar una relación evidente entre tener guita y hacer méritos ostensibles para tenerla. Es lógico que Majul, que debe ser uno de los periodistas más bobos del planeta tierra, crea que su éxito se debe a su talento, pero vos, querido lector, deberías ser un poco menos pelotudo. ¿No te parece?
Como generalmente a quienes más tienen les conviene que los medios difundan que su patrimonio tiene que ver con sus méritos, es que tratan de convencer a toda la población de que el Estado debe acentuar ese patrimonio, porque eso tendría -de acuerdo a su lógica- cierta relación con una especie de "justicia meritocrática". Que el Estado acentúe las diferencias que el mercado capitalista establece, es ridículo. Por eso es que los países escandinavos funcionan, dentro del capitalismo, mejor que los países de capitalismo más salvaje: porque hay una presencia medianamente racional y re-distributiva por parte del Estado. Y nótese que ni siquiera me estoy desviando del régimen capitalista, suponiendo (cosa que yo no creo) que sea lo más parecido a la panacea universal. Esa es una discusión POLÍTICA: ¿cuál debe ser el rol del Estado?
Pues bien, ¿de qué manera se obtura esa discusión? Reduciendo todo a la moral individual de los gobernantes: “¿qué me venís a hablar de política si fulano de tal fue atrapado en un choreo?”. Ok, supongamos que sí. Respondo: no se puede discutir política si te la vas a pasar hablando de la conducta moral de cada integrante de una bancada. En todo caso, en una discusión que funciona en otro plano, podríamos hablar de cómo hacer para implementar mecanismos institucionales que dificulten la corrupción en lugar de favorecerla, asumiendo que siempre va a existir. Toda esta reflexión, que debería ser evidente en un curso de primer año de secundario, está obturada por quilos y quilos de la más espantosa pelotudez informativa. Traté de usar el lenguaje más llano posible, para no dejar afuera ni siquiera a un oyente de Luis Majul.
¡Abrazo de gol! Post Scriptum aclaratorio: no estoy diciendo que no existan personas con mayor talento y capacidad de trabajo que otras, y que por tanto merecen mejor suerte; tampoco pretendo que todos los habitantes de un país cobren el mismo salario. No se trata de "mantener vagos" eternamente. Lo aclaro por si me lee un televidente de Majul, dado que el posteo está especialmente dedicado a ellos. Es ultra-remanido eso de aclarar que la "igualdad de derechos" no tiene nada que ver con la "igualdad de hecho".
El neoliberalismo no tiende a pensar a los seres humanos como sujetos de derechos, como sí pueden pensarse en el radicalismo, el peronismo o el socialismo, por citar algunos ejemplos. El neoliberalismo piensa que la sociedad es una suerte de conjunto inorgánico de iniciativas individuales donde el resultado es que los más aptos sobreviven y que esos que sobreviven son los que tienen derechos. No es que Macri llegue a esa conclusión fruto de una sesuda reflexión teórica: no se trata de alguien muy ilustrado. En ese sentido es similar a Daniel Scioli, más allá de que Scioli sí se reivindique como "peronista".
Al respecto, el sociólogo Luis Alberto Quevedo aporta algunas reflexiones sobre el macrismo como fenómeno cultural que me parecieron bastante interesantes:
HABLAR DE "LA GENTE" O "EL VECINO"
"Cuando nominás a alguien, lo estás ubicando en un lugar, lo estás interpelando desde ahí. Si dicen vecino, ya sé que lo está poniendo en un lugar que no tiene que ver con un entramado de derechos políticos, sino que está colocando a una persona en una localización geográfica: que vive en tal barrio de esta ciudad. Si digo compañero o correligionario, como decían los radicales, lo ubico en una ideología política. Y si digo ciudadano, lo estoy colocando en una trama de derechos y de identidades, porque no es lo mismo ser ciudadano francés, que peruano o argentino. Macri desterritorializa la política, la saca del territorio de los derechos y la pone en los territorios geográficos. La vecindad es eso. La “gente” como categoría es casi lo peor; la gente es como un estado prepolítico. Todos lo usamos, no estoy dramatizando esto. Pero que un presidente o un político la usen tiene cierto peso".
Hablar de "la gente" como si fueran cuerpos que andan por ahí es evitar decir que "los humanos se asocian en estados nacionales, tienen o no tienen derechos, funcionan dentro de ciertas identidades, se les reconoce ciudadanía. La gente es una categoría muy despectiva en la compleja adquisición de derechos que tiene cualquier país".
El neoliberalismo conecta bien con un sentido común de la política que difunde la idea de que cada uno de nosotros se hace a sí mismo gracias al esfuerzo individual. Por ejemplo: "hay que ganarse la vida; los que no trabajan no merecen ser ayudados; el esfuerzo se debe pagar". Lo paradójico es que Macri no es precisamente Steve Jobs, el paradigma del empresario pujante, schumpeteriano, que ideó un producto novedoso, sino alguien que básicamente heredó una fortuna de su padre Franco, quien se caracterizó por hacer suculentos negocios con el Estado. Y además, alguien que ayudó a un amigo como "Nicki" Caputo a ganar licitaciones que lo llenaron de guita.
Retomando el hilo marcado por Quevedo, digamos que hoy en día las identidades políticas distan de ser "sólidas", como ocurría en tiempos -por caso hacia fines del siglo XIX o principios del siglo XX- donde el "socialismo", el "liberalismo" y el "nacionalismo" constituían conceptos mucho más fuertes en términos de estructuración identitaria.
"Si a mí me preguntan si Macri es de derecha, me cuesta decir simplemente que sí porque es más complejo: es de una derecha liberal, pero es también un tipo posmoderno en sus convicciones, porque no es ideológico sustantivamente, no tiene ningún inconveniente con cambiar de idea, no tiene ningún inconveniente de nutrirse de figuras políticas que vienen de distintos campos. No tiene ninguna pretensión de que la sociedad argentina quede teñida de algo que uno podría imaginar como ideología pro macrista. (...)
A diferencia de lo que ocurre por ejemplo con el radicalismo, el peronismo o el kirchnerismo, Macri no te pide nada, por eso es fácil votarlo:
"(...) pensá lo que quieras, vení de donde quieras, si sos socialista, radical, peronista, no importa para él. Lo que importa es que te sumes a un proyecto de trabajo moderno donde todos tenemos que dialogar y cosas por el estilo. Es muy liviano todo eso".
Según Quevedo, en la actualidad las identidades se construyen con "retazos". Hay identidades que vienen del rock, o del fútbol, que mantienen cierta cohesión entre sus adherentes. Uno puede ver a jóvenes con diversos tatuajes inscriptos en su cuerpo: la cara del Che Guevara, la figura del "nestornauta" o el logo de los Rolling Stones. Es impensable ver a alguien con un tatto de Macri o de Gabriela Michetti. Es como si Macri dijera: "Yo acepto que seas hincha de mi club, pero también si querés gritar por el otro no me molesta. Y si querés cambiarte de club al otro día no me jode".
Es como decir: vení, votáme, y después andáte a tu casa y disfrutá de la vida. No hay una tradición de derecha como pudiera ser la de Ramón Doll, un nacionalista católico, o Ignacio Anzoátegui.
Un artículo que me pareció muy interesante como para entender un poco mejor el fenómeno de Macri es "Globología", de José Natanson.
LA CREENCIA DE QUE A TODOS NOS PAGAN SEGÚN NUESTRO VALOR INDIVIDUAL SUELE TENER MUCHO DE MITOLÓGICO: Ejemplo: un conductor de autobús de Nueva Delhi cobra en torno a 18 rupias por hora. Un conductor de bondi en Estocolmo cobra unas 130 coronas. El ejemplo está sacado de un libro de Ha-Joon Chang, economista coreano, y es de 2009. A valores de 2009, eso implica que el conductor sueco gana casi cincuenta veces más que su colega indio (una corona eran como 870 rupias).
La cuestión es, en el caso en que se pudiera cuantificar fehacientemente; ¿se puede ser 50 veces mejor conductor de autobús que otra persona? Lo más probable es que el conductor de Nueva Delhi sea, acaso, mucho más habilidoso que el conductor sueco. ¿Por qué? Porque debe manejar en rutas sinuosas, esquivar vacas cada dos por tres, sortear bueyes, rickshaws y bicicletas con tres metros de cajas apiladas, etc. En cambio el sueco, a lo sumo, deberá esquivar algún conductor medio choborra un sábado a la noche, pero maneja en caminos bien asfaltados, y con recorridos en línea recta, etc.La explicación es compleja, pero puede decirse lo siguiente: los pobres de países pobres, por lo común, no tienen nada que envidiar a sus equivalentes de los países ricos. Son los ricos de los países pobres los que usualmente no están a la altura de los ricos de los países ricos.
El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz cuenta, en La gran brecha: qué hacer con las sociedades desiguales, que en el transcurso de una cena escuchó a un multimillonario, quien como punto de partida de su fortuna había heredado un vagón de plata, comentar con otro el problema de la gente vaga que trataba de salir adelante aprovechándose de los demás. "De ahí pasaron sin interrumpirse a hablar de los paraísos fiscales, sin que parecieran darse cuenta de la ironía".
Con respecto a la "justa distribución", sabemos que cualquiera que gane una suculenta suma de dinero, aunque sea por herencia o por azar, intentará creer que es fruto de su talento: como esos estudiantes que "se sacan" un diez pero el profesor "les pone" un uno. Hasta el tipo que saca la lotería es capaz de explicarnos el complejo modo en que calculó el número ganador: "le sumé la edad de mi tía Gertrudis y dividí esa cifra por el último número de la patente del auto de mi hermano y la multipliqué por cuatro".
Como dice el economista coreano Ha-Joon Chang, en Economía para el 99% de la población: "Otra explicación de los estereotipos errados es que la gente muchas veces cree, equivocadamente, que la pobreza es producto de la pereza y, por tanto, da automáticamente por sentado que los habitantes de los países pobres son los más perezosos. Pero lo que hace que esas personas sean pobres es su baja productividad, de las que rara vez son culpables. Lo más importante a la hora de determinar la productividad nacional son las tecnologías, las infraestructuras y las instituciones que posee un país, todas ellas cosas quelos pobres no pueden fomentar por sí solos". ("Economía para el 99% de la población"). Un ejemplo: los mexicanos (pueden comprobarlo viendo "Speedy González", ese dibujito tan popular que nos viene de yanquilandia), muchas veces considerados el arquetipo del "latino perezoso", en Estados Unidos, trabajan más horas que las "laboriosas hormigas coreanas". Los datos de la OCDE indican que en México se trabaja 2.250 horas anuales. Los griegos, por ejemplo, trabajan en promedio entre 1,4 y 1,5 veces más que los alemanes y holandeses, supuestamente adictos al trabajo. Este posteo forma parte de una serie que pienso "colgar" para estimular la formación de una "ciudadanía económicamente, política y socialmente activa". Post scriptum: me llega un mensaje de un conocido muy piola que aporta su voz para que este posteo no quede demasiado esquemático. Cito textual: "Estoy básicamente de acuerdo con las observaciones, pero quiero añadir algo. Por supuesto que es un mito que se paga a cada trabajador por su valor y habría que ver las millones de razones detrás de esto, pero hay un problema con tu primer ejemplo y es que no está considerando el costo de vida de una y otra economía. Es decir, para decir que uno gana 50 veces más que el otro, tendrías que adscribir a la teoría de la paridad del poder adquisitivo, es decir, que 130 coronas en Estocolmo, compran lo mismo que 18 rupias en Nueva Delhi. Esto sería así si todos los bienes se pudieran comercializar entre países inmediatamente, sin costos. Claro que esto no es así y la clave de la refutación de dicha teoría está en los bienes no transables (de los cuales el principal es el salario). Los precios de estos bienes no se pueden equiparar internacionalmente, es decir no se pueden comprar y vender internacionalmente, esto es conocido como arbitraje, (el ejemplo de manual es el corte de pelo). "El segundo tema en el que me interesaba hacer hincapié es otra contradicción de la meritocracia a la que hacés referencia. Esta idea de que el salario depende de la capacidad del trabajador, es decir, su educación, esfuerzo y dotes (el lado de la oferta de trabajo) es una idea pionera de la teoría neoclásica. Sin decir que el efecto no existe, la falacia está en que esta teoría no considera los determinantes del lado de la demanda de trabajo (es decir, del capital). Una enorme porción de la productividad del trabajo viene determinada por el tipo de tecnología que el trabajador opera y por las condiciones de trabajo en que lo hace (tipo de empleo) que se relaciona a su vez con las regulaciones institucionales, esto es algo de lo que no se puede culpar al trabajador. Para unirte las dos cosas que te acabo de señalar. En países donde la tecnología es avanzada y las condiciones de trabajo son buenas (alta tasa de formalidad e instituciones fuertes), además de tener buena educación, la productividad del trabajo es mayor, los trabajadores ganan más, pero el nivel de vida también es más alto y por ende más costoso. Obviamente estos países son los que primero hicieron las revoluciones industriales y acapararon los mercados mundiales de bienes manufacturados (en principio, ja). No estoy tratando de decirte esto para refutar el hecho de que en Estocolmo un colectivero gana más que uno en Nueva Delhi, sino para mostrarte que acá radica la razón de por qué la proyección de un salario 50 veces mayor está sobrestimada. De todas formas, que esté sobrestimada no quiere decir que no exista. De hecho, dado que el salario acapara (o ha acaparado) un porcentaje mayor de la renta en los países desarrollados es que surgen la descentralización y deslocalización en el contexto de la globalización y la financierización que permitieron reducir costos como nunca antes sosteniendo esos niveles de vida en el primer mundo. Así es como países atrasadísimos se volvieron "competitivos" gracias a su excedente de mano de obra y sus condiciones inhumanas de trabajo (China). El proceso es muy preocupante de mil maneras diferentes".
En un posteo anterior hablábamos de los "fast thinkers", y decíamos que muchas veces al filósofo español Fernando Savater le cabe muy bien esa definición: su incontinencia verbal y cierta arrogancia lo llevan a opinar de cualquier cosa, con lo cual muchas veces dice burradas importantes sin ninguna o con muy poca rigurosidad empírica o histórica.
La caracterización que el autor de Ética para Amador hace del "populismo" como "la democracia de los ignorantes" es realmente pobre. ¿O acaso George Bush, Mauricio Macri, Ronald Reagan y tantos otros líderes anti-populistas son y han sido mucho más cultos y lúcidos que varios líderes "populistas"? ¿O acaso quienes votaron a Bush son políticamente menos brutos que quienes votaron a Rafael Correa en Ecuador? Yo me permitiría, al menos, ponerlo en duda. Es más: creo que afirmar algo semejante, o su contrario, es filosóficamente una estupidez.
Su caracterización del movimiento Podemos me parece realmente muy endeble y conservadora. Se entiende el motivo por el cual es amigo de Mario Vargas Llosa... Es más, varias de sus ideas políticas padecen de cierto "vargallosismo pocket", combinado con un desprecio a la historia de América latina y un eurocentrismo apenas disimulado.
En este link se puede leer un análisis del "populismo" bastante más interesante que la pavada expresada en varios foros por parte del amigo Fernando. No estoy diciendo que el populismo sea la panacea, sino que caracterizarlo como "la democracia de los ignorantes" es conceptualmente muy burdo.
Es como si yo dijera que el liberalismo es "la democracia de los imperialistas", o alguna barrabasada semejante. El liberalismo, al igual que el populismo, no se deja etiquetar en tres palabras. El mismo Savater gusta de citar a Nietzsche diciendo que "sólo los seres ahistóricos admiten una definición exacta". Creo que a Savater le vendría bien revisar otra vez la frase de Nietzsche que tanto gusta mencionar.
No niego que Savater es un tipo lúcido, sino que muchas veces dice pelotudeces demasiado gruesas.
Acá tienen un link con un debate acerca del "populismo" de algunos integrantes de Podemos. Podrán estar de acuerdo o no con ese debate, pero para mí no se trata de un conjunto de ignorantes ni de bobos, sino de personas apasionadas por las ideas que argumentan muy bien, más allá del acuerdo o desacuerdo que cada uno pueda tener con sus respectivas posturas políticas.
"¿Qué está pasando en América latina, que de manera sincera podemos hablar, comunicar, informar a Europa? No se trata de imitar moldes, ningún pueblo es parecido al otro, ninguna experiencia histórica es parecida a otra, no hay una ruta, no hay una fórmula que todos debemos imitar. Lo que hay son experiencias compartidas. Situaciones que enriquecen la experiencia del otro. Experiencia del otro que mejora la comprensión de nuestra propia experiencia. (...)
Lo nuevo de América Latina, y creo que lo nuevo del florecimiento de la democracia radica no en la negación de los procesos de democracia representativa -el pueblo vota, la gente va a votar y forma parte de su hábito-. Quizá lo nuevo que está enseñando América Latina,que está mostrando es que la democracia no se puede reducir únicamente al voto.Que el voto, la representación, es un elemento fundamental de la constitución democrática de los Estados. Se garantizan derechos, se garantiza pluralidad (...)
La democracia de la calle, la democracia de la plaza, la democracia del sindicato, la democracia de la gente reunida para deliberar sus asuntos, para protestar, para marchar, para posesionar, para defender, para apoyar, es la única manera en que las democracias contemporáneas pueden salir de lo que hemos denominado esta "vivencia fósil" de la experiencia democrática. Hoy en muchos países del mundo tienen sistemas electorales, claro que sí. Tienen sistemas democráticos, claro que sí. Pero son democracias fósiles. Sus ciudadanos apáticos, recluidos en sus casas con la mantequilla y el pan suficiente para el día, ¿en qué intervienen? ¿Qué deciden? ¿Deciden el destino de su barrio? ¿Deciden el destino de su departamento? ¿Deciden el destino de su país? ¿Deciden los despidos? ¿Deciden las inversiones? ¿Deciden el crecimiento de la economía? ¿Deciden la asignación presupuestaria para la salud y la educación? No lo hacen. Lo hace una minoría, una élite, una casta. ¿Quién va a defender la revolución en Venezuela? La gente, el humilde, el trabajador, la vendedora, el comerciante. En la calle, en el barrio, en la comunidad. ¿Quién defendió al presidente Evo cuando nos cercaban, cuando había golpe de Estado, cuando había grupos de mercenarios dispuestos a matarnos en cada lugar donde aterrizábamos? La gente. Esta democracia plebeya. Esta democracia de la calle que garantiza un nuevo tipo de gobernabilidad. (...) La democracia de los sindicatos. La democracia de los hombres y mujeres afectados por las políticas de austeridad y que se sienten convocados a construir un destino común saliendo a la calle, reuniéndose con los vecinos, reuniéndose con los compañeros, creando otro tipo de sociabilidad, otro tipo de comunidad en marcha (...)"