Todos conocemos aquella frase que Kafka le escribió a su amigo Oskar Pollak, donde dice que “si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?”. Y luego agregaba que “un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro”. ¿Y de qué está hecho ese hielo? De costumbre, de automatismo, de un cierto embotamiento de nuestros sentidos…
Al respecto, me gustó mucho una reflexión que hizo el escritor español Javier Cercas en referencia a la crítica a la posmodernidad de David Foster Wallace. El tipo coincide en que se trata de una crítica muy acertada, pero con matices:
“Forster Wallace acierta por completo cuando afirma que nuestra cultura se ha vuelto de un escepticismo congénito, que nuestros escritores desconfían por completo de las creencias firmes y las convicciones abiertas y que la pasión ideológica los asquea profundamente; también acierta al sostener que lo que nos ha llegado del auge de la posmodernidad, quizá malinterpretándola, ha sido sarcasmo, cinismo, ‘ennui’ (tedio) permanente y recelo de cualquier autoridad; y desde luego tiene toda la razón cuando, en 1996, en una apasionada vindicación de Dostoievski, afirma que la feroz gravedad del novelista ruso sería considerada a menudo, por la actual ortodoxia posmoderna, pretenciosa y ridículamente sentimental, y que no provocaría indignación ni improperios, sino algo peor: una ceja levantada y una sonrisa sardónica. Todo esto, ya digo, me parece exacto. Pero Foster Wallace va más allá, y acaba atribuyendo la falta de ambición y seriedad de la narrativa de nuestro tiempo- su incapacidad para escribir sobre ‘las viejas certezas y verdades del corazón’ de las que hablaba Faulkner- a la omnipresencia de la ironía, al hecho de que, dice, ‘la ironía posmoderna se ha convertido en nuestro hábitat’; lo cual parece llevarle por momentos a abogar por una literatura propositiva, capaz de transmitir certezas, de dar respuestas y presentar soluciones”.
No sé si esto que dice Cercas es exactamente lo que dice David Foster Wallace, pero sí creo que Cercas tiene toda la razón cuando afirma que “la literatura, y en particular la novela, no debe proponer nada, no debe transmitir certezas ni dar respuestas ni prescribir soluciones; al revés: lo que debe hacer es formular preguntas, transmitir dudas y presentar problemas y, cuanto más complejas sean las preguntas, más angustiosas las dudas y más arduos e irresolubles los problemas, mucho mejor. La auténtica literatura no tranquiliza: inquieta; no simplifica la realidad: la complica. Las verdades de la literatura, pero sobre todo las de la novela, no son nunca claras, taxativas e inequívocas, sino ambiguas, contradictorias, poliédricas, esencialmente irónicas. Es muy probable que la ironía destructiva, aquella que se funde o se confunde con el sarcasmo y hasta con el cinismo, conduzca a un nihilismo despiadado y estéril; pero la ironía cervantina, la que muestra que la realidad es siempre equívoca y múltiple y que existen verdades contradictorias, es una herramienta indispensable de conocimiento. Esa ironía no es lo contrario de la seriedad, sino en cierto sentido su expresión máxima; sin ella, en todo caso, apenas hay narrativa digna de tal nombre, o por lo menos novela”.
Por eso “la inminencia de una revelación que no se produce es, quizá, el hecho estético”. El hombre práctico, el político, debe tratar de hacer más sencilla la vida del hombre en sociedad; el buen novelista, en cambio, debe hacer complejo lo aparentemente simple, tornar extraño lo familiar dándonos herramientas para aumentar nuestra capacidad de percepción.
