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viernes, 4 de abril de 2014

UNA PREGUNTA REMANIDA: ¿PARA QUÉ LEER FILOSOFÍA?

Hay un diálogo maravilloso, de los tantos diálogos maravillosos que nos legó Platón, que está en el Georgias. Allí hay un personaje ficticio llamado Calicles, quien acusa a Sócrates de perder el tiempo por estar siempre filosofando:

“La filosofía, Sócrates, está por cierto llena de encantos cuando uno se dedica a ella moderadamente en la juventud; pero si uno se demora en ella más de lo necesario, la ruina os espera. Porque, por bien dotado que se esté cuando se continúa filosofando hasta una edad avanzada, se permanece necesariamente novato en todo lo que es necesario saber si se quiere ser un hombre honesto y hacerse una reputación. Y en efecto, no se entiende nada de las leyes del Estado y del lenguaje que es preciso tener para tratar con los hombres en las relaciones privadas o públicas, ni se tienen ninguna experiencia de los placeres ni de las pasiones, en una palabra, de los caracteres de los hombrees. Así uno se presta a risa cuando se mezcla en algún asunto privado o público, de la misma manera que, me imagino, se cubren también de ridículo los hombres políticos cuando se mezclan en vuestras conversaciones y en vuestras disputas”. (Platón, Georgias, 484b-485c)

Al comienzo la discusión entre Sócrates y Calicles es violenta, pero llega un cierto momento en que Calicles le dice a todo que sí, como a los locos. Llegado un punto de la discusión, Sócrates se da cuenta de que lo están pelotudeando, entonces lo interpela: "¿Pero qué es lo que te lleva a ser ahora tan cortés?” Y Calicles le responde una de las cosas más terribles que se le puedan decir a un filósofo: le sugiere que si está siendo amable con él, es porque sus palabras no le interesan un cuerno.

Como bien nota Chatelet, el filósofo es aquél que usa la palabra. ¿Qué puede hacer frente a alguien que utiliza el lenguaje como un martillo, como un garrote o como un instrumento meramente pragmático, pero que no se interesa por el significado de lo que está diciendo? 


El filólogo y helenista alemán Hermann Diels confesó cierta vez: “Ich schätze mich glücklich, dass es mir vergönnt war, den besten Teil meiner Kraft den Vorsokratikern widmen zu können”. Que traducido al castellano sería “me considero afortunado/dichoso de que me hayan dado el poder de dedicar la mejor parte de mis fuerzas a los presocráticos”. Semejante declaración, en una sociedad donde para muchos ser gordo es un crimen y ser un burro algo simpático, no deja de parecernos un poco extravagante. ¿Se puede ser dichoso leyendo filosofía? Yo creo que sí, que se puede. 


A mí me parece que cuando dejamos de vivir en estado de incertidumbre y nos acostumbramos a la seguridad de la estupidez cotidiana, se nos va muriendo una parte del ser. Nunca está de más luchar contra ciertas tendencias nocivas de la cultura del zapping:


“Estoy con vos, pero en cuanto me aburro, le mando un mensajito de texto a otro. No podemos estar juntos sin hablarnos, no podemos confrontar nuestro aburrimiento. La posibilidad de aburrirnos es intolerable, ya que todos vivimos en una pantalla de televisión y ahí el tiempo es tirano. ¡Que no nos manden a la tanda!”. (Fabián Casas dixit)


Hay gente que necesita rodearse de aparatos encendidos, porque el interior de su ser está desenchufado. Para mí, una persona culta es la que menos dinero y parafernalia externa necesita para no aburrirse. A menor cultura, más derroche, más pirotecnia, más ritos, porque se requieren más recursos para amoblar un ser que está semi-vacío.

¿No les molesta cuando le están contando algo trascendente a un interlocutor que nos presta atención a medias, porque se distrae cada tanto jugando con su celular?


Pues justamente, una de las cosas que la lectura te puede dar es experiencia. La lectura es de las pocas cosas que te permiten “escuchar con los ojos a los muertos”, a los autores que ya no están pero que nos han legado sus vivencias. La educación no existe para hacernos creer que el mundo es inmutable o que estamos predestinados, sino para que conozcamos las experiencias y los aportes de quienes nos han precedido.


A mí la verdad es que me pudre el intercambio con personas que “no dejan huella”, que son “personas trámite”, como la coca cola: bebida destinada al olvido, al presente puro, que apenas calma la sed. Me gustaría conocer gente que se parezca un poco al vino, que deja huella, que es capaz de producir un trastorno. No sé si me estoy explicando bien, pero tal vez ya es un poco tarde y tenga demasiado sueño.



¡Sean felices!

domingo, 2 de febrero de 2014

LO COMPLEJO Y LO COMPLICADO


¿Hasta qué punto “lo complicado” y “lo complejo” son sinónimos? Cierta vez, Marcos Di Palma estuvo muy preciso  cuando interrumpió la habitual verborrea de un periodista de larga trayectoria en el medio: "shh, cállense, que el Tano (Fazzini) va a decir una pelotudez importante"

Hay una frase de Nietzsche, bastante citada cuando se habla de estos temas, donde dice despreciar a los pensadores que “enturbian las aguas para hacerlas parecer profundas”.

Recuerdo que en La imaginación sociológica, Wright Mills ironizaba sobre el estilo pretencioso e innecesariamente abstruso de Talcott Parsons, mediante la traducción a lenguaje llano de uno de los tantos fragmentos barrocos que pueblan La estructura de la acción social. No pongo la cita porque me da pereza ir a buscarla.

Me parece interesante contrastar dos fragmentos que tocan la cuestión, de parte de dos autores franceses muy lúcidos, aunque con sensibilidades ideológicas distintas: Tzvetan Todorov y Pierre Bourdieu.

El lingüista búlgaro nos recuerda la experiencia de haber conocido a Lacan:


"Lacan no era un tímido, sino más bien un manipulador y un seductor. También lo conocí gracias a Jakobson (Roman), pero no sentía por él la misma admiración que por Lévi-Strauss. Sin embargo, leía asiduamente a Freud y me apasionaba, desde otra perspectiva, por los problemas del lenguaje. Pero el estilo de Lacan, alambicado y pretencioso, me producía risa; sus admiradores me hacían recordar a los miembros de una secta, absolutamente devotos de su gurú. Lacan buscaba golpear y seducir, no convencer con argumentos racionales; aspiraba a alienar la voluntad de sus auditorios, no a hacerlos más libres. Ésa era en todo caso mi impresión, lo que explica por qué no me atraía. Para mí, la máxima claridad en la expresión es una cuestión de ética, de respeto hacia aquel a quien me dirijo: es el modo en que lo coloco en el mismo plano que yo, que le permito responder y por lo tanto convertirse en sujeto de la palabra con el mismo derecho que yo. En tanto lector, quiero dirigirme a los autores a los que leo, hacerles preguntas: “eso que me dicen, ¿es verdad?, ¿es correcto?”. Tiendo a buscar que mis lectores puedan hacer otro tanto. Me interesa poco el culto de la oscuridad.


Mi único encuentro personal con Lacan se desarrolló de esta manera: después de presentarme, me llenó de elogios. A juzgar por lo que decía, no tenía más sueño en la vida que el de encontrarse conmigo. “Usted se merece formar parte de mi círculo”, me dijo, “usted no es uno de esos adoradores que van a mi seminario y que no entienden nada de lo que digo”. Venga a mi casa a las 19 y hablaremos. Impulsado por la curiosidad y realmente envanecido, toqué su puerta a la hora convenida. Era otra persona: me trató con desdén, como si no comprendiera por qué me había permitido ir a molestarlo. Era toda una estrategia: seducir, después rechazar, para provocar dependencia. Me fui y nunca más lo vi en privado".


Por otro lado, leemos la muy interesante respuesta del sociólogo Pierre Bourdieu:

Periodista: “¿Por qué emplea usted una jerga particular y particularmente difícil que hace que su discurso sea a menudo inaccesible para el profano? ¿No hay una contradicción entre denunciar el monopolio que se otorgan los científicos y restaurarlo en el discurso de la denuncia?”


Bourdieu: "Basta generalmente con dejar hablar al lenguaje corriente, con abandonarse al laisser-faire lingüístico, para aceptar sin saberlo una filosofía social. El diccionario está preñado de mitología política (pienso, por ejemplo, en todas las parejas de adjetivos: brillante-serio, alto-bajo, raro-común, etc.). Los amigos de la “sensatez”, que están en el lenguaje común como peces en el agua y que –tanto en materia de la queja como en todo lo demás- tienen las estructuras objetivas a su favor, pueden (eufemismo más o menos) hablar un lenguaje claro como agua de manantial y atajar la jerga de una estocada. Por el contrario, las ciencias sociales deben conquistar todo lo que dicen contra los prejuicios que vehicula el lenguaje común y decir lo que han conquistado en un lenguaje que está predispuesto para decir algo completamente distinto. Romper los automatismos verbales no es crear artificialmente una diferencia distinguida que mantenga a distancia al profano; es romper con la filosofía social que se halla inscrita en el discurso espontáneo. Poner una palabra en lugar de otra supone a menudo efectuar un cambio epistemológico decisivo (que corre el riesgo, por lo demás, de pasar desapercibido).


Pero no se trata de escapar de los automatismos de la sensatez para caer en los automatismos del lenguaje crítico, con todas esas palabras que demasiadas veces han funcionado como eslóganes o consignas, con todos esos enunciados que sirven, no para enunciar lo real, sino para tapar las grietas del conocimiento (…) Me estoy refiriendo a es “basic-marxism”, como dic Jean-Claude Passeron, que ha proliferado durante los últimos años en Francia: este lenguaje automático –que funciona mecánicamente, pero en vacío- permite referirlo todo a la economía, con un reducidísimo número de conceptos simples, pero sin pensar gran cosa. El simple hecho de la conceptualización ejerce a menudo un efecto de neutralización, incluso de negación.


El lenguaje sociológico no puede ser ni “neutro” ni “claro”. La palabra clase jamás será una palabra neutra mientras existan clases: la cuestión de la existencia o de la no-existencia de las clases es un objeto de lucha entre las clases. El trabajo de escritura que se precisa para conseguir un uso riguroso y controlado del lenguaje rara vez conduce a lo que se denomina la claridad, es decir, al fortalecimiento de las evidencias del sentido común o de las certidumbres del fanatismo.


Al contrario de la búsqueda literaria, la búsqueda del rigor conduce casi siempre a sacrificar la fórmula bella, que le debe su fuerza y claridad al hecho de que simplifica o falsifica, por una expresión más ingrata, más pesada, pero más exacta, más controlada".

Creo que ambas posturas -la que expone Bourdieu y la que sugiere Todorov- no tienen necesariamente que ser contradictorias, e incluso podrían, y a mi juicio deberían, complementarse.

En  el ámbito del derecho, existen jueces, letrados y académicos que se expresan con un estilo que nos recuerda a Carlos Argentino Daneri:

"La sentencia omnímoda dictada a fs. (...) procrastinó fijar emolumentos en favor del los Sres. profesionales que dieran asistencia en la acumulada "litis contestatio".

(...)

No obstante, el matiz de los agravios expresados contra la decisión de grado en este aspecto, me impone que vuelque los fundamentos que daré a continuación, no tanto para apontocar mi voto no negativo al interrogante copete de este acuerdo, antes bien para desnudar lo acidioso del soflama recursivo”.

¿Es necesario escribir TAN MAL?