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martes, 10 de enero de 2017

SOBRE UNA CONVERSACIÓN CON ALEJANDRO DOLINA

Estuve releyendo la excelente entrevista que el amigo Gonzalo Garcés le hizo a Alejandro Dolina para la revista Orsai. 

A diferencia de lo que me pasaba hace varios años, actualmente estoy reconciliado con Dolina, más allá de que me resulte cansina su exagerada dificultad para aceptar la madurez y el paso del tiempo. 

Una vez le escuché decir que no había podido disfrutar enteramente ningún placer, sin que una voz le susurrara al oído “te vas a morir” y, peor aún, sin que le dijera “se van a morir aquellos a los que amás”.


A mí el sentimiento trágico de la vida a la Don Miguel de Unamuno me aburre un poco. Entiendo que es imposible no pensar en nuestra condición de seres mortales, pero no me pasa lo de estar constantemente obsesionado con el envejecimiento, o hacer un enorme drama porque le dejé de gustar a las pendejas lindas y medio boludas que gustaban de mí cuando era adolescente. Sabemos que, con suerte y viento a favor, vamos a llegar a ancianos. Ahora bien, como decía Voltaire, “quien no tiene las virtudes de su edad, tendrá que cargar sólo con sus defectos”. Cada edad tiene virtudes que son propias de ese momento, más allá de que a veces la experiencia sea un peine que te dan cuando te has quedado calvo.


En fin, volvamos a la entrevista. Como dice el amigo Gonzalo, “Dolina viene conversando apasionadamente hace muchos años con Schopenhauer, con la China antigua, con Platón, con Borges, con Tolstoi, con los trovadores provenzales, con Woody Allen, con Werner Heisenberg, con Max Planck y otros filósofos de barrio. Es una conversación sin certezas y que tiene todo el aspecto de no terminar. Es decir, es una verdadera conversación”.


Las Crónicas del ángel gris (1988) o El libro del fantasma (1999) me parecen libros flojos, demasiado ingenuos, ideales cuando uno está en la adolescencia. Hay frases escritas ahí que te parecen una obra de arte cuando pibe, pero que después suenan demasiado obvias:


“El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar”.

“El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no está en casi ninguna parte”.

“No se puede ser artista si no se ha perdido algo, los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de mercaderes afortunados”.

“No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre Pasión”.

Y frases así por el estilo.

Sin embargo, la división entre “Hombres Sensibles”  y “Refutadores de leyendas” no es una división que Dolina defienda hoy, donde nos dice que la teoría de la relatividad puede ser tan o más hermosa que cualquier obra de arte.

En cierto modo, el exceso de información disponible y la pereza mental del entrevistador dificulta la realización de muchas buenas entrevistas, porque obligan al entrevistado a caer en la redundancia: “así que usted nació en Caseros”, o “así que su madre era maestra”, “¿prefiere componer o escribir?”, y llevan a Dolina a contar lo mismo que ya dijo en cientos de reportajes. No sin cierta vanidad, Dolina dice que la mente pide “verlo a uno en acción”, y Gonzalo agrega: “pide ver a César cruzando el Rubicón”.

Anyway, me gustó lo que el tipo dice sobre los mandatos sociales, que pesan más de lo que nos gustaría reconocer, a veces por el esfuerzo que uno pone en no cumplirlos:

“El mandato social exige garantizar nuestro sentimiento de mañana. Dar garantías acerca de nuestro comportamiento. Yo no digo que eso esté mal; la sociedad necesita esa garantía, siquiera  para criar a los hijos. Pero confundir eso con la pasión, con el deseo, tratar de que el deseo suceda a intervalos regulares y en lugares cómodos, con personas de nuestro mismo grupo social, de edad adecuada, etcétera, bueno, eso es llevar las cosas demasiado lejos. Y por más que la sociedad esté convencida de su propia liberalidad al respecto, yo creo que sigue ejerciendo una fuerte presión sobre cualquier tipo de heterodoxia”.

Gonzalo le recuerda a Dolina la distinción griega entre “eros” y “agapé”, entre el amor pasional y el amor más sereno, y dice que Hollywood tal vez confundió ambos tipos de amor y creó la fantasía de que el amor debe durar para siempre. Dolina recuerda que esa distinción comenzó en el siglo XII o XIII, “en la tierra del Langedoc, en las llamadas cortes de amor”.


Eso me recuerda El amor y Occidente, del filósofo y escritor suizo Denis de Rougemont:

“Amor y muerte, amor mortal: si no es toda la poesía, es al menos todo lo que hay de popular, todo lo que hay de universalmente emotivo, en nuestras literaturas. El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal es novelesco; sólo el amor amenazado y condenado por la propia vida puede ser exaltado por el lirismo. Es un dato constatable: el hombre occidental, a través de su literatura y de su lírica, ama por lo menos tanto lo que destruye como lo que asegura «la felicidad de los esposos». ¿De dónde puede venir una contradicción tal? Si el secreto de la crisis del matrimonio reside en el atractivo de lo prohibido, ¿de dónde nos viene ese gusto por las desgracias? ¿Qué ideal del amor presupone? ¿Qué secreto de nuestra existencia, de nuestro espíritu, tal vez de nuestra historia, se desvela?”.

Personalmente distinguiría, con esa tendencia mía tan característica de explicarlo todo, entre “eros”, “philia” y “agape”. Tomo la distinción, principalmente, de algunas intuiciones de André Comte-Sponville:

Eros:


El amor erótico es el más egoísta, y tiene que ver con la atracción física, la pasión, el deseo; podemos caracterizarlo con una cita de Lucrecio que habla sobre los sentimientos de los amantes:

“Con sus miembros amalgamados, gozan esa flor de la juventud, y ya sus cuerpos adivinan la voluptuosidad siguiente; Venus va a fertilizar el campo de la mujer; aprietan ávidamente el cuerpo del amante, mezclan la saliva, dientes sellados contra las bocas: vanos esfuerzos, porque no pueden robar nada del cuerpo que abrazan, ni penetrarlo o fundirse en el otro por completo. Porque, por momentos eso parece que desean…”.


El amante que se encuentra bajo el influjo de Eros ama a su amada como el lobo ama al cordero. Como diría Ariosto: “Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”.

En este sentido, estar enamorado es amar al otro para bien de uno mismo. Por eso se torna vital  la presencia de otro tipo de amor, si se quiere, más virtuoso (entiéndase bien, más virtuoso no quiere decir más necesario): la amistad (philia).

Philia:

Platón ha sugerido que el deseo implica una carencia. Por caso: no desea salud el que está sano sino el enfermo. Lo que la persona saludable desea no es la salud presente sino la por venir. Comte-sponville hace al respecto una distinción que me parece muy iluminadora: él dice que Platón confunde deseo y esperanza. Por ejemplo: un escritor que ama su profesión sabe, intuitivamente, que hay un abismo entre escribir y tener la esperanza de escribir, que es el abismo que separa el deseo como carencia (esperanza o pasión) del deseo como potencia. Gozamos con lo que hacemos o con lo que somos toda vez que deseamos aquello que no nos falta. La diferencia entre esperanza y deseo es la que existe entre el hambre que tortura al hambriento y el apetito que deleita a un gourmet.


La amistad no es carencia ni deseo de fusión sino comunidad, fidelidad, ganas de compartir. El amor como philia es el que puede darse entre marido y mujer al cabo de un tiempo: al comienzo se hace presente el eros, el hambre, el deseo como carencia, el amor que aferra, que devora, el amor egoísta. Más tarde se puede aprender a amar al otro aceptándolo como alguien distinto. 

El de la amistad no es un fuego inconstante y fugitivo sino templado y duradero. La amistad se alimenta y crece del goce de compartir una charla, de reírnos juntos, de consolarnos mutuamente.

La amistad se funda en la libre elección del otro, y siempre es entre iguales. Cuenta Montaigne que Arístipo, cuando le acosaban con el afecto que debía a sus hijos por haber salido de él, se puso a escupir diciendo que aquello también había salido de él, y que igualmente engendramos piojos y gusanos.

El mismo Montaigne, al tratar de explicar su amistad con La Boétie, dijo: “si me obligan a decir porqué le quería, siento que sólo puedo expresarlo contestando: porque era él, porque era yo”.

Agapé:


El término griego agapé es lo que la iglesia latina ha traducido como cháritas. Utilizo el término griego porque entre nosotros la palabra caridad tiene una connotación más de “dar limosna”, y no es eso lo que intento expresar bajo este concepto.


Hay una frase magnífica, me han dicho que es de Cesare Pavese pero para mí puede también ser de Theodor Adorno en su Mínima Moralia: “serás amado el día en que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro la utilice para afirmar su fuerza”. Este tipo de amor es uno de los más difíciles de lograr, casi se diría que es sobrehumano. En muy pocas ocasiones, tal vez nunca, llegamos a ser capaces de semejante tipo de amor.


El amor en el sentido de agapé implica: amar espontáneamente, gratuitamente, sin motivo, sin interés y casi sin justificación. Esto no sólo lo distingue de la avidez del eros sino también de philia: la amistad implica alegrarme con la alegría del amigo, dar placer y amor porque así recibiré placer y amor, etc. Posiblemente, agapé sea un desideratum solo al alcance de los santos; o quizá el amor de los padres por sus hijos se parezca al amor de “agapé”. Acaso la amistad sea el único amor generoso del que seamos capaces.

Si una persona nos ama nos da poder: el poder de hacerla momentáneamente feliz, que es otra forma de decir que nos da las armas para lastimarla.

Volviendo a Dolina, el tipo nos recuerda el ensayo de Octavio Paz, La llama doble:

“Paz atribuye el origen del amor tal como lo vivimos nosotros –es decir el amor pensado como irreemplazable, como escuela de desengaños, el amor pensado como sufrimiento, si fuera necesario- al discurso que se desarrolló en las cortes de amor del siglo XII. Ahí estaría la pasión, es decir lo primero que uno siente, la visión de un cuerpo hermoso, diría Platón, y luego el agregado de un discurso espiritual al respecto”.

Me gustó la respuesta de Dolina cuando dice que “el deseo es ineficaz cuando su cumplimiento es tan lejano que provoca el desaliento o cuando su cumplimiento es tan cercano que provoca el aburrimiento. Si el deseo se cumple inexorablemente y al instante, bueno, eso aburre. Y si no se cumple nunca te descorazona. Un deseo suficientemente elástico, que se cumple a veces, yo creo que mantiene al espíritu en una intensa ansiedad, que es lo más parecido a la felicidad que yo he conocido”.

Y luego agrega un matiz que me parece interesante:

“(…) el deseo es tan elástico que de tanto estirarse y aflojarse, empieza a no servir. De tanto desear, y de tanto convertir bagatelas en utopías, el deseo también se afloja. Y el alma se desengaña, se aburre, se ofende. Si cualquier cosa es un deseo, uno se ofende. El espíritu se ofende”.

Luego de leer la entrevista en Orsai y como estoy de vacaciones, estuve tomando unos mates y viendo algunas entrevistas que le hicieron al Negro por televisión. Escuchándolo se me ocurrían algunos pensamientos:

Definirse a uno mismo implica limitarse, achicar los horizontes. No es necesario saber exactamente quién es uno: yo no sé lo que soy, pero sé de qué huyo. Está bueno tratar de no tener demasiadas certezas: las certezas nos vuelven intolerantes. La duda humilla, te vuelve más humilde, más terrenal, y quizá por eso convoca mejor a la amistad. “¿Seré tan bueno como dicen mis tías?”. Muchas veces yo mismo afirmo cosas con demasiado énfasis, y me dejo llevar por la pasión. Sin embargo, no es porque quiera imponerle a nadie mi visión de la vida: simplemente comparto lo que pienso por si eso me ayuda a encontrar algún alma más o menos afín.

No tengo mayores problemas si algún escritor, músico o artista que a mí me conmueve en lo más hondo, a otro lo deja indiferente. No me importa en lo más mínimo que estén de acuerdo con cada cosa que digo, sino que tanto su acuerdo parcial, su desacuerdo total o su coincidencia plena me ayuden a pensar, a ser mejor persona de lo que era. No tengo laureles en los cuales dormirme, pero igual me viene bien que las personas que me conocen me ayuden a no dejarme estar. Dejarse estar es una descortesía para aquellos que nos quieren. Hay tipos que se desinflan con el paso del tiempo, y no en el sentido de que se arrugan o echan panza, sino que empiezan a reírse de chistes cada vez más boludos, andan con la camisa desabrochada, no piensan antes de hablar… Hacen de cuenta que no hay nadie a su alrededor que los quiere, o que los está escuchando o que debe aguantar el olor a chivo o sus desatinos al conversar.


En una de las entrevistas le preguntan por su relación con el padre. Dolina cuenta que lo suyo con el padre fue quererse más que comprenderse. “Comprenderse no era lo nuestro”, ahora “si a uno le dan a elegir entre que lo comprendan y que lo quieran, no lo pensaría ni un segundo. No necesito minas que me comprendan, necesito minas que me quieran mucho”.

Los celos pueden ser, si uno es piola, un acicate para incrementar el deseo. Lo mejor es buscar la intensificación del deseo propio viendo cómo los demás desean a la mujer que uno ama, sin por eso festejar que se vaya con el vecino. Sabiendo que nosotros miraremos con deseo a otras mujeres que pasan tanto como ellas desean otros hombres ocasionalmente.

Para terminar, les dejo una hermosa creación de Alfredo Lepera, un hermoso tango que a Dolina le gusta mucho porque le recuerda su miedo al paso del tiempo y su trágica dificultad para enamorar pendejas. Lo supo cantar muy hermosamente el gran Carlos Gardel:


VOLVIÓ UNA NOCHE (1935):

Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
su felonía y su crueldad.
Me dijo humilde: "Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá"

Mentira, mentira, yo quise decirle,
las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es sólo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar.
Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.

Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz.
Y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud.
Se fue en silencio, sin un reproche,
busqué un espejo y me quise mirar.
Había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.

domingo, 20 de noviembre de 2016

MIS AMIGOS SON UNOS ATORRANTES. SE EXHIBEN SIN PUDOR, BEBEN A MORRO… Y NO LEEN UN CARAJO

A casi ninguno de mis amigos les interesa la literatura o la filosofía, aunque a ellos y a mí nos guste hablar de mujeres, de música, de fútbol o de series de televisión. Si les cito algún pasaje de los Diálogos de Platón, son capaces de salirse con alguna grosería del tipo “¿hace cuánto que no la ponés, pedazo de pelotudo? ¡Dejá de joder con ese griego de mierda!”.

Esos canallas impresentables que yo tanto quiero, suelen escuchar bandas uruguayas horribles, o elogian temas de Los Piojos en mi presencia. Por más que yo los invite a disfrutar conmigo esos temazos de Spinetta que a mí me hacen llorar de emoción, tienen el oído tapado.




“Pero hay tanta belleza/ tirada en la mesa/ desnuda toda rebalsada”… ¿Cómo les puede gustar esa poesía de mierda? Si no los quisiera tanto, tendría que cagarlos bien a trompadas.

Será por eso que envidio la suerte de Gonzalo Garcés, que tiene de amigos a tipos como Abelardo Castillo o Hernán Casciari, con quienes además de hablar más o menos de los mismos temas que nos obsesionan a mis amigos y a mí, puede colgarse a debatir sobre la obra o la personalidad de Tolstoi, de Proust o de Roberto Bolaño.


Una vez leí que, para el escritor chileno Alejandro Zambra, la presencia de libros estuvo siempre asociada a la falta de ropa. A mí me pasa igual: cada vez que cobro me gasto un vagón de guita en libros, aunque hace meses que no me compro una remera decente o un pantalón medianamente potable.




A propósito de Zambra, si pueden traten de conseguir No leer, que está muy bueno. Me gusta el rescate que hace de Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que estuvo al margen del "boom":

“Ribeyro escribe para vivir, no para demostrar que ha vivido. Un fragmento de 1977 es, en este sentido, revelador: ‘La verdadera obra debe partir del olvido o la destrucción (tansformación) de la propia persona del escritor. El gran escritor no es el que reseña verídica, detallada y penetrantemente su existir, sino el que se convierte en el filtro, en la trama, a través de la cual pasa la realidad y se transfigura’”.

A Ribeyro le gustaba presentarse como un narrador de tercera división que alguna vez ha hecho algún gol magnífico. ¿No es hermosa esa definición de sí mismo?

Tampoco quería llenar las expectativas de lectores “europeos”: “El Perú que yo presento no es el Perú que ellos imaginan o se presentan: no hay indios o hay pocos, no ocurren cosas maravillosas o insólitas, el color local está ausente, falta lo barroco o el delirio verbal”.

Cuando le preguntan el motivo por el cual no escribe novelas, contesta que es un corredor de distancias cortas: “Si corro el maratón me expongo a llegar al estadio cuando el público se haya ido”. 


En La tentación del fracaso, nos dice: “Tengo una gran desconfianza por los hombres que no fuman ni prueban un vaso de alcohol. Deben ser terriblemente viciosos”.


Y respecto de la literatura moderna: “Cada nuevo escritor coteja su obra con la de los escritores anteriores, no con el mundo. De este modo se llega a una rarificación de la materia novelesca, que puede confundirse con el esoterismo”. Los nuevos escritores, concluye, “tratan de hacer de su obra no el reflejo personal de la realidad sino el reflejo personal de otros reflejos”.

No estoy completamente de acuerdo con lo que dice ahí, pero me gusta la forma en que lo dice, y además me da que pensar; aunque dentro de diez minutos me voy a olvidar de ese fragmento, como me olvido de casi todo lo que leo.

Volviendo a Garcés, tengo que confesar que es un tipo que me cae muy bien, sin importar que me parezca medio “gorila”. Ojo, jamás fui ni seré peronista, pero por lo general desprecio las actitudes “goriloides”. Y digo las actitudes y no "las personas", porque los demás son como yo: seres pluridimensionales, a despecho de tipos como Luis Majul. Por lo demás, la razón suele justificar lo que quiere la voluntad, como decía Borges que decía George Bernard Shaw y/o Schopenhauer. ¿Y quién tiene la posta en cuestiones políticas o ideológicas? ¿Foucault, Zizek, Isaiah Berlin, Norberto Bobbio, Rodolfo Walsh, Tony Judt, Heidegger? NADIE.



En fin, no interesa hablar de política, sino destacar que hace poco terminé de leer un libro suyo que disfruté mucho, y se titula Cómo ser malos. Sus artículos suelen tener ideas “provocadoras”, en el mejor sentido de la palabra. Les dejo algunas citas. 


“La verdad es que la crítica en español, con algunas excepciones admirables, es aburrida. Con esto quiero decir: prolija, temerosa, complaciente, acomodaticia. En inglés a veces también, pero en conjunto no, y no es raro que un crítico, y no un crítico destacado sino uno del montón, me haga reír o pensar. Quiero entender por qué.


Aclaro que la reseña en español no es, hasta donde llega mi conocimiento, la peor del mundo. Esa palma le toca a Francia, donde la prosa de cotillón, el provincianismo y el amiguismo la vuelven directamente ilegible. (…)

En España, la crítica suele ser igual de descerebrada, pero al menos tiene el encanto de lo rús­tico. Después del amaneramiento francés, reconforta leer al agrama­tical Francisco Solano (quien, en una reseña reciente, elogia a Julian Barnes por escribir "con una completa desconfianza al estilo solemne") o al hilarante Ricardo Senabre, que termina todas sus reseñas con una andanada de correcciones escolares. Uno casi puede oír el acento de maestro rural, estilo Amanece que no es poco , cuando Senabre deplora en una novela "ciertos anglicismos de moda", asevera que no debe decirse "no sufras" sino "no te preocupes", y termina despachando al autor con una palmadita en el hombro: hala, ahora a jugar, chaval, y no hagas trastadas. En la Argentina, la barra está colocada un poco más alto. Al menos suele haber cierta noción de historia literaria, cierta idea de que un libro debería situarse en un contexto. Pero, a la hora de la verdad, la crítica argentina padece las mismas taras que la española. Es chirle; casi nunca transmite la impresión de que hay algo impor­tante en juego. (…)

En este punto, supongo, se podría protestar que en España y Latinoamérica hay críticos admi­rables. Los hay, por supuesto. A los nombres evidentes (Domín­guez Michael, Faverón, Carrión, Gandolfo) podría agregar otros menos conocidos (Walter Cassa­ra, Osvaldo Gallone). Pero no se trata de eso. Es en las constantes donde se manifiesta el estado de la cultura. Y el hecho es que cier­tas nociones, y sobre todo ciertas inhibiciones, hacen de la crítica en castellano algo más débil de lo que podría ser".

Me gustaron otros artículos, como Instrucciones para criticar a Cortázar, donde critica esa tendencia que tenemos los "progre" a la "mala conciencia"; o lo que dice acerca de la literatura de Fogwill.

Me agrada la actitud de Gonzalo de tratar de liberarse del qué dirán. Acá lo dice, de modo tajante, en una entrevista que le hacen en la Revista Eñe: "Hay una obsesión por ser lo que no se es". 

En lo personal no sé bien quién soy, pero sé de qué huyo. Estimo que a Gonzalo le pasa algo más o menos parecido.

Me parecieron reveladoras sus reflexiones sobre Fernando Vallejo y Washington Cucurto respecto de su incontinencia verbal, esa capacidad de anular la parte del cerebro vinculada al reconocimiento de los límites que nos ayuda a ejercer la libertad de no tenerle miedo al ridículo:

"A Cucurto le reprochan el haber expresado de manera complaciente la xenofobia, el sexismo, el racismo, en fin, casi todas las graves taras morales que se atribuye a los negros en la Argentina. Nunca lo entendí. Pero es verdad que, cambiando "negro" por "blanco de clase acomodada", lo mismo le reprochan a Fernando Vallejo. Vallejo toca con más instrumentos que Cucurto, pero comparten un tono. Los dos parecen movidos por una agresividad sin objeto que se resuelve en juego. Los dos son indecentes por falta de cohibición, má que por programa. Los dos ofenden al intelectual no tanto por su extremismo sino por su escandalosa falta de mala conciencia. Cucurto representa algo que asustaba y repugnaba a Jean-Paul Sartre: la plenitud del Ser".

¡Sean felices!

Rodrigo