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martes, 5 de mayo de 2020

PUTO EL QUE LEE ESTO Y LA IDEA DE LITERATURA

Las concepciones sobre la literatura, como el ser de Aristóteles, se dicen de muchas maneras.

Hay autores y lectores que disfrutan de la literatura como de la anécdota de un amigo que sabe cómo narrar los acontecimientos para mantenernos entretenidos e interesados hasta el final:

"'Puto el que lee esto.' 

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.


Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. 'Puto el que lee esto', y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacéte cargo y si no, jodéte. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...' Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald".



Se trata de Palabras iniciales, un cuento lleno de ironía que escribió el amigo Roberto Fontanarrosa hace ya varios años.


El autor de Inodoro Pereyra contaba, en el transcurso de una muy buena entrevista que le hizo Cristián Warnken, que algunos confundieron ese cuento con una suerte de declaración de principios suya, siendo que se trataba de un cuento más.

Sin embargo, es evidente que en toda escritura hay, implícita o explícitamente, una concepción de lo que para el autor es la literatura, la lectura y la escritura:

"De todos modos no voy a deslindar responsabilidades: es posible que muchas de esas cosas yo las piense seriamente, o que alguna vez las haya puesto en la balanza".

Y es cierto que hay escritores que parecen más interesados en complacer a los críticos literarios que en captar la atención del lector. Recuerdo que un filósofo alemán, que si mal no recuerdo era Odo Marquard, decía que los filósofos que escriben para otros filósofos eran tan ridículos como si los fabricantes de medias fabricasen medias exclusivamente para otros fabricantes de medias.

El escritor y profesor argentino Martín Kohan, en cambio, dice que la literatura que a él le interesa es aquella que descoloca, desestabiliza, pone en cuestión y desafía tanto al lector como al escritor:

"Eso supone un riesgo de escritura, una apuesta sin garantías" tanto para el acto de escribir como para el acto de leer.

El amigo Martín recordaba un texto de Jacques Ranciére, titulado El espectador emancipado, que trataba de quebrar la premisa que supone un lugar activo para el que hace, para el escritor o el autor, y un lugar pasivo para el lector o para el espectador:

"El espectador emancipado apunta a recuperar el carácter activo de la mirada, no porque el que mira también después hace sino porque mirar es hacer".


En cierto modo, toda gran literatura es "literatura comprometida", en el sentido de que no se conforma con ser mero entretenimiento sino que compromete tanto al autor como al lector. La literatura comprometida aspira a cambiar la percepción del mundo tanto del autor como del lector. Al decir del amigo Javier Cercas, el escritor trabaja con palabras, y las palabras son dinamita. 

lunes, 9 de enero de 2017

OH JOVEN ESCRITOR QUE SALES A CAZAR ANÉCDOTAS

Imagino jóvenes aspirantes a escritores, tal vez lectores de Bukowski, Hemingway o Henry Miller, que cada tanto salen a juntar anécdotas: se enamoran de alguien que no les conviene, se emborrachan de más, se drogan sin mesura, se agarran a trompadas en un bar, viajan de mochileros al norte argentino. Naturalmente, es difícil vivir una aventura en la que un grupo de taiwaneses te secuestra para venderte como esclavo en Sudán –lo cual podría ayudarte a construir una anécdota maravillosa- , sino que o no te dejan entrar a un boliche porque no te pusiste los zapatos adecuados o te putearon por pasar un semáforo en rojo.

Entonces el joven aspirante a escritor descubre que no es suficiente con vivir una experiencia digna de ser contada, sino que hace falta mucho más para transmitir una vivencia, crear un personaje creíble y conmover a un potencial lector. Por lo demás, la pasión pura no sirve en el arte, por eso los escritores con oficio aconsejan no escribir sobre algo que todavía nos conmueve demasiado. Los buenos escritores son capaces de hacer maravilloso lo trivial, mientras que los malos escritores son capaces de volver triviales los temas más importantes. Kafka no necesitó irse de mochilero al norte para escribir páginas extraordinarias: lo hizo casi sin salir de Praga.

Me permito volver a citar algunos consejos valiosos de Don Abelardo Castillo, copiados de su Ser escritor: 

-          "Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

-          No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie entiende ni medio se llama confusión.

-          No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante  para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

-          Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. No es lo mismo decir: “ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda sintaxis es una concepción del mundo”.

¡Sean felices!

Rodrigo

domingo, 25 de septiembre de 2016

ALGUNAS CUESTIONES SOBRE LITERATURA PARA ESTUDIANTES DE PUÁN QUE TODAVÍA NO ENTIENDEN UN CARAJO DE NADA

Si alguien le dijera al poeta "dejá de escribir boludeces y hacé algo útil como poner a hervir el agua o traer las vendas", el poeta no tendría ningún derecho a negarse. ¿Y por qué muchos no se lo dicen? Porque la condición humana suele ser tan miserable y triste que la enfermera le pide al poeta que convenza al enfermo de que su oficio es esencial para curarlo; y el enfermo le pide al poeta que le cante canciones dulces que lo hagan olvidar su sufrimiento. 

Es cierto que, como hoy en día es más sencillo imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, muchos se interesan por “la lista de libros más vendidos” y no tanto por el contenido de una obra determinada, como si el criterio comercial fuera la última ratio. Es así como tantos le sugieren al poeta que deje de escribir boludeces para no “morirse de hambre”. En general, ese es un consejo típico de muchas madres a sus hijos, toda vez que sus hijos expresan su deseo de dedicarse a la poesía. El esnob, por su parte, se interesa por los libros más vendidos para saber lo que NO debe leer. Esa actitud también es medio pelotuda.

El poeta tiene un problema y es que su herramienta de trabajo, a diferencia de la del músico o la del matemático, le pertenece a la comunidad de hablantes. Los escritores no pueden inventar su propio lenguaje, porque si lo hicieran nadie los entendería; ergo, dependen del lenguaje que heredan. Si el lenguaje está corrompido, ellos también se corrompen, y corrompen a los lectores. 


Todo esto es lo que más o menos piensa un gran poeta, que se llamó Wystan Hugh Auden (1907-1973), quien nos recuerda lo que el gran satírico vienés Karl Kraus decía sobre su propia lengua: "el público no entiende alemán, y no les puedo decir eso en periodiqués". 


Una fauna prolífica de periodistas, políticos y comunicadores de los medios masivos, lo sabemos muy bien, corrompen el idioma. La lengua de una comunidad es patrimonio de sus hablantes: tanto de los más nabos como de los seres más sensibles e inteligentes; de los canallas y de los que son la bondad personificada. El poeta debe luchar contra la corrupción del idioma, que viene a ser su propia herramienta de trabajo. El matemático es juzgado por sus pares, mientras que al poeta lo puede juzgar un idiota, un ser sensible o un despreciador profesional. ¿Por qué? Porque todos creen hablar "el mismo idioma", y en parte tienen razón, y en parte se equivocan absolutamente:


“Mucha gente admite de buen grado que no entiende la pintura o la música, pero muy pocos de los que fueron a la escuela y aprendieron a leer frases publicitarias admitirán que no conocen su lengua”, nos dice Auden.



El libro es como un espejo: si un burro se mira en él, no puede esperar verse reflejado como si fuera un apóstol.

Cada vez que leemos, lo hacemos con nuestros prejuicios y nuestro idioma “privado”. Un mal lector es como un mal traductor, nos dice Auden, porque “interpreta literalmente cuando debe parafrasear, y parafrasea cuando debe interpretar literalmente”. La erudición es valiosa a la hora de traducir, pero más valioso es el instinto y el gusto.


“Una señal de que un libro tiene valor literario es que puede ser leído de varias maneras. A la inversa, la prueba de que la pornografía no tiene valor literario es que si uno intenta leerla de cualquier otra forma que no sea la del estímulo sexual, leerla, digamos, como el informe psicológico de las fantasías sexuales del autor, uno se aburre como ostra”.


Encuentro interesante el símil de la ostra en este sentido: a veces es necesario saber aburrirse para que nazca una perla.

Decir que una gran obra se presta para múltiples lecturas no es lo mismo que sugerir que cualquiera puede decir lícitamente cualquier cosa sobre cualquier tema; hay lectores imbéciles o delirantes, y algunos sólo pretenden manipularnos, en el peor sentido de la palabra. Las posibilidades de interpretación son finitas: hay lecturas más verdaderas que otras, y hay muchas que son completamente falsas e incluso absurdas. La pluralidad interpretativa no es lo mismo que el cualunquismo que no sabe jerarquizar.


Alguna vez leí una conferencia donde Borges decía que al hojear libros de estética, le  parecía que habían sido escritos por astrónomos que jamás han mirado las estrellas, porque consideraban que la literatura era más un deber que una ocasión para el disfrute. Es cierto que el placer no le asegura resultados a ningún crítico, sin embargo:


“El buen gusto es una cuestión de discriminación más que de exclusión, y cuando el buen gusto se siente forzado a excluir lo hace con pesar, no con placer.

El placer no es de ningún modo un consejero crítico infalible, pero es el menos falible.

La lectura del niño se guía por el placer, pero su placer es indiferenciado; no puede distinguir, por ejemplo, entre el placer estético y los placeres del aprendizaje o la fantasía. En la adolescencia advertimos que hay diferentes clases de placeres, algunos de los cuales no se pueden disfrutar simultáneamente, pero todavía necesitamos ayuda para definirlos. Ya sea que se trate de un asunto de gustos en comida o en literatura, el adolescente busca un consejero en cuya autoridad pueda creer. Come o lee lo que su consejero le recomienda e inevitablemente hay momentos en los que tiene que engañarse un poco; debe pretender que disfruta las aceitunas o Guerra y paz un poco más de lo que en realidad disfruta.


(…) Cuando alguien entre los veinte y los cuarenta años dice a propósito de una obra de arte: ‘sé lo que me gusta’, en realidad quiere decir: ‘no tengo un gusto propio pero acepto el de mi ámbito cultural’; porque entre los veinte y los cuarenta años la señal más clara de que una persona tiene un gusto genuino es que no está segura de él. Después de los cuarenta, si no hemos perdido del todo nuestra individualidad, el placer puede volver a ser lo que era durante nuestra niñez, la guía apropiada de lo que deberíamos leer”. (W. H. Auden)

A mí me parece que solemos creernos “animales racionales” en cuestiones de gusto, cuando en rigor, la racionalización suele hacerse a posteriori: el hecho estético  es “la inminencia de una revelación que no se produce”, con lo cual el placer aparece como algo misterioso, como la rosa de Angelus Silesius, que es “sin porqué”. La justificación del gusto siempre es una suerte de racionalización de un sentimiento subjetivo.


Cuando el poeta escribe, hay una musa a la que intenta seducir, y un demonio al que trata de vencer. La Musa es una mina hermosísima, es consciente de tener muchos pretendientes y por tanto suele estar llena de malicia: aprecia la caballerosidad y los buenos modales, “pero desprecia a los que no están a su altura, y se deleita con crueldad dictándoles incoherencias y mentiras que ellos, obedientes, anotan como verdad ‘inspirada’”.


La inspiración es una suerte de capacidad para distinguir entre el azar y la providencia:


“Para reducir sus errores al mínimo, el censor interno al que el poeta somete su obra en progreso debe ser en realidad una asamblea. Debe incluir, por ejemplo, un hijo único sensible, un ama de casa eficaz, un experto en Lógica, un monje, un bufón irreverente e incluso –quizá odiado por todos los otros y devolviendo ese desprecio- un brutal y malhablado sargento de instrucción que considere que toda poesía es basura”.

EL DESEO DE TRASCENDENCIA

El escritor Fabián Casas recordaba una visita a la casa de un amigo: 


“En la mesa del living reposaban, como adornos, unas pulseras grandes, que parecían de plástico o acrílico o madera. Las toqué y pensé en mi madre. Ella se ponía esas fantasías baratas (…) Son pequeñas mercancías que utilizaban las mujeres de clase media baja para embellecerse, como lo hacen en ciertas tribus africanas. Hay algo en esos objetos que me produce una gran ternura. No tienen valor alguno, no son bellos y sin embargo son personales, exactos en su candor. Casi no se pueden separar de las personas que los llevan. Parecen un tatuaje de su condición”.

Esas pulseras eran de la madre de su amigo, una persona común sin “deseo de trascendencia”, o cuyo deseo de trascendencia era ver feliz a sus seres queridos. Casas dice admirar a esas personas comunes, y yo comparto esa admiración: 


“Ni se exponen en redes sociales, ni editan discos sofisticados, ni ponen un mingitorio en una galería ni se anotan a competir en realitys. Esa gente común es una bendición”.


Uno podría decir que afortunadamente no todas las personas son así, porque de lo contrario no existiría la música de Spinetta o el cine de David Lynch. Sin embargo, entiendo a qué apunta Fabián, y considero que en buena medida tiene razón. 


A mí me gustan las  personas que no se toman demasiado en serio a sí mismas, y que trabajan en contra de su propio ego. Tal vez una buena fórmula sería: tomarse la literatura en serio, pero no tomarse tan en serio a uno mismo.


El amigo del que habla Fabián es Ulises Conti, un ser con deseos de trascendencia que a su vez es hijo de una madre que usa pulseras baratas. En Tatuajes, el amigo Conti –cuya obra todavía no conozco- nos dice lo siguiente:


“Crecí en un suburbio y sé lo que es estar rodeado de cosas horribles, la angustia de crecer en un barrio signado por la decadencia y el mal gusto, ver a la gente viviendo una vida sin ningún tipo de inquietudes, la desidia y el fracaso establecidos en la normalidad de una coreografía cotidiana. Seguramente todo esto haya sido lo que de algún modo disparó semejante obsesión y fetichismo por vivir una vida diferente en busca de una superconciencia en el arte, poder modificar un destino deparado a la vida trabajando de operario doce horas en una fábrica de escarbadientes, tener que atravesar el conurbano bonaerense, de una punta a la otra, de día y de noche”.

La primera vez que Fabián Casas vio a Ulises Conti, lo vio usando un sombrero y unas botas texanas: a partir de allí lo llamó "el vaquero". ¿Esa vestimenta revela un "deseo de trascendencia" o las ganas de destacarse del modo más boludo? No tengo idea, aunque supongo que habrá sido una mezcla de ambas cosas, ya que los seres humanos solemos ser maravillosos y ridículos casi al mismo tiempo.

Vivo en Avellaneda y crecí en Wilde, en un barrio rodeado de laburantes, vagos, chorros y personas muy copadas. Tengo el trabajo menos literario que se les pueda ocurrir, pero no me identifico totalmente con el amigo Ulises. Sin embargo, ¿se puede ser un artista auténtico sin deseos de trascendencia? A mí me parece que no. Por supuesto que la ambición por “trascender” es una condición necesaria, pero nunca suficiente. Yo no juego en el Barcelona de Messi no por no haberlo deseado, sino porque tengo varias limitaciones: entre otras, la pierna izquierda y la pierna derecha.


Tal vez la cuestión principal tenga que ver con la confusión entre “autenticidad” y “originalidad”. Auden aporta algo de luz:


“Algunos autores confunden la autenticidad, a la que siempre deberían apuntar, con la originalidad, por la que jamás deberían molestarse. Existe cierto tipo de persona tan dominada por el deseo de que la estimen por sí misma que vive poniendo a prueba a los que la rodean mediante una conducta inaguantable; lo que dice o hace debe ser admirado no porque sea algo intrínsecamente admirable, sino porque se trata de su observación su acción. No explica esto en gran medida el arte vanguardista?”.


Eso es todo por hoy, hipócrita lector que fatigas los pasillos de Puán. No os ofendáis por el título del post, fue solamente una broma. Sé que ahora que os he mojado la oreja, me buscaréis defectos gramaticales y os erigiréis en policía: aceptaré vuestras críticas con resignación.

¡Sean felices!


Rodrigo

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA ELOCUENCIA Y LA ORIGINALIDAD

Cuando se escribe para convencer, la elocuencia es fundamental: 

“La mayor verdad del mundo, mal dicha, parece una estupidez. Por ejemplo, uno puede decir que una flor es más bonita que un rey, o puede decir: ‘Mirad los lirios del campo, ni Salomón, en toda su grandeza...’. Si se quiere propagar el Cristianismo, la segunda versión es la correcta”.

Y más adelante:

“Lo que creemos una opinión personal, ya lo vio Nietzsche, no es generalmente más que una repetición, una idea adquirida cuyo origen olvidamos. En el peor de los casos, no pasa de ser un ignorado lugar común. En la adolescencia, sobre todo, nos ocurre eso, aunque en rigor no deja de ocurrirnos nunca. Pensar es un largo aprendizaje o una rareza. Dos o tres ideas PROPIAS que valgan la pena, debe ser todo lo que le está permitido a un hombre de genio. Lo demás son influencias, lecturas olvidadas, mala memoria”. 

Ambas citas entrecomilladas son de Ser escritor, de Abelardo Castillo. A mí me parece que la escritura no suele ser más que una suerte de olvido y recuerdo de cosas que hemos vivido, leído, escuchado. Incluso intervienen recuerdos ajenos que nos han narrado. En fin, es muy lindo leer a Don Abelardo, un tipo talentoso y muchas veces sabio.

¡Sean felices!

Rodrigo

sábado, 12 de marzo de 2016

ESTOY CONTENTO DE ESTAR HACIENDO UN TALLER LITERARIO

Estoy haciendo un taller literario con Pablo Ramos. Yo sabía que ambos nos íbamos a tener cariño, porque en algunas cosas nos parecemos -en las cosas en que me parece esencial parecerme- aunque nuestras personalidades sean tan diversas. Su taller me sirve para mejorarme como persona, para ser más "visceral" y menos miedoso y para bajarme el ego tantas veces como sea necesario. Mis compañeros son bárbaros y me ayudan muchísimo. Este es un fragmento de algo que escribió mi nuevo maestro:

"A veces creo que la soledad no es un precio. La soledad existe de antes, un escritor es básicamente un solitario más o menos disimulado según los casos, pero un solitario al fin. La escritura es la justificación (porque es una soledad que necesita ser justificada), la defensa de esa soledad. Si lo veo así, el círculo cierra perfectamente. Ya que la soledad le dicta las palabras al escritor, y el escritor no puede elegir sacarse esa soledad de encima como si fuera un abrigo pesado un día caluroso.

Escribo porque al hablar fracaso, es mi lugar común, pero es así, un poco. Cada vez que hablo largamente (cada vez más) siento, aún antes de terminar de hablar, la contundencia de una derrota inevitable. Escribir viene a ser lo contrario de hablar. Al hablar me siento prisionero de lo dicho, las palabras se alejan de mí o yo de ellas y son irrecuperables, apurado muchas veces por las circunstancias y las exigencias (ajenas a mi ser) y por más que me ayuden a salir del apremio del momento dándome pequeñas victorias parciales termino siempre sintiendo esa gran derrota. Una derrota humana, no mía en particular pero que desequilibra mi existencia.



Por último los quiero acercar a mi idea de “La arquitectura de la mentira”. Es sencillo: uno construye un texto de ficción de la misma manera en que un arquitecto construye una casa. Uno quiere transmitir intacta una emoción y elige para hacerlo el mejor camino: la creación. Crear no es mentir, crear no es imaginar, es tratar de poseerlo todo, y frente a esa posibilidad puede que suceda el hecho estético. Si sucede hay arte, hay narrativa de calidad. Los cimientos, las paredes, los techos de esta casa no pueden ser meros adornos, meros impactos decorativos, globitos de colores, tortitas para el té. No. Tienen que sostener lo que hay que sostener, tienen que resistir lo que haya que resistir. De esa manera se construye un texto literario, cumpliendo rigores, salvando exigencias. La belleza hay que encontrarla ahí, en la estructura y la concepción de ese todo, en la unidad. De lo contrario corremos el riesgo de que al primer portazo la casa se nos caiga encima y nos sepulte bajo una pila de mampostería barata.

Si se escribe desde lo profundo de nuestro ser (de nuestra soledad) no hay riesgos, lo garantizo. Si se escribe en una mesa de un café de Palermo imbécil, levantando la mano cada vez que alguien nos saluda como si fuéramos una especie de Papa, con nuestra notebook reluciente y nuestro ego más erecto que el obelisco, estamos listos".

Gracias al taller me pintó leer a Raymond Carver.

viernes, 15 de enero de 2016

EL ONANISMO DEL ESCRITOR DE NARRATIVA Y LA DIVERSIÓN DE ESCRIBIR

El onanismo del escritor de narrativa que se divierte escribiendo para sí mismo porque sabe que lo hace en el desierto, que no lo lee ni el loro, ni bien publica y toma conciencia de que a algunas personas les gusta lo que escribe, o alguna "groupie" se confiesa conmovida por un relato suyo, se convierte en un intento de seducción como motivación para seguir escribiendo, que a su vez resulta en un miedo al rechazo o a no cumplir las expectativas. 

"Descubres algo peliagudo que tiene la escritura de narrativa: que para ser capaz de escribirla es necesaria cierta cantidad de vanidad, pero que cualquier cantidad de vanidad por encima de la estrictamente necesaria resulta letal. Llegado este punto, más del noventa por ciento de las cosas que estás escribiendo ya están motivadas e informadas por una necesidad abrumadora de gustar. Y esto genera una narrativa de mierda. Y la obra de mierda debe acabar en la papelera, no tanto por una cuestión de integridad artística como por el simple hecho de que la obra de mierda va a hacer que no gustes. Llegado a  este punto de la evolución de la diversión del escritor, la misma cosa que siempre te ha motivado para escribir ahora te está motivando también para tirar lo que escribes a la papelera". 

Es por eso que DFW dice que Don De Lillo dice que un libro en proceso de escritura es como un niño "repulsivamente deforme que sigue al escritor a todas partes, yéndole eternamente detrás a cuatro patas (es decir, reptando por el suelo de los restaurantes donde el escritor está intentando comer, apareciendo a primera hora de la mañana a los pies de su cama, etcétera), repulsivamente defectuoso, hidrocefálico y sin nariz y con aletas en vez de brazos e incontinente y retrasado y babeando líquido cerebroespinal por la boca mientras lloriquea y gorgotea y llama al escritor, pidiédole amor, pidiéndole eso que su misma repulsividad le garantiza que va a obtener: la atención total del escritor.


El tropo de la escritura deforme es perfecto porque capta la mezcla de repulsión y de amor que todo escritor de narrativa siente hacia la obra en la que está trabajando". 


Vale decir que tu obra es un poco como un hijo medio pelotudo y del que no estás muy orgulloso pero que es tu hijo y por ende, en cierto sentido sos vos mismo. Vos lo odiás "porque SU deformidad es TU deformidad (puesto que si fueras mejor escritor de narrativa tu criatura, por supuesto, se parecería a esos bebés de los catálogos de venta de ropa para bebés, perfectos y rosados y cerebroespinalmente continentes) (...)".


Sin embargo vos, hipócrita escritor, querés mucho a tu criatura y tenés ganas de que los demás lo quieran tanto o más que vos, cuando por fin llegue el momento de que el niño deforme salga y haga frente al mundo. "Es algo así como que querés engañar a la gente: querés que vean como perfecto lo que vos en tu corazón sabés que es una traición de toda perfección.


Mejor dicho, no es que quieras engañar a esa gente; lo que querés es que esa gente vea y ame a un bebé de anuncio, encantador, milagroso y perfecto, y que TENGAN RAZÓN, que estén EN LO CIERTO en lo que ven y sienten. Querés ser vos el que se equivoca terriblemente: querés que la repugnancia del niño deforme resulte no ser nada más que una extraña alucinación engañosa que has tenido. Pero eso significaría que estás loco: que en realidad esas deformidades repulsivas que viste, que te persiguieron y te hicieron encogerte de asco no existen (o por lo menos te convencen de eso). Lo cual quiere decir que te falta más de un tornillo y más de dos, claramente".


La clave está, aunque seguramente la clave no existe, en que aceptes tus límites y trates de decir la verdad en lugar de ser escrito por los lectores: pinta la aldea de tu yo y pintarás el mundo, o una partecita del mundo, pero eso da miedo y es trabajoso aunque pueda ser divertido. 


Otra solución posible consiste en ser más simple, dejar de lado la autoconsciencia, pero eso no es en realidad más que una utopía, porque si sos escritor y te preocupan todas estas cosas es que sos un neurótico vanidoso autoconsciente la mayor parte del tiempo.

Tal vez lo que ocurre es, como me dice alguien por ahí, que el escritor quiera exorcizar sus demonios y, como cualquier ser humano emocionalmente sano, lo que busca es que lo quieran.

Post scriptum:

"Si el artista depende en exceso de ese mero gustar, de tal modo que su verdadero objetivo no resida en la obra sino en la buena opinión de un público determinado, va a desarrollar una hostilidad terrible a ese público, sencillamente por haber renunciado a todo su poder en favor de ellos. Se trata del consabido síndrome de amor-odio seducción: "En realidad no me importa lo que digo, únicamente me interesa gustarte. Pero dado que tu opinión positiva es el único árbitro de mi éxito y mi valía, tienes un poder tremendo sobre mí, y te temo y te odio por ello". Esta dinámica no es exclusiva del arte. Sin embargo, muy a menudo pienso que puedo apreciarlo en mí mismo y en otros escritores jóvenes, ese deseo desesperado de agradar junto con una especie de hostilidad hacia el lector". (David Foster Wallace)

jueves, 23 de julio de 2015

LA FERIA JUDICIAL Y EL TIEMPO

Tenemos tendencia a confundir “el tiempo” con los instrumentos que usamos para medirlo. Olvidamos que la idea de puntualidad es una invención. Con el desarrollo del sistema de transporte se abrió el horizonte para coordinar la hora. Hacia mediados del siglo XIX, Inglaterra introdujo una hora unitaria (GMT: Greenwich Mean Time). Antes, cada lugar geográfico tenía su propio tiempo local. No sé qué se pierde y qué se gana con ese cambio, pero sí que la idea de “ganancia” o de “pérdida”, el considerar que “el tiempo es dinero” o es “un bien escaso” no es natural ni crece como los árboles, sino que forma parte de la concepción capitalista. La interiorización de la disciplina del tiempo es un ejemplo paradigmático acerca de cómo el proceso civilizatorio lleva al ser humano a transformar la coacción externa en una coacción ejercida por uno mismo. El tiempo público de los relojes regula el tráfico, el trabajo, hasta los estados depresivos por no haber “alcanzado a ser” lo que cronológicamente uno “hubiera debido ser” a determinada altura de su vida. Los relojes de las iglesias, estaciones de tren o fábricas, ahora están en nuestras muñecas, en la televisión y en nuestros aparatos de celular. El hombre nunca o casi nunca experimenta el tiempo de forma primaria sino socializada. El tiempo es escaso en relación a metas que son “sociales”. Eso no quita que exista un tiempo “ontológico”, que consiste en sentir que siempre hay más planes, deseos y proyectos no realizados que tiempo para llevarlos a cabo. Todo esto pensaba mientras leía un simpátito librito de Rudiger Safranski sobre el tiempo. Todo esto escribo porque estoy de vacaciones -feria judicial- y siento culpa por estar “al pedo”. Tengo ganas de "hacerme un tiempo" para escribir un libro. ¿Para qué querría yo escribir un libro? Para que encuentre lectores y que esos lectores me hagan sentir un poco menos solo.


¡Sean felices!

jueves, 8 de enero de 2015

¿PARA QUÉ ESCRIBO?


En primer lugar, tengo que decir que escribo fundamentalmente para que me quieran. Me gusta que me comprendan y hasta que me admiren, como a casi cualquier ser humano, pero disfruto mucho más cuando me siento querido. ¿Por todos mis conocidos? Está claro que no: sería una pretensión absurda. Me interesa que me quieran algunas mujeres, algunos amigos y en especial las personas que respeto y admiro.


En segundo lugar, uno no tiene primero una idea y luego trata de encontrar las palabras para darle forma, sino que va descubriendo lo que tiene para decir mientras se expresa. Muchas veces son las palabras las que conectan los conceptos, y no los conceptos los que relacionan entre sí a las palabras.


Me gusta vivir, y no me considero depresivo ni melancólico. Prefiero tratar de ser feliz antes que de parecer “interesante”. En mí no existe una separación tajante entre “la literatura/filosofía” y “la vida”. Sólo vivo profunda y carnalmente cuando puedo expresar mis vivencias a través de la palabra.


En los grandes escritores casi todo está vivo. En los malos escritores, la palabra nace muerta. Para los escritores mediocres, como es mi caso, la letra muerta y la letra viva se mezclan en proporciones variables.


La vida es demasiado breve para que las palabras sean suficientes, pero demasiado difícil para que prescindamos de ellas. Para mí leer es una adicción, aunque también una forma de felicidad. Podría vivir sin escribir, pero me resulta difícil imaginar qué sería de mi vida sin la lectura.


No siento el deseo de escandalizar, el vértigo de la infamia ni el placer morboso de quienes prefieren ser odiados antes que pasar inadvertidos.


Según el escritor francés Michel Houellebecq, “hay en mí una forma de sinceridad perversa: busco con obstinación, con encarnizamiento, lo que puede haber en mi persona de peor para depositarlo, todo bullicioso, a los pies del público: exactamente como un terrier deposita un conejo o una zapatilla a los pies de su amo. (…) No deseo gustar a pesar de lo que tengo de peor, sino a causa de lo peor que tengo, llego hasta desear que mi peor parte sea lo que se prefiere en mí”.


A mí Houellebecq me parece un buen escritor, pero su persona me da cierto rechazo. Me gusta ser veraz, y que me quieran a pesar de mis defectos; de ningún modo pretendo que los demás deseen o se encariñen con las peores facetas de mi personalidad.


Hago este blog, entre otras cosas, porque tengo la pretensión de ir conociendo personas interesantes que me enriquezcan con sus puntos de vista diversos. Invito a que cualquiera me pueda contradecir con buenos argumentos y evitando la injuria, que es lo que sobra.


Creo que con esto dije más o menos lo esencial.