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sábado, 4 de junio de 2016

EL CANALLA LEGALISTA

Según Comte-Sponville, un “canalla legalista” es aquel que basa casi todo su accionar moral en el estricto respeto de la ley, y cree que con eso es suficiente.

Debemos considerar además que quienes empuñan un martillo, son propensos a ver los problemas como si fueran clavos.

No existe ley que me prohíba cultivar la mentira, ni el egoísmo, ni el desprecio, ni el odio, ni tan siquiera la maldad o los sentimientos racistas. Corolario: el orden legal no es, ni por asomo, suficiente para considerarnos moralmente íntegros. El maestro francés Alain (Emile Chartier), decía que "la moral nunca es para el prójimo". Decirle al otro "tenés que ser generoso" no es dar muestras de generosidad.


Cabe aclarar que el “canalla legalista” es una suerte de tipo-ideal weberiano, pues obviamente en la realidad empírica existen mezclas. Este tipo de individuos es totalmente compatible con la legalidad republicana, y puede ser un perfecto mentiroso, egoísta, estar lleno de odio y desprecio hacia gran parte del resto de la población. El canalla legalista tiene un respeto rígido y absoluto hacia TODA legalidad, casi sin distinción.

El discurso del canalla legalista vendría a ser aquel que subyace en quienes vociferan, cuando algún grupete corta el tránsito –reconozco que en la Argentina se suelen evitar las vías institucionales, en parte porque funcionan para el carajo, y se corta el tránsito todo el tiempo- por algún reclamo justo: “¡déjenme de joder: yo pago mis impuestos, no me meto con nadie y respeto la ley, ¿por qué mierda tienen que acampar acá estos X de mierda?”

En su obra El capitalismo, ¿es moral?, Comte-Sponville distingue 4 órdenes: 1) el orden tecno-científico; 2) el orden jurídico-político; 3) el orden de la moral; 4) el orden ético; y se podría agregar un quinto: el orden religioso. Como actualmente vivimos en sociedades laicas, Comte-Sponville no desarrolla mucho el último punto. No voy a extenderme sobre el asunto, pero me parece evidente que su distinción se basa, directa o indirectamente, en la concepción weberiana de la modernidad como “proceso de desencantamiento del mundo”, de progresiva autonomización de las esferas de conocimiento: saber, verdad y ética ya no forman un todo orgánico y autosuficiente.

Sea como fuere, es evidente que los cuatro órdenes pertenecen a esferas autónomas que se relacionan estrechamente entre sí: toda sociedad que intente funcionar adecuadamente debe poder articular medianamente bien los cuatro órdenes, que a menudo entran en conflicto. Tomen cualquier fenómeno social: ley de medios, legalización de la marihuana: tendrá implicaciones políticas (en sentido "amplio" y en sentido "electoralista"), morales, económicas, jurídicas, ideológicas... Por otra parte, distinguir racionalmente no equivale a separar: al correr necesitamos oxígeno, y no por eso confundimos correr con respirar.

El canalla legalista sería aquel que confunde el orden jurídico-político con el moral. Hay ejemplos clásicos, como en Antígona de Sófocles, que nos enseña cómo los órdenes morales y los legales son distintos, y que frecuentemente colisionan entre sí. El canalla legalista es quien confunde ambos órdenes: “ninguna ley me prohíbe el egoísmo. ¿Con qué derecho me reprocha usted que soy egoísta? Pago mis impuestos, nunca he matado ni robado, me detengo en los semáforos… ¡No voy, encima, a preocuparme por los pobres!”


Una ley no dice lo que está bien y lo que está mal, sino lo que está prohibido y lo que está permitido por el Estado, que viene a ser el que detenta, en ÚLTIMA INSTANCIA, el monopolio de la coacción física considerada legítima.

domingo, 2 de febrero de 2014

LO COMPLEJO Y LO COMPLICADO


¿Hasta qué punto “lo complicado” y “lo complejo” son sinónimos? Cierta vez, Marcos Di Palma estuvo muy preciso  cuando interrumpió la habitual verborrea de un periodista de larga trayectoria en el medio: "shh, cállense, que el Tano (Fazzini) va a decir una pelotudez importante"

Hay una frase de Nietzsche, bastante citada cuando se habla de estos temas, donde dice despreciar a los pensadores que “enturbian las aguas para hacerlas parecer profundas”.

Recuerdo que en La imaginación sociológica, Wright Mills ironizaba sobre el estilo pretencioso e innecesariamente abstruso de Talcott Parsons, mediante la traducción a lenguaje llano de uno de los tantos fragmentos barrocos que pueblan La estructura de la acción social. No pongo la cita porque me da pereza ir a buscarla.

Me parece interesante contrastar dos fragmentos que tocan la cuestión, de parte de dos autores franceses muy lúcidos, aunque con sensibilidades ideológicas distintas: Tzvetan Todorov y Pierre Bourdieu.

El lingüista búlgaro nos recuerda la experiencia de haber conocido a Lacan:


"Lacan no era un tímido, sino más bien un manipulador y un seductor. También lo conocí gracias a Jakobson (Roman), pero no sentía por él la misma admiración que por Lévi-Strauss. Sin embargo, leía asiduamente a Freud y me apasionaba, desde otra perspectiva, por los problemas del lenguaje. Pero el estilo de Lacan, alambicado y pretencioso, me producía risa; sus admiradores me hacían recordar a los miembros de una secta, absolutamente devotos de su gurú. Lacan buscaba golpear y seducir, no convencer con argumentos racionales; aspiraba a alienar la voluntad de sus auditorios, no a hacerlos más libres. Ésa era en todo caso mi impresión, lo que explica por qué no me atraía. Para mí, la máxima claridad en la expresión es una cuestión de ética, de respeto hacia aquel a quien me dirijo: es el modo en que lo coloco en el mismo plano que yo, que le permito responder y por lo tanto convertirse en sujeto de la palabra con el mismo derecho que yo. En tanto lector, quiero dirigirme a los autores a los que leo, hacerles preguntas: “eso que me dicen, ¿es verdad?, ¿es correcto?”. Tiendo a buscar que mis lectores puedan hacer otro tanto. Me interesa poco el culto de la oscuridad.


Mi único encuentro personal con Lacan se desarrolló de esta manera: después de presentarme, me llenó de elogios. A juzgar por lo que decía, no tenía más sueño en la vida que el de encontrarse conmigo. “Usted se merece formar parte de mi círculo”, me dijo, “usted no es uno de esos adoradores que van a mi seminario y que no entienden nada de lo que digo”. Venga a mi casa a las 19 y hablaremos. Impulsado por la curiosidad y realmente envanecido, toqué su puerta a la hora convenida. Era otra persona: me trató con desdén, como si no comprendiera por qué me había permitido ir a molestarlo. Era toda una estrategia: seducir, después rechazar, para provocar dependencia. Me fui y nunca más lo vi en privado".


Por otro lado, leemos la muy interesante respuesta del sociólogo Pierre Bourdieu:

Periodista: “¿Por qué emplea usted una jerga particular y particularmente difícil que hace que su discurso sea a menudo inaccesible para el profano? ¿No hay una contradicción entre denunciar el monopolio que se otorgan los científicos y restaurarlo en el discurso de la denuncia?”


Bourdieu: "Basta generalmente con dejar hablar al lenguaje corriente, con abandonarse al laisser-faire lingüístico, para aceptar sin saberlo una filosofía social. El diccionario está preñado de mitología política (pienso, por ejemplo, en todas las parejas de adjetivos: brillante-serio, alto-bajo, raro-común, etc.). Los amigos de la “sensatez”, que están en el lenguaje común como peces en el agua y que –tanto en materia de la queja como en todo lo demás- tienen las estructuras objetivas a su favor, pueden (eufemismo más o menos) hablar un lenguaje claro como agua de manantial y atajar la jerga de una estocada. Por el contrario, las ciencias sociales deben conquistar todo lo que dicen contra los prejuicios que vehicula el lenguaje común y decir lo que han conquistado en un lenguaje que está predispuesto para decir algo completamente distinto. Romper los automatismos verbales no es crear artificialmente una diferencia distinguida que mantenga a distancia al profano; es romper con la filosofía social que se halla inscrita en el discurso espontáneo. Poner una palabra en lugar de otra supone a menudo efectuar un cambio epistemológico decisivo (que corre el riesgo, por lo demás, de pasar desapercibido).


Pero no se trata de escapar de los automatismos de la sensatez para caer en los automatismos del lenguaje crítico, con todas esas palabras que demasiadas veces han funcionado como eslóganes o consignas, con todos esos enunciados que sirven, no para enunciar lo real, sino para tapar las grietas del conocimiento (…) Me estoy refiriendo a es “basic-marxism”, como dic Jean-Claude Passeron, que ha proliferado durante los últimos años en Francia: este lenguaje automático –que funciona mecánicamente, pero en vacío- permite referirlo todo a la economía, con un reducidísimo número de conceptos simples, pero sin pensar gran cosa. El simple hecho de la conceptualización ejerce a menudo un efecto de neutralización, incluso de negación.


El lenguaje sociológico no puede ser ni “neutro” ni “claro”. La palabra clase jamás será una palabra neutra mientras existan clases: la cuestión de la existencia o de la no-existencia de las clases es un objeto de lucha entre las clases. El trabajo de escritura que se precisa para conseguir un uso riguroso y controlado del lenguaje rara vez conduce a lo que se denomina la claridad, es decir, al fortalecimiento de las evidencias del sentido común o de las certidumbres del fanatismo.


Al contrario de la búsqueda literaria, la búsqueda del rigor conduce casi siempre a sacrificar la fórmula bella, que le debe su fuerza y claridad al hecho de que simplifica o falsifica, por una expresión más ingrata, más pesada, pero más exacta, más controlada".

Creo que ambas posturas -la que expone Bourdieu y la que sugiere Todorov- no tienen necesariamente que ser contradictorias, e incluso podrían, y a mi juicio deberían, complementarse.

En  el ámbito del derecho, existen jueces, letrados y académicos que se expresan con un estilo que nos recuerda a Carlos Argentino Daneri:

"La sentencia omnímoda dictada a fs. (...) procrastinó fijar emolumentos en favor del los Sres. profesionales que dieran asistencia en la acumulada "litis contestatio".

(...)

No obstante, el matiz de los agravios expresados contra la decisión de grado en este aspecto, me impone que vuelque los fundamentos que daré a continuación, no tanto para apontocar mi voto no negativo al interrogante copete de este acuerdo, antes bien para desnudar lo acidioso del soflama recursivo”.

¿Es necesario escribir TAN MAL?