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sábado, 14 de enero de 2017

YO NO LEO MESSI, NO LEO SBARAGLIA... YO LEO FRIEDRICH NIETZCHE. Y ADEMÁS LES DIGO QUE SI QUIEREN CONOCER MEJOR SU OBRA, LEAN ASPECTOS DE SU BIOGRAFÍA

Friedrich Nietzsche es uno de los filósofos cuya obra admite las lecturas más disímiles. A uno le da la impresión de que cada persona tiene su Nietzsche a medida.

Podemos leer interpretaciones de derecha, de izquierda, anarquistas, nazis, libertarias, comunistas, ateas, teológicas, democráticas, elitistas… 

En lo personal no creo que se pueda decir cualquier cosa de cualquier texto de Nietzsche –por caso, hacer de Nietzsche un demócrata o un izquierdista implica forzar sus ideas casi hasta la caricatura-; pero coincido en que se trata de una figura tremendamente contradictoria y ambigua. ¿Cómo dilucidar de modo contundente, por ejemplo, que una lectura de Así habló Zaratustra es errónea?

“Autor de cabecera de personajes como Hitler, Lenin, Daniel Cohn-Bendit, José Ingenieros (…)”, como bien nos recuerda un profesor de filosofía bastante mediático y bilardista, la obra de Nietzsche le escapa especialmente a la sistematicidad.

Una de las cosas que más fascinaba a Nietzsche de Johann Wolfgang von Goethe era que el autor del Fausto había sabido compaginar arte y vida. En el caso de Nietzsche, en cambio, vida y obra han estado en una contradicción tal que lo terminaron llevando a la locura.

Nietzsche decía que la originalidad de la filosofía de Schopenhauer radicaba en la personalidad del autor, era “un Schopenhauer en grande”. Refuerzo la idea porque me parece destacable: lo que atraía a Nietzsche era no tanto las grandes obras sino las grandes personalidades que se vislumbran detrás de esas obras.

En una reflexión consignada en el segundo volumen de Parerga y paralipómena, Schopenhauer contradice, obviamente sin saberlo, la opinión de Nietzsche, afirmando que quienes se ocupan de conocer la vida de un filósofo, en lugar de estudiar sus pensamientos, se asemejan a aquellas personas que no admiran un cuadro sino que se conforman con examinar el marco y se interesan por el gusto de su talla o la calidad de su dorado.

Se cuenta una anécdota de otro autor que se encuadra en esta estela antibiográfica, Martin Heidegger, quien al parecer comenzó un seminario sobre Aristóteles diciendo que “nació, trabajó y murió”. El mismo Jorge Luis Borges, nuestro escritor canónico, era bastante reacio a contextualizar con fechas y datos la obra de los escritores que le agradaban.


Estas posturas extremas contrastan con la de Diógenes Laercio, cuyas Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres gustaba tanto al mismo Nietzsche.

En lo personal coincido con Nietzsche y con todos aquellos que creen que conocer la personalidad de quien filosofa ayuda a conocer mejor el contenido y la forma de su filosofar. Por caso, leer la biografía de Schopenhauer escrita  por Rüdiger Safranski, o la vida de Wittgenstein descripta por Ray Monk, ayudan a adentrarse tanto en el pensamiento de Schopenhauer como a entender mejor la obra del autor del Tractatus Logico-Philosophicus. 

Una conferencia no ha de ser mejor o peor juzgada si se sabe que el orador fumó medio cigarrillo de marihuana para darse ánimos, o se tomó una copa de vino. Un pensador como Nietzsche que es débil y adora la fuerza, que tuvo una vida triste y predicaba la alegría, que se cree maligno y es transparente en todo lo que dice, no parece ser alguien cuya vida no pueda elucidar mejor su pensamiento. 

“¿Vas con mujeres? ¡No olvides el látigo!”, dijo el personaje de la viejecilla en Así habló Zaratustra. ¿Se entiende mejor esa frase si conocemos las relaciones eróticas y amorosas que Nietzsche mantuvo, o mejor dicho no mantuvo, con las mujeres de su vida? Yo estoy convencido de que sí. 

“Ocuparse del pensamiento de Nietzsche -escribe Karl Jaspers- exige, a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los filósofos, que uno tome a la vez contacto con la realidad de su vida”.

En el último capítulo de su Ecce Homo, una autobiografía bastante megalómana que escribió poco antes de su colapso mental de 1889, él mismo nos dice: 

“Yo conozco mi suerte, un día mi nombre irá unido a algo formidable: al recuerdo de una crisis como jamás la ha habido en la tierra, a la más honda lucha de conciencia, a una decisión jurada contra todo lo que hasta entonces había sido creído, fomentado y tenido por sagrado. Yo no soy hombre, soy dinamita”.

No quiero abundar mucho en aspectos de su vida porque estoy en el cumpleaños de mi vieja y me están mirando con cara de "dejá de escribir maldito nerd, y vení a tomar cerveza con nosotros". Por eso los invito a leer a ustedes mismos las muchas biografías que se han escrito sobre el amigo Federico. 

Tenemos a nuestra disposición incluso hasta del catálogo de su “biblioteca personal” con los libros que leyó. Hay estudios de la vida de Nietzsche que abundan en detalles muy valiosos; al respecto es inestimable la monumental biografía de K. P. Janz, Friedrich Nietzsche I: Infancia y juventud; II: Los diez años de Basilea; III: Los diez años como filósofo errante; IV: Los años del hundimiento. También hay información  de primera mano, aunque hay que leer con cuidado, de su propia hermana: E. Förster-Nietzsche, Das Leben Friedrich Nietzsches. O de L. Andreas Salomé: Friedrich Nietzsche en sus obras.


Hay extensos y detallados trabajos biográficos de Ch. Andler, F. Würzbach, Werner Ross, Rüdiger Safranski, Daniel Halévy, entre muchos otros. 

Están traducidos al castellano sus textos publicados, sus fragmentos póstumos, sus cartas. Hace rato que todos aquellos que tengan ganas de leerlo, y plata para ir comprando sus libros, pueden estudiar a fondo la obra de un filósofo clave en la historia de la cultura Occidental, incluso superior a figuras titánicas como las de Luis Majul o Alejandro Rozitchner.

Ahora si son unos vagos de mierda y pretenden que sea yo el que les mastique la comida por ustedes para que la puedan digerir mejor, les digo que no lo pienso hacer bajo ningún concepto.

Eso es todo por hoy. ¡Sean felices!

Rodrigo

jueves, 5 de enero de 2017

EL NIETZSCHE DE GEORG BRANDES. UN ENSAYO SOBRE EL RADICALISMO ARISTOCRÁTICO

Para criticar a un autor valioso, primero hay que dejarse fascinar por su  obra y tratar de seguirlo en su discurrir. Esta actitud de dejarse arrastrar se parece, de algún modo, a lo que sugería Samuel Taylor Coleridge en referencia a la fe poética, que implica una “voluntaria suspensión de la incredulidad” –willing suspension of desbelief- que nos  permite sumergirnos en el mundo ficcional que el creador de la obra nos propone. Más allá de que Coleridge se refería a textos de “ficción” y no a composiciones filosóficas o científicas creo que, especialmente en el caso de Nietzsche, la sugerencia del autor de Kubla Khan nos puede ser de utilidad.


En una de sus tantas “clases a la gorra”, Diego Singer plantea que, al empezar la lectura de una obra clásica de filosofía, hay que tener en cuenta tres cuestiones: 

1) Antes de leer textos complejos, como los de Nietzsche, hay que predisponerse a re-leerlos, incluso más de tres  o cuatro veces. Debemos “rumiar” los textos, pasarlos  de un estómago a otro para sacarles el jugo, los nutrientes, como hacen los herbívoros con el alimento;

2) Hay que ser muy generoso con el autor que uno lee, y seguirlo en el movimiento que propone. No hay que plantarse frente al autor con una postura soberbia de “estoy en desacuerdo” o de “¿qué está diciendo este loco o este excéntrico?”. Diego pone el ejemplo del tango, donde para bailar hay que entregarse y seguir los movimientos de la pareja;


3) Hay que sacarse de encima la pretensión de “entender todo”. El “no entiendo” es, a menudo, una forma de cobardía, de pereza mental. La cuestión no es comprenderlo todo, sino que el texto nos produzca algún trastorno, nos diga algo. Por lo demás, la comprensión absoluta no es posible, si el texto vale la pena, ni siquiera para quien lo escribe.

Ahora bien, en un momento posterior, me parece necesario dialogar críticamente con el autor, sin hacerle decir lo que nosotros queremos que diga en lugar nuestro. En este sentido, es tan ridículo hacer de Nietzsche un nazi avant la lettre, como reducirlo a una suerte de “proto-anarquista”, o a un “liberal” o un “izquierdista”.

En 1890, el crítico danés George Brandes publicó, en la revista Deutsche  Rundschau, un artículo titulado “Aristokratischer Radikalismus. Eine Abhandlung  über Friedrich Nietzsche” (Radicalismo aristocrático. Una disertación sobre Friedrich Nietzsche), donde el pensamiento nietzscheano es presentado como fruto de una profunda inspiración tanto ética como política.

Ambos autores llegaron a intercambiarse varias cartas, desde el 26 de noviembre de 1887 hasta principios de 1889, cuando ya Nietzsche había empezado a perderse  en las tinieblas de la enajenación mental.

En una de las cartas, Nietzsche le confesó: “La expresión ‘radicalismo aristocrático’, que usted me dirige, me agrada. Permítame decirle que es lo más fuerte que de mí se ha dicho”.


Para quienes no lo conocen, Georg Brandes nació en Copenhague, capital de Dinamarca, el 4 de febrero de 1842. Era  de origen hebreo, y su filosofía racionalista fue influenciada por autores como Stuart Mill, Kierkegaard, Renan y Taine, entre otros.


Según Nicolás González Varela -la foto de sus libros se la afané sin permiso, pero sé que me va a perdonar- en su Nietzsche  contra la democracia, las lecturas marginalmente políticas que se han realizado del autor de El origen de la tragedia, mayormente en la tradición anglosajona, “paradójicamente nos representan un Nietzsche hiperliberal, anarquista individualista, antiimperialista, que incluso puede ser una fuente valorable de recursos para el desarrollo de una teoría democrática posmoderna”.

Este tipo de interpretaciones, de acuerdo al amigo Nicolás, reducen la obra de Nietzsche a un “burdo mecanismo de anacronismos, extrapolaciones y arbitrariedades presentadas como necesarias. Lo accidental en Nietzsche, incluso lo anecdótico, se transforma en el núcleo central. La inexactitud filológica se revela como un 'approche' estético, reduciendo todo a la retórica, a un juego de metáforas (…)”.

Es cierto que el estilo  aforístico, fragmentario e incluso poético de Nietzsche facilita el hecho de que sus textos se presten especialmente a la manipulación hermenéutica. De ahí que el estudio pionero de Brandes me parezca digno de ser leído, porque se trata de la mirada de un contemporáneo.


Brandes comienza su  artículo diciendo que “en la literatura de la Alemania actual, Friedrich Nietzsche me parece el escritor más interesante. Aunque poco conocido, incluso en su patria, Nietzsche es un espíritu absolutamente de primer orden que merece por completo ser estudiado, discutido, combatido y asimilado”. 


Es curioso que lo llame “escritor” y no “filósofo”. Me interesa además que el danés hable de la necesidad de COMBATIR sus ideas. Sin embargo, lo que me parece más interesante del libro de Brandes radica en que no hace de Nietzsche un pensador que se desentiende de las cuestiones políticas, sino muy por el contrario. 

En la primera carta que le envía, antes de publicar su artículo, Brandes le escribe lo siguiente:

“Un espíritu nuevo y original me llega de sus creaciones. Aún no entiendo muy bien lo que he leído, no siempre alcanzo a distinguir su idea, pero mucho de lo suyo está en armonía con mi pensamiento y con mis simpatías, como el desprecio a los ideales ascéticos y el profundo asco a la mediocridad democrática, aquello a lo que yo hubiera llamado radicalismo aristocrático. Su desprecio a la moral de la piedad aún no lo comprendo muy bien. Hay en su  obra observaciones acerca de las mujeres con las que no concuerdo”.

El 2 de diciembre de 1887, Nietzsche le responde lo siguiente:

"Estimado señor:

Éste es mi anhelo: algunos lectores a quienes apreciar y nada más. Con el transcurso del tiempo tengo siempre menos esperanza de que mi deseo se realice, pero por eso tengo mucha suerte para los buenos lectores. Siempre los he tenido pocos y buenos. El viejo hegeliano Hugo Bauer y Richard Wagner han sido de los lectores que anhelo: ya no están entre los vivos, pero entre los colegas que viven aún, me leen personas como mi amigo Jacob Burckhardt, Hans von Bulow, Hippolyte Taine y el poeta suizo Keller, a quien debe usted conocer."


Como dijimos al principio del posteo, en esa carta Nietzsche le confiesa a Brandes que se sintió representado por la expresión “radicalismo aristocrático” que se le atribuye.

El 15 de diciembre de 1887, Brandes le responde  desde Copenhague, diciéndole, entre otras cosas:

“He empleado sobre su doctrina la expresión de ‘radicalismo aristocrático’ porque estas palabras reflejan claramente mis propias convicciones políticas. Me choca un poco la agudeza y la pasión de sus filípicas en contra de fenómenos como la propaganda socialista  y anarquista. Las ideas anarquistas de Kropotkin no son tonterías, como dice usted”.

Insisto nuevamente en que a Brandes no se le pasa por la cabeza tratar a Niezsche como a una personalidad “apolítica”. Desde joven, el autor de Así hablaba Zaratustra se interesó por la política y la historia, como atestiguan sus lecturas de Maquiavelo, Bakunin, Louis Blanc, Tocqueville, Michelet, Ranke y tantos otros. 


Como bien destaca el amigo Nicolás, “desde sus primeros escritos sobre Napoleóon III, hasta sus pertinentes e informadas menciones en cartas y manuscritos sobre los hechos político-sociales más importantes de los años transcurridos entre 1860 y 1880, como por ejemplo la reforma del ejército prusiano en los inicios de los 1860’s, la crisis de Schleswig-Holstein y la guerra de Prusia contra Dinamarca (1863/64), la guerra imperialista entre Austria y Prusia (1866), la introducción del sufragio universal masculino en Prusia (1867/1871), las primeras coaliciones y asociaciones obreras (1867-1868), las elecciones y luchas parlamentarias (1867-1880), sobre el partido más importante del II Reich contra la Iglesia Católica Romana (circa 1871/1879), las leyes de Bismarck prohibiendo el partido socialdemócrata, el SPD (1878), las reformas sociales populistas de Bismarck”, etc.; hacen que de lo que menos se pueda hablar es de un tipo que no le daba bolilla a la política del día a día en su tiempo.

En lo personal me parece interesante contraponer la figura de Nietzsche a la de Tolstói, sobre todo porque ambos son auténticos MAESTROS, aunque seguramente yo no sea un discípulo digno.

En un artículo necrológico que cierra la edición del libro, escrito en 1900, Brandes afirma:

“En los últimos años Nietzsche y Tolstói fueron dos polos opuestos de la vida. La moral de Nietzsche es aristocrática, la de Tolstói popular; individualista la del primero y evangélica la del segundo. Nietzsche quiere la superioridad del individuo y Tolstói proclama la necesidad del sacrificio de la vida colectiva”.

Es evidente que se trata de temperamentos MUY diferentes. No es casualidad que el autor de Ana Karenina haya dicho que Nietzsche era un ser “medio demente, de una seguridad en sí mismo rayana en la locura, inconsistente, limitado pero diestro en el lenguaje”, y además que lo leyó con placer pero “con asco”. 

Recordemos que tanto Nietzsche como Tolstói son lectores de la obra de Schopenhauer.  No importa demasiado que yo les aclare que estoy mucho más próximo a Tolstói que a Nietzsche. Al Fede lo admiro, a Tolstói lo admiro pero además lo quiero y, en muchos aspectos, me parece un modelo a seguir.

Brandes destaca como característico de la obra de Nietzsche su hipótesis respecto de la cual un pueblo está en estado de civilización cuando los hombres de la sociedad trabajan constantemente para la producción de grandes personalidades. ¿Y cuándo están alejados de la civilización? Muy sencillo: cuando las masas dificultan o impiden la producción del genio.

Brandes cita a Nietzsche cuando afirma que "la humanidad trabajará incesantemente para producir grandes individuos: esto y nada más deberá ser su tarea". Y luego agrega:

"Ciertos autores, almas aristocráticas contemporáneas, han llegado a la misma verdad. Así, Ernest Renan se expresa de un modo casi idéntico: ‘En definitiva, el fin de la humanidad es producir grandes hombres. Nada hay sin los grandes hombres. De los grandes hombres es de donde nos vendrá la salud’. Y por las cartas de Flaubert a Georg Sand se advierte hasta qué punto el autor de Madame Bovary estaba convencido del mismo pensamiento, pues llega a decir lo siguiente: ‘La única cosa razonable es un gobierno de mandarines, con la condición de que éstos sepan alguna cosa o, más bien, de que sepan muchas cosas’”.

Les comento algunos fragmentos del artículo de Brandes, por si no consiguen el libro. Si quieren leer la versión inglesa, pueden hacer click acá.

Antes que nada hay que tener en cuenta que, siendo un estudio pionero, el autor ni leyó la obra completa de Nietzsche, ni mucho menos se empapó de las interpretaciones de otros estudiosos. Ese es el motivo por el cual, al comienzo de su artículo, Brandes aborda cuestiones que hoy ya son ultra-sabidas, como la afición inicial de Nietzsche por la obra de Schopenhauer, su amor por la música de Richard Wagner o su admiración por Jacob Burckhardt.

Recordemos que, en la primera de las Consideraciones Intempestivas, que lleva por título "David Strauss, el confesor y el escritor", Nietzsche alude a la victoria militar de Prusia sobre Francia, en 1870, y critica el hecho de que haya sido interpretada y presentada por varios intelectuales y periodistas de aquel entonces como una victoria de la cultura alemana sobre la francesa. Nietzsche percibe que la cultura alemana está presidida por el racionalismo económico, por la idolatría positivista de “los hechos”, por la discursividad científica y por la “opinión pública”. 

Según Brandes, Nietzsche considera que las palabras “civilización” y “civilización homogénea” son sinónimas, dado que la idea de civilización se manifiesta bajo la forma de unidad de estilo a través de todas las manifestaciones de la vida de una nación. Sin embargo, el crítico danés se despega de interpretaciones que varios años después harán algunos partidarios del nazismo:

“Pero civilización homogénea no es, naturalmente, sinónimo de civilización autóctona. La vieja Islandia, por ejemplo, poseía una civilización homogénea, aunque su alto desarrollo fue debido a las relaciones muy vivas existentes entre esa isla y Europa; una civilización homogénea distinguía a la Italia del Renacimiento, a la Inglaterra del siglo XVI y a la Francia de los siglos XVII  XVIII; y esto, gracias a que Italia construyó su civilización con impresiones griegas, romanas y españolas; Francia la suya con elementos antiguos celtas, españoles e italianos; y a que el pueblo inglés fue, en un grado mayor que los otros pueblos, el resultado de la mezcla de razas”.

Brandes destaca luego que, para Nietzsche, el tiempo de las civilizaciones nacionales ya pasó, y que “no está lejos el momento en que no se hablará ya más que de una civilización americanaeuropea, sola y única”.

Y más adelante, Brandes nos dice:

“A los ojos de Nietzsche, la desgracia capital para un país no es, por lo tanto, no poseer todavía una civilización verdadera, única y sistematizada, sino creerse civilizado cuando no lo está”. Por eso es que, en 1878, Nietzsche introduce el término Bildungsphilister (filisteo culto), que es aquél que se autoengaña creyéndose un hombre culto cuando es justamente lo contrario.


Como es de sobra conocido, Nietzsche siempre manifestó un desprecio absoluto, tanto por el periodismo como por la llamada “opinión pública”. Cuanto más dotado está un individuo de personalidad propia, es tanto más impermeable a seguir las opiniones del rebaño.

Ahí aparece la figura de Schopenhauer como maestro, como el pensador solitario que escribe verdades que sus contemporáneos no están dispuestos a escuchar. Al respecto, Brandes puntualiza lo siguiente:


“En nuestros días, las palabras ‘institución de cultura’ designan a una organización en virtud de la cual la gente cultivada avanza en filas cerradas, echando a  un lado a todos los oponentes solitarios cuyo esfuerzo tiende a fines superiores. Aun entre los hombres de ciencia, la facultad de comprender al genio en formación peca de ordinario, lo mismo que la comprensión del valor del genio contemporáneo en  plena actividad. Por esta razón, y a pesar de los progresos rápidos e innegables en todos los dominios técnicos y especiales de la ciencia, las condiciones para la existencia de los grandes hombres han mejorado poco; de hecho, se puede decir que el resentimiento con respecto a todo lo que es genial se ha recrudecido más que disminuido”.

En fin, tampoco pretendo resumirles todo el contenido de un artículo que pueden leer ustedes mismos. Solamente quiero agregar que, en el intercambio epistolar que mantuvieron, me pareció curioso el desacuerdo sobre la figura de Dostoievski:

18. De Nietzsche a Brandes
Turín, 20 de octubre de 1888

"(...) Me agrada Rusia, como a usted. Cada libro ruso, especialmente de Dostoievsky (¡en traducción francesa, por Dios, no alemana!), es mi mayor consuelo y un verdadero manantial de tranquilidad."

19. De Brandes a Nietzsche
Copenhague, 16 de noviembre de 1888

"(...)  (Dostoievsky) Es un gran poeta, pero un ser repugnante, cristianamente emocional y sádico al mismo tiempo. Toda su moral es la que usted llama moral de esclavos".

20. De Nietzsche a Brandes
Turín, Carlo Camino Alberto, 20 de noviembre de 1888.

"(...) Estoy conforme con lo que dice usted de Dostoievsky: siento por él mucho aprecio como uno de los psicólogos más grandes del mundo. Le estoy profundamente agradecido, por más antagónico que sea a mis instintos. Lo mismo siento hacia Pascal, a quien casi quiero, porque me enseñó mucho, mucho. ¡Es el único cristiano lógico!"

Vale decir, Nietzsche está dispuesto a admirar a personalidades incluso contrarias a sus propios instintos.


Para no extenderme más, déjenme decirles que para entender a otra persona, no basta con admitir la verdad trivial de que se trata de alguien diferente a mí: lo decisivo es comprender que no sólo yo soy un extranjero para el otro, sino que yo soy extranjero incluso para mí mismo, como él ha de serlo para sí. Como es natural, Nietzsche no pensó lo mismo en cada período de su vida; sin embargo, el desprecio por la democracia fue una constante a lo largo de toda su vida. El socialismo siempre le pareció cosa del rebaño, de la plebe, de pobres gentes que quieren calentarse mutuamente. No es casual que, en una de sus cartas, Brandes le recomiende la lectura de Kierkegaard, otro autor que desprecia a las masas y ensalza al individuo, aunque desde una postura que, aún siendo heterodoxa, jamás dejó de ser cristiana.

En síntesis, adhiero al lugar común que sostiene que uno debe leer a Nietzsche contra Nietzsche, a Nietzsche contra Marx, a Marx contra Nietzsche y así siguiendo. Lo que no me parece una actitud piola es comprar una visión edulcorada de los autores que leemos, o seleccionar citas meramente para acomodar una obra compleja para que encaje con nuestros propios prejuicios. Me parece que hay que tratar de tener el coraje de animarse a mirar el abismo con los ojos bien abiertos.

¡Sean felices!

Rodrigo

martes, 20 de septiembre de 2016

LA MAYOR PRUEBA MORAL ES LA MANERA EN QUE TRATAMOS A LOS SERES MÁS DÉBILES

Nos resulta sencillo ejercer la amabilidad y el respeto con una mujer hermosa, con una figura de poder o con alguien que tiene una personalidad carismática y agradable. Sin embargo, cuidar al otro por encima de uno mismo, ser generosos con las personas más débiles y desamparadas es la cara más impresionante del amor. El amor lleno de generosidad y entrega que tiene mi vieja (y obviamente también mi viejo) por mi hermana Jimena, uno de los seres más débiles y necesitados que existen, es uno de los rasgos de su personalidad que yo más admiro, y eso que mi vieja está llena de rasgos admirables.

Mi vieja ahora está jubilada, pero antes trabajaba como enfermera en el Pami. ¿Qué quiere decir esto? Significa simplemente que cuando no cuidaba a alguno de sus cuatro hijos, pasaba buena parte de su tiempo curando y cuidando ancianos. ¿Cómo quieren que yo admire de modo acrítico el elitismo aristocrático de Nietzsche y su desprecio por lo que denomina la "moral del esclavo”? No quiere decir que no me parezca sumamente enriquecedor leer las críticas de Nietzsche al platonismo y al cristianismo, simplemente digo que prefiero no tomarme sus palabras demasiado en serio.

Hay un texto muy lindo de Fabián Casas, un escritor que yo estimo mucho -sin importarme un cuerno que sea un gran escritor o un “vende humo”, como dice uno de mis mejores amigos- ; que se titula Lovely Rita. El título del artículo alude no sólo al tema de los Beatles, sino a la perra border collie del autor:

“Todos los problemas surgen cuando uno tiene que abandonar su habitación, escribió Pascal. En Japón algunos adolescentes tomaron esto al pie de la letra y se encerraron en sus cuartos rodeados por la computadora, libros, cómics y otros objetos personales. Cierran su habitación con llave y vegetan como un malvón artificial. A estos fóbicos se los llama Hikikomori. Sin llegar a estos extremos, yo formé parte de un grupo social que –aun relacionándose intensamente- tenía algo de estar encerrado. Son los hombres y mujeres de más de 40 años que, como diría Dante, se encuentran en el medio del camino de la vida y cuyo eje principal de la existencia es satisfacer los intereses ‘artísticos’ que, a veces, no se diferencian de los de puro consumo. Porque es este tipo social un depredador letal de discos, libros, conciertos, fiestas, películas y restaurants. La mayoría de mis hermanos hikikomoris son críticos de rock o de cine”.

Me identifico parcialmente con lo que dice Casas: a mí también me gusta mucho leer, escribir y “consumir arte”. De más está decir que se trata de una relación que muchas veces es puro egoísmo solipsista y “onanismo intelectual”. Por eso me gustó cuando Casas habla del amor que tiene por su perra:

“Uno de los actos supremos de humildad que tuve que hacer ni bien empecé a salir a la calle con Rita, fue levantar su caca. Con cuatro años de levantar la caca de Rita en las calles y parques, estuve preparado para limpiar los pañales de mi hija”.


Y más adelante agrega que “una enseñanza evidente que me da mi relación con Rita es que cuando menos piense uno en sí mismo, cuanto más te ocupes de los demás, más feliz sos. La felicidad es la ausencia de pensamientos utilitarios sobre el ego que todo lo quiere”.

Parafraseando algo que dijo, si mal no recuerdo, Dostoievski, podríamos afirmar que el grado de civilización de una sociedad puede verse en cómo trata a sus enfermos, en cómo trata a sus ancianos, en cómo trata a sus niños y en cómo viven los presos en sus cárceles. ¿Cómo son nuestras cárceles? Lo más parecido a un campo de concentración en democracia.

En fin, mientras leía nuevamente este artículo de Casas, pensaba en ese joven rugbier al que se le dio por empujar a un indigente bajo la mirada risueña de sus amigos. ¿En qué tipo de sociedad estamos viviendo como para que alguien haga una cosa semejante?

The answer, my friend, is blowing in the wind.

¡Sean felices!

Rodrigo 

domingo, 18 de septiembre de 2016

ACERCA DE LOS ADOLESCENTES CONECTADOS A LA MATRIX QUE CONOCEN PERFECTAMENTE LAS IMÁGENES DEL BIGOTE DE NIETZSCHE PERO JAMÁS HAN LEÍDO SUS LIBROS PORQUE “LEER ES ABURRIDO”

Hoy existen muchos niños convertidos en pequeños tiranos porque sus padres, agotados después de largas jornadas laborales, acceden a todas sus demandas para facilitarse la vida en el cortísimo plazo. En otras palabras: “con tal de que me dejes de romper las pelotas y te calles de una buena vez, te compro lo que quieras”.

Los publicistas conocen esta situación mejor que nadie, y por eso muchas de sus campañas publicitarias están dirigidas al público infantil, que suele ser el que pasa más tiempo viendo televisión o conectado a la Matrix.

Los adolescentes actuales, por su parte, padecen de cierta subjetividad posliteraria, que consiste en una inhabilidad para hacer cualquier cosa que no sea perseguir el placer y conseguir una gratificación inmediata.

En muchas escuelas públicas los chicos son conscientes de que si dejan de ir o no presentan ningún trabajo práctico, no recibirán ninguna sanción seria. Si el profesor les pide que lean más de dos páginas, muchos (inclusive los estudiantes con mejores notas) protestarán alegando que NO PUEDEN HACERLO. ¿Y por qué no pueden hacerlo? La queja más frecuente es que  “leer es aburrido”. El juicio no alude a un contenido específico, sino al mismo acto de leer en su conjunto. 


Como afirma Mark Fisher: “No se trata ya del torpor juvenil de siempre, sino de la falta de complementariedad entre una ‘Nueva Carne’ posliteraria demasiado conectada para concentrarse y la antigua lógica confinatoria y concentracionaria de los sistemas disciplinarios en decadencia. Estar aburrido significa simplemente quedar privado por un rato de la matrix comunicacional de sensaciones y estímulos que forman los mensajes instantáneos, YouTube y la comida rápida. Aburrirse es carecer, por un momento, de la gratificación azucarada a pedido. A algunos alumnos les gustaría que Nietzsche fuera como una hamburguesa; no logran darse cuenta (y el sistema de consumo de la actualidad alienta el malentendido) de que la indigestibilidad, la dificultad, eso es precisamente Nietzsche”.

Luego, Fisher nos da un ejemplo que es muy interesante, porque cualquiera que haya dado clase (o haya sido estudiante) sabe que se trata de un fenómeno que debe ocurrir en casi todas las aulas del mundo: 

“Un día tuve que retar a un alumno porque siempre llevaba los auriculares puestos durante la clase. Me respondió que no había problema porque no estaba escuchando nada. En otra clase apareció otra vez con los auriculares, esta vez sin ponérselos y con la música a un volumen muy bajo. Cuando le pedí que la apagara me respondió que ni él podía escucharla. ¿Por qué alguien desearía llevar los auriculares puestos sin escuchar música o escuchar música sin ponerse los auriculares? Porque la presencia de los auriculares en los oídos o la certidumbre de que la música sonaba incluso si no podía escucharla resultaban una ratificación de que la matrix está ahí todavía, al alcance”.


Los auriculares constituyen, por lo demás, una suerte de pared sonora que pone un muro entre el sujeto y la esfera social que lo rodea. Todo está destinado para que uno sea un consumidor hedonista, individualista y aislado, incluso si se encuentra en medio de una multitud.

Las redes sociales dificultan enormemente la capacidad de “hacer foco” que tienen los estudiantes adolescentes, y en cierta manera también los adultos, dado que actualmente la adolescencia se extendió hasta los 98 años. Los estudiantes no pueden conectar su falta de foco en el presente con su fracaso  en el futuro; no pueden sintetizar el tiempo en alguna especie de narrativa coherente dadora de sentido. De ahí que no parezca descabellado el diagnóstico de Fisher cuando dice que “nos enfrentamos, en las aulas, con una generación que se acunó en esa cultura rápida, ahistórica y antimnemónica, una generación para la cual el tiempo siempre vino cortado en micro-rodajas digitales predigeridas”.


El diagnóstico de Fisher me recuerda una respuesta muy lúcida que David Foster Wallace le dio a su entrevistador, Larry McCaffery, allá por 1993:


“Tuve un profesor que me gustaba que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo,  el acceso imaginativo a otros yos. (…) En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos”.


Y no es que a David Foster Wallace se le pase por alto que la relación de los telespectadores con la televisión carezca de momentos intrincados y profundos: de hecho ha confesado más de una vez haber pasado muchísimas horas consumiendo todo tipo de basura televisiva. La cuestión central es la siguiente:


“(…) el arte ‘serio’, que no se dirige principalmente a sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que en la vida el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100 por ciento placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago e infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes”.


En cierto modo, el desorden del déficit de atención y esa suerte de terror al aburrimiento de los adolescentes es una patología del capitalismo tardío posfordista: el emergente del  hecho de estar conectados al circuito de entretenimiento y control hipermediados por la cultura del consumo. Cualquier adolescente está capacitado para procesar la avalancha de datos cargados de imágenes sin ninguna necesidad de leer textos: el simple reconocimiento de eslóganes es suficiente para mirar televisión y navegar en las redes sociales.

Cualquier adolescente medianamente culto e informado puede asociar  el personaje de Nietzsche a un bigote, al "anticristo", a la frase "Dios ha muerto" o a chupar vino y comportarse de modo "dionisíaco"; pero de ahí a  leer sus obras hay una distancia no menor. 

Los profesores, como bien apunta Fisher, deben ser “facilitadores del entretenimiento y, al mismo tiempo, disciplinadores autoritarios. Deseamos ayudar a los alumnos a pasar los exámenes, y ellos desean tenernos como figuras de autoridad, capaces de decirles qué hacer. Pero esta interpelación del profesor como figura de autoridad es justamente lo que exacerba el problema del ‘aburrimiento’: ¿o existe algo cuya raíz esté en la autoridad que no sea, de entrada, aburrido?”.


En tanto el capitalismo posfordista impulsa a ambos padres a tener que trabajar largas horas hasta llegar a su casa agotados, los profesores mal pagos deben ser una suerte de padres sustitutos capaces de instalar en sus estudiantes los protocolos más básicos de conducta, y además proveer el apoyo emocional en jóvenes que en muchos casos están mínimamente socializados.


Los autores “clásicos” suelen no significar nada para los adolescentes, salvo que sus profesores sean realmente talentosos como para transmitir y debatir con sus estudiantes el legado cultural del pasado. Sabemos que, como el sistema exige que los educadores sean poco menos que héroes, no es frecuente encontrarse con profesores tan excepcionales. T. S. Elliot, en La tradición y el talento individual, propuso la existencia de una relación recíproca entre el arte tradicional y “lo nuevo”. Lo nuevo siempre se crea en una relación de diálogo, tensión, discusión y en muchos casos rebelión con lo ya establecido. Lo nuevo se define en respuesta a lo establecido; mientras que lo establecido debe configurarse respondiendo a lo nuevo. Si se rompe ese puente, el agotamiento de lo nuevo nos priva incluso hasta del pasado. Una cultura que sólo preserva lo que existe no es cultura en absoluto.


El crítico cultural inglés Mark Fisher nos recuerda el destino ejemplar del Guernica de Picasso en el film Children of men: si alguna vez fue un aullido lleno de angustia frente a las atrocidades y los ultrajes del fascismo; ahora no es más que una cosa colgada en la pared.


Los estudiantes suelen ser conscientes de que algo anda mal en la sociedad de consumo, pero también sienten que no pueden hacer nada al respecto. El capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable. Los libros que critican al capitalismo se comercializan bajo las mismas reglas que impone el capitalismo. Por eso es que algunos dicen que es más difícil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo.


Las palabras “alternativo” o “independiente” no designan nada externo a la cultura mainstream:


“Nadie encarnó y lidió con este punto muerto como Kurt Cobain y Nirvana. En su lasitud espantosa y su furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, rastreados, vendidos y comprados de antemano. Cobain sabía que él no era nada más que una pieza adicional en el espectáculo, que nada le va mejor a MTV que una protesta contra MTV, que su impulso era un cliché previamente guionado y que darse cuenta de todo esto incluso era un cliché”.



Para ir cerrando el post, les dejo otra cita del gran David Foster acerca de la "diversión":

“Tengo treinta y tres años y la impresión de que ha pasado mucho tiempo y que cada vez pasa más deprisa. Cada día tengo que llevar a cabo más elecciones acerca de qué es bueno, importante o divertido, y luego tengo que vivir con la pérdida de todas las demás opciones que esas elecciones descartan. Y empiezo a entender cómo, a medida que el tiempo se acelera, mis opciones disminuyen y las descartadas se multiplican exponencialmente hasta que llego a un punto en la enorme complejidad de ramificaciones de la vida en que me veo finalmente encerrado y atrapado en un camino y el tiempo me empuja a toda velocidad por fases de pasividad, atrofia y decadencia hasta que me hundo por tercera vez, sin que la lucha haya servido de nada,  ahogado por el tiempo. Es terrorífico.  Pero como son mis propias elecciones las que me encierran, me parece inevitable: si quiero ser adulto, tengo que elegir, lamentar los descartes e intentar vivir con ello".


En otro momento me gustaría retomar esta discusión, cuyas cuestiones se relacionan estrechamente con lo que Fredric Jameson llama "lógica cultural del capitalismo tardío". Por ahora temo, hipócrita lector, que te estoy aburriendo demasiado, y sabemos que aburrir al lector es un crimen imperdonable.


¡Sean felices!


Rodrigo

domingo, 21 de agosto de 2016

HASTA QUE PUEDAS QUERERTE SOLO

“Estoy sola, y sobro”. Me cuenta mi vieja que esa frase fue dicha en una de las reuniones de Al-Anon, es decir, alcohólicos anónimos. 

En otra de las reuniones, una de las participantes manifestó que “estaba tan mal, tan mal, tan mal, que me traje”. 

El escritor estadounidense John Cheever hablaba de nuestro mundo, “un mundo extraño y alcoholizado”. 

El querido Pablo Ramos, mi profe “efímero” -fui solamente a cuatro talleres dictados por él y por pereza dejé de ir- publicó hace poco otro hermoso libro, que ya desde el título resulta muy significativo: Hasta que puedas quererte solo. 

Pablo es un muy buen tipo: soberbio, contradictorio, desbordado, sincero, espiritual, cascarrabias, sensible y muy gracioso. La frase que da origen a la portada del libro se basa en algo que dijo la primer persona que lo invitó a entrar cuando lo vio parado en la puerta de Narcóticos Anónimos: 

“’Pase lo que pase vos vení’, me dijo, ‘que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo’”. 

En fin, si caminan por ahí y entran a una librería, llévense el libro de Pablo porque vale la pena. Acá pueden ver y escuchar una charla que tuvieron con Oscar Cuervo y Maxi, donde hablaron del libro, del Zaratustra de Nietzsche y también del cine de Werner Herzog.

domingo, 31 de julio de 2016

NIETZSCHE, PLATÓN, KANT Y LA RAZÓN OCCIDENTAL (¡¡A LA MIÉRCOLES!!)

Antes de continuar con la segunda parte de la introducción a El origen de la tragedia, cuya primera parte posteamos acá, me parece útil resumir algunas cuestiones, valiéndome para eso de la muy buena introducción y selección de textos de Nietzsche a cargo de la profesora de filosofía Virginia Cano para la editorial Galerna.

La cosmovisión occidental padece de lo que Nietzsche llamó, según nos recuerda Cano, “monótono-teísmo”. Esta enfermedad tiene como síntomas más comunes la aversión al cambio, al devenir, y por eso se apega de modo “enfermo” y “decadente” a valores absolutos, eternos, que se ocultan a sí mismos su propia historicidad y su voluntad de poder. 

Es importante destacar que la crítica de la cosmovisión occidental no se juega, según Nietzsche, en la dicotomía verdadero/falso sino en el terreno de la disputa por los modos de vida: más o menos útiles, más o menos vitales, más o menos enfermos… 

La filosofía no sólo pretende “librar su batalla más allá de lo verdadero y de lo falso, sino también, más allá del bien y del mal, es decir, más allá de esa voluntad de verdad irrestricta que ha pensado e instituido una diferencia ‘clara y distinta’ entre ‘lo verdadero’ y ‘lo falso’, la luz y la oscuridad, la razón y el cuerpo… la vida y la muerte” (Virginia Cano). (Nota al margen: Cano lee a Nietzsche a la luz de Deleuze, Foucault, Vattimo. Lo digo para que lo tengan en cuenta).

Entre otras cosas, lo que Nietzsche le objeta al cristianismo es semejante a la acusación que le dirige a Platón, Kant, Descartes o a la biología de su época: el temor “a la esfera completa del devenir y la caducidad” que pretende, con su voluntad  de verdad, dar con un fundamento último o explicación definitiva en la que fundar su legitimidad y su poder. Para Nietzsche, las ideas platónicas de un “bien en sí” o de un “espíritu absoluto” organizan una visión dual del mundo, a la vez que fundan una moral absoluta, y por eso se ubican en el inicio de un largo error, frente al cual él defiende la idea de “perspectivismo”.


Hago un paréntesis para recordarles algunas cuestiones de El origen de la tragedia, para lo cual recurro a Rüdiger Safranski y su Nietzsche: biografía de su pensamiento:


“La tesis según la cual la tragedia procede de las fiestas dedicadas a Dionisos es todavía plausible dentro del marco de la contemporánea filología clásica. Pero la tesis de la segunda conferencia, insinuada ya al final de la primera con la referencia al ‘proceso de descomposición’ de la tragedia por su intelectualización, tenía que recibirse como una provocación entre los estudiosos de la filología clásica (…).


Así pues, la conferencia sobre Sócrates y la tragedia, tal como relata Nietzsche en la carta a Rohde de mediados de febrero de 1870, ‘produjo espanto y tergiversaciones’. ¿Qué era lo espantoso y expuesto a tergiversación en la conferencia?


Nietzsche critica la alta estima de la conciencia, considera fatal el despliegue de aquel pensamiento socrático según el cual ‘todo ha de  ser consciente para ser bueno’. Ante todo, con ello quedó destrozada la tragedia, y luego se limitó y se reprimió de manera general el inconsciente creador. Sócrates rompe el poder de la música y pone en su lugar la dialéctica. Sócrates constituye una fatalidad, pues con él comienza un racionalismo que ya nada quiere saber de la profundidad del ser. Sócrates es el comienzo de un saber sin sabiduría. Concretamente en la tragedia, el pathos del destino fue desplazado por el cálculo, las intrigas y las previsiones. La representación de poderes de la vida fue sustituida por la escenificación de intrigas pensadas con refinamiento. El mecanismo de causa y efecto suplanta el nexo de culpa y expiación. En el escenario ya no se canta, sino que se discute. (…) ‘Nos parece’, dice Nietzsche, ‘como si todas estas figura sucumbieran no por lo trágico, sino por una superfetación de lo lógico’”. 

(Cierro el paréntesis de Safranski y sigo con el Nietzsche de Virginia Cano):


Para Nietzsche, la moral, la religión, la metafísica, son al mismo tiempo remedios y enfermedades: remedios prescriptos para esas mismas enfermedades que ellas mismos crean.

Según Cano: “La invención del “mundo verdadero” por parte de Occidente (y de todas sus re-invenciones) ha sido el modo en que aquellos que temen y resisten la precariedad, el deterioro y la caducidad de toda vida y de todo devenir, se han podido mantener en vida. O más precisamente, ese ha sido el ‘phármakon’, veneno y remedio a la vez, herida y sutura a un tiempo, con el que el corpus ‘monótono-teísta’ ha podido cimentar su modo de vida enfermo y decadente. (…)

‘Monótono-teísmo’ es el nombre con el que N diagnostica a los ‘sapientísimos’ que sostienen ‘que lo que es no deviene, y que lo que deviene no es’. Esos sepultureros creen otorgar los máximos honores cuando deshistorizan y confunden lo último con lo primero. De hecho, estas dos características delinean el ‘éthos’ con el que los doctos han forjado sus grandes catedrales metafísicas e ‘ilusiones óptico-morales’ a los que han bautizado y legitimado como ‘la verdad’. La primera ‘peculiaridad’ o ‘idiosincracia’ –como la llama Nietzsche- refiere a la falta de sentido histórico. En el capítulo ‘La razón en la filosofía’, del ‘Crepúsculo de los ídolos’, N interpreta esta ausencia de sentido histórico como una ‘aversión al devenir’, que se traduce en la contraposición jerarquizante entre el ser y el devenir. Estos ‘sepultureros’ y ‘momias conceptuales’ creen que un valor, ideal o concepto se dignifica por su carácter eterno, es decir, ubicándose más allá del cambio, la transformación, la vejez y la muerte. Podríamos recordar nuevamente el sueño y la exigencia de Kant de encontrar ‘juicios sintéticos a priori’ que nos garanticen una ampliación del conocimiento objetivo, necesario y universal; o a Descartes y su intento de dar, finalmente, con una certeza que sea capaz de refundar de una vez y para siempre el edificio de nuestro conocimiento. (...)


Deshistorizando, y olvidando los procesos de formación de las verdades, esos ‘sepultureros’ han negado el carácter vital y finito de sus narraciones, saberes y perspectivas”.

Creo que con esto pinté un panorama mínimo. Les vuelvo a recomendar la colección “La revuelta filosófica” de editorial Galerna, porque tiene una selección de textos  de cada autor, y una buena introducción, a cargo de profesores de filosofía jóvenes, que tratan de ser didácticos sin por eso dejar de profundizar lo más posible. Hasta el momento editaron textos de Epicuro, Nietzsche, Eriúgena y Derrida:


¡Sean felices!

Rodrigo

viernes, 29 de julio de 2016

UNA INTRODUCCIÓN A “EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA” DE FRIEDRICH NIETZSCHE (Primera parte)

Friedrich Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 en Röcken. Tanto su padre, Karl Ludwig, como su abuelo, fueron pastores protestantes, con lo cual vino al mundo en una atmósfera intensamente religiosa. 

Al comienzo, su gusto se inclinaba por la música clásica, representada por Mozart, Haydn, Schubert, Mendelssohn, Beethoven y Bach. Al mismo tiempo expresa su aversión por toda la música no clásica, especialmente lo que entonces se conocía como Zukunftmusik (“música del futuro”), término derivado del escrito de Wagner La obra de arte del futuro, cuyos máximos exponentes eran el propio Wagner y Franz Liszt. Como vemos, la conversión del filósofo a la música wagneriana se produjo algunos años después.


A su padre le gustaba improvisar al piano, al igual que a él. La temprana muerte del padre lo dejó solitario y serio, ¿y cómo no habría de serlo si perdió no sólo al padre sino también a un hermano menor, a una tía y a su abuela cuando tenía menos de ocho años?


Tiempo después, se rebeló a los deseos de su madre de convertirlo en párroco: dejó la facultad de teología y se dedicó a la filología clásica. Cuando en la primavera de 1865 vuelve a Naumburg para pasar las primeras vacaciones semestrales, su madre queda consternada porque Nietzsche se niega firmemente a participar de la celebración eucarística. Discuten y la madre rompe en llanto, teniendo que ser consolada por una tía que le dice que todos los grandes hombres  se han visto obligados a sufrir dudas y tentaciones. Nietzsche escribirá, por aquel entonces: “si quieres conseguir quietud de alma y dicha, cree; si quieres ser un discípulo de la verdad, investiga”.

Compuso la primera pieza musical que se conserva hoy a los once años: un Allegro para piano. Siempre le pareció que el arte por excelencia, el arte más cercano a la fuerza de la vida, a lo dionisíaco; el arte que no nace de la imagen sino directamente de la voluntad misma, era la música. Más de una vez escribió que “sin música, la vida sería un error”:


“Todo lo que (…) no se deja aprehender a través de relaciones musicales engendra en mí hastío y náusea. Al volver del concierto de Mannheim sentí en mayor medida el singular miedo nocturno ante la realidad del día, pues ésta ya no me parecía real, sino fantasmagórica”, le escribe a su amigo Erwin Rohde, a poco de venir de un concierto de música de Richard Wagner. 


Les recuerdo algo que parece trivial pero que tal vez no lo sea tanto: en ese entonces, para escuchar música había que ir a un concierto, o tocar uno mismo algún instrumento. Esto se nos pasa de largo porque nosotros convivimos todo el tiempo con toda clase de música, con sonidos de lo más variados -algunos muy molestos y otros muy disfrutables- , motivados por la reproductibilidad técnica.


Hay una anécdota muy interesante que alguna vez narró su amigo de juventud, Paul Deussen:


“Nietzsche había partido solo hacia Colonia un día de febrero de 1865, y allí se agenció un guía para que le mostrara cosas dignas de ver. Al final le rogó que lo llevara a un restaurante. Pero el acompañante lo llevó a un burdel. Nietzsche me contaba al día siguiente: ‘De pronto me vi rodeado por media docena de apariciones en lentejuelas y gasa, con su mirada expectante puesta en mí. Durante un tiempo me quedé sin palabras. Pero luego me dirigí instintivamente hacia un piano, que era el único ser  con alma en aquel grupo, y toqué algunos acordes, que mitigaron mi rigidez y salí a la calle’”.


Como bien nota Rüdiger Safranski, “la música triunfa sobre la lascivia”. Cuando en 1877 Nietzsche establece un ranking de cosas según su grado de placer, le destina el primer lugar a la improvisación musical, el segundo lugar a la música de Wagner, y dos escalones más abajo recién aparecen los placeres carnales.


En octubre de 1858, a sus catorce años, ingresa en la Escuela de Pforta, instituto célebre en la época por su enseñanza de la lengua y la literatura clásicas. Allí aprende muy bien el latín y el griego. En aquellos años escolares, Nietzsche creía que el mejor tipo de educación es aquel que no descuida ni la mente ni el cuerpo, por lo que “hay que educarse en todas las ciencias y artes y evitar que el estudio nos haga desarrollarnos solamente en algunos ámbitos del saber, pues de este modo nuestra educación siempre sería parcial y unilateral. Para alcanzar este objetivo, lo mejor es leer a todos los escritores, clásicos y modernos, tanto por su forma como por su contenido, y estudiar las diversas ciencias para que, iluminado por un único sol, el árbol de la verdad fructifique”. (Pforta, 1859)


Tenía un gran afán por adquirir conocimiento, y se interesó vivamente por todo tipo de artes y ciencias, hasta que consideró que era necesario especializarse y eligió dedicarse  a la filología. 

Alguna vez dijo que los profesores de Pforta pusieron fin a su “vagar sin plan”. Como diría Séneca, nunca soplan vientos favorables para un barco sin rumbo; pues bien, Nietzsche descubrió en los griegos y en la música un motivo para investigar y reflexionar acerca del rol de la cultura,  interés que lo acompañará toda su vida.


Como sugiere Safranski, si exceptuamos el caso de Michel de Montaigne, autor de los famosos Ensayos, ningún otro filósofo o pensador se inclina tanto a decir “yo” en sus escritos como lo hace Nietzsche. Creía que valía la pena que sus lectores tomen conciencia de su mismidad, de sus dolores, de sus luchas, de sus obsesiones. 

Hacia el final de su vida, en Ecce Homo escribe: “Conozco mi suerte, un día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como no hubo en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión, conjurada contra todo lo que se creyó y era sagrado hasta entonces”.


EL ORIGEN DE LA TRAGEDIA


En 1865 descubrió, en una librería de anticuario de Leipzig, los dos tomos de El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer; los compró, se los devoró inmediatamente y durante un tiempo confiesa haber estado sumido en una especie de embriaguez. Observa con claridad que la esencia del mundo no es lógica ni racional, sino que está gobernada por un impulso oscuro y vital.


Con el Grupo de Estudio habíamos hablado de leer primero Ecce Homo. Ahora, para abordar una obra compleja y polimorfa, me viene bien la muy buena introducción al Volumen I de las Obras completas de Nietzsche, titulada “Escritos de juventud” y editada por Tecnos. Voy a extraer algunos párrafos para que les sirvan de introducción a la lectura de este mes: El origen de la tragedia. 

Recordemos que en ese escrito temprano, Nietzsche estaba muy influido por la música de Richard Wagner y por la filosofía de Schopenhauer. Tiempo después, y cuando ya había renunciado a su cátedra, nuestro autor reniega bastante de ese escrito de juventud, y de su influencia schopenhaueriano-wagneriana, y construye un pensamiento crítico genealógico muy diferente, aunque esa es otra historia que veremos más adelante, si es que no me dejan solo.


Para entender mejor el contexto en el que surge El origen de la tragedia, hay que  relacionarla con la crítica que el clasicismo y el romanticismo alemán habían formulado contra la cultura moderna a partir de cierto modelo idealizado del mundo griego. Tanto la filología clásica como la historia y la filosofía alemanas, se constituyeron en instancias decisivas para la comprensión del ideal griego. ¿Por qué motivo? Porque los intelectuales alemanes creían que el ideal griego era una manera eficaz de renovar la cultura y dar a Alemania una identidad nacional comprendida como “nueva Grecia”. El “genio”, el “filósofo-artista” debía producir el acto creador e innovador para oxigenar y hacer evolucionar la transformación cultural alemana.



Para escribir esto le voy a robar ideas a Diego Sánchez Meca, autor de la citada introducción a sus “Escritos de juventud”:


Aparte de la profunda impronta que dejará en su pensamiento y en su vida el haber nacido y crecido en una familia del clero protestante -casi exclusivamente criado y rodeado por mujeres tras la muerte de su padre, cuando Nietzsche tenía cinco años-, nuestro autor se educó en el ambiente de los años en que Alemania luchaba por tener una identidad cultural fuerte, ya que políticamente no tenía ni una historia común ni un territorio unificado como nación. Se suponía que esa identidad le sería dada por la educación. El neohumanismo de Goethe, Schiller, Winckelmann, Lessing, etc.; había señalado a la Grecia antigua como la más perfecta unidad de estilo y de carácter en cuanto nación. Constituía, entonces, el modelo a seguir en la tarea del cultivo, recuperación y renovación del verdadero espíritu alemán, el cual debía dar su contenido propio a una Bildung (formación) capaz de delimitar, moldear y construir la singularidad del individuo y del pueblo alemán. En esta Bildung debían confluir, en concreto, el estudio de la Antigüedad clásica, la religión luterana y la lengua y literatura germánicas. Eso explica la preeminencia de los estudios humanísticos en el sistema educativo alemán. Recordemos que en 1810 se crea la Universidad de Berlín, de la que Wilhelm von Humboldt fue su principal instigador.


El Nietzsche joven intentó siempre educarse bajo la estricta órbita de los principios de la Bildung. De hecho, muchos de los escritos iniciales que nos han llegado formaron parte de la asociación Germania, fundada por el propio Nietzsche junto a sus amigos de la infancia: Wilhelm Pfinder y Gustavo Krug.


La poesía es la máxima expresión de la individualidad popular, por lo que antes de ser filólogo había que ser poeta. Así, los temas preferidos por el Nietzsche niño y adolescente son los de las leyendas germánicas, de entre las cuales su héroe favorito es Hermanarico, rey de los godos, cuya muerte le inspira un poema épico, el esbozo de una tragedia, una composición musical, un ensayo filológico y otro histórico.


Entre sus lecturas juveniles, además de Hölderlin, sobresale Emerson, cuyos Ensayos le atraen enormemente, sobre todo esa mezcla de romanticismo europeo y optimismo norteamericano. 


Schulpforta, la institución escolar que les nombré antes y donde Nietzsche hizo la secundaria, era la perfecta síntesis de los ideales de la burguesía culta (Bildungsbürgertum) de ese entonces. Su estudio de despedida sobre Teognis de Megara, le valió para ser admitido por Friedrich Ritschl, prestigioso catedrático de Filología clásica en Bonn y en Leipzig, en el selecto círculo de sus alumnos universitarios.


Para Nietzsche, los estudios clásicos no eran una excusa para ejercer la erudición vacía, sino una forma de recuperar del modelo griego la idea de una educación como construcción de la individualidad que haga posible reconducir la fragmentación del hombre y la sociedad modernas a su unidad originaria.


En determinado momento, el joven filólogo Nietzsche, educado en la rígida disciplina de Pforta y entrenado por Ritschl en las técnicas positivistas del estudio erudito de la Antigüedad, sucumbió fatalmente a la personalidad y la música de Richard Wagner. El destino quiso que su nombramiento como profesor en Basilea a sus  veinticinco años –por recomendación de su maestro Ritschl no tuvo que hacer un examen para doctorarse- coincidiera con el encuentro con Wagner, del que nació un compromiso cada vez más fuerte con la justificación ideológica y la difusión del proyecto wagneriano de una renovación estético-política de la cultura alemana. 

En síntesis y para no divagar más: sus inclinaciones filosóficas chocaron con las funciones y obligaciones propias de un profesor de filología y con los compromisos y tareas de un propagandista wagneriano, hasta que, tras la fuerte crisis personal de 1875-1876, se acabe alejando definitivamente de Wagner y abandone la universidad para realizar sus aspiraciones iniciando su vida de filósofo errante.


A mediados de 1870 le había escrito a su amigo Rohde: “Ciencia, arte y filosofía crecen ahora en mí juntos de tal manera, que en cualquier caso alguna vez pariré centauros”. Con la palabra “ciencia” se refiere a la filología y al estudio y comprensión del mundo griego; con la palabra “arte” alude a la ópera de Wagner; y con la palabra “filosofía” a la metafísica de Schopenhauer.


No es de extrañar que esta mezcolanza de ciencia, arte y filosofía no fuera comprendida por los filólogos de su época. Su escrito sobre El origen de la tragedia tenía que ser, para muchos eruditos de la filología de aquél entonces -como U. von Wilamowitz-Möllendorff-, no más que una “ingeniosa borrachera” (geistreiche Schwiemelei), al decir de su maestro Ritschl en su diario privado.


Me parece que con esto ya tienen un buen panorama. Espero poder escribirles pronto la segunda y última parte, y que  les pueda servir de introducción  al texto que íbamos a ver este mes. Los espero a mediados de agosto en mi casa, para discutir y charlar –mate de por medio-de un autor que nos apasiona: Federico Nietzsche.

¡Sean felices!

Rodrigo