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lunes, 20 de julio de 2020

EL MEJOR INDIO ES EL INDIO MUERTO



¿Quiénes son los indios? Es una pregunta para hacerse… Pero ese no es el punto de más interés, sino qué hacemos con ellos, cómo los segregamos. Y no importa tanto quiénes son ellos, sino el hecho de que SEGREGAMOS. El problema a pensar, ¿cómo se da la segregación?


Estamos todos profundamente implicados en una situación que sufre todo tipo de operaciones eufemísticas, de invisibilización. En las pantallas de televisión es donde está muy claro eso: no hay en las pantallas públicas una imagen del cuerpo humano  argentino que no sea blanca. Están en la calle, están en la escuela, pero en nuestra televisión y nuestro cine NO ESTÁN, porque tampoco están en nuestras élites, en la conducción institucional. Están casi ausentes en la parte “alta” y también en  muchos casos “media” de nuestra sociedad. Casi no hay acciones de compensación de ese desequilibrio.



Una de las operaciones segregatorias es definir lo originario como algo que tiene una identidad muy clara, que vive en las condiciones históricas y que está en otro lado: de ahí que asume la forma de los Quom, los mapuches que están en un lugar periférico en el campo donde viven igual desde hace 500 años y debemos respetar esa vida y etc. Y claro que se trata de un fenómeno existente entre quienes se organizan identitariamente de  una manera, pero esa es sólo una parte de la cuestión. La cuestión principal es que la mayoría de la población argentina es una población étnicamente heterogénea, que tiene un componente indígena o afrodescendiente invisibilizado. Las operaciones que llevan a la invisibilización son el problema, porque generalmente se realizan en nombre de la igualdad, de la indiferenciación; sin embargo, en la realidad de los hechos, segregan. Es una tarea que tenemos pendiente.





En la escuela hay como una sordina puesta: cuando usamos la palabra “esclavitud”, parece que se trata de un fenómeno que ocurrió en otro lado. En nuestros actos escolares hay una negra que vende mazamorra. En  el caso de la negritud está todo mucho más definido, porque hubieron movilizaciones al respecto y porque en nuestra experiencia cultural argentina no hay una idea de regreso. ¿A dónde sería ese regreso? ¿Al África? Podría haberla pero en nuestra historia no se dio de esa manera, sino con recuperaciones culturales, con los "quilombos", etc. El relato de afrodescendientes es un relato de clandestinidad, de culturas que han estado clandestinas. Ha habido una atmósfera segregatoria, represiva, de la que no tenemos idea. No nos sentimos partícipes de forma responsable y colectiva de lo que llevó a la clandestinidad de nuestros afrodescendientes. En la escuela nos llevamos una idea de que la esclavitud es un fenómeno de Estados Unidos o de Europa o a lo mejor de Haití o Brasil, pero que no tiene nada que ver con nuestro país. ¿Por qué decimos “mita”, “yanaconazgo” y “encomienda” si se trata de esclavitud y servidumbre? Cuando vos buscas cómo hablamos de eso te encontrás con discursos que dicen que “se parece a la esclavitud”. ¡No se parece a la esclavitud, es esclavitud, servidumbre, sometimiento, subyugación!


Nos educamos sobre un negacionismo de la situación de los indígenas, los afrodescendientes, de los que no son los blancos descendientes de europeos. Nos educamos sobre un negacionismo de lo que se les ha hecho pero también de lo que SE LES HACE y de lo que sigue ocurriendo. Yo creo que ese drama es hora de que lo rediscutamos. ¿Cómo es que salimos de la escuela sin la conciencia del problema? 

Hay dos grandes modos de reprimir o disfrazar el problema: uno es cierto pintoresquismo del indígena que vive en una choza, en un lugar periférico que es una imagen en apariencia positiva pero de segregación brutal; mucho más grave porque es amistosa. La otra forma es escandalizándonos por los muertos: ¡qué terrible la masacre de los indios de América! ¡Qué buenos que somos porque repudiamos la masacre que los españoles, la matanza que los blancos hicieron sobre América! El genocidio, la conquista del desierto, etc. Y decimos que eso no era un "desierto" porque llamarle "desierto" es invisibilizar la matanza, en fin...

En síntesis: para que el indio nos suscite un sentimiento debe estar muerto. EL BUEN INDIO ES EL INDIO MUERTO, pero el indio vivo no es un tema. El indio vivo es un indio segregado, pero no se tematiza. No puede haber una mujer bella, un dirigente que participe de la vida social, salvo que sea un sindicalista o un enfermero, un obrero, un peón, un suboficial, un alguien que siempre está abajo. Y como está abajo lo pisamos, no lo ponemos en cuestión. Es algo que está en el piso mientras le caminamos por arriba como cuando pisamos a las hormigas. Es una situación dramática de la que no tenemos conciencia porque no nos interesa. No es un tema de interés público, político.



P.S.: las palabras son de Alejandro Kaufman, ligeramente modificadas por mí para hacer más legible un relato que es oral.

Esto que sugiere mi querido ex-profe Alejandro se relaciona con aquello que escribíamos sobre la "violencia simbólica", concepto que yo aprendí gracias en parte a Bourdieu y en parte a él:

La violencia simbólica es una violencia que no es física pero tiene un correlato y consecuencias eventualmente físicas. Y precede a la violencia física. Siempre que va a haber violencia física viene precedida por la violencia simbólica. A veces son palabras dichas casi sin querer, insultos velados, descalificaciones que luego se legitiman socialmente. En los colectivos sociales la violencia no ocurre de repente, "en frío", como venida de otro planeta. Cuando se trata de situaciones de linchamiento, de discriminación, de racismo, de genocidio, de femicidio, antes hay una sistemática situación de violencia simbólica que puede durar mucho tiempo y que debemos ayudar a parar.

martes, 7 de abril de 2020

ACERCA DE LA MERITOCRACIA

Hace unos días estuve mirando una entrevista muy interesante que Julián Guarino realizó para C5N con mi ex profe Alejandro Kaufman, en la que se abordó la cuestión de la meritocracia. Antes que nada debo aclarar que Alejandro es una persona por la que siento un afecto muy especial, porque aunque no fue el único, sí ha sido uno de los profesores que más hicieron para que yo conociera y apreciara la obra de autores como Walter Benjamin, Simone Weil, Karl Kraus, George Steiner… Sin embargo, a pesar de -o precisamente por- el afecto que le profeso, suelo coincidir bastante con su manera de ver la realidad.






El neoliberalismo tiene una concepción de la meritocracia vinculada con la riqueza: “el que tiene riqueza, sea material o simbólica, tiene méritos, tiene una virtud, algo por encima de los demás”.


Está claro que en sociedades muy complejas como las nuestras, la meritocracia de algún modo es necesaria: no se puede administrar una central nuclear o realizar una operación a corazón abierto sin criterios “meritocráticos”. Ningún hincha de fútbol aceptaría que el club de sus amores se plagara de jugadores pésimos aunque fueran muy buenas personas, y así siguiendo.

No se trata de condenar a priori la excelencia o de dejar de reconocer que hay personas que se esfuerzan más o que pulen sus defectos y desarrollan sus virtudes a fuerza de trabajo y dedicación y en buena medida se merecen lo que tienen.

Está claro que mi idea no es eliminar el mérito como criterio de convivencia, sino de no transformarlo en el único criterio posible. Si no hacemos una crítica de cómo valoramos la vida de las personas independientemente de sus méritos, de sus logros, de lo que hacen más allá de criterios comparativos vinculados en buena medida al mercado capitalista, no podemos alcanzar criterios de igualdad tal y como pretendemos.

Vale decir, una crítica a la meritocracia supone la posibilidad de valorar a todos los seres humanos POR LO QUE SON, por su existencia.

Lo que dice Alejandro es que “tiene que haber formas tales que ésa no sea la única manera de vivir, la única manera de relacionarnos entre nosotros”.


Es importante destacar que la idea de meritocracia no es “de derecha” o “conservadora”: nuestro progresismo se ha construido sobre la base de exacerbar el valor del mérito. Aquello de “mi hijo el Doctor” viene de allí. ¿Por qué doctor y no plomero o peluquero?

Kaufman distingue entre una cuestión cultural y el rol estatal: el rol del Estado es asegurarse de que la meritocracia sea legítima y de garantizar un piso común en relación a la igualdad de oportunidades: asignar recursos, garantizar el cumplimiento de acuerdos, etc.

En el terreno cultural, la igualdad de oportunidades postula a la vida como si fuera una carrera donde lo más justo es que todos partan de la misma línea de largada. "Si yo no tengo piernas habrá una carrera para gente sin piernas, pero también será una carrera".

Nuestro sistema educativo se corresponde con el mundo "de los mejores". La escuela está todo el tiempo enfatizando el valor de la competencia y ejemplificando el logro de la tradición de grandes científicos o escritores reconocidos o diversos personajes históricos relevantes.


Esa idea de competencia debería convivir con una vida más plena vinculada a cierto estado de "infancia". Es interesante cuando el amigo Alejandro destaca como “los niños no compiten entre sí por quién hace la manchita más linda". Una sociedad convivencial requiere combinar virtuosamente ambas dimensiones.


Para complementar lo que dice Alejandro, resulta útil traer a colación un artículo escrito por el politólogo Julián Montero, quien desde una visión más apoyada en el liberalismo nos dice lo siguiente:



"Las meritocracia es objeto de un rechazo atávico entre los progresistas. De hecho, suelen pensar que el mérito está en las antípodas de la igualdad: una sociedad meritocrática castiga a los vulnerables mientras recompensa a los ya privilegiados. Pero estamos, en realidad, ante una alquimia conceptual. El ideal meritocrático moderno es parte integral del paradigma de la igualdad.

En el orden medieval, las perspectivas de vida de las personas estaban totalmente determinadas por su origen. La meritocracia surgió cuando el ethos igualitario burgués barrió de un golpe esas estructuras fosilizadas.

En la medida en que las oportunidades de los individuos —incluyendo su acceso a cargos, posiciones y roles sociales— ya no podían depender del pedigree, el mérito personal se instaló como el criterio más democrático para administrar el progreso entre iguales.

La cultura del mérito tuvo un impacto altamente progresivo en materia social. Si realmente queremos que el éxito dependa solo del esfuerzo, debemos igualar las situaciones de partida de todos. De otro modo, las circunstancias de crianza se convertirían en nuevas barreras estamentales. Este es el axioma que los liberales cristalizaron en su famoso principio de igualdad de oportunidades, bajo el imperativo de una educación pública de calidad de alcance universal.

A la inversa de lo que se supone, el mérito también es crucial en el ideario socialista. Marx repudiaba a capitalistas y banqueros porque se enriquecían sin esforzarse ni producir. En sintonía con su planteo, los socialismos reales acuñaron el mito del héroe proletario: un trabajador abnegado que explota al máximo sus talentos en beneficio de la comunidad. Todavía podemos verlo en las manifestaciones pictóricas del arte socialista.

En su caso, por supuesto, la recompensa no era monetaria; se operativizaba en celebraciones simbólicas, como la entrega de condecoraciones a quienes alcanzaran records de productividad.

Naturalmente, el mérito no es el único valor, ni siquiera el más importante. Los derechos humanos, pilar de las democracias constitucionales, son universales e inalienables. Por eso, en la medida de lo posible, toda persona debe gozar de acceso seguro a alimento, vivienda, educación y salud al margen sus logros y elecciones o del modo en que use su humanidad.

Pero convertir la anti-meritocracia en la causa de los pueblos es una maniobra profundamente regresiva. Cuando se destruyen los incentivos al talento, el arte, la cultura y la innovación científica se estancan; las sociedades se vuelven también más pobres, la calidad de los servicios públicos se deteriora y queda menos para repartir.

Así se acaba por revertir la pulsión igualitaria que arrasó al mundo feudal. En rigor, la ola anti-mérito abona el retorno a un orden estático sin movilidad social ascendente, signado por la ignorancia y la miseria generalizadas. ¿Será la utopía del progresismo un neo-feudalismo post-industrial?".

En síntesis, el desafío sería: ¿cómo hacemos para armonizar más o menos virtuosamente ciertos criterios "meritocráticos" junto a criterios "igualitarios" que valoren a las personas por el solo hecho de existir?

The answer my friend, is blowing in the wind.

P.S.: By the way: acá tienen un artículo de La Nación sobre la tensión entre meritocracia e inclusión. Y acá tienen un artículo de Artepolítica acerca del tamaño del Estado. Soy un basurero que rescata discusiones viejas, jeje.

¡Abrazo de gol! Cuídense todxs. Los quiere,

Rodrigo

jueves, 21 de julio de 2016

DIVERTIRSE HASTA LA MUERTE: LA TELEVISIÓN, NEIL POSTMAN Y EL HIPERCONSUMISMO

Nos habíamos preocupado por la utopía de Orwell en 1984, pero en rigor se cumplió la de Huxley en Brave new world. El temor hoy a un Estado Todopoderoso que nos impide formarnos e informarnos sólo lo tienen los conspiranoicos, los mentalmente perezosos o los idiotas políticos. 

Hoy es la cultura hiperconsumista la que nos forma para que formarnos e informarnos nos importe un carajo. La censura opera por exceso de pelotudez, y no tanto de modo "orwelliano". Algo de eso argumentaba el sociólogo Neil Postman en el prefacio de Amusing Ourselves to Death. Public Discourse in the Age of Show Business (New York, 1985):

“Estábamos pendientes del año 1984. Cuando el mismo llegó sin que se cumpliera la profecía, los estadounidenses reflexivos entonaron su propia alabanza en voz baja. Se habían mantenido firmes las raíces de la democracia liberal. Dondequiera el terror hubiera cundido, nosotros, al menos, no habíamos sido visitados por pesadillas orwellianas. Pero habíamos olvidado que al lado de la pesimista visión de Orwell había otra, un poco anterior y menos conocida, pero igualmente escalofriante: Un  mundo  feliz,  de Aldous Huxley. Contrariamente a la creencia prevaleciente entre la gente culta, Huxley y Orwell no profetizaron la misma cosa. Orwell advierte que seremos vencidos por la opresión impuesta exteriormente. Pero en la visión de Huxley no se requiere un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, de su madurez y de su historia. Según él lo percibió, la gente llegará a amar su opresión y a adorar las tecnologías que anulen su capacidad de pensar. Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que nadie tuviera interés en leerlos. Orwell temía a los que pudieran privarnos de información. Huxley, en cambio, temía a los que llegaran a brindarnos tanta que pudiéramos ser reducidos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que nos fuera ocultada la verdad, mientras que Huxley temía que la verdad fuera anegada por un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos convirtiéramos en una cultura cautiva. Huxley temía que nuestra cultura se transformara en algo trivial, preocupada únicamente por algunos equivalentes de sensaciones varias. Como Huxley destacó en su libro Nueva visita a un mundo feliz, los libertarios civiles y racionalistas, siempre alertas para combatir la tiranía, «fracasaron en cuanto a tomar en cuenta el inmensurable apetito por distracciones experimentado por los humanos». En  1984,  agregó Huxley, la gente es controlada infligiéndole dolor, mientras que en  Un mundo feliz  es controlada infligiéndole placer. Resumiendo, Orwell temía que lo que odiamos terminara arruinándonos, y en cambio, Huxley temía que aquello que amamos llegara a ser lo que nos arruinara”.

En cierto modo, Las Vegas es una suerte de metáfora de la cultura del entretenimiento a nivel mundial:


“Las Vegas es una ciudad dedicada totalmente a la idea del entretenimiento, y como tal proclama el espíritu de una cultura en la que el discurso público toma, cada vez más, la forma de espectáculo. En general, la política, la religión, las noticias, los deportes, la educación y el comercio se han transformado en accesorios simpáticos del mundo del espectáculo, sin que haya habido protestas o la gente haya sido consciente de ello. El resultado es que somos un pueblo al borde de divertirnos hasta la muerte”.


Es muy difícil hacer filosofía política en televisión, porque en gran medida la forma conspira contra el contenido. La fama relativa de un personaje tan vacío de contenido como el Rabino Bergman, que se presenta a sí mismo como un líder espiritual y moral y hasta logrando que más de un bobo lo tome en serio, por ejemplo, sería casi imposible sin la existencia de la televisión. Ninguna persona que haya tenido una formación política sólida podrá tomarse en serio a semejante fantoche.


Creo que el arte auténtico no se dirige principalmente a sacarte la guita, aunque pueda hacerlo y aunque sepamos que su disfrute se inscribe dentro de la lógica capitalista, sino que te impulsa a esforzarte para acceder a su disfrute, del mismo modo que el placer más vivificante suele ser consecuencia de algo de sudor e incomodidad. 


Yo no creo que los seres humanos sean naturalmente estúpidos, aunque algunos hayamos nacido con esa tendencia, sino que la televisión y la cultura comercial, como bien decía David Foster Wallace, nos han enseñado a ser una especie de vagos e infantiles en lo que respecta a nuestras expectativas.



Como no leí a fondo el libro de Postman, me gustaría citar in extenso un artículo escrito por un ex profesor mío que yo aprecio mucho, Alejandro Kaufman:




En la TV, la necedad es inevitable y obligatoria, algo hasta aceptable en un mundo con muchas otras cosas por las que preocuparse. Distinto es cuando la estupidez se extralimita de ciertos segmentos, como los que organizan diversos menesteres en lugares y tiempos específicos de la vida social y urbana. Adultos, conocemos de su existencia, los frecuentemos o ignoremos. El pluralismo contemporáneo “normal” define una mezcla regulada de lo diverso, lo alto y lo bajo, lo cómico y lo serio.

En los tiempos de crimen y censura de la dictadura, la estupidez (bajo alegato de entretenimiento, adhesión de las audiencias y ethos televisivo) se instaló como práctica generalizada y transversal de nuestra industria del espectáculo. Desde entonces transcurrieron tanto el menemismo como algunos aspectos de la expansión tecnológica que, cada uno a su manera y en forma combinada, desenvolvieron una necedad matricial que devino hegemónica. No es asunto de “nivel”, ni de “calidad”, ni de “chabacanería”, señalados erróneamente por algunos críticos que ponen el acento en los giros retóricos y estilísticos considerados en sus facetas jerárquicas. El mismo gesto que frente a un niño puede ser un juego infantil y frente a un adulto un acto cómico, puede tornarse estúpido y abusivo en un contexto narcótico o negligente. Años de injusticia extrema, horror y mentira han entronizado la confusión de géneros, la aplicación de falsas comicidades, la distorsión del sentido y la disolución de parámetros colectivos de evaluación de los sucesos. Máscaras que encubrieron prácticas políticas y sociales inconfesables, desde la perpetración de crímenes de lesa humanidad hasta el desguace del Estado y la cancelación social de millones de personas. Todo ello se pudo hacer también –entre otras variables– por la instauración de un estado confusional colectivo.

Algunos disidentes emplearon los métodos vigentes para abrir puntos de fuga contrahegemónicos, aunque al no considerar los nervios decisivos de las matrices imperantes dejaron intactos los mecanismos perversos fundamentales, consistentes en las estructuras narcóticas a las que se nos ha acostumbrado como sociedad.

La recuperación de una “normalidad” convivencial, aunque no depare la emancipación ni la fraternidad universal, es un valor insustituible para retornar del horror y la injusticia extremos: demanda una recuperación relativa de algunas distinciones, segmentaciones y diferenciaciones entre política y entretenimiento, seriedad y comicidad, gravedad y ligereza. Aun cuando el ethos televisivo considerado como un todo responde al modelo del cambalache, la medida y los límites en que ello ocurra están muy lejos de donde hemos llegado en estas últimas décadas, tanto si comparamos el presente con el pasado como si –sobre todo– comparamos nuestra TV con la de otros países, algo para lo cual incluso es útil lo que vemos en nuestras propias emisiones de cable. Los niveles de brutalidad, estupidez y crueldad de nuestra TV son culminantes.

Es por todo ello que necesitamos discutir los formatos y las retóricas de los programas televisivos de archivo, porque contienen el legado de nuestras peores épocas. El problema no es la existencia de esos programas, que podría estar limitada por las codificaciones habituales, sino el papel que desempeñan, debido no sólo a sus protagonistas y productores, sino al embotamiento instaurado en las audiencias. El público es un recurso de la industria cultural y necesita cuidados, como los requiere la tierra cuando es cultivada, en lugar de despilfarrarla en pro de la máxima ganancia en el menor tiempo posible. Nuestras audiencias han sido dilapidadas de manera semejante. La fiesta del Bicentenario, en contraste, deja un saldo ejemplar. Sus programadores tuvieron la audacia de desobedecer a los andariveles hegemónicos. Mostraron un camino diferente: se puede ofrecer a las audiencias lo mejor y no lo peor, significados dotados de complejidad y no de estupidez, imágenes pertenecientes a géneros distintos, no confusos".

Hoy estoy medio triste, pero hace mucho que no escribía y ando con ganas de escribir más seguido.

martes, 26 de agosto de 2014

LOS MEDIOS Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

¿Es “democrático” un debate televisivo acerca de si está bien o está mal violar a un menor? Es evidente que no. ¿Estaría bien que la televisión mostrara pornografía explícita por el canal abierto a la hora en que los niños regresan de la escuela? ¿Estaría bien que la televisión mostrara cadáveres despanzurrados, con las vísceras al aire, en un noticiero de la tarde? La discusión no tiene que ver con si la gente lo miraría o no, porque la respuesta sería un rotundo sí, o cuantimenos un sí mayoritario. Parece una obviedad, pero a esta altura del delirio, no está de más aclarar que EL RATING Y LA DEMOCRACIA SON CONCEPTOS DISTINTOS. La discusión tiene que ver con el acceso. Todos los seres humanos, en mayor o menor medida, sentimos atracción por el morbo, por el sexo explícito y por la muerte. Es evidente que si emitiera en directo imágenes de la decapitación de un tipo, o de una joven practicando sexo oral, cualquier canal abierto se aseguraría un alto nivel de audiencia. El hecho de que existan imágenes accesibles con solo pulsar el botón del control remoto, no es un tema menor. Afirmar livianamente que la televisión muestra “lo que la gente quiere ver”, y pretender con eso justificar cualquier barrabasada, me parece: a) una estupidez; b) simple pereza mental; y/o c) una canallada.

Ilustro el post con la siguiente cita de Karl Kraus: "el secreto de la demagogia es parecer tan tonto como su audiencia para que la gente se piense a sí misma tan inteligente como el demagogo". Esto no quiere decir que "la gente" sea "tonta", sino fomentar el desarrollo de la tolerancia, la solidaridad y el coraje en lugar del pánico, el miedo, la depresión y la estupidez. Ya bastante estúpidos somos los seres humanos como para necesitar que nos fogoneen nuestros vicios naturales.



¿Por qué razón deberíamos naturalizar el hecho de que los ancianos de un geriátrico deban pasarse los últimos años que le quedan de vida mirando por la televisión noticieros plagados de escándalos, robos, secuestros, violaciones, sangre y ojetes a repetición, desde que se levantan hasta que se acuestan? ¿Eso implica "estar informado"? Para mí eso no es estar informado, sino idiotizado, temeroso y manipulado.


¿Por qué motivo los noticieros estadounidenses censuraron las imágenes de los cadáveres enterrados entre los escombros, a consecuencia del atentado terrorista a las Torres Gemelas? Salvo que tengan ganas de confundir democracia con cualunquismo, acordarán conmigo en que se trató de una medida atinada, al menos desde el punto de vista de los derechos humanos. La cuestión no se reduce a "tapar la realidad o hacerla tapa", como sugería una publicidad del Grupo Clarín. Ya lo dijimos en éste post:


 “Los periodistas despliegan todos los días ese poder de construcción y constitución de la difusión masiva, por el hecho de publicar o no publicar los temas que surgen –hablar de una manifestación o dejarla en silencio, dar cuenta de una conferencia de prensa o ignorarla, resumir de modo fiel o inexacto, deforme, favorable o desfavorable- o incluso por el hecho de colocar títulos y leyendas o etiquetas profesionales más o menos arbitrarias, por exceso o por defecto –por ejemplo, la etiqueta de ‘filósofo' por el hecho de transformar en un problema algo que no lo es, o viceversa. Pero pueden ir mucho más lejos, con total impunidad, respecto de las personas o de sus actos. Podríamos decir, sin exagerar, que poseen el monopolio de la difamación legítima”. (En Bourdieu Pierre, “Pensamiento y acción”, Ed. Libros del Zorzal, Capítulo 9, págs..  53-54)

Mi postura es que el nivel de tolerancia a la crueldad que tiene la sociedad argentina es muy alto, y además creo que el rol de los medios hegemónicos en todo este guiso es, con pocas excepciones, tremendamente nocivo.


El discurso mediático, cuando sugiere que la discusión sobre los contenidos es, a priori, contraria a la pluralidad y a la democracia, suele ser profundamente perverso. Desde el punto de vista de la democracia y los Derechos Humanos, no es cierto que la cuestión se reduzca a dos extremos: o libertad absoluta de contenidos; o vigilancia estricta de lo que se emite en aras de un supuesto ideal igualitario. ¡No! Entre censura absoluta y libertad negligente hay múltiples matices, que no tienen por qué sustraerse a la discusión pública. Desde el punto de vista de la democracia y los derechos humanos, la libertad de expresión absoluta no existe: no se puede hacer apología del delito, no se pueden mostrar por televisión violaciones de niños ni cadáveres en descomposición. Imagino que en este punto estaremos todos más o menos de acuerdo. Ahora bien: ¿qué pasa con los noticieros que muestran una y otra vez el crimen nuestro de cada día? ¿En qué medida ayudan a resolver los problemas por los que fingen estar preocupados? Sostengo que son parte del problema, más que de la solución. Al respecto, les propongo leer el siguiente post sobre la criminología mediática.


En síntesis, estoy tratando de alertar acerca del peligro que implica fomentar mediáticamente la “violencia simbólica”. Al decir de Alejandro Kaufman:


"La violencia simbólica es una violencia que no es física pero tiene un correlato y consecuencias eventualmente físicas. Y precede a la violencia física. Siempre que va a haber violencia física viene precedida por la violencia simbólica. Nadie se pelea en frío: mojar la oreja, insultar (…) En los colectivos sociales, la violencia no ocurre de repente. Cuando se trata de situaciones de linchamiento, de discriminación, de racismo y de genocidio antes hay una sistemática situación de violencia simbólica que puede durar mucho tiempo (…) Y los derechos humanos están relacionados con combatir la violencia simbólica, porque esta precede a las atrocidades. Carrió, por ejemplo, no está loca, lo que hace es construir un arma letal de tipo verbal que está disponible para cuando sea necesario usarla, que es un arma linchadora. Cuando (…) dijo que es ‘el fin del fascismo, y lo que ahora viene es Rumania y Roma’, está(ba) hablando de Ceaucescu y Mussolini, que sabemos cómo murieron: está haciendo un llamamiento al linchamiento de la presidenta”.

Pongamos un ejemplo extremo, para ver si nos damos a entender: podríamos acordar en que, desde el punto de vista de los derechos humanos, no es relevante lo que opina una mujer golpeada de su marido golpeador/abusador, al menos no si con eso pretendemos liberar al verdugo de la culpa que le corresponde. Sería absurdo alegar la opinión favorable de la víctima respecto del victimario, en virtud de la supuesta “libertad” que el tipo tiene de gozar y expresarse, para absolverlo de toda responsabilidad, toda vez que se probara que efectivamente violó y/o golpeó a su mujer.

Está claro que el ejemplo es extremo, y sin embargo puede ser útil para entender el motivo por el cual es problemático tolerar que, por ejemplo, una chica discapacitada sea exhibida en un programa de televisión para que todos nos burlemos de ella, sin importar que ella esté de acuerdo. Recordemos que en la “canción de los parecidos”, TVR editó imágenes de una nena con síndrome de down para burlarse, más allá de que lo haya hecho con o sin ternura. Lo curioso es que buena parte de la sociedad asemejó ese amarillismo a “igualdad” y “democracia”.


¿Y qué pensamos de Tinelli cuando lleva a un tipo humilde a formar parte de su circo, para humillarlo frente a toda la tele-audiencia? ¿Está tratando de integrarlo a la sociedad o lo está prostituyendo? ¿Nos conformamos con que está todo bien porque la “víctima” está de acuerdo y se presta para ser un bufón? Mi intención no es clausurar el debate, sino abrirlo. Sé que esto que digo puede ser interpretado como un discurso condescendiente hacia la persona que se presta para ser objeto de burla. Creo que esa lectura sería, justamente, favorecida por el modo de comunicación masiva hegemónica que estoy intentando cuestionar.


¿Por qué se crea la comisaría de la mujer? Tiene que ver con la violencia simbólica a la que debe ser sometida cuando es citada como testigo. Se sabe que rememorar una violación, en cierto modo, es vivirla de nuevo. No es lo mismo que una mujer deba relatar sus vivencias a un grupo de policías varones, que a un grupo de policías mujeres. No estoy aludiendo a la dicotomía “sanción ejemplar” vs “permisividad”. La violencia simbólica se relaciona con el antes y el después de un hecho violento. La violencia simbólica es la que favorece la existencia de la violencia física explícita.


Todos estos temas guardan relación con el modo en que los medios tratan las noticias políticas. Este post está en contra de naturalizar la farandulización de la discusión pública. Yo no quiero que un político vaya a lo de Tinelli para ejercitar sus dotes histriónicas. Y ojo que no pretendo impedir que alguien ejerza la libertad de ir al programa que tenga ganas, sino que quiero ayudar a que la "farandulización" de la política sea culturalmente mal vista.


Pongo otro ejemplo que ilustra parte de lo que intento decir: ¿cómo debe actuar un funcionario importante en tiempos de crisis?La función de un líder político, sobre todo en épocas difíciles, que en la Argentina son casi todas las épocas, se relaciona, entre otras cosas, con llevar tranquilidad y calma a la población. Y más si tenemos en cuenta que la sociedad argentina es histérica, exagerada, conflictiva y bastante violenta. Sin embargo, el nivel de delirio es tal, que cuando un líder político se propone calmar las aguas en tiempos de crisis, su discurso siempre es leído en forma negativa: se lo acusa de querer ejercer la censura, de intentar negar la realidad, de tratar de esconder los problemas.

LAS CONFERENCIAS DE PRENSA: ¡QUEREMOS PREGUNTAR!


Por más que suene polémico, creo que un sector de la prensa hegemónica que reclama conferencias de prensa, lo hace menos para esclarecer el debate público que para someter a la clase política a la maquinaria amarilla del escarnio idiotizante. Su indignación está más emparentada con la farandulización de la política, con el deseo de ponerle micrófonos en la oreja a un político para acosarlo o vituperarlo, al modo de CQC; o con invitarlo a lo de Tinelli para que haga las veces de bufón; o con interrumpirlo con estupideces cada vez que trata de explicar el motivo de tal o cual medida. 


Un conocido mío, el Bosnio, lo resumía muy bien:


“Los ministros que si dan entrevistas, conferencias de prensa, como Garré, no gozan de mayor aprecio general que los que no. No asisten a sus conferencias los pensadores más profundos sobre la seguridad, sino noteros que vienen de tratar una nota de color con Susana o un asalto y luego seguirán con deportes. No surgen de sus conferencias de prensa debates de largo plazo sobre políticas de seguridad. En general no surge nada, a lo sumo alguna chicana de alguien que quiere poder titular con su pregunta más que con la respuesta.


No digo que deberían prohibirse, ni le exigiría a mis representantes a negarse a presentarse a ese show inútil, pero hacer de eso la estructura del debate público me parece que hay una mistificación del proceso de conferencias de prensa y del funcionario como actor intelectual”.

Los medios hegemónicos tienen consecuencias, muchas veces nocivas, sobre los estados de ánimo colectivos y sobre la gobernabilidad. El periodismo hegemónico actúa como si su finalidad fuera crispar a la población, desanimarla, desesperarla, generarle pánico. No hay acción política eficaz que pueda neutralizar esa potencia discursiva de los medios hegemónicos. La finalidad no es ejercer la crítica, sino horadar. Su finalidad no es construir, sino destruir y crispar. No estoy hablando de kirchnerismo o antikirchnerismo: estoy diciendo que eso lo hacen TODO EL TIEMPO, CON TODOS LOS OFICIALISMOS Y OPOSICIONES DE TURNO. En definitiva, esto se relaciona con la tensión entre "plutocracia" y "democracia".




De modo exagerado, podríamos decir que mientras la población de Estados Unidos está en estado de alteración mediática respecto de enemigos externos (inmigrantes latinos, fundamentalistas islámicos, etc).; la población argentina está en permanente estado de alteración respecto a “enemigos internos”, que potencialmente serían "todos los argentinos", en particular los más débiles: mujeres, pobres y niños.

Para ir cerrando, déjenme decirles que este post no promueve la censura, sino la discusión acerca de los contenidos, y la proliferación de discusiones "contra-hegemónicas". También quiero dejar en claro, más allá de que sé que no soy el mejor ejemplo, que estoy absolutamente en contra de:


1) el monopolio de la injuria sistemática de la mayoría de los medios masivos;


2) la violencia simbólica ejercida por los medios, junto con el afán por infundir desánimo, complicar la gobernabilidad e infundir miedo, asco y desánimo a toda la ciudadanía. A tal punto creo esto, que a veces me parece que la parodia de Capusotto es más realista que otra cosa.


Addenda: agrego algo más que le escuché decir a Kaufman, y me pareció muy atinado. Un ejemplo de periodismo amarillo clásico es (o fue) el programa de Anabella Ascar en Crónica. A ese programa no iban políticos ni filósofos ni especialistas en cuestiones "serias". El problema, insisto una vez más, es mezclar farándula con política en noticieros que se pretenden serios.

jueves, 10 de abril de 2014

"HABLÁLE A LA GENTE, NO SE TE ENTIENDE". EL FASCISMO DE LA ESTUPIDEZ

Cuando un funcionario público o un "intelectual" serio va a la televisión, debe someterse al fascismo de la estupidez. 

"Vas ahí y te gritan, te interrumpen, te dicen que no se te entiende. Es una performance de menoscabo y humillación". (A. Kaufman).

"Explicále a la gente para que te entienda", "traducíle a la gente", "no te entiendo, explicámelo más claro". Karl Kraus: "El secreto de la demagogia es parecer tan tonto como su audiencia, para que esta gente se piense a sí misma tan inteligente como el demagogo".

A los políticos que se hacen respetar, que no se someten al ritual del griterío histérico, no los perdonan. Los injurian. El político debe tener "buen humor", debe ir a Gran Cuñado y reírse con su imitador.

domingo, 6 de abril de 2014

INTERESANTE CHARLA DONDE ALEJANDRO KAUFMAN REFLEXIONA SOBRE LA VIOLENCIA SIMBÓLICA, LOS DERECHOS HUMANOS, LA DEMOCRACIA Y LOS MEDIOS

¿Hasta qué punto cabe naturalizar el hecho de que Jorge Lanata lleve un cerdito a unestudio de televisión y lo compare con Orlando Barone, en un programa periodístico que pretende estar hablando de política?

La degradación del otro, el insulto, sólo busca desmoralizarte, llevarte a reaccionar. El mismo Lanata, hace un tiempo, criticó a Kicilloff porque se fue en silencio en lugar de pararse a argumentar contra quienes lo insultaban en el buquebús. ¡Un delirio! Una de las pocas reacciones posibles ante quienes te patotean, es huir del lugar para no echar más leña al fuego.

Está claro que cuando, luego de invitar a Beatriz Sarlo a 678 para debatir, se le pega durante una semana entera, se está haciendo algo similar. Beatriz Sarlo es una figura respetuosa, que merece una consideración diferente a la que impera en la maquinaria mediática de picar carne.

La "canción de los parecidos" de TVR, ¿está muy lejos del humor contra el débil de un Tinelli o un Miguel del Sel? ¿Qué tan democrática es la práctica de contratar un enano para disfrazarlo y burlarse en Duro de Domar?

Y con esto arribamos al concepto de “violencia simbólica”, un invento conceptual de Pierre Bourdieu.

Pero, ¿qué es la violencia simbólica, en términos coloquiales? Podría decirse que es un discurso sistemático que por lo general precede a la violencia física. La violencia nunca o casi nunca ocurre “en frío”, sino que viene sustentada por la injuria sistemática. Para ser considerado sujeto de derechos humanos, primero te tienen que considerar un ser humano.

Cuando alguien te compara con un cerdo sepulta la posibilidad de todo tipo de intercambio de ideas. Para no poder discutir con una persona, o para dejar de considerarla sujeto de derechos políticos, lo mejor es reducirla al nivel de una basura.


Todo esto que digo fue tratado en el transcurso de un diálogo muy interesante entre Barragán y Alejandro Kaufman, que pude escuchar gracias al siguiente post de Oscar Cuervo:

Les corto y pego algunos fragmentos, pero no la transcribo completa porque es demasiado larga:

Kaufman: "La violencia simbólica es una violencia que no es física pero tiene un correlato y consecuencias eventualmente físicas. Y precede a la violencia física. Siempre que va a haber violencia física viene precedida por la violencia simbólica. Nadie se pelea en frío: mojar la oreja, insultar, etc., y luego se legitima socialmente. En los colectivos sociales la violencia no ocurre de repente. Cuando se trata de situaciones de linchamiento, de discriminación, de racismo y de genocidio antes hay una sistemática situación de violencia simbólica que puede durar mucho tiempo y que se parece mucho a lo que está ocurriendo en estos años. Todavía no se comprende bien ese problema, el peronismo no lo comprendió –por buenas razones, no por malas razones-porque es un movimiento político y no se vive a sí mismo como víctima, sino como resistente, como luchador. Hay un conflicto entre defenderse de la violencia simbólica y hacer política. Si el peronismo no fuera como es, si se hubiese puesto en una posición de víctima –y esto no lo digo peyorativamente porque lo podría haber hecho- te puedo asegurar que la masacre de 1955, de centenares de personas en la Plaza de Mayo, crimen de lesa humanidad indudablemente, sería recordado y conmemorado como el peor atentado de la historia argentina. Y eso no es así: en la propia resistencia peronista se hablaba de bombardeos, como si no hubiera muerto nadie ahí. Esto se justifica en las luchas políticas, tiene una lógica. En las democracias modernas las cosas han cambiado un poco y aparece la problemática de los derechos humanos. Y los derechos humanos están relacionados con combatir la violencia simbólica, porque esta precede a las atrocidades. Carrió, por ejemplo, no está loca, lo que hace es construir un arma letal de tipo verbal que está disponible para cuando sea necesario usarla, que es un arma linchadora. Cuando ella el otro día dijo que es "el fin del fascismo, y lo que ahora viene es Rumania y Roma", está hablando de Ceaucescu y Mussolini, que sabemos cómo murieron: está haciendo un llamamiento al linchamiento de la presidenta.


Esto nos lleva a una de las debilidades que tenemos en este momento, una de las cuales radica en que esto no es una discusión sobre argumentos; esta no es una discusión sobre la verdad y la mentira. ¿Cómo se explica que alguien pueda mentir sistemáticamente y con completa impunidad todos los días? Porque lo que hacen no es representar la realidad, sino insultar. Cuando vos insultás, cuando alguien te compara con un cerdo [como hizo Lanata con Barone], eso implica el ejercicio de una violencia que sepulta la posibilidad de todo diálogo. Si vos querés abrir un diálogo con una persona tenés que interrumpir ese comportamiento, disculparte, arrepentirse, rectificarte, etc.; alguien te grita y te insulta, no está hablando con vos, entonces vos no le podés replicar con argumentos.

Barragán: Ahí hay un nivel de psicopatía, porque el mismo tipo que te dice que sos un ladrón y que sos un chancho, te dice "vos sos un fascista que no querés conversar/debatir conmigo".

Kaufman: Mirá, yo cuando le explico esto a mis alumnos les digo lo siguiente: el insulto es un sustituto de la mancha. Acá estamos los dos sentados. Suponte que ahora cayera un balde lleno de excrementos, de algo maloliente. Vos no pensás de mí que yo soy eso, pero yo no me podría quedar sentado acá, tendría que ir a bañarme. No importa que el insulto sea verdad o mentira, lo que importa es que hace imposible que el insultado pueda permanecer frente al otro. La injuria, el insulto, busca vulnerarte, mancharte, de modo que vos no puedas permanecer sentado en el mismo lugar. El que te insulta lo que busca es debilitarte, desmoralizarte. Clarín, entre otros, lo que hace es insultar, injuriar, todos los días, todo el tiempo. Eso produce un efecto.  Vos fijáte que 678, por momentos, produce un efecto de sublimación. Varios funcionarios públicos que han asistido al programa van allí a hacer catarsis. Es una cosa muy interesante que no se ha debatido. Eso pasó con Kicilloff, pasó con Abal Medina y ayer pasó con Juliana Di Tullio. Van allí a expresar el sufrimiento y la mortificación que padecen con todo eso que ocurre. Esto no tiene un valor políticamente relevante, pero sí desde el punto de vista humano.

Barragán: Esto no es que hay un grupito de inadaptados, está el poder detrás de todo esto.

Kaufman: Pero el poder ha hecho eso en toda la historia: con los esclavos, con las brujas, con los judíos, con los negros, con los colonizados, con los indios. Es lo que pasaba en los campos de concentración de la Esma: primero tenés que hacer que esa persona deje de ser persona, que se convierta en una basura. Lo que hicieron los genocidas es organizarlo sistemáticamente para que funcionara en serie, como una línea de montaje. En la vida común también ocurre,  en otra escala evidentemente muy diferente, pero no es ajena a eso. Busca derrotar al adversario a través de esos métodos, no le da cuartel, no lo puede escuchar, no puede convivir con él.

El problema de fondo de la Argentina es que las clases dominantes no pueden aceptar el piso que estableció el primer peronismo. No es una cuestión de que argumentes nada, porque no lo quieren aceptar, quieren borrarlo, volver a como era antes, quieren volver al año 40. Luego del 17 de octubre cambiaron las cosas. Es una cuestión de distribución de la riqueza y de derechos. ¿Sabés lo que produce tanto odio? La persona que adquirió derechos es otra persona, no la podés tratar como una basura. El obrero argentino no es barato, no es como el chino o el africano, sino es alguien que cree que tiene que ganar mucha plata. Cuando el obrero argentino no tiene ese piso lucha, hace el Cordobazo, resiste... (...)

Las clases dominantes no aceptan eso, no aceptan tener una economía que sea compatible con este piso de derechos. ¿Por qué el peronismo es la única opción? Porque si es derrotado, lo que viene después es borrar todo. Eso está en el aire, de esos hablamos todos (…)

Barragán: Frente al insulto permanente, ¿entonces por qué después nos parece una perversión el binarismo? ¿Qué otra cosa se puede hacer que no ser binario ni estar de aquí o de allá?

Kaufman: El problema del binarismo es que es ineficaz. Si el que te insulta te lleva a vos a responder del mismo modo, ganó él, porque es lo que quería. El erro es creer que vos le podés argumentar. La política de 678 era oportuna durante un momento, el primer año 2009, relativamente. Pero después empezó a perder eficacia, porque el espectáculo de ver que uno miente y el otro desmiente permanentemente, lo único que confirma es una metodología de la mancha y el insulto, del que la gente al final sólo termina por intentar alejarse. Es como la riña de gallos. ¿Qué querés ver en eso? Que uno quede muerto y otro quede vivo. Sin embargo, eso no es lo que queremos para la vida en común...

Otro error gravísimo es creer que a Clarín se lo derrota desde la argumentación, creer que la cuestión tiene algo que ver con la verdad o la verosimilitud o la credibilidad. ¡No! Eso está completamente equivocado. Nunca tuvo nada que ver con eso. ¿Escucháme, después de las Malvinas?  Mintieron a todo el mundo todo el tiempo de forma permanente, y no volvieron de ahí. Entonces, ¿de qué credibilidad me están hablando? Clarín no es el poder de la verdad, sino la verdad del poder. Es como cuando en las películas de terror al monstruo le disparás con todo y después hay un montón de humo por los disparos, y cuando se disipa sigue ahí, y luego arrasa con todo.


(…) Hay que discutir los medios. La prioridad de 678 es la televisión basura, no la política. (...) ¡Hay que discutir la televisión! Porque la política actual está subordinada a la misma televisión, con la misma lógica de la dictadura y el menemismo.

(...) 678 tiene que ser un programa diferente a Duro de Domar y TVR, porque estos últimos son programas de entretenimientos, donde la política se mezcla con el entretenimiento. En cambio 678 pertenece a la televisión pública, a la discusión política. (...) Vos no podés ponerlo a Borges haciendo dos chistes y a partir de ahí armar todo un discurso. Para mí, un primer momento de derrota en 678 tiene que ver con la invitación a Beatriz Sarlo. Ella no puede ser tratada como si fuera lo mismo que las otras personas con las que se la suele comparar. Es una persona muy respetable, con la quien generalmente estoy en desacuerdo, pero es racional, respetable y -aunque es antiperonista, tiene sesgos, etc.,- tiene un modo de comportarse distinto. Lo de "Coca Sarlo" es un acto de misoginia, es insultante, es inaceptable. Otro momento fue el evento con Lucas Carrasco. ¡Eso no puede suceder! Lo que quiero decir es que 678 tiene una enorme responsabilidad, y al empresariado que lo conduce no le preocupa esa responsabilidad. (...) Todo lo bueno que tiene el kirchnerismo radica en cuando fue en contra de lo que hay".


En definitiva se trata, y acá estoy hablando yo y no Kaufman, de profundizar la democracia, de democratizar los medios, de profundizar derechos. Se me ocurre el caso de Roberto Gargarella, entre otros. Se trata de una persona que no puede asemejarse a Mariano Grondona o a los mecanismos carroñeros de la editorial Perfil. ¿Se entiende? Nos podemos enojar, podemos chicanear, podemos enfervorizarnos, pero tenemos que ayudar a cambiar la lógica nefasta que predomina en los medios, en la política y en la sociedad civil.

La televisión basura es una usina interminable de violencia simbólica. No se la puede poner a Ayelén Barreiro en la "canción de los parecidos".

Otro punto a discutir es la "televisión rubia", que no refleja la diversidad de etnias que existen en la Argentina. Cuando yo voy a laburar me tomo el 24 o el 100 en Avellaneda, tipo 5 y media de la mañana, para bajarme en capital. El bondi está lleno de obreros, de personas de rasgos indígenas, de peruanos, bolivianos y paraguayos o sus descendientes.

En fin, no sigo porque ya el post es bastante largo y, para muchos, seguramente aburrido.



Chau, ¡sean felices!