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lunes, 6 de abril de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: ALGO MÁS ACERCA DEL AMOR

Decíamos hace unos días que todo ser humano es, antes que nada, el deseo que de él/ella tuvo otro ser humano. En cierto modo, si nos pasamos de rosca mientras nos entrevista Fantino y nos llamamos Gabriel, podríamos decir que las madres empiezan a desear a sus hijos desde que juegan a las muñecas cuando son niñas.

Por otro lado, los bebés humanos, ni bien nacen, no son capaces de sobrevivir sin el reconocimiento y la mirada de otro sujeto.

Gabriel Rolón –sí wachines, leo a Freud, a Kafka, a Wittgenstein y también a Rolón, ¿algún problema?- recordaba una anécdota de Federico II de Prusia cuando quiso formar un ejército de soldados sin debilidades, fuertes y libres de temores. “Entonces mandó construir un lugar donde los recién nacidos serían bien alimentados y cuidados pero no recibirían ni el menor gesto de ternura, dado que pensaba que eso debilitaba el carácter. Los enfermeros cumplieron minuciosamente el trabajo que les encargó el rey. El resultado del experimento fue que todos los niños murieron”.

Somos seres frágiles, necesitados de afecto y cuidado a quienes una mierdita microscópica insignificante como Jorge Coronavirus puede hacernos ir a mirar las flores del lado de las raíces.

Un mamífero en la selva –gacela, búfalo, cebra -sale del vientre de la madre, asoman sus dos patitas, lo terminan de expulsar y luego de un instante se pone de pie y al rato está trotando en la hierba. Su instinto y constitución biológica lo preparan rápidamente para valerse relativamente por sí mismo, de lo contrario está condenado a que, más temprano que tarde, un depredador se lo coma.

Los animales están destinados a la especialización: algunos nadan muy bien, otros corren rápido, otros vuelan, son capaces de respirar bajo el agua, hacen agujeros en el suelo o cazan con el pico. Ese es el motivo por el cual las especies animales mueren cuando les cambia el ecosistema, porque no se pueden adaptar.

Los seres humanos, en cambio, “venimos al mundo con un buen hardware, del que nos ha previsto la naturaleza, pero no tenemos un programa establecido, tenemos que procurarnos un software para orientar nuestras acciones sociales”. (F. Savater dixit).

No podemos correr como un guepardo ni nadar como un delfín ni somos capaces de matar animales grandes con nuestras propias manos como puede hacerlo un león o una pantera. Sin embargo podemos hacer varias cosas a la vez: nadar, correr, trepar a los árboles, tocar el piano, componer una canción o diseñar y construir armas para matar a leones, delfines, guepardos, panteras e incluso otros seres humanos. 

¿Qué estoy intentando decir con esto? ¡Que somos animales indeterminados, programados para aprender eternamente! El olfato de un perro es mucho más fino para distinguir algo que alimenta de algo que envenena. A nosotros el instinto y el olfato nos sirve de mucho menos. 

"No existe una escuela que enseñe a vivir", cantaba Charly García en Desarma y Sangra: no tenemos un manual ni un programa que nos permita amar de la manera adecuada para evitar el sufrimiento! Los esfuerzos de Stamateas están destinados al fracaso, aunque a él lo lleven al éxito.

A mí juicio, los estudios de Freud aciertan cuando sugieren que en el terreno amoroso nadie sabe, quiere ni decide con absoluta libertad. No hace falta haber leído ni medio libro de psicoanálisis para darse cuenta hasta qué punto el encuentro amoroso con el otro está mediado por una multitud infinita de malentendidos y fantasmas.

El sentimiento amoroso por alguien sobreviene y se va, en buena medida, más allá de nuestra voluntad y control. Eso no implica que no podamos aprender a amar mejor o no tengamos a nuestra disposición la ayuda del conocimiento y la razón. Ni es cierto que seamos totalmente libres de elegir ni tampoco que estemos sometidos a la pasión irracional de un eros ciego. 

Aunque en  principio no podamos decidir sobre un sentimiento, sí podemos decidir y ser relativamente responsables –ahí es donde adhiero al psicoanálisis y su noción de inconsciente- en relación a ese sentimiento. El psicoanálisis bien entendido no es una excusa para decir “disculpáme, te cagué con otra mina porque me lo dictó mi inconsciente”. Por ejemplo, yo jamás trataría de seducir a la pareja de un amigo, por más atractiva que me pareciese en una primera impresión.

En ese sentido adhiero a la ética aristotélica que sugiere que la reflexión y el desarrollo de nuevos hábitos produce variaciones en la manera en que sentimos las cosas. Las emociones también se relacionan con un contexto social y se pueden construir virtuosamente.

El amigo Jorge Corona me hace escribir mucho estos días, pero en algún momento hay que parar. La seguimos otro día.

¡Cuídense mucho y sean felices!

Rodrigo


DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: DONDE EL AUTOR DEL BLOG BANCA LA VALENTÍA DE SOFÍA GALA E INTENTA PENSAR CONTRA CIERTA CONCEPCIÓN POLICÍACA

El poder no está estancado fijamente en los cuerpos: no por el hecho de tener un físico grandote y musculado, un patovica es un abusador. No por el hecho de ser hombre, alguien es un violador en potencia. Hay mujeres que tienen poder y abusan de su poder, hombres que tienen poder y abusan de su poder, y mujeres y hombres que teniendo poder se abstienen de abusar del mismo.

El poder circula, y más que detentarse, se ejerce. No es lo mismo abusar del poder que ejercerlo. Tengo para mí que TODO AQUÉL/AQUELLA QUE TIENE PODER, LO EJERCE, porque el poder no tolera el vacío: el futbolista que juega muy bien no intenta jugar como si fuera malísimo, la mujer hermosa que le guiña el ojo a un barman para obtener un trago gratis usa su poder seductor en beneficio propio, el niño que extorsiona tiernamente a la madre para que le compre galletitas sonriéndole afectuosamente quiere influir sobre su voluntad, y así siguiendo. Y no hace falta ser una eminencia en medicina para ejercer poder sobre un paciente. Nietzsche nos enseñó muy bien que  el poder también se ejerce desde la debilidad: por caso, una madre o un padre enfermo pueden abusar de la hija o del hijo que los cuidan a través de la culpa, y volverles la existencia algo insufrible.


Muchas de las conquistas del movimiento feminista me parecen una excelente noticia. No he leído mucha bibliografía feminista –aunque espero hacerlo en el futuro- ni me siento en condiciones de darle lecciones a nadie. Simplemente ejerzo mi derecho a opinar y a pensar con quienes quieran leerme para ayudarme a desmontar o mejorar mis argumentos.

¿Quiénes pueden estar a favor de un femicidio o una violación? Se trata de crímenes atroces. ¡Sólo los muy perversos pueden apoyar algo así! Lo que intento en este posteo es separar la paja del trigo, porque hacer del debate un manto nocturno donde todas las vacas son pardas nos impide pensar. Para actuar adecuadamente no es suficiente con pensar adecuadamente, pero no se puede actuar bien sin pensar bien.

Creo que hombres y mujeres somos  distintos - los hombres solemos ser más fuertes, las mujeres son capaces de llevar una vida en su vientre, etc.-; pero debemos tener los mismos derechos, y apuntar como horizonte aspiracional a la construcción de una sociedad en la cual todxs seamos iguales ante la ley. Sin embargo, a esta altura o yo no entiendo demasiado o predomina cierta tergiversación de un axioma que se presenta como incuestionable: “todo es cultural” o “todo es construido”.

A mí, por ejemplo, me gusta jugar al fútbol mixto con mis amigas, pero cuando disputo una pelota no pongo la pierna fuerte como lo haría con un varón. ¡Porque somos distintos Judith Butler, la concha de la lora! Estoy seguro que no entiendo a Butler, y capaz si la leyera en profundidad la adoraría o no sé, pero simplemente hablo desde mi experiencia personal. También es verdad que he jugado con chicas que se dedican al fútbol profesional, y que al trabar lo hacen igual que un hombre, porque están física y técnicamente entrenadas. No niego que existan influencias culturales. Simplemente digo, ¡somos distintos Judith Butler, la concha de la lora!

Un tenista profesional entre los primeros 100 puestos del ránking derrotaría probablemente a cualquier mujer que fuera número uno del tenis profesional femenino. ¡Porque somos distintos!

Sin embargo, la idea no es “esencializar” el concepto de hombre y mujer. Si una mujer que está en pareja decide no tener hijos, ¡genial! Si una mujer que está en pareja decide tener hijos pero no laburar porque su marido cobra un buen sueldo y asume el rol de ser la que le dedica más tiempo a las tareas del hogar, ¡genial! Si es el hombre el que lava los platos y la mujer la que trae el sueldo a casa, ¡genial! Si laburan ambos y se reparten las tareas, ¡genial! Y así siguiendo. No me gusta ser policía de la vida de nadie: si una amiga mía elige ser “Susanita”, pues bien; si quiere ser “Mafalda”, ¡adelante con los faroles! Y está claro que la situación es distinta si se trata de una mujer que vive en la miseria, porque ahí el margen de elección se acota muchísimo. De todos modos no quiero entrar en la discusión sobre el “trabajo en el hogar no remunerado” y otras cuestiones de economía política en relación al movimiento feminista, porque dan para un libro aparte y escapan al espíritu del posteo de hoy.


Retomando, para mí está muy claro que –y soy consciente de que para muchos psicópatas esto no es así- si una mujer se muestra interesada en vos y viene a tu departamento, se debe respetar su decisión SIEMPRE. Si ambos nos besamos apasionadamente, terminamos desnudos y en determinado momento la mina se arrepiente, yo no tengo derecho a avanzar.

Ahora bien, en lo personal no puedo menos que adherir a las palabras de Alexandra Kohan cuando dice:

–“Está en crisis el juego de seducción. ¿Cómo hacemos para seducir si no puedo mirar fijamente a alguien en una fiesta porque es acoso? Mil veces alguien intenta darte un beso y decís que no y está todo bien. Ahora si te agarra es otra cosa. No existe el consenso a priori. ¿Cómo se va a consensuar antes si voy a querer? Son garantías para lo que no tiene garantías. Empezamos, apretamos y después no me gustó porque tiene mal aliento, la piel, lo que sea. El abuso es otra cosa. Acostarse con un boludo no es violencia. La violencia es violencia. Si no, se banaliza y como todo es violencia, nada es violencia. Eso no es una frase hecha. Es así. Cuando veo que le dicen psicópata a todos, después aparece el psicópata de verdad y se enganchan, obvio. Porque el psicópata te envuelve”.

Llegados a este punto, me permito incorporar al posteo fragmentos no de Judith Butler o Simone de Beauvoir sino de Sofía Gala, quien en el transcurso de en una entrevista que le hicieron hace un tiempo en Clarín dijo algo que me pareció muy sabio:

“Todo lo que se pone extremo se vuelve facho. Pero también creo que hay un movimiento muy grande sobre muchas cosas que por muchos años fueron injustas, como la identidad, el género, la sexualidad, la mujer, y para que haya cambios hay que ponerse un poco extremo. Después encontraremos el equilibrio”.


En lo personal me parecen peligrosos ciertos discursos que suponen que toda diferencia de edad es abuso de poder. ¿Quién se arroga para sí la autoridad de decidir con quién se tiene que acostar una persona que es mayor de edad? Si un profesor sale con una estudiante mayor de edad una vez terminada la cursada, ¿qué tiene de malo? El problema es si usa ese poder para obtener un beneficio sexual: “si no te acostás conmigo no vas a aprobar la materia”. ¿Qué problema hay si una profesora de filosofía, como es el caso de Esther Díaz, confiesa que no le calientan los hombres de su edad sino que los prefiere más pendejos? ¿Acaso ella no tiene derecho a cojer con quien quiera y pueda porque tiene 79 años? Nadie ignora que a medida que crecemos las oportunidades de tener sexo disminuyen, ¡pero eso no significa que los demás tengan que andar fisgoneando con quién o quiénes nos acostamos! ¡No infantilicen la sexualidad ajena, mojigatos de mierda! Y si alguien tiene ganas de meditar o vivir una vida ascética, ¡pues que lo haga!

Se puede ser maduro a los 20 años y un idiota a los 40. La edad,a priori, no lo dice todo. Tampoco la vejez trae necesariamente sabiduría. La edad es un condicionamiento más, entre tantos otros. No podemos prescribir un manual de comportamiento para las relaciones sexoafectivas: hay que ver cada situación en particular. Tampoco somos parejamente maduros en todas las dimensiones de la existencia: Sofía Gala a sus veinte años tenía mucha mayor experiencia sexual que Borges a sus 50.


La discusión de si está bien o está mal que Gastón Pauls tenga una novia mucho menor no me parece un debate moral sino moralina berreta. Es puritano y represivo andarse metiendo en los cuerpos ajenos toda vez que se trata de una relación consentida entre dos mayores de edad.

Me rompen las pelotas los “policías de los cuerpos ajenos”. No me van las personas que intentan prescribirle las conductas sexuales al resto:

“Si yo elijo, teniendo en cuenta que nadie elige libremente, tener una pareja monogámica porque estoy enamorada y no tengo ganas de coger con nadie más, y la persona con la que estoy, tampoco, ¿por qué estoy más “alienada” que el que dice que hay que coger con ocho? Que “la monogamia no va, que aguante el poliamor”. ¿Por qué yo estoy más alienada si esa persona eligió tan poco libremente como yo? El problema es el cuco: la monogamia es un cuco y, al parecer, el poliamor es la salida de esa opresión”. (Alexandra Kohan dixit)

Era todo lo que tenía ganas de decir hoy. La idea era completar un poco algunas cosas que dijimos acá y acá.

¡Cuídense mucho y traten de ser felices!

Los quiere,

Rodrigo

jueves, 2 de abril de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA: EL AMOR, EL POLIAMOR Y LAS RELACIONES “TÓXICAS” DESDE LA MIRADA PSICOANALÍTICA

Arranquemos con los tapones de punta: tenemos que comprender que los seres humanos NO SOMOS TOTALMENTE TRANSPARENTES PARA NOSOTROS MISMOS, con lo cual mucho menos los otros serán totalmente transparentes para uno. En otras palabras, el deseo no equivale a decir "hago lo que quiero" y "quiero lo que hago" y voy en búsqueda de mis sueños y si le pongo garra las cosas me irán bien. El amor, el deseo y la satisfacción pulsional son tres cosas distintas que no van directo hacia el objeto. 

Anyway, la cuestión es que la idea de este posteo surgió a partir de una promesa que le hice por chat a mi Coniglia Hermosa, un cactus absolutamente incapaz de decirme “te quiero mucho” aunque yo se lo diga cada treinta segundos. Sin embargo, por alguna razón opaca que no alcanzo a vislumbrar del todo, a la muy basura inmunda la quiero un montón.

En fin, la cuestión es que, tratando de aprender cómo viven las relaciones amorosas las nuevas generaciones, le pregunté a un amigo, de poco más de veinte años: “¿no te parece curiosa la idea de ‘relación tóxica’ que usan muchos pendejos hoy en día?”.

Y me contestó: “Creo que es algo que dice mi generación para no hacerse cargo de la irresponsabilidad emocional que nos caracteriza”.

Aclaremos que la idea de “gente tóxica” viene de los libros de autoayuda; es un concepto medio pelotudo que acuñó, si no estoy mal informado, el siome de Bernardo Stamateas. Según Alexandra Kohan, “prendió mucho porque te des-responsabiliza de todo. El otro es tóxico, vos no tenés nada que ver y no es así. Lo que hay que pensar es por qué sostenés relaciones con personas tóxicas. Además se dice mucho que ‘no hay que juntarse con gente tóxica’. Bueno, te vas a quedar solo en tu casa, para siempre. A mí me gusta mucho la idea de ‘estar intoxicado’. Siempre lo pensé en términos positivos. Me molesta mucho que se la hayan apropiado y que ahora tenga una connotación negativa. (…)

Leer, leer a otro, tiene que ver un poco con intoxicarse. Es como la palabra ‘fármaco’, que viene de los griegos: es algo que por un lado te cura y por otro te envenena. Bueno, las relaciones son así. Y eso que te envenena, no es porque el otro sea malo. Uno también produce su propio veneno”.


Volviendo a la charla que tuve hoy vía Whatsapp con mi amigo, le pregunté su visión respecto del concepto de “poliamor”. Su respuesta fue: “la idea de poliamor en teoría suena bárbara, pero debe ser duro ser el segundo plato. Debe ser duro saber que tu pareja busca en alguien más lo que a vos te falta”.

Luego me contó el caso de una chica, llamémosle Julia, que estuvo muchos años con un flaco, hasta que decidieron abrirse a experiencias “poliamorosas”. No va que terminan haciendo un trío con otra chica, y ahí Julia sintió que su pareja y la chica la estaban pasando mucho mejor sin ella. ¿Corolario? Al poco tiempo el chico le dijo de separarse, e inclusive terminó poniéndose de novio con la chica del trío. Ni falta que hace que les aclare que, según mi amigo, Julia sufrió horrores esa experiencia.

Siguiendo con este mosaico de ideas teóricas ajenas que iré desperdigando más o menos al tuntún, diremos que cada momento histórico tiene su erótica: sus modos de amar, de gozar, de odiar.  

Considero que Alexandra Kohan tiene razón cuando sugiere que hoy en día impera una suerte de imperativo de bienestar que pretende suprimir el componente doloroso inherente a cualquier relación amorosa. La exaltación de “pasarla bien” y “disfrutar” termina por considerar que cualquier cosa que nos haga sufrir o impida cumplir ese mandato de gozar a como dé lugar, deba ser desechada. Es como si el disfrute, más que ser una opción hija de la libertad, fuera una obligación.


Ese discurso termina por frustrar a los seres humanos, sencillamente porque las vivencias amorosas SIEMPRE nos harán sufrir en mayor o menor medida. Está claro que lo antedicho no implica que uno tenga que abrazar el dolor a toda costa o ser masoquista o autoflagelarse permaneciendo eternamente en una relación perversa o enferma. Es muy simple: el precio de no sufrir es sencillamente no amar, vivir solos con un perro siendo relativamente felices mientras el animal viva o alcanzar cierto quietismo budista o Nirvana al alcance de casi nadie.

Toda vez que uno tiende a ponerle un velo al sufrimiento, o a rechazar o reprimir cualquier afectación del cuerpo, cualquier pathos –porque a veces se vedan pasiones que no necesariamente tienen que ver con el sufrimiento- termina por volcar ese rechazo reprimido en los demás. El problema consiste en que esa frustración de no poder alcanzar ese mandato de bienestar –que por definición es SIEMPRE inalcanzable- termina por provocar que los demás se nos vuelvan hostiles, temerosos o temerarios, porque los vamos a terminar culpando de impedirnos disfrutar “libremente”. Es un mecanismo bastante común el de terminar por rechazar en los demás lo propio que nos habita, que es la afectación corporal que siempre conlleva toda pasión.

Uno de los aportes más importantes de la teoría psicoanalítica es la que sugiere que el yo no es totalmente autónomo, porque uno no siempre hace lo que quiere, e incluso hace lo que no quiere o dice querer algo y hace lo contrario de lo que dice querer. Me parece que hay cierto voluntarismo un poco nefasto, hijo de cierta pedagogía pastoral de autoayuda, que nos miente al sugerirnos que “querer es poder”.

El querer, en el mejor de los casos, nos moviliza para ir en búsqueda de lo que deseamos, pero jamás nos garantiza que vayamos a conseguirlo. Los seres humanos estamos sujetos a condicionamientos que en buena medida nos exceden: condicionamientos que pueden ser biológicos, sociales o de historia personal.

En lo personal coincido con Gabriel Rolón cuando afirma que muchas veces, decirle a alguien “vos podés” puede ser cruel: “Porque quien dice ‘vos podés y si no te levantás es porque no querés’, no tiene en cuenta que, quizás, esa persona de verdad no puede porque está atravesando un momento difícil y no encuentra herramientas para defenderse, o ha entrado en una etapa en la que perdió el deseo y, por ende, la capacidad de armar proyectos”.

A mi juicio esto que dice Rolón es muy importante: ¿cómo le decís a alguien a quien echaron del laburo y tiene que mantener a una familia con tres hijos que no consigue trabajo porque no quiere? Nos atraviesan discursos que, repito una vez más, me parecen fruto de cierta hegemonía neoliberal individualista que constantemente intentan responsabilizar exclusivamente al sujeto de fenómenos relacionados muchas veces con la injusticia social o la situación económica o la diferencia de oportunidades.

También existen situaciones que se producen por una historia personal o familiar previa. Lo que el psicoanálisis muestra es que los seres humanos, sobre todo en la infancia, nos apropiamos de lo que escuchamos, construimos un mandato y luego le damos valor de verdad. Ejemplo: una mujer que dice “siempre me enamoro de tipos casados”, o alguien que dice “siempre termino arruinando la relación con todas mis parejas”, y así.

Según Rolón, “un mandato es una palabra, un gesto o un acto de Otro que incorporamos y al que, inconscientemente, le damos el poder de guiar nuestras vidas”. Y poco después agrega el recuerdo de una paciente que “no podía armar relaciones duraderas y placenteras con los hombres. Siempre que alguien le gustaba estaba comprometido, la trataba mal o ni siquiera se fijaba en ella”. Fueron trabajando juntos en terapia hasta que “en una sesión tuvo un recuerdo que resultó esencial para destrabar esa conducta sintomática. Me contó que cierta vez, estando en su casa, la madre la retó por algo que había hecho y en un momento de ira le gritó: ‘vos te vas a quedar sola, nadie te va a querer porque no servís para nada’. Podrás imaginar que revivir esa situación la dejó devastada, pero poner palabras en aquello que se le imponía desde lo Inconsciente y la llevaba a elegir de esa manera, fue fundamental para que se corriera de ese lugar subjetivo. Asumió que aquella frase de la madre se había transformado en un mandato y a lo largo de su vida lo había cumplido eligiendo personas que la iban a dejar sola, con lo cual satisfacía lo que –suponía- era el deseo de su madre. De hecho, lo dijo literalmente: ‘Mamá tenía razón. Siempre me quedo sola porque no sirvo para nada’”.


En estos días aburridos de cuarentena obligada me interesa problematizar, siguiendo el razonamiento de Alexandra Kohan, cómo en la actualidad proliferan discursos que intentan todo el tiempo protocolizar las relaciones sexo-afectivas, y creo que así como no existe un manual infalible respecto de cómo ser buenos padres, no podemos manejar con recetas pre-establecidas el modo de conducirnos en ese tipo de relaciones. En otras palabras, digamos que en toda relación afectiva hay ciertos “acuerdos” o códigos que son negociados permanentemente, y en donde si uno es honesto con la otra persona, va “midiendo” qué es lo permitido y qué lo prohibido. Ahora bien, pretender que ese tipo de acuerdos, siempre inestables y precarios, puedan tornarse un manual pedagógico que nos garantice que no habrá ningún tipo de sufrimiento, es utópico.

El artículo me va a terminar quedando muy largo, con lo cual la perorata sobre el "poliamor" la dejaré para otro posteo. Para concluir me gustaría citar in extenso fragmentos de una entrevista muy jugosa que le hicieron a Alexandra Kohan:

—"Entonces, volviendo a la responsabilidad afectiva, mencionaste que no hay que generalizar ni esencializar. Ahora, cuando uno hace algo que puede molestar al otro ¿no es consciente de eso?

—Es que cuando veo que la responsabilidad afectiva es algo que se le exige a los varones, la cuestión principal es que se está evaluando todo como si las personas fuéramos sujetos de la voluntad y sujetos conscientes de lo que hacemos. Suponer que el otro sabe lo que hace y que hace lo que quiere es peligroso porque se construye un otro muy poderoso. Uno construye a un otro que sabe, que puede, que decide, que es libre. Que dice “yo voy a hacer esto” y va directo y lo hace. No hace falta leer una línea de psicoanálisis para advertir que no es así. Sobre todo en el terreno del amor. No hay una relación entre yo y otro sin que estén mediando fantasmas, miedos, prejuicios, tanto tuyos como del otro. No hay una relación dual. Es un error pensar que entre vos y yo, si nos vamos a relacionar afectivamente… Porque ese es el término, ¿no?

—Sexoafectivamente.

—Sexoafectivamente. Se le pide al otro algo así como “decime lo que querés sin vueltas”. ¿Cómo podría alguien saber lo que quiere? ¿Cómo podría alguien saber lo que quiere antes del encuentro con otro? ¿Cómo puede ser que alguien sea capaz de pensar que uno puede saber lo que quiere? Hay mediaciones entre lo que uno dice que quiere en el plano consciente y lo que después hace con eso. Esto lo descubre Freud y cambió el modo de pensar en Occidente, no se trata de si te gusta ir a terapia o no. El sujeto no es dueño de sí mismo porque hay un inconsciente. La voluntad freudiana está corrida, no es la voluntad “yo quiero”, es la de la pulsión que es un concepto mucho más difícil. Uno no tiende a su propio bien.

—¿Por qué?

—Porque advierte que “querer no es poder”: ¿por qué si yo quiero dejar de comer harinas, no dejo de comer harinas?, ¿por qué si quiero dejar de fumar, no dejo de fumar?, ¿por qué no dejo de hacer las cosas que “me hacen mal”? Trasladá eso al plano amoroso. Además, si uno a priori sabe lo que quiere con el otro, empieza a armarse como un manual de la persona ideal. Escribís las cinco características de tu persona ideal y listo, cualquiera que no entre en esa lista, deberías descartar. Sin embargo, no la descartás.

—Entonces, ¿el problema es esa lista?

—Claro. Funciona como un ideal que es a priori de cualquier posible encuentro con alguien. Y los ideales molestan bastante. Pero también podrías encontrar a una persona que cumpla con todos esos requisitos y que no te pase nada. Entonces el deseo no es lo mismo que lo que uno dice que quiere. El amor, el deseo y la satisfacción pulsional son tres cosas distintas que no van directo hacia el objeto. No somos transparentes a nosotros mismos, menos, el otro va a ser transparente para uno.

—Y estos ideales, ¿cómo intervienen en la idea de responsabilidad afectiva?

—Se supone que el otro no es transparente porque es mentiroso. Yo no digo que no haya gente mentirosa pero el movimiento es inverso: es suponer que el otro no hace lo que vos esperás que haga pudiendo hacerlo. “No le costaba nada llamarme”. Bueno, parece que sí le costaba, ¿por qué suponer que al otro no le cuesta? No funciona así. Después uno escucha el otro lado y resulta que se estaba carcomiendo la cabeza. En estas exigencias nunca se supone que el otro también está torturado, que tiene su propia neurosis. Siempre se lo supone libre, que sabe lo que quiere y que si no lo hace es porque es malo. Mal tipo.

—¿Que uno no sea libre, significa que no es responsable?

—Tendríamos que definir responsabilidad. Una cosa es responder por lo que uno hace y otra es suponer que uno está obligado a responder por lo que suscita en el otro. Pensémoslo en un lugar más evidente. En el Derecho, la responsabilidad civil, si vos atropellás a alguien, el seguro responde por ese acto. En términos generales yo puedo estar obligado a responder por mis obligaciones cívicas, ahora ¿qué quiere decir responsabilidad afectiva? ¿Que yo debería responder por qué?

—Por no cuidar al otro, por ghostearlo, por ignorarlo. Por herirlo.

—Yo no tengo cómo saber lo que te voy a causar. Lo que vi de la responsabilidad afectiva es que es una traducción de “hacerse cargo” y hay cosas por las que no hay que responder. Pongamos un ejemplo concreto. Vos no histeriqueaste ni apretaste con nadie, pero al otro le dio celos y vos, en vez de alojar lo que sintió, aunque no se lo hayas causado vos, le decís “no hice nada, jodete”. Entonces está en el otro elegir con quien quiere estar: con alguien que rechaza lo que le pasa o con alguien capaz de escuchar, de ser contenedor, aunque no haya sido responsable. Pero no es que uno no tiene nada que ver porque no lo causó, es porque son cosas del otro. Es un lugar en el que el otro te quiere poner una y otra vez y eso también es violento. La responsabilidad afectiva es una especie de oxímoron. Porque uno no es responsable de los afectos.

—¿Cómo es eso?

—Si vos me amás, es porque hay algo amable en mi. Pero yo no tengo que responder por eso. Porque yo no soy estrictamente responsable porque lo que vos me amás. “Me desilusionaste porque yo pensé que vos…” y las ilusiones que te hiciste conmigo, no tengo que responderlas. Ahora, si yo digo que voy a pasarte a buscar a las 10 y no voy, a lo sumo decime “me cagaste”, pero no me hables de responsabilidad afectiva. Y si te lo hago una y otra vez, está en vos ver por qué te quedás esperando a alguien que te dice una y otra vez que va hacer algo que no hace. Endilgarle todo al otro, evita que uno se pregunte cosas a sí mismo. Uno siempre es bueno, casto, puro y todo es culpa del otro. No me parece. Además siempre se exige responsabilidad afectiva, pero nunca se promete. Siempre está enunciada en una sola dirección. ¿No es raro eso?

—¿Qué creés que se pretende con la responsabilidad afectiva?

—Veo que se pretenden cláusulas de un contrato. Y como hay que responder a esas cláusulas, no hay ningún margen de libertad. Si es que la hay. Pero además uno está obligado a responder por ese contrato. Para eso casáte, que eso es un contrato que dice que tenés que hacer esto y esto, y si no cumplís, el otro te puede hacer un juicio de divorcio.

–¿Intentamos evitarnos un malestar?

–Se pretende que la cosa ande, que haya garantías. Por ejemplo, empezamos a salir. “Por favor, si un día te dejo de gustar, avisáme, no me claves el visto”. Y el otro te va a decir “bueno, dale” pero después, como diría Macri, “pasaron cosas”. Yo sé que es horrible quedarse en ascuas, lo entiendo. No estoy diciendo “la vida es así”… pero la vida es así: uno a veces se queda sin respuestas y le exige al otro que responda cuando, en realidad, si uno revisara esa primera cita, ahí estaba todo. Y uno lo corrió y siguió. Ahí ya escuchaste algo y pensaste “esto mucho no me gusta, pero bueno, conmigo va a ser diferente”. Siempre hay malentendidos, desencuentros, imposibilidad de complementación: eso es tener una relación.

–¿Hay que aceptar esos riesgos cuando uno decide relacionarse?

–Son cosas que uno se juega porque tiene ganas de estar o conocer al otro. Pero si va y revisa, hay elementos. No es que el otro desaparece de la noche a la mañana: había indicios. Y eso es un trabajo enorme: revisar, pensar, pensarse. No es cómodo, uno se angustia, se da cuenta que es parte de una escena en la que a veces no quiere estar y sin embargo, está. Eso tampoco nos hace culpables. Pero hay que admitir que uno no se conoce a sí mismo como cree.

–Entonces son actitudes que forman parte de lo humano y no actitudes patriarcales…

–Yo no pondría eso a cuenta del patriarcado porque es banalizarlo. Eso no es patriarcado. Lo que es patriarcado es suponer que la mujer es sumisa, pasiva. Que no puede decirle “che, flaco, sos un tarado, chau”. Porque la pregunta es por qué seguís esperando a alguien que te clavó el visto. ¿Por qué empezás a hacer capturas de pantalla y mandárselas al comité de tus amigas? Tres noches seguidas tratando de escrutar, haciendo una hermenéutica del chat, de los emojis del pibe. Si a todo le ponemos el nombre patriarcado, no pensamos más nada. “Listo, es el patriarcado, no soy yo que me quedo enganchada con un tipo que no me contesta los llamados, que lo estoy persiguiendo”.

–Otra de las cosas que se escucha es que el amor no duele, ¿se puede amar sin sufrir?

–No, el amor duele. Son discursos que se compran de la misma manera que se compran los libros de autoayuda, que son los que más se venden. En la Feria del Libro había cola porque estaba Bernardo Stamateas. Y mirá cómo serán las cosas: es un pastor evangelista. ¿Cómo puede ser? Con Magalí Tajes pasa lo mismo. Porque son discursos evangelizadores. Son puro sentido, llaman a la identificación, a la fascinación. Fascinarse, que viene del latin fascinum, que a su vez viene de falo, también quiere decir petrificarse, paralizarse. Eso es el efecto de masa: uno queda paralizado y no puede pensar. No tengo nada en contra de los pastores, pero tienen un discurso evangelizador y lo que yo entiendo por feminismo, es lo contrario. (...) 


–También se dice que las relaciones “tóxicas” se solucionan con un poco de amor propio.

–Ese es el mensaje. ¿Para qué vas a buscar a otro si afuera es todo hostil? Quedate en casita, que estás más protegido. Ahí me parece la clave es la palabra “necesidad”. Porque uno puede decir “yo no necesito a otro, pero quiero estar con otro”. Hay que separar la necesidad de las ganas. Porque una cosa es el anhelo, por ejemplo, estudiar una carrera. Y otra cosa es que se conviertan en imperativos: hay que hacer una carrera. La gente sufre de eso y la cura es hacer caer esa idea de que tenés que saber hacia dónde va tu vida. ¿Cómo podrías saberlo? Eso trae frustración. Cualquier cosa que se ponga adelante como proyección, en algún momento empieza a ser un obstáculo. En términos de amor es lo mismo.

–El “amor propio” propone que no importe la mirada del otro, pero ¿es posible a la hora de relacionarse?

–Cuando te mirás al espejo, tenés una imagen tuya, una idea de vos. Y el otro, cuando te ama, hace que eso se diluya un poco. No te ama por lo mismo que por lo que vos creés que sos. Por ejemplo, vos decís “no me gustan mis piernas”, y viene el otro y te dice que lo que más le gusta de vos son tus piernas. ¿Qué haces con eso? Soportar ser amado, es dejarse tomar por otro. Y justamente el amor propio es lo contrario. Porque el discurso del amor propio es “amate tal cual sos”, con esas piernas, con ese culo no hegemónico. Si vos te amás demasiado tal cual sos, no hay lugar para otro. Porque el otro va a venir a decirte otra cosa.

–Hay que aceptar que la mirada del otro te modifica.

–Es que el amor hace de uno, otro. Te hace extraño para vos mismo. Uno nunca es amado por lo que cree que es. Hay una ilusión neurótica de creer que sabemos quiénes somos y quién es el otro. Entonces se arenga a favor de un amor propio pretendiendo ilusoriamente que así se dará lugar a relaciones que no serán “tóxicas”, sin advertir cómo ese discurso nos deja alienados al individualismo. Porque es muy individualista el amor propio. No puedo dejar de escucharlo en términos de propiedad: “no te metas conmigo”. Si se dice que el otro no es tuyo, que no es tu propiedad, entonces vos tampoco sos tu propiedad. Y el amor tampoco lo es. Además de que se presume que existe un yo que no necesita nada del otro, cuando no es así.

–Este individualismo que mencionás ¿tiene alguna relación con el neoliberalismo que nos atraviesa?

–No es casual que en este momento proliferen estos discursos. Por eso me molesta especialmente cuando salen de supuestas posiciones de izquierda o progresistas. Por un lado, hay un discurso del feminismo que yo celebro muchísimo, sobre todo en gente joven, porque es su entrada a la política y a lo político, y hay una cuestión de comunidad muy linda entre las jóvenes, eso es realmente emocionante. Pero no hay que confundir comunidad con masa. La masa que a veces se forma en esto de los varones, las mujeres, ellos son malos, nosotras buenas, arma un efecto que tiene un componente de segregación.

–Rita Segato dio una charla en la UNSAM, y mencionó esta segregación al hablar de los colegios, que ve por un lado a las chicas, por el otro a los chicos. E hizo hincapié en los escraches, ¿cuál es tu mirada sobre las denuncias públicas?

–Hay una idea a priori que no deja de ser esencialista que es que las mujeres no mentimos y los varones sí. Entonces se ha escrachado a una cantidad de varones que no habían hecho nada, se arruinan sus vidas siendo jóvenes y no tan jóvenes, y yo estoy totalmente en contra de eso. Me parece nocivo, me parece que se arma un estado policial que es contrario a la supuesta emancipación del feminismo. El feminismo tiene que incluir a los varones, primero porque también son víctimas del patriarcado y, segundo, porque la lucha no debe pasar por el género. Porque si no, vamos a subsumir todo en el género y es retroceder contra lo que estamos luchando: que la mujer no se define por los genitales.

–¿Se superpone varón a patriarcado?

–Sí, y es un error garrafal. El patriarcado no es el varón, es un sistema de opresión, porque incluso hay mujeres patriarcales. Es un error de análisis y por lo tanto de consecuencia. ¿Por qué no incluir a los varones en la lucha por la legalización del aborto? Si son parte. Porque además, lo que yo digo, es que a cualquier mujer, después de decidir, lo que le vendría mejor es que el varón la acompañe. No que la deje sola.

–Hace poco se armó un debate sobre “Jellyfish”, un libro escrito por un varón -Carlos Godoy- que se pone la piel de una joven que se hace un aborto y va relatando día a día cómo es transitar por esa situación.

–A mí me gustó mucho ese libro. Es una barbaridad suponer que un varón no puede construir una voz ficcional distinta de su género. Es arrasar con la ficción. Es como si le dijéramos a Cabezón Cámara que no puede escribir sobre pobres porque ella no es pobre. La ficción es fundamental para producir verdades y el texto de Godoy es muy impresionante, muy realista. Yo leía sobre ese aborto de una chica de clase media, y se me ponía la piel de gallina, y tiene mucha más verdad esa ficción que un discurso que diga “mi cuerpo, mi decisión”.

–¿El feminismo peca de yoísmo?

–El feminismo no es uno solo y puertas adentro hay muchos debates. Pero sí, cierto sector peca de yoísmo, de voluntarismo, individualismo, cosas que pregnan mucho más en los jóvenes. Y eso yo lo puedo entender porque la adolescencia es traumática, hay muchos padecimientos. Las relaciones no son fáciles. Coger no es fácil a ninguna edad. No se trata de acumular experiencia. Y estos son discursos tranquilizadores. Entonces, démosles a los jóvenes la chance de tranquilizarse, pero esto va poniendo parches a esos agujeros que después van a quedar abiertos para toda la vida. Lo que me parece peligroso, es cuando eso deriva en punitivismo, escraches, y construir un otro malo todo el tiempo.

–Sin reparar en el poder de amplificación de las redes sociales…

–La idea de que hay que compartir y hacer público todo es también un problema, porque hay un efecto de catarsis que después, cuando te quedás sola, la angustia sigue ahí en el mismo lugar. Tenés 15 mil retuits porque decis “tal abusó de mí”… ¿y después? De todos modos, no es opinable qué debe hacer una víctima con su dolor. Hace poco salió una chica del colegio Carlos Pellegrini a contar que un coordinador de viajes de estudios abusó de ella y me parece que en ese caso es distinto porque efectivamente tuvo consecuencias, le inició una demanda penal, y es una manera de visibilizar muy distinta que ponerlo en Facebook. Primero porque el tipo estaba en un lugar de poder, mayor de edad, ella menor. Yo me opongo a los escraches de pares.

–Hay un sector del feminismo que cuestiona y alerta sobre las diferencias de edad entre varones y mujeres a la hora de relacionarse. Se habla de abuso de poder, ¿es así?

–Una cosa es el delito en términos judiciales y otra es la moral sexual. Una chica mayor de edad, de 18 años, con un tipo de 30, la única manera de que el poder lo tenga él, es desconocer lo que puede producir una chica de 18 en uno de 30. Recién hablábamos de Jellyfish. Ahí ella tiene 19 y el pibe tiene 32, y él es un boludo, “un estudiante crónico de Comunicación Social”, dice ella; que todo el tiempo lo denigra, lo hace mierda, el tipo no tiene plata pero la lleva a comer. Ahí claramente el de 32 está fascinado con la pendeja y el poder lo tiene ella. Volvemos a lo del esencialismo, a suponer que una persona de 30 es más madura que una de 18.

–Y suponer que alguien de 18 no puede tener una sexualidad activa, ¿no es infantilización?

–Suponer que la diferencia de edad de por sí es un abuso de poder, es infantilizar. Hay algo que a mi me molestó mucho con el caso de Thelma Fardin, que es que en los discursos se decía “era una nena”. No, no era una nena. Eso es privarla de su sexualidad. Era una chica jovencita, con su sexualidad, y lo que hizo Juan Darthés fue una canallada. Si no, para poder sostener que hay un canalla, se priva a una joven de su sexualidad. Ella no era una nena y él es un canalla. Las dos cosas a la vez. 

–¿Habría que hacer una distinción entre tener y abusar del poder?

–En todas las relaciones hay poder de por medio. Vos venís acá, necesitás hacer una nota y estás en mis manos. Pero si yo te cito 18.30 y te hago esperar una hora, ya es otra cosa. Por ejemplo, ahora está mal visto que un docente varón salga con una alumna mujer. ¿Por qué? Ahora, si el docente le dice “si no te acostás conmigo, no aprobás la materia”, es distinto. ¿Pero por qué no podrían salir? Es ridículo. Más que moral, me parece moralismo. Es represivo y puritano, y lo que hace es echar un manto de homogeneidad a todo. No se puede distinguir nada. Está dado que un docente va a abusar del poder cuando conozco miles de casos de matrimonios que se formaron así, que tienen hijos. O no, que salieron un tiempo y chau, no importa.

–Foucault habla de la microfísica del poder.

–Exacto. El poder circula. Entonces, se supone que el poder está estancado en alguien y que por eso, ese alguien va a abusar de ese poder. O sea, no es sólo una mala concepción del poder, sino una mala idea de que porque se lo tiene, se va a abusar. Está lleno de mujeres que abusan del poder. Lleno. Tengo miles de ejemplos. Y está lleno de mujeres que ocupan lugares de poder y no abusan del poder. Con los hombres lo mismo. Ocupar lugares es simplemente que ahí se produzca una asimetría.

–Decís que hay algo del juego de seducción…

–Está en crisis el juego de seducción. ¿Cómo hacemos para seducir si no puedo mirar fijamente a alguien en una fiesta porque es acoso? Mil veces alguien intenta darte un beso y decís que no y está todo bien. Ahora si te agarra es otra cosa. No existe el consenso a priori. ¿Cómo se va a consensuar antes si voy a querer? Son garantías para lo que no tiene garantías. Empezamos, apretamos y después no me gustó porque tiene mal aliento, la piel, lo que sea. El abuso es otra cosa. Acostarse con un boludo no es violencia. La violencia es violencia. Si no, se banaliza y como todo es violencia, nada es violencia. Eso no es una frase hecha. Es así. Cuando veo que le dicen psicópata a todos, después aparece el psicópata de verdad y se enganchan, obvio. Porque el psicópata te envuelve.

–¿Siempre el “no es no”?

–Mi hijo el otro día me decía que uno sabe cuando es no y tiene que cortarla, o cuando es “no pero insistimos”. Se sabe. Te das cuenta. Tenés que ser hijo de puta para avanzar cuando la mina te dijo no. El problema es transformar todo en un slogan indiscutible y en algo que no se puede pensar. Es un discurso yoísta, individualista, y también un poco evangelizador. Como el “yo te creo hermana”. Después, me parece genial lo que hicieron las chicas del Colegio Nacional Buenos Aires de denunciar a los profesores porque es un colegio muy verticalista, de mucho abuso de poder por parte de los docentes y este tipo de intervenciones ponen en jaque instituciones retrógradas, patriarcales. Ahora, que una chica no reconozca que está fascinada con un cantante de su banda preferida, qué se yo. Si abusa de todas, es otra cosa. Pero abusar, yo insisto, es que la mina aún estando en bolas diga “me arrepentí”, y vos avances igual.

–¿Y sobre la frase “lo personal es político”?

–Estoy de acuerdo en el contexto en el que surge. Porque lo que produce, si no la entiendo mal, es que se haga público y que se politice lo que quedaba en el ámbito doméstico. Lo que veo ahora es que todo se hace público. Beatriz Sarlo y Slavoj Žižek dicen, cada uno con su estilo, algo parecido: que no está desapareciendo la vida privada, sino la vida pública. Es un movimiento inverso: se despolitiza lo que tiene que mantenerse como público, en pos de la exposición permanente de la vida privada.

–¿Entonces se termina regulando algo que se pretende liberar?

–Yo diría que hay que volver a la noción de poder de Foucault. Por un lado, no hay que ser policía de los cuerpos del otro, porque eso es lo que hace el Estado: regula los modos de gozar. Ahora, si eso queda en manos del feminismo también es un problema porque está replicando lo que quiere combatir, que es ser policía. Una cosa es el colectivo y otra cosa es la masa. Los colectivos piensan, problematizan todo el tiempo. Hay muchas diferencias entre la masa y la comunidad, y muchos autores que se ocuparon de comparar y analizar esto.

–¿Qué es ser “policía de los cuerpos”?

–Prescribir las conductas del resto. Si yo elijo, teniendo en cuenta que nadie elige libremente, tener una pareja monogámica porque estoy enamorada y no tengo ganas de coger con nadie más, y la persona con la que estoy, tampoco, ¿por qué estoy más “alienada” que el que dice que hay que coger con ocho? Que “la monogamia no va, que aguante el poliamor”. ¿Por qué yo estoy más alienada si esa persona eligió tan poco libremente como yo? El problema es el cuco: la monogamia es un cuco y, al parecer, el poliamor es la salida de esa opresión.

–Volviendo a los escraches, ahora cuando un artista varón es escrachado o si una música se comporta de manera “antifeminista”, se lo cancela…

–Es una idea un poco naif, ¿no? Yo justo fui al último recital de Los Espíritus en Niceto y esa tarde me mandaron una captura de pantalla con la denuncia de Facebook. Lo gracioso es que debajo de la denuncia, había una chica que decía que se acababa de enterar, que había decidido no ir y que quería vender las entradas. ¿El asunto era vaciar Niceto? Ahí es donde yo digo que de político no tiene nada, es un gesto totalmente vacío. Eso es no pensar. ¿Qué consecuencias políticas tiene eso? ¿A quién le importa que ella no vaya? Pero además las quería vender, ni siquiera romper y que haya una persona menos en el lugar.

–¿Se modifica la realidad cancelando gente?



–Es suponer que muerto el perro se acabó la rabia. El asunto es que no están muy dispuestos a problematizar. Y cuando vos lo hacés, rápidamente sos tildada de “antifeminista”. Definamos acá qué es feminismo y yo te aseguro que mantuve una vida feminista. El problema es el exceso, el fanatismo. Ahora, también conozco personas que en algún momento pararon y pensaron un poco. Porque a la larga, y yo creo que es una cuestión de tiempo, uno empieza a advertir los efectos nocivos de todo esto: se dañan personas".


Eso es todo por hoy. Yo sé que es un posteo tremendamente largo para estos tiempos donde muy pocas personas se bancan leer textos de más de ocho caracteres, pero me parece que VALE LA PENA.

Sean felices (o intenten estar bien),

Rodrigo

viernes, 27 de marzo de 2020

DIGRESIONES EN DÍAS DE CUARENTENA. HOY ESCRIBIMOS A PARTIR DE ERICH FROMM

La vida no deja de ser cómica porque un ser humano muera, ni deja de ser trágica porque haya seres que ríen. El amor es esencialmente trágico, en el sentido de que uno no puede evitar el conflicto y el dolor toda vez que ama. Pero no nos vayamos por las ramas.


La idea de escribir sobre un tema tan trillado surgió a partir de la alegría que me produjo enterarme que mi Coniglia Hermosa está leyendo El arte de amar de Erich Fromm, un texto clásico que le regalé hace ya un tiempo. Hay un fragmento en el que Fromm dice que no se puede respetar y amar a otra persona sin conocerla: “el cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento. El conocimiento sería vacío si no lo motivara la preocupación”.


En lo personal coincido bastante con ese fragmento del pensador alemán. ¿Qué implica conocer al otro para QUERERLO BIEN y no para MANIPULARLO?


En cierto modo, conocer al otro como condición necesaria para quererlo mejor implica respetar sus tiempos y espacios, percibir cuándo la otra persona está receptiva o de buen humor y cuando no, qué le suele gustar hacer, cuando tiene ganas de hablar y en qué momento conviene respetar su silencio…



El escritor irlandés George Bernard Shaw decía, parafraseando irónicamente una frase bíblica: “no hagas a los otros lo que quisieras que te hiciesen. Puede ser que tus gustos no sean los mismos”.



Y es que lo difícil es amar en el otro la pura diferencia: no amar al otro en aquello en que se nos parece, sino amar justamente su “otredad”, lo que hace que el otro sea diferente a mí.



Suelo cansar a varios con el análisis de una frase que dice que “sólo serás amado allí donde puedas mostrarte débil sin provocar la fortaleza”. Vale decir que la prueba del amor verdadero no está en recibir la retribución exacta por lo que se da, sino en no ser manipulado por el otro cuando para él/ella sería fácil ejercer esa manipulación.



El amor no se deja reducir por los principios de la economía: el amor es gasto, es entrega, tiene que ver con la generosidad. Como decía Darío S., a quien voy a robarle ideas sin citarlo a partir de este momento: ¿Quién no recuerda los dilemas que uno tenía cuando debía elegir qué carrera estudiar? Me gusta filosofía o teatro o lo que fuere pero “no tiene salida laboral”. ¿Entra en juego el amor en la elección de una carrera universitaria? Es inevitable que en un mundo capitalista siempre se interponga cierta lógica económica.



Aunque nos digamos a nosotros mismos que amar al otro es priorizarlo, lo que todo el tiempo hacemos es dejarnos atravesar por la lógica del deseo y la economía: nos priorizamos constantemente, tendemos a poner primero nuestras necesidades y placeres. Estamos todo el tiempo haciendo que el otro me sea funcional. Sin embargo, ¿por qué pensar el amor en términos de utilidad? ¿Tiene que tener un PARA QUÉ? ¿No habrá otra forma de amor, un amor revolucionario que nos saque de la constante lógica de la utilidad y la productividad? No siempre seremos capaces de tanto, pero está piola plantearse la cuestión como una suerte de horizonte aspiracional.



Y sin embargo uno no es un santo: todo acto de amor exige cierta respuesta, toda carta pide ser contestada, hasta el mínimo gesto espera cierta reciprocidad. Pongo un ejemplo que me molesta bastante de mi Coniglia, aunque nunca o casi nunca se lo hago notar: jamás me invitó una cerveza o un helado o una hamburguesa, mientras que yo suelo tener con ella ese tipo de gestos. ¿Es una cuestión de ser tacaño? ¡En mi caso para nada! Es inevitable que uno se pregunte: “¿lo hace de colgada o lo hace de egoísta?”. Es una verdad de Perogrullo: nadie puede querer bien sin quererse a uno mismo. No es sano “dar” sin exigir algo a cambio. Y en mi caso no se trata de “economía” sino de amor propio. Otra cuestión es cuando uno es generoso porque espera manipular a través de sus actos de generosidad, pero no es el caso, o no creo que sea mi caso.


Sea como fuere, la cuestión es que es muy difícil ir en contra de nosotros mismos para que el otro sea, para que el otro se expanda y crezca. La tendencia “natural” para el ser humano es la voluntad de poder, en el sentido nietzscheano. La voluntad de poder no significa joder al otro sino expandirme en lo que soy, en lo que pienso y en lo que deseo. Ahí es cuando la “otredad” del otro molesta, porque cuanto menos “otro” sea el otro, más te cierra para tus propios intereses egoístas. Si el amor se concibe desde la lógica de acumulación personal, en experiencias o en dinero, el otro siempre es un medio y no un fin en sí mismo. La otra persona siempre me “desborda”, siempre corre mis límites, nunca permite que uno la termine de “cosificar”, fijar, etiquetar o instrumentalizar.


Creo que Spinoza decía que amar a alguien consiste en “querer ser causa de su alegría”, una definición que me parece bastante lúcida. ¿Nunca les pasó de mirar una película y sentir "¡qué lindo sería estar viendo esta película con Tal persona!"? 

¿Quién no disfruta eligiendo un regalo o una obra o una comida o un gesto porque intuye que le puede llegar a gustar a la persona que ama o que quiere mucho? Salvo que seamos perversos...

En todo caso el defecto sería querer ser causa “exclusiva” de la alegría del otro. Podríamos decir que si uno logra armonizar el deseo de alegrar al otro evitando la tentación de considerarlo nuestra posesión, habremos alcanzado una capacidad de amor más que respetable.

El amor es aquello que hace insustituibles a las personas. Nos olvidamos de la existencia del almacenero del barrio más allá de que nos caiga bien o lo veamos con frecuencia; sin embargo, no nos olvidamos nunca o por lo menos muy difícilmente de alguien a quien hemos amado. 

EL DERECHO A "SER AMADOS":

Hay dos tragedias típicas: amar a quien no nos ama, y ser amados por alguien a quien no podemos amar. El amor es el terreno donde todos podrían ser felices y donde la felicidad, por eso mismo, se les niega a todos. Aquí no importan las cualidades personales (belleza, dinero, inteligencia, talento). El derecho a ser amado es el único derecho por el que no se puede reclamar en nombre de la justicia. Ningún individuo puede ser obligado a corresponder la demanda de amor de otro. Pero aun en la situación ideal, la de una relación amorosa correspondida, la reciprocidad engendra una paradoja: si esa reciprocidad existiera realmente, el amor se destruiría, porque sería una transacción de afecto perfecta y respondería a la lógica del intercambio que reina en la sociedad. En las relaciones correspondidas cada persona cree que ama más que la otra, aunque sepa que la otra la ama. 



Podría agregar la frase de Discépolo: "si yo pudiera como ayer, querer sin presentir". Pasada la infancia, nos damos cuenta de que la ingenuidad se vive una sola vez, o unas pocas "primeras veces". Luego es imposible que uno quiera "sin presentir" un futuro desengaño, al menos parcial. No podemos pretender la ingenuidad de un niño cuando ya no lo somos. El niño olvida fácil porque casi no tiene historia.


ERICH FROMM: EL AMOR COMO ARTE:


De los escritos de Ovidio se desprende que el amor no pertenece exclusivamente a la esfera de la irracionalidad o la pasividad sino que es un ARTE, que por tanto se puede perfeccionar y aprender. Esa idea es la que está presente en Erich Fromm.


Fromm argumenta, al igual que Ovidio, que el amor es un arte, y que en tanto arte requiere conocimiento, esfuerzo y aprendizaje de cierta teoría y práctica. El meollo del argumento de Fromm es priorizar el aprender a amar en lugar de en tratar de ser objetos de amor. En efecto: la mayor parte de los seres humanos consideran que la cuestión principal radica en ser amados, en alcanzar una suerte de mezcla entre éxito económico, popularidad y sex-appeal para incrementar la demanda. 

El camino principal usado por los hombres es “tener éxito, ser tan poderoso y rico como lo permita el margen social de la propia posición. Otro, usado particularmente por las mujeres, consiste en ser atractivas, por medio del cuidado del cuerpo, la ropa, etc”. Tengamos en cuenta que Fromm publicó su obra en 1956, en momentos en que el movimiento feminista no estaba tan arraigado como hoy. En la actualidad, tanto hombres como mujeres se sienten impulsados a ser más deseables físicamente y más "exitosos" en su carrera o en su bolsillo.

La cultura contemporánea impulsa una idea de felicidad basada en considerar las relaciones humanas como si fueran relaciones comerciales, por lo cual un hombre y una mujer “atractivos” son aquellos que reúnen ciertas cualidades muy solicitadas en el mercado de la personalidad. Siguiendo este razonamiento económico, las personas se unen “cuando consideran que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio”.

Para Fromm, el amor no es posible sin humildad, coraje, fe y disciplina, y dado que estas cualidades son raras, también es rara la capacidad que los seres humanos tienen de saber amar.

En una cultura consumista como la nuestra, apenas toleramos el conflicto, los defectos del otro. Ni bien aparecen problemas ya queremos dejar de frecuentar a una persona. Como diría Zygmunt Bauman, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, los resultados que no requieren esfuerzos prolongados, las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y las garantías de devolución del dinero es lo que predomina, en tanto tendemos a ver en cada relación amorosa a una "inversión" de tiempo y dinero.

Otro día la sigo, porque hoy estoy bastante triste. Estoy solo en mi departamento y la cuarentena me está pegando mal. En fin... mañana será otro día.

¡Sean felices y cuídense! Abrazo grande,

Rodrigo

martes, 10 de enero de 2017

SOBRE UNA CONVERSACIÓN CON ALEJANDRO DOLINA

Estuve releyendo la excelente entrevista que el amigo Gonzalo Garcés le hizo a Alejandro Dolina para la revista Orsai. 

A diferencia de lo que me pasaba hace varios años, actualmente estoy reconciliado con Dolina, más allá de que me resulte cansina su exagerada dificultad para aceptar la madurez y el paso del tiempo. 

Una vez le escuché decir que no había podido disfrutar enteramente ningún placer, sin que una voz le susurrara al oído “te vas a morir” y, peor aún, sin que le dijera “se van a morir aquellos a los que amás”.


A mí el sentimiento trágico de la vida a la Don Miguel de Unamuno me aburre un poco. Entiendo que es imposible no pensar en nuestra condición de seres mortales, pero no me pasa lo de estar constantemente obsesionado con el envejecimiento, o hacer un enorme drama porque le dejé de gustar a las pendejas lindas y medio boludas que gustaban de mí cuando era adolescente. Sabemos que, con suerte y viento a favor, vamos a llegar a ancianos. Ahora bien, como decía Voltaire, “quien no tiene las virtudes de su edad, tendrá que cargar sólo con sus defectos”. Cada edad tiene virtudes que son propias de ese momento, más allá de que a veces la experiencia sea un peine que te dan cuando te has quedado calvo.


En fin, volvamos a la entrevista. Como dice el amigo Gonzalo, “Dolina viene conversando apasionadamente hace muchos años con Schopenhauer, con la China antigua, con Platón, con Borges, con Tolstoi, con los trovadores provenzales, con Woody Allen, con Werner Heisenberg, con Max Planck y otros filósofos de barrio. Es una conversación sin certezas y que tiene todo el aspecto de no terminar. Es decir, es una verdadera conversación”.


Las Crónicas del ángel gris (1988) o El libro del fantasma (1999) me parecen libros flojos, demasiado ingenuos, ideales cuando uno está en la adolescencia. Hay frases escritas ahí que te parecen una obra de arte cuando pibe, pero que después suenan demasiado obvias:


“El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar”.

“El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no está en casi ninguna parte”.

“No se puede ser artista si no se ha perdido algo, los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de mercaderes afortunados”.

“No hay mejor amor que el que nunca ha sido. Los romances que alcanzan a completarse conducen inevitablemente al desengaño, al encono o a la paciencia; los amores incompletos son siempre capullo, son siempre Pasión”.

Y frases así por el estilo.

Sin embargo, la división entre “Hombres Sensibles”  y “Refutadores de leyendas” no es una división que Dolina defienda hoy, donde nos dice que la teoría de la relatividad puede ser tan o más hermosa que cualquier obra de arte.

En cierto modo, el exceso de información disponible y la pereza mental del entrevistador dificulta la realización de muchas buenas entrevistas, porque obligan al entrevistado a caer en la redundancia: “así que usted nació en Caseros”, o “así que su madre era maestra”, “¿prefiere componer o escribir?”, y llevan a Dolina a contar lo mismo que ya dijo en cientos de reportajes. No sin cierta vanidad, Dolina dice que la mente pide “verlo a uno en acción”, y Gonzalo agrega: “pide ver a César cruzando el Rubicón”.

Anyway, me gustó lo que el tipo dice sobre los mandatos sociales, que pesan más de lo que nos gustaría reconocer, a veces por el esfuerzo que uno pone en no cumplirlos:

“El mandato social exige garantizar nuestro sentimiento de mañana. Dar garantías acerca de nuestro comportamiento. Yo no digo que eso esté mal; la sociedad necesita esa garantía, siquiera  para criar a los hijos. Pero confundir eso con la pasión, con el deseo, tratar de que el deseo suceda a intervalos regulares y en lugares cómodos, con personas de nuestro mismo grupo social, de edad adecuada, etcétera, bueno, eso es llevar las cosas demasiado lejos. Y por más que la sociedad esté convencida de su propia liberalidad al respecto, yo creo que sigue ejerciendo una fuerte presión sobre cualquier tipo de heterodoxia”.

Gonzalo le recuerda a Dolina la distinción griega entre “eros” y “agapé”, entre el amor pasional y el amor más sereno, y dice que Hollywood tal vez confundió ambos tipos de amor y creó la fantasía de que el amor debe durar para siempre. Dolina recuerda que esa distinción comenzó en el siglo XII o XIII, “en la tierra del Langedoc, en las llamadas cortes de amor”.


Eso me recuerda El amor y Occidente, del filósofo y escritor suizo Denis de Rougemont:

“Amor y muerte, amor mortal: si no es toda la poesía, es al menos todo lo que hay de popular, todo lo que hay de universalmente emotivo, en nuestras literaturas. El amor feliz no tiene historia. Sólo el amor mortal es novelesco; sólo el amor amenazado y condenado por la propia vida puede ser exaltado por el lirismo. Es un dato constatable: el hombre occidental, a través de su literatura y de su lírica, ama por lo menos tanto lo que destruye como lo que asegura «la felicidad de los esposos». ¿De dónde puede venir una contradicción tal? Si el secreto de la crisis del matrimonio reside en el atractivo de lo prohibido, ¿de dónde nos viene ese gusto por las desgracias? ¿Qué ideal del amor presupone? ¿Qué secreto de nuestra existencia, de nuestro espíritu, tal vez de nuestra historia, se desvela?”.

Personalmente distinguiría, con esa tendencia mía tan característica de explicarlo todo, entre “eros”, “philia” y “agape”. Tomo la distinción, principalmente, de algunas intuiciones de André Comte-Sponville:

Eros:


El amor erótico es el más egoísta, y tiene que ver con la atracción física, la pasión, el deseo; podemos caracterizarlo con una cita de Lucrecio que habla sobre los sentimientos de los amantes:

“Con sus miembros amalgamados, gozan esa flor de la juventud, y ya sus cuerpos adivinan la voluptuosidad siguiente; Venus va a fertilizar el campo de la mujer; aprietan ávidamente el cuerpo del amante, mezclan la saliva, dientes sellados contra las bocas: vanos esfuerzos, porque no pueden robar nada del cuerpo que abrazan, ni penetrarlo o fundirse en el otro por completo. Porque, por momentos eso parece que desean…”.


El amante que se encuentra bajo el influjo de Eros ama a su amada como el lobo ama al cordero. Como diría Ariosto: “Igual que el cazador que persigue a la liebre, por el frío y por el calor, por montes y valles; sólo la estima cuando huye y la menosprecia cuando la tiene”.

En este sentido, estar enamorado es amar al otro para bien de uno mismo. Por eso se torna vital  la presencia de otro tipo de amor, si se quiere, más virtuoso (entiéndase bien, más virtuoso no quiere decir más necesario): la amistad (philia).

Philia:

Platón ha sugerido que el deseo implica una carencia. Por caso: no desea salud el que está sano sino el enfermo. Lo que la persona saludable desea no es la salud presente sino la por venir. Comte-sponville hace al respecto una distinción que me parece muy iluminadora: él dice que Platón confunde deseo y esperanza. Por ejemplo: un escritor que ama su profesión sabe, intuitivamente, que hay un abismo entre escribir y tener la esperanza de escribir, que es el abismo que separa el deseo como carencia (esperanza o pasión) del deseo como potencia. Gozamos con lo que hacemos o con lo que somos toda vez que deseamos aquello que no nos falta. La diferencia entre esperanza y deseo es la que existe entre el hambre que tortura al hambriento y el apetito que deleita a un gourmet.


La amistad no es carencia ni deseo de fusión sino comunidad, fidelidad, ganas de compartir. El amor como philia es el que puede darse entre marido y mujer al cabo de un tiempo: al comienzo se hace presente el eros, el hambre, el deseo como carencia, el amor que aferra, que devora, el amor egoísta. Más tarde se puede aprender a amar al otro aceptándolo como alguien distinto. 

El de la amistad no es un fuego inconstante y fugitivo sino templado y duradero. La amistad se alimenta y crece del goce de compartir una charla, de reírnos juntos, de consolarnos mutuamente.

La amistad se funda en la libre elección del otro, y siempre es entre iguales. Cuenta Montaigne que Arístipo, cuando le acosaban con el afecto que debía a sus hijos por haber salido de él, se puso a escupir diciendo que aquello también había salido de él, y que igualmente engendramos piojos y gusanos.

El mismo Montaigne, al tratar de explicar su amistad con La Boétie, dijo: “si me obligan a decir porqué le quería, siento que sólo puedo expresarlo contestando: porque era él, porque era yo”.

Agapé:


El término griego agapé es lo que la iglesia latina ha traducido como cháritas. Utilizo el término griego porque entre nosotros la palabra caridad tiene una connotación más de “dar limosna”, y no es eso lo que intento expresar bajo este concepto.


Hay una frase magnífica, me han dicho que es de Cesare Pavese pero para mí puede también ser de Theodor Adorno en su Mínima Moralia: “serás amado el día en que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro la utilice para afirmar su fuerza”. Este tipo de amor es uno de los más difíciles de lograr, casi se diría que es sobrehumano. En muy pocas ocasiones, tal vez nunca, llegamos a ser capaces de semejante tipo de amor.


El amor en el sentido de agapé implica: amar espontáneamente, gratuitamente, sin motivo, sin interés y casi sin justificación. Esto no sólo lo distingue de la avidez del eros sino también de philia: la amistad implica alegrarme con la alegría del amigo, dar placer y amor porque así recibiré placer y amor, etc. Posiblemente, agapé sea un desideratum solo al alcance de los santos; o quizá el amor de los padres por sus hijos se parezca al amor de “agapé”. Acaso la amistad sea el único amor generoso del que seamos capaces.

Si una persona nos ama nos da poder: el poder de hacerla momentáneamente feliz, que es otra forma de decir que nos da las armas para lastimarla.

Volviendo a Dolina, el tipo nos recuerda el ensayo de Octavio Paz, La llama doble:

“Paz atribuye el origen del amor tal como lo vivimos nosotros –es decir el amor pensado como irreemplazable, como escuela de desengaños, el amor pensado como sufrimiento, si fuera necesario- al discurso que se desarrolló en las cortes de amor del siglo XII. Ahí estaría la pasión, es decir lo primero que uno siente, la visión de un cuerpo hermoso, diría Platón, y luego el agregado de un discurso espiritual al respecto”.

Me gustó la respuesta de Dolina cuando dice que “el deseo es ineficaz cuando su cumplimiento es tan lejano que provoca el desaliento o cuando su cumplimiento es tan cercano que provoca el aburrimiento. Si el deseo se cumple inexorablemente y al instante, bueno, eso aburre. Y si no se cumple nunca te descorazona. Un deseo suficientemente elástico, que se cumple a veces, yo creo que mantiene al espíritu en una intensa ansiedad, que es lo más parecido a la felicidad que yo he conocido”.

Y luego agrega un matiz que me parece interesante:

“(…) el deseo es tan elástico que de tanto estirarse y aflojarse, empieza a no servir. De tanto desear, y de tanto convertir bagatelas en utopías, el deseo también se afloja. Y el alma se desengaña, se aburre, se ofende. Si cualquier cosa es un deseo, uno se ofende. El espíritu se ofende”.

Luego de leer la entrevista en Orsai y como estoy de vacaciones, estuve tomando unos mates y viendo algunas entrevistas que le hicieron al Negro por televisión. Escuchándolo se me ocurrían algunos pensamientos:

Definirse a uno mismo implica limitarse, achicar los horizontes. No es necesario saber exactamente quién es uno: yo no sé lo que soy, pero sé de qué huyo. Está bueno tratar de no tener demasiadas certezas: las certezas nos vuelven intolerantes. La duda humilla, te vuelve más humilde, más terrenal, y quizá por eso convoca mejor a la amistad. “¿Seré tan bueno como dicen mis tías?”. Muchas veces yo mismo afirmo cosas con demasiado énfasis, y me dejo llevar por la pasión. Sin embargo, no es porque quiera imponerle a nadie mi visión de la vida: simplemente comparto lo que pienso por si eso me ayuda a encontrar algún alma más o menos afín.

No tengo mayores problemas si algún escritor, músico o artista que a mí me conmueve en lo más hondo, a otro lo deja indiferente. No me importa en lo más mínimo que estén de acuerdo con cada cosa que digo, sino que tanto su acuerdo parcial, su desacuerdo total o su coincidencia plena me ayuden a pensar, a ser mejor persona de lo que era. No tengo laureles en los cuales dormirme, pero igual me viene bien que las personas que me conocen me ayuden a no dejarme estar. Dejarse estar es una descortesía para aquellos que nos quieren. Hay tipos que se desinflan con el paso del tiempo, y no en el sentido de que se arrugan o echan panza, sino que empiezan a reírse de chistes cada vez más boludos, andan con la camisa desabrochada, no piensan antes de hablar… Hacen de cuenta que no hay nadie a su alrededor que los quiere, o que los está escuchando o que debe aguantar el olor a chivo o sus desatinos al conversar.


En una de las entrevistas le preguntan por su relación con el padre. Dolina cuenta que lo suyo con el padre fue quererse más que comprenderse. “Comprenderse no era lo nuestro”, ahora “si a uno le dan a elegir entre que lo comprendan y que lo quieran, no lo pensaría ni un segundo. No necesito minas que me comprendan, necesito minas que me quieran mucho”.

Los celos pueden ser, si uno es piola, un acicate para incrementar el deseo. Lo mejor es buscar la intensificación del deseo propio viendo cómo los demás desean a la mujer que uno ama, sin por eso festejar que se vaya con el vecino. Sabiendo que nosotros miraremos con deseo a otras mujeres que pasan tanto como ellas desean otros hombres ocasionalmente.

Para terminar, les dejo una hermosa creación de Alfredo Lepera, un hermoso tango que a Dolina le gusta mucho porque le recuerda su miedo al paso del tiempo y su trágica dificultad para enamorar pendejas. Lo supo cantar muy hermosamente el gran Carlos Gardel:


VOLVIÓ UNA NOCHE (1935):

Volvió una noche, no la esperaba,
había en su rostro tanta ansiedad
que tuve pena de recordarle
su felonía y su crueldad.
Me dijo humilde: "Si me perdonas,
el tiempo viejo otra vez vendrá.
La primavera es nuestra vida,
verás que todo nos sonreirá"

Mentira, mentira, yo quise decirle,
las horas que pasan ya no vuelven más.
Y así mi cariño al tuyo enlazado
es sólo un fantasma del viejo pasado
que ya no se puede resucitar.
Callé mi amargura y tuve piedad.
Sus ojos azules, muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo: "Es la vida". Y no la vi más.

Volvió esa noche, nunca la olvido,
con la mirada triste y sin luz.
Y tuve miedo de aquel espectro
que fue locura en mi juventud.
Se fue en silencio, sin un reproche,
busqué un espejo y me quise mirar.
Había en mi frente tantos inviernos
que también ella tuvo piedad.