jueves, 13 de abril de 2017

UNA ANÉCDOTA DE KAFKA

Dora Diamant, la compañera de los últimos años de vida de Franz Kafka, contó que una vez, mientras paseaban juntos por un parque municipal de las afueras de Berlín, encontraron una nenita llorando. Lloraba porque se le había perdido la muñeca. Kafka trató de consolarla, pero no había forma. “Pero si tu muñeca no se perdió”, dijo él de repente. “Tan sólo se fue de viaje. Acabo de verla hace un rato y he hablado con ella. Me prometió que te iba a escribir. Mañana a esta misma hora vení, yo te voy a traer la carta”. En aquel momento, la niñita dejó de llorar. Al día siguiente, Kafka llevó realmente la carta, que describía las aventuras de la muñeca durante el viaje. De ahí surgió una correspondencia entre la muñeca y la nena que se prolongó durante varias semanas y que finalizó cuando Kafka, quien estaba enfermo de tuberculosis, tuvo que cambiar de residencia y emprender su último viaje. Al final no olvidó, en medio de todo el barullo de un traslado tan triste, dejarle a la niña una muñeca, asegurando que era la antigua, la que había perdido, que sólo a causa de todo lo vivido en aquellos lejanos países había sufrido ciertos cambios. 


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