miércoles, 19 de noviembre de 2014

CUANDO ME MUERA QUIERO QUE ME TOQUEN CUMBIA

Ante el dolor y el horror, el lenguaje está herido de muerte, las palabras se cansan, están siempre al filo del morbo barato o la banalización.

Como dice Juan Villoro: "la crónica no puede ser sólo un espejo de lo que sucede, debe reelaborarlo para que tenga sentido. La imagen de un decapitado no informa, en el sentido de que no establece un contexto ni una explicación de lo sucedido. El desafío consiste en buscar esa articulación de sentido, y en abrir una ventana a lo que no es espanto".

Villoro destaca muy bien una de las cualidades de Kapuscinski como cronista, que consiste en demostrarnos que incluso el sujeto más humilde tiene una vida interior que puede ser detestable, pero que en todo caso es compleja. Las crónicas policiales dominantes tienden a mostrar a quienes no son protagonistas como figuras sin fuerza, anónimas, marionetas del destino o bultos sin vida ni biografía que mueren en un tiroteo o en un fusilamiento de la yuta.

Me parece que el libro de Cristian Alarcón está a la altura- aunque es cierto que hablamos de libros y no de montañas- de las mejores crónicas que pude leer: "Gomorra" de Saviano, algún libro de Ryszard Kapuscinski, “A sangre fría” de Capote o “¿Quién mató a Rosendo?” de Rodolfo Walsh. En rigor la comparación con Capote es exagerada, pero sí creo que es un buen escritor. Su estilo es despojado, seco, sin florituras ni adjetivos impactantes, aunque con metáforas felices como “una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido”; o “me saludó con desconfianza pero apretando la mano como a un revólver viejo”.

Al leer el libro uno se acuerda de Walter Benjamin y su idea de escribir la historia a contrapelo, desde el punto de vista de los vencidos. Claro está que la historia de los “vencidos” no puede hacerse sin la presencia de los “testigos”, quienes suelen ser los “sobrevivientes”. El tema es que, como dijo Primo Levi en un contexto muy distinto pero en cierto sentido aplicable: 

“Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona no regresaron, o regresaron sin palabras”.

Volviendo al tema, se trata de la historia de Victor Manuel “Frente” Vital, un pibe de 17 años acribillado a balazos por un cabo de la bonaerense, quien se transformó con su muerte en una suerte de santo: lo consideraban capaz de desviar las balas y salvar a los pibes chorros del barrio. El "Frente" era un ladrón con códigos -era respetuoso y jamás robaba a los habitantes de la villa- , una suerte de carismático Robin Hood que repartía el botín entre la gente, a quien Alarcón retrata de modo ambiguo -el reparto del botín está relacionado también con que su madre no quería guita "sucia" en su casa. Como todo buen cronista, Alarcón jamás sacraliza ni banaliza a ningún personaje.

El autor no tiene una visión "romántica" del dolor, y sabe que el sufrimiento, la miseria y la crueldad no suelen ennoblecer a quienes lo padecen de manera casi permanente: muchos de los protagonisas del relato son personas solidarias y capaces de muy buenos sentimientos, pero también resentidas, envidiosas, crueles, machistas, egoístas y mentirosas.

Más allá del protagonista, me interesó mucho la pelea entre “chorros” y “transas”, junto con la historia de Nadia, una chica a quien su novio le contagió el Sida, con un hermano asesinado por la policía y otro preso. La infancia de Nadia era la de una niña hija de una familia de clase media que sufrió en carne propia el desclasamiento, la pérdida de la esperanza en el progreso... Su hermano menor, Ignacio, está preso desde los dieciséis años por asesinar a un policía:

"- ¿Tu hermano estaba muy descontrolado?

- Mi hermano era un boludito, que fumaba porro en la esquina. Yo traté de sacarlo, pero acá los que envician a los pibes son los transas. El Tripa era uno de los peores. Si los veía a los pibes medio drogados empezaba a hacerles la cabeza. Que dale gil, que sos un cagón, que si no querés hacerte un rolo –un reloj Rolex- , que vos tenés coraje, que vos sos chorro, no un gil de cuarta, y dale con lo mismo. Contra ellos no se puede hacer nada, a no ser que los bajes a tiros.

- ¿Quiénes son los personajes como el Tripa?

- Ellos son como delegados de la cana. Ellos son la relación entre los canas y los chorros, pueden manejar datos, conocen, pueden hacer casi todo lo que la cana puede hacer, pero mejor. Pibe que se peleó con el Tripa, pibe que terminó arruinado (…)”

Los transas son odiados no sólo porque los chorros caen en la trampa a la que están condenados por su irrefrenable adicción, y roban para pagarles a ellos, sino porque la inmensa mayoría cuenta con protección policial para hacer funcionar el negocio.

Una de las drogas más usadas es el Rohipnol mezclado con cerveza: es un fármaco antidepresivo de venta restringida que a comienzos de la década del noventa ingresó a las villas para quedarse. "Si te tomás una, te pega. Con dos, andá y piloteala , loco. A la tercera que te tomás ya no sos vos. Y cuando te quisiste acordar por ahí te mataste a piñas y te das cuenta al otro día".

En fin, no quiero abundar mucho porque es un libro para leer más que para comentar.

¡Sean felices!

1 comentario:

  1. Esto lo había publicado en un blog anterior.. y como no tengo mucho tiempo de ampliar este nuevo espacio, lo refrité.

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