domingo, 28 de agosto de 2016

MICHEL HOUELLEBECQ: UN AUTOR DIFÍCIL DE QUERER

Un rasgo que suele ponerse de relieve en el autor de Sumisión, además de su aparente racismo, radica en su "misoginia"; ergo, antes de ir a la “cuestión Houellebecq” -vaya uno a saber qué demonios sería eso-, me parece útil distinguir entre el “misógino” y el “machista”. En La insoportable levedad del ser, se habla de dos tipos de mujeriegos; mujeriegos líricos (que buscan en cada mujer su propio ideal) y mujeriegos épicos (que buscan en las mujeres la infinita diversidad del mundo femenino). Pero no nos vayamos al carajo:


EL MACHO Y EL MISÓGINO: Según Kundera, “el macho adora la feminidad y desea dominar lo que adora. Exaltando la feminidad arquetípica de la mujer dominada (su maternidad, su fecundidad, su debilidad, su carácter hogareño, su sentimentalismo, etcétera), exalta su propia virilidad. Por el contrario, al misógino le horroriza la feminidad, escapa de las mujeres demasiado mujeres. El ideal del macho: la familia. El ideal del misógino: soltero con muchas amante; o: casado con una mujer amada sin hijos.

(…) Cada uno de nosotros se ve confrontado desde sus primeros días con un padre y una madre, con una feminidad y una virilidad. En consecuencia, marcado por una relación armónica o inarmónica con cada uno de estos dos arquetipos. Los ginófobos (misóginos) existen no sólo entre los hombres sino también entre las mujeres y hay  tantos ginófobos como andrófobos (los y las que viven en desarmonía con el arquetipo de hombre). Estas actitudes son posibilidades distintas y totalmente legítimas de la condición humana. El maniqueísmo feminista nunca se planteó la cuestión de la androfobia y convirtió la misoginia en simple insulto. De este modo se ha esquivado el contenido psicológico de esta noción, que sería el único interesante”.


Les dejo a ustedes, hipócritas lectores, sacar las conclusiones de la cita que les parezcan interesantes para ser pensadas. Ahora si me permiten, vuelvo a MH:


La idea que atraviesa todas las novelas de Houellebecq es la de la irreversibilidad absoluta de todo proceso de degradación una vez iniciado:


“Da igual que esta degradación afecte a una amistad, una familia, una pareja, un grupo social más importante, una sociedad entera; en mis novelas no hay perdón, ni vuelta atrás. No existe segunda oportunidad: todo lo que se ha perdido está perdido irremediablemente y para siempre”.

¿Y qué tipo de ser humano puede surgir de semejante cosmovisión? Alguien conservador, antisocial, temeroso, más sensible a los peligros que a la esperanza; con tendencia al pesimismo y a la tristeza.


En lo personal, creo que no le falta razón a Houellebecq cuando sostiene que nuestra cultura es capaz de aceptarlo todo: el aborto, la pedofilia, el cambio de sexo, el implante de órganos, la decapitación televisada, la pornografía, el tráfico de bebés, pero no es capaz de aceptar la vejez. Nuestros viejos son seres inservibles, impresentables, destinados a vivir en geriátricos atendidos por descerebrados con delantal que se hacen llamar gerontólogos; o a   babearse en el fondo de sus hogares familiares, o harapientos y en la calle. Pese a todo, me resisto a creer que las putas obsesiones del nabo de Houellebecq hablen más de la sociedad que de él mismo.


Pongo un ejemplo que demuestra que donde abunda el peligro, como quería –si mal no recuerdo-Hölderlin, crece lo que salva: en plena matanza entre musulmanes e hinduistas, Gandhi dialoga con un padre al que le habían matado a su hijo de siete años. El hombre le dice que  está en el infierno, porque en venganza se había cobrado la vida de un niño musulmán de la misma edad, destrozándole el cráneo con una piedra. Previsiblemente, el tipo está aterrado de sí mismo, completamente arrepentido. Gandhi nota eso en su mirada, y le construye una puerta de salida:


“-Busca un niño musulmán que haya quedado huérfano, debe haber cientos en la calle en este momento, críalo como si fuera tuyo, pero asegúrate bien de criarlo en la fe musulmana. Haz de él un hombre musulmán”. 

¡In your face MH!

Volviendo a la misoginia de Houellebecq, hay un chiste por demás ilustrativo:

“-¿Sabés cómo se le llama al tejido adiposo que rodea a la vagina?

-No.

-Mujer”.

Ese chiste es puesto en  boca de uno de los personajes de sus novelas. Dicho así, en un personaje de ficción, pasa desapercibido; sin embargo, como la imagen del autor también forma parte de su obra, y siendo que el mismo Houellebecq suele confundirse con sus propios personajes y no teme autodefinirse como misógino, racista y anti-social, se vuelve necesario explicitar algunos aspectos de su personalidad.

El amigo Michel debería saber que cuando hablamos bien de nosotros mismos casi nunca nos creen; en cambio, si confesamos aspectos oscuros o repulsivos de nuestra propia personalidad, suelen creernos con demasiada facilidad. Sea como fuere, hoy quiero enumerar algunos aspectos de la cosmovisión de Houellebecq que sirven para explicar el éxito de su obra:

Me pareció piola leer Enemigos públicos, un diálogo polémico entre Michel Houellebecq y otro personaje egocéntrico y megalómano de la escena intelectualoide francesa: Bernard-Herni Lévy. Voy a intentar dejar de lado el prejuicio negativo, que no puedo evitar tener, por el hecho de que ambos sean “estrellitas mediáticas”. La cosa empieza así: el 26 de enero de 2008, Houellebecq le escribe a BHL lo siguiente:



“Especialista en números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. Íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena, es emblemático de lo que algunas revistas un poco de baja estofa (…) siguen llamando la ‘izquierda-caviar’ (…). Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine”.


Y luego de ir con los tapones de punta contra BHL, MH se autodefine de la siguiente forma:

“Nihilista, reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso: sería hacerme un honor excesivo encasillarme en la poco apetitosa familia de los anarquistas de derecha; fundamentalmente, soy sólo un patán. Autor insulso, sin estilo, accedí a la notoriedad literaria gracias únicamente a una inverosímil falta de gusto cometida, hace varios años, por críticos desorientados. Desde entonces, mis provocaciones jadeantes han acabado cansando.

Entre los dos simbolizamos perfectamente el apoltronamiento espantoso de la cultura y la inteligencia francesas, recientemente señalado, con severidad pero justeza, por la revista Time”.


Por su parte, BHL le contesta inmediatamente:


"(…) ¿Por qué iba a entrar, en definitiva, en este ejercicio de autodenigración? ¿Y por qué iba a seguirle en ese gusto que usted manifiesta por la autodestrucción fulminante, maldecidora, mortificada? No me gusta el nihilismo. Detesto el resentimiento y la melancolía que lo acompaña. Y pienso que la literatura sólo vale para contrariar ese depresionismo que es más que nunca la contraseña de nuestra época. Podría consagrarme, en este caso, a explicarque hay TAMBIÉN cuerpos felices, obras logradas, vidas más armoniosas de lo que parecen pensar los plañideros que nos detestan (…)”.


Y luego critica ese deseo de desagradar propio de muchos escritores:

“¿Qué deseo? El de desagradar, vamos. El gusto de desaprobar. El vértigo, el goce de la infamia”.


La respuesta de Houellebecq es interesante, porque le dice que él desea, como cualquier persona, que lo admiren o que lo quieran o ambas cosas a la vez. Sin embargo, le aclara que su aparente deseo de desagradar encubre un inmenso deseo de gustar:


“Pero quiero gustar por mí mismo, sin seducir, sin ocultar lo que puedo tener de vergonzoso. Puede que me haya entregado a la provocación; lo lamento, porque no es ése mi carácter profundo. Llamo provocador a quien, independientemente de lo que pueda pensar o ser (y a fuerza de provocar el provocador no piensa ya, no es ya), calcula la frase o la actitud que provocará en su interlocutor el máximo desagrado o molestia; por supuesto, a quien aplica el resultado de su cálculo. Muchos humoristas, en los últimos decenios, han sido provocadores notables.


Al contrario, hay en mí una forma de sinceridad perversa: busco con obstinación, con encarnizamiento, lo que puede haber en mi persona de peor para depositarlo, todo bullicioso, a los pies del público: exactamente como un terrier deposita un conejo o una zapatilla a los pies de su amo. (…) No deseo gustar a pesar de lo que tengo de peor, sino a causa de lo peor que tengo, llego hasta desear que mi peor parte sea lo que se prefiera de mí”.

Probablemente ustedes no conozcan quién es Bernard-Henri Lévy, un filósofo que, según Bourdieu, constituye un ejemplar de “fast-thinker”: tiene mucha guita, suele vestir con gran elegancia y no teme dejarse fotografiar semi-desnudo, junto a su bella mujer, en su mansión en Marrakech. Cuando era joven estudió en la École Normale Supérieure, siendo discípulo de Louis Althusser. Le gusta figurar en polémicas mediáticas y descree del diálogo filosófico. Para él la filosofía no es una cuestión de compartir puntos de vista diversos sino de afirmación. Sólo conoce filosofías sectarias, heréticas y minoritarias.


Tomás Abraham, un opinólogo por el que siento cierta antipatía, dice admirar a BHL, porque se anima a poner los pies “en el barro mediático”. ¿Qué tiene eso de admirable? Para mí no es, a priori, nada admirable, salvo que uno diga cosas que valen la pena ser dichas y se enemiste por eso contra los poderosos. No creo que sea el caso de BHL (ni de Tomás Abraham). Según Abraham, quien envidia a BHL justo por los mismos motivos por los cuales yo en cierto modo lo desprecio, la organización cultural dispone el aparato de comercialización de una obra, y quien se somete a sus reglas suele ser tildado de mercenario y megalómano. La envidia y el resentimiento hacen, siempre según Tommy, que el autor deba ser una suerte de muerto de frío, que quema sus papeles continuamente y es despreciado por todo el mundo: “Una vida de mierda para merecer la inmortalidad”.


Y luego, ya desatado, Tommy prosigue su perorata afirmando:


“Por eso nos encanta Kafka, porque era tuberculoso, pensaba que lo que escribía estaba lleno de defectos y rogaba para que se quemara su obra. Un escritor así realza el valor de su escritura. La gente aplaude, los críticos gozan, no hay como la desgracia ajena para admirar el talento.

Con Lévy pasa lo contrario. El puritanismo actúa al revés. El hecho de que sea rico, famoso, que la pase bien, que sea un varón atractivo, que se rodee de hermosas mujeres, que se preocupe por su vestuario, derrumba la imagen del artista romántico, es un atentado a la seriedad, a las exigencias estéticas y éticas que se le atribuyen al filósofo”.

No le falta cierta razón a Tomás cuando escribe semejante parrafada, pero es tan simplificador y falso para con Kafka y muchos de sus lectores que me dan ciertos deseos de mandarlo a la reputísima madre que lo parió.

Me gustaría seguir escribiendo sobre Houellebecq, porque me quedaron varias cosas pendientes, pero me vino a visitar un amigo y nos disponemos a tomarnos unas cervezas, a morfar unas empanadas y a charlar de la vida, actividades que me parecen más enriquecedoras que seguir escribiendo este posteo. Otro día la sigo.

Abrazo grande a todos los que leen. ¡Sean felices!

Rodrigo

2 comentarios:

  1. El diálogo parece una pelea entre el fantasma de riki fort y raúl portal, en el programa de rial. Viene bien alternar una buseca y tinto en pinguino entre tanto faisán, caviar y champán; después de la sesuda distinción machi-misoginia vamos por embudo a un ( "Voy a intentar dejar de lado el prejuicio negativo, que no puedo evitar tener")"me da asco pero el sorete me lo masco".
    ¡Salú!

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    1. Ojo, tuvo su historia de "desamor" y abandono el pobre MH: la madre lo abandonó, y cando fue exitoso escribió un libro defenestrándolo. En otro post, tal vez el último sobre MH, voy a ver si destaco esa historia porque le da un matiz diferente a sus opiniones.

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