domingo, 20 de abril de 2014

EL ANTIINTELECTUALISMO JAURETCHIANO Y CIERTO MENOSPRECIO DE LA CLASE MEDIA

Breve descripción de la cultura durante el primer peronismo:


En su Historia de las ideas en la Argentina, Oscar Terán recuerda que alguna vez, Leopoldo Marechal declaró que en tiempos del primer peronismo le resultaba difícil publicar, ya que la mayoría de las editoriales estaba en manos de opositores. En el campo intelectual se reproducía la escisión entre peronismo y antiperonismo, sólo que mientras en la sociedad el peronismo era mayoritario, esta proporción se invertía al llegar al mundo de los intelectuales.

Entre las excepciones  estaban: el mismo Marechal, Enrique Santos Discépolo,  Raúl Scalabrini Ortiz, Homeno Manzi, Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui, Manuel Ugarte, etc. Terán agrega el apoyo crítico de pensadores como Rodolfo Puiggrós, J. J. Real o Jorge Abelardo Ramos.

La democratización del sufragio universal responde a derechos políticos, y la justicia social a derechos sociales: pueden existir el uno sin el otro. El peronismo le otorgó mayor importancia a lo social que a lo político, y ha tenido indudables rasgos autoritarios –en una época donde la democracia no estaba nada consolidada- y bastante desprecio por lo institucional. Perón tenía una relación directa con las masas, y secundarizaba las mediaciones institucionales.

Lo que uno valora de ese período es la redistribución económica en favor de las clases populares, y no sólo en el plano material sino también simbólico: al decir de Terán, “aquel fenómeno también fue acompañado de una caída de la deferencia de los sectores populares hacia las escalas superiores de la sociedad. Esto es, se quebró el reconocimiento que, en sistemas jerárquicos, los de abajo deben profesar a los de arriba”.

Salvo Uruguay, no he tenido la fortuna de viajar a otros países de América latina. Un amigo me contaba su experiencia con mozos peruanos en un café de Lima: a los tipos había que darle "órdenes precisas" -café con cucharita y azúcar y vaso de agua y etc.- , porque no estaban acostumbrados a pensar y a decidir de manera mínimamente autónoma. ¡Terrible! El igualitarismo argentino me parece una gran ventaja respecto de otros territorios de América latina. El costado negativo del igualitarismo es la facilidad con que degenera en “cualunquismo”: entre nosotros cualquier nabo habla con autoridad sobre temas que ignora casi por completo.

Un costado negativo del primer peronismo -que tuvo muchos aspectos positivos- fue la violación de las libertades cívicas de los opositores y la intervención sobre el principio de autonomía universitaria. Según Terán, la Argentina permanecía cerrada a las inquietudes culturales que atravesaba la Europa de la segunda posguerra: “el existencialismo, el cine del neorrealismo italiano y de Ingmar Bergman, el teatro de Samuel Beckett, el experimentalismo en las artes plásticas, y un extenso etcétera”.

Esto como para tener cierto panorama. Y ahora vayamos a:

Don Arturo Jauretche y cierto desprecio por la “clase media”:

El peronismo está montado en la frontera de la civilización y la barbarie, de modo tal que a veces actúa como agente civilizador, y a veces es mensajero de la barbarie, en un movimiento pendular. El costado “bárbaro” del peronismo molesta, incomoda, tanto a cierto sector del “progresismo de izquierda” como al liberalismo derechoso, estilo diario La Nación. Por otra parte, existe siempre una tensión entre tradición y modernización que es típica de los países periféricos: a veces es necesario ser un conservador cultural para defender cierta noción de identidad cultural propia, y en ocasiones se necesita ser modernizador para cambiar estructuras que fomentan la desigualdad.

Por las dudas, aclaro que no comparto la opinión cualunquista de tipos como Tomás Abraham, quienes creen que el “pensamiento nacional y popular” valorado por muchos de quienes apoyamos algunos aspectos del kirchnerismo es “rancio, aldeano y nostálgico de la siestacolonial y de la guerra gaucha”.

Pese a que no me siento “nacionalista”, me molesta ese sentimiento que intuyo en muchas personas que parecieran invertir la frase de Perón y pensar que “para un argentino, no hay nada peor que otro argentino”. Eso de creer que todo lo que viene de Europa occidental y los Estados Unidos es maravilloso, y lo nacional una mierda, me parece tilingo. Eso no implica negar, por caso, que el rock británico y estadounidense sean superiores. Sin embargo, ¿qué país puede ser el mejor si uno lo compara con los mejores ejemplos del globo en cada rubro? Estoy exagerando, pero no es inusual que uno escuche que no tenemos los laterales brasileños, el bienestar económico de los escandinavos, los artistas de rock de Gran Bretaña, la calidad de los filósofos alemanes...

En un libro de divulgación muy interesante, Mitomanías, el antropólogo Alejandro Grimson nos dice:

"Para mí, una de las cosas más sorprendentes de conocer otras sociedades fue que no encontré ninguna en la cual las personas hablaran tan mal de su propio país como en la Argentina".

Pero no sólo del desprecio por lo argentino habla Grimson, sino de la oscilación pendular entre creernos los mejores o los peores. Ese fanatismo emocional se observa también en la política:

"(..) sospechar que los gobernantes tienen intenciones ocultas es característico del análisis político nacional. Y no me refiero sólo al más elemental que hacemos los ignorantes en cualquier esquina o café. Periodistas sagaces, intelectuales lúcidos e integrantes de la fila del supermercado a menudo insultan por igual a sus gobernantes de modos muy extraños. La intención más frecuente y democráticamente distribuida que se les atribuye sería la de "robarse el país". Otra acusación, también muy habitual, es que quieren terminar con el "capitalismo" o con la "democracia", según alguna vaga definición de esas palabras. Esto les sucedió a Yrigoyen, a Alfonsín y a Perón tanto como a los Kirchner.

(...) Si detestan al gobierno, las buenas medidas dejan de serlo automáticamente, ya que son consideradas siempre bajo el singo del oportunismo, el negocio o la venganza, el robo de banderas de otro, o lo que fuera. Si los malos gobiernos jamás hacen algo bueno, los buenos jamás hacen algo malo. Aunque la segunda sentencia sería difícil de aceptar, salvo por los fanáticos, la primera está muy extendida entre nosotros. Somos fanáticos del 'todo mal'".


En fin, más allá de estos lugares comunes, hoy quiero sentar posición sobre dos herencias del pensamiento nacional y popular: el antiintelectualismo y el desprecio a la clase media. Me voy a centrar en Jauretche vía el libro de Federico Neiburg: Los intelectuales y la invención del peronismo.

Los intelectuales y el pueblo:

El debate sobre el peronismo ha sido un terreno de lucha entre formas de “populismos” (1), donde diversas figuras intelectuales buscaron hacer de su capacidad para interpretar al pueblo un aspecto de su propia identidad como intelectuales, su propia representación de la sociedad y su posición dentro del contexto social.

Con frecuencia, la obra de Arturo Jauretche (1901-1974) resulta un ejemplo paradigmático de cómo se puede utilizar la propia biografía como argumento de autoridad:

“Estoy lejos de ser un erudito (…) lo poco o mucho que he leído no lo retuve para respaldar mis juicios en autoridades y me repugna también esa ciencia barata que se logra en diccionarios especializados (…) Mis verdades tienen un origen modesto; son asociaciones de ideas, relaciones de hechos, conjeturas fundadas en la propia observación y en la experiencia de mis paisanos”.

Como bien  destaca Neiburg, los textos de Jauretche –plagados de anécdotas, vivencias y dichos populares- tratan de convencer apelando a la empatía del lector.

Ernesto Goldar, por medio de un registro fotográfico, elaboró una biografía de Jauretche que muestra muy bien su modo de construcción biográfica: en las diversas fotos se puede ver la progresiva transformación de su figura desde típico estudiante de la Facultad de Derecho de traje y corbata –recinto atacado posteriormente por Jauretche tildándolo de “cría de la intelligentsia”- con pinta de abogado típico, hasta fotografías posteriores que lo muestran en camisa, tomando mate, con un vasito de grapa, conversando con algún pueblerino, con el fondo decorado por el retrato de algún héroe de la historia nacional, como el general San Martín.

La visión de Jauretche me parece iluminadora, aunque también tiene enfoques simplistas y maniqueos. El tipo consideraba que hay dos Argentinas: a) la Argentina falsificada por la historiografía consagrada por la “intelligentsia liberal” y legitimada por la “historia oficial” enseñada en la escuela; b) una Argentina cuya historia verdadera permanecía oculta en la memoria popular.

Me parece pobre decir que existe UNA historia verdadera y UNA historia falsa: siempre hay diversos discursos en pugna e interpretaciones diversas sobre lo real. No es necesario abundar al respecto, ya que se trata de una verdad de perogrullo.

Jauretche usa un término que hereda de Jorge Abelardo Ramos: “colonización pedagógica”. Para Don Arturo, los “inteligentes” tenían como problema principal su desconocimiento del pueblo, su lejanía de la realidad popular. Él decía que primero era el pan y las alpargatas, y luego los libros. Yo creo que tenía razón -de hecho es una obviedad- sólo que para mí exageró mucho su antiintelectualismo.

Otra cosa que no me gusta de Jauretche, aunque no lo he leído en profundidad, es su puesta en uso de ciertas estrategias de condescendencia: las operaciones de distinción por medio de las cuales los letrados “descienden” al lenguaje popular. Como bien dijo Neiburg: “Jauretche era un intelectual y un político empeñado en combatir con intelectuales y políticos”.


La clase media:

Otro libro muy popular de Jauretche fue El medio pelo en la sociedad argentina. Retrospectivamente, creo que la herencia anti-clase media -que uno puede leer en diversas opiniones de José Pablo Feinmann -me parece bastante nociva.

Es cierto que gran parte de la “clase media” y “los porteños” ha sido, tradicionalmente, bastante antiperonista. Sin embargo, ¿qué es la “clase media”?

Los sociólogos y estudiosos dicen que es muy difícil definir con precisión qué se entiende por “clase media”. En el Dipló, José Natanson la definió “en plata”: el segmento poblacional ubicado entre los deciles 6 y 9 de ingreso -los que ganan entre 3.500 y 7.000 pesos mensuales -que hoy conformarían cerca de 40% de la población. Aclaración: hoy los valores, por la inflación, serían mayores.

Como bien dijo Natanson: “la clase media no es un todo congelado, un conglomerado homogéneamente reaccionario y –adjetivo jauretchiano que el kirchernismo ha hecho suyo- tilingo, sino un universo cambiante (y, por lo tanto, susceptible de ser modificado mediante la acción política). Ningún gobierno puede realizar una voluntad auténticamente transformadora sin el respaldo de una amplia mayoría social. “El conflicto del campo le demostró al kirchnerismo los riesgos de enfrentarse a la clase media”.

NOTAS:

(1)    En términos de Bourdieu, no de Laclau, entendido como “toda posición que en el campo intelectual pretende hacer valer un tipo de representación y de relación con el pueblo”. Sacado de “Los intelectuales y la invención del peronismo”.

Para finalizar, corto y pego un muy buen artículo:

LA CLASE MEDIA EN LA HISTORIA ARGENTINA de PERÓN A KIRCHNER

por Ezequiel Adamovsky

"La clase media nació con el primer peronismo. En pleno auge de la sociedad plebeya, con las masas ocupando por primera vez la Plaza de Mayo, sectores que hasta entonces carecían de una identidad precisa comenzaron a definirse, por contraposición, como "clase media". A partir de allí, la clase media jugó un rol central en la historia Argentina, con momentos de unidad con los sectores populares y otros muchos de ruptura.

La clase media es poco más que una identidad: no hay mucho en concre­to que compartan todas las personas que se consideran de clase media, fue­ra del propio sentido de pertenecer a ella y de los atributos sociales, morales, étnicos y culturales que se imaginan que ella posee.

Esa identidad no surgió en Argenti­na de modo casual. La expresión "clase media" comenzó a ser utilizada por cier­tos intelectuales a partir de 1920 con fines políticos precisos. En enero de 1920, Joa­quín V. González pronunció un discurso en el Senado que provocaría polémicas. Allí llamó a sus colegas a ocuparse de la benéfica "clase media", contraponién­dola a una clase obrera compuesta por "extranjeros no deseables", que habían arribado a Argentina con "teorías extre­mas". González era uno de los políticos más importantes del país y probable­mente el intelectual más lúcido de la elite de aquel entonces. Pero sólo comenzó a prestar atención a la clase media en 1919, hacia el final de su vida. Le preocupaban la ola de activismo obrero y las simpatías que cosechaba la Revolución Rusa en la Argentina. Recordemos que la Semana Trágica había sacudido al país en enero de 1919 y que a ella le siguió una inédi­ta oleada de huelgas de empleados de "cuello blanco", e incluso de estudiantes, que causó gran impresión en la sociedad "decente". González concibió entonces la idea de replicar en Argentina lo que sus colegas europeos venían haciendo con éxito: se propuso instigar un orgullo de "clase media".

El de González probablemente haya sido el primer discurso en el que se habló en público sobre la clase media. Hasta entonces, la expresión era poco cono­cida. Predominaba una imagen binaria de la estructura social. Estaba la gente "bien", por un lado, y el populacho, por el otro. González se proponía modifi­car esa percepción. Pretendía quebrar las fuertes solidaridades que se venían tejiendo entre obreros y empleados, con­venciendo a estos últimos de que no eran parte del pueblo trabajador, sino de una "clase media" más respetable, que debía alejarse de los disturbios callejeros y de las ideologías anticapitalistas. Se pro­ponía, en suma, meter una cuña entre ambas clases, buscar aliados políticos en lo que hoy llamamos los sectores medios para contrarrestar el avance de las luchas obreras y del socialismo.

El primer peronismo

Pero la identidad de clase media recién se haría carne años después, con el surgimien­to del movimiento peronista. La presencia y el protagonismo que la parte más plebe­ya de la sociedad adquirió a partir de 1945 generó una reacción de rechazo a la que se sumaron tanto personas de clase alta como de los sectores medios. Lo que más irritaba a unos y a otros era que las jerarquías socia­les tradicionales se vieron profundamente alteradas. Y no sólo en el ámbito laboral: el vendaval del peronismo sacudió a varios de los pilares que definían el lugar de cada cual en la sociedad. De pronto, todo aque­llo que había sido invisibilizado, silencia­do o reprimido por la cultura dominante se había hecho presente y, para colmo, se había vuelto político. Los pobres que vivían en los márgenes de la coqueta Buenos Aires invadieron la ciudad el 17 de octubre de 1945. El mero hecho de ocupar la Plaza de Mayo se convirtió para ellos en un gesto político, un ritual que repitieron una y otra vez en los arios siguientes.

La misma actitud desafiante se reite­ró con todas y cada una de las normas de respetabilidad y "decencia" que venía inculcando desde hacía décadas la cultura dominante. La plebe las puso en cuestión una por una. Durante años, los pobres habían tenido que escuchar sermones sobre la limpieza y la forma correcta de vestirse, y ahora resulta que ser un "des­camisado" y un "grasa" tenían un valor positivo. Durante años se había venido moldeando un ideal de la conducta culta y educada, y ahora el Congreso se había lle­nado de "brutos". Los cánones de decen­cia y de jerarquía familiar también fueron en alguna medida puestos en cuestión. Los jóvenes peronistas colmaron el movi­miento con ese espíritu festivo, irreveren­te y soez que desde entonces Ie es tan típi­co. Las mujeres se presentaban sin ningún recato cantando "Sin corpiño y sin calzón/ Somos todas de Perón". La plebe también politizó con sus gestos la cuestión del ori­gen étnico y el color de piel, desafiando el mito de la Argentina blanca y europea. Y de pronto allí estaban ellos, exhibiendo sus pieles oscuras o atreviéndose a hablar en quechua o guaraní en la ciudad porte­ña, como reseñaba asombrado el diario Clarín), o trayendo una inédita carava­na de kollas desde el Noroeste durante el famoso "Malón de la paz" de 1946. La plebe se había hecho presente en la alta política sin pedido de disculpas.

Fue el rechazo a las políticas de Perón, pero por sobre todo a ese nuevo protago­nismo que habían adquirido los "cabecitas negras", lo que terminó de aglutinar a un vasto sector de la sociedad que, finalmen­te, adquirió una identidad de clase media. Esta identidad nació así marcada a fuego por las condiciones de su alumbramien­to. Por omisión, la clase media fue desde entonces antiperonista. Y buena parte de su identidad quedó constituida por el mito de la Argentina blanca y europea, la Argentina de los abuelos inmigrantes, por contrapo­sición con el mundo criollo y mestizo de la clase baja peronista. Por un camino inespe­rado finalmente la identidad de clase media terminó desempeñando la función que Joaquín V. González había soñado muchos años antes: la de dividir y enfrentar profun­damente a dos sectores de la sociedad y con­vencer a uno de ellos de que sus intereses políticos estaban más cerca de los de la clase dominante que de los del pueblo trabajador.

De los años 60 a la democracia

Esta fractura social marcó de mil maneras la política nacional. El enorme apoyo social que acompañó a la Revolución Libertadora es impensable sin tenerla en cuenta. Pero la imagen de la clase media -y su lugar en la nación- sufriría severos cuestionamien­tos desde aquel entonces. En los años 60, un creciente giro hacia la izquierda, prota­gonizado tanto por los peronistas como por diversas agrupaciones marxistas, afectó a todas las áreas de la vida nacional. Las ideas que se vieron fortalecidas con este giro bus­caron volver a colocar al trabajador en el lugar de personaje central del desarrollo argentino o de la nación socialista que se intentaba construir. Aunque una gran parte de los militantes de izquierda pertenecía a los sectores medios, la clase

Pero la identidad de clase media resistió los embates. Desde el golpe de Estado de 1976, la represión y la estigmatización de las ideas y proyectos que habían colocado al trabajador en un lugar central dejaron el terreno libre para la victoria final de la "clase media" como encarnación indiscu­tida de la argentinidad. La dictadura des­plazó así al "pueblo" como sujeto central de la historia nacional. Las elecciones de 1983 hicieron evidente el reemplazo del pueblo por "la gente" (cuya imagen implí­cita era la de la clase media). Por primera vez en la historia, el peronismo perdía una elección limpia. Leído como un triunfo de esa clase, el alfonsinismo contribuyó a reforzar aun más el orgullo de clase media, que reclamó para ella el 1ug,ar de garante de la democracia recobrada.

Neoliberalismo y crisis

 Sin embargo, para entonces ya estaba en marcha el drástico programa de reforma de la sociedad impulsado por los sectores económicos más poderosos. A partir de 1975, y todavía más claramente desde la asunción de Menem en 1989, la riqueza se concentró en pocas manos, mientras que la gran mayoría de la población se vio empobrecida. La identidad de clase media prestó un gran servicio a este proceso, al menos en sus años iniciales. Para imple­mentar las medidas neoliberales era preci­so terminar de quebrar las amplias solida­ridades sociales que se habían forjado en los años 70. El orgullo de clase media, con su tradicional componente antiplebeyo, podía ser utilizado para dividir y enfrentar al cuerpo social, y así lo hicieron algunos de los propagandistas del nuevo modelo.

Pero la victoria neoliberal significó a la vez una profunda ruptura en el universo mental y en la cohesión de los sectores medios. En la década del 90 hubo ganado­res y perdedores: mientras una parte de la clase media festejó los cambios, otra, cada vez más amplia, se vio empobrecida. Fue así como, buscando la manera de resistir las políticas menemistas, una porción de los sectores medios fue reconstruyendo lazos de solidaridad con las clases más bajas (aunque muchos, por supuesto, per­sistieron en su desprecio).

Durante aquellos años, la identidad de clase media se vio modificada o incluso debilitada, a medida que muchas personas comenzaban a percibirse como "nuevos pobres". La magnitud de la crisis de 2001, cuando la convertibilidad finalmente esta­lló, fue tal, que la cercanía entre los secto­res medios y los más pobres -y los lazos de solidaridad entre ambos- se hicieron más fuertes que nunca. Aunque de mane­ra tímida, se pudo percibir, durante un breve lapso, un incipiente proceso de "desclasificación".

Por supuesto, las diferencias de clase no desaparecieron. Sin embargo, algunos de los muros que tradicionalmente separan unas de otras exhibieron sus grietas. No por casualidad Eduardo Duhalde, el presi­dente de la transición, fue uno de los que más halagaron, pública y explícitamente, a la clase media. Con esta apelación, Duhal­de buscaba reforzar una identidad que se hallaba en crisis y evitar que siguieran ero­sionándose los muros que la separan de la clase baja. Su sucesor, Néstor Kirchner, también hizo de la recuperación del orgu­llo de clase media una piedra central del ansiado regreso a un "país normal".

EL rol político

Varias veces durante la historia argenti­na se intentó fortalecer una identidad de clase media con fines "contrainsurgentes", es decir, para dividir y debilitar momen­tos de intensa movilización social que tendían hacia la unificación entre las cla­ses más bajas y aquellas situadas en una posición más favorable. No es casual que, en el actual momento de la política nacio­nal, las identidades en las que nos hemos formado se encuentren sometidas a una revisión profunda, en particular el mito del país blanco, europeo y de clase media, que supone que el bajo pueblo es siempre el obstáculo para el progreso o un convidado de piedra. Esto no puede ser sino saludable.

Pero, dicho esto, existe un cierto modo de pensar el papel político de la clase media que hoy resulta paralizante. Los progresistas suelen apelar a una serie de estereotipos sobre ese sector que de algún modo son una réplica de aquellos que difundieron los ensayistas de la "izquier­da nacional" en los años 50y 60. Se repite como una verdad de sentido común que la clase media nunca comprende los proble­mas nacionales, que oscila entre la clase alta y la baja pero termina siempre apoyando a la primera, que desprecia a los pobres, que es racista y discriminatoria, etc.

Esos viejos estereotipos condicionan el modo en que pensamos el rol político de la clase media. Pero son estereotipos: aunque indudablemente tienen mucho de verdad, oscurecen el hecho de que en muchos momentos de la historia nacio­nal se tejieron fuertes lazos de solidari­dad entre la clase trabajadora y amplios sectores medios. La clase media no es necesaria e inevitablemente un conglo­merado social con las características que le atribuyeron ensayistas como Jauretche.

Con todo lo que Jauretche tiene de esti­mulante, tener su libro siempre a mano es hoy un obstáculo para el pensamiento. El desafío político del momento pasa por volver a pensar, sin prejuicios ni estereoti­pos, el modo de construir lazos de solida­ridad entre todos los que no forman parte de la clase dominante. Sin fortalecer esos lazos es impensable cualquier cambio más o menos profundo, cualquier políti­ca capaz de limitar el avance criminal del capital sobre nuestras vidas".

4 comentarios:

  1. Blandir dogmáticamente palabras de Jauretche es no haber entendido un catzo a Jauretche. Listo, lo dije (?).
    Por otra parte, en el ámbito intelectual argentino de los años 1920 a 1970 Jauretche es casi un reacción previsible; había una grieta (sí, La Grieta) enorme en la sociedad, tanto que recuerdo a Mariano Grondona diciendo que el 17 de Octubre en su familia no sabían de dónde había salido la gente que marchaba, no la habían visto nunca. La inteliguentsia argentina en pleno (en pleno, repito) era antiperonista, y para llenar los ministerios de técnicos, Perón tuvo que recurrir a los ingenieros militares, o a extranjeros como Figuerola.
    En fin, el post es larguísimo y hacerle la justicia que merece con los comentarios es difícil.
    Saludos

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  2. Leí poco de Jauretche.. es un post más sobre cosas que han dicho otros que sobre lo que leí de él, jee. Al final soy un chanta (?)

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  3. Me encantó la nota! El rol de la clase media en las políticas nacionales es un debate muy rico que nunca termina de darse porque (como todo análisis sobre dimensiones que puedan resquebrajar las estructuras y estamentos sociales de la Argentina) es interrumpido con violencia, de la discursiva donde los argumentos son desplazados por prejuicios, descalificaciones o apreciaciones que nada tienen que ver con la cosa, o violencia física de cual tristemente sobran ejemplos en nuestra historia.
    Tengo una opinión formada sobre el tema, pero no viene al caso, porque mi comentario solo quiere celebrar el espacio de reflexión.

    Muchas gracias!
    Saludos

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